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martes, 16 de abril de 2024

SAN BENITO JOSÉ LABRE, PEREGRINO

«Si alguno de vosotros se tiene por sabio según el mundo, hágase necio (a los ojos del mundo) a fin de ser sabio (a los ojos de Dios)» (1.ª Corintios III, 18).
   

Benito nació el 26 de marzo de 1748 en Amettes, una aldea de Arras, al norte de Francia. Siendo el mayor de los quince hijos de Juan Bautista Labre y su esposa Ana Grandsire, es recibido a la edad de doce años en la casa de su tío paterno Francisco José Labre, cura de Érin, quien le da educación con vistas a que entrara en el seminario. Pero renuncia al sacerdocio teniendo miedo de perder su alma salvando la de los demás.

Después de haber sido rechazado en la Orden de la Trapa, intentó ingresar en la Cartuja de Valle de Santa Aldegonda de Longuenesse donde es rechazado por la edad, y luego en la Cartuja de Nuestra Señora de los Prados de Neuville-sous-Montreuil, siendo rechazado después de unos meses el 6 de octubre de 1767. de nuevo rechazado en la Trapa, toma el hábito religioso en la abadía de Siete Fuentes en 1769 bajo el nombre de Urbano. Sin embargo, tuvo que irse de la abadía cuando enfermó, producto de las austeridades que practicaba.
   
Benito pasó la mayor parte de su vida haciendo peregrinaciones. Iba casi siempre con los pies descalzos tanto en invierno como en verano, vestido con harapos, y sin provisiones para el día siguiente. Vivía de limosnas, pero no mendigaba, nunca conservaba sino lo estrictamente necesario, y partía con los pobres lo que se le daba por caridad. Pasó sus últimos años en Roma, orando días enteros en las iglesias; por la noche retirábase a las ruinas del Coliseo para descansar algunas horas. Cayó desvanecido en las escalinatas de Nuestra Señora de los Montes y fue transportado a una casa vecina donde pronto se durmió en el sueño de los justos, el 16 de abril de 1783, a la edad de 35 años.   

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE LOS BIENAVENTURADOS
I. La sabiduría del mundo consiste en amontonar riquezas; ¡por eso trata de locura a la pobreza evangélica! ¡Oh bella y gloriosa locura que nos asemeja a Jesucristo, Hijo de Dios, Sabiduría encarnada! San Benito José Labre profesó esplendorosamente esta locura; con ardor abrazó esta pobreza. Sabía que las riquezas cautivan el corazón, y a su corazón lo quería libre para Jesucristo, su único Señor. ¡Ay!, ¡que no tengamos nosotros el valor de imitarlo! Aprendamos por lo menos a honrar la pobreza, y a asociarnos a los méritos de los pobres; de Jesucristo aliviando su miseria.
   
II. Los prudentes del siglo van sin cesar tras el placer: Benito toma el camino trazado por Jesucristo, su Maestro y su Modelo. Debiendo elegir entre el gozo y la cruz, elige la cruz, porque sabe que es menester pasar por mil tribulaciones para llegar al cielo. El mundano consiente, para gozar de algunos placeres efímeros, en ser objeto de suplicios sin fin; el cristiano soporta penas pasajeras para merecer un gozo eterno. Dime cuál es el sabio y cuál el loco, y conforma tu conducta a tu respuesta. «¡Qué! ¿no podremos vivir sin placer, nosotros que debemos morir con placer?» (Tertuliano).
   
III. El mundo busca, afanosamente, reputación y gloria; nuestro santo, abatimiento y oprobios. Saborea en las ignominias un gusto que hace que las busque con avidez. Se lo carga de injurias, se lo persigue a pedradas, dice a uno que quiere defenderle: «Déjalos; si supieses tú quien soy te unirías a ellos». ¡Cuán diferente a la suya es nuestra conducta!, y sin embargo, ¿no tenemos nosotros, por ventura, que ganar el mismo cielo? «Si deseas gloria, desea la verdadera y durable».
   
El respeto a los pobres. Orad por los indigentes.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que habéis querido que San Benito José se adhiriese únicamente a Vos por el amor a los desprecios y a la pobreza, concedednos, en vista de sus méritos, la gracia de despreciar las cosas de la tierra y buscar los bienes del cielo. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 20 de octubre de 2021

PROFECÍA DE SAN BENITO JOSÉ LABRE

«Benito –cuenta el P. Giuseppe Loreto Marconi, su confesor– me ha hablado también de otras visiones que él tenía, mas siempre para acusarse como tentaciones. Así, él me ha expuesto que veía en fuego ya un lugar, ya otro, de aquellos donde había pasado en sus viajes por Francia… mas los hechos han bien probado que en lugar de tentaciones eran ilustraciones divinas representando en su espíritu el porvenir, bajo la forma de incendios que consumían ora un lugar, ora otro…

Estas predicciones eran relativas a las desgracias que amenazaban a Francia, y anunciaban para consuelo que habría muchos milagros en el mundo y que estos milagros serían seguidos de conversiones.
   
En resumen, estaba usando términos en los que luego entendí que estaba anticipando los horribles trastornos que lamentamos en este momento.
    
Yo debo acrecentar que más de una vez él me expone que me veía a mí y al Santísimo Sacramento, como cubierto de inmundicias, y diciéndolo, las lágrimas le corrían de los ojos. Él me repite aún estas palabras en su última confesión, y él terminaba siempre diciendo que “la sola penitencia” podía desarmar la cólera de Dios…
   
Me parece que yo no me alejaría mucho de la verdad si el “tú” que usaba entonces el santo dirigiéndose a mi, se tomaba no como personal, mas como calificativo, de suerte que él hubiera querido hablar, no de mi persona en particular, mas en general de los sacerdotes que él veía cubiertos de inmundicias, para significar lo que sucedería en Francia en el orden sacerdotal, sea en lo físico, sea en lo moral.

Porque sabemos muy bien que entre los ministros sagrados algunos se han desviado del camino correcto, y que muchos otros que han sido firmes y fieles son maltratados, insultados y ejecutados».
   
Eleonora Mazza, abadesa de Monte Lupone, cuenta en carta al P. Marconi, después de la muerte de San Benito, que él hizo saber a las religiosas del monasterio de Santa Clara en Verona «que la Iglesia estaba amenazada de males más grandes aún que aquellos que la afligían y que él no los vería» (Padre JEAN MARIE CURICQUE, Signes et Apparitions Prophétiques, Tomo 2. París, imprenta de Víctor Palme, 1872 En MICHEL SERVANT, Veillez et priez car l’Heure est proche, págs. 251-252).

lunes, 1 de julio de 2019

ORACIÓN DE SAN BENITO JOSÉ LABRE PARA OBTENER UNA GRACIA Y LA MISERICORDIA DE DIOS EN TODA NECESIDAD, PLAGA Y PROBLEMA

Tomado de la Raccolta de Oraciones y Pías prácticas indulgenciadas.

 
El Sumo Pontífice Pío IX, con un Rescripto del Eminentísimo Cardenal Vicario del 5 de Agosto de 1854, conservado en el Archivo de la Ven. Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre en Roma, concedió 100 días de indulgencia cada vez que, con corazón contrito y devoción, se diga la oracióne tan eficazmente insinuada por San Benito José Labre (1748-1783):

Jesus Christus, Rex glóriæ, venit in pace (Jesucristo, Rey de gloria, vino en paz).
Deus homo factus est (Dios se hizo hombre):
Et Verbum caro factum est (Y el Verbo se hizo carne):
Christus de María Vírgine natus est (Cristo nació de la Virgen María);
Christus per médium illórum ibat in pace (Cristo iba en medio de ellos en paz);
Christus crucífixus est (Cristo fue crucificado);
Christus mórtuus est (Cristo fue muerto);
Christus sepúltuus est (Cristo fue sepultado);
Christus resurréxit (Cristo resucitó);
Christus ascéndit in Cœlum (Cristo subió al Cielo);
Christus vincit (Cristo vence);
Christus regnat (Cristo reina);
Christus ímperat (Cristo impera);
Christus ab omni malo nos deféndat (Cristo nos defienda de todo mal);
Jesus nobíscum est (Jesús está con nosotros).
Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Padre Eterno, por la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia: márcanos con la Sangre del Cordero Inmaculado Cristo Jesús, como señalaste al pueblo de Israel para librarle de la muerte. Y Tú, Madre de Misericordia María Santísima, ruega a Dios por nosotros: aplácale y alcánzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Padre Eterno: por la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia: sálvanos del naufragio del mundo, como salvaste a Noé del Diluvio Universal y Tú, Arca de Salud, María Santísima, ruega a Dios por nosotros, aplácale y alcanzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
 
Padre Eterno, por la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia: líbranos de los azotes que merecemos, como libraste a Lot del incendio de Sodoma. Y Tú, Abogada Nuestra, ruega a Dios por nosotros, aplácale y alcánzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Padre Eterno, por la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia: consuélanos en las presentes necesidades y tribulaciones, como consolaste a Job, Ana y Tobías en sus aflicciones. Y Tú, Consoladora de los afligidos, María Santísima, ruega a Dios por nosotros, aplácale, y alcánzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Padre Eterno, por la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Misericordia: Tú, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva: danos por Tu Misericordia espacio de penitencia para que, reconocidos y arrepentidos de nuestros pecados, causa de todo mal, vivamos en la Santa Fe, Esperanza, Caridad y Paz de Nuestro Redentor. Y Tú, Refugio de los pecadores, María Santísima, ruega a Dios por nosotros, aplácale, y alcánzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
 
¡Oh Sangre Preciosa de Jesús nuestro amor! Clama a Tu Divino Padre: Misericordia, Perdón, Gracia y Paz para nosotros, para N. (Nombrar la persona –viva o difunta–, ciudad o el país por la cual se quiera orar), y el mundo entero.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
   
¡Oh María, Madre y Esperanza Nuestra! Ruega por nosotros, por N. (Nombrar la persona –viva o difunta–, ciudad o el país por la cual se quiera orar) y por todos, y alcánzanos la gracia que pedimos.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
 
ORACIÓN FINAL
Padre Eterno, yo Te ofrezco la Sangre de Jesucristo en descuento de mis pecados, por las necesidades de la Santa Iglesia y por la conversión de los pecadores.
  
Inmaculada María, Madre de Dios, ruega a Jesús por nosotros. ¡Jesús y María, Misericordia!
 
San Miguel Arcángel, San José, San Pedro y San Pablo, Protectores de todos los Fieles de la Iglesia de Dios, y Vosotros todos, Ángeles, Santos y Mártires del Paraíso, rogad por nosotros, por N. (Nombrar la persona –viva o difunta–, ciudad o el país por la cual se quiera orar) y por todos, y alcanzadnos Gracia y Misericordia. Así sea.