Reflexión de João Christian Franco. Traducción propia, a menos que se indique lo contrario.
Desde el nacimiento de la Iglesia, los talmudistas (entiéndase: los adeptos del talmudismo cabalista y mesiánico) representaron un enemigo de doble ataque: interno y externo (1.ª Jn. 2, 22); un enemigo contra el cual ella tuvo que trabar lucha, derrotar, impugnar, defenestrar y defenderse (Ef. 6, 11-12):
- Internamente, el golpe es furtivo, capcioso, artero, solapado y escamoteado. Intentan judaizarla a cualquier coste, mediante herejías, cismas, agentes infiltrados y falsas doctrinas descatolicizantes, dirigidas al atenuamiento de todo aquello que sea «fuertemente, claramente o demasiadamente católico» (Gál. 1, 6-9). En el libro de los Hechos, vemos que la judaización embestía mediante la insistencia en la observancia de preceptos mosaicos caducados (Hch. 15, 1) —observancia que fue condenada por San Pedro en el Concilio de Jerusalén (Hch. 15, 7-11). En todo Papa que, a lo largo de dos milenios, se valió del poder de las llaves para condenar nuevas herejías y anatematizar herejes, vemos nuevamente a San Pedro condenando una nueva tentativa del mismo viejo plan de judaización de la Iglesia, teniendo en vista que, al fin y al cabo, toda herejía consiste en esto: la judaización del Cristianismo.
- Externamente, los talmudistas recurren al expediente del halago o de la violencia, de la cooptación o de la agresión, de la asimilación esclavizante o de la supresión martirizante, y, las más veces, valiéndose de MEDIADORES instrumentalizados o artificiados por ellos mismos, así como se valieron de Pilatos y del Imperio Romano para cometer el crimen de deicidio (Mt. 27, 22-25; Hch. 2, 23), habida cuenta que tanto mejor se obra el mal cuanto más se evita «ensuciarse las manos», empleando o enredando, para tanto, mediadores encargados de hacer el trabajo sucio (1.ª Tes. 2, 14-16). En la historia eclesiástica, entre tales instrumentos útiles se encuentran el Imperio Romano, los musulmanes, los cismáticos orientales, los protestantes, los liberales, los masones, los comunistas, etc.
Así, vemos que la Iglesia, desde el principio al fin de los tiempos, tuvo, tiene y siempre tendrá un único enemigo: la Sinagoga de satanás (Apoc. 2, 9; Apoc. 3, 9); y no importa el instrumento, el medio o la manifestación que asuma la persecución: y aunque se reinvente, ella conserva su esencia anticristiana (2.ª Jn. 1, 7). Y esto explica por qué razón el Apocalipsis es un libro tritemporáneo o atemporal: pretérito, presente y futuro (Apoc. 1, 19), no importa; el mismo enemigo bajo nuevos aspectos. Profecías que ya fueron, están y aún serán, una vez más, cumplidas a plenitud, perfección y en grados más elevados.
Si en los albores de la Iglesia la amenaza de judaización actuó subrepticiamente clamando por observancias mosaicas (Gál. 2, 4; Gál. 5, 1), en nuestros tiempos parece haber prevalecido y logrado éxito con la consecución de las agendas noájido-judaizantes del ecumenismo, del modernismo, de la libertad religiosa y del diálogo interreligioso (2.ª Tes. 2, 3-11). Apenas parece; las promesas de Cristo, concernientes a la invencibilidad/indefectibilidad de la Iglesia, no fallarán, y también por esto la divinidad de Nuestro Señor prevalecerá verdaderamente sobre aquellos que Le niegan el debido reconocimiento.
De los judaizantes en el libro de los Hechos hasta los que aplican las ideas de Elías Benamozegh († 1900) y Jules Isaac († 1963), el ardid judaizante permanece siempre vivo, con mira a corromper la Iglesia y tramar la extinción del Cristianismo genuino (Mt. 24, 24).
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LA MANO JUDÍA EN EL PROTESTANTISMO
«Desde el nacimiento del cristianismo éste vio amenazada su identidad por sectas judaizantes (Hch. 15, 1; Gál. 2,4), pero con mano firme la Iglesia supo erradicarlas (Tito 1, 10-11). A partir de la cuarta centuria fue respaldada en esa tarea por el Estado cristiano, quien preservó también con ello la propia existencia (Rom. 13, 4). En el siglo XVI, empero, no se logró extirpar al protestantismo, la más importante heterodoxia judaizante de la historia (Gál 1,6-9), el cual aunque no pudo destruir al catolicismo consiguió, en cambio, escindir a la Cristiandad (Rom. 16, 17-18), sin duda su objetivo mínimo. La Reforma protestante fue un terremoto que conmovió los pilares del mundo cristiano e inició un vasto proceso subversivo que no se limitó, desde luego, al ámbito religioso y condujo a la Revolución Francesa, al régimen democapitalista que trajo como resultado la Revolución bolchevique y la era del capitalismo estatal, que hoy parece extinguirse (2.ª Tes. 2, 3-7). Los efectos de este proceso, todavía inconcluso, alcanzan a todos los pueblos de la Tierra (Mt. 24, 12). El cristianismo genuino, el ortodoxo y tradicional, sólo es sostenido por una ínfima minoría perseguida y calumniada (Lc. 12, 32; Mt. 5, 11), y el Estado cristiano hace mucho que no existe. La civilización cristiana está en ruinas y no se podrá reconstruir si, aparte de la ayuda de Dios (Jn. 15, 5), los cristianos no reaccionan de inmediato (1.ª Pe. 5, 8). Pero únicamente el conocimiento de las causas reales de la actual situación permitirá luchar eficazmente por tan magno objetivo (Jn. 8, 32). En consecuencia, INVESTIGAR LA JUDAIZACIÓN DEL CRISTIANISMO, que hoy llega a su culminación, BRINDARÁ UN PANORAMA VERÍDICO DEL PASADO SIN EL CUAL NO SE PUEDE ENTENDER EL ACIAGO PRESENTE Y, MENOS AÚN, EVITAR UN FUTURO QUE SE AVIZORA MÁS TRÁGICO (1.ª Jn. 4, 1; Apoc. 2, 9; Apoc. 3, 9)» [FEDERICO RIVANERA CARLÉS. La judaización del Cristianismo y la ruina de la Civilización, Tomo I. Buenos Aires, Instituto de Historia S. S. Pablo IV 2004, págs. 12-13. Citas bíblicas, negrillas y mayúsculas fuera del texto].
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En su Epístola a los Magnesios (escrita alrededor del año 110 d. C.), San Ignacio de Antioquía, que fue discípulo directo del Apóstol San Juan, escribió de forma contundente contra la infiltración de costumbres y doctrinas judaicas en la Iglesia, afirmando que la Gracia anula la antigua Ley:
«No os dejéis seducir por doctrinas extrañas ni por fábulas anticuadas que son sin provecho. Porque si incluso en el día de hoy vivimos según la manera del Judaísmo, confesamos que no hemos recibido la gracia… Por esta causa, siendo así que hemos pasado a ser sus discípulos, aprendamos a vivir como conviene al Cristianismo. Porque todo el que es llamado según un nombre diferente de éste, no es de Dios. Por tanto, poned a un lado la levadura vil que se había corrompido y agriado y echad mano de la nueva levadura, que es Jesucristo. Sed salados en Él, que ninguno entre vosotros se pudra, puesto que seréis probados en vuestro sabor. Es absurdo hablar de Jesucristo y al mismo tiempo practicar el Judaísmo. Porque el Cristianismo no creyó (se unió) en el Judaísmo, sino el Judaísmo en el Cristianismo, en el cual toda lengua que creyó fue reunida a Dios» [Epístola a los magnesios VIII, X. Negrillas fuera del texto].

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