*MES DE MARÍA - Día de clausura*
*DÍA DE CLAUSURA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSAGRACIÓN*
*ENTERA Y PERPETUA A LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA*
Al terminar ¡oh María! el bello Mes que, llenos de amor y de alegría, hemos consagrado a vuestro culto, no podemos menos de venir a vuestras plantas a rendiros el último y más valioso homenaje de nuestro amor filial, consagrándonos entera y perpetuamente a vuestro servicio. Bien escaso valor tendrían ante vuestros ojos ¡oh María! los obsequios con que hemos procurado honraros, si ellos no fueran la expresión del deseo de serviros, de amaros y de honraros mientras nos dure la vida. Permitid, pues, que antes de separarnos de vuestro santuario querido, antes que se despoje vuestro altar de las flores que lo embellecen, antes que cesen de subir al cielo las nubes de incienso con que hemos perfumado vuestra imagen, os hagamos en presencia del cielo y de la tierra una consagración pública y solemne de cuanto somos y tenemos en correspondencia a vuestras amorosas finezas. Os consagramos ¡oh Madre querida! nuestra alma con sus potencias, nuestro cuerpo con sus sentidos, nuestro corazón con sus afectos y nuestra vida con sus goces. Sois ¡oh María! nuestra tierna Madre, y los hijos todo lo deben a aquellas de quienes recibieron el ser. Pobres son las ofrendas y humildes los obsequios que, llenos de complacencia, os consagramos en este día, el último de esta hermosa serie en que hemos sido tan favorecidos por vuestra maternal bondad. Pero si esos obsequios son pobres, atended ¡oh María! a que ellos son todo lo que tenemos y a que es grande la voluntad con que os los ofrecemos.
Queremos en adelante perteneceros como un hijo pertenece a su madre, como un siervo pertenece a su señor, como un súbdito a su reina. Nada habrá en nosotros de que Vos no podáis disponer: si queréis nuestro corazón, aquí lo tenéis dispuesto a consagraros sus más puros y encendidos afectos. Ya las criaturas y los falsos bienes de la tierra que por tanto tiempo nos han seducido, no debilitarán el amor que os debemos; ya la tibieza con que, hasta hoy os hemos servido, se convertirá en solicitud asidua y ardiente por vuestra gloria y vuestro culto; ya, en fin, los vo tos de nuestro agradecimiento os harán olvidar nuestra pasada ingratitud.
Acoged benigna esta consagración que hoy os hacemos con el corazón lleno de amor y de alegría; dignaos bendecirla y hacerla fecunda en gracias y mercedes; haced que perseveremos siempre en esta resolución, y que el último aliento de nuestra vida sea también el postrer suspiro de amor que hacia Vos exhale nuestro corazón. Esta es ¡oh Madre! la gracia que con más fervor os pedimos al terminar es te Mes de bendición, y esta resolución que hacemos en presencia de los ángeles y bienaventurados, será también la flor más preciosa que coronará el ramillete místico que hemos procurado formar con nuestros actos de virtud. Levantad ¡oh María! vuestra mano y bendecidnos, y haced que esa bendición sea para vuestros hijos prenda de eterna felicidad en el cielo. Amén.
Aquí se hará una breve pausa para pedir a la Santísima Virgen la gracia que se desea conseguir, y después se terminará con la siguiente:
*ORACIÓN*
*PARA TERMINAR LOS EJERCICIOS DEL MES*
¡Oh María! se acerca el fin de este bello Mes que nuestro amor os ha consagrado, y ya vemos concluir el último de sus días; pero jamás nos abandonará el recuerdo de los goces que en él hemos experimentado; guardaremos con sumo cuidado las bendiciones y gracias que habéis derramado sobre nosotros, permaneciendo fieles a los santos juramentos que tantas veces hemos renovado al pie de este altar. Ya no nos reuniremos diariamente en este piadoso santuario para cantar vuestras alabanzas y expresar los votos de nuestros corazones; pero volveremos aquí a repetiros que os amamos y que queremos amaros siempre. No veremos ya este trono de flores que nuestras manos os han preparado y desde donde os dejáis ver con vuestros brazos abiertos, inspirando la más tierna confianza. Muy luego van a desaparecer y á marchitarse las bellas flores que os adornan; pero sabemos que hay otras que jamás se secan y cuya belleza puede saciar vuestras miradas y su perfume subir hasta Vos: éstas son las que os prometemos conservar en nuestros corazones.
Sí, el fervor, la piedad, la inocencia, la caridad, la dulzura son los lirios y rosas que os agradan; nos reputaríamos felices si siempre os los pudiéramos ofrecer. ¡Oh María! en este último momento recibid los postreros votos de vuestros hijos; prosternados a vuestros pies al concluir este día, bendicen por última vez vuestras misericordias y se consagran a Vos de nuevo y para siempre; ponen en Vos toda su confianza, ya en el tiempo como en la eternidad que jamás concluye: ¡no permitáis que os seamos infieles! Que mediante vuestro socorro se concluya este año en el fervor y en el más exacto cumplimiento de nuestros deberes. Cuando se acerque la hora del peligro, cuando el mundo nos presente sus falsos placeres, recordadnos los goces de estos días felices y las promesas que tantas veces os hemos repetido, y que entonces os invoquemos triunfantes.
¡Adiós, Mes dichoso de María! ¡adiós, bellos días que nos habéis deparado tan dulces goces! ¿Por qué, decidnos, habéis transcurrido tan pronto? -Tan dulce como nos era celebrar a nuestra Madre y presentarle diariamente el tributo de nuestras oraciones y de nuestro amor. ¡Bellos días! ¡felicísimos días! ¡no deberíais haber concluido!... ¡Ah! ¡no veremos ya levantarse vuestra aurora sobre nuestro horizonte!
¡Santuario querido, donde se elevaban nuestras oraciones con el perfume de las flores hacia el trono de María! no resonaréis ya con nuestros cantos de alegría. Bien pronto habrá desaparecido toda esta piadosa magnificencia con que nuestra mano había embellecido el altar de la Reina de los cielos; no veremos ya esas guirnaldas suspendidas en torno de su imagen querida. No podremos venir a sus pies, al fin de cada día a cantar sus alabanzas y a escuchar la voz amiga que nos cuenta sus grandezas y bondades. ¡Oh! amables reuniones de la tarde, ¡cuántas veces habéis enternecido nuestros corazones! Angeles y Santos, sin duda que entonces bajaríais de los cielos a participar de nuestra dicha y alegría, y a honrar a nuestra Reina y a nuestra Madre.
¡Adiós, pues, y por última vez adiós! ¡oh hermosos días! ¡Adiós, feliz Mes de María! ¡Adiós, delicias puras que aquí gustaban nuestros corazones! ¡Horas afortunadas, días de paz y de inocencia, adiós! -¡Bien pronto no seréis para nosotros más que un dulce y lejano recuerdo!
COMBATIENDO SIN TREGUA EN TODOS LOS FRENTES PARA QUE CRISTO REINE. «VIVAT JESU, AMOR NOSTER, ET MARÍA, SPES NOSTRA!»
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lunes, 7 de diciembre de 2020
domingo, 6 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA TRIGÉSIMO
*MES DE MARÏA - Día treinta*
*LA DEVOCIÓN A MARÍA*
*SAN LUIS MARÍA GRIGNON DE MONFORT, PROMOTOR DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA.*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La devoción a María es tan antigua como el mundo y tan prolongada como la historia. Nació el mismo día en que, en medio de la catástrofe del paraíso, fue anunciada al mundo como la corredentora del linaje humano. El mismo Jesús, mientras estuvo en la tierra, fue el maestro de esa devoción consoladora que tantas horas felices y tantos consuelos inefables depara a los desgraciados peregrinos de la tierra. La devoción no es más que una expresión del amor interno. Y ¿quién dio manifestaciones más tiernas y elocuentes de amor hacia María que su divino Hijo? Cuando pendiente del cuello de María imprimía en sus mejillas ternísimos ósculos de amor; cuando corría a refugiarse en el regazo de su madre para dormir allí el sueno de los ángeles; cuando la acompañaba en sus veladas y compartía con Ella el fruto del trabajo; cuando, en fin, próximo a espirar en la cruz, la recomendó a la solicitud del más amado de sus discípulos, ¿qué otra cosa hacía Jesús sino enseñarnos a amar a María?
Jesucristo quiso dejar establecida en el mundo la devoción a su Madre juntamente con la Iglesia. Por eso los apóstoles, herederos del espíritu de su Maestro, propagaron la devoción a María al mismo tiempo que llevaban a todas partes la luz del Evangelio, La Iglesia, por su parte, la ha conservado, propagado y defendido con el celo que requieren los grandes intereses de las almas. Por eso todos los hijos de la Iglesia emulan en entusiasmo por el culto de la Madre de Dios. ¡Desventurado de aquel cuyo corazón esté negado a los dulcísimos consuelos que esa devoción produce en el alma! Como es triste y amarga la condición de un pobre huérfano, que jamás conoció las ternuras del amor maternal, así es triste y digna de compasión la condición del hombre que no ha probado las delicias que se encierran en el amor a María.
Y nada hay más justo que esa devoción. Ella es el Refugio de los pecadores, que se compadece de su miseria y procura su salvación con más amorosa solicitud que la que tiene una madre por la felicidad de sus hijos. Ella es la amable Consoladora de los afligidos, que guarda en su corazón de madre consuelo para las almas atribuladas, remedio para todas las dolencias, bálsamo celestial para todas las heridas. Ella ha sido tan generosa para con nosotros, que no ha omitido sacrificio con tal de socorrernos y salvarnos. Si se sometió al dolor de ver morir a su Hijo fue únicamente, porque sabía que ese sangriento sacrificio era necesario para salvarnos. Pero ¿quién podrá fijar los limites de su amor? Más fácil sería medir la extensión de los mares, la inmensidad del espacio y la profundidad de los abismos.
Para que la devoción a María sea verdadera, es preciso que viva y se manifieste dentro y fuera del hombre; que viva en el corazón y que se manifieste en las obras. Si de alguna de estas dos condiciones careciese, seria o un cuerpo sin alma o un alma sin cuerpo.
Nuestra devoción debe consistir en honrarla, amarla y servirla. Debemos honrarla porque ha sido sublimada a la más excelsa grandeza. Toda dignidad merece ser honrada, y ¿quién puede sobrepujar en dignidad a la que ha sido Madre de Dios? A ella, pues, debemos tributarle un culto sólo inferior al de Dios pero superior al de los ángeles y de las santos porque a todos ellos sobrepasa en dignidad, grandeza y excelencia.
Debemos amarla, porque si la grandeza me rece respeto, la bondad despierta amor y confianza. ¿Quién más amable y bondadosa que María?
Pero nuestro amor sería estéril si no se manifestase por medio de nuestras obras: por eso debemos servirla, como un hijo sirve a su madre y un súbdito a su señor. Sólo con estas condiciones nuestra devoción será verdadera y atraerá sobre nosotros las bendiciones de María.
*EJEMPLO*
La perseverancia en la devoción a María recompensada
El sabio obispo de Orleans escribe el hecho que pasamos a referir:
«Hay algunas veces en la vida del sacerdote circunstancias en que un rayo de gracia eterna penetra en el alma y proyecta resplandores celestiales que no permiten olvidarlas jamás. Yo tuve un día una revelación clara y manifiesta del poder que encierra el Ave María en la escena conmovedora que tuve ocasión de presenciar junto a un lecho de muerte al recoger y bendecir el último suspiro de una joven, que había asistido algunos años antes a la preparación que yo hacía a los niños de primera Comunión.
«Yo tenía la costumbre de recomendar a los niños que siempre fuesen fieles a la recitación diaria del Ave María, como un medio de perseverancia en los buenos propósitos hechos al pie de los altares. La joven moribunda, que frisaba apenas en los veinte anos de edad y que hacia un ano se había desposado, había sido siempre fiel a mis consejos.
«Hija de uno de los viejos mariscales del Imperio, adorada de un padre, de una madre y de un esposo, rica, joven y feliz, con toda la felicidad que pueda apetecerse en el mundo, en medio de toda esa dicha del presente y acariciada por los mas hermosos sueños del por venir, fue herida en la primavera de su vida por la guadaña que no perdona ni edades, ni condiciones. Era necesario morir, porque hay enfermedades ante las cuales la ciencia y el poder de los hombres son vanos. Yo fui encarga do de comunicar a la joven enferma tan terrible nueva. Lleno de dolor, pero con frente serena, entré en la alcoba de la enferma. Su madre es taba desolada, su padre anonadado, su marido desesperado. Pero cual no fue mi sorpresa al ver dibujarse en sus labios una dulce sonrisa. ¡Esa joven que iba a ser arrebatada súbitamente a las esperanzas mas halagüeñas, a las más legitimas felicidades, a los afectos más tiernos, más ardientes y más puros, sonreía dulcemente!.. La muerte se acercaba con pasos apresurados: ella lo sabía, lo sentía y lo adivinaba, y sin embargo sonreía con cierta tristeza dulce y con una serenidad heroica. Al verla, yo no pude reprimir las emociones de mi corazón, y mis labios se abrieron involuntariamente para exclamar: «Hija mía, ¡qué desgracia!» Y ella con un acento, cuyo eco suave resuena todavía en mi oído, me dijo: «¿Acaso no creéis que yo vaya al cielo?» -Hija mía, repliqué, yo abrigo esa dulce esperanza. -Yo estoy segura, repuso la joven sin vacilación. -Y ¿qué os da esa certeza, hija mía? le dije.-Un consejo que vos me disteis en otro tiempo. Cuando tuve la dicha de hacer mi primera Comunión, me recomendasteis que recitase todos los días el Ave María con filial amor. Yo he sido desde entonces fiel a esa práctica y de cuatro años ha, no he dejado ni un solo día de recitar mi rosario. Este es lo que me concede la dulce seguridad de irme al cielo, porque yo no puedo creer que habiendo dicho tantas veces: Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora, Ahora y en la hora de mi muerte, la Virgen me desampare en este momento en que voy a espirar.
«Así habló la piadosa joven con un acento que me arrancó lágrimas de admiración y de ternura. Yo presenció el espectáculo de una muerte enteramente celestial. Yo vi a una criatura arrebatada en flor a todo lo que puede amarse en el mundo, dejar a un padre, á una madre, á un esposo y a un pequeño hijo sin lágrimas en los ojos y con una serenidad imperturbable en el corazón. En medio de todos esos lazos que se cortaban y que en vano se empeñaban en retenerla, no viendo más que el cielo, no hablando más que del cielo, escápase de su pecho su último suspiro como el último perfume que despide la flor al inclinar su corola marchita por el viento helado de la tarde.»
*JACULATORIA*
En tu regazo ¡oh María!
mi vida, mi alma y mi cuerpo
yo pondré desde este día.
*ORACIÓN*
Sólo al pensar ¡oh María! en que pueda alguna vez olvidar tus favores y abandonar tu amor, siento mi alma desgarrada por la más amarga pena. ¡Ser ingrato a tus beneficios, ser desconocido a tus finezas, ser indiferente a tu amor! ¡oh qué terrible desgracia! Vivir privado de los con suelos que se encierran en tu regazo maternal, vivir sin probar las dulzuras de tu amor, vivir sin ser acariciado por tu mano de madre, es, Señora mía, vivir muriendo. ¡Ah! no lo permitas, bondadosa Madre, no me prives, por piedad, de la felicidad de amarte, no me niegues jamás la dicha de ser siempre tu hijo y de poder llamarte siempre mi madre. ¡Qué sería de mi si tú no me consolaras con tus amorosas palabras, y no me regalaras con tus bendiciones, si no me alentaras en las desgracias de la vida, si no vinieras a enjugar mis lágrimas y a sostener en mi debilidad!... No, mil veces no: yo seré siempre fiel a tus inspiraciones, recordaré siempre con ardiente gratitud tus beneficios, estimaré siempre más que mi propia vida la conservación de tu amor. No me importa vivir privado de todos los goces de la vida, con tal de verte siempre a mi lado y sentir en mi corazón el perfume de tu aliento y en mi frente el contacto de tu mano. Amame ¡oh María! y vengan después sobre mí todas las tribulaciones, que nada temo si me es permitido tener la seguridad de que me amas. Ámame ¡oh María! nada me importará que el mundo me olvide y me desprecie. Con tu amor todo lo tengo, con tu amor todo lo espero, con tu amor se ré feliz en la vida, y tendré la inefable seguridad de gozar contigo en el cielo de la eterna bienaventuranza. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
Coronar los ejercicios de este Mes con una comunión fervorosa.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*LA DEVOCIÓN A MARÍA*
*SAN LUIS MARÍA GRIGNON DE MONFORT, PROMOTOR DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA.*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
La devoción a María es tan antigua como el mundo y tan prolongada como la historia. Nació el mismo día en que, en medio de la catástrofe del paraíso, fue anunciada al mundo como la corredentora del linaje humano. El mismo Jesús, mientras estuvo en la tierra, fue el maestro de esa devoción consoladora que tantas horas felices y tantos consuelos inefables depara a los desgraciados peregrinos de la tierra. La devoción no es más que una expresión del amor interno. Y ¿quién dio manifestaciones más tiernas y elocuentes de amor hacia María que su divino Hijo? Cuando pendiente del cuello de María imprimía en sus mejillas ternísimos ósculos de amor; cuando corría a refugiarse en el regazo de su madre para dormir allí el sueno de los ángeles; cuando la acompañaba en sus veladas y compartía con Ella el fruto del trabajo; cuando, en fin, próximo a espirar en la cruz, la recomendó a la solicitud del más amado de sus discípulos, ¿qué otra cosa hacía Jesús sino enseñarnos a amar a María?
Jesucristo quiso dejar establecida en el mundo la devoción a su Madre juntamente con la Iglesia. Por eso los apóstoles, herederos del espíritu de su Maestro, propagaron la devoción a María al mismo tiempo que llevaban a todas partes la luz del Evangelio, La Iglesia, por su parte, la ha conservado, propagado y defendido con el celo que requieren los grandes intereses de las almas. Por eso todos los hijos de la Iglesia emulan en entusiasmo por el culto de la Madre de Dios. ¡Desventurado de aquel cuyo corazón esté negado a los dulcísimos consuelos que esa devoción produce en el alma! Como es triste y amarga la condición de un pobre huérfano, que jamás conoció las ternuras del amor maternal, así es triste y digna de compasión la condición del hombre que no ha probado las delicias que se encierran en el amor a María.
Y nada hay más justo que esa devoción. Ella es el Refugio de los pecadores, que se compadece de su miseria y procura su salvación con más amorosa solicitud que la que tiene una madre por la felicidad de sus hijos. Ella es la amable Consoladora de los afligidos, que guarda en su corazón de madre consuelo para las almas atribuladas, remedio para todas las dolencias, bálsamo celestial para todas las heridas. Ella ha sido tan generosa para con nosotros, que no ha omitido sacrificio con tal de socorrernos y salvarnos. Si se sometió al dolor de ver morir a su Hijo fue únicamente, porque sabía que ese sangriento sacrificio era necesario para salvarnos. Pero ¿quién podrá fijar los limites de su amor? Más fácil sería medir la extensión de los mares, la inmensidad del espacio y la profundidad de los abismos.
Para que la devoción a María sea verdadera, es preciso que viva y se manifieste dentro y fuera del hombre; que viva en el corazón y que se manifieste en las obras. Si de alguna de estas dos condiciones careciese, seria o un cuerpo sin alma o un alma sin cuerpo.
Nuestra devoción debe consistir en honrarla, amarla y servirla. Debemos honrarla porque ha sido sublimada a la más excelsa grandeza. Toda dignidad merece ser honrada, y ¿quién puede sobrepujar en dignidad a la que ha sido Madre de Dios? A ella, pues, debemos tributarle un culto sólo inferior al de Dios pero superior al de los ángeles y de las santos porque a todos ellos sobrepasa en dignidad, grandeza y excelencia.
Debemos amarla, porque si la grandeza me rece respeto, la bondad despierta amor y confianza. ¿Quién más amable y bondadosa que María?
Pero nuestro amor sería estéril si no se manifestase por medio de nuestras obras: por eso debemos servirla, como un hijo sirve a su madre y un súbdito a su señor. Sólo con estas condiciones nuestra devoción será verdadera y atraerá sobre nosotros las bendiciones de María.
*EJEMPLO*
La perseverancia en la devoción a María recompensada
El sabio obispo de Orleans escribe el hecho que pasamos a referir:
«Hay algunas veces en la vida del sacerdote circunstancias en que un rayo de gracia eterna penetra en el alma y proyecta resplandores celestiales que no permiten olvidarlas jamás. Yo tuve un día una revelación clara y manifiesta del poder que encierra el Ave María en la escena conmovedora que tuve ocasión de presenciar junto a un lecho de muerte al recoger y bendecir el último suspiro de una joven, que había asistido algunos años antes a la preparación que yo hacía a los niños de primera Comunión.
«Yo tenía la costumbre de recomendar a los niños que siempre fuesen fieles a la recitación diaria del Ave María, como un medio de perseverancia en los buenos propósitos hechos al pie de los altares. La joven moribunda, que frisaba apenas en los veinte anos de edad y que hacia un ano se había desposado, había sido siempre fiel a mis consejos.
«Hija de uno de los viejos mariscales del Imperio, adorada de un padre, de una madre y de un esposo, rica, joven y feliz, con toda la felicidad que pueda apetecerse en el mundo, en medio de toda esa dicha del presente y acariciada por los mas hermosos sueños del por venir, fue herida en la primavera de su vida por la guadaña que no perdona ni edades, ni condiciones. Era necesario morir, porque hay enfermedades ante las cuales la ciencia y el poder de los hombres son vanos. Yo fui encarga do de comunicar a la joven enferma tan terrible nueva. Lleno de dolor, pero con frente serena, entré en la alcoba de la enferma. Su madre es taba desolada, su padre anonadado, su marido desesperado. Pero cual no fue mi sorpresa al ver dibujarse en sus labios una dulce sonrisa. ¡Esa joven que iba a ser arrebatada súbitamente a las esperanzas mas halagüeñas, a las más legitimas felicidades, a los afectos más tiernos, más ardientes y más puros, sonreía dulcemente!.. La muerte se acercaba con pasos apresurados: ella lo sabía, lo sentía y lo adivinaba, y sin embargo sonreía con cierta tristeza dulce y con una serenidad heroica. Al verla, yo no pude reprimir las emociones de mi corazón, y mis labios se abrieron involuntariamente para exclamar: «Hija mía, ¡qué desgracia!» Y ella con un acento, cuyo eco suave resuena todavía en mi oído, me dijo: «¿Acaso no creéis que yo vaya al cielo?» -Hija mía, repliqué, yo abrigo esa dulce esperanza. -Yo estoy segura, repuso la joven sin vacilación. -Y ¿qué os da esa certeza, hija mía? le dije.-Un consejo que vos me disteis en otro tiempo. Cuando tuve la dicha de hacer mi primera Comunión, me recomendasteis que recitase todos los días el Ave María con filial amor. Yo he sido desde entonces fiel a esa práctica y de cuatro años ha, no he dejado ni un solo día de recitar mi rosario. Este es lo que me concede la dulce seguridad de irme al cielo, porque yo no puedo creer que habiendo dicho tantas veces: Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora, Ahora y en la hora de mi muerte, la Virgen me desampare en este momento en que voy a espirar.
«Así habló la piadosa joven con un acento que me arrancó lágrimas de admiración y de ternura. Yo presenció el espectáculo de una muerte enteramente celestial. Yo vi a una criatura arrebatada en flor a todo lo que puede amarse en el mundo, dejar a un padre, á una madre, á un esposo y a un pequeño hijo sin lágrimas en los ojos y con una serenidad imperturbable en el corazón. En medio de todos esos lazos que se cortaban y que en vano se empeñaban en retenerla, no viendo más que el cielo, no hablando más que del cielo, escápase de su pecho su último suspiro como el último perfume que despide la flor al inclinar su corola marchita por el viento helado de la tarde.»
*JACULATORIA*
En tu regazo ¡oh María!
mi vida, mi alma y mi cuerpo
yo pondré desde este día.
*ORACIÓN*
Sólo al pensar ¡oh María! en que pueda alguna vez olvidar tus favores y abandonar tu amor, siento mi alma desgarrada por la más amarga pena. ¡Ser ingrato a tus beneficios, ser desconocido a tus finezas, ser indiferente a tu amor! ¡oh qué terrible desgracia! Vivir privado de los con suelos que se encierran en tu regazo maternal, vivir sin probar las dulzuras de tu amor, vivir sin ser acariciado por tu mano de madre, es, Señora mía, vivir muriendo. ¡Ah! no lo permitas, bondadosa Madre, no me prives, por piedad, de la felicidad de amarte, no me niegues jamás la dicha de ser siempre tu hijo y de poder llamarte siempre mi madre. ¡Qué sería de mi si tú no me consolaras con tus amorosas palabras, y no me regalaras con tus bendiciones, si no me alentaras en las desgracias de la vida, si no vinieras a enjugar mis lágrimas y a sostener en mi debilidad!... No, mil veces no: yo seré siempre fiel a tus inspiraciones, recordaré siempre con ardiente gratitud tus beneficios, estimaré siempre más que mi propia vida la conservación de tu amor. No me importa vivir privado de todos los goces de la vida, con tal de verte siempre a mi lado y sentir en mi corazón el perfume de tu aliento y en mi frente el contacto de tu mano. Amame ¡oh María! y vengan después sobre mí todas las tribulaciones, que nada temo si me es permitido tener la seguridad de que me amas. Ámame ¡oh María! nada me importará que el mundo me olvide y me desprecie. Con tu amor todo lo tengo, con tu amor todo lo espero, con tu amor se ré feliz en la vida, y tendré la inefable seguridad de gozar contigo en el cielo de la eterna bienaventuranza. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
Coronar los ejercicios de este Mes con una comunión fervorosa.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
sábado, 5 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA VIGESIMONOVENO
*MES DE MARÏA - Día veintinueve*
*CONSAGRADO A HONRAR MARÍA*
*COMO MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
El corazón de María es como un vaso lleno de las más exquisitas esencias que por su mezcla forman el más delicioso de los perfumes. Esos perfumes son la suave exhalación de las virtudes que brotaron en él, como plantas aromáticas en un vergel cerrado, que crecen resguardadas de los ardores del estío y de los hielos del invierno.
María fue pura como el lirio de los valles: jamás mancha alguna empañó su inocencia. Y sin embargo, ¡cuántas precauciones para conservar un tesoro que no podía perder! Desde sus más tiernos años huye del aliento pestífero del mundo; va a colocar su inocencia al abrigo de la soledad. Su pudor se turba aún a la vista de un ángel, y tanto amaba la virginidad que no sólo la prefiere a los goces y grandezas de la tierra, sino aun al insigne honor de ser la Madre de Dios, si para serlo hubiera sido preciso perderla.
La humildad más profunda se unía con amorosa lazada a la pureza más angelical. Ella contaba entre sus ascendientes una falange de gloriosos monarcas, pero humilde y modesta, se condena a la más triste oscuridad y da su mano de esposa, no al poderoso y al grande, sino á un pobre artesano, para aceptar juntamente con su mano de esposo las humillaciones inseparables de la pobreza. Favorecida con la plenitud de las gracias, jamás se gloría de los favores de que es objeto.
María desprecia desde su infancia el fausto y las riquezas para someterse a los rigores y privaciones de la indigencia. Habita en una pobre aldea y en una morada estrecha y desmantelada, aquella que habla de sentarse un día sobre los coros de los ángeles. Groseros y pobres vestidos cubren la desnudez de aquella que había de tener el sol por manto y las estrellas por corona. Ella no tiene para su Dios y su Hijo otra cuna que una roca, ni otro lecho que un puñado de tosca paja. ¡Digna madre del Dios que no tuvo donde reposar su cabeza, que vivió de su trabajo y que murió desnudo! María comprendió cuantos tesoros se encerraban en aquella máxima divina que lleva el consuelo al corazón del menesteroso: Bienaventurados los pobres.
Y ¿quién no admira su paciencia invencible en medio de los trabajos y sufrimientos, su inalterable dulzura aun en presencia de los más implacables enemigos de su Hijo; su tranquilidad jamás turbada aun en medio de los mayores peligros; su generosidad superior a todos los sacrificios y, en fin, su obediencia ciega y muda que no investiga, ni sufre tardanzas ni pone excusas?
Contemplemos, pues, llenos de admiración ese digno objeto de nuestra religiosa veneración; pero no nos limitemos a honores estériles y a una manifestación puramente exterior de nuestra admiración. Lo que hay de más esencial en el culto que le debemos, es la imitación de esas excelentes y preciosas virtudes que son su más rica corona. Esta es la expresión más positiva y elocuente del verdadero amor: el que ama con sinceridad es arrastrado por un impulso irresistible a copiar en sí mismo la imagen del objeto amado, conformándose a él en todo lo que le permite su condición. El pequeño niño que tiene todo su amor concentrado en su madre, trata de imitarla hasta en sus defectos.
Uno de los designios más altos que Dios se propuso en la creación de este tipo maravilloso de perfección, fue el de presentar a los hombres una criatura humana ataviada con todas las virtudes, para que la tuviesen sin cesar a la vista y la imitasen a medida de las fuerzas de cada uno. Dios quiere que imitemos a María, haciendo de cada uno de nosotros otras tantas copias de ese divino original. Ella no aceptarla con gusto nuestros obsequios si no fueran acompañados del deseo de imitarla. Nos abre su corazón a fin de que dibujemos en el nuestro todos los preciosos delineamientos del suyo.
*EJEMPLO*
Un rasgo de amor a María
En un pueblo de Francia habla una capilla dedicada a Santa Bárbara, en que se veneraba una hermosa estatua de María Inmaculada, que era objeto de tierna devoción para los habitantes de la ciudad y de sus contornos. Sucedió que esta capilla fue destruida para sustituirla por una iglesia de mayores dimensiones; pero los recursos de que se disponía para la obra no alcanzaron sino para lo indispensable, por lo cual la venerada estatua de María se encontraba como relegada a un rincón del nuevo templo en tanto que fuese posible reunir los fondos necesarios para destinarle un santuario especial.
A pesar del aparente abandono en que se la tenía, el pueblo no cesaba de venerarla, pudiéndose ver cada día a muchas personas de rodillas ante el pedestal en que estaba provisionalmente colocada. Entre sus más asiduos adoradores se señalaba una pobre obrera que vivía escasamente de su trabajo. Su corazón amante se sentía lastimado de ver que la sagrada imagen no se hallara dignamente honrada, y no cesaba de discurrir la manera de remediar este involuntario abandono ocasionado por la falta de recursos.
Un día, después de una fervorosa oración, se dirigió resueltamente a la portería del convento de Capuchinos, encargados del servicio de la iglesia, e hizo llamar al Guardián. Éste, creyendo que la pobre obrera iba en solicitud de alguna limosna, comenzó a informarse con benevolencia acerca de su posición. No fue pequeña su sorpresa al oír que la obrera le preguntó con ademán humilde, pero resuelto, cuál sería la cantidad que se necesitaba para construir un altar a la imagen de María Inmaculada.
-No se necesita menos de mil quinientos francos, le respondió el Padre Guardián.- ¿Esta suma bastaría, replicó la obrera, para hacer un altar elegante y hermoso? -Eso sería suficiente, agregó el religioso: pero, a pesar de nuestros buenos deseos, no hemos podido reunir esa cantidad, y nos hemos resignado a esperar que la Providencia nos la proporcione.
Seis meses después la misma obrera volvía a tocar a la puerta del convento y a llamar al Padre Guardián. Al verle, le dijo con aire de satisfacción: La Divina Providencia os envía por mi mano la cantidad necesaria para construir el altar de María.-¿Cómo, hija mía, le dijo el religioso, sois vos la que erogáis esta suma?
-No os asombréis, padre mío, pues aunque soy pobre, durante seis meses trabajando más y gastando menos, he podido reuniría para el objeto indicado.-Pero, vos tendréis familia, padres o hermanos… -Yo soy sola en el mundo: mis padres, mi familia y mi todo es la Santísima Virgen María.-Pero a lo menos, replicó el padre, este dinero es vuestro porvenir, y puede ser vuestro recurso en las enfermedades o en la vejez.-Tengo buena salud respondió la obrera, y aún puedo con mi trabajo formar algún pequeño peculio para más tarde. En cuanto el dinero que pongo en vuestras manos, lo he reunido para María, y a ella sola pertenece.
El buen religioso recibió, maravillado y enternecido, aquella suma ganada con el sudor de un pobre a costa de penosas privaciones, y se alejó de la obrera bendiciéndola por este acto de generosidad que hallaría su recompensa en el cielo.
En poco tiempo la estatua de María Inmaculada se levantaba en un hermosísimo altar, sin que nadie supiera cual había sido la mano que lo había costeado. Con esto la devoción a María se acrecenté en el pueblo, y la generosa obrera, llena de contento, iba cada día a recoger a los pies de su Madre bendiciones que la santificaron.
*JACULATORIA*
De virtudes relicario,
Dechado de perfección,
Haced de mi alma un santuario
Que sea digno de Dios.
*ORACIÓN*
¡Oh María! cuán grato me es contemplaros ataviada de las más preciosas virtudes para ser el modelo y dechado de toda santidad. La perfección de una madre es siempre un motivo de mayor ternura y de más decidido amor para los hijos, que no sólo ven en ella á la autora de su existencia, sino también un modelo que imitar. Al veros tan santa, tan perfecta y tan favorecida de Dios, no puedo menos que amaros más y más, como el tipo que Dios quiere que me proponga copiar en mi mismo para agradarlo y conseguir la eterna salvación. Daos a conocer ¡oh María! para que yo, penetrando en el conocimiento de vuestras sublimes perfecciones, pueda hacerme semejante a Vos. Abrid vuestro corazón para que mis ojos puedan extasiarse en la contemplación de las heroicas virtudes que lo adornan. Ayudadme ¡oh Madre de gracias! a practicar la virtud y a adquirir los merecimientos que pueden asegurarme la posesión del reino eterno. Que la humildad, la caridad, la angelical pureza, el desasimiento de todos los bienes de la tierra, la obediencia, y la entera sumisión a la divina voluntad, sean ¡oh María! las piedras preciosas de mi corona. Yo quiero que en adelante el más valioso homenaje que deje a vuestros pies sea el propósito de imitaros, porque ese es un obsequio que Vos estimáis en más que las coronas y las flores con que vengo diariamente a embellecer vuestra imagen querida. La mejor prueba del verdadero amor es el deseo de asemejarse al objeto amado; y como yo os amo con todo el amor de un hijo, me propongo copiar en mí, en cuanto me sea permitido, la bella imagen de vuestro corazón, a fin de que imitándoos en la tierra, alcance en el cielo la bienaventuranza que está prometida a todos los que os imiten. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Ejercitarse frecuentemente en la humildad, aceptando en silencio las humillaciones y haciendo actos que nos rebajen en concepto de los demás.
2. Adoptar desde hoy la saludable resolución de honrar a María rezando todos los días el santo Rosario, por ser la devoción que le es más grata.
3. Rogar a María por la persona o personas que nos hubiesen ofendido o que nos inspiren más aversión y desprecio.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén
*CONSAGRADO A HONRAR MARÍA*
*COMO MODELO DE TODAS LAS VIRTUDES*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
El corazón de María es como un vaso lleno de las más exquisitas esencias que por su mezcla forman el más delicioso de los perfumes. Esos perfumes son la suave exhalación de las virtudes que brotaron en él, como plantas aromáticas en un vergel cerrado, que crecen resguardadas de los ardores del estío y de los hielos del invierno.
María fue pura como el lirio de los valles: jamás mancha alguna empañó su inocencia. Y sin embargo, ¡cuántas precauciones para conservar un tesoro que no podía perder! Desde sus más tiernos años huye del aliento pestífero del mundo; va a colocar su inocencia al abrigo de la soledad. Su pudor se turba aún a la vista de un ángel, y tanto amaba la virginidad que no sólo la prefiere a los goces y grandezas de la tierra, sino aun al insigne honor de ser la Madre de Dios, si para serlo hubiera sido preciso perderla.
La humildad más profunda se unía con amorosa lazada a la pureza más angelical. Ella contaba entre sus ascendientes una falange de gloriosos monarcas, pero humilde y modesta, se condena a la más triste oscuridad y da su mano de esposa, no al poderoso y al grande, sino á un pobre artesano, para aceptar juntamente con su mano de esposo las humillaciones inseparables de la pobreza. Favorecida con la plenitud de las gracias, jamás se gloría de los favores de que es objeto.
María desprecia desde su infancia el fausto y las riquezas para someterse a los rigores y privaciones de la indigencia. Habita en una pobre aldea y en una morada estrecha y desmantelada, aquella que habla de sentarse un día sobre los coros de los ángeles. Groseros y pobres vestidos cubren la desnudez de aquella que había de tener el sol por manto y las estrellas por corona. Ella no tiene para su Dios y su Hijo otra cuna que una roca, ni otro lecho que un puñado de tosca paja. ¡Digna madre del Dios que no tuvo donde reposar su cabeza, que vivió de su trabajo y que murió desnudo! María comprendió cuantos tesoros se encerraban en aquella máxima divina que lleva el consuelo al corazón del menesteroso: Bienaventurados los pobres.
Y ¿quién no admira su paciencia invencible en medio de los trabajos y sufrimientos, su inalterable dulzura aun en presencia de los más implacables enemigos de su Hijo; su tranquilidad jamás turbada aun en medio de los mayores peligros; su generosidad superior a todos los sacrificios y, en fin, su obediencia ciega y muda que no investiga, ni sufre tardanzas ni pone excusas?
Contemplemos, pues, llenos de admiración ese digno objeto de nuestra religiosa veneración; pero no nos limitemos a honores estériles y a una manifestación puramente exterior de nuestra admiración. Lo que hay de más esencial en el culto que le debemos, es la imitación de esas excelentes y preciosas virtudes que son su más rica corona. Esta es la expresión más positiva y elocuente del verdadero amor: el que ama con sinceridad es arrastrado por un impulso irresistible a copiar en sí mismo la imagen del objeto amado, conformándose a él en todo lo que le permite su condición. El pequeño niño que tiene todo su amor concentrado en su madre, trata de imitarla hasta en sus defectos.
Uno de los designios más altos que Dios se propuso en la creación de este tipo maravilloso de perfección, fue el de presentar a los hombres una criatura humana ataviada con todas las virtudes, para que la tuviesen sin cesar a la vista y la imitasen a medida de las fuerzas de cada uno. Dios quiere que imitemos a María, haciendo de cada uno de nosotros otras tantas copias de ese divino original. Ella no aceptarla con gusto nuestros obsequios si no fueran acompañados del deseo de imitarla. Nos abre su corazón a fin de que dibujemos en el nuestro todos los preciosos delineamientos del suyo.
*EJEMPLO*
Un rasgo de amor a María
En un pueblo de Francia habla una capilla dedicada a Santa Bárbara, en que se veneraba una hermosa estatua de María Inmaculada, que era objeto de tierna devoción para los habitantes de la ciudad y de sus contornos. Sucedió que esta capilla fue destruida para sustituirla por una iglesia de mayores dimensiones; pero los recursos de que se disponía para la obra no alcanzaron sino para lo indispensable, por lo cual la venerada estatua de María se encontraba como relegada a un rincón del nuevo templo en tanto que fuese posible reunir los fondos necesarios para destinarle un santuario especial.
A pesar del aparente abandono en que se la tenía, el pueblo no cesaba de venerarla, pudiéndose ver cada día a muchas personas de rodillas ante el pedestal en que estaba provisionalmente colocada. Entre sus más asiduos adoradores se señalaba una pobre obrera que vivía escasamente de su trabajo. Su corazón amante se sentía lastimado de ver que la sagrada imagen no se hallara dignamente honrada, y no cesaba de discurrir la manera de remediar este involuntario abandono ocasionado por la falta de recursos.
Un día, después de una fervorosa oración, se dirigió resueltamente a la portería del convento de Capuchinos, encargados del servicio de la iglesia, e hizo llamar al Guardián. Éste, creyendo que la pobre obrera iba en solicitud de alguna limosna, comenzó a informarse con benevolencia acerca de su posición. No fue pequeña su sorpresa al oír que la obrera le preguntó con ademán humilde, pero resuelto, cuál sería la cantidad que se necesitaba para construir un altar a la imagen de María Inmaculada.
-No se necesita menos de mil quinientos francos, le respondió el Padre Guardián.- ¿Esta suma bastaría, replicó la obrera, para hacer un altar elegante y hermoso? -Eso sería suficiente, agregó el religioso: pero, a pesar de nuestros buenos deseos, no hemos podido reunir esa cantidad, y nos hemos resignado a esperar que la Providencia nos la proporcione.
Seis meses después la misma obrera volvía a tocar a la puerta del convento y a llamar al Padre Guardián. Al verle, le dijo con aire de satisfacción: La Divina Providencia os envía por mi mano la cantidad necesaria para construir el altar de María.-¿Cómo, hija mía, le dijo el religioso, sois vos la que erogáis esta suma?
-No os asombréis, padre mío, pues aunque soy pobre, durante seis meses trabajando más y gastando menos, he podido reuniría para el objeto indicado.-Pero, vos tendréis familia, padres o hermanos… -Yo soy sola en el mundo: mis padres, mi familia y mi todo es la Santísima Virgen María.-Pero a lo menos, replicó el padre, este dinero es vuestro porvenir, y puede ser vuestro recurso en las enfermedades o en la vejez.-Tengo buena salud respondió la obrera, y aún puedo con mi trabajo formar algún pequeño peculio para más tarde. En cuanto el dinero que pongo en vuestras manos, lo he reunido para María, y a ella sola pertenece.
El buen religioso recibió, maravillado y enternecido, aquella suma ganada con el sudor de un pobre a costa de penosas privaciones, y se alejó de la obrera bendiciéndola por este acto de generosidad que hallaría su recompensa en el cielo.
En poco tiempo la estatua de María Inmaculada se levantaba en un hermosísimo altar, sin que nadie supiera cual había sido la mano que lo había costeado. Con esto la devoción a María se acrecenté en el pueblo, y la generosa obrera, llena de contento, iba cada día a recoger a los pies de su Madre bendiciones que la santificaron.
*JACULATORIA*
De virtudes relicario,
Dechado de perfección,
Haced de mi alma un santuario
Que sea digno de Dios.
*ORACIÓN*
¡Oh María! cuán grato me es contemplaros ataviada de las más preciosas virtudes para ser el modelo y dechado de toda santidad. La perfección de una madre es siempre un motivo de mayor ternura y de más decidido amor para los hijos, que no sólo ven en ella á la autora de su existencia, sino también un modelo que imitar. Al veros tan santa, tan perfecta y tan favorecida de Dios, no puedo menos que amaros más y más, como el tipo que Dios quiere que me proponga copiar en mi mismo para agradarlo y conseguir la eterna salvación. Daos a conocer ¡oh María! para que yo, penetrando en el conocimiento de vuestras sublimes perfecciones, pueda hacerme semejante a Vos. Abrid vuestro corazón para que mis ojos puedan extasiarse en la contemplación de las heroicas virtudes que lo adornan. Ayudadme ¡oh Madre de gracias! a practicar la virtud y a adquirir los merecimientos que pueden asegurarme la posesión del reino eterno. Que la humildad, la caridad, la angelical pureza, el desasimiento de todos los bienes de la tierra, la obediencia, y la entera sumisión a la divina voluntad, sean ¡oh María! las piedras preciosas de mi corona. Yo quiero que en adelante el más valioso homenaje que deje a vuestros pies sea el propósito de imitaros, porque ese es un obsequio que Vos estimáis en más que las coronas y las flores con que vengo diariamente a embellecer vuestra imagen querida. La mejor prueba del verdadero amor es el deseo de asemejarse al objeto amado; y como yo os amo con todo el amor de un hijo, me propongo copiar en mí, en cuanto me sea permitido, la bella imagen de vuestro corazón, a fin de que imitándoos en la tierra, alcance en el cielo la bienaventuranza que está prometida a todos los que os imiten. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Ejercitarse frecuentemente en la humildad, aceptando en silencio las humillaciones y haciendo actos que nos rebajen en concepto de los demás.
2. Adoptar desde hoy la saludable resolución de honrar a María rezando todos los días el santo Rosario, por ser la devoción que le es más grata.
3. Rogar a María por la persona o personas que nos hubiesen ofendido o que nos inspiren más aversión y desprecio.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén
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Mons. Rodolfo Vergara Antúnez,
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viernes, 4 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA VIGESIMOCTAVO
*MES DE MARÏA - Día veintiocho*
*CONSAGRADO A HONRAR EL CORAZÓN*
*INMACULADO DE MARÍA*
*LA DIVINA PASTORA.*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
María es, entre las puras criaturas, la que ha subido a más sublime altura en la escala de las perfecciones naturales y sobrenaturales. Sin embargo, si se busca en ella algún signo exterior de su incomparable grandeza, apenas será dado encontrarlo. Es una doncella modesta y pobre que ha ligado su suerte a la de un humilde obrero que vive de su trabajo y habita bajo un pobre techo. Es porque toda la gloria de la hija querida del Rey del cielo está oculta en su corazón, en el cual se encierran perfecciones más que humanas y más que angélicas. Preservado de la corrupción universal que anegó a manera de impetuoso torrente a todos los hijos de Adán, el corazón de María fue concebido en la inocencia, nacido en la santidad y enriquecido con todos los dones del cielo. Dios ve reaparecer en él toda la belleza y toda la pureza que el pecado desfiguró en el corazón del primer hombre, que halla en él sin mancha alguna que lo desfigure, ni germen alguno de pasión que lo turbe, ni la más ligera falta que lo haga menos digno de su amor.
Es un corazón cuyas inclinaciones son enteramente santas y cuyos afectos todos son celestiales. En él se contempla la divinidad como en un espejo donde descubre su propia imagen y se complace en sus perfecciones como en la obra maestra de sus manos, más primorosas que la creación de todos los mundos visibles. El Padre, adoptándola por hija predilecta, preservó a María del pecado; la colmó de sus favores y la adornó con sus más preciados dones. Desde que nace a la vida, Dios la recibe en sus brazos y la separa del mundo para que no conozca ni ame a otro padre que a él. Cautiva voluntaria del amor, apenas salida de la cuna, va a ofrecer su corazón en holocausto al pie de los altares de su Dios. Jamás se extinguió en su corazón el fuego sagrado del amor, que ardía como un leño seco sin consumirse jamás.
En ese corazón virginal se celebraron las nupcias de una criatura humana con el santo de los Santos, el Espíritu vivificador. La más rica variedad de las virtudes forma los atavíos de la feliz esposa, y tanta era la belleza y la excelencia de la divina desposada, que Dios la recibe en el seno intimo de su amistad y la re gala con todas las delicias de su amor. Si ese mismo Espíritu, descendiendo sobre los apóstoles, los transformó en hombres nuevos, ¿qué maravillosos efectos no produciría en ese corazón al cual no descendió como lengua de fuego, sino como un torrente de llamas divinas para consumir todo lo que hubiera en él de humano y hacerlo digno tabernáculo de la divinidad? ¡Ah! ¡qué perfecciones no comunicaría á un corazón con el cual quería unirse con nudos tan estrechos de amor! El entendimiento humano es demasiado limitado para sondear tan hondos misterios y la lengua humana impotente para narrar tan grandes maravillas.
Pero lo que da al corazón de María una excelencia más augusta es su calidad de Madre de Dios. Es ésta una dignidad incomparable que abisma y confunde. Si Dios, cuando está unido a una criatura por la caridad, le comunica tantas perfecciones y gracias, ¿qué torrente de gracias y qué cúmulo de perfecciones lo comunicaría a su Madre durante los nueve meses que habitó en su seno? ¡Qué emociones tan duras y tan santas harían latir el corazón de María cuando llevaba en sus brazos y estrechaba contra su pecho al divino infante! ¡Qué santidad comunicaría a su Madre duran te los treinta años que vivió con ella bajo el techo de un mismo hogar, en un comercio tan íntimo y en mutuas y diarias comunicaciones!
Honremos, pues, con un culto digno y homenajes de amor y de alabanzas al corazón Inmaculado de María, santuario de la divinidad, relicario de virtudes y dechado de las más sublimes perfecciones. Amemos con amor ardiente y agradecido a ese corazón que ardió por nosotros en tan vivas llamas de amor: es el corazón de una madre que se sacrifica por sus hijos; es el corazón de una Reina, lleno de piedad y de misericordia para con sus pobres vasallos; es el corazón de la buena y amable Pastora que buscaba a la oveja descarriada, que la carga amorosamente sobre sus hombros y la conduce al abrigado aprisco.
*EJEMPLO*
María, Salud de los que la invocan
*SANTUARIO DE LOURDES.*
Uno de los muchos peregrinos a quienes el amor a la Reina del cielo conduce a la gruta de Lourdes, escribía en 1873 lo siguiente:
«Llegado a Lourdes en la mañana del día de la Asunción, me dirigí inmediatamente a la gruta milagrosa, y vi que un gran número de personas se acercaban a la reja con un apresuramiento y emoción que me indicaron que algo de extraordinario acababa de suceder. Pregunté la causa del movimiento, y se me respondió: Es un milagro que acaba de verificarse, y el sacerdote a quien la Santísima Virgen ha sanado milagrosamente esta firman do cédulas para todos aquellos que deseen tener un atestado del milagro. Yo me acerqué y pude obtener una cédula que llevaba al pie la firma del abate de Víctor de Musy de la diócesis de Autún.»
«Todos deseábamos conocer los pormenores del prodigio; entonces un sacerdote se acercó a la reja y lleno de emoción dijo lo siguiente a la numerosa concurrencia de peregrinos que allí estaba: Deseáis saber lo que acaba de pasar, y voy a complaceros para alentar vuestra confianza en la protección de María. Un sacerdote padecía desde hace veinte años una enfermedad dolorosa que la ciencia no ha podido aliviar. De once años a esta parte no podía celebrar el santo sacrificio, y desde hace tres meses estaba enclavado en una silla rodante sin poder hacer ni el más ligero movimiento... Esta mañana fue llevado trabajosamente a la cripta para oír una misa que se iba a aplicar por su salud. En el momento de la elevación ese sacerdote inválido se sintió con fuerzas para ponerse en pie sin auxilio ajeno; poco después pudo ponerse de rodillas y terminar la misa en esa posición. Terminada la misa, pudo bajar por si solo de la cripta a la gruta sin fatiga ni cansancio; y ya lo veis en pie sin rastro de enfermedad como cualquiera de vosotros; porque sabed que ese feliz sacerdote, tan bondadosamente curado por María es el mismo que os habla en este instante.»
«Ayudadme a dar gracias a mi celestial bienhechora por el extraordinario prodigio de que acabo de ser objeto, a pesar de mi indignidad; y pedidle conmigo que complete su obra, obteniéndome la gracia de emplear lo que me queda de vida en ganar muchas almas al amor de su divino Hijo.»
Mientras esto decía, el sacerdote derramaba abundantes lágrimas, y lloraban con él todos los presentes... «He aquí, decían unos la tierra de los prodigios... Que venga la incredulidad, decían otros, a explicar naturalmente las cosas que aquí se ven... - María, exclamaban los de más allá, es la gran bienhechora del mundo...»
Así es en verdad: ¿quién podrá reducir a guarismo sus beneficios? ¿Quién podrá contar el número de los que han hallado a sus pies el consuelo, la salud, la gracia y la vida? Más fácil sería contar las estrellas del cielo y las arenas del mar.
*JACULATORIA*
Tu corazón ¡oh María!
será mi asilo y refugio
en las penas de la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh corazón amabilísimo de María! santuario augusto de la beatísima Trinidad, dechado perfectísimo de todas las virtudes, yo os amo y bendigo con todas las efusiones del amor más ardiente que puede caber en el corazón de un hijo amante. En vuestro corazón ¡oh María! buscaré yo un asilo en todas las desgracias de la vida; en vuestro corazón buscaré el consuelo en medio de las penas que aflijan mi existencia, en vuestro corazón buscaré la paz, la seguridad y el aliento en medio de los combates que debo librar contra los enemigos de mi salvación. Vos seréis ¡oh corazón maternal! el nido, donde, ave fugitiva del mundo, iré á buscar el reposo que tanto anhela mi corazón. Ved cuan triste y despedazado lo tienen las aflicciones, las contrariedades y las pasiones que lo turban; ved como gimo bajo el peso de mis pasadas infidelidades y de mis numerosos delitos. ¡Oh corazón adorable de María! corazón traspasado por siete agudos puñales de dolor, corazón el más puro, santo y perfecto, despréndanse de vuestras llagas raudales de bendiciones que robustezcan mis postradas fuerzas, que alienten mi debilidad y me consuelen en mis penas y sinsabores. A Vos acude un hijo lloroso que no tiene, después de Dios, otra esperanza que Vos, ni otro amparo ni otra tabla de salvación en medio de las tempestades de la vida. Pero ya siento ¡oh corazón querido! que renace en mi alma la paz turbada y la esperanza perdida, porque es imposible que sea desoído quien, como yo, os llama y quien como este afligido y desamparado hijo, os implora. Protegedme, y seré salvo por vuestra piedad nunca desmentida. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Besar amorosamente alguna imagen de María para avivar en nuestro corazón el amor hacia ella.
2. Rezar siete Salves en honra del Corazón inmaculado de María, pidiéndole que nos con ceda la pureza de alma y cuerpo.
3. Hacer el propósito de honrar de una manera especial a la Santísima Virgen todos los sábados del año.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR EL CORAZÓN*
*INMACULADO DE MARÍA*
*LA DIVINA PASTORA.*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
María es, entre las puras criaturas, la que ha subido a más sublime altura en la escala de las perfecciones naturales y sobrenaturales. Sin embargo, si se busca en ella algún signo exterior de su incomparable grandeza, apenas será dado encontrarlo. Es una doncella modesta y pobre que ha ligado su suerte a la de un humilde obrero que vive de su trabajo y habita bajo un pobre techo. Es porque toda la gloria de la hija querida del Rey del cielo está oculta en su corazón, en el cual se encierran perfecciones más que humanas y más que angélicas. Preservado de la corrupción universal que anegó a manera de impetuoso torrente a todos los hijos de Adán, el corazón de María fue concebido en la inocencia, nacido en la santidad y enriquecido con todos los dones del cielo. Dios ve reaparecer en él toda la belleza y toda la pureza que el pecado desfiguró en el corazón del primer hombre, que halla en él sin mancha alguna que lo desfigure, ni germen alguno de pasión que lo turbe, ni la más ligera falta que lo haga menos digno de su amor.
Es un corazón cuyas inclinaciones son enteramente santas y cuyos afectos todos son celestiales. En él se contempla la divinidad como en un espejo donde descubre su propia imagen y se complace en sus perfecciones como en la obra maestra de sus manos, más primorosas que la creación de todos los mundos visibles. El Padre, adoptándola por hija predilecta, preservó a María del pecado; la colmó de sus favores y la adornó con sus más preciados dones. Desde que nace a la vida, Dios la recibe en sus brazos y la separa del mundo para que no conozca ni ame a otro padre que a él. Cautiva voluntaria del amor, apenas salida de la cuna, va a ofrecer su corazón en holocausto al pie de los altares de su Dios. Jamás se extinguió en su corazón el fuego sagrado del amor, que ardía como un leño seco sin consumirse jamás.
En ese corazón virginal se celebraron las nupcias de una criatura humana con el santo de los Santos, el Espíritu vivificador. La más rica variedad de las virtudes forma los atavíos de la feliz esposa, y tanta era la belleza y la excelencia de la divina desposada, que Dios la recibe en el seno intimo de su amistad y la re gala con todas las delicias de su amor. Si ese mismo Espíritu, descendiendo sobre los apóstoles, los transformó en hombres nuevos, ¿qué maravillosos efectos no produciría en ese corazón al cual no descendió como lengua de fuego, sino como un torrente de llamas divinas para consumir todo lo que hubiera en él de humano y hacerlo digno tabernáculo de la divinidad? ¡Ah! ¡qué perfecciones no comunicaría á un corazón con el cual quería unirse con nudos tan estrechos de amor! El entendimiento humano es demasiado limitado para sondear tan hondos misterios y la lengua humana impotente para narrar tan grandes maravillas.
Pero lo que da al corazón de María una excelencia más augusta es su calidad de Madre de Dios. Es ésta una dignidad incomparable que abisma y confunde. Si Dios, cuando está unido a una criatura por la caridad, le comunica tantas perfecciones y gracias, ¿qué torrente de gracias y qué cúmulo de perfecciones lo comunicaría a su Madre durante los nueve meses que habitó en su seno? ¡Qué emociones tan duras y tan santas harían latir el corazón de María cuando llevaba en sus brazos y estrechaba contra su pecho al divino infante! ¡Qué santidad comunicaría a su Madre duran te los treinta años que vivió con ella bajo el techo de un mismo hogar, en un comercio tan íntimo y en mutuas y diarias comunicaciones!
Honremos, pues, con un culto digno y homenajes de amor y de alabanzas al corazón Inmaculado de María, santuario de la divinidad, relicario de virtudes y dechado de las más sublimes perfecciones. Amemos con amor ardiente y agradecido a ese corazón que ardió por nosotros en tan vivas llamas de amor: es el corazón de una madre que se sacrifica por sus hijos; es el corazón de una Reina, lleno de piedad y de misericordia para con sus pobres vasallos; es el corazón de la buena y amable Pastora que buscaba a la oveja descarriada, que la carga amorosamente sobre sus hombros y la conduce al abrigado aprisco.
*EJEMPLO*
María, Salud de los que la invocan
*SANTUARIO DE LOURDES.*
Uno de los muchos peregrinos a quienes el amor a la Reina del cielo conduce a la gruta de Lourdes, escribía en 1873 lo siguiente:
«Llegado a Lourdes en la mañana del día de la Asunción, me dirigí inmediatamente a la gruta milagrosa, y vi que un gran número de personas se acercaban a la reja con un apresuramiento y emoción que me indicaron que algo de extraordinario acababa de suceder. Pregunté la causa del movimiento, y se me respondió: Es un milagro que acaba de verificarse, y el sacerdote a quien la Santísima Virgen ha sanado milagrosamente esta firman do cédulas para todos aquellos que deseen tener un atestado del milagro. Yo me acerqué y pude obtener una cédula que llevaba al pie la firma del abate de Víctor de Musy de la diócesis de Autún.»
«Todos deseábamos conocer los pormenores del prodigio; entonces un sacerdote se acercó a la reja y lleno de emoción dijo lo siguiente a la numerosa concurrencia de peregrinos que allí estaba: Deseáis saber lo que acaba de pasar, y voy a complaceros para alentar vuestra confianza en la protección de María. Un sacerdote padecía desde hace veinte años una enfermedad dolorosa que la ciencia no ha podido aliviar. De once años a esta parte no podía celebrar el santo sacrificio, y desde hace tres meses estaba enclavado en una silla rodante sin poder hacer ni el más ligero movimiento... Esta mañana fue llevado trabajosamente a la cripta para oír una misa que se iba a aplicar por su salud. En el momento de la elevación ese sacerdote inválido se sintió con fuerzas para ponerse en pie sin auxilio ajeno; poco después pudo ponerse de rodillas y terminar la misa en esa posición. Terminada la misa, pudo bajar por si solo de la cripta a la gruta sin fatiga ni cansancio; y ya lo veis en pie sin rastro de enfermedad como cualquiera de vosotros; porque sabed que ese feliz sacerdote, tan bondadosamente curado por María es el mismo que os habla en este instante.»
«Ayudadme a dar gracias a mi celestial bienhechora por el extraordinario prodigio de que acabo de ser objeto, a pesar de mi indignidad; y pedidle conmigo que complete su obra, obteniéndome la gracia de emplear lo que me queda de vida en ganar muchas almas al amor de su divino Hijo.»
Mientras esto decía, el sacerdote derramaba abundantes lágrimas, y lloraban con él todos los presentes... «He aquí, decían unos la tierra de los prodigios... Que venga la incredulidad, decían otros, a explicar naturalmente las cosas que aquí se ven... - María, exclamaban los de más allá, es la gran bienhechora del mundo...»
Así es en verdad: ¿quién podrá reducir a guarismo sus beneficios? ¿Quién podrá contar el número de los que han hallado a sus pies el consuelo, la salud, la gracia y la vida? Más fácil sería contar las estrellas del cielo y las arenas del mar.
*JACULATORIA*
Tu corazón ¡oh María!
será mi asilo y refugio
en las penas de la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh corazón amabilísimo de María! santuario augusto de la beatísima Trinidad, dechado perfectísimo de todas las virtudes, yo os amo y bendigo con todas las efusiones del amor más ardiente que puede caber en el corazón de un hijo amante. En vuestro corazón ¡oh María! buscaré yo un asilo en todas las desgracias de la vida; en vuestro corazón buscaré el consuelo en medio de las penas que aflijan mi existencia, en vuestro corazón buscaré la paz, la seguridad y el aliento en medio de los combates que debo librar contra los enemigos de mi salvación. Vos seréis ¡oh corazón maternal! el nido, donde, ave fugitiva del mundo, iré á buscar el reposo que tanto anhela mi corazón. Ved cuan triste y despedazado lo tienen las aflicciones, las contrariedades y las pasiones que lo turban; ved como gimo bajo el peso de mis pasadas infidelidades y de mis numerosos delitos. ¡Oh corazón adorable de María! corazón traspasado por siete agudos puñales de dolor, corazón el más puro, santo y perfecto, despréndanse de vuestras llagas raudales de bendiciones que robustezcan mis postradas fuerzas, que alienten mi debilidad y me consuelen en mis penas y sinsabores. A Vos acude un hijo lloroso que no tiene, después de Dios, otra esperanza que Vos, ni otro amparo ni otra tabla de salvación en medio de las tempestades de la vida. Pero ya siento ¡oh corazón querido! que renace en mi alma la paz turbada y la esperanza perdida, porque es imposible que sea desoído quien, como yo, os llama y quien como este afligido y desamparado hijo, os implora. Protegedme, y seré salvo por vuestra piedad nunca desmentida. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Besar amorosamente alguna imagen de María para avivar en nuestro corazón el amor hacia ella.
2. Rezar siete Salves en honra del Corazón inmaculado de María, pidiéndole que nos con ceda la pureza de alma y cuerpo.
3. Hacer el propósito de honrar de una manera especial a la Santísima Virgen todos los sábados del año.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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jueves, 3 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA VIGESIMO SÉPTIMO
*MES DE MARÏA - Día veintisiete*
*EL AMOR QUE DEBEMOS PROFESAR A MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Si la bondad maternal de María no fuera bastante motivo para decidirnos a amarla, la consideración de sus perfecciones no podrá menos de hacer brotar en nuestros corazones el más ardiente y generoso amor por la que reúne en si todo lo que hay de grande y perfecto en el orden de la naturaleza y de la gracia.
La belleza física y la belleza moral, la hermosura del cuerpo y del alma arrebatan espontáneamente el amor a nuestros corazones, porque, como dice un sabio de la antigüedad, cualquiera que tenga ojos para verla, no puede menos que tener corazón para amarla.
Ahora bien, ninguna criatura, después de Jesucristo, ha poseído en grado más excelso la hermosura del cuerpo y del alma. María fue la obra predilecta del poder del Altísimo y en ella tuvo sus complacencias desde la eternidad. Su cuerpo destinado a ser el santuario de la divinidad, debió de poseer toda la perfección de que es capaz la naturaleza y toda la hermosura que convenía a la que debía ser el tabernáculo vivo y animado de la belleza infinita. Por eso los Libros Santos, profetizando esa belleza incomparable, han podido exclamar: «Toda hermosa eres, amiga mía, toda hermosa eres;» lo que vale tanto como decir que en su persona se encierra una belleza sin medida.
La belleza por excelencia es Dios; y esa her mosura se comunica a las criaturas en el mis mo grado en que se unen a Dios, como la pu reza de las aguas es tanto mayor, cuanto mas cerca están a la fuente. Y ¿con cuál criatura se ha unido más estrechamente la infinita belleza que con María? ¿No la amó y la prefirió a to das eligiéndola por madre del Verbo encarna do? -Esta consideración hacia exclamar a San Epifanio: «Sois ¡oh María! la primera belleza después de Dios, y en comparación de la vues tra, no tienen sombra de hermosura los serafines, ni los querubines, ni todos los nueve coros de los ángeles. Los considero en vuestra presencia como a las estrellas del cielo, que pierden toda su luz cuando el sol aparece.» Pero, sin necesidad de acudir a tales conjetu ras, para conocer la belleza física de María no necesitamos sino oír el testimonio de los que tuvieron la dicha incomparable de verla cuan do aún era peregrina de la tierra. San Dionisio Areopagita, después de haberla visto, decía que si la fe no le enseñara que no podía exis tir más que un Dios, habría adorado a la San tísima Virgen como a Dios. La belleza cautiva sin violencia los corazones, y aun esas belle zas frágiles e imperfectas que el mundo admira han tenido poder para trastornar a pueblos enteros. Arrebate, pues, nuestro amor la hermosura incomparable de María y encienda en nuestro pecho un incendio voraz.
Pero si tanto puede la hermosura del cuer po, ¿cuanto mas deberá seducirnos la belleza del alma, que excede a la primera como el alma excede en excelencia al cuerpo?-Decía Santa Catalina de Sena, que si pudiésemos ver con los ojos del cuerpo la belleza de un alma sin pecado y con sólo el primer grado de gracia, quedaríamos tan sorprendidos al reconocer cuánto sobrepujaba a todas las bellezas de la naturaleza corpórea, que no habría quien no desease morir, si fuera preciso, por conservar beldad tan hechicera. Ahora bien, si la última de las almas en el orden de la gra cia encierra en sí tanta belleza, y si remontado el vuelo contemplásemos a las almas que han sabido a otros grados de gracia más elevados hasta llegar a la más perfecta, ¿cuánta no sería nuestra admiración en presencia de su hermosura? Pues bien, la más elevada de esas almas no es más que una sombra comparada con María, porque ella posee más gracias y por consiguiente, mas belleza que todos los Santos y bienaventurados juntos. Todas esas celestiales bellezas son siervos y vasallos de María. Ella sola es la madre del Creador de todos ellos; ella después de Dios, es quien tiene extasiados de amor y de dicha a los mo radores de la celestial Jerusalén.
¡Ah! ¡si los que se deleitan en las efímeras bellezas del mundo hubiesen contemplado por un instante la beldad de María, todo otro afecto moriría al punto en sus corazones! Mas si no nos es dado contemplar con los ojos del cuerpo la hermosura de su alma adornada con todas las piedras preciosas de las virtudes, a lo menos procuremos verla siempre con los ojos del alma para extasiamos en su belleza y embriagarnos en las delicias de su amor.
*EJEMPLO*
El Papa de la Inmaculada Concepción
EL PAPA PÍO IX
Pío IX, cuya santa memoria está unida con lazo de oro a las glorias de María, debió a la protección de esta Madre bondadosa un señalado favor al comenzar su carrera sacerdotal. Mientras el joven Juan María Mastai era estudiante, le acometió una grave enfermedad que lo inhabilitaba para seguir las inclinaciones, que lo arrastraban al estado eclesiástico. Esta enfermedad era la epilepsia, que común-mente es incurable. Los médicos confesaron su impotencia para contener el mal y presagiaban en poco tiempo un término lamentable. Cuando comenzó a cursar teología los ataques eran menos frecuentes, y pudo recibir las órdenes menores.
En esa época pasaron por Sinigaglia, pueblo natal de Pío IX, varios misioneros, a quienes prestó el joven Juan María con celo ferviente los humildes servicios de Catequista. Esto le valió la dispensa de la Santa Sede del impedimento para su ordenación, con la condición de celebrar el santo sacrificio acompañado de otro sacerdote. La enfermedad no había desaparecido, y todo inducía a creer que llegaría con el tiempo a imposibilitarlo para el ejercicio del ministerio sacerdotal, no obstante la bondad y condescendencia paternales que había usado para con él el Papa Pío VII.
El joven sacerdote había aprendido a amar a María en las rodillas de su piadosa madre, y desconfiando de los recursos humanos, puso toda su confianza en la protección de la Santísima Virgen. Con el fin de interesaría más en su favor emprendió una peregrinación al célebre santuario de Nuestra Señora de Loreto, donde pidió con fervoroso ahínco la salud para dedicarse todo entero a la salvación de las almas. La Reina del cielo acogió benignamente la súplica de aquel humilde sacerdote que tanto había de glorificaría, y desde ese momento la epilepsia desapareció para siempre.
Reconocido a tan insigne favor, se consagró con mayor esmero a servir y ensalzar a su protectora celestial; y a este amor hacia María acrecentado por esta curación milagrosa, debe la Cristiandad la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, que tanto ha contribuido a encender en las almas el amor y la confianza en la Madre de Dios.
Elevado mas tarde a la más alta dignidad de la tierra, y después de haber ornado las sienes de María con la corona de la Inmaculada Concepción, volvió Pío IX al santuario de Loreto para cumplir un segundo voto. Allí puso a los pies de su soberana protectora un cáliz de oro de exquisito valor artístico, y rogó por la Iglesia y el mundo en aquella Casa donde comenzó la obra de la redención del mundo. No estaban lejanos los días tempestuosos en que la ola de la impiedad arrebató al Papado sus dominios temporales y derribó el trono secular en que se sentaba el Papa-rey.
La misma generosa mano que libertó al sacerdote de una enfermedad incurable, infundió valor indomable en el pecho del Pontífice para resistir a los enemigos de la Iglesia y sostener la dignidad del Pontificado Romano, que nunca ha sido más grande que en las horas de su martirio.
María, que ha sido en todas los tiempos la celestial protectora de la Iglesia, lo ha sido muy en especial del ilustre Pontífice que pasará a la historia con el nombre del Papa de la Inmaculada Concepción.
*JACULATORIA*
Dulce Madre, pues me amas,
haz que siempre el alma mía
tanto te ame, que algún día
pueda al fin morir por ti.
*ORACIÓN*
¡Oh la más pura y hermosa de las criaturas! dulcísima madre mía, ¿qué otra cosa podré deciros yo, vuestro hijo y vuestro siervo, al considerar la perfección y belleza así de vuestro cuerpo, santuario del Verbo encarnado, como de vuestra alma, precioso relicario de las más excelsas virtudes, sino protestaros que os amo con to da la ternura del más amante de los hijos? Yo os amo, María, porque en Vos se en cierra toda perfección y belleza. Yo os amo, María, porque sois más pura que la luz del sol, más galana que la flor del campo, más bella que la aurora cuando son ríe a los prados, más amable que todo lo que arrebata en la tierra nuestro amor. Yo os amo, María, porque sois tan buena, tan misericordiosa, tan compasiva con vuestros pobres hijos, porque sois Madre generosa que olvidáis las ingratitudes para no atender sino a nuestra gran miseria. Yo os amo, María, porque sois la Reina de los ángeles, la soberana de los mártires y de las vírgenes, a quienes sobrepasáis en santidad y en perfecciones, como el sol sobrepuja en esplendor a los demás astros del firmamento. Yo os amo, María, porque sois la consoladora de los afligidos, el refugio de los pecadores, el sostén de los justos, el baluarte de los débiles y la dispensadora de todas las gracias. Concededme, Señora mía, la gracia de amaros siempre con la misma ternura, de serviros siempre con ardiente solicitud y de acompañaros un día en el cielo para unirme eternamente a Vos. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Adoptar la práctica de llevar al cuello un escapulario, medalla u otro objeto que tenga la imagen de María, e invocaría en la hora de la tentación y del peligro.
2. Rogar a María delante de alguna imagen suya por las necesidades de la Iglesia y en especial de la de Chile.
3. Privarse en algún día por amor a María, de comer cosas de gula y apetito.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*EL AMOR QUE DEBEMOS PROFESAR A MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Si la bondad maternal de María no fuera bastante motivo para decidirnos a amarla, la consideración de sus perfecciones no podrá menos de hacer brotar en nuestros corazones el más ardiente y generoso amor por la que reúne en si todo lo que hay de grande y perfecto en el orden de la naturaleza y de la gracia.
La belleza física y la belleza moral, la hermosura del cuerpo y del alma arrebatan espontáneamente el amor a nuestros corazones, porque, como dice un sabio de la antigüedad, cualquiera que tenga ojos para verla, no puede menos que tener corazón para amarla.
Ahora bien, ninguna criatura, después de Jesucristo, ha poseído en grado más excelso la hermosura del cuerpo y del alma. María fue la obra predilecta del poder del Altísimo y en ella tuvo sus complacencias desde la eternidad. Su cuerpo destinado a ser el santuario de la divinidad, debió de poseer toda la perfección de que es capaz la naturaleza y toda la hermosura que convenía a la que debía ser el tabernáculo vivo y animado de la belleza infinita. Por eso los Libros Santos, profetizando esa belleza incomparable, han podido exclamar: «Toda hermosa eres, amiga mía, toda hermosa eres;» lo que vale tanto como decir que en su persona se encierra una belleza sin medida.
La belleza por excelencia es Dios; y esa her mosura se comunica a las criaturas en el mis mo grado en que se unen a Dios, como la pu reza de las aguas es tanto mayor, cuanto mas cerca están a la fuente. Y ¿con cuál criatura se ha unido más estrechamente la infinita belleza que con María? ¿No la amó y la prefirió a to das eligiéndola por madre del Verbo encarna do? -Esta consideración hacia exclamar a San Epifanio: «Sois ¡oh María! la primera belleza después de Dios, y en comparación de la vues tra, no tienen sombra de hermosura los serafines, ni los querubines, ni todos los nueve coros de los ángeles. Los considero en vuestra presencia como a las estrellas del cielo, que pierden toda su luz cuando el sol aparece.» Pero, sin necesidad de acudir a tales conjetu ras, para conocer la belleza física de María no necesitamos sino oír el testimonio de los que tuvieron la dicha incomparable de verla cuan do aún era peregrina de la tierra. San Dionisio Areopagita, después de haberla visto, decía que si la fe no le enseñara que no podía exis tir más que un Dios, habría adorado a la San tísima Virgen como a Dios. La belleza cautiva sin violencia los corazones, y aun esas belle zas frágiles e imperfectas que el mundo admira han tenido poder para trastornar a pueblos enteros. Arrebate, pues, nuestro amor la hermosura incomparable de María y encienda en nuestro pecho un incendio voraz.
Pero si tanto puede la hermosura del cuer po, ¿cuanto mas deberá seducirnos la belleza del alma, que excede a la primera como el alma excede en excelencia al cuerpo?-Decía Santa Catalina de Sena, que si pudiésemos ver con los ojos del cuerpo la belleza de un alma sin pecado y con sólo el primer grado de gracia, quedaríamos tan sorprendidos al reconocer cuánto sobrepujaba a todas las bellezas de la naturaleza corpórea, que no habría quien no desease morir, si fuera preciso, por conservar beldad tan hechicera. Ahora bien, si la última de las almas en el orden de la gra cia encierra en sí tanta belleza, y si remontado el vuelo contemplásemos a las almas que han sabido a otros grados de gracia más elevados hasta llegar a la más perfecta, ¿cuánta no sería nuestra admiración en presencia de su hermosura? Pues bien, la más elevada de esas almas no es más que una sombra comparada con María, porque ella posee más gracias y por consiguiente, mas belleza que todos los Santos y bienaventurados juntos. Todas esas celestiales bellezas son siervos y vasallos de María. Ella sola es la madre del Creador de todos ellos; ella después de Dios, es quien tiene extasiados de amor y de dicha a los mo radores de la celestial Jerusalén.
¡Ah! ¡si los que se deleitan en las efímeras bellezas del mundo hubiesen contemplado por un instante la beldad de María, todo otro afecto moriría al punto en sus corazones! Mas si no nos es dado contemplar con los ojos del cuerpo la hermosura de su alma adornada con todas las piedras preciosas de las virtudes, a lo menos procuremos verla siempre con los ojos del alma para extasiamos en su belleza y embriagarnos en las delicias de su amor.
*EJEMPLO*
El Papa de la Inmaculada Concepción
EL PAPA PÍO IX
Pío IX, cuya santa memoria está unida con lazo de oro a las glorias de María, debió a la protección de esta Madre bondadosa un señalado favor al comenzar su carrera sacerdotal. Mientras el joven Juan María Mastai era estudiante, le acometió una grave enfermedad que lo inhabilitaba para seguir las inclinaciones, que lo arrastraban al estado eclesiástico. Esta enfermedad era la epilepsia, que común-mente es incurable. Los médicos confesaron su impotencia para contener el mal y presagiaban en poco tiempo un término lamentable. Cuando comenzó a cursar teología los ataques eran menos frecuentes, y pudo recibir las órdenes menores.
En esa época pasaron por Sinigaglia, pueblo natal de Pío IX, varios misioneros, a quienes prestó el joven Juan María con celo ferviente los humildes servicios de Catequista. Esto le valió la dispensa de la Santa Sede del impedimento para su ordenación, con la condición de celebrar el santo sacrificio acompañado de otro sacerdote. La enfermedad no había desaparecido, y todo inducía a creer que llegaría con el tiempo a imposibilitarlo para el ejercicio del ministerio sacerdotal, no obstante la bondad y condescendencia paternales que había usado para con él el Papa Pío VII.
El joven sacerdote había aprendido a amar a María en las rodillas de su piadosa madre, y desconfiando de los recursos humanos, puso toda su confianza en la protección de la Santísima Virgen. Con el fin de interesaría más en su favor emprendió una peregrinación al célebre santuario de Nuestra Señora de Loreto, donde pidió con fervoroso ahínco la salud para dedicarse todo entero a la salvación de las almas. La Reina del cielo acogió benignamente la súplica de aquel humilde sacerdote que tanto había de glorificaría, y desde ese momento la epilepsia desapareció para siempre.
Reconocido a tan insigne favor, se consagró con mayor esmero a servir y ensalzar a su protectora celestial; y a este amor hacia María acrecentado por esta curación milagrosa, debe la Cristiandad la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, que tanto ha contribuido a encender en las almas el amor y la confianza en la Madre de Dios.
Elevado mas tarde a la más alta dignidad de la tierra, y después de haber ornado las sienes de María con la corona de la Inmaculada Concepción, volvió Pío IX al santuario de Loreto para cumplir un segundo voto. Allí puso a los pies de su soberana protectora un cáliz de oro de exquisito valor artístico, y rogó por la Iglesia y el mundo en aquella Casa donde comenzó la obra de la redención del mundo. No estaban lejanos los días tempestuosos en que la ola de la impiedad arrebató al Papado sus dominios temporales y derribó el trono secular en que se sentaba el Papa-rey.
La misma generosa mano que libertó al sacerdote de una enfermedad incurable, infundió valor indomable en el pecho del Pontífice para resistir a los enemigos de la Iglesia y sostener la dignidad del Pontificado Romano, que nunca ha sido más grande que en las horas de su martirio.
María, que ha sido en todas los tiempos la celestial protectora de la Iglesia, lo ha sido muy en especial del ilustre Pontífice que pasará a la historia con el nombre del Papa de la Inmaculada Concepción.
*JACULATORIA*
Dulce Madre, pues me amas,
haz que siempre el alma mía
tanto te ame, que algún día
pueda al fin morir por ti.
*ORACIÓN*
¡Oh la más pura y hermosa de las criaturas! dulcísima madre mía, ¿qué otra cosa podré deciros yo, vuestro hijo y vuestro siervo, al considerar la perfección y belleza así de vuestro cuerpo, santuario del Verbo encarnado, como de vuestra alma, precioso relicario de las más excelsas virtudes, sino protestaros que os amo con to da la ternura del más amante de los hijos? Yo os amo, María, porque en Vos se en cierra toda perfección y belleza. Yo os amo, María, porque sois más pura que la luz del sol, más galana que la flor del campo, más bella que la aurora cuando son ríe a los prados, más amable que todo lo que arrebata en la tierra nuestro amor. Yo os amo, María, porque sois tan buena, tan misericordiosa, tan compasiva con vuestros pobres hijos, porque sois Madre generosa que olvidáis las ingratitudes para no atender sino a nuestra gran miseria. Yo os amo, María, porque sois la Reina de los ángeles, la soberana de los mártires y de las vírgenes, a quienes sobrepasáis en santidad y en perfecciones, como el sol sobrepuja en esplendor a los demás astros del firmamento. Yo os amo, María, porque sois la consoladora de los afligidos, el refugio de los pecadores, el sostén de los justos, el baluarte de los débiles y la dispensadora de todas las gracias. Concededme, Señora mía, la gracia de amaros siempre con la misma ternura, de serviros siempre con ardiente solicitud y de acompañaros un día en el cielo para unirme eternamente a Vos. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Adoptar la práctica de llevar al cuello un escapulario, medalla u otro objeto que tenga la imagen de María, e invocaría en la hora de la tentación y del peligro.
2. Rogar a María delante de alguna imagen suya por las necesidades de la Iglesia y en especial de la de Chile.
3. Privarse en algún día por amor a María, de comer cosas de gula y apetito.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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miércoles, 2 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA VIGESIMO SEXTO
*MES DE MARÏA - Día veintiseis*
*DÍA VIGÉSIMO SEXTO*
*LA MATERNIDAD DE MARIA DEBE INSPIRARNOS LA MÁS GRANDE CONFIANZA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Si María es madre de los hombres nada hay después de Dios que pueda inspirarnos más dulce confianza, porque nada hay en el mundo comparable con el amor maternal. En todos los peligros y circunstancias adversas de la vida, un hijo se arroja lleno de seguridad y de confianza en los brazos de su madre porque sabe por instinto que el amor de una madre vela siempre solícito por sus hijos, y que jamás ese amor padece olvidos e indiferencias.
Ese afecto santo transportado a la religión y aplicado a María, se reviste de un carácter de dulzura, de suavidad, de confianza familiar que tempera la majestad del Dios que, si es nuestro Padre, es también nuestro Juez. Viendo a María, se aleja del alma todo pensamiento terrible para dar cabida a los pensamientos consoladores de la bondad y misericordia de su Hijo divino. Sin María, nosotros seríamos, sin duda, hijos de Dios; pero seriamos hijos sin madre en presencia de un Dios justamente irritado por nuestras infidelidades. ¿Qué esperanza tendríamos de doblegar con nuestras súplicas el rigor de la justicia incorruptible, si no tuviésemos en María una madre que no rehúsa jamás valorar nuestras súplicas con sus méritos para alcanzar nuestro perdón? -Cuando consideramos que María fue, como nosotros, una peregrina de la tierra, una hija de Eva que sufrió y lloró como nosotros, no podemos menos que sentir una confianza que disipa todo temor. Ella conoce lo que son las miserias de la vida, lo que cuesta la práctica de la virtud, las dificultades que se oponen a la santificación, la fuerza de las pasiones, la astucia de nuestros enemigos; y por lo mismo, sabe compadecerse de nuestra flaqueza y esta pronta a remediar nuestras desgracias. Por eso, en este valle anegado con nuestras lágrimas, María se nos presenta siempre inclinada hacia nos otros, estrechando con una mano la diestra de su Hijo en ademán suplicante y curando con la otra todas las llagas de nuestras almas.
«Vosotros podéis ahora, dice San Bernardo, acercaros a Dios con confianza, porque tenéis una madre que se presenta delante de su Hijo y un Hijo que se presenta delante de su Padre. María muestra a su Hijo el seno que lo engendró y el regazo en que descansó; Jesucristo muestra a su Padre su costado abierto y sus manos y pies llagados. Los méritos del Hijo todo lo obtienen del Padre, y los méritos de la Madre todo lo obtienen del Hijo. Es imposible, agrega, que Dios rehúse conceder una gracia que le es pedida con tan tiernas muestras de amor. No, él no puede rehusar lo que se le pide con un lenguaje tan elocuente.
«El dulce nombre de madre encierra toda ternura, despierta los más tiernos recuerdos y hace nacer las más caras esperanzas. Es el símbolo de la bondad, de la paz, de la misericordia. Pero el corazón de María, siendo la obra maestra de la gracia, sobrepasa a todas las madres en bondad, amor y misericordia para con sus hijos. Como suele acontecer a las madres de la tierra, María demuestra una predilección tanto más solícita, cuanto más desgraciados son sus hijos. ¡Qué motivos tan poderosos de consuelo para los que sufren y lloran! ¡Qué motivos de dulce confianza para los pecadores! María les ofrece toda la ternura, la piedad, la solicitud de una madre que nada anhela tanto como verlos felices. Pobre huérfano, que habéis visto arrebatar a vuestro amor a una madre tiernamente amada, consolaos, que es falso que el hombre no tenga mas que una madre. La tierra nos da una, esa suele desaparecer entre las lágrimas y llantos de sus hijos; pero el cielo nos da otra que no muere y que siempre esta prodigándonos sus divinas caricias.»
*EJEMPLO*
María, Rosa mística
El venerable Nicolás Celestino de la Orden de San Francisco, ardía en vivos deseos de procurar a María la mayor honra y gloria posible. Antes que la Inmaculada Concepción fuese un dogma de fe, no faltaban en la Iglesia quienes pusiesen en duda la verdad de este maravilloso privilegio. Nicolás no comprendía que María hubiese estado alguna vez enemistada con Dios ni un solo instante; y por lo mismo, era un defensor ardiente de esta verdad. Aunque la orden a que pertenecía celebraba anualmente la fiesta de la Inmaculada Concepción, el siervo de Dios no se contentaba con esto, sino que deseaba además que como todas las grandes solemnidades de la Iglesia, se celebrase con octava.
No tardó mucho el venerable religioso en ser elegido superior; entonces, aunque venciendo grandes dificultades, pudo ver realizado su piadoso deseo. Más, como oyese que algunos religiosos criticaban la nueva solemnidad, se afanó por discurrir un medio que convenciese a todos sus hermanos de que el obsequio era agradable a los ojos de la Santísima Virgen.
Un día llamó a los religiosos y les dijo: -Sé que algunos de vosotros dudáis de que sea del agrado de la Santísima Virgen que celebremos con toda solemnidad su Concepción Inmaculada. Pues bien, yo con la ayuda de Dios voy a demostraros de una manera irrefutable que ella se complace de este obsequio.
Dicho esto, se encaminó con todos sus monjes al jardín del convento donde lucían muchas esbeltas rosas que perfumaban el ambiente.- Coged, les dijo, la rosa que os parezca mejor de todas las que tenéis a vuestra vista: la que escojáis será colocada en un vaso sin agua ante el altar de María Inmaculada. Si esta rosa, como es natural, se marchitase al tercer día, tendrán razón los que critican lo que nuestra Orden ha dispuesto hacer en honra de María; pero, si por espacio de un año, permanece milagrosamente fresca y lozana, como en el momento de desprendería de su tallo, entonces deberemos confesar, no solamente que María fue concebida sin pecado, sino que es la voluntad del cielo que celebremos con todo esplendor, así su fiesta como su octava.
Todos aceptaron la propuesta: se cogió una rosa blanca, y depositada en un vaso sin agua, se colocó en el altar de la Purísima Concepción. Pasaron los días unos en pos de otros, y la rosa conservaba intacta su lozanía y fragancia hasta que, terminado el año, dejó caer sus bojas marchitas.
En vista de aquel prodigio, los religiosos celebraron con grande entusiasmo la fiesta que de tal manera justificaba y aplaudía el cielo. Por este medio fue glorificada María, premia da la fe del venerable Nicolás Celestino y confirmada la verdad del excelso privilegio que, declarado dogma de fe, es hoy una piedra preciosa que abrillanta la corona de gloria de la Madre de Dios.
*JACULATORIA*
¡Qué dulce y grata es la vida
si la perfumas y alientas
con tu amor, madre querida!
*ORACIÓN*
Cuando considero ¡oh María! tierna y dulce Madre de los hombres, que vuestras entrañas están siempre llenas de amor para con nosotros, yo siento que la más firme confianza renace en mi corazón y que se disipan todos los negros temores que me afligen en orden a mi salvación. ¡Sois tan buena, tan amable, tan misericordiosa! ¡Ah! si Vos no fuerais mi madre, ¿quién me consolarla en mis sufrimientos, quién me sostendría en mi debilidad, quién calmarla las inquietudes que turban mi corazón? Vos sois la salvaguardia del pobre y del desvalido; Vos sois el gozo y la esperanza de los que padecen; Vos la estrella que jamás se oscurece en medio de las tempestades de la vida. Vos sois la mediadora entre Dios y nosotros, Vos desarmáis con vuestros ruegos la mano irritada del Señor. Vos nos abrís un corazón de madre para que depositemos en él nues tras tristes confidencias. Vos sois mi Madre, ¡oh qué felicidad!.. Yo lo diré a todas las criaturas: María es mi madre; yo lo repetiré sin cesar en todas las horas de mi vida, en el gozo como en el dolor; de mis labios moribundos caerá esa última palabra: ¡Vos sois mi Madre! Teniéndoos á Vos por Madre, nuestra felicidad es mayor que la de los ángeles, porque ellos sólo os tienen por Reina. Escuchad ¡oh María! con especialidad las plegarias de todas las madres que colocan a sus hijos bajo vuestra maternal protección, a fin de que madres e hijos, en la tierra y en el cielo, seamos recibidos en los brazos de vuestra divina maternidad. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer un acto de entera y perpetua consagración a la Santísima Virgen como una prueba de que la reconocemos por Madre.
2. Saludar a la Santísima Virgen con una Avemaría toda vez que veamos alguna imagen suya.
3. Oír una misa en sufragio del alma más devota de María.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestrdo santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*DÍA VIGÉSIMO SEXTO*
*LA MATERNIDAD DE MARIA DEBE INSPIRARNOS LA MÁS GRANDE CONFIANZA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Si María es madre de los hombres nada hay después de Dios que pueda inspirarnos más dulce confianza, porque nada hay en el mundo comparable con el amor maternal. En todos los peligros y circunstancias adversas de la vida, un hijo se arroja lleno de seguridad y de confianza en los brazos de su madre porque sabe por instinto que el amor de una madre vela siempre solícito por sus hijos, y que jamás ese amor padece olvidos e indiferencias.
Ese afecto santo transportado a la religión y aplicado a María, se reviste de un carácter de dulzura, de suavidad, de confianza familiar que tempera la majestad del Dios que, si es nuestro Padre, es también nuestro Juez. Viendo a María, se aleja del alma todo pensamiento terrible para dar cabida a los pensamientos consoladores de la bondad y misericordia de su Hijo divino. Sin María, nosotros seríamos, sin duda, hijos de Dios; pero seriamos hijos sin madre en presencia de un Dios justamente irritado por nuestras infidelidades. ¿Qué esperanza tendríamos de doblegar con nuestras súplicas el rigor de la justicia incorruptible, si no tuviésemos en María una madre que no rehúsa jamás valorar nuestras súplicas con sus méritos para alcanzar nuestro perdón? -Cuando consideramos que María fue, como nosotros, una peregrina de la tierra, una hija de Eva que sufrió y lloró como nosotros, no podemos menos que sentir una confianza que disipa todo temor. Ella conoce lo que son las miserias de la vida, lo que cuesta la práctica de la virtud, las dificultades que se oponen a la santificación, la fuerza de las pasiones, la astucia de nuestros enemigos; y por lo mismo, sabe compadecerse de nuestra flaqueza y esta pronta a remediar nuestras desgracias. Por eso, en este valle anegado con nuestras lágrimas, María se nos presenta siempre inclinada hacia nos otros, estrechando con una mano la diestra de su Hijo en ademán suplicante y curando con la otra todas las llagas de nuestras almas.
«Vosotros podéis ahora, dice San Bernardo, acercaros a Dios con confianza, porque tenéis una madre que se presenta delante de su Hijo y un Hijo que se presenta delante de su Padre. María muestra a su Hijo el seno que lo engendró y el regazo en que descansó; Jesucristo muestra a su Padre su costado abierto y sus manos y pies llagados. Los méritos del Hijo todo lo obtienen del Padre, y los méritos de la Madre todo lo obtienen del Hijo. Es imposible, agrega, que Dios rehúse conceder una gracia que le es pedida con tan tiernas muestras de amor. No, él no puede rehusar lo que se le pide con un lenguaje tan elocuente.
«El dulce nombre de madre encierra toda ternura, despierta los más tiernos recuerdos y hace nacer las más caras esperanzas. Es el símbolo de la bondad, de la paz, de la misericordia. Pero el corazón de María, siendo la obra maestra de la gracia, sobrepasa a todas las madres en bondad, amor y misericordia para con sus hijos. Como suele acontecer a las madres de la tierra, María demuestra una predilección tanto más solícita, cuanto más desgraciados son sus hijos. ¡Qué motivos tan poderosos de consuelo para los que sufren y lloran! ¡Qué motivos de dulce confianza para los pecadores! María les ofrece toda la ternura, la piedad, la solicitud de una madre que nada anhela tanto como verlos felices. Pobre huérfano, que habéis visto arrebatar a vuestro amor a una madre tiernamente amada, consolaos, que es falso que el hombre no tenga mas que una madre. La tierra nos da una, esa suele desaparecer entre las lágrimas y llantos de sus hijos; pero el cielo nos da otra que no muere y que siempre esta prodigándonos sus divinas caricias.»
*EJEMPLO*
María, Rosa mística
El venerable Nicolás Celestino de la Orden de San Francisco, ardía en vivos deseos de procurar a María la mayor honra y gloria posible. Antes que la Inmaculada Concepción fuese un dogma de fe, no faltaban en la Iglesia quienes pusiesen en duda la verdad de este maravilloso privilegio. Nicolás no comprendía que María hubiese estado alguna vez enemistada con Dios ni un solo instante; y por lo mismo, era un defensor ardiente de esta verdad. Aunque la orden a que pertenecía celebraba anualmente la fiesta de la Inmaculada Concepción, el siervo de Dios no se contentaba con esto, sino que deseaba además que como todas las grandes solemnidades de la Iglesia, se celebrase con octava.
No tardó mucho el venerable religioso en ser elegido superior; entonces, aunque venciendo grandes dificultades, pudo ver realizado su piadoso deseo. Más, como oyese que algunos religiosos criticaban la nueva solemnidad, se afanó por discurrir un medio que convenciese a todos sus hermanos de que el obsequio era agradable a los ojos de la Santísima Virgen.
Un día llamó a los religiosos y les dijo: -Sé que algunos de vosotros dudáis de que sea del agrado de la Santísima Virgen que celebremos con toda solemnidad su Concepción Inmaculada. Pues bien, yo con la ayuda de Dios voy a demostraros de una manera irrefutable que ella se complace de este obsequio.
Dicho esto, se encaminó con todos sus monjes al jardín del convento donde lucían muchas esbeltas rosas que perfumaban el ambiente.- Coged, les dijo, la rosa que os parezca mejor de todas las que tenéis a vuestra vista: la que escojáis será colocada en un vaso sin agua ante el altar de María Inmaculada. Si esta rosa, como es natural, se marchitase al tercer día, tendrán razón los que critican lo que nuestra Orden ha dispuesto hacer en honra de María; pero, si por espacio de un año, permanece milagrosamente fresca y lozana, como en el momento de desprendería de su tallo, entonces deberemos confesar, no solamente que María fue concebida sin pecado, sino que es la voluntad del cielo que celebremos con todo esplendor, así su fiesta como su octava.
Todos aceptaron la propuesta: se cogió una rosa blanca, y depositada en un vaso sin agua, se colocó en el altar de la Purísima Concepción. Pasaron los días unos en pos de otros, y la rosa conservaba intacta su lozanía y fragancia hasta que, terminado el año, dejó caer sus bojas marchitas.
En vista de aquel prodigio, los religiosos celebraron con grande entusiasmo la fiesta que de tal manera justificaba y aplaudía el cielo. Por este medio fue glorificada María, premia da la fe del venerable Nicolás Celestino y confirmada la verdad del excelso privilegio que, declarado dogma de fe, es hoy una piedra preciosa que abrillanta la corona de gloria de la Madre de Dios.
*JACULATORIA*
¡Qué dulce y grata es la vida
si la perfumas y alientas
con tu amor, madre querida!
*ORACIÓN*
Cuando considero ¡oh María! tierna y dulce Madre de los hombres, que vuestras entrañas están siempre llenas de amor para con nosotros, yo siento que la más firme confianza renace en mi corazón y que se disipan todos los negros temores que me afligen en orden a mi salvación. ¡Sois tan buena, tan amable, tan misericordiosa! ¡Ah! si Vos no fuerais mi madre, ¿quién me consolarla en mis sufrimientos, quién me sostendría en mi debilidad, quién calmarla las inquietudes que turban mi corazón? Vos sois la salvaguardia del pobre y del desvalido; Vos sois el gozo y la esperanza de los que padecen; Vos la estrella que jamás se oscurece en medio de las tempestades de la vida. Vos sois la mediadora entre Dios y nosotros, Vos desarmáis con vuestros ruegos la mano irritada del Señor. Vos nos abrís un corazón de madre para que depositemos en él nues tras tristes confidencias. Vos sois mi Madre, ¡oh qué felicidad!.. Yo lo diré a todas las criaturas: María es mi madre; yo lo repetiré sin cesar en todas las horas de mi vida, en el gozo como en el dolor; de mis labios moribundos caerá esa última palabra: ¡Vos sois mi Madre! Teniéndoos á Vos por Madre, nuestra felicidad es mayor que la de los ángeles, porque ellos sólo os tienen por Reina. Escuchad ¡oh María! con especialidad las plegarias de todas las madres que colocan a sus hijos bajo vuestra maternal protección, a fin de que madres e hijos, en la tierra y en el cielo, seamos recibidos en los brazos de vuestra divina maternidad. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer un acto de entera y perpetua consagración a la Santísima Virgen como una prueba de que la reconocemos por Madre.
2. Saludar a la Santísima Virgen con una Avemaría toda vez que veamos alguna imagen suya.
3. Oír una misa en sufragio del alma más devota de María.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestrdo santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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martes, 1 de diciembre de 2020
MES DE MARÍA - DÍA VIGESIMO QUINTO
*MES DE MARÍA - Día veinticinco*
*MARIA CONSIDERADA COMO MADRE DE LOS HOMBRES*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Cuando el hombre levanta al cielo sus ojos llorosos, por grande que sea el abismo de iniquidad o de desgracia en que haya caído, encuentra allí la imagen amorosa de un Padre que le inspira valor y confianza. Pero Dios que se complace en que nuestros labios lo invoquen diciéndole: Padre nuestro que estás en los cielos, nos señala también a su lado la imagen de una madre que sonríe llena de amor: esa imagen es la de María.
Así convenía que sucediese, porque la paternidad va siempre unida a la maternidad. Donde existe un padre, hay también una madre. La gran familia de los hijos de Dios no podía carecer de un bien que es común á la familia terrestre: el amor de una madre. Nada hay en el mundo que pueda reemplazar dignamente el amor maternal; su ausencia deja en el corazón de los hijos un vacío que ningún otro amor puede llenar. Es cierto que el amor de Dios satisface cumplidamente las aspiraciones del corazón; pero el amor de María es un afecto que hace brotar en el alma la más grata ternura y la más dulce confianza, y, alojando todo temor, abre el corazón de los hombres a la más halagüeña esperanza.
He ahí porque Dios ha querido que tuviésemos, no solamente una madre en el mundo, sino también una madre en el cielo. Próximo a espirar en la cruz, quiso Jesús darnos una última y suprema manifestación de su amor. Pero ¿Qué podría darnos en el estado a que la perfidia de los hombres lo había reducido? Des nudo de todo bien terreno, sin poseer ni siquiera la túnica que había vestido durante su vi da, lo único que le quedaba era su madre que lloraba afligida al pie de la cruz de su sacrificio. Y después de habernos dado toda su sangre, después de haberse dado á si mismo en el Sacramento de nuestros altares, Jesús moribundo, lanzando sobre el mundo una última mirada de amor y de misericordia, nos lega a María por madre en la persona de su amado discípulo, diciéndole: He ahí a tu Madre, después de haber dicho a María: He ahí a tu Hijo, señalando al discípulo. ¡Oh! mujer afligida, le dice, a quien un amor infortunado os hace experimentar tan rudos sufrimientos, esa misma ternura de que estáis llena por mi, tened la por todos los redimidos con mi sangre, representados en la persona de Juan; amadlos como me habéis amado a mi.
Después de estas palabras, Jesús inclina su cabeza sobre el pecho y muere. Parece que faltaba el último sello de la salvación del mundo, que consistía en hacer a los hombres el precioso legado del corazón de su madre. ¡Ah! si los últimos encargos de un hijo moribundo son tan sagrados para una madre, ¿cómo dudar de que María nos aceptase por sus hijos después de la tierna recomendación de Jesús agonizante? Si, nuestra adopción de hijos es tanto más amada para ella, cuánto más cara le ha costado. Ella sacrifica, por salvarnos, a su Hijo único, y prefiere verlo espirar en un mar de tormentos á vernos á nosotros perdidos. Dos hijos tuvo María: el uno inocente y el otro culpable; pero con tal de salvar al culpable consiente en entregar a la muerte al inocente. ¿Puede concebirse un amor más tierno y desinteresado? ¿Puede exigírsele una prueba más elocuente de su amor por los hombres? Como si esta fineza no bastara a convencernos de su amor, no cesa de añadir nuevos y brillantes testimonios de su maternal afecto. No hay miseria que no esté pronta a remediar, no hay necesidad que no satisfaga, no hay lágrimas que no enjugue ni dolor que no temple. María está sentada en un trono de misericordia, dispuesta siempre a escuchar el grito de nuestras necesidades; ella depone a los pies de su Hijo la ofrenda de nuestras lágrimas, y para hacer de ellas un holocausto más valioso, las mezcla con alguna de las que ella derramó al pie de la cruz.
¡Ah! ¿quién no amará a tan tierna madre? Su amor es el consuelo más dulce de la vida; ese amor hace gustar en medio de los trabajos y amarguras del destierro, las primicias de la felicidad eterna. «¡Qué consuelo, exclama Tomás de Kempis, no debéis encontrar en medio de las penas de la vida, en las entrañas de aquella en quien se ha encarnado la misericordia y a quien el Salvador ha colocado a su diestra para hacer de ella la dispensadora de todas sus gracias!»
*EJEMPLO*
La vuelta de un pródigo.
*EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO (FRAGMENTO), REMBRANDT VAN RIJN.*
En un hermoso día de primavera acababa de pasearse la imagen de María por entre sendas de flores y arcos triunfales en un pueblo situado al sur de Francia. Terminada la fiesta religiosa, el párroco se había retirado a su casa para terminar en el silencio de la oración un día lleno de dulces y santas emociones; ponía fin al rezo divino con el Salve Regina, cuando oyó que llamaban a su puerta. En el umbral de esta puerta que nunca se cierra, apareció un joven sombrío y taciturno que con acento tembloroso dijo al sacerdote: - No tengo el honor de conoceros; pero sé que sois el padre de todos y en especial de los desgraciados. Este titulo me da derecho para importunaros, viniendo en solicitud del auxilio de vuestro sagrado ministerio. -Decid lo que queráis, hijo mío, le dice con bondad paternal el sacerdote; que las horas más felices del párroco son aquellas en que le es dado endulzar las amarguras de la desgracia. Dios nos hace a menudo testigos de resurrecciones inesperadas. Ministro de Aquel que llamó a Lázaro de la podredumbre del sepulcro, estamos siempre dispuestos a sacar las almas del cieno de la culpa y restituirías a la vida de la gracia.
Al oír estas palabras, el joven pareció reanimarse, y un rayo de alegría surcó su frente pálida.
-Yo, dijo en seguida, soy uno de esos desgraciados que naufragan desde temprano en la corriente de las pasiones, olvidando las enseñanzas de una madre cristiana y el respeto que se debe a un nombre ilustre. Llegado a esa edad en que las pasiones alborotan el corazón me dejé arrastrar de pérfidos consejos, y pronto hube de reconocer que un abismo llama a otro abismo. Irritado por las reconvenciones saludables de mi virtuosa madre, resolví, alejarme y dar libre curso a mis ilusiones juveniles. Mi padre puso en mis manos una considerable cantidad de dinero, para que viajase por los Estados Unidos de América de los que tan lisonjeras alabanzas habla oído a mis compañeros de placer y de desórdenes. Mi madre lamentó profundamente esta resolución; porque Dios ha concedido al amor de las madres cierta luz e intuición profética sobre el porvenir de sus hijos. Ella me siguió con sus oraciones derramadas sin cesar a los pies de María y con sus cartas llenas de conmovedoras exhortaciones.
No necesito deciros que esta libertad me fue funesta, y amaestrado ahora por dolorosa experiencia, yo diría a todas las madres que no permitiesen viajar solos a sus hijos en la edad de las ilusiones. Me establecí por algún tiempo en Washington, donde mi vida transcurrió entre partidas de placer y de disolución.
Un día arriesgué en el juego todo el dinero que me quedaba, y de improviso me vi sumido en la mayor miseria en tierra extraña y sin re cursos para volver a mi patria. En esta situación fui a ver al capitán de un buque francés para que me recibiera en su nave sin pagar flete, lo que no me fue concedido sino a condición de que fuese en la tripulación como criado.
Aunque esto era para mi en extremo humillante, hube de aceptarlo; y vistiendo el traje de marinero, comencé a trabajar como los de más.
Pero no era esta ni la única ni la mayor des gracia que me acarrearon mis locos devaneos. En nuestro viaje de regreso nos asaltó una furiosa tempestad a las alturas de las islas Azores. Gruesas nubes se amontonaron sobre nuestras cabezas y el mar levantaba montañas de agua. Un huracán deshecho rompió nuestro palo mayor, y la nave, falta de gobernalle fue a estrellarse contra enormes rocas. En aquel angustioso momento, imploré postrado de rodillas sobre cubierta, a Aquella que es llamada Estrella de la mañana, prometiéndole que, si libraba de aquel peligro; pondría fin a mis desórdenes. Entonces me lancé al mar asido de una tabla, y por espacio de veinticuatro horas floté a merced de los vientos y las olas.
Quiso mi buena protectora que pasase cerca de mí un barco americano que iba en dirección a Marsella, y me recogiese a bordo.
Vengo, pues, a cumplir mi promesa, postrándome a vuestros pies para confiaros los secretos de mi conciencia. Dignaos abrirme las puertas del cielo y derramar sobre mi alma con la santa absolución una gota de esa dulce paz que hace quince años que no he gustado...
La bondad maternal de María devolvía a un nuevo pródigo al doble regazo de la religión y de la familia.
*JACULATORIA*
Madre de Dios, madre mía,
un hijo amante te invoca,
ven en mi auxilio ¡oh María!
*ORACIÓN DE SAN FRANCISCO DE SALES*
*A LA SANTISIMA VIRGEN CONSIDERADA COMO MADRE*
Yo os saludo, dulcísima Virgen María, Madre de Dios, y os escojo por madre querida. Os suplico me aceptéis por hijo y servidor vuestro, porque yo no quiero te ner otra madre sino á Vos. No olvidéis ¡oh mi buena, graciosa y dulce madre! que soy vuestro hijo y una criatura vil y miserable. Dirigidme en todas mis acciones, porque soy un pobre mendigo que tengo extrema necesidad de vuestro socorro y protección. Santísima Virgen, mi dulce madre, hacedme participante de vuestros bienes y de vuestras virtudes, principalmente de vuestra santa humildad, de vuestra virginal pureza y de vuestra encendida caridad. No me digáis ¡oh María! que no podéis hacerlo, porque vuestro amado Hijo os ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. No me digáis tampoco que no debéis hacerlo, porque Vos sois la madre común de todos los pobres hijos de Adán y especialmente la mía. Y si sois madre y reina poderosa ¿qué os podría excusar de prestarme vuestra asistencia? Acceded, pues a mis súplicas, escuchad mis gemidos y concededme todos los bienes y gracias que sean del agrado de la Santísima Trinidad, objeto de mi amor en el tiempo y en la eternidad. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Incorporarse en alguna cofradía que tenga por objeto honrar a María bajo alguna de sus consoladoras advocaciones.
2. Abstenerse de todo acto de impaciencia o de ira.
3. Rezar el oficio parvo de la Santísima Virgen, pidiéndole que nos conceda su protección durante la vida y en especial en la hora de la muerte.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*MARIA CONSIDERADA COMO MADRE DE LOS HOMBRES*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Cuando el hombre levanta al cielo sus ojos llorosos, por grande que sea el abismo de iniquidad o de desgracia en que haya caído, encuentra allí la imagen amorosa de un Padre que le inspira valor y confianza. Pero Dios que se complace en que nuestros labios lo invoquen diciéndole: Padre nuestro que estás en los cielos, nos señala también a su lado la imagen de una madre que sonríe llena de amor: esa imagen es la de María.
Así convenía que sucediese, porque la paternidad va siempre unida a la maternidad. Donde existe un padre, hay también una madre. La gran familia de los hijos de Dios no podía carecer de un bien que es común á la familia terrestre: el amor de una madre. Nada hay en el mundo que pueda reemplazar dignamente el amor maternal; su ausencia deja en el corazón de los hijos un vacío que ningún otro amor puede llenar. Es cierto que el amor de Dios satisface cumplidamente las aspiraciones del corazón; pero el amor de María es un afecto que hace brotar en el alma la más grata ternura y la más dulce confianza, y, alojando todo temor, abre el corazón de los hombres a la más halagüeña esperanza.
He ahí porque Dios ha querido que tuviésemos, no solamente una madre en el mundo, sino también una madre en el cielo. Próximo a espirar en la cruz, quiso Jesús darnos una última y suprema manifestación de su amor. Pero ¿Qué podría darnos en el estado a que la perfidia de los hombres lo había reducido? Des nudo de todo bien terreno, sin poseer ni siquiera la túnica que había vestido durante su vi da, lo único que le quedaba era su madre que lloraba afligida al pie de la cruz de su sacrificio. Y después de habernos dado toda su sangre, después de haberse dado á si mismo en el Sacramento de nuestros altares, Jesús moribundo, lanzando sobre el mundo una última mirada de amor y de misericordia, nos lega a María por madre en la persona de su amado discípulo, diciéndole: He ahí a tu Madre, después de haber dicho a María: He ahí a tu Hijo, señalando al discípulo. ¡Oh! mujer afligida, le dice, a quien un amor infortunado os hace experimentar tan rudos sufrimientos, esa misma ternura de que estáis llena por mi, tened la por todos los redimidos con mi sangre, representados en la persona de Juan; amadlos como me habéis amado a mi.
Después de estas palabras, Jesús inclina su cabeza sobre el pecho y muere. Parece que faltaba el último sello de la salvación del mundo, que consistía en hacer a los hombres el precioso legado del corazón de su madre. ¡Ah! si los últimos encargos de un hijo moribundo son tan sagrados para una madre, ¿cómo dudar de que María nos aceptase por sus hijos después de la tierna recomendación de Jesús agonizante? Si, nuestra adopción de hijos es tanto más amada para ella, cuánto más cara le ha costado. Ella sacrifica, por salvarnos, a su Hijo único, y prefiere verlo espirar en un mar de tormentos á vernos á nosotros perdidos. Dos hijos tuvo María: el uno inocente y el otro culpable; pero con tal de salvar al culpable consiente en entregar a la muerte al inocente. ¿Puede concebirse un amor más tierno y desinteresado? ¿Puede exigírsele una prueba más elocuente de su amor por los hombres? Como si esta fineza no bastara a convencernos de su amor, no cesa de añadir nuevos y brillantes testimonios de su maternal afecto. No hay miseria que no esté pronta a remediar, no hay necesidad que no satisfaga, no hay lágrimas que no enjugue ni dolor que no temple. María está sentada en un trono de misericordia, dispuesta siempre a escuchar el grito de nuestras necesidades; ella depone a los pies de su Hijo la ofrenda de nuestras lágrimas, y para hacer de ellas un holocausto más valioso, las mezcla con alguna de las que ella derramó al pie de la cruz.
¡Ah! ¿quién no amará a tan tierna madre? Su amor es el consuelo más dulce de la vida; ese amor hace gustar en medio de los trabajos y amarguras del destierro, las primicias de la felicidad eterna. «¡Qué consuelo, exclama Tomás de Kempis, no debéis encontrar en medio de las penas de la vida, en las entrañas de aquella en quien se ha encarnado la misericordia y a quien el Salvador ha colocado a su diestra para hacer de ella la dispensadora de todas sus gracias!»
*EJEMPLO*
La vuelta de un pródigo.
*EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO (FRAGMENTO), REMBRANDT VAN RIJN.*
En un hermoso día de primavera acababa de pasearse la imagen de María por entre sendas de flores y arcos triunfales en un pueblo situado al sur de Francia. Terminada la fiesta religiosa, el párroco se había retirado a su casa para terminar en el silencio de la oración un día lleno de dulces y santas emociones; ponía fin al rezo divino con el Salve Regina, cuando oyó que llamaban a su puerta. En el umbral de esta puerta que nunca se cierra, apareció un joven sombrío y taciturno que con acento tembloroso dijo al sacerdote: - No tengo el honor de conoceros; pero sé que sois el padre de todos y en especial de los desgraciados. Este titulo me da derecho para importunaros, viniendo en solicitud del auxilio de vuestro sagrado ministerio. -Decid lo que queráis, hijo mío, le dice con bondad paternal el sacerdote; que las horas más felices del párroco son aquellas en que le es dado endulzar las amarguras de la desgracia. Dios nos hace a menudo testigos de resurrecciones inesperadas. Ministro de Aquel que llamó a Lázaro de la podredumbre del sepulcro, estamos siempre dispuestos a sacar las almas del cieno de la culpa y restituirías a la vida de la gracia.
Al oír estas palabras, el joven pareció reanimarse, y un rayo de alegría surcó su frente pálida.
-Yo, dijo en seguida, soy uno de esos desgraciados que naufragan desde temprano en la corriente de las pasiones, olvidando las enseñanzas de una madre cristiana y el respeto que se debe a un nombre ilustre. Llegado a esa edad en que las pasiones alborotan el corazón me dejé arrastrar de pérfidos consejos, y pronto hube de reconocer que un abismo llama a otro abismo. Irritado por las reconvenciones saludables de mi virtuosa madre, resolví, alejarme y dar libre curso a mis ilusiones juveniles. Mi padre puso en mis manos una considerable cantidad de dinero, para que viajase por los Estados Unidos de América de los que tan lisonjeras alabanzas habla oído a mis compañeros de placer y de desórdenes. Mi madre lamentó profundamente esta resolución; porque Dios ha concedido al amor de las madres cierta luz e intuición profética sobre el porvenir de sus hijos. Ella me siguió con sus oraciones derramadas sin cesar a los pies de María y con sus cartas llenas de conmovedoras exhortaciones.
No necesito deciros que esta libertad me fue funesta, y amaestrado ahora por dolorosa experiencia, yo diría a todas las madres que no permitiesen viajar solos a sus hijos en la edad de las ilusiones. Me establecí por algún tiempo en Washington, donde mi vida transcurrió entre partidas de placer y de disolución.
Un día arriesgué en el juego todo el dinero que me quedaba, y de improviso me vi sumido en la mayor miseria en tierra extraña y sin re cursos para volver a mi patria. En esta situación fui a ver al capitán de un buque francés para que me recibiera en su nave sin pagar flete, lo que no me fue concedido sino a condición de que fuese en la tripulación como criado.
Aunque esto era para mi en extremo humillante, hube de aceptarlo; y vistiendo el traje de marinero, comencé a trabajar como los de más.
Pero no era esta ni la única ni la mayor des gracia que me acarrearon mis locos devaneos. En nuestro viaje de regreso nos asaltó una furiosa tempestad a las alturas de las islas Azores. Gruesas nubes se amontonaron sobre nuestras cabezas y el mar levantaba montañas de agua. Un huracán deshecho rompió nuestro palo mayor, y la nave, falta de gobernalle fue a estrellarse contra enormes rocas. En aquel angustioso momento, imploré postrado de rodillas sobre cubierta, a Aquella que es llamada Estrella de la mañana, prometiéndole que, si libraba de aquel peligro; pondría fin a mis desórdenes. Entonces me lancé al mar asido de una tabla, y por espacio de veinticuatro horas floté a merced de los vientos y las olas.
Quiso mi buena protectora que pasase cerca de mí un barco americano que iba en dirección a Marsella, y me recogiese a bordo.
Vengo, pues, a cumplir mi promesa, postrándome a vuestros pies para confiaros los secretos de mi conciencia. Dignaos abrirme las puertas del cielo y derramar sobre mi alma con la santa absolución una gota de esa dulce paz que hace quince años que no he gustado...
La bondad maternal de María devolvía a un nuevo pródigo al doble regazo de la religión y de la familia.
*JACULATORIA*
Madre de Dios, madre mía,
un hijo amante te invoca,
ven en mi auxilio ¡oh María!
*ORACIÓN DE SAN FRANCISCO DE SALES*
*A LA SANTISIMA VIRGEN CONSIDERADA COMO MADRE*
Yo os saludo, dulcísima Virgen María, Madre de Dios, y os escojo por madre querida. Os suplico me aceptéis por hijo y servidor vuestro, porque yo no quiero te ner otra madre sino á Vos. No olvidéis ¡oh mi buena, graciosa y dulce madre! que soy vuestro hijo y una criatura vil y miserable. Dirigidme en todas mis acciones, porque soy un pobre mendigo que tengo extrema necesidad de vuestro socorro y protección. Santísima Virgen, mi dulce madre, hacedme participante de vuestros bienes y de vuestras virtudes, principalmente de vuestra santa humildad, de vuestra virginal pureza y de vuestra encendida caridad. No me digáis ¡oh María! que no podéis hacerlo, porque vuestro amado Hijo os ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. No me digáis tampoco que no debéis hacerlo, porque Vos sois la madre común de todos los pobres hijos de Adán y especialmente la mía. Y si sois madre y reina poderosa ¿qué os podría excusar de prestarme vuestra asistencia? Acceded, pues a mis súplicas, escuchad mis gemidos y concededme todos los bienes y gracias que sean del agrado de la Santísima Trinidad, objeto de mi amor en el tiempo y en la eternidad. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Incorporarse en alguna cofradía que tenga por objeto honrar a María bajo alguna de sus consoladoras advocaciones.
2. Abstenerse de todo acto de impaciencia o de ira.
3. Rezar el oficio parvo de la Santísima Virgen, pidiéndole que nos conceda su protección durante la vida y en especial en la hora de la muerte.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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Mons. Rodolfo Vergara Antúnez,
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Santa María
lunes, 30 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA VIGÉSIMOCUARTO
*MES DE MARÍA - Día veinticuatro*
*DESTINADO A HONRAR LA CORONACIÓN DE MARIA EN EL CIELO*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Después del triunfo de Jesús, jamás presenciaron los ángeles triunfo más espléndido que el de María al hacer su entrada en el Paraíso. Los príncipes de la corte celestial le salen al encuentro batiendo palmas triunfales y entonando dulcísimos cantares al compás de sus citaras de oro. Un trono hermosísimo aparejado a la diestra de Jesús, es el lugar destinado para aquella a quién los ángeles proclaman reina y soberana, yen medio del júbilo universal ocupa ese trono que habían visto hasta ese momento vacío. Los más encumbrados serafines ciñen la frente de María con una corona más rica y gloriosa que la de todos los reyes de la tierra. Forman esa corona doce relucientes estrellas, como habla el Apocalipsis, que representan a los apóstoles, de los cuales es proclamada reina, como fue en la tierra su madre, su apoyo y su consuelo. Además de esas estrellas de primera magnitud que hermosean la corona de María, brillan muchas otras que representan a los nueve coros de los ángeles, quienes ven en ella ala mujer bendita que quebrantó la cabeza de la serpiente. Esas estrellas representan a los patriarcas y profetas de la antigua ley, que prepararon la descendencia de esa mujer incomparable y anunciaron su venida; a los doctores de la Iglesia, que se reconocen deudores a María de la luz que por su medio les fue comunicada, y en la cual bebieron la doctrina con que resplandecieron; a los mártires, que aprendieron de María la invencible fortaleza con que desafiaron las iras de los tiranos y dieron contentos su vida por la fe de Jesucristo; a las vírgenes, a quienes enseñó María a abrazarse con la bellísima flor de la virginidad, que era hasta entonces desconocida en el mundo y que hoy perfuma con sus aromas el cielo. Todos los bienaventurados la miran con el más profundo acatamiento, por cuanto fue la madre del Redentor, y a impulsos de su gratitud y de su admiración, le rinden sus coronas, confesando que ella es verdaderamente su reina y la de todo el universo.
La Iglesia militante no cede en entusiasmo a la triunfante en reconocer a María por soberana. Los peregrinos de la tierra la invocan en medio de los contratiempos de la vida con la confianza que inspira su poder, porque nada le podrá ser rehusado después del triunfo que alcanzó en su entrada al Paraíso. ¡Qué gloria y qué dicha para nosotros tener una Reina tan poderosa y tan clemente! ¡Qué inestimable felicidad la nuestra al saber que ella se honra con ejercer su amoroso imperio en los desvalidos para socorrerlos, en los menesterosos para enriquecerlos, en los atribulados para consolarlos, en los pecadores para llamarlos a penitencia, en los justos para sostenerlos en sus combates y en los desgraciados para comunicarles la resignación y el aliento en sus trabajos. ¡Ah! nosotros debiéramos tener a mayor honra ser el último de sus vasallos que empuñar el primer cetro del mundo. En su protección tendremos cuanto podemos necesitar en nuestro destierro; luz, fuerzas, consuelos, esperanza, una prenda segura de salvación. Sirvámosla como fieles y rendidos vasallos; hagamos nuestros los intereses de su gloria; alegrémonos de verla tan colmada de grandezas y extasíense nuestros apasionados corazones en la gloria de que Dios la colma en el cielo. ¡Felices los que la honran y la sirven!
*EJEMPLO*
Magnificencia de María en el cielo
Monasterio de la Visitación de Santa María, Turín.
Había en el monasterio de la Visitación de Turín una religiosa doméstica, que por su santidad era la edificación de sus hermanos en religión. Distinguíase especialmente por una devoción ternísima a la Santísima Virgen. En 1647 Nuestro Señor favoreció a su sierva con una enfermedad que al parecer debía terminar con la muerte. Los médicos declararon que no la entendían, y los remedios que le propinaban, en vez de aliviarla, redoblaban sus padecimientos.
Un día en que sus dolencias llegaron a un extremo de rigor insoportable, se sintió de improviso poseída del espíritu de Dios y en un estado de completa enajenación de sus facultadles y sentidos. Dios quiso premiaría haciéndola gozar por un momento de la visión del cielo y en especial de la gloria de que allí disfruta la Santísima Virgen.
«¿Quién podrá referir, decía la venerable religiosa, los portentos de la hermosura y grandeza incomparables de esta Reina del empíreo? Para dar una idea de tanta grandeza necesitaría la lengua de los ángeles y hablar un idioma que no fuese humano. Esa hermosura y grandeza son tales que jamás se ha dicho en el mundo nada que se aproxime ni de lejos a la realidad. Después de haber visto lo que me ha sido dado ver, no experimento ya la satisfacción que antes sentía al oír publicar las alabanzas de María, pues la expresión humana me parece baja y grosera. Incapaz de declarar convenientemente lo que he visto, sólo diré respecto de la grandeza de María, lo que decía del cielo el Apóstol San Pablo, esto es, que el entendimiento del hombre no puede comprender lo que Dios nos prepara de placer y felicidad con sólo ver a la Santísima Virgen en la plenitud de su gloria. Yo la vi sentada en un trono brillante como el sol, sostenida por millares y millones de ángeles. En rededor de este trono vi un infinito número de santos que le rendían y tributaban mil alabanzas. Esto me hizo pensar que aquellas almas bienaventuradas eran como otras tantas reinas de Saba alabando en la celestial Jerusalén a la Madre del inmortal Salomón.»
«Tan dulces eran sus miradas, tan suaves y deliciosas sus sonrisas, tan llenos de gracia y majestad sus movimientos que habría estado toda una eternidad contemplándola sin cansarme. Su rostro, de hermosura incomparable, despedía una luz tan viva que llegaba hasta mi envolviéndome en sus resplandores. Una corona de relucientes estrellas formaba un cerco en torno de su frente. Me parecía ver que con una respetuosa y amorosa Majestad ella adoraba un objeto que se escondía a mis mira das: era, sin duda, la Divinidad que se ocultaba en medio de una luminosa oscuridad adonde mis ojos no podían llegar. Yo vi que la soberana Reina del cielo, revestida de una gracia arrobadora, pidió a Dios, no sólo, mi salud sino también la prolongación de mi vida, y una dulcísima sonrisa que se dibujó en sus labios purísimos me dio a entender que la Divinidad accedía a su súplica. En efecto, el día de la gloriosa Asunción me encontré completamente curada, y en disposición de dejar la cama y ejercer mis oficios.»
«Esta visión me inspiró un desprecio tan grande por todo lo creado, que desde entonces no he visto ni hallado nada que me cause ni el mas ligero placer: me hallo enteramente insensible para todo lo de este mundo. Esta visión me ha inspirado además, una confianza sin límites en el poder y bondad de esta Madre de amor, pues be podido comprender cuan grande es la eficacia de su intercesión por la pron presentar, de manera que habría podido decirse que en vez de suplicar habla ordenado.»
«Fáltame aún decir, que he comprendido que la incomprensible grandeza de María es debida al abismo de su humildad. Si, la humildad la ha hecho Madre Dios, la humildad la ha elevado sobre todos los ángeles y santos...»
He aquí un pálido reflejo de la gloria de María en el cielo revelada a la tierra por un alma que mereció el insigne favor de contemplarla por un instante. Acreciente esta revelación el amor y la confianza hacia ella en nuestros corazones, para que invocándola en nuestras necesidades, logremos un día la di cha inefable de gozar de su compañía.
*JACULATORIA*
Salud ¡oh Reina del cielo!
Salud ¡oh Madre querida!
Fuente de paz y consuelo,
Sé nuestro amparo en la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh poderosa Reina del cielo y de la tierra, postrados a vuestros pies, venimos en este día, consagrado a recordar las coronas que ciñeron vuestra frente, a unir nuestras voces de júbilo a los himnos que entonaron los ángeles y los bienaventurados el día de vuestra gloriosa coronación!
¡Cuan dulce es para nosotros, que nos complacemos en llamaros nuestra madre, veros levantada a tan excelsa gloria y revestida de tan alto poder! Sabemos, dulce madre, que todo lo podéis en el cielo y que jamás será desgraciado el que merezca vuestra decidida protección; sabemos también que a Vos, como madre, Dada os será tan grato que alargar a vuestros hijos una mano compasiva para auxiliar los y protegerlos. Por eso nos es permitido depositar en Vos nuestra mas dulce confianza; por eso acudimos a Vos con la seguridad de no ser jamás desoídos; por eso experimentamos tan dulce complacencia al invocar vuestro nombre; al llamaros en nuestro socorro. Tierna madre nuestra, nosotros necesitamos en toda horade vuestra maternal solicitud; no nos abandonéis en medio de las borrascas del camino. Vasallos rendidos, os imploramos como a Reina que dispone de un omnímodo poder para emplearlo en provecho de sus fieles súbditos; no permitáis, Señora, que abandonemos alguna vez nuestra gloriosa cualidad de vasallos humildes y rendidos para hacernos esclavos de las pasiones, del mundo y del demonio. Alcanzadnos la gracia de vivir y morir a la sombra de vuestro manto de madre y vuestro cetro de Reina, a fin de haceros un día eterna compañía en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar una tercera parte del Rosario en homenaje a la gloria de María en su coronación en el cielo.
2. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, pidiendo a María el espíritu de sacrificio.
3. Repetir nueve veces el Gloria Patri en honra de la Santísima Trinidad en agradecimiento de los favores otorgados a María.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*DESTINADO A HONRAR LA CORONACIÓN DE MARIA EN EL CIELO*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Después del triunfo de Jesús, jamás presenciaron los ángeles triunfo más espléndido que el de María al hacer su entrada en el Paraíso. Los príncipes de la corte celestial le salen al encuentro batiendo palmas triunfales y entonando dulcísimos cantares al compás de sus citaras de oro. Un trono hermosísimo aparejado a la diestra de Jesús, es el lugar destinado para aquella a quién los ángeles proclaman reina y soberana, yen medio del júbilo universal ocupa ese trono que habían visto hasta ese momento vacío. Los más encumbrados serafines ciñen la frente de María con una corona más rica y gloriosa que la de todos los reyes de la tierra. Forman esa corona doce relucientes estrellas, como habla el Apocalipsis, que representan a los apóstoles, de los cuales es proclamada reina, como fue en la tierra su madre, su apoyo y su consuelo. Además de esas estrellas de primera magnitud que hermosean la corona de María, brillan muchas otras que representan a los nueve coros de los ángeles, quienes ven en ella ala mujer bendita que quebrantó la cabeza de la serpiente. Esas estrellas representan a los patriarcas y profetas de la antigua ley, que prepararon la descendencia de esa mujer incomparable y anunciaron su venida; a los doctores de la Iglesia, que se reconocen deudores a María de la luz que por su medio les fue comunicada, y en la cual bebieron la doctrina con que resplandecieron; a los mártires, que aprendieron de María la invencible fortaleza con que desafiaron las iras de los tiranos y dieron contentos su vida por la fe de Jesucristo; a las vírgenes, a quienes enseñó María a abrazarse con la bellísima flor de la virginidad, que era hasta entonces desconocida en el mundo y que hoy perfuma con sus aromas el cielo. Todos los bienaventurados la miran con el más profundo acatamiento, por cuanto fue la madre del Redentor, y a impulsos de su gratitud y de su admiración, le rinden sus coronas, confesando que ella es verdaderamente su reina y la de todo el universo.
La Iglesia militante no cede en entusiasmo a la triunfante en reconocer a María por soberana. Los peregrinos de la tierra la invocan en medio de los contratiempos de la vida con la confianza que inspira su poder, porque nada le podrá ser rehusado después del triunfo que alcanzó en su entrada al Paraíso. ¡Qué gloria y qué dicha para nosotros tener una Reina tan poderosa y tan clemente! ¡Qué inestimable felicidad la nuestra al saber que ella se honra con ejercer su amoroso imperio en los desvalidos para socorrerlos, en los menesterosos para enriquecerlos, en los atribulados para consolarlos, en los pecadores para llamarlos a penitencia, en los justos para sostenerlos en sus combates y en los desgraciados para comunicarles la resignación y el aliento en sus trabajos. ¡Ah! nosotros debiéramos tener a mayor honra ser el último de sus vasallos que empuñar el primer cetro del mundo. En su protección tendremos cuanto podemos necesitar en nuestro destierro; luz, fuerzas, consuelos, esperanza, una prenda segura de salvación. Sirvámosla como fieles y rendidos vasallos; hagamos nuestros los intereses de su gloria; alegrémonos de verla tan colmada de grandezas y extasíense nuestros apasionados corazones en la gloria de que Dios la colma en el cielo. ¡Felices los que la honran y la sirven!
*EJEMPLO*
Magnificencia de María en el cielo
Monasterio de la Visitación de Santa María, Turín.
Había en el monasterio de la Visitación de Turín una religiosa doméstica, que por su santidad era la edificación de sus hermanos en religión. Distinguíase especialmente por una devoción ternísima a la Santísima Virgen. En 1647 Nuestro Señor favoreció a su sierva con una enfermedad que al parecer debía terminar con la muerte. Los médicos declararon que no la entendían, y los remedios que le propinaban, en vez de aliviarla, redoblaban sus padecimientos.
Un día en que sus dolencias llegaron a un extremo de rigor insoportable, se sintió de improviso poseída del espíritu de Dios y en un estado de completa enajenación de sus facultadles y sentidos. Dios quiso premiaría haciéndola gozar por un momento de la visión del cielo y en especial de la gloria de que allí disfruta la Santísima Virgen.
«¿Quién podrá referir, decía la venerable religiosa, los portentos de la hermosura y grandeza incomparables de esta Reina del empíreo? Para dar una idea de tanta grandeza necesitaría la lengua de los ángeles y hablar un idioma que no fuese humano. Esa hermosura y grandeza son tales que jamás se ha dicho en el mundo nada que se aproxime ni de lejos a la realidad. Después de haber visto lo que me ha sido dado ver, no experimento ya la satisfacción que antes sentía al oír publicar las alabanzas de María, pues la expresión humana me parece baja y grosera. Incapaz de declarar convenientemente lo que he visto, sólo diré respecto de la grandeza de María, lo que decía del cielo el Apóstol San Pablo, esto es, que el entendimiento del hombre no puede comprender lo que Dios nos prepara de placer y felicidad con sólo ver a la Santísima Virgen en la plenitud de su gloria. Yo la vi sentada en un trono brillante como el sol, sostenida por millares y millones de ángeles. En rededor de este trono vi un infinito número de santos que le rendían y tributaban mil alabanzas. Esto me hizo pensar que aquellas almas bienaventuradas eran como otras tantas reinas de Saba alabando en la celestial Jerusalén a la Madre del inmortal Salomón.»
«Tan dulces eran sus miradas, tan suaves y deliciosas sus sonrisas, tan llenos de gracia y majestad sus movimientos que habría estado toda una eternidad contemplándola sin cansarme. Su rostro, de hermosura incomparable, despedía una luz tan viva que llegaba hasta mi envolviéndome en sus resplandores. Una corona de relucientes estrellas formaba un cerco en torno de su frente. Me parecía ver que con una respetuosa y amorosa Majestad ella adoraba un objeto que se escondía a mis mira das: era, sin duda, la Divinidad que se ocultaba en medio de una luminosa oscuridad adonde mis ojos no podían llegar. Yo vi que la soberana Reina del cielo, revestida de una gracia arrobadora, pidió a Dios, no sólo, mi salud sino también la prolongación de mi vida, y una dulcísima sonrisa que se dibujó en sus labios purísimos me dio a entender que la Divinidad accedía a su súplica. En efecto, el día de la gloriosa Asunción me encontré completamente curada, y en disposición de dejar la cama y ejercer mis oficios.»
«Esta visión me inspiró un desprecio tan grande por todo lo creado, que desde entonces no he visto ni hallado nada que me cause ni el mas ligero placer: me hallo enteramente insensible para todo lo de este mundo. Esta visión me ha inspirado además, una confianza sin límites en el poder y bondad de esta Madre de amor, pues be podido comprender cuan grande es la eficacia de su intercesión por la pron presentar, de manera que habría podido decirse que en vez de suplicar habla ordenado.»
«Fáltame aún decir, que he comprendido que la incomprensible grandeza de María es debida al abismo de su humildad. Si, la humildad la ha hecho Madre Dios, la humildad la ha elevado sobre todos los ángeles y santos...»
He aquí un pálido reflejo de la gloria de María en el cielo revelada a la tierra por un alma que mereció el insigne favor de contemplarla por un instante. Acreciente esta revelación el amor y la confianza hacia ella en nuestros corazones, para que invocándola en nuestras necesidades, logremos un día la di cha inefable de gozar de su compañía.
*JACULATORIA*
Salud ¡oh Reina del cielo!
Salud ¡oh Madre querida!
Fuente de paz y consuelo,
Sé nuestro amparo en la vida.
*ORACIÓN*
¡Oh poderosa Reina del cielo y de la tierra, postrados a vuestros pies, venimos en este día, consagrado a recordar las coronas que ciñeron vuestra frente, a unir nuestras voces de júbilo a los himnos que entonaron los ángeles y los bienaventurados el día de vuestra gloriosa coronación!
¡Cuan dulce es para nosotros, que nos complacemos en llamaros nuestra madre, veros levantada a tan excelsa gloria y revestida de tan alto poder! Sabemos, dulce madre, que todo lo podéis en el cielo y que jamás será desgraciado el que merezca vuestra decidida protección; sabemos también que a Vos, como madre, Dada os será tan grato que alargar a vuestros hijos una mano compasiva para auxiliar los y protegerlos. Por eso nos es permitido depositar en Vos nuestra mas dulce confianza; por eso acudimos a Vos con la seguridad de no ser jamás desoídos; por eso experimentamos tan dulce complacencia al invocar vuestro nombre; al llamaros en nuestro socorro. Tierna madre nuestra, nosotros necesitamos en toda horade vuestra maternal solicitud; no nos abandonéis en medio de las borrascas del camino. Vasallos rendidos, os imploramos como a Reina que dispone de un omnímodo poder para emplearlo en provecho de sus fieles súbditos; no permitáis, Señora, que abandonemos alguna vez nuestra gloriosa cualidad de vasallos humildes y rendidos para hacernos esclavos de las pasiones, del mundo y del demonio. Alcanzadnos la gracia de vivir y morir a la sombra de vuestro manto de madre y vuestro cetro de Reina, a fin de haceros un día eterna compañía en el cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Rezar una tercera parte del Rosario en homenaje a la gloria de María en su coronación en el cielo.
2. Hacer tres actos de vencimiento de la propia voluntad, pidiendo a María el espíritu de sacrificio.
3. Repetir nueve veces el Gloria Patri en honra de la Santísima Trinidad en agradecimiento de los favores otorgados a María.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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domingo, 29 de noviembre de 2020
MES DE MARÍA: DÍA VIGÉSIMOTERCERO
*MES DE MARÍA - Dia veintitres*
*CONSAGRADO A HONRAR LA ASUNCIÓN DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Los apóstoles, tristes y abatidos, preparaban el entierro de la Madre de Dios. Los bálsamos más preciosos y las telas más finas fueron traídos con inmensa profusión para honrar los restos queridos, que, depositados en un lecho portátil, condujeron los apóstoles en sus propios hombros. En el fondo del Getsemaní las piadosas mujeres habían preparado una cuna de flores, que tal parecía la fosa cineraria. Una piedra empapada en lágrimas de los fieles cubrió el santo cuerpo. Allí velaron durante tres días alternando con los Ángeles cantares dulcísimos que parecían arrullar el sueño de María.
Tomas, el que había puesto su mano en las llagas de Jesús resucitado, no habiendo estado presente a los últimos instantes de la divina Madre, no pudo resignarse a no ver sus restos helados para tener la satisfacción de dejar en ellos el tributo de sus lágrimas. Fue preciso ceder a sus instancias; todos los apóstoles y discípulos se congregaron para levantar la losa del sepulcro y cual no fue su sorpresa al ver que el sagrado cuerpo había desaparecido del sarcófago, no quedando en su lugar sino las flores, frescas y lozanas todavía, que le habían servido de lecho, mas el sudario de finísimo lino que despedía perfume celestial.
Los ángeles lo habían arrebatado al sepulcro y lo habían conducido en sus alas a la mansión del gozo eterno. Porque el cuerpo en cuya formación había intervenido el cielo y había sido el tabernáculo de la divinidad no podía ser pasto de gusanos.
Era necesario escribir sobre su tumba las mismas palabras que los ángeles pronunciaron sobre el sepulcro de Jesús: «Ha resucitado, no esta aquí.» Ved el lecho en que lo habéis colocado, vedlo vacío, porque su cuerpo no esta ya en la tierra, sino en el cielo, en un trono de inmensa gloria.
Sí; María, exenta de las miserias de la naturaleza decaída, no podía pagar a la muerte sino un corto tributo. Por eso, alzándose majestuosa en cuerpo y alma sobre las plumas de los vientos, fue a tocar a las puertas del empíreo, donde su santísimo Hijo le tenía aparejado un trono de gloria sólo inferior al suyo y donde debía ser coronada por el Eterno Padre como Reina de los ángeles y de los hombres.
Los ángeles al verla llegar con tan brillante cortejo, exclamarían asombrados: «¿Quién es ésta que avanza como la aurora, que es más bella que la luna, elegida entre millares como el sol y fuerte como un ejército ordenado en Vd. talla?»-Y los serafines responderían: «Es la Virgen María que sube al tálamo celeste7 en el cual el Rey de los reyes se sienta en solio de estrellas.» Y la humilde doncella de Nazaret exclamaría: «Mi alma glorifica al Señor, por que se ha dignado mirar la humildad de su sierva, y he aquí que todas las generaciones me llamaran bienaventurada.»
El triunfo de María en su gloriosa Asunción abre nuestro corazón a la más dulce esperanza. Ese triunfo nos enseña que las dolorosas pruebas de la vida son breves y que los sacrificios que hacemos por Dios o que soportamos con santa resignación, serán resarcidos en el cielo por una gloria que la lengua humana no puede explicar. «Las lágrimas, esa sangre del alma, triste privilegio del hombre, tributo fatal de una maldición hereditaria, expresión común de todos los sufrimientos y que forman el principal lo te de la virtud,» serán enjugadas en el cielo por la mano de Dios mismo para tornarías en otros tantos motivos de felicidad y de consuelo. Esa mano que sostiene el mundo y que pesa con terrible pesadumbre sobre el infierno, se cambiara entonces en mano llena de misericordia y de bondad. No habrá una sola lágrima, por oculta y silenciosa que haya sido, que no sea recogida por Dios y recompensada en el cielo.
He aquí lo que esta reservado a las almas que siguen las huellas de María estampadas en el camino real de la cruz. ¿Quién no querrá derramarlas en abundancia si tan grandes son los premios que le están reservados? -«Por largo que sea el camino, marchad, viajeros de la vida, porque, en verdad os digo, las visiones de la patria valen de sobra las penas que os impone la trabajosa jornada del tiempo.»
*EJEMPLO*
María, Reina del Santísimo Rosario
No hay tal vez devoción más grata a los maternales ojos de María que la del Santísimo Rosario, práctica que ella misma se dignó inspirar a Santo Domingo de Guzmán, y con la cual convirtió innumerables herejes y obstinados pecadores. El que practica esta santa devoción puede tener la seguridad de merecer una protección especial de la Madre de Dios. Entre mil casos que pudiéramos citar, prueba esta consoladora verdad el hecho siguiente.
El célebre artista Gluk, tan fervoroso cristiano como hábil músico, dio los primeros pasos en la senda del arte cantando, cuando niño, bajo las suntuosas bóvedas de una basílica católica. Dios lo había dotado de una voz tan maravillosa que era inmenso el numero de fieles que concurría al templo, cuando se anunciaba que él cantaría algún cántico sagrado.
Nada hay que contribuya más poderosamente a desenvolver el sentimiento religioso en las almas bien dispuestas que la practica del arte musical en el santuario. Por eso el joven artista sentía que su fe y piedad se acrecentaban a medida que, haciendo el oficio de los ángeles en el cielo, cantaba las alabanzas del Señor en el templo católico.
Salía un día del coro, después de haber cantado admirablemente una plegaria a María, cuando se acercó un religioso con los ojos húmedos en lágrimas para felicitarlo por su talento artístico. --«Quisiera tener, le dijo, algo digno de tu mérito para expresarte la complacencia que siento al ver que empleas tus admirables talentos en honrar al soberano Señor que te los ha dado. Pero soy pobre, lo único que puedo ofrecerte es este rosario, que pongo en tus manos con la súplica de que lo reces todas las tardes en honra y gloria de la Madre de Dios: si así lo hicieres, te pronostico que el cielo bendecirá tus esfuerzos y llegaras a ser grande entre los hombres.»
Sorprendido y a la vez complacido de lo que acababa de oír, Gluk tomó respetuosamente el rosario que le ofrecía aquella mano escuálida por las austeridades, prometiendo rezar el rosario todos los días de su vida.
No tardó la Santísima Virgen en premiar el obsequio del joven artista. Sus padres, comprendiendo las felices disposiciones de su hijo, resolvieron enviarlo a Roma para que se perfeccionase en el arte. Pero eran pobres, carecían de los recursos necesarios para educar al niño y costear su permanencia en país extranjero. Una tarde en que Gluk acababa de terminar su rosario, llamaron reciamente a la puerta de su humilde morada. Era el Maestro de Capilla de la Catedral de Viena que en cargado de ir a Italia para formar la colección de las obras de Palestrina, llegaba por encargo del Arzobispo a proponer a los padres de Gluk el cargo de secretario para su hijo.
Sus deseos estaban cumplidos: Gluk iría a Roma sin sacrificio alguno y bajo el patrocinio de un sabio profesor. Gluk dejaba a los quince años la casa paterna para ocupar un puesto que envidiarían muchos hombres después de una larga carrera. Su fama llegó hasta los palacios de los reyes, quienes lo colmaron de honores. Fue el favorito de dos reinas, Maria Teresa y Maria Antonieta de Austria, y el preferido de la corte de Versalles.
Pero, en medio de los honores, de la gloria y de las riquezas, no olvidó ni un solo día la promesa que había hecho al monje al salir del templo de su pueblo. Interrumpía los banquetes y los saraos de las cortes para rezar el rosario con el fervor de los primeros días. Durante los años de su larga y brillante carrera resistió con admirable entereza a las seducciones del mundo y a la voz insidiosa de las pasiones. Cruzó por entre las perversiones de la sociedad de su época sin contaminarse, como la paloma vuela por encima de los pantanos sin manchar sus blancas alas.
*JACULATORIA*
Ruega por mí, ¡oh Madre mía!
para que sufra contigo
y contigo goce un día.
*ORACIÓN*
¡Qué grato es para nosotros! ¡Oh Madre bienaventurada! ¡verte en el cielo al lado de tu divino Hijo en un océano de inefables delicias después de la furiosa tormenta que se descargó sobre Ti! Hijos de vuestros dolores, queremos manifestarte hoy con nuestros himnos de júbilo que compartimos también contigo la alegría de que disfrutas en la mansión del perenne gozo. Jamás un hijo puede ser indiferente así a las lágrimas como a la felicidad de su adorada madre; por eso nosotros, que hemos llorado contigo al pie de la cruz, nos gozamos también contigo de la gloria de que gozas al pie del árbol de la vida. Peregrinos en este valle de lágrimas, tenemos también mucho que padecer. Permítenos, dulce Madre, descansar en tu regazo en las horas de la tribulación para no desfallecer en la prueba y perder el mérito del padecimiento. ¡Oh María, ten piedad de los que llevamos a cuestas la cruz del sacrificio; pero que no se haga, no, nuestra voluntad, sino la de Dios! Queremos seguir en tu compañía a Jesús hasta la muerte, para poder decir con él y como él: «Todo esta consumado, ya no hay más que sufrir, vengan ahora las eternas coronas y las palmas inmarcesibles.» Hasta que ese momento llegue, dígnate sostenernos en nuestra debilidad; permítenos tomar algún reposo en tus brazos, y en me dio de la tribulación, habla a nuestro corazón palabras de aliento y esperanza, a fin de que, cesando un día para siempre nuestras lágrimas, den lugar a los eternos gozos del cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer una visita a la Santísima Virgen en alguno de sus Santuarios para felicitarla por la gloria de que disfruta en el cielo.
2. Rezar devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.
3. Dar una limosna para contribuir a los gastos que demanda la celebración del Mes de María en los templos en que se practican estos santos ejercicios.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
*CONSAGRADO A HONRAR LA ASUNCIÓN DE MARÍA*
*Oración para todos los días del Mes*
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.
*CONSIDERACIÓN*
Los apóstoles, tristes y abatidos, preparaban el entierro de la Madre de Dios. Los bálsamos más preciosos y las telas más finas fueron traídos con inmensa profusión para honrar los restos queridos, que, depositados en un lecho portátil, condujeron los apóstoles en sus propios hombros. En el fondo del Getsemaní las piadosas mujeres habían preparado una cuna de flores, que tal parecía la fosa cineraria. Una piedra empapada en lágrimas de los fieles cubrió el santo cuerpo. Allí velaron durante tres días alternando con los Ángeles cantares dulcísimos que parecían arrullar el sueño de María.
Tomas, el que había puesto su mano en las llagas de Jesús resucitado, no habiendo estado presente a los últimos instantes de la divina Madre, no pudo resignarse a no ver sus restos helados para tener la satisfacción de dejar en ellos el tributo de sus lágrimas. Fue preciso ceder a sus instancias; todos los apóstoles y discípulos se congregaron para levantar la losa del sepulcro y cual no fue su sorpresa al ver que el sagrado cuerpo había desaparecido del sarcófago, no quedando en su lugar sino las flores, frescas y lozanas todavía, que le habían servido de lecho, mas el sudario de finísimo lino que despedía perfume celestial.
Los ángeles lo habían arrebatado al sepulcro y lo habían conducido en sus alas a la mansión del gozo eterno. Porque el cuerpo en cuya formación había intervenido el cielo y había sido el tabernáculo de la divinidad no podía ser pasto de gusanos.
Era necesario escribir sobre su tumba las mismas palabras que los ángeles pronunciaron sobre el sepulcro de Jesús: «Ha resucitado, no esta aquí.» Ved el lecho en que lo habéis colocado, vedlo vacío, porque su cuerpo no esta ya en la tierra, sino en el cielo, en un trono de inmensa gloria.
Sí; María, exenta de las miserias de la naturaleza decaída, no podía pagar a la muerte sino un corto tributo. Por eso, alzándose majestuosa en cuerpo y alma sobre las plumas de los vientos, fue a tocar a las puertas del empíreo, donde su santísimo Hijo le tenía aparejado un trono de gloria sólo inferior al suyo y donde debía ser coronada por el Eterno Padre como Reina de los ángeles y de los hombres.
Los ángeles al verla llegar con tan brillante cortejo, exclamarían asombrados: «¿Quién es ésta que avanza como la aurora, que es más bella que la luna, elegida entre millares como el sol y fuerte como un ejército ordenado en Vd. talla?»-Y los serafines responderían: «Es la Virgen María que sube al tálamo celeste7 en el cual el Rey de los reyes se sienta en solio de estrellas.» Y la humilde doncella de Nazaret exclamaría: «Mi alma glorifica al Señor, por que se ha dignado mirar la humildad de su sierva, y he aquí que todas las generaciones me llamaran bienaventurada.»
El triunfo de María en su gloriosa Asunción abre nuestro corazón a la más dulce esperanza. Ese triunfo nos enseña que las dolorosas pruebas de la vida son breves y que los sacrificios que hacemos por Dios o que soportamos con santa resignación, serán resarcidos en el cielo por una gloria que la lengua humana no puede explicar. «Las lágrimas, esa sangre del alma, triste privilegio del hombre, tributo fatal de una maldición hereditaria, expresión común de todos los sufrimientos y que forman el principal lo te de la virtud,» serán enjugadas en el cielo por la mano de Dios mismo para tornarías en otros tantos motivos de felicidad y de consuelo. Esa mano que sostiene el mundo y que pesa con terrible pesadumbre sobre el infierno, se cambiara entonces en mano llena de misericordia y de bondad. No habrá una sola lágrima, por oculta y silenciosa que haya sido, que no sea recogida por Dios y recompensada en el cielo.
He aquí lo que esta reservado a las almas que siguen las huellas de María estampadas en el camino real de la cruz. ¿Quién no querrá derramarlas en abundancia si tan grandes son los premios que le están reservados? -«Por largo que sea el camino, marchad, viajeros de la vida, porque, en verdad os digo, las visiones de la patria valen de sobra las penas que os impone la trabajosa jornada del tiempo.»
*EJEMPLO*
María, Reina del Santísimo Rosario
No hay tal vez devoción más grata a los maternales ojos de María que la del Santísimo Rosario, práctica que ella misma se dignó inspirar a Santo Domingo de Guzmán, y con la cual convirtió innumerables herejes y obstinados pecadores. El que practica esta santa devoción puede tener la seguridad de merecer una protección especial de la Madre de Dios. Entre mil casos que pudiéramos citar, prueba esta consoladora verdad el hecho siguiente.
El célebre artista Gluk, tan fervoroso cristiano como hábil músico, dio los primeros pasos en la senda del arte cantando, cuando niño, bajo las suntuosas bóvedas de una basílica católica. Dios lo había dotado de una voz tan maravillosa que era inmenso el numero de fieles que concurría al templo, cuando se anunciaba que él cantaría algún cántico sagrado.
Nada hay que contribuya más poderosamente a desenvolver el sentimiento religioso en las almas bien dispuestas que la practica del arte musical en el santuario. Por eso el joven artista sentía que su fe y piedad se acrecentaban a medida que, haciendo el oficio de los ángeles en el cielo, cantaba las alabanzas del Señor en el templo católico.
Salía un día del coro, después de haber cantado admirablemente una plegaria a María, cuando se acercó un religioso con los ojos húmedos en lágrimas para felicitarlo por su talento artístico. --«Quisiera tener, le dijo, algo digno de tu mérito para expresarte la complacencia que siento al ver que empleas tus admirables talentos en honrar al soberano Señor que te los ha dado. Pero soy pobre, lo único que puedo ofrecerte es este rosario, que pongo en tus manos con la súplica de que lo reces todas las tardes en honra y gloria de la Madre de Dios: si así lo hicieres, te pronostico que el cielo bendecirá tus esfuerzos y llegaras a ser grande entre los hombres.»
Sorprendido y a la vez complacido de lo que acababa de oír, Gluk tomó respetuosamente el rosario que le ofrecía aquella mano escuálida por las austeridades, prometiendo rezar el rosario todos los días de su vida.
No tardó la Santísima Virgen en premiar el obsequio del joven artista. Sus padres, comprendiendo las felices disposiciones de su hijo, resolvieron enviarlo a Roma para que se perfeccionase en el arte. Pero eran pobres, carecían de los recursos necesarios para educar al niño y costear su permanencia en país extranjero. Una tarde en que Gluk acababa de terminar su rosario, llamaron reciamente a la puerta de su humilde morada. Era el Maestro de Capilla de la Catedral de Viena que en cargado de ir a Italia para formar la colección de las obras de Palestrina, llegaba por encargo del Arzobispo a proponer a los padres de Gluk el cargo de secretario para su hijo.
Sus deseos estaban cumplidos: Gluk iría a Roma sin sacrificio alguno y bajo el patrocinio de un sabio profesor. Gluk dejaba a los quince años la casa paterna para ocupar un puesto que envidiarían muchos hombres después de una larga carrera. Su fama llegó hasta los palacios de los reyes, quienes lo colmaron de honores. Fue el favorito de dos reinas, Maria Teresa y Maria Antonieta de Austria, y el preferido de la corte de Versalles.
Pero, en medio de los honores, de la gloria y de las riquezas, no olvidó ni un solo día la promesa que había hecho al monje al salir del templo de su pueblo. Interrumpía los banquetes y los saraos de las cortes para rezar el rosario con el fervor de los primeros días. Durante los años de su larga y brillante carrera resistió con admirable entereza a las seducciones del mundo y a la voz insidiosa de las pasiones. Cruzó por entre las perversiones de la sociedad de su época sin contaminarse, como la paloma vuela por encima de los pantanos sin manchar sus blancas alas.
*JACULATORIA*
Ruega por mí, ¡oh Madre mía!
para que sufra contigo
y contigo goce un día.
*ORACIÓN*
¡Qué grato es para nosotros! ¡Oh Madre bienaventurada! ¡verte en el cielo al lado de tu divino Hijo en un océano de inefables delicias después de la furiosa tormenta que se descargó sobre Ti! Hijos de vuestros dolores, queremos manifestarte hoy con nuestros himnos de júbilo que compartimos también contigo la alegría de que disfrutas en la mansión del perenne gozo. Jamás un hijo puede ser indiferente así a las lágrimas como a la felicidad de su adorada madre; por eso nosotros, que hemos llorado contigo al pie de la cruz, nos gozamos también contigo de la gloria de que gozas al pie del árbol de la vida. Peregrinos en este valle de lágrimas, tenemos también mucho que padecer. Permítenos, dulce Madre, descansar en tu regazo en las horas de la tribulación para no desfallecer en la prueba y perder el mérito del padecimiento. ¡Oh María, ten piedad de los que llevamos a cuestas la cruz del sacrificio; pero que no se haga, no, nuestra voluntad, sino la de Dios! Queremos seguir en tu compañía a Jesús hasta la muerte, para poder decir con él y como él: «Todo esta consumado, ya no hay más que sufrir, vengan ahora las eternas coronas y las palmas inmarcesibles.» Hasta que ese momento llegue, dígnate sostenernos en nuestra debilidad; permítenos tomar algún reposo en tus brazos, y en me dio de la tribulación, habla a nuestro corazón palabras de aliento y esperanza, a fin de que, cesando un día para siempre nuestras lágrimas, den lugar a los eternos gozos del cielo. Amén.
*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*
1. Hacer una visita a la Santísima Virgen en alguno de sus Santuarios para felicitarla por la gloria de que disfruta en el cielo.
2. Rezar devotamente el Acordaos por la conversión de los pecadores.
3. Dar una limosna para contribuir a los gastos que demanda la celebración del Mes de María en los templos en que se practican estos santos ejercicios.
*Oración final para todos los días*
¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.
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