La Pontificia Academia para la Vida presentó hoy 24 de Marzo la actualización del documento “Perspectivas sobre el xenotrasplante. Aspectos científicos y Consideraciones éticas”, avalando como “éticamente aceptable” el uso de órganos de origen animal (principalmente de cerdos) en trasplantes humanos, en respuesta a los avances científicos recientes en este campo.
El documento, presentado en conferencia por el presidente de la PAV Renzo Pegoraro, y los científicos Daniel J. Hurst (del Departmento de Educación e Investigación Médica de la Escuela Rowan-Virtua de Medicina Osteopática en la Universidad Rowan en Stratford, EE. UU.), Monica Consolandi (investigadora de la Fundación Bruno Kessler de Trento), y Emanuele Cozzi (responsable de la Unidad de Inmunología de Trasplantes del Hospital de la Universidad de Padua), afirma que «la teología católica no presenta impedimentos, de carácter religioso o ritual, para el uso de ningún animal como fuente de órganos, tejidos o células para trasplante en seres humanos», sosteniendo que el sacrificio de animales puede considerarse legítimo cuando existe un beneficio importante para el ser humano, incluso si implica experimentación o modificación genética.
Aun así, el instituto del Vaticano subraya la responsabilidad de la humanidad en el cuidado de la creación, exigiendo que la modificación del genoma animal evite el sufrimiento innecesario y respete la biodiversidad, en una forma “intencional, proporcionada y sostenible”.
En ese mismo orden, el dictamen evalúa la preocupación sobre posibles híbridos interespecies (“Quimeras”), asegurando que no afectarán la identidad genética y biológica del paciente órgano-receptor, y en esa perspectiva, el uso de órganos animales —incluidos los de cerdos modificados genéticamente— no supone una amenaza para la identidad personal o espiritual del paciente.
Asimismo, se reconoce también la “legitimidad” de la investigación científica llevada a cabo en personas con “muerte cerebral”, dado que según el Vaticano, «no existe objeción alguna a la realización de estudios en individuos fallecidos como paso previo a los ensayos clínicos», aunque pide seguir profundizando en su evaluación ética.
Finalmente, el documento enfatiza en la necesidad de un consentimiento informado riguroso, advirtiendo de riesgos como la posible transmisión de xenozoonosis (infecciones animales) y la necesidad de un seguimiento médico de por vida; y plantea que el desarrollo de estas técnicas no debe comprometer la equidad en el acceso a los recursos sanitarios.
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Aun desde antes del primer procedimiento exitoso por el doctor Barnard en 1968, se ha estado hablando del trasplante de órganos, y las cuestiones morales al respecto, en especial de los transplantes alogénicos (el órgano procede de un donante externo), sobre lo cual ya se había pronunciado Pío XII.
En cuanto a los trasplantes entre vivos, la postura mayoritaria entre los moralistas católicos es que su moralidad depende de la preservación de la integridad funcional del donador (como plantearon el moralista jesuita Gerald Andrew Kelly y los dominicos Benedict Ashley y Kevin David O’Rourke), y que la acción del trasplante es permisible siempre y cuando
- No sea moralmente incorrecta por otras razones,
- No tenga un efecto negativo intencional,
- No busque un efecto positivo por medio del efecto negativo,
- Tenga una razón “suficientemente proporcional” para tolerar o aceptar el efecto negativo,
así que aquí no hay mayor cosa que decir.
Es en los trasplantes de órganos procedentes de muertos donde se presentan los mayores problemas:
- La determinación de la muerte es mayormente incierta, y el criterio de “muerte cerebral” (implementado desde su adopción por la Escuela de Medicina de Harvard en 1968) es engañoso.
- La utilidad de los órganos sólidos (corazón, pulmones, hígado y páncreas, riñones) de un donador muerto es dudosa, porque se requiere que aún funcionen para el trasplante.
- A consecuencia de todo lo anterior, se ha propagado la práctica de la extracción de los órganos sólidos a personas vivas, aun cuando estas no expresaron su voluntad de ser donantes (con los solos fines de disponer de órganos para los trasplantes y de respiradores en las unidades de cuidados intensivos), con lo que la verdadera causa de muerte es precisamente esa extracción de órganos (que atentan justificar con el argumento utilitarista y cínico de «de todos modos, se iba a morir»), configurándose lo que en derecho penal se llama HOMICIDIO AGRAVADO POR MOTIVO ABYECTO Y FÚTIL.
Resumido: Desde 1968, los órganos empleados en los trasplantes son de personas VIVAS biológicamente que han sido asesinadas por motivos utilitaristas. Hasta la literatura médica lo admite, como se ve en el artículo “The Dead Donor Rule and Organ Transplantation” (La regla del donante fallecido y el trasplante de órganos) del doctor Robert D. Truog y el profesor Franklin G. Miller, publicado en el New England Journal of Medicine, 14 de Agosto de 2008, vol. 359 (7), págs. 674-675, que dice:
«La incómoda conclusión que se desprende de esta bibliografía es que, si bien puede ser perfectamente ético extraer órganos vitales para trasplante de pacientes que cumplen los criterios diagnósticos de muerte cerebral, la razón por la que es ético no puede ser que estemos convencidos de que realmente están muertos.[…] Si bien puede ser ético extraer órganos vitales de estos pacientes, creemos que la razón de su ética no puede ser, de manera convincente, que los donantes estén muertos».
Y su conclusión no es menos monstruosa:
«En los albores del trasplante de órganos, la regla del donante fallecido se aceptaba como una premisa ética que no requería reflexión ni justificación, presumiblemente porque parecía necesaria como salvaguarda contra la extracción poco ética de órganos vitales de pacientes vulnerables. Sin embargo, en retrospectiva, parece que la dependencia de esta regla tiene mayor potencial para socavar la confianza en el ámbito del trasplante que para preservarla. En el peor de los casos, esta dependencia continua sugiere que la profesión médica ha estado manipulando la definición de muerte para que se ajuste cuidadosamente a las condiciones más favorables para el trasplante. En el mejor de los casos, la norma ha proporcionado una justificación ética engañosa que no resiste un análisis riguroso».
Ahora, preguntamos al lector: ¿Ha habido confusión moral en la Iglesia Católica? DEPENDE de en qué postura esté el lector. Si se considera como Iglesia Católica a la institución gobernada desde el Vaticano (y en realidad NO LO ES), la respuesta es un SÍ rotundo. Resulta que ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI definieron nada, sino que manejaron posturas contradictorias, a diferencia de Pío XII citado anteriormente.
Wojtyła, en un discurso en Agosto del 2000, dijo:
«Podemos afirmar que el criterio recientemente establecido para determinar la muerte con certeza, a saber, el cese completo e irreversible de toda actividad cerebral, si se aplica rigurosamente, no parece estar en conflicto con los elementos esenciales de una antropología seria… Esta certeza moral se considera la base necesaria y suficiente para actuar de manera éticamente correcta» (Discurso al XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, 29 de Agosto del 2000).
Pero cuatro años más tarde, aceptó el principio de que, en caso de duda, se presumía que una persona estaba viva y no muerta:
«Además, reconocemos el principio moral según el cual incluso la simple sospecha de estar en presencia de una persona viva conlleva la obligación de respetarla plenamente y de abstenerse de cualquier acción que tenga por objeto provocar su muerte» (Discurso a los participantes en el Congreso internacional sobre “Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos”. 20 de Marzo de 2004).
Y en 2005, aprobó la decisión de la Academia Pontificia para la Vida de convocar una reunión de especialistas en febrero de 2005 “Sobre la determinación del momento preciso de la muerte” (lo cual no tendría sentido si hubiese aceptado plenamente el criterio neurológico).
El caso de Ratzinger fue más explícito y comentado en su momento. Si bien dijo en su discurso en el marco de la conferencia sobre trasplante de órganos organizada en parte por la PAV en 2008 que donar órganos es «un testimonio único de caridad» y él mismo se convirtió en donador de órganos en los años 70, en 2011 su secretario privado Georg Gäsnwein Gromann dijo que desde su “elección” en 2005 se entendía revocado tal consentimiento).
Ítem lo anterior, en el discurso citado advirtió que el principio de certeza moral al determinar la muerte debe ser la máxima prioridad de los médicos.
«En estos casos, desde luego, debe regir como criterio principal el respeto a la vida del donante de modo que la extracción de órganos sólo tenga lugar tras haber constatado su muerte real» (Discurso a los participantes en un Congreso internacional sobre la donación de órganos organizado por la Academia Pontificia para la Vida, 7 de Noviembre de 2008).
Valga señalar que en ese congreso no se abordó la cuestión moral que está en el centro de la controversia sobre los trasplantes de órganos.
Y ¿Por qué esa confusión? Porque en la Iglesia Conciliar/Sinodal imperan la “Ética de la situación” y la “Nueva Moral” condenadas por Pío XII, que evalúan la moralidad los actos desde las circunstancias en que se presentan, no de si son intrínsecamente buenos o malos.
Finalmente, conviene recordar a los católicos que no deben autorizar de forma general el trasplante de órganos de su propio cuerpo, como se solicita con frecuencia (el trámite varía en cada país), ni permitir que dicha autorización figure en su documento de identidad o en su historia clínica. Esto equivaldría, en la práctica, a autorizar la extracción inmoral de sus órganos y su propio asesinato en caso de muerte cerebral, y privaría a sus familiares católicos del poder de impedir que la profesión médica tome estas medidas.
D. JORGE RONDÓN SANTOS S. Ch. R.
24 de Marzo de 2026 (Año Santo de Cristo Rey).
Martes de la Semana de Pasión. Fiesta de San Gabriel Arcángel; y de San Simón de Trento, Mártir. Institución del Santo Sacrificio de la Misa.

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