viernes, 3 de septiembre de 2021

EL ROSTRO ARISTOCRÁTICO DEL MODERNISMO

Traducción del artículo publicado por Aurelio Porfiri en GLORIA NEWS.
   
El fenómeno del modernismo, un reformismo católico que fue particularmente fuerte entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, ha sido muy estudiado por historiadores de la Iglesia e historiadores de la teología para identificar sus causas y consecuencias.
    
El modernismo, como un todo, buscaba una acomodación de la Iglesia al mundo y la ciencia moderna, una acomodación que era peligrosa porque subordinaba a la misma Iglesia a una idea casi mesiánica de progreso, cuyas demandas tendría que aceptar la Iglesia sin luchar.
   

Ernesto Buonaiuti Costa (1881-1946), uno de los grandes protagonistas del modernismo, dijo en sus Cartas de un sacerdote modernista: «Sueño con un sacerdocio que cumpla entre los hombres la misión de enseñar y confortar; sueño con ritos que simbolicen en los ojos de una sociedad lo que es saludable y viril en sus esperanzas, las bellezas de la vida y la luz de un progreso incansable».
   
El progreso incansable se había convertido en la nueva religión de estos innovadores, entre los cuales ciertamente había hombres de gran mérito.
  
  
Las palabras de Buonaiuti fueron escritas en los años que vio la gran reacción de la Iglesia Católica al modernismo, la encíclica Pascéndi (1907), que definió el modernismo como la «síntesis de todas las herejías». San Pío X identificó el peligro que este movimiento planteaba, un movimiento que no debemos considerar propagado entre el pueblo, sino que era de un tipo aristocrático y elitista.
   
Además, la mayoría de las revoluciones en la Iglesia vinieron en esta forma: el pueblo no las hizo, pero las sufrió.
  
El modernismo mostró una furia de tipo revolucionario y antitradicional, como uno puede entender de este otro texto de Buonaiuti citado de la misma obra: «Y obstinada y tristemente, la Roma del catolicismo medieval arroja el anatema sobre este mundo que es ferviente con expectaciones y predicciones. El mundo ha avanzado, ignorándolo. La nueva sociedad, mística mística caminante hacia un nuevo amanecer histórico, comenzaba a acostumbrarse a ignorarlo: pasar por el edificio de las antiguas tradiciones católicas, torciendo la mirada y meneando la cabeza en un acto de desdén y desprecio».
  
El progreso juzgó a la Iglesia, no la Iglesia al progreso.
  
El modernismo, que según cierta historiografía acabó en 1914, el año en que murió San Pío X, permaneció, en cambio, muy vivo después de una fase in somno y floreció nuevamente en la Iglesia en la forma de un progresismo elitista que tomó el mando en los 1960s.
   
  
Ese modernismo que se transformó en progresismo católico, acentuó con gran vehemencia sus rasgos aristocráticos y populistas (pero no populares), confirmando lo que el filósofo Augusto del Noce Pratis afirmó, es decir, que un católico progresista está más cerca de un progresista no católico que de un católico no progresista.
    
El modernismo ciertamente no terminó en 1914, sino que continuó arrastrándose en sus múltiples manifestaciones y continuó siendo una fuerza oculta que tomó las riendas del poder en sus propias manos y se hizo pasar ya no como un movimiento revolucionario, sino como una normalidad. Imponer esta narrativa fue su mayor victoria, pero con suerte no la definitiva.

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