lunes, 30 de septiembre de 2019

EL «Domingo de la Palabra de Dios», NUEVA FIESTA BERGOGLIANA

Noticia tomada de INFOCATÓLICA.
  
EL PAPA INSTITUYE EL «Domingo de la Palabra de Dios» POR EL MOTU PROPIO “Apéruit Illis”. SE CELEBRARÁ EL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
El Papa Francisco ha instituido el «domingo de la Palabra de Dios», a través de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, titulada “Aperuit Illis”, estableciendo que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Sagrada Escritura.
   
(InfoCatólica) En su carta, el Pontífice asegura que «la relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad».
  
El Papa recuerda que ya sugirió la idea de instituir un domingo del año para el fin decretado con la actual carta apostólica:
«Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericordia et misera, 7). Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable».
Igualmente recuerda que «el Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum» y, por tanto, «es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe».
   
En el punto 3 de la carta apostólica decreta:
«Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad.
Tras recordar el pasaje bíblico que describe a todo el pueblo de Israel escuchando la palabra de Dios tras regresar del exilio babilónico, afirma:
«La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo».
PAPEL DE LOS PASTORES
El Pontífice recuerda que «los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad».
  
Y añade:
«La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangélii gáudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar».
El Papa advierte que «es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas». Y respecto a los catequistas, dice:
«Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios».
LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO NO SON UN MITO
El Santo Padre declara que «puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos».
  
BIBLIA Y FE
Igualmente explica que «es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal».
  
BIBLIA Y EUCARISTÍA
Tras recordar «el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía», el Pontífice constata que «la Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora».
  
LA BIBLIA ES MÁS QUE MERA HISTORIA
El Papa afirma que «la Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación».
  
UN TEXTO NUNCA ANTIGUO
Francisco indica que «cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira».
  
MARÍA, PRIMERA EN CREER
Por último, el Pontífice explica que «en el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho». Y añade:
«Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: «Feliz el vientre que te llevó»; y Él: «Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios». Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3)».

COMENTARIO: A fin de entender un poco sobre el particular, nos hemos tomado el marrón de leer en su totalidad el Motu Próprio “Apéruit Illis”, el cual dice así:
CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO DEL SANTO PADRE FRANCISCO “Apéruit Illis”, CON LA QUE SE INSTITUYE EL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
   
1. «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).
  
La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad. Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (In Is., Prólogo: PL 24,17).
  
2. Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericórdia et mísera, 7). Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. En este sentido, me vienen a la memoria las enseñanzas de san Efrén: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).
  
Por tanto, con esta Carta tengo la intención de responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios. Ahora se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia.
  
El Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum. En aquellas páginas, que siempre merecen ser meditadas y vividas, emerge claramente la naturaleza de la Sagrada Escritura, su transmisión de generación en generación (cap. II), su inspiración divina (cap. III) que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento (capítulos IV y V) y su importancia para la vida de la Iglesia (cap. VI). Para aumentar esa enseñanza, Benedicto XVI convocó en el año 2008 una Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema «La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia», publicando a continuación la Exhortación apostólica Verbum Dómini, que constituye una enseñanza fundamental para nuestras comunidades [1]. En este Documento en particular se profundiza el carácter performativo de la Palabra de Dios, especialmente cuando su carácter específicamente sacramental emerge en la acción litúrgica [2].
  
Por tanto, es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.
  
3. Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad.
  
Las comunidades encontrarán el modo de vivir este Domingo como un día solemne. En cualquier caso, será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor. En este domingo, los obispos podrán celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. En efecto, es fundamental que no falte ningún esfuerzo para que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión. Asimismo, los párrocos podrán encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.
  
4. El regreso del pueblo de Israel a su patria, después del exilio en Babilonia, estuvo marcado de manera significativa por la lectura del libro de la Ley. La Biblia nos ofrece una descripción conmovedora de ese momento en el libro de Nehemías. El pueblo estaba reunido en Jerusalén en la plaza de la Puerta del Agua, escuchando la Ley. Aquel pueblo había sido dispersado con la deportación, pero ahora se encuentra reunido alrededor de la Sagrada Escritura como si fuera «un solo hombre» (Ne 8,1). Cuando se leía el libro sagrado, el pueblo «escuchaba con atención» (Ne 8,3), sabiendo que podían encontrar en aquellas palabras el significado de los acontecimientos vividos. La reacción al anuncio de aquellas palabras fue la emoción y las lágrimas: «[Los levitas] leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley). […] «¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!» (Ne 8,8-10).
   
Estas palabras contienen una gran enseñanza. La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo.
  
5. En esta unidad, generada con la escucha, los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad.
  
La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangélii gáudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar.
   
De hecho, para muchos de nuestros fieles esta es la única oportunidad que tienen para captar la belleza de la Palabra de Dios y verla relacionada con su vida cotidiana. Por lo tanto, es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas. A los predicadores se nos pide más bien el esfuerzo de no alargarnos desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños. Cuando uno se detiene a meditar y rezar sobre el texto sagrado, entonces se puede hablar con el corazón para alcanzar los corazones de las personas que escuchan, expresando lo esencial con vistas a que se comprenda y dé fruto. Que nunca nos cansemos de dedicar tiempo y oración a la Sagrada Escritura, para que sea acogida «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (1 Ts 2,13).
  
Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios.
   
6. Antes de reunirse con los discípulos, que estaban encerrados en casa, y de abrirles el entendimiento para comprender las Escrituras (cf. Lc 24,44-45), el Resucitado se aparece a dos de ellos en el camino que lleva de Jerusalén a Emaús (cf. Lc 24,13-35). La narración del evangelista Lucas indica que es el mismo día de la Resurrección, es decir el domingo. Aquellos dos discípulos discuten sobre los últimos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Su camino está marcado por la tristeza y la desilusión a causa del trágico final de Jesús. Esperaban que Él fuera el Mesías libertador, y se encuentran ante el escándalo del Crucificado. Con discreción, el mismo Resucitado se acerca y camina con los discípulos, pero ellos no lo reconocen (cf. v. 16). A lo largo del camino, el Señor los interroga, dándose cuenta de que no han comprendido el sentido de su pasión y su muerte; los llama «necios y torpes» (v. 25) y «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras» (v. 27). Cristo es el primer exegeta. No sólo las Escrituras antiguas anticiparon lo que Él iba a realizar, sino que Él mismo quiso ser fiel a esa Palabra para evidenciar la única historia de salvación que alcanza su plenitud en Cristo.
   
7. La Biblia, por tanto, en cuanto Sagrada Escritura, habla de Cristo y lo anuncia como el que debe soportar los sufrimientos para entrar en la gloria (cf. v. 26). No sólo una parte, sino toda la Escritura habla de Él. Su muerte y resurrección son indescifrables sin ella. Por esto una de las confesiones de fe más antiguas pone de relieve que Cristo «murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas» (1 Co 15,3-5). Puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos.
  
Es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal.
  
8. El «viaje» del Resucitado con los discípulos de Emaús concluye con la cena. El misterioso Viandante acepta la insistente petición que le dirigen aquellos dos: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29). Se sientan a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo ofrece a ellos. En ese momento sus ojos se abren y lo reconocen (cf. v. 31).
   
Esta escena nos hace comprender el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos enseña: «la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Const. dogm. Dei Verbum, 21).
  
El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la presencia del Señor en medio de nosotros que nos habla y nos nutre. El día dedicado a la Biblia no ha de ser «una vez al año», sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera.
  
La Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora. Es necesario, en este contexto, no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis, cuando dice que el Señor está a la puerta y llama. Si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos (cf. 3,20). Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros.
   
9. En la Segunda Carta a Timoteo, que constituye de algún modo su testamento espiritual, san Pablo recomienda a su fiel colaborador que lea constantemente la Sagrada Escritura. El Apóstol está convencido de que «toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar» (3,16). Esta recomendación de Pablo a Timoteo constituye una base sobre la que la Constitución conciliar Dei Verbum trata el gran tema de la inspiración de la Sagrada Escritura, un fundamento del que emergen en particular la finalidad salvífica, la dimensión espiritual y elprincipio de la encarnación de la Sagrada Escritura.
  
Al evocar sobre todo la recomendación de Pablo a Timoteo, la Dei Verbum subraya que «los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (n. 11). Puesto que las mismas instruyen en vista a la salvación por la fe en Cristo (cf. 2 Tm 3,15), las verdades contenidas en ellas sirven para nuestra salvación. La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación. Todo está dirigido a esta finalidad inscrita en la naturaleza misma de la Biblia, que está compuesta como historia de salvación en la que Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte.
  
Para alcanzar esa finalidad salvífica, la Sagrada Escritura bajo la acción del Espíritu Santo transforma en Palabra de Dios la palabra de los hombres escrita de manera humana (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 12). El papel del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura es fundamental. Sin su acción, el riesgo de permanecer encerrados en el mero texto escrito estaría siempre presente, facilitando una interpretación fundamentalista, de la que es necesario alejarse para no traicionar el carácter inspirado, dinámico y espiritual que el texto sagrado posee. Como recuerda el Apóstol: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Co 3,6). El Espíritu Santo, por tanto, transforma la Sagrada Escritura en Palabra viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de su pueblo santo.
  
10. La acción del Espíritu Santo no se refiere sólo a la formación de la Sagrada Escritura, sino que actúa también en aquellos que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios. Es importante la afirmación de los Padres conciliares, según la cual la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Const. dogm. Dei Verbum, 12). Con Jesucristo la revelación de Dios alcanza su culminación y su plenitud; aun así, el Espíritu Santo continúa su acción. De hecho, sería reductivo limitar la acción del Espíritu Santo sólo a la naturaleza divinamente inspirada de la Sagrada Escritura y a sus distintos autores. Por tanto, es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio la interpreta auténticamente (cf. ibíd., 10) y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual. En este sentido podemos comprender las palabras de Jesús cuando, a los discípulos que le confirman haber entendido el significado de sus parábolas, les dice: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).
  
11. La Dei Verbum afirma, además, que «la Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (n. 13). Es como decir que la Encarnación del Verbo de Dios da forma y sentido a la relación entre la Palabra de Dios y el lenguaje humano, con sus condiciones históricas y culturales. En este acontecimiento toma forma la Tradición, que también es Palabra de Dios (cf. ibíd., 9). A menudo se corre el riesgo de separar la Sagrada Escritura de la Tradición, sin comprender que juntas forman la única fuente de la Revelación. El carácter escrito de la primera no le quita nada a su ser plenamente palabra viva; así como la Tradición viva de la Iglesia, que la transmite constantemente de generación en generación a lo largo de los siglos, tiene el libro sagrado como «regla suprema de la fe» (ibíd., 21). Por otra parte, antes de convertirse en texto escrito, la Sagrada Escritura se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro.
  
12. Cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira. Todo el texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro, sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra. Jesús mismo lo afirma claramente al comienzo de su ministerio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra; no tiene tentación de caer en nostalgias estériles por el pasado, ni en utopías desencarnadas hacia el futuro.
  
La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).
  
La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.
  
13. Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La vida de Jesús es la expresión plena y perfecta de este amor divino que no se queda con nada para sí mismo, sino que se ofrece a todos incondicionalmente. En la parábola del pobre Lázaro encontramos una indicación valiosa. Cuando Lázaro y el rico mueren, este último, al ver al pobre en el seno de Abrahán, pide ser enviado a sus hermanos para aconsejarles que vivan el amor al prójimo, para evitar que ellos también sufran sus propios tormentos. La respuesta de Abrahán es aguda: «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen» (Lc 16,29). Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.
   
14. Uno de los episodios más significativos de la relación entre Jesús y los discípulos es el relato de la Transfiguración. Jesús sube a la montaña para rezar con Pedro, Santiago y Juan. Los evangelistas recuerdan que, mientras el rostro y la ropa de Jesús resplandecían, dos hombres conversaban con Él: Moisés y Elías, que encarnan la Ley y los Profetas, es decir, la Sagrada Escritura. La reacción de Pedro ante esa visión está llena de un asombro gozoso: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9,33). En aquel momento una nube los cubrió con su sombra y los discípulos se llenaron de temor.
  
La Transfiguración hace referencia a la fiesta de las Tiendas, cuando Esdras y Nehemías leían el texto sagrado al pueblo, después de su regreso del exilio. Al mismo tiempo, anticipa la gloria de Jesús en preparación para el escándalo de la pasión, gloria divina que es aludida por la nube que envuelve a los discípulos, símbolo de la presencia del Señor. Esta Transfiguración es similar a la de la Sagrada Escritura, que se trasciende a sí misma cuando alimenta la vida de los creyentes. Como recuerda la Verbum Dómini: «Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra» (n. 38).
  
15. En el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho (cf. Lc 1,45). La bienaventuranza de María precede a todas las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús para los pobres, los afligidos, los mansos, los pacificadores y los perseguidos, porque es la condición necesaria para cualquier otra bienaventuranza. Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: «Feliz el vientre que te llevó»; y Él: «Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios». Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3).
  
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas» (Dt 30,14).
  
Dado en Roma, en San Juan de Letrán, el 30 de septiembre de 2019.
  
Memoria litúrgica de San Jerónimo en el inicio del 1600 aniversario de la muerte.
  
FRANCISCO

NOTAS
[1] Cf. Acta Apostólicæ Sedis 102 (2010), 692-787.
[2] «La sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido» (Exhort. ap. Verbum Dómini, 56).

Pues bien, aunque es cierto que «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (San Jerónimo, Prólogo al libro de Isaías), también es cierto que el centro de la Escritura es Cristo y no a la inversa: «Registrad las Escrituras, puesto que creéis hallar en ellas la vida eterna; ellas son las que están dando testimonio de mí» (San Juan V, 39), y que sólo la Iglesia Católica es la custodia, transmisora e intérprete auténtica de la Revelación, sin cuya definición auténtica no se puede creer ni en los mismos libros sagrados: «Yo, en verdad, no creería en el Evangelio si no me impulsase a ello la autoridad de la Iglesia Catolica» (Ego vero Evangélio non credérem, nisi me Cathólicæ Ecclésiæ conmœ́ret auctóritas. San Agustín, Réplica a la carta de Manes llamada “del Fundamento”, 5). Pero afortunadamente, la Iglesia Católica ha definido desde antiguo cuál es el canon de las Escrituras, y que ella es la única que ha recibido autoridad para interpretarla en los fieles.

Aparte, que Bergoglio fijara su «Domingo de la Palabra de Dios» en el III Domingo del tiempo ordinario (o Domínica III después de la Epifanía) -desconocemos por ahora si le asignarán un formulario de Misa propio, y el documento tampoco incluye prescripciones rituales para la celebración, sino que sugiere MUY VAGAMENTE una «entronización y entrega de la Biblia»- que cae en la semana del 20 al 27 de Enero es muy diciente: Bergoglio afirma que es «un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos». Con eso se refiere a que del 18 al 25 de ese mes se realiza el Octavario por la Unidad de los Cristianos (adulteración del tradicional Octavario de la Cátedra de la Unidad), y que el mismo 27 es la conmemoración de la “liberación” del campo de concentración de Auschwitz por las tropas del 106º cuerpo de rifles de la 100ª División de infantería del Ejército Rojo soviético comandado por el ucraniano Anatoly Pavlovich Shapiro (oh casualidad, ¡JUDÍO nacido Anshel Feitelevich Shapiro!) ese mismo día de 1945 a las 15:00 h.

En conclusión, ese «Domingo de la Palabra de Dios», cuyo Motu Próprio que lo introduce es la corona y culmen del conciliar Mes de la Biblia implementado por Wojtyła, es todo menos católico, sino otra treta ecuménica del ecumenista Francisco Bergoglio, para prepararle el camino a ser el Novus Ordo Missæ un Servicio de Oración Protestante en toda regla.
  
JORGE RONDÓN SANTOS
30 de Septiembre de 2019
Fiesta de San Jerónimo, Cardenal-Presbítero, Confesor y Doctor de la Iglesia. Tránsito de Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz OCD, y de San Francisco de Borja SJ.

8 comentarios:

  1. Perdonen, pero más allá de las intenciones malvadas de Bergoglio y de Wojtyla y aunque sea asunto interno de la secta modernista y no de la Iglesia Católica no veo cuál es el problema con que haya una fiesta de la palabra de Dios. Antes de las (tristes) reformas de san Pío X la fiesta del Rosario y de la preciosisima sangre se tenían en domingo y a esos domingos se les conocía como tales "domingo del Rosario" y "domingo de la preciosisima sangre", ¿qué mas da que haya una fiesta especialmente dedicada a la palabra de Dios o un mes o días dedicados a la Biblia? Paradójicamente a los sedevacantistas nos hace falta muchísimo conocer la Biblia y la Tradición, sin mencionar que hay un montón de "teólogos" y "canonistas" que en su vida han leído seriamente algo más que el catecismo mayor de san Pío X (que él mismo vetó)

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    1. San Juan Vianney nunca leyó la Biblia directamente, pero hoy es Santo; Lutero la leyó (y mal) y apelaba al libre examen, y hoy está en el Infierno. Así que la ignorancia de las Escrituras no es motivo de condenarse o de dejar en mal a nosotros los sedevacantistas (aunque concedemos que michos no conocen por qué están luchando contra el Vaticano Apóstata).

      El problema no es (tanto) que haya el «Domingo de la Palabra de Dios» en la iglesia conciliar (y como tal, a nosotros los Católicos nos vale madres -con perdón-). El problema es que ellos mismos desprecian la Escritura porque:
      1º En muchas ocasiones, ofrecen una “forma larga” y una “forma breve” de una misma lección. (aunque el antecedente está en la Reforma bugniniana de la Semana Santa, que eliminó por “supérfluas” del relato de la Pasión la Última Cena y la Sepultura de Jesús).
      2º Muchas lecciones en el Misal y el Breviario conciliar aparecen censuradas por ser “políticamente incorrectas” para el Hombre Moderno™ (ejemplo: los salmos 57, 82 y 108; y Romanos I, 26-32).
      3º Las conferencias episcopales alientan las malas traducciones de la Sagrada Escritura (ejemplos tristes son la “Biblia Latinoamericana”, la “Biblia para el Pueblo de Dios” -de la que tanto negocio hacen en las librerías San Pablo-, la “New American Bible” o la “Einheitsübersetzung”).
      4º A pesar de las persecuciones, la Tradición (que conserva el Último Evangelio -particularmente San Juan I, 1-14-, que es desdeñado por la misma “Sacrosánctum Concílium” 50, como «una cosa menos útil, que con el correr del tiempo se ha añadido») está creciendo cada vez más.

      Y pretender que antes del Vaticano II no había Sagrada Escritura como algo que sólo acontecía una vez al año, es algo que falta a la verdad, porque:
      1º En la Misa Mayor, las lecciones eran cantadas, mientras que en la Misa rezada (cuyas rúbricas son distintas), son leídas.
      2º Las lecciones tenían un rango jerárquico: El Evangelio se lee al final por el diácono o el sacerdote celebrante, y desde un sitio y con un ceremonial distintos a los de la Epístola o la Lección (incluso hubo iglesias en España que tenían un púlpito para la Epístola y otro para el Evangelio). No como los conciliares, que hasta los anuncios semanales los dan en un mismo ambón (un día, pedían acompañar al equipo de futbol de la parroquia para «¡derrotar a Cristo Rey!»).
      3º La lección escritural acompaña el ministerio sacrificial del sacerdocio (incluso existía el Lectorado como una de las cuatro Órdenes menores, al servicio de la Orden mayor del Presbiterado; y el Subdiácono, revestido con tunicela, era el que leía la Epístola en la Misa Mayor -no preguntéis por el Subdiácono a los conciliares, que en ellos no existe desde “Singulári Quǽdam”, y sus funciones las repartieron entre los “ministerios” de Lector y Acólito-).
      4º Las tres lecturas en TODOS los domingos y solemnidades conciliares NO SON DEL RITO ROMANO TRADICIONAL (que lo hace solo en algunas ocasiones, y el Lector debe llevar sobrepelliz). Esa práctica es del rito ambrosiano (y el primer Lector, clérigo o no, debe vestir una capa pluvial).

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  2. Señor Jorge: no ignoro nada de lo que usted menciona, y sin embargo no veo cuál es el problema (olvidó usted mencionar que en América muchas iglesias también tienen púlpito del evangelio y púlpito de la epístola) con la existencia de un domingo de la palabra de Dios, hasta quizás podría ayudar a alguien en el modernismo a convertirse ya que "las escrituras dan testimonio de mi" segun decía Jesucristo. Un verdadero Papa podría instituirlo en la Iglesia Católica Romana como una fiesta "ad libitum" y sería muy laudable. Por lo demás la ignorancia de la Escritura ha dejado sobradamente mal a los sedevacantistas en el pasado, clérigos incluidos. Es un problema grave, ya que "desconocer las escrituras es desconocer a Cristo" (sentencia de San Jerónimo). Lo de San Juan María Vianney aunque haya sido muy santo deja en mal a su preceptor y obispo ordenante, y a él mismo, si es que nunca se dió a la molestia de leerla directamente.

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    1. Señor Anónimo, aunque se le concede el recordar que «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (y ni tanto, porque ya su contendor Jorge Rondón Santos lo había citado antes), usted está aferrándose a un clavo ardiendo para defender el error modernista y difama en el proceso al siervo de Dios Charles Balley, que fuera preceptor de San Juan María Vianney. Sepa que cuando, tras el Concordato de 1802, el padre Balley es enviado como cura párroco a una serie de aldeas al norte de Lyon, se encuentra con que “hay agua bendita en las tres cuartas partes de los hogares, leen regularmente el Nuevo Testamento y la Imitación de Jesucristo y rezan en grupo”. Por tanto, eso de que los católicos ignoraban las Escrituras en aquellos tiempos queda desmentido: incluso en las aldeas rurales (que no habían sido tan afectadas por la Revolución Francesa) se leían los Evangelios... ¡y el Kempis! Ojalá hoy en día fuera así.

      En ese orden de ideas, de no leer “directamente” la Biblia (como decía su contendor) a “simplemente” no leer, hay un muy largo trecho, señor anónimo. ¿Cómo hacían incluso los que vivieron en los primeros siglos de la Iglesia, cuando ni siquiera se tenía un único Canon de las Escrituras? Porque tampoco es de venir a decir de buenas a primeras que no leer la Biblia hace malos católicos.

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  3. Este Documento del Papa Francisco -reconozco que no comprendo nada de este señor argentino- es impecable y digno. Más aun, es muy devoto y hermoso y oportuno, a mi humilde parecer.
    Pero yo me pregunto: Por qué hay dos Papas (el reinante y el "emérito")?
    Por qué Bergoglio -si es verdadero Papa- dijo una descarada mentira en el capítulo VIII de Amoris Laetitia, y no contestó las Preguntas de los Eminentísimos Burke, Caffarra, Meisner y Brandmüller?
    Y, finalmente, y esto es lo más importante, si en este Motu Proprio exhorta a la veneración de las Dos Mesas del Señor -son palabras del Kempis- la Presencia verdadera de su Palabra en la Sagrada Escritura y la Presencia Real y Substancial por antonomasia de Su Cuerpo y Sangre en el Altar, por qué jamás se arrodilla ante la Santísima Eucaristía demostrando así su falta de Fe?
    Suspendo el juicio para no ser engañado. Es terrible esta situación de duda e incertidumbre.

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    1. El motu “Apéruit Illis” es tan impecable que choca con el estilo ramplón que Bergoglio (al que jamás y nunca reconocimos ni reconoceremos ni como Jefe de Estado) usa.

      Respondiendo un poco a sus interrogantes. En primera instancia, por el mismo principio y nota de Unidad, no puede haber dos papas a un mismo tiempo (uno solo debe haber como verdadero, y el otro necesariamente es falso). Y lo que pudiera ser complicado porque Bergoglio sólo retuvo el título de “Obispo de Roma” y Ratzinger lo reconoce como Papa, se resuelve de una manera simple: Ninguno de los dos lo es, y desde el 9 de Octubre de 1958 no hay Papa en la Iglesia Católica.

      En segunda instancia, Amóris Lætítia es un documento herético e inmoral desde el comienzo; y Bergoglio nunca les contestará porque a él le gusta la nebulosa mental y sólo responde a los que le segundan.

      En tercera, da igual si se arrodilla o no ante lo que él dice es el “Santísimo Sacramento”, porque en el Novus Ordo la transubstanciación no existe, y él ni siquiera cree que eso suceda (recuerde que en el Corpus de este año adoptó la teoría luterana de la empanación).

      Finalmente, no es una situación de duda e incertidumbre, estamos en la Gran Apostasía, y hay que decidir: o seguir a Bergoglio en el error, o ir al desierto con el Remanente Católico a esperar la Parusía.

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  4. Pero cree usted que puede estar la Iglesia de Cristo 60 años sin Pastor y sin Sacrificio ni Sacramentos? En cuanto a Bergoglio, hasta él celebra válidamente el Santo Sacrificio de la Misa cuya esencia es la Consagración. Pero la diferencia está en que los demás Papas (desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI inclusive) no erraron en la Fe. Sólo se equivocaron en el gobierno de la Iglesia. Pues hasta el Padrenuestro puede ser malinterpretado.
    La situación actual es diferente. Hay dos Papas "de facto". Uno de ellos ha sido acusado por personalidades de gran cualificación como hereje. Es una situación análoga al Cisma de Occidente, con la diferencia de que allí había sólo Cisma y ahora hay Cisma latente y Herejía.
    Es verdad que todo esto es fruto de las ambigüedades del Concilio Vaticano II y de los Papas postconciliares. Pero de ahí a afirmar que la Sede Apostólica está vacante 60 años (!?) media un abismo.
    Cree usted que se equivocó el Cardenal Wizinsky o el Cardenal Carlo Confalonieri (Decano del Sacro Colegio) o el Cardenal Siri o Don Marcelo Gonález Martín cuando el 22 de octubre de 1978 prestaron Obediencia al Papa Juan Pablo II? Cree usted que no sabía lo que hacía el Cardenal Mindszenty cuando en el Sínodo de 1971 concelebró la Santa Misa con el Papa Pablo VI segun el Nuevo Misal? Vamos, vamos.

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    1. Pastor visible no hay, pero Pastor sí hay, y es Jesucristo el Señor, Buen Pastor de las almas. Sacrificio y Sacramentos sí hay: los que son confeccionados por sacerdotes y obispos tradicionalistas legítimos y válidos, siguiendo los ritos preconciliares. El Novus Ordo es inválido por su origen (fue creado por el masón Annibale Bugnini y seis pastores protestantes: el metodista Alfred Raymond George, el anglicano Ronald Claud Dudley Jasper, el episcopaliano Massey Hamilton Shepherd Jr., los luteranos Friedrich-Wilhelm Künneth y Eugene L. Brand, y el calvinista y subprior de Taizé Max Thurian), por adulteración en la forma (las palabras de la Consagración). Y no hay diferencia entre Roncalli Marzolla/Juan XXIII bis y sus sucesores hasta Ratzinger Tauber/Benedicto XVI inclusive y Bergoglio Sívori/Francisco I. Ambos erraron en -o mejor dicho, APOSTATARON de la- Fe, pero Bergoglio los ha superado en ello.

      Y hay una diferencia colosal entre el Cisma de Occidente y la situación actual. Al menos los reclamantes papales de Aviñón, Roma -y Pisa- conservaban la Fe Católica, no se ponían a difundir herejías como hacen los conciliares. Que la Sede está vacante es una consecuencia lógica de la apostasía generada en ocasión y consecuencia del Vaticano II, a la luz de la Sagrada Teología y el Derecho Canónico. Y como dijo San Ignacio de Loyola a San Pedro Canisio: «Más vale a la grey no tener pastor, que tener por pastor a un lobo».

      Sí: Stefan Wyszyński (que firmó la capitulación con el Partido Obrero Unificado Polaco el 14 de abril de 1950 que, en su momento, seleccionó de la terna a Karol Wojtyła para ser obispo auxiliar de Cracovia), Marcelo Gonález Martín (el Bugnini de la Liturgia Hispánica) y Carlo Confalonieri (un “moderado” que fue miembro del Consílium que implementó la demolición litúrgica) al reconocerlos han dado en secundar la Apostasía (Giuseppe Siri fue peor, si admitimos que realmente fue electo como Gregorio XVII en el cónclave de 1958 y fue constreñido a renunciar -y no sucedió ni uno ni otro-. Eso es prueba que la tesis sirianista o del “Papa de rojo” riñe contra la verdad). Y sobre el cardenal mártir József Mindszenty (creado por Pío XII el 18 de febrero de 1946), sabemos que Montini Alghisi, comunista y amigo de los comunistas, una vez electo ilegítima e inválidamente en 1963 como Pablo VI, le forzó al exilio el 28 de septiembre de 1971 (la concelebración en el servicio de apertura del Sínodo, el 30 de septiembre, se puede explicar como un trofeo de Montini -sobre todo analizando la fotografía tomada en la ocasión), le amordazó y maniató en Roma y en Viena, y le destituyó de su sede en Esztergom el 25 de Diciembre de 1973 por el más “pacífico” László Lékai (miembro del Presidio del comunista Frente Popular Patriótico). ¿Acaso San Pedro, San Pío V, el glorioso San Pío X, o cualquier Papa legítimo habría procedido así para congraciarse con un régimen intrínsecamente perverso y anticatólico cual es el comunismo? Montini era un hereje y apóstata, un traidor a Cristo (a menudo se lo oía gritar «¡No quiero traicionar a Cristo!»; y el cardenal Mindszenty le dijo al padre Luigi Villa el 14 de diciembre de 1971, tras firmar el primer ejemplar de “Chiesa Viva”: «Créeme, Pablo VI entregó a todos los países cristianos en las manos del comunismo…»).

      Sabemos que Vd. como conciliar que es no admitirá nuestras razones, pero todo cuanto decimos es la verdad.

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