jueves, 26 de septiembre de 2019

CUANDO EL PADRE PÍO CONVIRTIÓ UNA FAMILIA “ORTODOXA”

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA. Siguiendo los Decretos de Urbano VIII del 13 de Marzo de 1625 y del 5 Junio de 1631, salvo loa dohmas y doctrinas, y todo cuanto ha definido la Sede Apostólica, se presta y pide prestar fe humana a apariciones, milagros y similares.
   
La historia de la conversión de una entera familia de ortodoxos obrada por el Padre Pío. El relato es de la señora Rina Caterinovich, que fue la primera en convertirse. Lo transcribo de Il Messaggio di Padre Pio de Katharina Tangari (M. D’Auria eds., Nápoles):
«Partí con una amiga mía, católica de pocos años, para San Giovanni Rotondo. Habitábamos en Capri donde, por diversos años, habíamos oído hablar del Padre Pío, de las conversiones y curaciones por él obradas. Perteneciendo a la Iglesia Ortodoxa griega, poco creía en los santos vivientes y en los milagros. Pero en Capri conocí a una inglesa convertida por él, dos holandeses protestantes igualmente convertidos y muy entusiastas del Padre Pío. Mi curiosidad de conocerlo se hizo vivísima: quería conocer a un verdadero “santo”, quería ver alguna cosa de “extraordinario”. Rumana de nacimiento, estuve practicando de la Iglesia ortodoxa, pero como todos los ortodoxos sin verdadero misticisimo, porque si la religión ortodoxa conserva dogmas como la religión católica, en la práctica los mismos sacerdotes no parecían convencidos que en la Santa Comunión recibamos a Jesús vivo. También la confesión no era sino otra forma que no libra al alma de la opresión y del mal.
  
Ya desde cuando había iniciado mis estudios universitarios entení que no habría podido creer como antes, porque la Iglesia ortodoxa no apaga a los que quieren explicaciones y que tienen necesidad de tener iluminada la inteligencia.
  
No habiendo nunca osado a hacer algo sin convicción, abanndoné las prácticas religiosas. Antes de casarme debía confesarme y hacer la Comunión: fui a Roma y el sacerdote era una persona cultísima, de alta sociedad: creí encontrar en él lo que buscaba, esto es, explicaciones y claridad, pero aquí fui engañada: fue aquella mi última confesión.
  
Por dieciocho años no fui a la iglesia, ni hacía la señal de la cruz, pero en ciertos períodos oraba más por afecto a mis seres queridos, que en homenaje a la divinidad. Me interesaba en cambio en las distintas corrientes espirituales, leía mucho y me apasioné en modo particular a los libros de la religión hindú. Es largo trazar los hechos de la vida espiritual que he llevado en estos dieciocho años.
  
La guerra me llevó a Dios, mas no a la Iglesia; consideraba siempre que bastaba en vivir bien, buscar la verdad y pensar que Dios es amor infinito: nada más. Cuando me acordé del Padre Pío, no pensaba en convertirme en católica, ni sentía la necesidad de la Iglesia.
  
Había pedido a mi amiga que le preguntara al Padre Pío si podía confesarme, segura que no me lo habría negado; en cambio la respuesta fue negativa. Y comencé a asistir a su Misa durante la cual una profunda conmoción me invadió, con llanto continuo por el dolor inconsolable de mi miseria, de mis pecados, y de estar fuera de la Casa de Dios. El dolor de no tener mi verdadera patria sobre la tierra: aunque tengo dos patrias aquí, que amo una más que la otra: la Italia, mi patria espiritual, y la Rumanía que me ha dado la vida: Un católico se siente siempre en su casa, sea en extremo Oriente o en Nueva York o en cualquier ciudad del mundo, donde existe una iglesia católica: yo esta casa no la tenía, ¡debía permanecer fuera de la puerta!
  
Cuando pude acercarme al Padre Pío, tuve por segunda vez un llanto continuo (yo nunca lloraba fácilmente ante otras personas). “¿Por qué lloras así?”, me preguntó el Padre Pío. “Porque no soy católica” fue mi respuesta, no querida y no pensada. “¿Y qué te impide serlo?”.
   
Expuse algunas de mis dudas, pero el Padre Pío dice que la duda era inútil, porque el Señor me quería. Me explicó él mismo en una pequeña catequesis que me ofrecía las oraciones que habría debido hacer: me habló sencillamente como a una niña. Y cuando le pregunté si debía prepararme tomando las lecciones, me dice: “Necesistas amar, amar, amar y nada más”. Era el 5 de octubre de 1923.
  
No oí y no vi en él lo que tantos habían visto; solamente que cerca a él sentía más vivo el deseo de acercarme a la Santa Comunión, sentía que la vida sin la Santa Comunión no hay más vida, y que los católicos eran felices de poderla tener, mientras que yo estaba privada de ello. Entendí luego que de todas las iglesias, sólo la Católica es la que ayuda verdaderamente a seguir a Jesús, aquella que nos sostiene, nos alienta, y nos ayuda en la vida de todos los días.
  
La ortodoxia no me daba en cambio a mi nada. ¡Nunca había sentido en ningún lugar del mundo como en San Giovanni Rotondo, cuánto lejos estamos de Aquel que ha dado todo de sí mismo para salvarnos!
 
No he cambiado de religión porque el rito de la Iglesia Católica me haya gustado más, sino porque teniendo también un cuerpo, no puedo vivir solamente con el espíritu, y tengo necesidad por tanto de una ayuda que solo la Iglesia Católica puede dar, la única que había conservado el espíritu de Cristo y que ayude a seguirlo.
  
Pasé el invierno preparándome “al gran paso” entre los peligros de luchas internas, de tentaciones y de purebas; pero pidiendo siempre la ayuda del Señor. En la primavera de 1924, el 10 de abril, volví a San Giovanni Rotondo con mi vieja tía que me había criado, y con la cual estuve tan unida espiritualmente y con mi hija. El 12 hice la abjuración en las manos del padre guardián, la confesión general y el 13 finalmente me acerqué a la Santa Comunión, que desde aquel día se convirtió en mi más grande apoyo, mi fuerza, mi consolación en las muchas pruebas y tribulaciones tenidas en estos últimos años.
  
En aquel día el Señor me concedió otra grandísima alegría, la conversión inesperada y milagrosa de mi tía-madre. Carácter leal, sincero y honesto, mujer de fe purísima, era intransigente para sí y para los otros. Ortodoxa convencida, consideraba que cambiar de religión era una falta de fideldad, un deshonor, una bajeza. Sufrió mucho por mi decisión, sin decírmelo (lo supe después de su conversión). El primer día fue al Convento, habló con el Padre Pío, pero permaneció agitada y mal impresionada por sus palabras. Así como le habían dicho que el Padre Pío no rechazaba a ninguno a hacerse católico, a la pregunta de él: “¿Me quieres seguir?”, responde que no, diciendo que había comprendido que Dios es Uno y que la Iglesia debía ser Una, pero puesto que sentía que su religión era muy cercana a la católica comprendía estar ella demasiado vieja ahora para cambiar de religión, tanto más que haciendo esto habría causado demasiado dolor a sus padres. Entonces el Padre Pío replicó: “¿Cree Vd. que ante el Señor estará su familia para responder por usted?”.
  
Al día siguiente mi tía no volvió al convento; ni mucho menos habría vuelto el domingo siguiente, si no hubiese habido algún día antes del Padre Pío una estampa sobre la cual estaban escritas palabras que la habían golpeado. Después de la Misa y mi primera verdadera Comunión, quedó poquísima gente en la iglesia, y el Padre Pío estaba en las bancas detrás de la tía para orar. Cuando después fue a la sacristía, nosotros le seguimos, y la tía le dice:
  
“Gracias por su bondad, y perdone si lo he hecho disgustar”.
  
“No me disgusta”, replicó el Padre Pío, “¡me ha dado un verdadero dolor!”. Tanto que la tía se sintió decepcionada por sus palabras.
  
Por más de media hora, el Padre Pío le habló todavía, haciéndo caer una a una las piedras de aquella fortaleza que parecía inexpugnable. “La Iglesia Ortodoxa está agonizante”, le dice entre otras, y poco más de un año vimos como si fuesen verdaderas estas palabras, porque la iglesia ortodoxa se divide entre tantos patriarcas y metropólitas.
  
Fue una lucha durísima, pero finalmente la tía fue vencida y toda conmovida le dice: “¡Prometo entrar en la Iglesia Católica!”. Promesa cumplida algunos meses después en Capri. Es ahora de las más fervientes católicas, como para recuperar el tiempo perdido, y combatió valientemente por su fe contra todos los que le eran contrarios, tanto por haber agitado a muchas almas con su ejemplo.
  
Permanecía en nuestra familia aún en la ortodoxia mi marido. Y era el más difícil de convertir, porque habiendo siempre hecho una vida moralísima, honesta y laboriosa, no veía necesidad de cambiar de religión para servir mejor al Señor.
  
Recto, sincero e intransigente, como la tía o más que ella, habiendo sido oficial en el ejército imperial de la Rusia, consideraba como un deshonor, como bajeza, traicionar la propia fe.
  
Cuando me decidí yo en aquel paso, él no se opone, no me disuadió; me hizo solamente prometer no buscar nunca inducirlo a convertirse. Lo que hcie, sólo poniéndolo en las manos de Dios, sin nunca hablarle de mi Fe, si no lo pedía; pero entre tanto oraba continuamente y buscaba modificar mis defectos con darle con el ejemplo una prueba que mi fe era la mejor.
  
Las virtudes esenciales que comencé a estimar y que en la iglesia ortodoxa y en nuestra vida faltaba del todo eran la humildad y la caridad, de la cual había tenido bellos ejemplos en la Italia meridional; eran las virtudes que faltaban en mí y en mi marido; el cual severísimo consigo mismo lo era también con los otros, hasta el punto de no saber perdonar las ofensas recibidas, como no perdonaba las debilidades, las caídas, las miserias humanas.
  
En septiembre de 1926 volví por tercera vez a San Giovanni Rotondo y mi marido quiso acompañarme. Apenas vio al Padre Pío sentí por él una gran devoción, un sentido de ternura y de alegría en estar cerca de él. También él, como yo, se sintió en un estado de aislamiento, y durante la Misa del Padre Pío lloraba. Tenía la impresión de ser un gran pecador, que Dios no quisiese aceptarlo entre sus hijos, pero después, cuando se puso a hablar con el Padre Pío sobre la cuestión religiosa, permaneció irremovible.
   
Para mi marido, el Padre Pío era un hombre santo, lleno de bondad, de amor, que él hubiera siempre querido tener junto a sí, pero por este afecto no se sentía de hacer un acto contrario a su consciencia y a su corazón. En el verano él fue gravemente enfermo, tanto que creía que debía orir, pero Santa Teresa del Niño Jesús y el Padre Pío lo ayudaron mucho. Tanto que en septiembre de 1927 volvimos de nuevo al convento de Gargano, esta vez también con nuestra hija, permaneciendo ahí por varios días.
   
Entonces aceptó escuchar del Padre Pío las razones de la escisión de la Iglesia oriental, y se puso a discutir con él sobre las divergencias existentes, hasta que un día estas discusiones, si bien queridas por él, lo irritaron tal mente, que quiso dejar el convento y volver a Capri. A pesar de mi dolor, no supe oponerme a esta decisión. Él sin embargo, no partió. Todavía no volvió al convento hasta que no le llevé la palabra del Padre Pío, el cual le de sía que, aunque no podían entenderse sobre la religión, podían permanecer como amigos. Luego volvió al convento, y cuando partimos de San Giovanni Rotondo, su decisión era ya tomada: faltaban sólo las cartas para las formalidades necesarias.
 
A nuestro regreso a casa, comenzó sin embargo una lucha más áspera que nunca entre dudas y pruebas y decepciones, que parecían indicios del mdescontento del Señor por la decisión tomada. Las luchas internas eran tremendas, y en ciertos períodos, él tan bueno habitualmente y tan afectuoso, se alejaba de nosotros, se hacía extraño, cerrado y frío. Pero Jesús misericordioso no quería hacerlo sufrir por largo tiempo, y ¡en julio volvimos una vez más a San Giovanni Rotondo para el gran día! El 6 de julio hizo la abjuración en Foggia en las manos del Obispo, y la tarde del 7 se confesó con el Padre Pío. El día 8 hizo su Comunión y el 10 la Confirmación. “Quiero hacer la Confirmación como sello del paso hecho”, me dice.
  
Gracias al Señor, desde aquel momento él es escrupuloso en sus deberes religiosos, y soporta mucho mejor las pruebas que le vengan del Cielo. También ante los otros es más caritativo, y encuentra descanso en el hablar de su Fe, que sabe defender hablando con los ortodoxos».
  
Revista Sì sì no no, Año XV – n. 1, 15 Enero de 1989, págs. 4-5. 

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