miércoles, 14 de octubre de 2020

LA CEREMONIA DEL ANATEMA “Campana, libro y cirio”

Si visteis la película “Becket”, protagonizada por Richard Burton, habréis visto esta escena:
   
  
La escena representa la ceremonia de excomunión por Santo Tomás Becket contra Gilberto Foliot (obispo de Londres), Rogerio de Puente del Obispo (arzobispo de York) y Joscelyn de Bohon (obispo de Salisbury) el 1 de Diciembre de 1170 porque estos, seis meses antes, consagraron como “rey joven” a Enrique Plantagenet, hijo del rey Enrique II (esta costumbre, propia de la dinastía Capeto de Francia y con finalidad de disipar cualquier potencial lucha sucesoria, era ajena a Inglaterra; y la consagración de los reyes era función del Arzobispo de Canterbury como Primátus tótius Ángliæ). Esta excomunión fue el punto de no retorno en el conflicto con el rey Enrique II, quien posteriormente decidirá asesinarlo.
   
La ceremonia era llamada “Campana, libro y cirio”. Si bien se desconoce su origen, se remonta al siglo IX, con el papa San Zacarías. Era una función para fulminar el anatema, el peor castigo canónico. Esta se hacía frente al altar, o en otro lugar adecuado para que toda la congregación pudiera presenciarla. El obispo, revestido con amito, estola y capa pluvial moradas y mitra simple, aparecía con doce sacerdotes en sobrepelliz, todos portando cirios encendidos. El obispo dice: 
«Quia N. diábolo suadénte, christiánum promissiónem, quam in Baptísmo proféssus est, per apostasíam postpónens, Ecclésiam Dei devastáre, ecclesiastica bona diripere ac pauperes Christi violenter opprimere non veretur; idcirco solliciti, ne per negligentiam pastoralem pereat, pro quo in tremendo judicio, ante Principem Pastorum Dominum nostrum Jesum Christum rationem reddere compellamur, juxta quod Dominus ipse terribiliter comminatus dicens: Si non annuntiaveris iniquo iniquitatem suam, sanguinem ejus de manu tua requiram, monuimus eum canonice, primo, secundo, tertio, et etiam quarto, ad ejus malitiam convincendam, ipsum ad emendationem, satisfactionem, et pœnitentiam invitantes, et paterno affectu corripientes. Ipse vero, proh dolor! monita salutaria spernens, Ecclesiæ Dei quam læsit, supérbiæ spiritu inflatus, satisfacere dedignatur. Sane præceptis Dominicis atque Apostolicis informamur, quid de hujusmodi prævaricatoribus agere nos oporteat. Ait enim Dominus: Si manus tua vel pes tuus scandalizat te, abscinde eum, et projice abs te. Et Apostolus inquit: Auferte malum ex vobis. Et iterum: Si is qui frater nominatur, est fornicator, aut avarus, aut idolis serviens, aut maledicus, aut ebriosus, aut rapax, cum ejusmodi nec cibum sumere. Et Joannes præ ceteris dilectus Christi discipulus, talem nefarium hominem salutare prohibet, dicens: Nólite recípere eum in domum nec AVE ei dixéritis. Qui enim dicit illi AVE, commúnicat opéribus ejus malígnis. Dominica itaque atque Apostolica præcépta adimpléntes, membrum putridum et insanabile, quod medicinam non recipit, ferro excommunicationis ab Ecclésiæ corpore abscindamus, ne tam pestífero morbo reliqua corporis membra, veluti venéno inficiantur. Ígitur quia mónita nostra, crebrásque exhortationes contempsit, quia tertio secundum Dominicum præceptum vocatus, ad emendationem, et pœniténtiam veníre despéxit, quia culpam suam nec cogitavit, nec confessus est, nec missa legatione excusationem aliquam prætendit, nec véniam postulavit, sed diabolo cor ejus indurante, in incoepta malitia perseverat, juxta quod Apostolus dicit: Secúndum durítiam suam, et cor impoenitens thesaurízat sibi iram in die iræ: idcírco eum cum univérsis complícibus, fautoribúsque suis, judício Dei omnipoténtis Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti, et beáti Petri príncipis Apostolórum, et ómnium Sanctórum, necnon et mediocritátis nostræ auctoritáte, et potestáte ligándi et solvéndi in cœlo et in terra nobis divínitus colláta, a pretiósi Córporis et Sánguinis Dómini perceptióne, et a societáte ómnium Christianórum separámus, et a limínibus sanctæ matris Ecclésiæ in cœlo et in terra excludímus, et excommunicátum et anathematizátum esse decérnimus; et damnátum cum diábolo, et ángelis ejus, et ómnibus réprobis in ignem ætérnum judicámus; donec a diáboli láqueis resipíscat, et ad emendatiónem, et pœniténtiam rédeat, et Ecclésiæ Dei, quam læsit, satisfáciat, tradéntes eum sátanæ in intéritum carnis, ut spíritus ejus salvus fiat in die Judícii (Porque N., persuadido por el diablo, por la apostasía pospone la promesa cristiana que profesó en el Bautismo, no cesa de devastar a la Iglesia, perseguir los bienes eclesiásticos y oprimir violentamente a los pobres de Cristo, por tanto, solícitos para que no perezca por negligencia pastoral, por lo cual en el Juicio tremendo, ante el Príncipe de los Pastores Jesucristo nuestro Señor, seamos compelidos a rendir cuentas según la terrible conminación que dice el Señor: Si no le anuncias al impío su iniquidad, yo te requeriré su sangre de tu mano, lo advertimos canónicamente una, dos, tres e incluso cuatro veces para convencerlo de su malicia, e invitándolo  a la enmienda, satisfacción y penitencia, y corrigiéndolo paternalmente. Mas él, ¡oh dolor!, despreciando las advertencias saludables, se ha dedignado satisfacer a la Iglesia, a quien lesionó inflado del espíritu de soberbia. Muy oportuno es que informemos los preceptos Dominicales y Apostólicos por los cuales procedemos de este modo contra los prevaricadores. Por eso dice el Señor: Si tu mano o tu pie te escandaliza, córtalo, y arrójalo de ti. Y el Apóstol dice: Apartad el mal de vosotros. Y nuevamente: Si el que es del número de los hermanos es fornicador, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o rapaz, con él ni toméis bocado. Y Juan, amado entre los discípulos de Cristo, prohíbe saludar a tal nefario hombre diciendo: No le recibáis en casa ni los saludéis, porque quien le saluda comulga con sus malas obras. Cumpliendo los preceptos del Señor y de los Apóstoles, cortamos del cuerpo de la Iglesia con el hierro de la excomunión el miembro pútrido e insanable que no recibe la medicina, para que el contagio pestífero o el veneno no inficione a los demás miembros del cuerpo. Por eso, porque ha despreciado nuestra advertencia y nuestras frecuentes exhortaciones, porque llamado por tercera vez según el precepto del Señor, ha despreciado venir a enmienda y penitencia, porque ni reconoce su culpa ni la ha confesado, ni ha enviado legación para pretender alguna excusa, ni ha pedido perdón, sino que con su corazón endurecido por el diablo, persevera en inalcanzable malicia, según lo que dice el Apóstol: Según su dureza y su corazón impenitente, se atesora ira para el día de la ira: Por tanto, en nombre de Dios Omnipotente, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, del Bienaventurado San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y de todos los Santos, y en virtud del poder que nos ha sido dado de atar y desatar en el Cielo y sobre la tierra, lo privamos a él y a sus cómplices y a todos sus fautores de la comunión del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, lo separamos de la sociedad de todos los Cristianos, lo excluimos del seno de nuestra Santa Madre la Iglesia en el Cielo y sobre la tierra, lo declaramos excomulgado y anatematizado, y lo juzgamos digno de ser condenado al fuego eterno con satanás y sus ángeles y todos los réprobos, mientras no quiera soltarse del lazo del demonio, haga penitencia y satisfaga a la Iglesia, a la cual lesionó; y lo entregamos a satanás para que mortirique su carne, para que su alma pueda ser salvada en el día del Juicio)».
Los presentes respondían: «Fiat, fiat, fiat (¡Hágase, hágase, hágase!)». Luego el Obispo y los 12 sacerdotes extinguían sus cirios arrojándolos al suelo, cerraba el libro y hacía sonar la campana de muertos (de ahí el nombre de la ceremonia), simbolizando que se extingue para la persona la luz de la gracia, se le expulsa de la Iglesia y se anuncia su muerte espiritual. Hecho esto, el obispo y los sacerdotes se retiraban, acabando la ceremonia.
   
Posteriormente, el obispo hacía redactar cartas a los fieles de su diócesis, y aun a los obispos vecinos, indicando la persona y las causas del anatema, para evitar que tomen parte de la misma pena por comunicar con tal.
   
La ceremonia, aunque significa que la persona es entregada al diablo y sus ángeles, tiene como fin infundirle terror e incitarle a penitencia (porque, finalmente, la Iglesia, como Dios, no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva). Por eso, el Pontifical incluye seguido a la ceremonia de anatema la ceremonia de absolución y reconciliación.

2 comentarios:

  1. En la misma película, en la escena de su consagracion se puede observar en la parte central posterior del altar un objeto cubierto por una especie de conopeo dorado, lo que se puede deducir como una especie de sagrario o pixide. Según leí cierta vez, que la catedral de Canterbury tenia su altar orientado hacia el este, el trono del obispo estaba detrás del altar, pero se celebraba de espaldas a los fieles. Lo mismo sucede con la Catedral primada de Lyon, que el altar y la sede del Arzobispo tenía la misma disposición y se celebraba de espaldas ( hasta que los conciliares reformaron todo eso). Será que haya una herencia de costumbres del rito sarum en el rito liones o viceversa? Otro ejemplo de ello es que el color penitencial de cuaresma del sarum es el color del lino natural (parecido al beige). En el rito de Lyon se usa el color cenizo algo parecido de coloracion pero de un tono mas oscuro.

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    1. En aquella época, la píxide se usaba para reservar las hostias para el viático (en la Misa, generalmente se comulgaba con las Hostias consagradas ese día; así acostumbran aún los cartujos), y dependiendo de la costumbre local, se colgaba desde lo alto del retablo con un velo o se guardaba en otro sitio. El sagrario como lo conocemos se remonta al siglo XVI con Matteo Giberti, obispo de Verona.

      Sobre el rito de Sarum y el de Lyon –con el cual celebraba el Santo Cura de Ars– (o más correctamente, los “usos” de Sarum y de Lyon, porque son variaciones locales del Rito Romano Tradicional), puede que haya cierto desarrollo convergente dadas las similitudes entre ambos, sobre todo en la ubicación de la cátedra en el fondo del Ábside (y un altar doble, las celebraciones de pontifical (más elaboradas que en el Rito Romano Tradicional) y en los colores litúrgicos. Aparte, en la catedral de Lyon –que fue sede Papal durante Inocencio IV– se usa de tener una cruz a cada lado del altar, en recuerdo del Concilio de 1274, en el que se puso fin al Cisma de Oriente –aunque el nacionalismo griego hizo del través la unión–.

      Personalmente, hemos planteado en varias ocasiones que el Uso de Sarum (el uso pre-Tridentino más habitual en Inglaterra antes de la “Reforma”) puede ser recuperado para los anglicanos tradicionalistas que quieran convertirse al catolicismo (lo cual es mejor y más católico que la práctica de adaptar el Libro de Oración Común a los “Ordinariatos Anglicanos” –que no nos llamemos a engaños, hoy son vistos como un gueto por la Conferencia de Obispos “Católicos” de Inglaterra y Gales–).

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