*MES DE MARÍA - Día dieciocho*
*CONSAGRADO A HONRAR EL SEPTIMO DOLOR DE MARIA*
Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Temerosos los discípulos de que el sagrado cuerpo del Salvador sufriera nuevos ultrajes, si permanecía por más tiempo en la cruz, solicitaron de Pilatos autorización para bajarlo del suplicio y darle honrosa sepultura. Pilatos consintió sin dificultad en ello; Jesús fue desenclavado de la cruz por manos de sus discípulos.
En este instante redóblanse las penas de María. El mundo iba a devolver a sus brazos maternales los fríos despojos de su adorado Hijo; pero ¡ay! ¡en qué estado le devuelven los hombres a aquel que con tanto gozo concibiera en sus entrañas! afeado, denegrido, ensangrentado. Era el más hermoso entre los hijos de los hombres; mas ahora apenas conserva la figura de hombre. ¡Recibe, ¡oh Madre! el triste presente que te da el mundo en pago de los beneficios que ha recibido de tu mano. .!
María alza ansiosamente sus brazos para recibir al Hijo que hacia tanto tiempo que anhelaba estrechar contra su pecho. Toma en sus manos los clavos ensangrentados, los mira, los besa y los deja silenciosamente al pie de la cruz. Coloca sobre sus rodillas el cuerpo despedazado de Jesús; lo estrecha amorosa mente en sus brazos; le quita las espinas de su cabeza, como si quisiera de este modo aliviar los pasados dolores de su hijo ya difunto; contempla, llena de espanto, las profundas heridas que las espinas, los clavos y la lanza habían abierto en su frente, manos y costado. Mézclanse sus rubios cabellos con los ensangrentados de Jesús; empapa con sus lagrimas el exánime cadáver e imprime en él ósculos llenos de amor y de ternura. “Hijo mío, ex clama, ¿qué ola ha sido ésta que te ha arrebatado violentamente del seno de tu madre? ¿Qué mal has hecho a los hombres que te han puesto en tan lamentable estado? -Responde, Hijo mío, responde por piedad.” -Pero ¡ay! muda esta esa lengua que habló tantas maravillas; cárdenos esos labios que pronunciaron tantas palabras de vida, de amor y consuelo; oscurecidos los ojos que con una sola mirada calmaban las tempestades; heridas las manos que dieron vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos- ¿Qué haré yo sin ti? ¿Quién tendrá piedad de una madre desamparada? ¡Oh Belén! ¡Oh Nazaret! apartaos de mi memoria, los goces que en días lejanos disfruté en vuestro seno se han convertido en espinas punzadoras...”
De esta suerte se lamentaría la dolorida Madre teniendo en sus brazos el cuerpo de Jesús. ¡Pobre madre! aun le quedaba que apurar otro no menos amargo trago. Los discípulos arrancan de los brazos de María el cuerpo de su Hijo para conducirlo al sepulcro; y ella tiene el dolor de seguir hasta la tumba esos res-tos queridos, y después de acariciarlos por última vez ve colocar sobre ellos una pesada losa. No hay nada más cruel para el corazón de una Madre que ver entregar a la tierra el fruto de sus entrañas. ¡Oh, cuanto hubiera dado María por tener el consuelo de ser sepulta da con Jesús en el sepulcro! - -
En el corazón atribulado de María se levan taba un pensamiento que hacia aún más penoso su martirio. Ella veía, a través de los siglos venideros, que los padecimientos y la muerte de Jesús habían de ser ineficaces para un gran número, y que a pesar de los azotes, las espinas y la cruz, multitud de pecadores se habían de condenar. Veía que la pasión de su Hijo no estaba aún terminada y que en la serie de los siglos sus heridas hablan de ser mil y mil veces nuevamente abiertas -No contristemos con nuestra ingratitud y con nuestros pecados el lacerado corazón de María, que bastante ha padecido ya por nosotros. Ella nos dice amorosamente desde el cielo: Pecadores, volved al corazón herido de mi Jesús. Venid; contemplad las llagas que en él han abierto vuestros pecados; no renovéis esas llagas, mirad que renováis también mis dolores y que así demostráis sentimientos mas crueles que los de los verdugos. Ellos no lo conocían; pero Vosotros sabéis que es vuestro Dios, vuestro Redentor. Ellos obedecían a las órdenes de jueces inicuos, vosotros obedecéis a vuestras pasiones y a vuestros desordenados deseos. Ellos, en fin, no habían recibido ningún beneficio de Jesús, pero vosotros habéis sido res catados con su sangre.
*EJEMPLO*
María, Salud de los enfermos.
*BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE L´EPINE.*
En 1872 había en una comunidad de Nuestra Señora de los Dolores de la ciudad de Cholón una religiosa que padecía, desde siete años, una parálisis que la colocó al borde del sepulcro. Rebelde a todos los recursos de la ciencia, los médicos hablan declarado que no les quedaba nada que hacer. La enferma era muy devota de María, y a Ella clamó en el extremo de su aflicción. Una noche se le apareció en sueño la superiora del Convento, que habla muerto hacía algunos meses, y le dijo que quedaría curada de su enfermedad si hacía una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de l'Epine, situado a una jornada del Convento.
La enferma pidió con vivas instancias que se la condujera a este santuario animada de la más segura esperanza de que allí obtuviera su curación. Pero el mal, que cada día tomaba mayores creces, hacía poco menos que imposible la traslación a un lugar tan distante, pues tenía todo un lado del cuerpo sin acción ni movimiento. Pero fue preciso acceder a los reiterados ruegos de la paciente y transportarla con indecible trabajo en un vehículo, acompañada y sostenida de varias personas. Durante el trayecto su estado se agravé considerablemente y se redoblaron sus padecimientos hasta el punto de inspirar muy serios temores por su vida. Pero, al fin, venciendo innumerables dificultades, llegó al santuario y fue acomodada como mejor se pudo en la capilla de la Santísima Virgen.
El capellán de la comunidad subió al altar para celebrar el santo sacrificio de la misa, después de haber rezado con los circunstantes una parte del Rosario y cantado el Salve Regina. Poco antes de terminar la misa, sintió la enferma una conmoción violenta en toda la parte enferma de su cuerpo, y poniéndose de rodillas por si sola, exhaló un grito de júbilo, diciendo. ¡Estoy sana! En seguida se levantó sin ningún auxilio extraño y fue a arrodillarse a la tarima del altar para dar gracias a su soberana bienhechora. Al verla, todos los circunstantes quedaron estupefactos, y derramando lágrimas de ternura y admiración, exclamaban: ¡Milagro, milagro! - El cura, testigo presencial de aquel prodigio, entonó el Te Deum y levantó un acta que firmaron todos los que lo habían presenciado.
La que acababa de tener la dicha de ser objeto de un favor tan especial de la Santísima Virgen fue sacada en triunfo de la Iglesia. Nadie se cansaba de mirarla, como si no pudiesen dar crédito a sus propios ojos. No fue menos patética la escena al llegar al monasterio. Todos prorrumpieron en entusiastas aclamaciones, cuando vieron bajar del carruaje con la firmeza y precipitación de la que nunca ha estado enferma, a la que pocas horas antes habían visto partir arrastrándose trabajosamente, como un cuerpo a quien la vida abandona de prisa.
Se dirige en seguida a casa del médico, que pocos días antes la había abandonado, desesperando de su curación. Jamás hombre alguno se hallé más perplejo; y rindiéndose a la evidencia declaró que aquella curación instantánea y completa no era obra natural.
¿Con cuánta razón la Iglesia saluda a María con el titulo de Salud de los enfermos? Ella, que tiene siempre remedios divinos para curar las dolencias del alma, los tiene también para poner término a los males del cuerpo que aquejan a sus devotos cuando la invocan con confianza filial.
*JACULATORIA*
Haz que en mi alma estén de fijo
para que siempre llore,
las llagas del Crucifijo.
*ORACIÓN*
¡Oh María! permíteme que yo pueda acompañarte siempre en tu amarga soledad; yo no quiero dejarte sola, quiero unir mis lágrimas a las tuyas para llorar la muerte de mi Redentor. ¡Ah! madre atribulada, tú no lloras sólo por la muerte de tu Hijo, que lloras también por mí; porque yo he muerto muchas veces por el pecado y muchas veces he contristado tu corazón de madre con mis ofensas; mil veces he renovado los tormentos de la pasión con mis ingratitudes y he pisoteado la sangre vertida por mí en la cruz. Pero tú que eres misericordiosa y compasiva, tú que perdonaste a los verdugos que crucificaron a Jesús, tú que amas a los pecadores con entrañas de madre, alcánzame la gracia de ser en adelante el compañero de tus dolores y de tu soledad, por mi fidelidad y amor a Jesús y por la compasión de sus padecimientos. Haz nacer en mi corazón un horror sincero al pecado que fue la causa de tus dolores y de los de Jesús; que viva siempre arrepentido de todas las culpas con que he manchado mi vida pasada, para que, llorándolas amargamente en la tierra, merezca gozar un día de la eterna bienaventuranza. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.
Oración final para todos los días
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
COMBATIENDO SIN TREGUA EN TODOS LOS FRENTES PARA QUE CRISTO REINE. «VIVAT JESU, AMOR NOSTER, ET MARÍA, SPES NOSTRA!»
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martes, 24 de noviembre de 2020
lunes, 23 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA DECIMOSÉPTIMO
*MES DE MARÍA - Día diecisiete*
*CONSAGRADO A HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARIA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La muerte habla puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber espirado, presentase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer, sospechando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre.-Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cadáver y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado sana.
María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que templaba su amargura con el amor que la demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cadáver yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino orne-les verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nos otros fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida abierta en él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las tempestades y un blando ni do en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes instables y de los falsos goces del mundo.
*EJEMPLO*
María es inagotable en sus misericordias
*CAPILLA DE LA MEDALLA MILAGROSA, PARÍS.*
No hace muchos anos que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su infancia disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las practicas religiosas y se dejó arrebatar por los tempestuosos halagos de las pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante veinte años. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo ni levantó hacia Dios un latido de su corazón. Esto no obstante, llevaba siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, mas como recuerdo de su madre, que como objeto de pie dad. Algunas veces tomándola en sus manos, habla repetido la jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado, ¡rogad por nosotros!.. A menudo la conversión de grandes pecadores es debida a algún resto de devoción a María.
Este caballero tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima Virgen por su conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las oraciones de la buena religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una no che que salía de la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y distinta, que le decía: -«Augusto, Augusto, la misericordia de Dios te espera.» El caballero miró a su alrededor para ver quien le hablaba, y no vio a nadie... la calle estaba solitaria y el silencio era absoluto. - «Esta voz, decía él narrando después lo que le habla acontecido, esta voz era positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el platillo de la balanza divina y que no faltaba mas que un grano de arena para colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo...»
Este nuevo Azulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó a su casa profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es natural, decíase para sí; aquí se oculta necesariamente un misterio.» Por espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.
El domingo siguiente por la tarde salió de su casa, mas que nunca agitado por los contrarios pensamientos que batallaban en su alma; Dios y el mundo le solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en estas ideas, cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario, ofreciendo cada decena por distintas clases de pecadores. El que llevaba el coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena por el pecador más próximo a su conversión.»
El caballero, al oír esto, exclamó: -«Este pecador soy yo... » cayendo de rodillas y derramando lagrimas de arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su amistad.
Al día siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del silencio y del retiro, una prolija y fervorosa confesión.
Después de ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la penitencia y santa morada de la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un momento. -Dios me llama a la soledad, decía para si... Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba las agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas de su corazón. Un mes después tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la penitencia, sino la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la vida de los ángeles y murió con la muerte de los predestinados.
Si anhelamos la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente dolorosos, pongamos su causa en manos de la que es fuente inagotable de misericordias y seguro refugio de pecadores.
*JACULATORIA*
¡Oh corazón sin mancilla!
sé nuestro amparo en la muerte
y nuestro asilo en la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh María! ¡Oh madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que destilan del corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre la tierra. Pero no, Señora mía, deja que empapen esta tierra maldita, regada con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamara al cielo como la del inocente Abel; pero no para pedir venganza contra los delincuentes, sino para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh María! que el hierro aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa haga preciosa será el refugio del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí ira el pobre en busca de la riqueza que jamás se agota; allí iremos todos a beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al ver lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que tanto sufrió por nosotros; que jamás olvidemos sus beneficios y paguemos con la ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro corazón, herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo hacen esclavo de las criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia él y construir en esa cavidad amo rosa nuestro nido, donde descansaremos de las persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísimo que comienza en la tierra por el amor y se consuma en el ciclo por el eterno desposorio del alma con su Dios. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARIA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La muerte habla puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber espirado, presentase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer, sospechando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre.-Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cadáver y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado sana.
María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que templaba su amargura con el amor que la demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cadáver yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino orne-les verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nos otros fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida abierta en él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las tempestades y un blando ni do en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes instables y de los falsos goces del mundo.
*EJEMPLO*
María es inagotable en sus misericordias
*CAPILLA DE LA MEDALLA MILAGROSA, PARÍS.*
No hace muchos anos que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su infancia disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las practicas religiosas y se dejó arrebatar por los tempestuosos halagos de las pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante veinte años. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo ni levantó hacia Dios un latido de su corazón. Esto no obstante, llevaba siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, mas como recuerdo de su madre, que como objeto de pie dad. Algunas veces tomándola en sus manos, habla repetido la jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado, ¡rogad por nosotros!.. A menudo la conversión de grandes pecadores es debida a algún resto de devoción a María.
Este caballero tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima Virgen por su conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las oraciones de la buena religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una no che que salía de la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y distinta, que le decía: -«Augusto, Augusto, la misericordia de Dios te espera.» El caballero miró a su alrededor para ver quien le hablaba, y no vio a nadie... la calle estaba solitaria y el silencio era absoluto. - «Esta voz, decía él narrando después lo que le habla acontecido, esta voz era positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el platillo de la balanza divina y que no faltaba mas que un grano de arena para colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo...»
Este nuevo Azulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó a su casa profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es natural, decíase para sí; aquí se oculta necesariamente un misterio.» Por espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.
El domingo siguiente por la tarde salió de su casa, mas que nunca agitado por los contrarios pensamientos que batallaban en su alma; Dios y el mundo le solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en estas ideas, cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario, ofreciendo cada decena por distintas clases de pecadores. El que llevaba el coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena por el pecador más próximo a su conversión.»
El caballero, al oír esto, exclamó: -«Este pecador soy yo... » cayendo de rodillas y derramando lagrimas de arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su amistad.
Al día siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del silencio y del retiro, una prolija y fervorosa confesión.
Después de ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la penitencia y santa morada de la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un momento. -Dios me llama a la soledad, decía para si... Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba las agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas de su corazón. Un mes después tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la penitencia, sino la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la vida de los ángeles y murió con la muerte de los predestinados.
Si anhelamos la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente dolorosos, pongamos su causa en manos de la que es fuente inagotable de misericordias y seguro refugio de pecadores.
*JACULATORIA*
¡Oh corazón sin mancilla!
sé nuestro amparo en la muerte
y nuestro asilo en la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh María! ¡Oh madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que destilan del corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre la tierra. Pero no, Señora mía, deja que empapen esta tierra maldita, regada con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamara al cielo como la del inocente Abel; pero no para pedir venganza contra los delincuentes, sino para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh María! que el hierro aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa haga preciosa será el refugio del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí ira el pobre en busca de la riqueza que jamás se agota; allí iremos todos a beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al ver lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que tanto sufrió por nosotros; que jamás olvidemos sus beneficios y paguemos con la ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro corazón, herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo hacen esclavo de las criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia él y construir en esa cavidad amo rosa nuestro nido, donde descansaremos de las persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísimo que comienza en la tierra por el amor y se consuma en el ciclo por el eterno desposorio del alma con su Dios. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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sábado, 21 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA DECIMOQUINTO
*MES DE MARÍA - Día quince*
*DESTINADO A HONRAR EL CUARTO DOLOR DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Había llegado la hora fatal, anunciada por el anciano Simeón, en que el corazón de María seria despedazado por una espada de dos filos. Jesús habla caído en poder de sus enemigos, quienes espiaban desde largo tiempo el momento oportuno para hacerlo la víctima sangrienta de sus venganzas. Arrastrado de tribunal en tribunal, como un homicida o incendiario sorprendido en el acto de perpetrar su crimen, fue en todas partes el blanco de las injurias, de los baldones y de los más crueles e inhumanos tratamientos.
Descargaron sobre sus espaldas una lluvia de rudos azotes, ciñeron su cabeza con una corona de punzadoras espinas y cargaron sobre sus hombros chorreantes de sangre una pesada cruz, instrumento de su cercano suplicio. Así, cargado con aquel enorme peso, lo obligaron a recorrer el largo y áspero sendero que mediaba entre el Pretorio y el Calvario, apresurando a fuerza de golpes su marcha lenta y fatigosa. De esa manera se arrastraba penosamente aquella figura de hombre, dejando marcadas sus huellas con un reguero de sangre, mientras que a lo largo del camino se agrupaban multitud de espectadores, que demostraban en sus rostros o la satisfacción del odio, o una estéril compasión.
Una mujer llorosa, sumergida en un dolor inexplicable, penetró por medio de la multitud para salir al encuentro del divino ajusticiado; y desafiando las iras de los verdugos, se acerca a él y clava en su rostro ensangrentado los ojos anegados en lágrimas. Es María que va en busca de su Hijo. En la víspera de ese día funesto, lo había dejado sano y lleno de vida; pero apenas habían transcurrido unas cuantas horas lo ve convertido todo en una pura llaga. ¡Cuál sería su dolor y su sorpresa! Jesús levanta sus ojos para verla, su mirada se encuentra con la de su madre, y aunque sus labios nada hablan, sus ojos y su corazón la dicen: «¡Oh madre desolada! ¿cómo habéis venido hasta aquí sin temer las iras de mis verdugos? Apartaos, que vuestra vista redobla mis tormentos; dejadme morir en paz por la salvación de los pecadores y pagar con exceso de amor el exceso de su ingratitud.» -Y María con sus ojos, mas bien que no con sus labios, le diría: «¡Oh hijo muy amado! ¿Quién os ha reducido a tal extremo de sufrimiento y de dolor? ¿Qué habéis hecho ¡oh inocentísimo cordero! para ser tratado de este modo? Porque resucitabais los muertos, ¿os conducen al suplicio? porque sanabais a los enfermos, ¿os han azotado cruelmente? porque dabais vista a los ciegos, oído a los sordos, movimiento a los paralíticos, ¿os han coronado de espinas, y cargado con esa cruz? ¡Ah! permitidme padecer con Vos y morir con Vos en ese madero. Yo no quiero vivir ya; la vida sin Vos me es aborrecible y la muerte seria mi único consuelo... »
El dolor de María no sólo es grande por su intensidad, sino sublime por el heroísmo con que sabe soportarlo. Ella, lejos de rehusar el sufrimiento, le sale al encuentro y con paso resuelto va a buscarlo a su misma fuente. María pudo evitar, huyendo a la soledad, la vista de ese espectáculo sangriento. Pero no, ella vuela en alas del amor que todo lo vence y que todo lo soporta; se abraza con la cruz, y olvidándose de si misma para no pensar más que en el amado de su corazón, desafía los peligros para ir a ofrecer algún alivie a su hijo perseguido.
¡Ah, cuánto acusa este heroísmo nuestra cobardía, no ya para buscar, sino para aceptar el sufrimiento y el sacrificio! Muy distantes de amar la cruz, la rechazamos con repugnancia, y si la aceptamos, es porque no esta en nuestra mano rechazarla. Y sin embargo la cruz es la llave del cielo y cargados con ella hemos de atravesar el camino de la vida, si queremos recibir recompensas inmortales. Y ¡qué tesoro de paz se oculta en el sufrimiento voluntariamente aceptado! No hay dulzura comparable con la que saborea el alma amante de Jesús, cuando carga sus hombros con la cruz que él arrastró a lo largo del camino del Calvario. Gozar cuando el amado sufre, no es gozo, es amargura; sufrir cuando el amado padece, es dulcísimo gozo. Unamos nuestros pesares, trabajos y desgracias a los de María y hallaremos fuerza, aliento, Valor y hasta alegría en medio de las espinas de que esta sembrado el camino de la vida.
*EJEMPLO*
*La medalla milagrosa*
Conocida es en todo el mundo la medalla que, por los portentos que se operaron con ella, ha recibido el nombre de milagrosa. Su forma fue revelada en 1830 por la misma Santísima Virgen a una Hermana de la Caridad de Paris. Representa en el anverso a María en pie y con los brazos extendidos, haciendo brotar de sus manos un haz de rayos, símbolo de las gracias que María derrama sobre los hombres. Al rededor se lee esta inscripción, dictada por los labios de la bondadosa Madre. ¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Llenos están los anales de la piedad cristiana con los prodigios de todo género obrados por esta medalla, que parece ser como un talismán que encierra el secreto de la más decidida protección de María. Entre otros innumerables hechos que atestiguan esta verdad, referiremos una conversión verificada en la isla de Chipre en 1864.
Vivía allí un hombre acaudalado que, a causa de la pérdida de una hija muy amada, había abandonado toda práctica de religión y había caído en la más completa indiferencia religiosa. Este caballero enfermó gravemente, hasta el punto de que fueron inútiles todos los esfuerzos para restituirle la salud. Uno de los sacerdotes de la isla lo visitaba frecuentemente con la esperanza de que aceptase los auxilios de la religión. Pero el corazón del buen sacerdote se llenaba de amargura al ver que todas sus exhortaciones obtenían la misma respuesta dilatoria: «Ya tendremos tiempo; lo veremos dentro de algunos días; por ahora no tengo disposiciones; espero mejorarme. »
Mientras tanto los síntomas de la muerte se hacían cada vez más próximos. Ya la respiración era fatigosa y el hielo mortal comenzaba a hacerse sentir en las extremidades. Y sin embargo, el endurecimiento de aquel corazón continuaba, y siempre la misma respuesta: Después... por ahora no... Los labios lívidos apenas tenían fuerzas para articular una palabra, y las pupilas negábanse ya a recibir la luz del día, y en pocas horas se cerrarían para siempre; y sin embargo la obstinación continuaba.
En esos momentos angustiosos tuvo el buen sacerdote la inspiración de acudir a la medalla milagrosa. Sentado estaba junto al moribundo sin atreverse a hablarle de aquella medalla, porque pocos momentos antes le había dicho terminantemente que no quería oír hablar de religión ni de Sacramentos. No sabiendo que hacer, encomendó fervorosamente a la Santísima Virgen la suerte de aquel pecador obstina do y colocó disimuladamente la medalla sobre la almohada. ¡Oh maravillosa clemencia de María! pocos momentos después, el enfermo se vuelve a él y le dice: «Y bien ¿cuándo comenzamos?»
-«¿Qué es lo que desea comenzar? le preguntó el sacerdote, temiendo que el enfermo se refiriese a otra cosa.» -Mi confesión; pues que si se ha de hacer alguna vez, convendría hacerla pronto.
La confesión comenzó desde aquel mismo instante, pareciendo que aquella vida que tocaba a su término, hubiese recobrado toda su fuerza. Terminada la confesión, el sacerdote le presentó la medalla, diciéndole que a esa prenda de la protección de María debía el cambio operado en su corazón. El moribundo la cogió en sus manos trémulas y la llevó a sus labios, cubriéndola de ósculos de ternura y de lágrimas de arrepentimiento. En esa actitud escapóse suavemente de su pecho el último suspiro.
Si esta medalla lleva consigo tan admirables tesoros de gracias, procuremos llevarla siempre sobre el pecho, y repetir con frecuencia la jaculatoria que lleva al pie para asegurar en nuestro favor la protección de María.
*JACULATORIA*
Yo quiero también, María,
llevar la cruz en mis hombros
y ayudarte en tu agonía.
*ORACIÓN*
¡Oh dolorida Madre de Jesús! qué triste es para mí contemplaros en la calle de la amargura, sumergida en el mas acerbo desconsuelo al ver tratado a vuestro Hijo como un malhechor y arrastrado ignominiosamente a la muerte. Pero, más que vuestros mismos dolores, me asombra el heroísmo con que desafiasteis los peligros y salisteis valerosamente al encuentro de Jesús. Alcanzadme, os ruego por los méritos de la pasión de Jesús y de vuestros Dolores, la gracia de sobreponerme con santo valor a todas las aflicciones, disgustos, enfermedades, miserias y dolores de la vida. Hacedme sentir ¡oh Virgen santa! en medio de los pesares la paz y consuelos celestiales que gustan las almas que saben sufrir por Dios; que yo mire esta tierra como un doloroso destierro y que no tenga otro amor ni otro deseo que unirme a Jesús y a Vos en el padecimiento, aceptando con satisfacción la cruz que Dios se digne cargar sobre mis hombros. Aceptad ¡oh afligida Madre! las lágrimas de compasión que vierto, que es dulce para la madre ver que sus hijos participan de sus dolores y unen sus lágrimas con las suyas. En recompensa de este signo de mi filial amor, dad-me fuerzas para arrastrar mi cruz y no desfallecer hasta dejarla en el Calvario, donde, muriendo con Jesús, tendré la di cha de resucitar con El para gozar eterna mente en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer el santo ejercicio del Via Crucis uniéndose a los dolores de Jesús y Maria en el camino del Calvario.
2. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
3. Imponerse alguna mortificación corporal en honra de los padecimientos del Hijo y de la Madre.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*DESTINADO A HONRAR EL CUARTO DOLOR DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Había llegado la hora fatal, anunciada por el anciano Simeón, en que el corazón de María seria despedazado por una espada de dos filos. Jesús habla caído en poder de sus enemigos, quienes espiaban desde largo tiempo el momento oportuno para hacerlo la víctima sangrienta de sus venganzas. Arrastrado de tribunal en tribunal, como un homicida o incendiario sorprendido en el acto de perpetrar su crimen, fue en todas partes el blanco de las injurias, de los baldones y de los más crueles e inhumanos tratamientos.
Descargaron sobre sus espaldas una lluvia de rudos azotes, ciñeron su cabeza con una corona de punzadoras espinas y cargaron sobre sus hombros chorreantes de sangre una pesada cruz, instrumento de su cercano suplicio. Así, cargado con aquel enorme peso, lo obligaron a recorrer el largo y áspero sendero que mediaba entre el Pretorio y el Calvario, apresurando a fuerza de golpes su marcha lenta y fatigosa. De esa manera se arrastraba penosamente aquella figura de hombre, dejando marcadas sus huellas con un reguero de sangre, mientras que a lo largo del camino se agrupaban multitud de espectadores, que demostraban en sus rostros o la satisfacción del odio, o una estéril compasión.
Una mujer llorosa, sumergida en un dolor inexplicable, penetró por medio de la multitud para salir al encuentro del divino ajusticiado; y desafiando las iras de los verdugos, se acerca a él y clava en su rostro ensangrentado los ojos anegados en lágrimas. Es María que va en busca de su Hijo. En la víspera de ese día funesto, lo había dejado sano y lleno de vida; pero apenas habían transcurrido unas cuantas horas lo ve convertido todo en una pura llaga. ¡Cuál sería su dolor y su sorpresa! Jesús levanta sus ojos para verla, su mirada se encuentra con la de su madre, y aunque sus labios nada hablan, sus ojos y su corazón la dicen: «¡Oh madre desolada! ¿cómo habéis venido hasta aquí sin temer las iras de mis verdugos? Apartaos, que vuestra vista redobla mis tormentos; dejadme morir en paz por la salvación de los pecadores y pagar con exceso de amor el exceso de su ingratitud.» -Y María con sus ojos, mas bien que no con sus labios, le diría: «¡Oh hijo muy amado! ¿Quién os ha reducido a tal extremo de sufrimiento y de dolor? ¿Qué habéis hecho ¡oh inocentísimo cordero! para ser tratado de este modo? Porque resucitabais los muertos, ¿os conducen al suplicio? porque sanabais a los enfermos, ¿os han azotado cruelmente? porque dabais vista a los ciegos, oído a los sordos, movimiento a los paralíticos, ¿os han coronado de espinas, y cargado con esa cruz? ¡Ah! permitidme padecer con Vos y morir con Vos en ese madero. Yo no quiero vivir ya; la vida sin Vos me es aborrecible y la muerte seria mi único consuelo... »
El dolor de María no sólo es grande por su intensidad, sino sublime por el heroísmo con que sabe soportarlo. Ella, lejos de rehusar el sufrimiento, le sale al encuentro y con paso resuelto va a buscarlo a su misma fuente. María pudo evitar, huyendo a la soledad, la vista de ese espectáculo sangriento. Pero no, ella vuela en alas del amor que todo lo vence y que todo lo soporta; se abraza con la cruz, y olvidándose de si misma para no pensar más que en el amado de su corazón, desafía los peligros para ir a ofrecer algún alivie a su hijo perseguido.
¡Ah, cuánto acusa este heroísmo nuestra cobardía, no ya para buscar, sino para aceptar el sufrimiento y el sacrificio! Muy distantes de amar la cruz, la rechazamos con repugnancia, y si la aceptamos, es porque no esta en nuestra mano rechazarla. Y sin embargo la cruz es la llave del cielo y cargados con ella hemos de atravesar el camino de la vida, si queremos recibir recompensas inmortales. Y ¡qué tesoro de paz se oculta en el sufrimiento voluntariamente aceptado! No hay dulzura comparable con la que saborea el alma amante de Jesús, cuando carga sus hombros con la cruz que él arrastró a lo largo del camino del Calvario. Gozar cuando el amado sufre, no es gozo, es amargura; sufrir cuando el amado padece, es dulcísimo gozo. Unamos nuestros pesares, trabajos y desgracias a los de María y hallaremos fuerza, aliento, Valor y hasta alegría en medio de las espinas de que esta sembrado el camino de la vida.
*EJEMPLO*
*La medalla milagrosa*
Conocida es en todo el mundo la medalla que, por los portentos que se operaron con ella, ha recibido el nombre de milagrosa. Su forma fue revelada en 1830 por la misma Santísima Virgen a una Hermana de la Caridad de Paris. Representa en el anverso a María en pie y con los brazos extendidos, haciendo brotar de sus manos un haz de rayos, símbolo de las gracias que María derrama sobre los hombres. Al rededor se lee esta inscripción, dictada por los labios de la bondadosa Madre. ¡Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Llenos están los anales de la piedad cristiana con los prodigios de todo género obrados por esta medalla, que parece ser como un talismán que encierra el secreto de la más decidida protección de María. Entre otros innumerables hechos que atestiguan esta verdad, referiremos una conversión verificada en la isla de Chipre en 1864.
Vivía allí un hombre acaudalado que, a causa de la pérdida de una hija muy amada, había abandonado toda práctica de religión y había caído en la más completa indiferencia religiosa. Este caballero enfermó gravemente, hasta el punto de que fueron inútiles todos los esfuerzos para restituirle la salud. Uno de los sacerdotes de la isla lo visitaba frecuentemente con la esperanza de que aceptase los auxilios de la religión. Pero el corazón del buen sacerdote se llenaba de amargura al ver que todas sus exhortaciones obtenían la misma respuesta dilatoria: «Ya tendremos tiempo; lo veremos dentro de algunos días; por ahora no tengo disposiciones; espero mejorarme. »
Mientras tanto los síntomas de la muerte se hacían cada vez más próximos. Ya la respiración era fatigosa y el hielo mortal comenzaba a hacerse sentir en las extremidades. Y sin embargo, el endurecimiento de aquel corazón continuaba, y siempre la misma respuesta: Después... por ahora no... Los labios lívidos apenas tenían fuerzas para articular una palabra, y las pupilas negábanse ya a recibir la luz del día, y en pocas horas se cerrarían para siempre; y sin embargo la obstinación continuaba.
En esos momentos angustiosos tuvo el buen sacerdote la inspiración de acudir a la medalla milagrosa. Sentado estaba junto al moribundo sin atreverse a hablarle de aquella medalla, porque pocos momentos antes le había dicho terminantemente que no quería oír hablar de religión ni de Sacramentos. No sabiendo que hacer, encomendó fervorosamente a la Santísima Virgen la suerte de aquel pecador obstina do y colocó disimuladamente la medalla sobre la almohada. ¡Oh maravillosa clemencia de María! pocos momentos después, el enfermo se vuelve a él y le dice: «Y bien ¿cuándo comenzamos?»
-«¿Qué es lo que desea comenzar? le preguntó el sacerdote, temiendo que el enfermo se refiriese a otra cosa.» -Mi confesión; pues que si se ha de hacer alguna vez, convendría hacerla pronto.
La confesión comenzó desde aquel mismo instante, pareciendo que aquella vida que tocaba a su término, hubiese recobrado toda su fuerza. Terminada la confesión, el sacerdote le presentó la medalla, diciéndole que a esa prenda de la protección de María debía el cambio operado en su corazón. El moribundo la cogió en sus manos trémulas y la llevó a sus labios, cubriéndola de ósculos de ternura y de lágrimas de arrepentimiento. En esa actitud escapóse suavemente de su pecho el último suspiro.
Si esta medalla lleva consigo tan admirables tesoros de gracias, procuremos llevarla siempre sobre el pecho, y repetir con frecuencia la jaculatoria que lleva al pie para asegurar en nuestro favor la protección de María.
*JACULATORIA*
Yo quiero también, María,
llevar la cruz en mis hombros
y ayudarte en tu agonía.
*ORACIÓN*
¡Oh dolorida Madre de Jesús! qué triste es para mí contemplaros en la calle de la amargura, sumergida en el mas acerbo desconsuelo al ver tratado a vuestro Hijo como un malhechor y arrastrado ignominiosamente a la muerte. Pero, más que vuestros mismos dolores, me asombra el heroísmo con que desafiasteis los peligros y salisteis valerosamente al encuentro de Jesús. Alcanzadme, os ruego por los méritos de la pasión de Jesús y de vuestros Dolores, la gracia de sobreponerme con santo valor a todas las aflicciones, disgustos, enfermedades, miserias y dolores de la vida. Hacedme sentir ¡oh Virgen santa! en medio de los pesares la paz y consuelos celestiales que gustan las almas que saben sufrir por Dios; que yo mire esta tierra como un doloroso destierro y que no tenga otro amor ni otro deseo que unirme a Jesús y a Vos en el padecimiento, aceptando con satisfacción la cruz que Dios se digne cargar sobre mis hombros. Aceptad ¡oh afligida Madre! las lágrimas de compasión que vierto, que es dulce para la madre ver que sus hijos participan de sus dolores y unen sus lágrimas con las suyas. En recompensa de este signo de mi filial amor, dad-me fuerzas para arrastrar mi cruz y no desfallecer hasta dejarla en el Calvario, donde, muriendo con Jesús, tendré la di cha de resucitar con El para gozar eterna mente en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer el santo ejercicio del Via Crucis uniéndose a los dolores de Jesús y Maria en el camino del Calvario.
2. Hacer un cuarto de hora de meditación sobre la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
3. Imponerse alguna mortificación corporal en honra de los padecimientos del Hijo y de la Madre.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
jueves, 19 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA DECIMOTERCERO
*MES DE MARÍA - Día trece*
*DEDICADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA POR LA PÉRDIDA DE JESUS*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Un incidente doloroso acibaró el corazón de María después de la feliz cesación de su destierro y de la vuelta a su patria y a su hogar. Fieles observadores de la ley, los dos santos Esposos se dirigieron un día a Jerusalén en la época del tiempo pascual. Confundidos entre la multitud de piadosos peregrinos que iban a visitar el templo, partieron de Nazaret llevan do a Jesús en su compañía cuando frisaba en los doce anos de edad. Después de cumplir los deberes religiosos, dejaron la Ciudad santa, formando parte de grupos diferentes, según era costumbre: José en el grupo de los hombres y María en el grupo de las mujeres; pero los niños podían indiferentemente agregarse a cualquiera de los grupos.
Las sombras de la noche hablan caído ya sobre la tierra cuando José y María se reunieron en el lugar de la primera jornada. Al reunirse, la primera pregunta de uno y otro fue la misma:
¿Dónde está Jesús? Ni uno ni otro pudieron contestarla. Jesús había desaparecido, y la más amarga desolación se apoderó del corazón de los afligidos Esposos. Si la tierra hubiera temblado anunciando su completo desquicia miento, y si las trompetas del juicio hubieran señalado el momento de la última hora, el corazón de María no habría sufrido la conmoción que experimentó al notar la pérdida de su Hijo. Interrogaron a sus parientes y amigos, penetraron desolados entre la multitud con la esperanza de que el niño los hubiera perdido de vista. ¡Vanos esfuerzos! De todos los labios se desprendían respuestas negativas; nadie daba razón de Jesús. La noche era tenebrosa como la pena que embargaba a los dos despedazados corazones. Muchos dolores se ocultarían bajo las sombras de esa noche; pero no habría ninguno como el de María.
Tomaron entonces solos y silenciosos el camino de Jerusalén sin que los arredrase ni el cansancio ni los peligros. Las lágrimas de la afligida madre iban señalando la solitaria ruta, y de trecho en trecho se dejaba oír su voz dolorida que llamaba a Jesús con la esperanza de que respondiese a sus clamores. Así llegaron a la Ciudad, y desde las primeras luces de la aurora recorrieron diligentemente sus calles, preguntando a los transeúntes si por acaso habían visto al amado de su corazón; pero, ilusorias esperanzas, vagas probabilidades era todo el resultado de sus investigaciones.
Cada momento que pasaba hacía más agudo el dolor de María; había perdido su tesoro, la luz de su vida, el solo embeleso de su corazón; en una palabra, era una madre que habla perdido al único hijo de sus entrañas. Todo le era soportable con Jesús, todo le era amargo sin él. ¿Dónde estaría? ¿Habría caído en manos de sus enemigos? ¿Se habría hecho indigna de su amor y de su compañía? Mil dolorosos pensamientos cruzaban por su mente, despedazando su alma. Por tres veces vio venir la noche y nacer el día; y el día y la noche transcurrían dejándola sumergida en su dolor; hasta que dirigiéndose otra vez al templo para derramar allí sus dolorosas lágrimas, vio a Jesús que, rodeado de los doctores 4e la ley, los maravillaba con la sabiduría que a raudales brotaba de sus labios.- ¿Quién es este prodigioso niño? exclamaban algunos a pocos pasos de la Madre. -Es Jesús, mi hijo, dijo María, en los transportes de su inmenso gozo; y acercándose al Mesías, le dice con una dulzura que revelaba aún los últimos dejos de su pesar: “Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de aflicción...»
¡Ah! ¡Y con cuanta facilidad perdemos nosotros a Jesús por medio del pecado! Por un placer momentáneo, por la satisfacción de alguna pasión mezquina, por seguir las máximas del mundo, por el respeto humano, por un interés sórdido, perdemos su gracia y su amistad bienhechora, sin pensar por un momento que perdiendo a Jesús, todo lo perdemos. ¿Qué importan entonces todos los bienes de la tierra, todos los honores del mundo, todos los goces de la vida? “¿Qué importa al hombre ganar un mundo si pierde su alma?» Pero lo que es más triste, es ver la indiferencia con que se mira la p6rdida de Dios. Si se pierde la fortuna, cuántas lágrimas y sacrificios para recuperarla; si se pierde la salud, cuántos afanes por recobrarla; si se pierde la estimación de los hombres, cuánta solicitud por encontrarla de nuevo. Pero si se pierde a Dios, que es el sumo bien, se ríe y duerme sin cuidado, sin que se derrame una lágrima y sin que se haga diligencia alguna por volver a su amistad. Veamos en este dolor de María cuanto debe ser nuestro empeño por encontrar a Jesús cuando tengamos la desgracia de perderlo por el pecado.
*EJEMPLO*
*Desgraciado del que olvida a María*
Hubo en una ciudad de Francia un joven, como tantos otros, que olvidando los principios de la religión, se entregó con avidez febril a la lectura de libros impíos y licenciosos.
Como siempre acontece, la fe y la inocencia naufragaron en ese mar de errores y máximas funestas que llenan las páginas de esas infames producciones del infierno.
Perdida la fe, comenzó a resbalar por la pendiente del vicio y acabó por precipitarse en el abismo del crimen, cometiendo uno que comprometió gravemente su honor.
Devorado por los remordimientos y asustado de su propia obra, se echó en los brazos de la desesperación, en vez de buscar los del arrepentimiento, y llegó a concebir la realización de un crimen mucho mayor que el que causaba su desesperación: el suicidio. En el paroxismo de su desesperación, no comprendía que el suicidio en vez de salvar su honor, lo enlodaba más y más añadiendo un crimen a otro crimen.
Agitado por este sombrío pensamiento, y sin dar lugar a la reflexión, se precipitó un día des de lo mas alto de la ribera al fondo de un caudaloso río, creyendo que su mala acción permanecería secreta. Pero, por un prodigio inexplicable, su cuerpo flotaba sano y salvo sobre las corrientes del río, a pesar de los esfuerzos que hacia para sumergirse. Un pescador que arreglaba sus redes en la ribera, al ver que un hombre era conducido por la corriente se apresuró a prestarle socorro, creyendo que habría sido víctima de algún accidente involuntario. Más, cuando el generoso pescador estaba a punto de salvarlo, el demonio, sin duda, sugirió al infeliz la idea de que la causa que le impedía sumergirse era un Escapulario que llevaba al cuello, último y único resto de las santas creencias de su infancia. Acto continuo, el desgraciado joven se lo arranca del cuello y lo arroja a la corriente, y en el mismo instante se sumerge en el fondo de las aguas sin que el pescador pudiera impedirlo.
Este hecho nos manifiesta que la Santísima Virgen no olvida ni a sus hijos mas ingratos, si se visten con la sagrada insignia de su Escapulario y que esta dispuesta a procurarles hasta el último momento medios de salvación.
*JACULATORIA*
Sálvanos, Madre piadosa,
de una vida disipada
y una muerte desastrosa.
*ORACIÓN*
¡Oh María! por la dolorosa angustia que experimentó tu corazón de madre al verte separada por tres días de tu idolatrado Hijo, dígnate alcanzarnos la gracia de llorar siempre con amargas lágrimas nuestros pecados, que han sido la causa de haber tantas voces perdido la amistad divina. ¡Oh mil veces desventurados los que pierden a Jesús sin deplorar su ausencia y sin echar de menos su dulce y amable compañía! No permitas jamás ¡oh madre nuestra! que insensibles a tan dolorosa pérdida, disfrutemos tranquilos de los pérfidos goces del mundo, sin pensar que lejos de Dios existe abierto a nuestros pies un profundísimo abismo. ¡Ah! perdiendo a Jesús, te perdemos también a ti que eres nuestra mas dulce esperanza, nuestro con suelo mas puro y nuestra mas segura tabla de salvación. ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh estrella de los mares! en medio de las tormentas que agitan la vida llenándola de peligros! ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh consola dora de los afligidos! en medio de las des gracias y contratiempos que siembran de pesares el camino de la vida! ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh inexpugnable fortaleza! en medio de las tentaciones que suscitan para perdernos los enemigos de nuestra salvación! ¡Oh María! somos tus hijos no nos desampares; somos tus siervos, no nos olvides; somos tus vasallos, no nos desconozcas. Llena de piedad y de misericordia alárganos tu mano protectora en la hora del peligro; y si por desgracia sucumbiéramos, no tardes en venir en nuestro auxilio y en ponernos a salvo hasta dejarnos en posesión de la tierra feliz donde disfruta remos eternamente de tu amabilísima compañía. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer un acto de contrición detestando de corazón todo pecado.
2. Practicar la virtud de la humildad ejecutando algún acto humillante o hablando bajamente de nosotros mismos.
3. Hacer una confesión con todo esmero para recobrar la amistad divina, si la hubiésemos perdido por el pecado, o para afianzarla con el aumento de gracias que se nos comunica por medio de los Sacramentos.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*DEDICADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA POR LA PÉRDIDA DE JESUS*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Un incidente doloroso acibaró el corazón de María después de la feliz cesación de su destierro y de la vuelta a su patria y a su hogar. Fieles observadores de la ley, los dos santos Esposos se dirigieron un día a Jerusalén en la época del tiempo pascual. Confundidos entre la multitud de piadosos peregrinos que iban a visitar el templo, partieron de Nazaret llevan do a Jesús en su compañía cuando frisaba en los doce anos de edad. Después de cumplir los deberes religiosos, dejaron la Ciudad santa, formando parte de grupos diferentes, según era costumbre: José en el grupo de los hombres y María en el grupo de las mujeres; pero los niños podían indiferentemente agregarse a cualquiera de los grupos.
Las sombras de la noche hablan caído ya sobre la tierra cuando José y María se reunieron en el lugar de la primera jornada. Al reunirse, la primera pregunta de uno y otro fue la misma:
¿Dónde está Jesús? Ni uno ni otro pudieron contestarla. Jesús había desaparecido, y la más amarga desolación se apoderó del corazón de los afligidos Esposos. Si la tierra hubiera temblado anunciando su completo desquicia miento, y si las trompetas del juicio hubieran señalado el momento de la última hora, el corazón de María no habría sufrido la conmoción que experimentó al notar la pérdida de su Hijo. Interrogaron a sus parientes y amigos, penetraron desolados entre la multitud con la esperanza de que el niño los hubiera perdido de vista. ¡Vanos esfuerzos! De todos los labios se desprendían respuestas negativas; nadie daba razón de Jesús. La noche era tenebrosa como la pena que embargaba a los dos despedazados corazones. Muchos dolores se ocultarían bajo las sombras de esa noche; pero no habría ninguno como el de María.
Tomaron entonces solos y silenciosos el camino de Jerusalén sin que los arredrase ni el cansancio ni los peligros. Las lágrimas de la afligida madre iban señalando la solitaria ruta, y de trecho en trecho se dejaba oír su voz dolorida que llamaba a Jesús con la esperanza de que respondiese a sus clamores. Así llegaron a la Ciudad, y desde las primeras luces de la aurora recorrieron diligentemente sus calles, preguntando a los transeúntes si por acaso habían visto al amado de su corazón; pero, ilusorias esperanzas, vagas probabilidades era todo el resultado de sus investigaciones.
Cada momento que pasaba hacía más agudo el dolor de María; había perdido su tesoro, la luz de su vida, el solo embeleso de su corazón; en una palabra, era una madre que habla perdido al único hijo de sus entrañas. Todo le era soportable con Jesús, todo le era amargo sin él. ¿Dónde estaría? ¿Habría caído en manos de sus enemigos? ¿Se habría hecho indigna de su amor y de su compañía? Mil dolorosos pensamientos cruzaban por su mente, despedazando su alma. Por tres veces vio venir la noche y nacer el día; y el día y la noche transcurrían dejándola sumergida en su dolor; hasta que dirigiéndose otra vez al templo para derramar allí sus dolorosas lágrimas, vio a Jesús que, rodeado de los doctores 4e la ley, los maravillaba con la sabiduría que a raudales brotaba de sus labios.- ¿Quién es este prodigioso niño? exclamaban algunos a pocos pasos de la Madre. -Es Jesús, mi hijo, dijo María, en los transportes de su inmenso gozo; y acercándose al Mesías, le dice con una dulzura que revelaba aún los últimos dejos de su pesar: “Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de aflicción...»
¡Ah! ¡Y con cuanta facilidad perdemos nosotros a Jesús por medio del pecado! Por un placer momentáneo, por la satisfacción de alguna pasión mezquina, por seguir las máximas del mundo, por el respeto humano, por un interés sórdido, perdemos su gracia y su amistad bienhechora, sin pensar por un momento que perdiendo a Jesús, todo lo perdemos. ¿Qué importan entonces todos los bienes de la tierra, todos los honores del mundo, todos los goces de la vida? “¿Qué importa al hombre ganar un mundo si pierde su alma?» Pero lo que es más triste, es ver la indiferencia con que se mira la p6rdida de Dios. Si se pierde la fortuna, cuántas lágrimas y sacrificios para recuperarla; si se pierde la salud, cuántos afanes por recobrarla; si se pierde la estimación de los hombres, cuánta solicitud por encontrarla de nuevo. Pero si se pierde a Dios, que es el sumo bien, se ríe y duerme sin cuidado, sin que se derrame una lágrima y sin que se haga diligencia alguna por volver a su amistad. Veamos en este dolor de María cuanto debe ser nuestro empeño por encontrar a Jesús cuando tengamos la desgracia de perderlo por el pecado.
*EJEMPLO*
*Desgraciado del que olvida a María*
Hubo en una ciudad de Francia un joven, como tantos otros, que olvidando los principios de la religión, se entregó con avidez febril a la lectura de libros impíos y licenciosos.
Como siempre acontece, la fe y la inocencia naufragaron en ese mar de errores y máximas funestas que llenan las páginas de esas infames producciones del infierno.
Perdida la fe, comenzó a resbalar por la pendiente del vicio y acabó por precipitarse en el abismo del crimen, cometiendo uno que comprometió gravemente su honor.
Devorado por los remordimientos y asustado de su propia obra, se echó en los brazos de la desesperación, en vez de buscar los del arrepentimiento, y llegó a concebir la realización de un crimen mucho mayor que el que causaba su desesperación: el suicidio. En el paroxismo de su desesperación, no comprendía que el suicidio en vez de salvar su honor, lo enlodaba más y más añadiendo un crimen a otro crimen.
Agitado por este sombrío pensamiento, y sin dar lugar a la reflexión, se precipitó un día des de lo mas alto de la ribera al fondo de un caudaloso río, creyendo que su mala acción permanecería secreta. Pero, por un prodigio inexplicable, su cuerpo flotaba sano y salvo sobre las corrientes del río, a pesar de los esfuerzos que hacia para sumergirse. Un pescador que arreglaba sus redes en la ribera, al ver que un hombre era conducido por la corriente se apresuró a prestarle socorro, creyendo que habría sido víctima de algún accidente involuntario. Más, cuando el generoso pescador estaba a punto de salvarlo, el demonio, sin duda, sugirió al infeliz la idea de que la causa que le impedía sumergirse era un Escapulario que llevaba al cuello, último y único resto de las santas creencias de su infancia. Acto continuo, el desgraciado joven se lo arranca del cuello y lo arroja a la corriente, y en el mismo instante se sumerge en el fondo de las aguas sin que el pescador pudiera impedirlo.
Este hecho nos manifiesta que la Santísima Virgen no olvida ni a sus hijos mas ingratos, si se visten con la sagrada insignia de su Escapulario y que esta dispuesta a procurarles hasta el último momento medios de salvación.
*JACULATORIA*
Sálvanos, Madre piadosa,
de una vida disipada
y una muerte desastrosa.
*ORACIÓN*
¡Oh María! por la dolorosa angustia que experimentó tu corazón de madre al verte separada por tres días de tu idolatrado Hijo, dígnate alcanzarnos la gracia de llorar siempre con amargas lágrimas nuestros pecados, que han sido la causa de haber tantas voces perdido la amistad divina. ¡Oh mil veces desventurados los que pierden a Jesús sin deplorar su ausencia y sin echar de menos su dulce y amable compañía! No permitas jamás ¡oh madre nuestra! que insensibles a tan dolorosa pérdida, disfrutemos tranquilos de los pérfidos goces del mundo, sin pensar que lejos de Dios existe abierto a nuestros pies un profundísimo abismo. ¡Ah! perdiendo a Jesús, te perdemos también a ti que eres nuestra mas dulce esperanza, nuestro con suelo mas puro y nuestra mas segura tabla de salvación. ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh estrella de los mares! en medio de las tormentas que agitan la vida llenándola de peligros! ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh consola dora de los afligidos! en medio de las des gracias y contratiempos que siembran de pesares el camino de la vida! ¡Qué haríamos sin ti, ¡oh inexpugnable fortaleza! en medio de las tentaciones que suscitan para perdernos los enemigos de nuestra salvación! ¡Oh María! somos tus hijos no nos desampares; somos tus siervos, no nos olvides; somos tus vasallos, no nos desconozcas. Llena de piedad y de misericordia alárganos tu mano protectora en la hora del peligro; y si por desgracia sucumbiéramos, no tardes en venir en nuestro auxilio y en ponernos a salvo hasta dejarnos en posesión de la tierra feliz donde disfruta remos eternamente de tu amabilísima compañía. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer un acto de contrición detestando de corazón todo pecado.
2. Practicar la virtud de la humildad ejecutando algún acto humillante o hablando bajamente de nosotros mismos.
3. Hacer una confesión con todo esmero para recobrar la amistad divina, si la hubiésemos perdido por el pecado, o para afianzarla con el aumento de gracias que se nos comunica por medio de los Sacramentos.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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miércoles, 18 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA DUODÉCIMO
*MES DE MARÍA - Dia doce*
*CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE*
*MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Era la mitad de una apacible noche. José y María rendidos por la fatiga del trabajo, dormían el dulce sueño de la inocencia y del deber cumplido. Repentinamente José despierta sobresaltado y se levanta de prisa: era que un ángel le acababa de dar la orden de emprender un viaje a Egipto para poner a salvo la vida del recién nacido, amenazada por la sana de Herodes. María, sin desplegar sus labios para proferir una queja, corre a la cuna de su Hijo, que dormía tranquilamente el sueno de los ángeles, fija sobre él una mirada de angustia, lo envuelve cuidadosamente en sus pana les, lo carga amorosamente en sus brazos, lo cubre con un pobre manto y se aleja con paso presuroso de la tierra de sus antepasados para encaminarse al país del destierro.
Un silencio sepulcral dominaba en las calles: todos reposaban en el sosiego de sus abrigados albergues y nadie transitaba alo largo de los solitarios caminos que conducían a Jerusalén. Entre tanto, una tierna doncella y un triste anciano marchaban en silencio, temerosos hasta del ruido de sus propios pasos, a la luz de los suaves rayos de la luna que brillaba en un cielo síu nubes. “Érase todavía en la estación del invierno, dice San Buenaventura; y al atravesar la Palestina, la santa familia debió de escoger los caminos más ásperos y solitarios. ¿Dónde se habrá alojado durante las noches? ¿qué lugar habrá podido escoger durante el día para reponerse un poco de las fatigas del viaje? ¿dónde habrá tomado la frugal comida que debía sostener sus fuerzas?”
Caminos solitarios, senderos quebrados y peñascosos, colinas empinadas, bosques espesos, arenales abrasados, desfiladeros peligrosos, sinuosidades en que los bandoleros espiaban al viajero, cavernas oscuras que servían de guarida a los malhechores: he ahí lo que debían atravesar los desvalidos peregrinos y tristes desterrados de Israel. Pero no sólo era la naturaleza con sus desiertos sin sombra, sin agua y sin ruido, con sus altas montañas y tupidos bosques v solitarias hondonadas, lo que hacia en extremo penosa la marcha de los viajeros: eran el miedo, el frío, el hambre y la sed. Ellos debían ocultarse a las pesquisas de los espías de Herodes y alejarse de las poblaciones y seguir los senderos menos frecuentados. El frío entumecía sus miembros, porque no tenían ni un techo que los guareciera de las brisas húmedas de la noche, ni más lecho que las yerbas empapadas por el rocío, ni más abrigo que sus sencillos mantos. Sus provisiones eran escasas, y el hambre se dejó sentir más de una vez sin que encontraran, para satisfacerla, ni una fruta silvestre, ni un tallo de hierba. Al través de aquellos paramos abrasados por el sol, ni una fuente di agua les ofrecía sus corrientes cristalinas para humedecer sus fauces, secas por el cansancio, el calor y la fatiga, y ni siquiera un soplo de fresca brisa venia a templar el ardor de aquella temperatura de fuego.
Por fin, después de un viaje largo y penoso, llegaron a Egipto, la tierra de la proscripción, donde no encontraron ni un pariente, ni un amigo, ni una mano generosa que les prestase amparo. Era un país de idólatras y donde se miraba con desdén e indiferencia al extranjero. En su patria los santos Esposos habían llevado una vida humilde y laboriosa; pero jamás faltó el pan en su mesa. Mas ¡ay! en el país del destierro sus privaciones eran continuas y un trabajo asiduo durante el día y una par te de las noches no era bastante a proveerlos de lo necesario. “¡Con frecuencia, dice un escritor, el Niño Jesús acosado por el hambre, pidió pan a su Madre, que no podía darle otra cosa que sus lágrimas!...”
No dejemos perder ninguna de las saludables enseñanzas encerradas en este misterio de suprema angustia y de maravillosa resignación a la voluntad divina. La prudencia humana habría podido alegar mil especiosas excusas y oponer al decreto del ángel numerosos inconvenientes. Era de noche; convendría esperar la claridad de la aurora, los caminos estaban poblados de bandidos; carecían de todo recurso para emprender un largo viaje; iban a un país extraño, dejando patria, hogar, parientes, amigos. ¿No habría otro medio que ofreciera menos dificultades para salvar al niño? ¿Por qué se les exige tan penoso sacrificio?
He aquí lo que hubiera dictado la prudencia humana. Pero los santos Esposos ni siquiera preguntan al ángel si el cielo se encargaría de protegerlos durante tan larga jornada. Bástales saber que tales son los designios de Dios para inclinarse sumisos y adorar su voluntad, abandonándose sin reserva en los brazos de su providencia. Si María nos ofrece en el curso de su vida maravillosos ejemplos de perfecta sumisión a la voluntad de Dios, nunca brilló con luz más viva esa virtud que en la huida a Egipto. ¿Adónde os encamináis ¡oh doncella desvalida! con vuestro pequeño niño en medio de una noche fría y solitaria? Yo voy a Egipto, al país lejano del destierro. Pero, ¿quién os obliga a encaminaros al lugar del destierro y abandonar el suelo que os vio nacer, el techo que os guarece, los amigos, los parientes y cuanto ama vuestro corazón? La voluntad de Dios. -Pero ¿vuestra ausencia se prolongara mucho tiempo? -Tanto como Dios quiera. ¿Cuándo tornaréis a vuestros lares abandonados y volveréis a aspirar los aires de la patria?-Cuando Dios lo ordene; yo no tengo otra patria, ni otro gusto, ni otro deseo que el cumplimiento de la voluntad de Dios.
¡Ah! y cuanto acusa nuestra conducta la resignación de María. Ella se abandonaba en los brazos de la Providencia, porque sabía que Dios se encarga de proveer a nuestras necesidades y de darnos los medios de cumplir sus designios. Nosotros, al contrario, pretendemos conformar la voluntad de Dios a nuestros propios gustos y la contrariamos audazmente toda vez que así nos lo aconsejan las conveniencias terrenales. Dios no anhela otra cosa que nuestro bien, y cuando permite que seamos atribulados, es porque así conviene a los intereses de nuestra santificación. Sírvanos la conducta de María de saludable lección para que sepamos adorar en todo tiempo la Voluntad divina.
*EJEMPLO*
La confianza filial recompensada
*ANTIGUO SEMINARIO DE TOULOUSE, ACTUAL EDIFICIO VALADE.*
En el Seminario de Tolosa habla un niño de muy felices disposiciones para la virtud, y entre otras prendas que lo adornaban, se distinguía por una confianza ilimitada en la protección de María.
Una noche, al pasar el superior la visita de inspección acostumbrada para asegurarse de que todos los alumnos estaban recogidos, lo encontró arrodillado en su cama.-¿Por qué no se ha acostado V., mi querido amigo? le dijo el superior.-Porque he dado mi escapulario al portero para que me lo remiende con el cargo de que me lo devolviese antes de acostarme; y como no me lo ha traído todavía, no me atrevo a recogerme sin él.-¿Y por qué no podría V. pasar una noche sin su escapulario? repuso el sacerdote. -Porque temo morirme esta misma noche; y no quisiera que me sobreviniera este trance sin tener en mi poder este escudo de protección: pues la Santísima Virgen ha prometido que el que muera con esa especial di visa de su amor no padecerá el fuego eterno
-No tenga V. temor, le dijo el superior pues nada nos induce a creer que esté tan próximo su fin: mañana, a primera hora, yo haré que se le devuelva su escapulario; y entretanto, acuéstese y duerma tranquilo.-Padre mío, replicó el joven, yo no puedo acostarme sin mi santo escapulario; no tendría tranquilidad ni ven dría el sueno a mis ojos, de temor de morirme sin él.
El buen sacerdote, profundamente compadecido de la aflicción del santo joven y no menos edificado de aquella confianza verdaderamente filial en la protección de María, bajó al aposento del portero, recogió el escapulario y lo entregó al ni no, quien1 después de besarlo devotamente, lo colgó alegremente de su cuello, diciendo: Ahora si que dormiré tranquilo; y se durmió, invocando tiernamente el nombre de María.
Al día siguiente, el mismo superior, al pasar la revista ordinaria para ver si sus alumnos se habían levantado a la hora señalada, entró al cuarto del devoto niño y lo halló todavía en la cama, lo que no le sorprendió, creyendo que estaría reparando la pérdida de sueno de la noche anterior a causa de la falta de su escapulario. Se acercó a él, lo llamó dos o tres veces, y viendo que no respondía, le re movió suavemente para despertarlo; y nada... Aplicó su mano en la boca para percibir su aliento, y pudo cerciorarse con indecible sor presa que el piadoso niño había pasado del sueno de la vida al sueno de la muerte. Había espirado teniendo estrechado fuertemente al corazón el santo escapulario que con tan vivas instancias había reclamado.
María había querido recompensar la filial confianza de su joven devoto no permitiendo que muriese sin el precioso documento por el cual sus devotos quedan libres de las penas eternas. Este hecho nos demuestra la benevolencia con que mira la Madre de Dios a los que se revisten de su santo hábito.
*JACULATORIA*
Danos ¡oh dulce María!
tu maternal protección,
y acepta desde este día
mi vida y mi corazón.
*ORACIÓN*
¡Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Corazón amabilísimo, objeto de las eternas complacencias de la Santísima Trinidad y digno de la veneración de los ángeles y de los hombres! disipad el hielo de nuestros corazones, encended en ellos el fuego del amor divino y comunicadnos un santo entusiasmo por la imitación de vuestras virtudes. Sobre todo haced que os imitemos en esa heroica conformidad con los designios de Dios y en esa perfecta sumisión a su adorable voluntad. Bien sabéis ¡oh Corazón humilde y resignado! que nuestros corazones son rebeldes a los decretos divinos resistiendo muchas veces a ellos para seguir nuestras inclinaciones. Haced que jamás hagamos otra cosa que lo que sea del agrado de Dios y bien de nuestras almas, y que en nada nos busquemos a nosotros mismos ni demos satisfacción a nuestros gustos.
¡Oh santos Esposos de Nazaret! Vosotros que protegisteis durante el largo y penoso destierro al divino Fundador de la Iglesia, dignaos velar sobre esa sociedad de salvación y de vida; protegedla y sed para ella torre inexpugnable que resista heroicamente a los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Dios, nuestro socorro en las pruebas, nuestro consuelo en las penas, nuestra fuerza en la tentación, nuestro refugio en la persecución. Asistidnos especialmente en el momento de nuestra muerte haciéndonos experimentar en esa hora, decisiva de nuestra suerte, los efectos de vuestro poder, dándonos un asilo en el seno de la misericordia divina, a fin de que podamos bendecir al Señor eternamente en el cielo en vuestra compañía. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Repetir varias veces en el día la tercera petición del Padre nuestro, llagase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; prometiendo a María imitarla en su perfecta conformidad con la voluntad de Dios.
2. Rogar a Dios por la persona o personas que nos hacen mal, perdonándolas de todo corazón.
3. Rezar las Letanías de la Santísima Virgen, pidiéndole por las necesidades actuales de la Iglesia católica.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR EL DOLOR DE*
*MARÍA EN LA HUIDA A EGIPTO*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Era la mitad de una apacible noche. José y María rendidos por la fatiga del trabajo, dormían el dulce sueño de la inocencia y del deber cumplido. Repentinamente José despierta sobresaltado y se levanta de prisa: era que un ángel le acababa de dar la orden de emprender un viaje a Egipto para poner a salvo la vida del recién nacido, amenazada por la sana de Herodes. María, sin desplegar sus labios para proferir una queja, corre a la cuna de su Hijo, que dormía tranquilamente el sueno de los ángeles, fija sobre él una mirada de angustia, lo envuelve cuidadosamente en sus pana les, lo carga amorosamente en sus brazos, lo cubre con un pobre manto y se aleja con paso presuroso de la tierra de sus antepasados para encaminarse al país del destierro.
Un silencio sepulcral dominaba en las calles: todos reposaban en el sosiego de sus abrigados albergues y nadie transitaba alo largo de los solitarios caminos que conducían a Jerusalén. Entre tanto, una tierna doncella y un triste anciano marchaban en silencio, temerosos hasta del ruido de sus propios pasos, a la luz de los suaves rayos de la luna que brillaba en un cielo síu nubes. “Érase todavía en la estación del invierno, dice San Buenaventura; y al atravesar la Palestina, la santa familia debió de escoger los caminos más ásperos y solitarios. ¿Dónde se habrá alojado durante las noches? ¿qué lugar habrá podido escoger durante el día para reponerse un poco de las fatigas del viaje? ¿dónde habrá tomado la frugal comida que debía sostener sus fuerzas?”
Caminos solitarios, senderos quebrados y peñascosos, colinas empinadas, bosques espesos, arenales abrasados, desfiladeros peligrosos, sinuosidades en que los bandoleros espiaban al viajero, cavernas oscuras que servían de guarida a los malhechores: he ahí lo que debían atravesar los desvalidos peregrinos y tristes desterrados de Israel. Pero no sólo era la naturaleza con sus desiertos sin sombra, sin agua y sin ruido, con sus altas montañas y tupidos bosques v solitarias hondonadas, lo que hacia en extremo penosa la marcha de los viajeros: eran el miedo, el frío, el hambre y la sed. Ellos debían ocultarse a las pesquisas de los espías de Herodes y alejarse de las poblaciones y seguir los senderos menos frecuentados. El frío entumecía sus miembros, porque no tenían ni un techo que los guareciera de las brisas húmedas de la noche, ni más lecho que las yerbas empapadas por el rocío, ni más abrigo que sus sencillos mantos. Sus provisiones eran escasas, y el hambre se dejó sentir más de una vez sin que encontraran, para satisfacerla, ni una fruta silvestre, ni un tallo de hierba. Al través de aquellos paramos abrasados por el sol, ni una fuente di agua les ofrecía sus corrientes cristalinas para humedecer sus fauces, secas por el cansancio, el calor y la fatiga, y ni siquiera un soplo de fresca brisa venia a templar el ardor de aquella temperatura de fuego.
Por fin, después de un viaje largo y penoso, llegaron a Egipto, la tierra de la proscripción, donde no encontraron ni un pariente, ni un amigo, ni una mano generosa que les prestase amparo. Era un país de idólatras y donde se miraba con desdén e indiferencia al extranjero. En su patria los santos Esposos habían llevado una vida humilde y laboriosa; pero jamás faltó el pan en su mesa. Mas ¡ay! en el país del destierro sus privaciones eran continuas y un trabajo asiduo durante el día y una par te de las noches no era bastante a proveerlos de lo necesario. “¡Con frecuencia, dice un escritor, el Niño Jesús acosado por el hambre, pidió pan a su Madre, que no podía darle otra cosa que sus lágrimas!...”
No dejemos perder ninguna de las saludables enseñanzas encerradas en este misterio de suprema angustia y de maravillosa resignación a la voluntad divina. La prudencia humana habría podido alegar mil especiosas excusas y oponer al decreto del ángel numerosos inconvenientes. Era de noche; convendría esperar la claridad de la aurora, los caminos estaban poblados de bandidos; carecían de todo recurso para emprender un largo viaje; iban a un país extraño, dejando patria, hogar, parientes, amigos. ¿No habría otro medio que ofreciera menos dificultades para salvar al niño? ¿Por qué se les exige tan penoso sacrificio?
He aquí lo que hubiera dictado la prudencia humana. Pero los santos Esposos ni siquiera preguntan al ángel si el cielo se encargaría de protegerlos durante tan larga jornada. Bástales saber que tales son los designios de Dios para inclinarse sumisos y adorar su voluntad, abandonándose sin reserva en los brazos de su providencia. Si María nos ofrece en el curso de su vida maravillosos ejemplos de perfecta sumisión a la voluntad de Dios, nunca brilló con luz más viva esa virtud que en la huida a Egipto. ¿Adónde os encamináis ¡oh doncella desvalida! con vuestro pequeño niño en medio de una noche fría y solitaria? Yo voy a Egipto, al país lejano del destierro. Pero, ¿quién os obliga a encaminaros al lugar del destierro y abandonar el suelo que os vio nacer, el techo que os guarece, los amigos, los parientes y cuanto ama vuestro corazón? La voluntad de Dios. -Pero ¿vuestra ausencia se prolongara mucho tiempo? -Tanto como Dios quiera. ¿Cuándo tornaréis a vuestros lares abandonados y volveréis a aspirar los aires de la patria?-Cuando Dios lo ordene; yo no tengo otra patria, ni otro gusto, ni otro deseo que el cumplimiento de la voluntad de Dios.
¡Ah! y cuanto acusa nuestra conducta la resignación de María. Ella se abandonaba en los brazos de la Providencia, porque sabía que Dios se encarga de proveer a nuestras necesidades y de darnos los medios de cumplir sus designios. Nosotros, al contrario, pretendemos conformar la voluntad de Dios a nuestros propios gustos y la contrariamos audazmente toda vez que así nos lo aconsejan las conveniencias terrenales. Dios no anhela otra cosa que nuestro bien, y cuando permite que seamos atribulados, es porque así conviene a los intereses de nuestra santificación. Sírvanos la conducta de María de saludable lección para que sepamos adorar en todo tiempo la Voluntad divina.
*EJEMPLO*
La confianza filial recompensada
*ANTIGUO SEMINARIO DE TOULOUSE, ACTUAL EDIFICIO VALADE.*
En el Seminario de Tolosa habla un niño de muy felices disposiciones para la virtud, y entre otras prendas que lo adornaban, se distinguía por una confianza ilimitada en la protección de María.
Una noche, al pasar el superior la visita de inspección acostumbrada para asegurarse de que todos los alumnos estaban recogidos, lo encontró arrodillado en su cama.-¿Por qué no se ha acostado V., mi querido amigo? le dijo el superior.-Porque he dado mi escapulario al portero para que me lo remiende con el cargo de que me lo devolviese antes de acostarme; y como no me lo ha traído todavía, no me atrevo a recogerme sin él.-¿Y por qué no podría V. pasar una noche sin su escapulario? repuso el sacerdote. -Porque temo morirme esta misma noche; y no quisiera que me sobreviniera este trance sin tener en mi poder este escudo de protección: pues la Santísima Virgen ha prometido que el que muera con esa especial di visa de su amor no padecerá el fuego eterno
-No tenga V. temor, le dijo el superior pues nada nos induce a creer que esté tan próximo su fin: mañana, a primera hora, yo haré que se le devuelva su escapulario; y entretanto, acuéstese y duerma tranquilo.-Padre mío, replicó el joven, yo no puedo acostarme sin mi santo escapulario; no tendría tranquilidad ni ven dría el sueno a mis ojos, de temor de morirme sin él.
El buen sacerdote, profundamente compadecido de la aflicción del santo joven y no menos edificado de aquella confianza verdaderamente filial en la protección de María, bajó al aposento del portero, recogió el escapulario y lo entregó al ni no, quien1 después de besarlo devotamente, lo colgó alegremente de su cuello, diciendo: Ahora si que dormiré tranquilo; y se durmió, invocando tiernamente el nombre de María.
Al día siguiente, el mismo superior, al pasar la revista ordinaria para ver si sus alumnos se habían levantado a la hora señalada, entró al cuarto del devoto niño y lo halló todavía en la cama, lo que no le sorprendió, creyendo que estaría reparando la pérdida de sueno de la noche anterior a causa de la falta de su escapulario. Se acercó a él, lo llamó dos o tres veces, y viendo que no respondía, le re movió suavemente para despertarlo; y nada... Aplicó su mano en la boca para percibir su aliento, y pudo cerciorarse con indecible sor presa que el piadoso niño había pasado del sueno de la vida al sueno de la muerte. Había espirado teniendo estrechado fuertemente al corazón el santo escapulario que con tan vivas instancias había reclamado.
María había querido recompensar la filial confianza de su joven devoto no permitiendo que muriese sin el precioso documento por el cual sus devotos quedan libres de las penas eternas. Este hecho nos demuestra la benevolencia con que mira la Madre de Dios a los que se revisten de su santo hábito.
*JACULATORIA*
Danos ¡oh dulce María!
tu maternal protección,
y acepta desde este día
mi vida y mi corazón.
*ORACIÓN*
¡Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra! ¡Corazón amabilísimo, objeto de las eternas complacencias de la Santísima Trinidad y digno de la veneración de los ángeles y de los hombres! disipad el hielo de nuestros corazones, encended en ellos el fuego del amor divino y comunicadnos un santo entusiasmo por la imitación de vuestras virtudes. Sobre todo haced que os imitemos en esa heroica conformidad con los designios de Dios y en esa perfecta sumisión a su adorable voluntad. Bien sabéis ¡oh Corazón humilde y resignado! que nuestros corazones son rebeldes a los decretos divinos resistiendo muchas veces a ellos para seguir nuestras inclinaciones. Haced que jamás hagamos otra cosa que lo que sea del agrado de Dios y bien de nuestras almas, y que en nada nos busquemos a nosotros mismos ni demos satisfacción a nuestros gustos.
¡Oh santos Esposos de Nazaret! Vosotros que protegisteis durante el largo y penoso destierro al divino Fundador de la Iglesia, dignaos velar sobre esa sociedad de salvación y de vida; protegedla y sed para ella torre inexpugnable que resista heroicamente a los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para llegar a Dios, nuestro socorro en las pruebas, nuestro consuelo en las penas, nuestra fuerza en la tentación, nuestro refugio en la persecución. Asistidnos especialmente en el momento de nuestra muerte haciéndonos experimentar en esa hora, decisiva de nuestra suerte, los efectos de vuestro poder, dándonos un asilo en el seno de la misericordia divina, a fin de que podamos bendecir al Señor eternamente en el cielo en vuestra compañía. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Repetir varias veces en el día la tercera petición del Padre nuestro, llagase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; prometiendo a María imitarla en su perfecta conformidad con la voluntad de Dios.
2. Rogar a Dios por la persona o personas que nos hacen mal, perdonándolas de todo corazón.
3. Rezar las Letanías de la Santísima Virgen, pidiéndole por las necesidades actuales de la Iglesia católica.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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martes, 17 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA UNDÉCIMO
*MES DE MARÍA - Dia once*
*DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON*
Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Cuando José y María penetraban llenos de júbilo en el sagrado recinto llevando las palomas del sacrificio, un santo anciano llamado Simeón se sintió iluminado por una inspiración divina. Bajo los pobres pañales del hijo del pueblo reconoció al Mesías prometido; y tomándolo de los brazos de su Madre, lo levantó en alto, inundadas sus rugosas mejillas por lágrimas de gozo. Dirigióse en seguida a María, y después de un largo y triste silencio, la dijo con voz profética: «Tu alma será tras pasada con una espada de dolor», porque este niño será el blanco de las persecuciones de los hombres.
A la luz de esta siniestra profecía, vio la dolorida Madre el cuadro sombrío de la pasión de su Hijo. Ella inclinó suavemente la cabeza, como una caña se dobla al soplo de la tempestad, y sintió que una espada de doble filo se introducía en sus entrañas de madre. Desde ese momento, toda felicidad concluyó para ella, y aceptando sin quejarse la disposición divina, acercó sus labios al cáliz que bebería durante su vida entera. Cuando estrechaba a su Hijo amorosamente entre sus brazos, y lo colmaba de maternales caricias, las palabras de Simeón venían a derramar gotas de hiel en la copa de sus goces de madre. No le fue con cedido a María lo que es dado a todas las madres: gozar en paz del amor de sus hijos e indemnizarse de los rigores de la suerte con una sonrisa amorosa de sus labios entreabiertos por la inocencia. Ella veía a todas horas escrita en la frente de Jesús la sentencia de muerte que los hombres habían de fulminar contra él en recompensa de sus beneficios. Esa idea lúgubre la sorprendía en el sueno, la molestaba en las vigilias, la perseguía durante el trabajo y la perturbaba durante las escasas horas del descanso. ¡Ah! ¡La túnica de Jesús, tejida por sus propias manos, antes de ser tenida con la sangre del Hijo, fue empapada en las lágrimas de la Madre!...
Los tormentos de los mártires, los rigores de los penitentes, las penas interiores de las almas atribuladas nada tienen de comparable con este dolor. Los mártires sufrieron por un momento, pero María sufrió durante su vida entera. Sin embargo, a esos presagios siniestros, a esas imágenes sombrías y desgarradoras, ella opone una fe generosa y una resignación heroica. Adora de antemano los designios de Dios y saluda con efusión la hora de la salvación del linaje humano efectuada por los padecimientos del hijo de sus entrañas. Hija ilustre de Abrahán, ella se prepara a trepar a la montaña del sacrificio, a aderezar el altar y a poner fuego al holocausto. Todo eso era preciso para la salud del mundo y exigido por la gloria de Dios, y no trepida un momento en sacrificarse con tal de dar cima a tan gloriosas empresas.
En su largo y prolongado martirio soporta do con tan heroica resignación, María nos en seña a sufrir y a sobrellevar con alegría la cruz de los pesares de la vida. La verdadera gloria y el verdadero mérito se fundan principalmente en el sufrimiento y en la cruz. El sacrificio es la corona y el perfume del amor, y quien ama a Dios no puede menos que resignarse a los trabajos y penalidades a que so mete la virtud de sus siervos y prueba los quilates del amor que le profesan. Quien ama a Dios anhela sufrir por él para darle la prueba de la firmeza de su amor. Servir a Dios en medio de los consuelos es servirlo por interés y amarlo sin merecimientos. Por eso las almas amadas de Dios son las que arrastran una cruz más penosa, porque él se complace en habitar cerca de los que padecen. Se engaña quien crea alcanzar el cielo sin sufrir. Después que Jesucristo y después que María alcanzaron el triunfo a fuerza de padecer, ningún elegido podrá conquistar la victoria sino padeciendo. Si queremos ser los discípulos de Jesús, es preciso que tomemos su cruz y marchemos sobre sus huellas ensangrentadas, pues no seria justo que el discípulo fuera de mejor condición que el Maestro.
El sacrificio es necesario, porque sin él la santificación es imposible. El hombre que no se somete a esa ley imperiosa, renuncia a su felicidad, que no puede obtenerse sino a costa del sufrimiento. Por más que trabajemos, la desgracia y los pesares nos seguirán a todas partes como nuestra propia sombra. El rey en su trono, el rico en sus palacios, el labriego en su rústica morada, el menesteroso bajo su techo de paja están asediados de penalidades. Dios lo ha dispuesto así para que no nos ha gamos la ilusión de que la tierra es el paraíso y de que esta aquí el término de la jornada. Y bien, si nadie esta exento de padecer, ¿cómo es que no hacemos provechoso el sufrimiento, aceptándolo con resignación y con espíritu de penitencia? ¿Cómo es que el dolor nos arranca injustas quejas y nos sumerge en la desesperación? No nos quejemos y desesperemos cuan do sobrevengan sobre nosotros las olas de la tribulación; levantemos al cielo nuestros ojos llorosos en busca de consuelo, de resignación y de fuerza; pero al mismo tiempo bendigamos a Dios, que nos concede los medios más seguros para alcanzar la posesión de la felicidad y que nos permite de esa manera asemejamos a Jesús y a María.
*EJEMPLO*
María, Arca de paz y alianza eterna
Uno de los testimonios más espléndidos de predilección en favor de sus devotos, dados por María en la serie de los siglos, es la institución del Santo Escapulario del Carmelo.
Cuando los solitarios que vivían desde la mas remota antigüedad en la célebre montaña del Carmelo se vieron obligados a trasladarse a Europa a causa de las hostilidades de los Sarracenos, ingresó en su piadoso instituto un varón ilustre llamado Simón Stok, que bien pronto llegó a ser el mayor ornamento de la Orden.
Deseoso desde muy niño de la perfección evangélica, fue transportado por el espíritu de Dios a la soledad de un desierto, a la edad de doce anos, donde tuvo por celda y santuario la concavidad de un añoso tronco carcomido por el tiempo.
Treinta y tres anos hacia que moraba, desconocido de los hombres, en aquella apartada soledad, cuando una revelación de la Santísima Virgen, de quien era enamorado devoto, le hizo saber el arribo de los ermitaños del Carmelo a las playas de Inglaterra y el deseo que ella abrigaba de que ingresase en esta orden tan grata a sus maternales ojos.
Admitido entre los solitarios del Carmelo, creció su entusiasmo por María y su celo por dilatar su culto y hacerlo amar de los hombres. Elevado mas tarde al rango de Superior general de la Orden, suplicó durante muchos años a María que atestiguase su predilección por sus hijos del Carmelo con alguna gracia que atrajese a su regazo mayor número de devotos. Al fin accedió María a las instancias de su siervo, y un día que oraba fervorosamente al pie de su venerada Imagen, vio abrirse el cielo y descender a su celda la Reina de los ángeles, resplandeciente de luz y de belleza.
Traía en sus manos un escapulario, y poniéndolo en las de Simón le dijo con amorosa sonrisa: -«Recibe, amado hijo, este escapulario para ti y para tu Orden, en prenda de mi especial benevolencia y protección - Por esta libren se han de conocer mis hijos y mis siervos; en él te entrego una señal de predestinación y una escritura de paz y alianza eternas, con tal que la inocencia de vida corresponda a la santidad del habito. El que tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor no padecerá el fuego eterno, y por singular misericordia de mi Divino Hijo gozara de la bienaventuranza.»
Basta considerar estas palabras para comprender que la Santísima Virgen distingue a los hijos del Carmelo con una especial predilección entre todos los redimidos con la sangre de su Hijo. Ella ha firmado una escritura de paz y alianza eterna: es decir, una promesa de protección que se extiende hasta las regiones de la eternidad, con tal de que por su parte procuren evitar el pecado, los que visten el Escapulario.
Y como si esto no bastase, todavía añadió una nueva promesa en favor de los carmelitas, hecha al Papa Juan XXII.
Este insigne devoto de María y decidido protector de la Orden carmelitana fue favorecido con una aparición de la Santísima Virgen en la que le dirigió estas palabras: «Yo, que soy la Madre de misericordia, descenderé al Purgatorio el primer sábado después de la muerte de mis cofrades, los carmelitas y libraré de sus llamas a los que estén allí, y los conduciré al monte santo de la vida eterna.”
¿Quién será el hijo de María que, sabedor de los insignes privilegios de que esta revestido el santo Escapulario deje de revestir con él su pecho como con un escudo de protección?
*JACULATORIA*
Fuente de todo consuelo,
envíame desde el cielo
tu maternal bendición.
*ORACIÓN*
¡Oh María! la más atribulada de las madres, permitid que nos unamos en este día a los dolores que experimentó vuestro Corazón desde el momento en que os fue anunciada la amarga suerte de vuestro Hijo. Vos sois bella y amable desde vuestra aurora, ya sea que llevéis en vuestros brazos a éste divino niño cuyas gracias os embellecen, ya sea que seáis glorificada en el cielo entre los resplandores de la gloria; pero más bella y más amable aparecéis a nuestros ojos, cuando os contemplamos sumergida en un mar de angustias y pesares y cuando vemos que dolorosas lágrimas inundan vuestros ojos. ¡Es tan dulce para el que sufre encontrar en el objeto de su amor y de su culto los mismos dolores y las mismas penas! Virgen afligida, nosotros tenemos en Vos una madre que ha compartido sus lágrimas con nosotros y que ha acercado a sus labios una copa mas amarga que la nuestra. Vos habéis sido víctima del dolor, por eso sois tan misericordiosa; y como sabéis por experiencia lo que es el sufrimiento, sabéis compadeceros de los que sufren, ofreciéndoles vuestros consuelos. Oh María! alcanzadnos de vuestro Hijo la gracia de la resignación para soportar con santa alegría las aflicciones, los pesares, las miserias y las desgracias de la vida, a fin de unirnos a Vos y mezclar con los vuestros nuestros dolores y merecimientos, y para que, llorando en vuestra compañía, podamos alcanzar también las recompensas que están reservadas a los que padecen con verdadero espíritu de penitencia. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar siete Salves en honra de los dolores de María, pidiéndole que nos enseñe a sufrir con fruto.
2. Hacer un acto de mortificación de los sentidos uniéndose a los dolores de María.
3. Sufrirlo todo de todos sin incomodarse ni quejarse.
Oración final para todos los días
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*DESTINADO A HONRAR EL DOLOR DE MARIA EN LA PROFECÍA DE SIMEON*
Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Cuando José y María penetraban llenos de júbilo en el sagrado recinto llevando las palomas del sacrificio, un santo anciano llamado Simeón se sintió iluminado por una inspiración divina. Bajo los pobres pañales del hijo del pueblo reconoció al Mesías prometido; y tomándolo de los brazos de su Madre, lo levantó en alto, inundadas sus rugosas mejillas por lágrimas de gozo. Dirigióse en seguida a María, y después de un largo y triste silencio, la dijo con voz profética: «Tu alma será tras pasada con una espada de dolor», porque este niño será el blanco de las persecuciones de los hombres.
A la luz de esta siniestra profecía, vio la dolorida Madre el cuadro sombrío de la pasión de su Hijo. Ella inclinó suavemente la cabeza, como una caña se dobla al soplo de la tempestad, y sintió que una espada de doble filo se introducía en sus entrañas de madre. Desde ese momento, toda felicidad concluyó para ella, y aceptando sin quejarse la disposición divina, acercó sus labios al cáliz que bebería durante su vida entera. Cuando estrechaba a su Hijo amorosamente entre sus brazos, y lo colmaba de maternales caricias, las palabras de Simeón venían a derramar gotas de hiel en la copa de sus goces de madre. No le fue con cedido a María lo que es dado a todas las madres: gozar en paz del amor de sus hijos e indemnizarse de los rigores de la suerte con una sonrisa amorosa de sus labios entreabiertos por la inocencia. Ella veía a todas horas escrita en la frente de Jesús la sentencia de muerte que los hombres habían de fulminar contra él en recompensa de sus beneficios. Esa idea lúgubre la sorprendía en el sueno, la molestaba en las vigilias, la perseguía durante el trabajo y la perturbaba durante las escasas horas del descanso. ¡Ah! ¡La túnica de Jesús, tejida por sus propias manos, antes de ser tenida con la sangre del Hijo, fue empapada en las lágrimas de la Madre!...
Los tormentos de los mártires, los rigores de los penitentes, las penas interiores de las almas atribuladas nada tienen de comparable con este dolor. Los mártires sufrieron por un momento, pero María sufrió durante su vida entera. Sin embargo, a esos presagios siniestros, a esas imágenes sombrías y desgarradoras, ella opone una fe generosa y una resignación heroica. Adora de antemano los designios de Dios y saluda con efusión la hora de la salvación del linaje humano efectuada por los padecimientos del hijo de sus entrañas. Hija ilustre de Abrahán, ella se prepara a trepar a la montaña del sacrificio, a aderezar el altar y a poner fuego al holocausto. Todo eso era preciso para la salud del mundo y exigido por la gloria de Dios, y no trepida un momento en sacrificarse con tal de dar cima a tan gloriosas empresas.
En su largo y prolongado martirio soporta do con tan heroica resignación, María nos en seña a sufrir y a sobrellevar con alegría la cruz de los pesares de la vida. La verdadera gloria y el verdadero mérito se fundan principalmente en el sufrimiento y en la cruz. El sacrificio es la corona y el perfume del amor, y quien ama a Dios no puede menos que resignarse a los trabajos y penalidades a que so mete la virtud de sus siervos y prueba los quilates del amor que le profesan. Quien ama a Dios anhela sufrir por él para darle la prueba de la firmeza de su amor. Servir a Dios en medio de los consuelos es servirlo por interés y amarlo sin merecimientos. Por eso las almas amadas de Dios son las que arrastran una cruz más penosa, porque él se complace en habitar cerca de los que padecen. Se engaña quien crea alcanzar el cielo sin sufrir. Después que Jesucristo y después que María alcanzaron el triunfo a fuerza de padecer, ningún elegido podrá conquistar la victoria sino padeciendo. Si queremos ser los discípulos de Jesús, es preciso que tomemos su cruz y marchemos sobre sus huellas ensangrentadas, pues no seria justo que el discípulo fuera de mejor condición que el Maestro.
El sacrificio es necesario, porque sin él la santificación es imposible. El hombre que no se somete a esa ley imperiosa, renuncia a su felicidad, que no puede obtenerse sino a costa del sufrimiento. Por más que trabajemos, la desgracia y los pesares nos seguirán a todas partes como nuestra propia sombra. El rey en su trono, el rico en sus palacios, el labriego en su rústica morada, el menesteroso bajo su techo de paja están asediados de penalidades. Dios lo ha dispuesto así para que no nos ha gamos la ilusión de que la tierra es el paraíso y de que esta aquí el término de la jornada. Y bien, si nadie esta exento de padecer, ¿cómo es que no hacemos provechoso el sufrimiento, aceptándolo con resignación y con espíritu de penitencia? ¿Cómo es que el dolor nos arranca injustas quejas y nos sumerge en la desesperación? No nos quejemos y desesperemos cuan do sobrevengan sobre nosotros las olas de la tribulación; levantemos al cielo nuestros ojos llorosos en busca de consuelo, de resignación y de fuerza; pero al mismo tiempo bendigamos a Dios, que nos concede los medios más seguros para alcanzar la posesión de la felicidad y que nos permite de esa manera asemejamos a Jesús y a María.
*EJEMPLO*
María, Arca de paz y alianza eterna
Uno de los testimonios más espléndidos de predilección en favor de sus devotos, dados por María en la serie de los siglos, es la institución del Santo Escapulario del Carmelo.
Cuando los solitarios que vivían desde la mas remota antigüedad en la célebre montaña del Carmelo se vieron obligados a trasladarse a Europa a causa de las hostilidades de los Sarracenos, ingresó en su piadoso instituto un varón ilustre llamado Simón Stok, que bien pronto llegó a ser el mayor ornamento de la Orden.
Deseoso desde muy niño de la perfección evangélica, fue transportado por el espíritu de Dios a la soledad de un desierto, a la edad de doce anos, donde tuvo por celda y santuario la concavidad de un añoso tronco carcomido por el tiempo.
Treinta y tres anos hacia que moraba, desconocido de los hombres, en aquella apartada soledad, cuando una revelación de la Santísima Virgen, de quien era enamorado devoto, le hizo saber el arribo de los ermitaños del Carmelo a las playas de Inglaterra y el deseo que ella abrigaba de que ingresase en esta orden tan grata a sus maternales ojos.
Admitido entre los solitarios del Carmelo, creció su entusiasmo por María y su celo por dilatar su culto y hacerlo amar de los hombres. Elevado mas tarde al rango de Superior general de la Orden, suplicó durante muchos años a María que atestiguase su predilección por sus hijos del Carmelo con alguna gracia que atrajese a su regazo mayor número de devotos. Al fin accedió María a las instancias de su siervo, y un día que oraba fervorosamente al pie de su venerada Imagen, vio abrirse el cielo y descender a su celda la Reina de los ángeles, resplandeciente de luz y de belleza.
Traía en sus manos un escapulario, y poniéndolo en las de Simón le dijo con amorosa sonrisa: -«Recibe, amado hijo, este escapulario para ti y para tu Orden, en prenda de mi especial benevolencia y protección - Por esta libren se han de conocer mis hijos y mis siervos; en él te entrego una señal de predestinación y una escritura de paz y alianza eternas, con tal que la inocencia de vida corresponda a la santidad del habito. El que tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor no padecerá el fuego eterno, y por singular misericordia de mi Divino Hijo gozara de la bienaventuranza.»
Basta considerar estas palabras para comprender que la Santísima Virgen distingue a los hijos del Carmelo con una especial predilección entre todos los redimidos con la sangre de su Hijo. Ella ha firmado una escritura de paz y alianza eterna: es decir, una promesa de protección que se extiende hasta las regiones de la eternidad, con tal de que por su parte procuren evitar el pecado, los que visten el Escapulario.
Y como si esto no bastase, todavía añadió una nueva promesa en favor de los carmelitas, hecha al Papa Juan XXII.
Este insigne devoto de María y decidido protector de la Orden carmelitana fue favorecido con una aparición de la Santísima Virgen en la que le dirigió estas palabras: «Yo, que soy la Madre de misericordia, descenderé al Purgatorio el primer sábado después de la muerte de mis cofrades, los carmelitas y libraré de sus llamas a los que estén allí, y los conduciré al monte santo de la vida eterna.”
¿Quién será el hijo de María que, sabedor de los insignes privilegios de que esta revestido el santo Escapulario deje de revestir con él su pecho como con un escudo de protección?
*JACULATORIA*
Fuente de todo consuelo,
envíame desde el cielo
tu maternal bendición.
*ORACIÓN*
¡Oh María! la más atribulada de las madres, permitid que nos unamos en este día a los dolores que experimentó vuestro Corazón desde el momento en que os fue anunciada la amarga suerte de vuestro Hijo. Vos sois bella y amable desde vuestra aurora, ya sea que llevéis en vuestros brazos a éste divino niño cuyas gracias os embellecen, ya sea que seáis glorificada en el cielo entre los resplandores de la gloria; pero más bella y más amable aparecéis a nuestros ojos, cuando os contemplamos sumergida en un mar de angustias y pesares y cuando vemos que dolorosas lágrimas inundan vuestros ojos. ¡Es tan dulce para el que sufre encontrar en el objeto de su amor y de su culto los mismos dolores y las mismas penas! Virgen afligida, nosotros tenemos en Vos una madre que ha compartido sus lágrimas con nosotros y que ha acercado a sus labios una copa mas amarga que la nuestra. Vos habéis sido víctima del dolor, por eso sois tan misericordiosa; y como sabéis por experiencia lo que es el sufrimiento, sabéis compadeceros de los que sufren, ofreciéndoles vuestros consuelos. Oh María! alcanzadnos de vuestro Hijo la gracia de la resignación para soportar con santa alegría las aflicciones, los pesares, las miserias y las desgracias de la vida, a fin de unirnos a Vos y mezclar con los vuestros nuestros dolores y merecimientos, y para que, llorando en vuestra compañía, podamos alcanzar también las recompensas que están reservadas a los que padecen con verdadero espíritu de penitencia. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar siete Salves en honra de los dolores de María, pidiéndole que nos enseñe a sufrir con fruto.
2. Hacer un acto de mortificación de los sentidos uniéndose a los dolores de María.
3. Sufrirlo todo de todos sin incomodarse ni quejarse.
Oración final para todos los días
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
lunes, 16 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA DÉCIMO
*MES DE MARIA - Día diez*
*CONSAGRADO A HONRAR EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La ley de Moisés obligaba a las madres a presentar a sus hijos al templo cuarenta días después de su nacimiento, y a purificarse ofreciendo a Dios una ofrenda. Por ningún titulo estaba obligada María a sujetarse a esta prescripción; porque ella era la pureza misma y porque el Hijo que iba a presentar no pertenecía al número de los pecadores, para los cuales había sido dictada la ley. Pero el Hijo y la Madre quisieron ocultar la grandeza de sus destinos y de su dignidad para dar ejemplo de obediencia a las prescripciones religiosas que reglan para los hijos y las madres de Israel. Como todas las mujeres del pueblo, ella se presenta al templo de Jerusalén acompañada de del Espíritu Santo. Y como pertenecía a la clase de los pobres, fue modesta su ofrenda y pequeña su oblación.
Pero un fin más alto la conducía al santuario del Señor. Iba a dar gracias a Dios por el incomparable beneficio de su fecundidad gloriosa. Si toda paternidad viene de Dios, la maternidad de María era la obra primorosa de su amor y de su misericordia, el principio de la felicidad del mundo y el testimonio más elocuente de la predilección que tenía por la que eligió por Madre del Verbo encarnado. Por lo mismo, ella debía a Dios beneficios más excelsos que todas las madres juntas y acciones mas ardientes de gracias que las que le han enviado en todos los siglos todas las que han sido favorecidas con el don de la fecundidad.
¡Ah! ¡Cuáles serían en ese momento los ardores de la gratitud de María, que conocía en toda su magnitud la gracia de que había sido depositaria! Su corazón, abrazado en las llamas del amor y del reconocimiento, levantarla hasta el cielo, a manera de purísimo incienso, los mas encendidos afectos que jamás se escaparan del corazón humano. Ella, que amó a Dios desde el primer momento de su existencia, ¿cuál estaría su corazón cuando, no sólo amaba a Dios como simple criatura y lo bendecía no solamente por los dones comunes que le había otorgado, sino que lo amaba como madre y lo bendecía por las excepcionales prerrogativas de que la acababa de colmar? No es la inteligencia humana capaz de comprender la intensidad de los afectos de amor y gratitud que brotarían en ese momento del pecho amante y agradecido de María. Ellos excederían sin duda, a los de los más ardientes serafines.
He aquí lo que nos enseña María en el misterio que meditamos. Cumple a todos los hombres el deber ineludible de dar a Dios acciones incesantes de gracias por todos los beneficios, así generales como particulares, con que han sido favorecidos. Quien se muestre ingrato y olvidadizo con el Bienhechor soberano se hace indigno de sus favores. El primero de los deberes del beneficiado es el de la gratitud para con su benefactor. La naturaleza misma impone esta obligación y quien rehúse cumplirla contraria los sentimientos mas naturales que abriga el corazón. La gratitud, como todos los sentimientos del alma, se manifiesta por medio de repetidos actos; y así como el amor se deja conocer por actos de amor, el agrade cimiento debe mostrarse con acciones de gracias.
¡Ah! ¿Quién será aquel que en cada uno de los días de su vida no tenga un nuevo beneficio que agradecer a Dios? La conservación de la vida, el alimento que nos mantiene, el vestido que nos cubre, el techo que nos guarece, el sol que nos calienta, el aire que respiramos... todo es obra de su mano generosa. Las inspiraciones secretas, las mociones de la voluntad, los pensamientos saludables, los propósitos santos en orden a la reforma y perfeccionamiento de la vida, las advertencias caritativas, los buenos consejos y hasta lo que llamamos desgracias y contratiempos, son otros tantos beneficios que recibimos de su infinita liberalidad. Y si sus favores no cesan, ¿cómo podrán cesar nuestras acciones de gracias? ¿Cómo podremos, sin ser desagradecidos, pasar un día solo sin que levantemos a Dios un acento de ardiente gratitud? Ah! y si consideramos los beneficios genera les que ha dispensado Dios al mundo, en la creación, conservación, redención, institución de la Iglesia y llamamiento a la fe, el deber de la gratitud aparece todavía mas estricto e imprescindible. Imitemos a María, cuya vida fue una continuada acción de gracias y cuyo corazón fue un incensario vivo que estuvo siempre perfumando el trono de Dios con los aromas del amor más puro y de la gratitud más ardiente.
*EJEMPLO*
María, Vaso de insigne devoción
*SAN BERNARDINO DE SENA, TADDEO CRIVELLI.*
San Bernardino de Sena, uno de los astros más resplandecientes de la orden de San Francisco, y de los más bellos ornamentos de su siglo, se distinguió desde la más tierna infancia por su acendrado amor a la Madre de Dios. Nacido el 8 de septiembre de 1380 día de la Natividad de la Santísima Virgen, todos los grandes actos de su vida se verificaron en este mismo día; su toma de habito, su profesión religiosa y su primera misa, augurio cierto de la predilección de esta bondadosa Madre.
Conociendo sus superiores los grandes talentos de este insigne hijo de María, no quisieron que esta antorcha quedara oculta entre las sombras del claustro, y lo enviaron a predicar a Milán y demás estados de Italia en un tiempo en que la corrupción de las costumbres se extendía como una lepra gangrenosa en el cuerpo social. La Santísima Virgen le concedió la gracia de que su lengua, que era tarda por defecto natural, adquiriera una expedición tan admirable que no hubo en su época quien lo aventajase en elocuencia. Innumerables fueron las conversiones que hacía su predicación: los pueblos cambiaban de faz, personas inveteradas en el vicio se volvían a Dios, y multitudes incontables eran arrastradas por la irresistible unción de su palabra. La devoción a María palpitaba en sus discursos y se comunicaba a sus oyentes como el calor de una llama. Decía que no predicaba con gusto cuando no le era posible hablar de María en sus sermones. Admirables son los que se conservan sobre la Santísima Virgen, y, en especial sobre su Inmaculada Concepción, pues no podía tolerar que se pusiese en duda que la Madre de Dios había sido concebida en gracia y exenta de toda mancha.
María pagó con retribución generosa el encendido amor de su fidelísimo hijo, pues ella sabe corresponder a los obsequios de que es objeto con inagotable generosidad.
Un día quiso dar un testimonio público de su amor por Bernardino, haciendo aparecer una estrella brillantísima sobre su cabeza en el momento en que predicaba en Aquila sobre las doce estrellas que coronan la frente de la gloriosa Reina de los Ángeles. Este prodigio, que fue presenciado por un gran número de personas, aumentó la veneración que a. todos inspiraba la santidad de Bernardino. En la hora de su muerte tuvo la dicha de ver a María junto a su lecho mortuorio y espirar entre los brazos maternales de aquella por cuya gloria había trabajado con tanto afán. Ella recibió en su regazo el espíritu de su siervo y remontóse con él al cielo para que recibiera el premio que había merecido por su amor a Jesús y María.
Así es como la Santísima Virgen recompensa el amor de sus fieles hijos, y el celo de los que se consagran a extender su gloria y dilatar su culto.
*JACULATORIA*
¡Astro esplendente del día!
Pues que eres de gracia llena,
no me olvides, Madre mía.
*ORACIÓN*
Al contemplaros ¡oh María! de rodillas y con el corazón inflamado de amor al pie de los altares de la casa del Señor, dando gracias por todos los beneficios que Dios ha otorgado al mundo por la mediación de Jesús, nosotros no podemos menos de avergonzarnos de ser tan desagradecidos e ingratos para con Dios. Caen sobre nosotros lluvias de bendiciones y no se arranca de nuestro corazón ni un suspiro de amor y gratitud para con el soberano Bien hechor. Transcurren unos tras otros los días de nuestra vida llenos de favores divinos; pero parece que nosotros lo ignoramos, porque la frialdad y la indiferencia son la respuesta que damos a la liberalidad inagotable de la Providencia. Enseñadnos ¡oh María! a ser gratos a los favores celestiales, Vos que no hicisteis en la tierra otra cosa que enviar al cielo los perfumes de vuestros amorosos y agradecidos afectos. Dad Vos por nosotros rendidas gracias a la Bondad divina y suplid con vuestros homenajes de gratitud lo que no puede hacer nuestra indolencia. Recibid Vos también la expresión de nuestro agradecimiento en los filiales obsequios que venimos diariamente a deponer a vuestras plantas. Que esas flores y esas guirnaldas con que decoramos vuestra imagen querida, lleven en sus aromas el perfume de nuestra gratitud. Recibid con nuestros homenajes el afecto con que los traemos a vuestros pies y sirvan ellos de emblema de amor y prenda de nuestra correspondencia a vuestras maternales finezas. Haced que todos los que nos reunimos aquí para cantar vuestras alabanzas, merezcamos los favores que Dios concede a las almas amantes y reconocidas, para que, comenzando en la tierra el himno de nuestra gratitud, podamos en el cielo unir nuestra voz a la de los coros angélicos que repiten sin cesar: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad! Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar el Trisagio en homenaje de agradecimiento por los beneficios que hemos recibido de Dios.
2. Ofrecer una Comunión, o si esto no fuere posible, oír una Misa en sufragio del alma más devota de María.
3. Hacer una visita al Santísimo Sacramento para desagraviarlo de todas las injurias, desprecios y olvidos de que es víctima en el adorable Sacramento del altar.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR EL MISTERIO DE LA PURIFICACION DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La ley de Moisés obligaba a las madres a presentar a sus hijos al templo cuarenta días después de su nacimiento, y a purificarse ofreciendo a Dios una ofrenda. Por ningún titulo estaba obligada María a sujetarse a esta prescripción; porque ella era la pureza misma y porque el Hijo que iba a presentar no pertenecía al número de los pecadores, para los cuales había sido dictada la ley. Pero el Hijo y la Madre quisieron ocultar la grandeza de sus destinos y de su dignidad para dar ejemplo de obediencia a las prescripciones religiosas que reglan para los hijos y las madres de Israel. Como todas las mujeres del pueblo, ella se presenta al templo de Jerusalén acompañada de del Espíritu Santo. Y como pertenecía a la clase de los pobres, fue modesta su ofrenda y pequeña su oblación.
Pero un fin más alto la conducía al santuario del Señor. Iba a dar gracias a Dios por el incomparable beneficio de su fecundidad gloriosa. Si toda paternidad viene de Dios, la maternidad de María era la obra primorosa de su amor y de su misericordia, el principio de la felicidad del mundo y el testimonio más elocuente de la predilección que tenía por la que eligió por Madre del Verbo encarnado. Por lo mismo, ella debía a Dios beneficios más excelsos que todas las madres juntas y acciones mas ardientes de gracias que las que le han enviado en todos los siglos todas las que han sido favorecidas con el don de la fecundidad.
¡Ah! ¡Cuáles serían en ese momento los ardores de la gratitud de María, que conocía en toda su magnitud la gracia de que había sido depositaria! Su corazón, abrazado en las llamas del amor y del reconocimiento, levantarla hasta el cielo, a manera de purísimo incienso, los mas encendidos afectos que jamás se escaparan del corazón humano. Ella, que amó a Dios desde el primer momento de su existencia, ¿cuál estaría su corazón cuando, no sólo amaba a Dios como simple criatura y lo bendecía no solamente por los dones comunes que le había otorgado, sino que lo amaba como madre y lo bendecía por las excepcionales prerrogativas de que la acababa de colmar? No es la inteligencia humana capaz de comprender la intensidad de los afectos de amor y gratitud que brotarían en ese momento del pecho amante y agradecido de María. Ellos excederían sin duda, a los de los más ardientes serafines.
He aquí lo que nos enseña María en el misterio que meditamos. Cumple a todos los hombres el deber ineludible de dar a Dios acciones incesantes de gracias por todos los beneficios, así generales como particulares, con que han sido favorecidos. Quien se muestre ingrato y olvidadizo con el Bienhechor soberano se hace indigno de sus favores. El primero de los deberes del beneficiado es el de la gratitud para con su benefactor. La naturaleza misma impone esta obligación y quien rehúse cumplirla contraria los sentimientos mas naturales que abriga el corazón. La gratitud, como todos los sentimientos del alma, se manifiesta por medio de repetidos actos; y así como el amor se deja conocer por actos de amor, el agrade cimiento debe mostrarse con acciones de gracias.
¡Ah! ¿Quién será aquel que en cada uno de los días de su vida no tenga un nuevo beneficio que agradecer a Dios? La conservación de la vida, el alimento que nos mantiene, el vestido que nos cubre, el techo que nos guarece, el sol que nos calienta, el aire que respiramos... todo es obra de su mano generosa. Las inspiraciones secretas, las mociones de la voluntad, los pensamientos saludables, los propósitos santos en orden a la reforma y perfeccionamiento de la vida, las advertencias caritativas, los buenos consejos y hasta lo que llamamos desgracias y contratiempos, son otros tantos beneficios que recibimos de su infinita liberalidad. Y si sus favores no cesan, ¿cómo podrán cesar nuestras acciones de gracias? ¿Cómo podremos, sin ser desagradecidos, pasar un día solo sin que levantemos a Dios un acento de ardiente gratitud? Ah! y si consideramos los beneficios genera les que ha dispensado Dios al mundo, en la creación, conservación, redención, institución de la Iglesia y llamamiento a la fe, el deber de la gratitud aparece todavía mas estricto e imprescindible. Imitemos a María, cuya vida fue una continuada acción de gracias y cuyo corazón fue un incensario vivo que estuvo siempre perfumando el trono de Dios con los aromas del amor más puro y de la gratitud más ardiente.
*EJEMPLO*
María, Vaso de insigne devoción
*SAN BERNARDINO DE SENA, TADDEO CRIVELLI.*
San Bernardino de Sena, uno de los astros más resplandecientes de la orden de San Francisco, y de los más bellos ornamentos de su siglo, se distinguió desde la más tierna infancia por su acendrado amor a la Madre de Dios. Nacido el 8 de septiembre de 1380 día de la Natividad de la Santísima Virgen, todos los grandes actos de su vida se verificaron en este mismo día; su toma de habito, su profesión religiosa y su primera misa, augurio cierto de la predilección de esta bondadosa Madre.
Conociendo sus superiores los grandes talentos de este insigne hijo de María, no quisieron que esta antorcha quedara oculta entre las sombras del claustro, y lo enviaron a predicar a Milán y demás estados de Italia en un tiempo en que la corrupción de las costumbres se extendía como una lepra gangrenosa en el cuerpo social. La Santísima Virgen le concedió la gracia de que su lengua, que era tarda por defecto natural, adquiriera una expedición tan admirable que no hubo en su época quien lo aventajase en elocuencia. Innumerables fueron las conversiones que hacía su predicación: los pueblos cambiaban de faz, personas inveteradas en el vicio se volvían a Dios, y multitudes incontables eran arrastradas por la irresistible unción de su palabra. La devoción a María palpitaba en sus discursos y se comunicaba a sus oyentes como el calor de una llama. Decía que no predicaba con gusto cuando no le era posible hablar de María en sus sermones. Admirables son los que se conservan sobre la Santísima Virgen, y, en especial sobre su Inmaculada Concepción, pues no podía tolerar que se pusiese en duda que la Madre de Dios había sido concebida en gracia y exenta de toda mancha.
María pagó con retribución generosa el encendido amor de su fidelísimo hijo, pues ella sabe corresponder a los obsequios de que es objeto con inagotable generosidad.
Un día quiso dar un testimonio público de su amor por Bernardino, haciendo aparecer una estrella brillantísima sobre su cabeza en el momento en que predicaba en Aquila sobre las doce estrellas que coronan la frente de la gloriosa Reina de los Ángeles. Este prodigio, que fue presenciado por un gran número de personas, aumentó la veneración que a. todos inspiraba la santidad de Bernardino. En la hora de su muerte tuvo la dicha de ver a María junto a su lecho mortuorio y espirar entre los brazos maternales de aquella por cuya gloria había trabajado con tanto afán. Ella recibió en su regazo el espíritu de su siervo y remontóse con él al cielo para que recibiera el premio que había merecido por su amor a Jesús y María.
Así es como la Santísima Virgen recompensa el amor de sus fieles hijos, y el celo de los que se consagran a extender su gloria y dilatar su culto.
*JACULATORIA*
¡Astro esplendente del día!
Pues que eres de gracia llena,
no me olvides, Madre mía.
*ORACIÓN*
Al contemplaros ¡oh María! de rodillas y con el corazón inflamado de amor al pie de los altares de la casa del Señor, dando gracias por todos los beneficios que Dios ha otorgado al mundo por la mediación de Jesús, nosotros no podemos menos de avergonzarnos de ser tan desagradecidos e ingratos para con Dios. Caen sobre nosotros lluvias de bendiciones y no se arranca de nuestro corazón ni un suspiro de amor y gratitud para con el soberano Bien hechor. Transcurren unos tras otros los días de nuestra vida llenos de favores divinos; pero parece que nosotros lo ignoramos, porque la frialdad y la indiferencia son la respuesta que damos a la liberalidad inagotable de la Providencia. Enseñadnos ¡oh María! a ser gratos a los favores celestiales, Vos que no hicisteis en la tierra otra cosa que enviar al cielo los perfumes de vuestros amorosos y agradecidos afectos. Dad Vos por nosotros rendidas gracias a la Bondad divina y suplid con vuestros homenajes de gratitud lo que no puede hacer nuestra indolencia. Recibid Vos también la expresión de nuestro agradecimiento en los filiales obsequios que venimos diariamente a deponer a vuestras plantas. Que esas flores y esas guirnaldas con que decoramos vuestra imagen querida, lleven en sus aromas el perfume de nuestra gratitud. Recibid con nuestros homenajes el afecto con que los traemos a vuestros pies y sirvan ellos de emblema de amor y prenda de nuestra correspondencia a vuestras maternales finezas. Haced que todos los que nos reunimos aquí para cantar vuestras alabanzas, merezcamos los favores que Dios concede a las almas amantes y reconocidas, para que, comenzando en la tierra el himno de nuestra gratitud, podamos en el cielo unir nuestra voz a la de los coros angélicos que repiten sin cesar: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad! Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar el Trisagio en homenaje de agradecimiento por los beneficios que hemos recibido de Dios.
2. Ofrecer una Comunión, o si esto no fuere posible, oír una Misa en sufragio del alma más devota de María.
3. Hacer una visita al Santísimo Sacramento para desagraviarlo de todas las injurias, desprecios y olvidos de que es víctima en el adorable Sacramento del altar.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
domingo, 15 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA NOVENO
*MES DE MARIA - Dia nueve*
*CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA EN EL NACIMIENTO DE JESUS*
Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
En una mañana de invierno nebulosa y triste, dos viajeros, un hombre noble y fuerte y una mujer joven y hermosa, dejaban a Nazaret y tomaban el camino de Belén. Eran José y María que, obedeciendo a las órdenes imperiales, iban a inscribir sus oscuros nombres en la ciudad de sus antepasados. El viaje era largo y penoso: María se hallaba en el último mes de su preñez, pero soportaba con humilde resignación las asperezas del camino. Multitud de alegres y presurosos viajeros subían ala ciudad de David para buscar albergue bajo el techo de las posadas. José fue a golpear también a sus puertas en demanda de un aposento para pasar la noche, que dejaba ya caer sus sombras sobre el mundo. Pero no hubo ni un rincón para ellos, que no podían ofrecer a los hospederos una moneda de oro, como precio de la hospitalidad. Llegaba la noche, y los dos esposos habían reclamado en vano un pobre techo bajo el cual guarecerse; ninguna puerta se abría para darles hospitalario asilo. Tristes pero resignados, salieron de Belén sin saber adonde dirigirse. No lejos de la ciudad descubrieron a la luz de los postreros resplandores del crepúsculo, una caverna horadada en una enorme roca que daba asilo a algunos animales. Ambos viajeros bendijeron a la Providencia, que les preparaba aquella agreste morada en que pasar la noche. Y allí, reclina da en una dura roca, María dio a luz al Redentor del mundo, en la mitad de una noche fría y tenebrosa.
Así es como nace al mundo el soberano dueño de todas las riquezas. Busca un pesebre por palacio, una roca por cuna y unas toscas pajas por lecho. Pero como dice San Bernardo, esos panales son nuestras riquezas y son más preciosos que la púrpura, ese pesebre es más glorioso que los tronos de los reyes. Pero María, olvidándose de tan tristes apariencias, abre su corazón al gozo más puro. Acaba de dar a luz al Verbo encarnado. Y si todo le falta, si el mundo le niega hasta un oscuro asilo, en cambio ella se entrega a los transportes del amor maternal y ese amor la indemniza de todos sus sufrimientos. Ella lo adora como a Dios y lo acaricia como a hijo, e inclinándose amorosamente sobre él, exclama, dice San Basilio: «¿Cómo os deberé llamar?... ¿Un mortal?- Pero yo os he concebido por operación divina... ¿Un Dios?- Pero vos tenéis cuerpo de hombre... ¿Debo yo acercarme a vos con el incienso u ofreceros mi leche?- ¿Es preciso que yo prodigue los cuidados de madre, o que os sirva como vuestra esclava con la frente en el polvo?»
¡Oh sublimes anonadamientos de Jesús y de María! ¡Bajo qué humilde techo se hallan asilados el Criador del cielo y la Reina de los ángeles! ¡María da a luz al Salvador del mundo y no tiene otro lecho que darle que unas húmedas pajas! ¡Digna madre de aquel que no tendrá donde reposar su cabeza, que vivirá trabajando durante su vida hasta darla por el hombre en la Cruz!
Estaban velando en aquellos contornos unos pastorea y haciendo centinela de noche sobre su rebaño, cuando de repente un ángel del Señor apareció junto a ellos y los inundó con su resplandor una luz divina; lo cual los llenó de sumo temor. Díjoles entonces el ángel: “No temáis, pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo, y es que hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, Señor Nuestro. Sírvaos de señal que hallaréis al niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.» Al misino tiempo se dejó ver con el ángel un coro numeroso de la milicia celestial que alababa a Dios cantando: “Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.”
Cuidemos mucho no suceda lo que ocurrió en Belén, donde Jesucristo no encontró lugar para nacer en las hospederías. Procuremos lo encuentre en nuestros corazones, donde desea siempre permanecer con su divina gracia.
*EJEMPLO*
Las primeras lagrimas de un pecador
Un sacerdote salía de una de las cárceles de París.
-Señor Cura (le dijo un carcelero): tenemos aquí un hombre condenado a muerte: muchos de la clase de V. han ensayado hablarle de religión; pero él se ha negado a escucharles; esta furioso; quiere romper su cabeza contra las paredes, y ha asido menester encerrarle en un calabozo... ¿Quiere V. verle?
-Vamos allá, respondió el sacerdote.
El carcelero le condujo por un corredor sombrío y subterráneo: se abrió una puerta, y vio a un desgraciado, tendido sobre una cama de hierro y cubierto con una camisa de fuerza. A la vista de una sotana, sus ojos se inflamaron y gritó furioso:
-¿A qué venís? ¿No he dicho ya que no quería confesarme? Salid... salid...
-Pero, amigo mío (repuso el ministro del Señor), yo no vengo a confesaros: vos estáis solo; os debéis fastidiar mucho, y vengo a daros algún consuelo.
-Enhorabuena (le contestó). Tiene ud. cara de buen hombre. Siéntese aquí.
Y le señaló una gruesa piedra, que había en un rincón del calabozo.
El sacerdote no se lo hizo repetir, y aceptó el asiento. El preso le contó su historia. Era un joven de veintinueve años, de honrada familia, si bien su educación religiosa había sido completamente descuidada. Hacía algunos años llevaba una vida criminal, hasta el punto de ser cogido y sentenciado a la última pena. Cuando hubo terminado su historia, el sacerdote ensayó hacérsela contar de nuevo en forma de confesión. Lo comprendió el preso, y prorrumpió en horrorosas blasfemias. El sacerdote sólo pudo obtener de él la promesa de rezar todos los días el Acordaos, piadosísima Virgen...
Muchas veces repitió el sacerdote sus visitas; pero todas eran estériles. El desgraciado preso estaba convencido de que sus crímenes eran demasiado enormes, y que no había misericordia para él.
Sin embargo, un día en que el infeliz contaba de nuevo su historia, el sacerdote, convertido en su mejor amigo, le interrogó como se hace a cualquiera que se confiesa. Advirtiólo el preso, pero no se opuso a ello; y cuando hubo concluido, el sacerdote le dijo:
-Amigo mío, acabáis de confesaros, y no os falta mas que un verdadero arrepentimiento.
Entonces, cogiéndole las manos con ternura, le indujo a arrodillarse sobre la cama; invocó sobre su cabeza las bendiciones de Dios, y, con toda la simpatía y la caridad de un apóstol, conjuróle a detestar sus culpas, hasta que por fin oyó escapársele del pecho un profundo suspiro, seguido de estas palabras:
-¡Ah! Si me arrepiento. ¡Cuán bueno es usted! ¡Me ha levantado un peso enorme, que oprimía mi corazón!
Luego enjugando dos lágrimas que brotaban de sus ojos exclamó:
-¡Esto si que es chusco!.. Parece que lloro; ¡yo..., que no había llorado nunca! ¡Yo, que he visto morir a mi pobre madre, a quien amaba, y de cuya muerte sin duda fui causa!.. ¡Y no lloro! ¡Yo, que sin llorar oi la lectura de la sentencia de mi muerte! Todas las mañanas cuando veía aparecer el sol por entre las rejas, decía entre mí: ¡Quién sabe si será por última vez! ¡y no lloraba!... ¡y hoy lloro!... ¡Cuan bueno sois, Dios mío! ¡Cuan bella y consoladora es la Religión! ¡Cuánto me pesa no haberos conocido antes! No me vería en tan triste estado.
Y dejándose caer de rodillas, y cogiéndose de la sotana del sacerdote, le dijo:
-Padre mío, acérquese mas; no se aparte de mi lado, y oremos juntos, pues si rezo solo, Dios no me escuchara.
Arrodillóse el sacerdote y mezcló sus lagrimas con las del criminal arrepentido. Algunos días después, el desgraciado joven; lleno de resignación cristiana, llevaba su cabeza a la guillotina, asistido hasta el último momento por su fiel amigo, que había obrado en su espíritu tan maravillosa transformación.
María no se deja vencer jamás en generosidad: los más pequeños sacrificios hechos en su obsequio los retribuye con la munificencia de una reina y con la bondad inagotable de una madre.
El mismo fin podemos alcanzar para muchos infelices pecadores, si por ellos rogamos con fervor a la Madre de Dios, refugio de pecadores.
*JACULATORIA*
Esperanza del que llora,
Refugio de pecadores,
ven a mi amparo, Señora.
*ORACIÓN*
Cuando nuestra conciencia gime sintiendo la espina del pecado, cuando nuestro corazón esta oprimido por el dolor, cuando negros temores nos asaltan en orden a nuestra salvación: nuestro único consuelo y nuestra sola esperanza es poder levantar nuestros ojos llorosos hacia Vos ¡oh Madre de Dios y Reina omnipotente del cielo!-Henos aquí ¡oh Virgen santa! ¡Oh estrella del mar y consoladora de los que padecen! henos aquí prosternados a vuestros pies para saludaros y bendeciros en nombre de todos los pecadores penitentes, de todas las almas atribuladas y de todos los peregrinos de la vida, por la inconmensurable gloria de que disfrutáis en el cielo. Descended también vosotros ¡oh espíritus angélicos! a celebrar con nosotros la gloria de nuestra Soberana, fuente de todos los bienes y santuario de todas las virtudes. ¡Oh amiga querida! desde el solio de vuestra grandeza, lanzad hacia nosotros una mirada compasiva; ved las llagas de nuestras almas, ved la inconstancia de nuestras resoluciones, ved las malas inclinaciones que se abrigan en nuestro corazón. Sed nuestra mediadora delante de vuestro Hijo y reconciliadnos con nuestro Supremo Juez. Recordadle vuestros dolores y alegrías del pesebre en aquella triste noche de angustia y desamparo, pero también de indecible gozo para Vos. No olvidéis ¡oh Madre! que a nosotros infortunados pecadores, debéis la diadema inmortal que ciñe vuestra frente. Sin nuestros pecados no habríais sido Madre de Dios; sin nuestra miseria no habríais sido llamada Madre de misericordia y de gracia; nuestra pobreza os ha enriquecido y nuestros vicios enaltecido. Recibidnos, pues, bajo vuestra protección y no ceséis de ser para nosotros madre compasiva y generosa, a fin de que, sostenidos por Vos en la vida, podamos alabaros eternamente en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, privándonos de lo que más nos agrade.
2. Sufrir con paciencia las molestias y contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos o tratamos.
3. Dar una limosna para el culto de la Santísima Virgen en alguna iglesia pública.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA EN EL NACIMIENTO DE JESUS*
Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
En una mañana de invierno nebulosa y triste, dos viajeros, un hombre noble y fuerte y una mujer joven y hermosa, dejaban a Nazaret y tomaban el camino de Belén. Eran José y María que, obedeciendo a las órdenes imperiales, iban a inscribir sus oscuros nombres en la ciudad de sus antepasados. El viaje era largo y penoso: María se hallaba en el último mes de su preñez, pero soportaba con humilde resignación las asperezas del camino. Multitud de alegres y presurosos viajeros subían ala ciudad de David para buscar albergue bajo el techo de las posadas. José fue a golpear también a sus puertas en demanda de un aposento para pasar la noche, que dejaba ya caer sus sombras sobre el mundo. Pero no hubo ni un rincón para ellos, que no podían ofrecer a los hospederos una moneda de oro, como precio de la hospitalidad. Llegaba la noche, y los dos esposos habían reclamado en vano un pobre techo bajo el cual guarecerse; ninguna puerta se abría para darles hospitalario asilo. Tristes pero resignados, salieron de Belén sin saber adonde dirigirse. No lejos de la ciudad descubrieron a la luz de los postreros resplandores del crepúsculo, una caverna horadada en una enorme roca que daba asilo a algunos animales. Ambos viajeros bendijeron a la Providencia, que les preparaba aquella agreste morada en que pasar la noche. Y allí, reclina da en una dura roca, María dio a luz al Redentor del mundo, en la mitad de una noche fría y tenebrosa.
Así es como nace al mundo el soberano dueño de todas las riquezas. Busca un pesebre por palacio, una roca por cuna y unas toscas pajas por lecho. Pero como dice San Bernardo, esos panales son nuestras riquezas y son más preciosos que la púrpura, ese pesebre es más glorioso que los tronos de los reyes. Pero María, olvidándose de tan tristes apariencias, abre su corazón al gozo más puro. Acaba de dar a luz al Verbo encarnado. Y si todo le falta, si el mundo le niega hasta un oscuro asilo, en cambio ella se entrega a los transportes del amor maternal y ese amor la indemniza de todos sus sufrimientos. Ella lo adora como a Dios y lo acaricia como a hijo, e inclinándose amorosamente sobre él, exclama, dice San Basilio: «¿Cómo os deberé llamar?... ¿Un mortal?- Pero yo os he concebido por operación divina... ¿Un Dios?- Pero vos tenéis cuerpo de hombre... ¿Debo yo acercarme a vos con el incienso u ofreceros mi leche?- ¿Es preciso que yo prodigue los cuidados de madre, o que os sirva como vuestra esclava con la frente en el polvo?»
¡Oh sublimes anonadamientos de Jesús y de María! ¡Bajo qué humilde techo se hallan asilados el Criador del cielo y la Reina de los ángeles! ¡María da a luz al Salvador del mundo y no tiene otro lecho que darle que unas húmedas pajas! ¡Digna madre de aquel que no tendrá donde reposar su cabeza, que vivirá trabajando durante su vida hasta darla por el hombre en la Cruz!
Estaban velando en aquellos contornos unos pastorea y haciendo centinela de noche sobre su rebaño, cuando de repente un ángel del Señor apareció junto a ellos y los inundó con su resplandor una luz divina; lo cual los llenó de sumo temor. Díjoles entonces el ángel: “No temáis, pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo, y es que hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, Señor Nuestro. Sírvaos de señal que hallaréis al niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.» Al misino tiempo se dejó ver con el ángel un coro numeroso de la milicia celestial que alababa a Dios cantando: “Gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.”
Cuidemos mucho no suceda lo que ocurrió en Belén, donde Jesucristo no encontró lugar para nacer en las hospederías. Procuremos lo encuentre en nuestros corazones, donde desea siempre permanecer con su divina gracia.
*EJEMPLO*
Las primeras lagrimas de un pecador
Un sacerdote salía de una de las cárceles de París.
-Señor Cura (le dijo un carcelero): tenemos aquí un hombre condenado a muerte: muchos de la clase de V. han ensayado hablarle de religión; pero él se ha negado a escucharles; esta furioso; quiere romper su cabeza contra las paredes, y ha asido menester encerrarle en un calabozo... ¿Quiere V. verle?
-Vamos allá, respondió el sacerdote.
El carcelero le condujo por un corredor sombrío y subterráneo: se abrió una puerta, y vio a un desgraciado, tendido sobre una cama de hierro y cubierto con una camisa de fuerza. A la vista de una sotana, sus ojos se inflamaron y gritó furioso:
-¿A qué venís? ¿No he dicho ya que no quería confesarme? Salid... salid...
-Pero, amigo mío (repuso el ministro del Señor), yo no vengo a confesaros: vos estáis solo; os debéis fastidiar mucho, y vengo a daros algún consuelo.
-Enhorabuena (le contestó). Tiene ud. cara de buen hombre. Siéntese aquí.
Y le señaló una gruesa piedra, que había en un rincón del calabozo.
El sacerdote no se lo hizo repetir, y aceptó el asiento. El preso le contó su historia. Era un joven de veintinueve años, de honrada familia, si bien su educación religiosa había sido completamente descuidada. Hacía algunos años llevaba una vida criminal, hasta el punto de ser cogido y sentenciado a la última pena. Cuando hubo terminado su historia, el sacerdote ensayó hacérsela contar de nuevo en forma de confesión. Lo comprendió el preso, y prorrumpió en horrorosas blasfemias. El sacerdote sólo pudo obtener de él la promesa de rezar todos los días el Acordaos, piadosísima Virgen...
Muchas veces repitió el sacerdote sus visitas; pero todas eran estériles. El desgraciado preso estaba convencido de que sus crímenes eran demasiado enormes, y que no había misericordia para él.
Sin embargo, un día en que el infeliz contaba de nuevo su historia, el sacerdote, convertido en su mejor amigo, le interrogó como se hace a cualquiera que se confiesa. Advirtiólo el preso, pero no se opuso a ello; y cuando hubo concluido, el sacerdote le dijo:
-Amigo mío, acabáis de confesaros, y no os falta mas que un verdadero arrepentimiento.
Entonces, cogiéndole las manos con ternura, le indujo a arrodillarse sobre la cama; invocó sobre su cabeza las bendiciones de Dios, y, con toda la simpatía y la caridad de un apóstol, conjuróle a detestar sus culpas, hasta que por fin oyó escapársele del pecho un profundo suspiro, seguido de estas palabras:
-¡Ah! Si me arrepiento. ¡Cuán bueno es usted! ¡Me ha levantado un peso enorme, que oprimía mi corazón!
Luego enjugando dos lágrimas que brotaban de sus ojos exclamó:
-¡Esto si que es chusco!.. Parece que lloro; ¡yo..., que no había llorado nunca! ¡Yo, que he visto morir a mi pobre madre, a quien amaba, y de cuya muerte sin duda fui causa!.. ¡Y no lloro! ¡Yo, que sin llorar oi la lectura de la sentencia de mi muerte! Todas las mañanas cuando veía aparecer el sol por entre las rejas, decía entre mí: ¡Quién sabe si será por última vez! ¡y no lloraba!... ¡y hoy lloro!... ¡Cuan bueno sois, Dios mío! ¡Cuan bella y consoladora es la Religión! ¡Cuánto me pesa no haberos conocido antes! No me vería en tan triste estado.
Y dejándose caer de rodillas, y cogiéndose de la sotana del sacerdote, le dijo:
-Padre mío, acérquese mas; no se aparte de mi lado, y oremos juntos, pues si rezo solo, Dios no me escuchara.
Arrodillóse el sacerdote y mezcló sus lagrimas con las del criminal arrepentido. Algunos días después, el desgraciado joven; lleno de resignación cristiana, llevaba su cabeza a la guillotina, asistido hasta el último momento por su fiel amigo, que había obrado en su espíritu tan maravillosa transformación.
María no se deja vencer jamás en generosidad: los más pequeños sacrificios hechos en su obsequio los retribuye con la munificencia de una reina y con la bondad inagotable de una madre.
El mismo fin podemos alcanzar para muchos infelices pecadores, si por ellos rogamos con fervor a la Madre de Dios, refugio de pecadores.
*JACULATORIA*
Esperanza del que llora,
Refugio de pecadores,
ven a mi amparo, Señora.
*ORACIÓN*
Cuando nuestra conciencia gime sintiendo la espina del pecado, cuando nuestro corazón esta oprimido por el dolor, cuando negros temores nos asaltan en orden a nuestra salvación: nuestro único consuelo y nuestra sola esperanza es poder levantar nuestros ojos llorosos hacia Vos ¡oh Madre de Dios y Reina omnipotente del cielo!-Henos aquí ¡oh Virgen santa! ¡Oh estrella del mar y consoladora de los que padecen! henos aquí prosternados a vuestros pies para saludaros y bendeciros en nombre de todos los pecadores penitentes, de todas las almas atribuladas y de todos los peregrinos de la vida, por la inconmensurable gloria de que disfrutáis en el cielo. Descended también vosotros ¡oh espíritus angélicos! a celebrar con nosotros la gloria de nuestra Soberana, fuente de todos los bienes y santuario de todas las virtudes. ¡Oh amiga querida! desde el solio de vuestra grandeza, lanzad hacia nosotros una mirada compasiva; ved las llagas de nuestras almas, ved la inconstancia de nuestras resoluciones, ved las malas inclinaciones que se abrigan en nuestro corazón. Sed nuestra mediadora delante de vuestro Hijo y reconciliadnos con nuestro Supremo Juez. Recordadle vuestros dolores y alegrías del pesebre en aquella triste noche de angustia y desamparo, pero también de indecible gozo para Vos. No olvidéis ¡oh Madre! que a nosotros infortunados pecadores, debéis la diadema inmortal que ciñe vuestra frente. Sin nuestros pecados no habríais sido Madre de Dios; sin nuestra miseria no habríais sido llamada Madre de misericordia y de gracia; nuestra pobreza os ha enriquecido y nuestros vicios enaltecido. Recibidnos, pues, bajo vuestra protección y no ceséis de ser para nosotros madre compasiva y generosa, a fin de que, sostenidos por Vos en la vida, podamos alabaros eternamente en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, privándonos de lo que más nos agrade.
2. Sufrir con paciencia las molestias y contrariedades ocasionadas por las personas con quienes vivimos o tratamos.
3. Dar una limosna para el culto de la Santísima Virgen en alguna iglesia pública.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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