miércoles, 7 de octubre de 2020

CARTA APOSTÓLICA “Jam vos omnes”, SOBRE LA UNIDAD CATÓLICA

Publicamos esta Carta Apostólica con la cual el Papa Pío IX, en ocasión a la convocación del Concilio Vaticano, invitaba a los protestantes y demás acatólicos a volver a la unidad de la Iglesia Católica.
    
En este importante documento, se ponen muchos puntos en realce, algunos de ellos necesarios para los neopaganos hipovidentes, las contradicciones de las nuevas doctrinas del satánico Concilio denominado Vaticano II (que a diferencia de los anteriores, cuyo fin –para el cual el Espíritu Santo le garantiza su asistencia divina– es la condena de los errores y la difusión de la fe, fue excomulgado anticipadamente por la bula Execrábilis de S. S. Pío II) y del todavía más satánico posconcilio, con el Magiterio perenne de la Iglesia.
    
Notable también el llamado a las comunidades pseudoreligiosas fuera de la Iglesia (incluidos actualmente también los modernistas, la apóstata secta del Vaticano II y pseudotradicionalistas varios –“Ecclésia Dei”, la Frater, la “Resistencia”, bergogliómacos y un largo etcétera–) para que se conviertan y entren al redil de Cristo, fuera del cual no hay salvación… (extra Ecclésiam nulla salus!), recordándoles que no pueden identificarse como la Iglesia de Jesucristo si no vuelven a la Unidad Católica. Ítem, el Papa reitera que esta unidad no sólo es necesaria para la salvación de las almas, sino también para la sociedad civil, porque el difundirse las sectas (contrario al diktat mundialista-masónico-ecumenista) es dañoso a la estabilidad del país (palabras que, a más de 150 años… ¡siguen siendo ciertas!).
   
Tal preocupación se compagina con el amor que Pío IX le tenía a la Iglesia  (inclusive, sus últimas palabras fueron: «Guardad la Iglesia a la que tan sagradamente amé»), siendo un contraste con todos los usurpadores conciliares, que ven con malos ojos que los herejes, cismáticos e infieles se conviertan, prefiriendo más bien que estos sigan en sus errores.
  
CARTA APOSTÓLICA “Jam vos omnes”, EXHORTANDO A LOS ACATÓLICOS A REGRESAR A LA UNIDAD CATÓLICA
   
Ya todos vosotros conocéis que Nos, elevados, aunque sin mérito alguno, a esta Cátedra de Pedro y puestos por nuestro Señor Jesucristo en la cabeza del gobierno supremo y del cuidado de toda la Iglesia Católica, hemos considerado oportuno convocar ante Nos los Venerables Hermanos Obispos de todo el orbe y reunrlos, el próximo año, a Concilio Ecuménico, para disponer, con los mismos Venerables Hermanos llamados a compartir Nuestra solicitud pastoral, aquellas providencias que resultarán más idóneas y más incisivas tanto para disipar las tinieblas de tantos pestíferos errores que por todas partes se afirman y triunfan cada día más, con sumo daño de las almas, como para dar siempre más consistencia y para difundir en los pueblos cristianos, confiados a Nuestra vigilancia, el reino de la fe verdadera, la justicia y la verdadera paz de Dios.
    
Poniendo plena confianza en el estrechísimo y amabilísimo pacto de unión que en modo admirable une a los mismos Venerables Hermanos con Nos y esta Sede, como testifican las inequívocas pruebas de fidelidad, amor y obsequio hacia Nos y esta Nuestra Sede, que nunca dejan de ofrecer en el curso de todo Nuestro Supremo Pontificado, alimentamos la esperanza que, como sucedió en lo siglos pasados para los otros Concilios Generales, así en el siglo presente, pueda el Concilio Ecuménico por Nos convocado, producir, con el favor de la gracia divina, frutos copiosos y dichosos para la mayor gloria de Dios y la salvación eterna de los hombres.
    
Sostenidos pues, por esta esperanza, solicitados e impulsados por la caridad de Nuestro Señor Jesucristo, que ofreció su vida por la salvación de todo el género humano, no podemos dejar escapar la ocasión del futuro Concilio sin dirigir Nuestra paternas y Apostólicas palabras también a todos aquellos que, aunque reconozcan al mismo Jesucristo como Redentor y se vanaglorían del nombre de Cristianos, no profesan todavía la verdadera fe de Cristo y no están en la comunión de la Iglesia Catolica. Procediendo así, Nos proponemos con todo celo y caridad amonestarlos, exhortarles y pedirles que consideren seriamente y reflexionen si el camino seguido por ellos es el indicado por el mismo Cristo Señor: el que conduce a la vida eterna.
   
Seguramente nadie puede negar o dudar que nuestro Señor Jesucristo, a fin de aplicar a todas las generaciones humanas los frutos de su redención, edificó aquí en la Tierra, sobre Pedro, su única Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica, y que le confirió a ella todo el poder necesario para guardar, íntegro e inviolado, el depósito de la fe, para entregarla a todos los pueblos y naciones, y por medio del Bautismo, todos los hombres se unan a su Cuerpo Místico, con el propósito de conservar en ellos y perfeccionar aquella nueva vida de la gracia sin la cual ninguno puede merecer y conseguir la vida eterna; para que la misma Iglesia que constituye su Cuerpo Místico, pudiese persistir y prosperar en su propia naturaleza estable e indefectible hasta el fin de los siglos, y ofrecer a todos sus hijos los instrumentos de salvación.
     
Por otra parte, quien ahora fije su atención y reflexione sobre la situación en que se encuentran varias sociedades religiosas discrepantes entre si y separadas de la Iglesia Católica, la cual, ininterrumpidamente desde el tiempo de Cristo Señor y de sus Apóstoles, por medio de sus sagrados Pastores legítimos ha ejercitado, y ejercita hasta ahora, la potestad divina que el mismo Señor le ha conferido, deberá fácilmente persuadirse de que ninguna de esas sociedades, ni siquiera en conjunto, pueden ser consideradas en manera alguna como la única y verdadera Iglesia Católica que Cristo Señor edificó, constituyó y quiso que existiese, y nunca se podrá decir que son miembros o parte de la misma Iglesia, puesto que permanecen visiblemente separadas de la unidad Católica. Se sigue que tales sociedades, careciendo de  aquella viva autoridad, establecida por Dios, que amaestra a los hombres en las cosas de la fe y en la disciplina de las costumbres, los dirige y los gobierna en todo lo que concierne a la salvación eterna, cambian continuamente en sus doctrinas, sin que cesen esta movilidad e inestabilidad. Cualquiera puede comprender y darse cuenta fácilmente que esto es absolutamente en contraste con la Iglesia instituida por Cristo Señor, en la cual la verdad debe permanecer siempre estable y nunca sujeta a cualquier cambio, como un depósito confiado a ella para custodiar perfectamente íntegro: con este propósito, ha recibido la promesa de la presencia y del auxilio perpetuo del Espíritu Santo. Nadie pues, ignora que por estos disensos en las doctrinas y en las opiniones derivan divisiones sociales, traen origen innumerables comuniones y sectas que siempre más se difunden con graves daños para la sociedad cristiana y civil.
    
Por tanto, quien reconoce la Religión como fundamento de la sociedad humana, deberá darse cuenta y confesar cuál gran violencia han ejercido sobre la sociedad civil la discrepancia de los principios y la división de las sociedades religiosas en lucha entre sí, y con cuánta fuerza el rechazo de la autoridad querida por Dios para gobernar las convicciones del intelecto humano y para dirigir las acciones de los hombres, tanto en la vida privada como en la pública, ha siscitado, promovido y alimentado las lacrimables turbaciones de las cosas y los tiempos que agitan y afligen en modo digno de pena a casi todos los pueblos.
 
Es por este motivo que cuantos no comparten “la comunión y la verdad de la Iglesia Católica” [San Agustín, Epístola 61, 223] deben aprovechar la ocasión de este Concilio, a través de la Iglesia Católica, a la cual sus antepasados estaban ligados, muestra una ulterior demostración de su profunda unidad y de su fuerza vital inexpugnable, y, respondiendo a las necesidades de sus corazones, deben empeñarse en apartarse de ese estado que no les garantiza la seguridad de su propia salvación. No dejen de elevar al Señor misericordioso fervientes oraciones para que abata el muro de la división, disipen el estío de los errores y los reconduzca al seno de la santa Madre Iglesia, donde sus antepasados encontraron salutíferos pastos de vida; donde, en modo exclusivo, se conserva y se transmite íntegra la doctrina de Jesucristo y se dispensan los misterios de la gracia celestial.
   
Es por tanto, a fuerza de Nuestro supremo ministerio Apostólico, a Nos confiado por el mismo Cristo Señor, que, debiendo llenar con sumo empeño todas las mansiones del buen Pastor y seguir y abrazar con paternal amor a todos los hombres del mundo, enviamos esta Nuestra Carta a todos los Cristianos separados de Nos, con la cual los exhortamos encarecidamente y los conjuramos con insistencia a apresurarse a regresar en el único rebaño de Cristo; de ehcho deseamos desde lo más profundo del corazón  su salvación en Cristo Jesús, y tememos deber dar cuenta un día a Él, Nuestro Juez, si, en cuanto Nos es posible, no les hemos señalado y preparado el camino para alcanzar la eterna salvación. En cada oración y súplica Nuestra, con acción de gracias, día y noche no dejamos nunca de pedir por ellos, con humilde insistencia, al eterno Pastor de las almas la abundancia de los bienes y las gracias celestiales. Y puesto que, aunque inmerecidamente, desempeñamos sobre la tierra el oficio de Su vicario, con todo el corazón esperamos con brazos abiertos el retorno de los hijos errantes a la Iglesia Católica, para acogerlos con infinita amabilidad en la casa del Padre celestial y para poderlos enriquecer con Sus inagotables tesoros. De este deseadísimo retorno a la verdad y a la comunión con la Iglesia Católica depende pues no sólo la salvación de cada uno de ellos, sino también de toda la sociedad cristiana: el mundo entero de hecho no puede gozar de la verdadera paz si no se hace un solo rebaño y un solo pastor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 13 de Septiembre de 1868, año vigésimotercio de Nuestro pontificado. PÍO PAPA IX.

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