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miércoles, 15 de junio de 2022

ANÍBAL BUGNINI, ¿EL ALMA NEGRA?

Reflexión de Aurelio Porfiri tomada de MESSA IN LATINO.
   

El 14 de Junio de 1912 (hace 110 años) nacía de Giobbe Bugnini y Maria Agnese Ranieri en Civitella del Lago Annibale Bugnini, aquel a quien muchos han visto como el alma negra de la reforma litúrgica. Fue un personaje controvertido, muerto en desgracia en 1982 después de ser enviado a Teherán como nuncio apostólico. Él interpretaba esto como un castigo. En Octubre de 1976 el diario francés Le Figaro lo acusó de ser masón y probablemente esta acusación convenció a Pablo VI que mandó al gran arquitecto de la reforma litúrgica lejos de los ojos y lejos del corazón.
   
He tenido confidencias y he conocido a varios colaboradores de este sacerdote y debo decir que honestamente para mí permanece un personaje misterioso. Ciertamente su obra en la liturgia es vista por muchos con gran favor, pero los críticos de la nueva Misa descargan sobre él gran parte de las responsabilidades de lo que encontramos hoy a nuestra vista. Esto probablemente no es del todo cierto, pero leyendo los escritos del padre Bugnini nos damos cuenta de cómo él encarnó aquella idea del reformismo litúrgico que no se sabe cuán verdaderamente estuviese en línea con la tradición de siglos de la Iglesia Católica.
    
Sin embargo, la reforma de la liturgia ahora se ha cristalizado en un prisma en el cual cambian los colores, mas no la consistencia. Aquí no es cuestión de volver atrás, pero es verdaderamente importante entender cómo es posible que una reforma de la liturgia contradiga los mismos documentos en que dice basarse. Quién sabe cómo me respondería el padre Bugnini.
   
Cuando paso ante su casa cerca al Quirinal, me sorprendo al verlo salir de aque portón e imagino poder detenerlo y preguntarle si todo esto fue verdaderamente necesario. Probablemente él mediría que solamente ha intentado servir a la Iglesia.
   
Bueno, ¿pero cuál?

miércoles, 5 de enero de 2022

CUANDO EL MAL EJEMPLO VIENE DE LAS SERIES DE TELEVISIÓN

Reflexión tomada de GLORIA NEWS.
   
Actualmente hemos de reconocer las series de ficción en la televisión son un gran éxito entre el público.
    
Hay muchas razones para esto, y no es menor el hecho que estos productos están disponibles a través de servicios de suscripción por streaming, como Netflix o Amazon Prime. Este es un cambio cultural importante que no debería ser subestimado.
   
Estos productos envuelven a millones de personas y no es posible pretender que no está pasando nada, solo piensa en el hecho del loco éxito del Juego del Calamar. Por tanto, debemos reflexionar sobre los peligros que ellos pueden representar, especialmente si son vistos por los ojos de un cristiano.
    

El tipo de influencia que representan, especialmente entre los jóvenes, puede ser incalculable. Por supuesto, son las familias las que deberían actuar como punto de control, pero teniendo en cuenta el estado de la familia hoy en día, hay poco que alegrarse. Veamos algunos ejemplos.
   
Me refiero aquí a las series de televisión en la cual se ha implementado una serie de “normalización” de conductas dudosas que, por el contrario, deberían merecer una cuidadosa reflexión Por ejemplo, sobre el tema de la homosexualidad, no infrecuentemente estas conductas son presentadas como normales y simpáticas.
   
   
Como católicos, es justo salvaguardar la dignidad de cada uno como persona, pero no toda conducta es moralmente aceptable. Sin embargo, estos productos televisivos nos muestran que ciertamente vivimos en una era post-cristiana.
    
Otro ejemplo es cuando una mujer, usualmente fuera del matrimonio (pero no solamente) descubre que está embarazada y se lo cuenta a la parte masculina correspondiente. Usualmente la pregunta que sigue es: “¿Qué vas a hacer?”, haciéndola entender que la opción de no tener su hijo y abortar tiene el mismo derecho que la de seguir adelante con el embarazo.
   
Dios se mantiene completamente fuera de la ecuación, y la idea de que se puede decidir con una especie de equivalencia entre mantener o no mantener a un niño, despejado por las costumbres de esta manera y convertido en la corriente principal, no hace más que erosionar lo poco que queda de respeto por la ley divina.
   
El gran éxito de estos productos no debe hacernos bajar la guardia. Yo también sigo y he seguido a varios de ellos, pero me doy cuenta de que ahora hablan a un mundo más allá del mensaje evangélico. Pero, ¿a quién nos dirigimos los católicos? Deberíamos cuestionarnos seriamente sobre esto.

viernes, 12 de noviembre de 2021

LOS PENSAMIENTOS DE UN EXCOMULGADO (AMIGUÍSIMO DE RONCALLI)

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri en GLORIA NEWS.
   
La excomunión infligida por la Iglesia es la pena máxima para un creyente. Lo pone fuera de la comunión con la Iglesia cuando se hace culpable de ofensas que minan la unidad de la Iglesia y la integridad de la doctrina.
  
Leemos en las obras de San Antonio: «excommunicátus est separátus a septem bonis. 1) A cœlo; 2) Ab omni Sacraménto; 3) Ab Ecclésiæ suffrágio; 4) A divíno offício; 5) A fidélium consórtio; 6) A quólibet actu; 7) A fidélium sepúlcro» (en Gaetano Moroni, Dizionario di erudizione storico-ecclesiastica, Vol. 72, 1853).
   
  
Gaetano Moroni (+1883) en su extraordinaria entrada sobre la excomunión, explica que la excomunión es menor o mayor, la última obviamente la más temida, y que esta se distingue en latæ senténtiæ (se incurre automáticamente en la pena cuando se realizan los actos para los cuales se estableció) y feréndæ senténtiæ, que es impuesta por un juez después de un juicio canónico.
   
El canon 1364 del Código [wojtyliano] de Derecho Canónico declara que los apóstatas, herejes y cismáticos incurren en excomunión latæ senténtiæ [En el Código Pío-Benedictino, el canon 2314 agrega además que quedan privados de todo beneficio, dignidad y cargo, cargados de infamia, si son clérigos son depuestos y degradados según el canon 188 §4, y su absolución es especialmente reservada a la Sede Apostólica –en dado caso de abjuración, el Obispo diocesano, no el Vicario General, puede absolverlos en fuero externo–, N. del T.]. Y aquí habría verdaderamente mucho que decir, pero no lo haremos hoy.
   
Hay un tipo particularmente duro de excomunión, llamado vitándo, la cual tenía que ser afirmada públicamente y golpea al ofensor con penas muy restrictivas. En la entrada sobre la excomunión en la enciclopedia italiana Treccani escrita por Agostino Testo y Nicola Turchi (un historiador de las religiones y un sacerdote modernista) en 1936, se dijo, entre otras cosas:
«En cuanto a los efectos, conviene distinguir tres clases de excomulgados, a saber, los de excomunión simple, los afectados por sentencia o sentencia declaratoria o condenatoria, y los excomulgados vitándi.
     
El simple excomulgado no puede recibir los sacramentos, asistir a los oficios divinos, realizar actos jurídicos eclesiásticos, ejercer un oficio eclesiástico, utilizar los privilegios obtenidos, ni elegir ni nombrar ni presentar; no participa en las indulgencias, sufragios y oraciones públicas de la Iglesia; no puede obtener oficio o pensión eclesiástica, ni celebrar y administrar sacramentos y sacramentales, ni realizar actos de jurisdicción.
      
La persona excomulgada golpeada por sentencia declaratoria o condenatoria, además de los efectos anteriores, no puede tener participación activa en los oficios divinos, debiendo ser expulsada de ellos; no puede recibir sacramentales ni tener un entierro eclesiástico; no puede recibir ninguna gracia pontificia y pierde los frutos del oficio eclesiástico o de la pensión con que está investido.
      
El excomulgado vitándo, además de todos los efectos de las dos clases anteriores, pierde no sólo los frutos sino la misma dignidad, oficio o pensión eclesiástica; debe ser expulsado si asiste a los oficios divinos, o deben cesar; no es lícito tratar con él, excepto con los de la familia, con los sirvientes y súbditos, y con los demás siempre que exista una excusa razonable.
     
En el derecho actual es vitándo solamente aquellos que utilizaron la violencia contra el Papa y que nominalmente fue excomulgado por la Santa Sede con juicio público, en el que se dice explícitamente que es vitándo: por lo tanto, es un caso muy raro».

En este contexto, y hablando de Nicola Turchi, debemos mencionar a Ernesto Buonaiuti, cuyo compañero de estudios fue, y fue excomulgado tres veces [la primera el 14 de Enero de 1921 y la segunda el 26 de Marzo de 1924, N. del T.], la última vez el 25 de Enero de 1926 con la excomunión vitándo. Si queremos leer los pensamientos de un excomulgado, debemos ir al “Pellegrino di Roma” (Peregrino de Roma), su autobiografía escrita al final de su vida, en la cual recuerda el efecto que la excomunión tuvo en él:
«Por si fuera poco, pude experimentar de inmediato la invalidez práctica de todos estos cánones oxidados. El decreto que me señaló ante los hermanos de mi tradición y de mi Iglesia como un excomulgado vitándo no me quitó una amistad, ni hizo un vacío a mi alrededor, ni me expuso a amargos desvelos.
   
Puedo decir que la red de mis amigos se multiplicó, al contrario, más estrecha y más ferviente en torno mío, aun cuando alguno de mis amigos fue, por la constancia en las cordiales y aficionadas comunicaciones conmigo, expuesto a un rechazo de absolución por parte de algún confesor zelote, más adherente a la letra de los códigos que al espíritu del Evangelio.
    
El único recuerdo en mi mi memoria de un verdadero valor conminatorio reconocido en el nuevo decreto de condena y en mi designación de vitándo es la de una sutil emoción de temor y de consternación que me parece llegar en el apretón de mano de un colega universitario, el primer día que me presenté, después de la sentencia inquisitorial, en la sala de profesores en la Universidad de Roma».
En resumen, Buonaiuti fue afortunado y con él muchos otros modernistas que, afectados por esta terrible censura, no fueron abandonados por sus colegas, amigos y estudiantes. Por supuesto, otra cosa sería describir el sufrimiento interior que este castigo causó en Buonaiuti, que hasta su muerte quiso a toda costa ser sacerdote, pero de una Iglesia que solo existía en su imaginación.
   
***
      
En el artículo italiano aparece el siguiente comentario:
«El herético Buonaiuti fue también compañero de estudios del joven Roncalli (futuro Papa Juan XXIII), junto a otros dos futuros modernistas, y todos juntos tenían el hábito, como relata el difunto senador Giulio Andreotti en su libro “I quattro del Gesù” (Andreotti se casó con la sobrina de uno de ellos, me parece fuese don Antonio Manaresi, que fue también su profesor [si bien Manaresi fue profesor de Andreotti, su mujer Livia Danese era en realidad sobrina de don Giulio Belvederi Delfini-Dosi, N. del T.]: leí su libro hace algunos años, y ahora no lo tengo más), de hacer una visita cada tarde al Santísimo Sacramento en la famosa iglesia romana del Gesù (entonces a los seminaristas todavía inculcaban algunas buenas costumbres); pero poco después se lanzaron a discusiones “progresistas”, tal vez aún no modernistas, pero peligrosísimas especialmente para jóvenes mentes inexpertas.
   
Recuerdo que esto me ha hecho pensar mucho: yo sé precisamente que muchas decisiones tomadas por Roncalli devenido Papa fueron influenciadas por aquellas pésimas discusiones juveniles con futuros modernistas, todos después excomulgados.
 
Como la historia no puede modificarse a posterióri, y sin embargo debemos sorbernos hoy al Papa Bergoglio, que es solo la última consecuencia del “buenismo” y del “aperturismo al mundo” del Papa Roncalli. El cual no por casualidad fue aplaudido, en la época, por todos los medios masivos y llamado “el Papa bueno” (bueno, en el sentido de adaptado, para comenzar a destruir la Iglesia). Él después murió durante “su” Concilio, pero dejó su herencia a los pésimos Papas posteriores: Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I...
   
Jesús, María Santísima, San José, dadnos finalmente un Papa Católico y santo!» (Don Andrea Mancinella, ermitaño de la Diócesis de Albano).
Al respecto, Juan XXIII bis Roncalli, en un cuaderno entre 1962 y 1963 y publicado en su Giornale dell’anima e altri scritti di pietà, editado por su secretario Loris Francesco Capovilla Callegaro, le dedica este escrito a Buonaiuti, citado por su sobrino-nieto Marco Roncalli Villa en su libro:
«Recuerdo triste de Don Ernesto Buonaiuti. Nacido en Roma el 24 de junio de 1881. Estuve un año con él (1901) en el seminario romano. Sacerdote el 19 de diciembre de 1903. Mi ordenación, el 10 de agosto de 1904 en Santa María in Monte Santo. Estaba a mi lado entre don Nicola Turchi y yo: me había vestido y sostenía entre nosotros dos el misal. Excomulgado en 1921, de nuevo el 26 de marzo de 1924. Declarado vitándus en enero de 1926. Muerto el 20 de abril de 1946, sábado santo. Cuando las campanas comenzaron a elevar sus voces después del silencio de la Pasión, él hizo abrir la otra ventana de su habitación para oír mejor su canto. Hacia la una después del medio día de pronto se llevó la mano a la frente diciendo: “Me voy, me voy”, y expiró. Eran las 13:15. Murió así, pues, a los 65 años, sine luce et sine cruce. Sus admiradores escribieron de él que era un espíritu profunda e intensamente religioso, adherido al cristianismo con todas sus fibras, adherido al cristianismo con todas sus fibras, unido por vínculos irrompibles a su querida Iglesia católica. Naturalmente, ningún eclesiástico bendijo sus restos: ningún templo para acoger su sepultura. Palabras de su testamento espiritual entre el 18 y el 19 de marzo de 1946: “Puedo haberme equivocado, pero no encuentro en la sustancia de mi enseñanza materia de desaprobación o retractación”. Dóminus parcat illi».

viernes, 5 de noviembre de 2021

EL MODERNISMO Y LAS DOS FUENTES DE LA REVELACIÓN

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri para GLORIA NEWS.
    
Sabemos que hay dos fuentes de la Revelación: La Sagrada Escritura y la Tradición. El desequilibrio en una u otra es lo que causa problemas y verdaderas herejías.
   
   
Cuando se eleva la Sagrada Escritura en detrimento de la Tradición, tenemos el luteranismo, que también tuvo cierta influencia en el modernismo a principios del siglo pasado y a través de varias corrientes hasta hoy.
   
El llamado método histórico-crítico que se aplicó a la Escritura con intención destructiva ha arrasado prácticamente con toda la exégesis tradicional, desde el Génesis hasta los Sinópticos y el Evangelio de Juan. Nada ha quedado en pie, basta con leer “El Pablo fabricado” de Hermann Detering para comprender cómo no queda nada de San Pablo, ni siquiera su nombre.
     
   
Si se aplica algo para destruir al final no queda nada. Este método se aplicó no sólo a la Biblia, sino a las tradiciones, a la hagiografía. Casi todo fue aplastado bajo una precisa estrategia de demolición.
   
Por otra parte, hay quienes ponen la Tradición por encima de la Escritura. Te sorprenderás, esto no concierne tanto a los tradicionalistas como a los modernistas. Alfred Fawkes, en Studies in modernism (1913), cita a Alfred Loisy, de quien se dice que observó: «On ne connait le Christ que par la tradition, a travers la tradition, dans la tradition chretienne primitive» [Sólo se conoce a Cristo por la tradición, a través de la tradición, en la tradición cristiana primitiva].
   
   
Lo que Loisy parece sugerir es que la Sagrada Escritura no es fiable, y el cristianismo es sólo el fruto de la elaboración de la comunidad cristiana primitiva, la mítica “Iglesia de los orígenes”.
   
También hay un tradicionalismo que promueve la desconfianza en la razón para alcanzar un conocimiento cierto de Dios. Francesco Saverio Venuto (citado en StoriaDellaChiesa.it) lo explica así:
«[Gioacchino] Ventura, a diferencia de los “fundadores del tradicionalismo” [Hughes Felicité Robert de Lamennais, Joseph de Maistre y Louis Gabriel Ambroise de Bonald], no excluyó del todo una autonomía argumentativa de la razón natural, respecto a la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y los fundamentos de la moral, aunque siguió defendiendo una previa y necesaria revelación de Dios a los hombres, al menos para un primer conocimiento.
   
Gregorio XVI con las encíclicas Mirári vos (1832) y Singulári nos (1834) reiteró los teoremas del tradicionalismo, aunque fue el Concilio Vaticano I con la Constitución Apostólica Dei Fílius (1870) el que condenó sus tesis erróneas de manera más precisa. Reafirmó la plena confianza en la posibilidad de la razón humana de llegar por analogía al conocimiento de la existencia de Dios a partir de las cosas creadas, de la inmortalidad del alma y de los fundamentos de la ley natural, y al mismo tiempo, la necesidad de la Revelación para acceder a las realidades divinas que son en sí mismas inaccesibles a la sola razón humana».
   
     
Por supuesto, no se trata del tradicionalismo católico que sabe muy bien cómo conciliar la Escritura y la Tradición. Para mí era importante explicar que puede haber un falso énfasis excesivo en uno u otro aspecto que desvíe la comprensión correcta.

jueves, 23 de septiembre de 2021

LA LOCURA DE LA “CULTURA DE LA CANCELACIÓN”

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri para GLORIA NEWS.
   
   
Ahora cualquiera (pienso) es consciente de la “cultura de la cancelación”, la cual afirma que la historia debe ser reescrita para adecuarse a la narrativa “del presente”. No hay duda que esta es una locura total, y por varias razones.
   
Primero, la historia (al menos en sus intenciones) es una reconstrucción de “lo que realmente fue” (“wie es eigentlich gewesen ist”), como dijo el influyente historiador alemán Leopold von Ranke (1795-1886).
   
  
Aparte de los sueños de algunos historiadores, sabemos que puede que nunca sepamos lo que pasó, porque tenemos solo fragmentos y se han perdido para siempre piezas, pero al menos podemos dar un esquema plausible del curso histórico.
  
Asumimos un viaje al pasado que puede ser distorsionado por los preconceptos de nuestro presente. Por tanto, debemos siempre ser cuidadosos sobre la perspectiva que adoptamos en nuestra investigación, o al menos, reconocer esta perspectiva.
  
La cultura de la cancelación elimina este problema leyendo toda la historia según una ideología del “presente” que ellos levantan con “estudios de género”, feminismo, igualitarismo, democratismo, liberalismo y demás laya.
  
Aparentemente, nosotros los cristianos somos maestros en esto, toda vez que la historia de la salvación es siempre interpretada para instruirnos en nuestro presente. Pero esta es historia que informa el presente, mientras que en el caso de la cultura de la cancelación es “un presente” (de cierto tipo) que informa a la historia.
  
Cuando derribamos estatuas o borramos ciertos autores, esta no es una lucha contra los absolutismos del pasado (sean religiosos, políticos o culturales), sino el establecimiento de un nuevo absolutismo que es muy peligroso. Esta es la entronización de una ideología multifacética que aquellos que la inventaron creen controlar cuando de hecho ella los controla y está profundamente opuesta a la libertad personal.
   
Es extraño que una cultura que ha acusado a la Iglesia de “sexofobia” y ha presumido de una “revolución sexual” y una “liberación” de todos los instintos, vaya a golpear a las personas por comportamientos que frecuentemente consisten simplemente en intentos humanos para resolver problemas en una forma imperfecta (¿cómo no?) o acercamientos quizá torpes.
  
Por ejemplo, la cultura de la cancelación considera “acoso” todo comportamiento masculino, volviendo al hombre “un bastardo” que es culpable sin importar qué.
   
La cultura de la cancelación es plan hipócrita usado para sentirse bien y moral después de enseñarle la puerta a Jesús. Es un medio por el cual una sociedad despierta continúa martillándose en la cabeza preguntándose por qué esto causa dolor.

martes, 14 de septiembre de 2021

DEL MODERNISMO AL COMUNISMO

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri en GLORIA NEWS.
  
Creo que no sea casual que en los mismos años a fines del siglo XIX se incubasen dos fenómenos perfectamente compatibles, como el modernismo católico y el marxismo/socialismo/comunismo. El Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx es de 1848, pero el proceso que llevará a los regímenes comunistas vendrá adelante en las décadas posteriores.
   
El magisterio nos ha enseñado que el comunismo y el catolicismo son incompatibles, pero ¿cuántos católicos han contribuido al evidente viraje a izquierda de la cultura católica, tan evidente en años recientes? Bien conocemos a los Cristianos por el Socialismo y otros movimientos similares que han intentado una síntesis que, a pesar de las buenas intenciones de algunos, siempre han fracasado.
  
   
Pío IX en la Encíclica Qui Plúribus de 1846 (¡Dos años antes del Manifiesto!) advertía claramente:
 
«A esto [se encamina] la nefanda doctrina que llaman del comunismo, contraria sobre todo al derecho natural, y que si una vez se llegase a recibir desaparecerían al punto los derechos personales, las cosas, las propiedades: la misma sociedad humana caería en irreparable ruina. A esto las negras asechanzas de aquellos que vestidos con piel de oveja, pero con ánimo de lobos carniceros se insinúan en hábito humilde, con mentidas apariencias de una piedad más pura, de una virtud y disciplina más severa; y son esos los que con suavidad sorprenden, con blandura engañan y matan a escondidas: los que arredran y alejan a los hombres de todo culto religioso, y hacen carnicería y matanza en el rebaño del Señor».
   
   
Hasta años recientes, todos los Papas posteriores han advertido claramente de este peligro, como Pío XI en 1937 en la Encíclica Divíni Redemptóris:
«Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civiliza­ción cristiana. Y si algunos inducidos al error, cooperasen a la victoria del comunismo en sus países, serían los primeros en ser víctimas de su ceguera; y cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distinguían por la antigüedad y la grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los “sin Dios”». 
   
Pero nada, no se quiso comprender que cristianismo y comunismo son incompatibles, en cuanto el comunismo es una forma terrena de mesianismo que aun en sus formas más liberales y democráticas ofrece una clara oposición a las sociedades que se quieren basar en los valores cristianos por medio del buenismo y la corrección política, nuevas herejías que amenazan el orden natural de nuestra civilización.
  
¿Cómo pudo penetrar el comunismo en la Iglesia?
«El cristianismo nació comunista, y el comunismo nació cristiano. Se trata, naturalmente, de entenderse si embargo, tanto en el significado de la palabra cristianismo, como en el significado de la palabra comunismo» (La Iglesia y el comunismo).
Esto decía en los años ‘40 Ernesto Buonaiuti, uno de los alfiles del modernismo católico, que por medio de la idea que la Iglesia debe encontrarse con el mundo moderno (y no evangelizarlo y transformarlo) ha contribuido a la expansión de la infección. En los primeros años del siglo XX, el mismo Buonaiuti afirmaba:
«Por otra parte, muchos sacerdotes jóvenes proclaman, no tan fuerte como para hacerse castigar del Vaticano, pero suficientemente para entenderse entre ellos, su abierta simpatía por el partido socialista» (Cartas de un sacerdote modernista).
Y él dice (en La Iglesia y el comunismo) cómo en amplios estratos de la Compañía de Jesús, otrora bastión de la doctrina, había penetrado a profundidad el germen modernista en sus múltiples manifestaciones:
«Hemos asistido a la aparición de un comunismo que no solo no es ateo, sino que se profesa enérgica y deliberadamente católico. Ya en el período de la ocupación nazi, este partido comunista católico ha tenido sus testigos. Un día, la crónica clandestina de Roma supo que fueron arrestados varios jóvenes que se decían comunistas católicos y que se reunían regularmente en el antiguo oratorio “de Caravita” [corrupción romana del apellido Gravita, cuyo era del padre jesuita Pedro Gravita, que construyó la capilla en 1631, N. del T.], cerca de la iglesia de San Ignacio, bajo la guía espiritual de los Padres jesuitas».
  
El antídoto a un veneno no es otro veneno. El comunismo no puede sino ser ateo porque está basado en el marxismo y el materialismo histórico.
   
Frecuentemente la fe es reducida a la ética, a un comportamiento de buenos ciudadanos eliminando del todo el elemento sobrenatural. Pero, repito, no pocos que se dicen católicos continúan corriendo tras las sirenas rojas.
  
También a esto a agradecer al modernismo, que abrió las puertas para hacer subvertir todo lo que buscaba oponerse a la furia destructora de un falso progreso.

lunes, 13 de septiembre de 2021

RELIGIÓN Y SENTIMIENTO

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri en GLORIA NEWS.
   
No hay duda que el sentimiento religioso envuelve todo nuestro ser, facultad racional y sentimiento. Nuestra Fe Católica afecta todo lo que somos, y no podía ser de otra manera.
     
Pero debemos tener mucho cuidado de ahogar la religión en sentimiento, lo cual frecuentemente resulta en sentimentalismo. Aun cuando podemos aceptar que cierta parte del cuerpo místico acentúa este aspecto, no podemos asegurar que esto devenga el principio prevalente que anima nuestra fe.
  
  
El padre Antonio Rosmini Serbati (1797-1855) ya había observado esto en su Historia de la Impiedad cuando dijo:
«Benjamin Constant pretende demostrar que el sentimiento religioso, natural al hombre, es el principio de todas las religiones, que, a sus ojos, no son más que manifestaciones de ese sentimiento. Porque ese sentimiento intenta manifestarse, pero nunca consigue expresarse completamente, porque todas las formas externas que encuentra le son inadecuadas, y siempre queda algo inmenso, algo infinito, que no puede circunscribirse, y no puede ser representado. Luego, de acuerdo a Constant, todas las religiones están en un estado constante de fluidez, y ninguna consigue una forma estable. Las formas exteriores que toma el sentimiento religioso devienen demasiado estrechas luego de algún tiempo; y entonces el sentimiento las descarta, y busca unas nuevas más dignificadas y más amplias, las cuales a su vez rechaza y busca otras mejores».
    
En síntesis, seríamos condenados a un cambio continuo y a una continua evolución de nuestra fe, sin tener nunca certezas o fundamentos firmes. ¿Y qué tipo de fe es esta? ¿Es lógico que la vida descanse en fundamentos tan frágiles?
    
Este confinamiento del fenómeno religioso en el interior del hombre, el principio de inmanencia, fue una de las aristas del modernismo y San Pío X lo entendió lúcidamente y con gran penetración intelectual en Pascéndi:
«Agnosticismo este que no es sino el aspecto negativo de la doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por la llamada inmanencia vital. El tránsito del uno al otro es como sigue: natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino».
      
  
Ahora, no pensemos que los modernistas han rechazado este principio… ¡para nada! De hecho, en el famosísimo El Programa de los Modernistas, publicado anónimamente en respuesta a la Pascéndi pero principalmente obra de Ernesto Buonaiuti se lee:
«Es verdad que nuestros postulados estan inspirados por principios inmanentistas porque todos ellos parten del presupuesto que el sujeto no es pasivo en sus operaciones cognitivas y religiosas sino que extrae de su propio ser espiritual tanto el testimonio de una realidad superior cuya presencia percibe, y su formulación abstracta. Pero ¿es el principio de inmanencia vital ese principio deletéreo que la Encíclica parece asumir?».
   
¡Por supuesto! Yo habría respondido a Buonaiuti y los otros autores del documento, porque si uno afirma que el sujeto es casi un creador del fenómeno religioso, implica que Dios no es independiente de Su creación y es casi una emanación suya. Al contrario, si el universo no existiera, Dios seguiría siendo Dios.
   
Este es el problema que enfrentamos cuando reducimos la religión al sentimiento religioso, el dogma a la mutabilidad, y la doctrina a las modas pastorales.

viernes, 3 de septiembre de 2021

EL ROSTRO ARISTOCRÁTICO DEL MODERNISMO

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri en GLORIA NEWS.
   
El fenómeno del modernismo, un reformismo católico que fue particularmente fuerte entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, ha sido muy estudiado por historiadores de la Iglesia e historiadores de la teología para identificar sus causas y consecuencias.
    
El modernismo, como un todo, buscaba una acomodación de la Iglesia al mundo y la ciencia moderna, una acomodación que era peligrosa porque subordinaba a la misma Iglesia a una idea casi mesiánica de progreso, cuyas demandas tendría que aceptar la Iglesia sin luchar.
   

Ernesto Buonaiuti Costa (1881-1946), uno de los grandes protagonistas del modernismo, dijo en sus Cartas de un sacerdote modernista: «Sueño con un sacerdocio que cumpla entre los hombres la misión de enseñar y confortar; sueño con ritos que simbolicen en los ojos de una sociedad lo que es saludable y viril en sus esperanzas, las bellezas de la vida y la luz de un progreso incansable».
   
El progreso incansable se había convertido en la nueva religión de estos innovadores, entre los cuales ciertamente había hombres de gran mérito.
  
  
Las palabras de Buonaiuti fueron escritas en los años que vio la gran reacción de la Iglesia Católica al modernismo, la encíclica Pascéndi (1907), que definió el modernismo como la «síntesis de todas las herejías». San Pío X identificó el peligro que este movimiento planteaba, un movimiento que no debemos considerar propagado entre el pueblo, sino que era de un tipo aristocrático y elitista.
   
Además, la mayoría de las revoluciones en la Iglesia vinieron en esta forma: el pueblo no las hizo, pero las sufrió.
  
El modernismo mostró una furia de tipo revolucionario y antitradicional, como uno puede entender de este otro texto de Buonaiuti citado de la misma obra: «Y obstinada y tristemente, la Roma del catolicismo medieval arroja el anatema sobre este mundo que es ferviente con expectaciones y predicciones. El mundo ha avanzado, ignorándolo. La nueva sociedad, mística mística caminante hacia un nuevo amanecer histórico, comenzaba a acostumbrarse a ignorarlo: pasar por el edificio de las antiguas tradiciones católicas, torciendo la mirada y meneando la cabeza en un acto de desdén y desprecio».
  
El progreso juzgó a la Iglesia, no la Iglesia al progreso.
  
El modernismo, que según cierta historiografía acabó en 1914, el año en que murió San Pío X, permaneció, en cambio, muy vivo después de una fase in somno y floreció nuevamente en la Iglesia en la forma de un progresismo elitista que tomó el mando en los 1960s.
   
  
Ese modernismo que se transformó en progresismo católico, acentuó con gran vehemencia sus rasgos aristocráticos y populistas (pero no populares), confirmando lo que el filósofo Augusto del Noce Pratis afirmó, es decir, que un católico progresista está más cerca de un progresista no católico que de un católico no progresista.
    
El modernismo ciertamente no terminó en 1914, sino que continuó arrastrándose en sus múltiples manifestaciones y continuó siendo una fuerza oculta que tomó las riendas del poder en sus propias manos y se hizo pasar ya no como un movimiento revolucionario, sino como una normalidad. Imponer esta narrativa fue su mayor victoria, pero con suerte no la definitiva.