jueves, 4 de junio de 2026

DOS LITURGIAS HERMANAS, Y UN EXTRAÑO

Traducción del artículo publicado el 4 de Junio de 2018 por Peter Kwasńiewski en NEW LITURGICAL MOVEMENT.
  
LA LITURGIA BIZANTINA, LA LITURGIA ROMANA TRADICIONAL Y EL NOVUS ORDO: DOS HERMANOS, Y UN EXTRAÑO
   
Para mí, y creo que para la mayoría de los tradicionalistas, es obvio que la Divina Liturgia bizantina y la Misa romana tradicional están espiritualmente emparentadas, y que el Novus Ordo se aparta de la herencia que comparten.

Sin embargo, a veces uno se encuentra con católicos bizantinos que, engañados por similitudes superficiales entre la liturgia bizantina y el Novus Ordo (por ejemplo, que a menudo se celebran en una lengua vernácula pronunciada audiblemente) y por las evidentes diferencias entre la liturgia bizantina y el rito romano tradicional (por ejemplo, que hay mucho más silencio en este último que en el primero, y que el pueblo parece desempeñar un papel más “activo” en uno que en el otro), sostienen que las liturgias bizantina y del Novus Ordo son espiritualmente más afines y, por lo tanto, cuando se les presenta la opción, eligen el usus recéntior romano sobre el usus antíquior. De hecho, los protagonistas y apologistas de la reforma litúrgica romana a menudo pretenden ser admiradores de la tradición oriental y les gusta señalar las muchas características aparentemente “orientales” de la liturgia neorromana.

Ahora bien, si es cierto que la liturgia bizantina y la liturgia latina tradicional tienen mucho más en común entre sí que cualquiera de ellas con el Novus Ordo, deberíamos poder afirmar con precisión en qué consiste esta similitud. Propongo que podemos verla en los siguientes principios, que primero enumeraré y luego explicaré:
  1. El principio de Tradición;
  2. El principio de Misterio;
  3. El principio de Lenguaje elevado;
  4. El principio de Integridad o estabilidad ritual;
  5. El principio de Densidad;
  6. El principio de Preparación adecuada y repetida;
  7. El principio de Veracidad;
  8. El principio de Jerarquía;
  9. El principio de Paralelismo; y
  10. El principio de Separación.

1.º Principio de Tradición. Ambas son el resultado del desarrollo orgánico de un antiguo núcleo apostólico, transmitido a través de siglos de fe viva; a pesar de las atribuciones de una u otra liturgia a santos famosos como San Juan Crisóstomo o San Basilio, en realidad el rito es obra de muchos que no podemos nombrar. Ninguna liturgia bizantina ni romana clásica es producto de un comité de expertos vanguardistas alejados del pueblo y cautivos de teorías de moda que hace tiempo que han quedado obsoletas. Podemos llamar a esto el principio de la tradición, de recibir lo que se transmite. En pocas palabras: no es que una liturgia sea buena porque la autoridad de la Iglesia la considere buena; más bien, la Iglesia sabe que es buena porque la ha recibido. Aquí atacamos la raíz de ese extraño ultramontanismo en Occidente que considera la liturgia como nada más que lo que la autoridad papal ha promulgado, como si la liturgia fuera una arcilla infinitamente maleable cuya forma se deja enteramente a la voluntad del escultor. Antes de Pablo VI, la autoridad papal promulgaba lo que ya era conocido y amado como tradicional en la Iglesia Latina [1].

2.º Principio de Misterio. Cada una de estas liturgias exhibe el principio del misterio: la liturgia es palpablemente sagrada, una obra y una maravilla que Dios hace en medio de nosotros, a la cual el hombre está permitido unirse con temor y temblor. La liturgia tradicional es como una nube en la que Dios habita, y a la que Moisés se atreve a acercarse. No hay sensación de una reunión con una agenda, dirigida por gerentes de empresa, caracterizada por mucha lectura de textos y reparto de tareas. Nos postramos en tierra santa ante la zarza ardiente de la autorrevelación divina.

3.º Principio del Lenguaje elevado. Las oraciones y lecturas de las liturgias tradicionales orientales y occidentales son cantadas por cantores, diáconos, subdiáconos y coros, o susurradas en el santuario por el sacerdote, pero nunca simplemente recitadas como las noticias diarias o una lección escolar. Parte de esta elevación es el uso de lo que podríamos llamar “lenguaje elevado”. En Oriente, toma la forma de exquisitas composiciones poéticas; en Occidente, de venerables locuciones latinas. El latín es tan verdadera, propia y definitivamente la lengua de la Iglesia Católica Romana como las lenguas vernáculas lo son las lenguas de los ritos orientales [NOTA (del autor): Algunos lectores han objetado mi afirmación de que las lenguas de los ritos orientales deberían llamarse vernáculas sin ninguna especificación. Véase la nota *** adjunta a este artículo]. Algo que ha perdurado durante 1600 años en Occidente no es una casualidad, sino un principio constitutivo, como declaró el mismísimo Papa San Juan XXIII en su Constitución Apostólica Véterum Sapiéntia, firmada en el altar de San Pedro en 1962. Quienes siguen el usus antíquior son plenamente conscientes del poderoso efecto que ejerce sobre los fieles el uso ceremonial de una lengua antigua que ha adquirido una fuerza numinosa con el paso del tiempo. El hecho mismo de que esta lengua esté especialmente apartada, consagrada, por así decirlo, para el culto público a Dios, representa objetivamente e induce subjetivamente esa separación entre lo sagrado y lo profano que constituye la esencia de la religión sacrificial.

4.º Principio de Integridad ritual. Tanto la Divina Liturgia como la Misa tradicional en latín preexisten a cualquier celebración dada como ritos determinados y completamente articulados que el clero y el pueblo siguen con humilde obediencia. Las oraciones, antífonas, lecturas, gestos y cantos son fijos y prescritos; sobre todo, la oración más sagrada, la anáfora, es inmutable (en Occidente) o está determinada por el calendario litúrgico (en Oriente). De esta manera, las preferencias o elecciones personales del celebrante nunca dirigen la acción. También podemos llamar a esto el principio de estabilidad, ya que la integridad ritual garantiza al clero y al pueblo una roca inamovible sobre la cual pueden edificar su vida espiritual.

5.º Principio de Densidad. La antigua liturgia romana, y de igual modo la antigua bizantina, está impregnada de contenido dogmático, moral y ascético-místico. Las oraciones son densas, ricas y llenas de religiosidad. Son un tapiz poético de las Escrituras y otras expresiones devotas. El Novus Ordo es claramente exiguo en comparación. Pensad en los diversos troparios de la tradición bizantina, o en la riqueza de antífonas propias en el Rito Romano, y en las colectas, secretas y postcomuniones, casi ninguna de las cuales sobrevivió intacta al bisturí censurador del Consílium [2].

6.º Principio de Preparación. Estrechamente relacionado con lo anterior está el principio de la preparación adecuada y repetida. Tanto en Oriente como en Occidente, el clero y los ministros se preparan minuciosamente antes de la liturgia para su labor, ya sea en una mesa auxiliar preparando las ofrendas con abundantes oraciones, o al pie del altar recitando el Salmo 42, el Confíteor y oraciones en las gradas. ¿Cómo podría alguien imaginar simplemente salir de la sacristía y caminar directamente hacia el altar, como si no fuera gran cosa? ¿Como si uno fuera a un almuerzo de recaudación de fondos?

Como bien señaló Catherine Pickstock, la repetición de oraciones en todas las liturgias auténticas es deliberada y de inmensa importancia espiritual. La liturgia bizantina presenta al sacerdote orando frecuentemente en secreto de principio a fin, preparándose una y otra vez para el siguiente paso maravilloso que debe dar en los misterios de Cristo. La auténtica liturgia romana no es diferente, con su amplio Ofertorio, sus tres oraciones de preparación para la comunión, oraciones de ablución, Pláceat tibi y Último Evangelio. Es bien sabido que encontramos mucha repetición de ciertas oraciones en la Divina Liturgia y en el usus antíquior romano: en la primera, letanías de «Señor, ten piedad» o «Concédelo, Señor» [la Gran Letanía y la Pequeña Letanía respectivamente, N. del T.], en el segundo, el Kyrie nueve veces, el triple Confíteor, el triple «Dómine, non sum dignus» (repetido dos veces para indicar la distinción entre la comunión del sacerdote y la de los fieles) [3].

7.º Principio de Veracidad. Toda la esencia del mensaje del Evangelio está presente en los leccionarios tradicionales, tanto en las partes consideradas “difíciles” como en las más sencillas. En el Novus Ordo, como es bien sabido, la Escritura se edita considerablemente para adaptarse a los prejuicios modernos [4]. En términos más generales, la lex orándi tradicional contiene y transmite con vigor apostólico la lex credéndi completa de la Iglesia Católica, sin ninguna edición para las sensibilidades contemporáneas. Así, por citar un ejemplo entre muchos, la condenación de Judas y la posibilidad real del infierno para cualquiera de nosotros se enseñan sin vacilar, mientras que los salmos de imprecación dirigidos contra nuestros enemigos espirituales se utilizan con frecuencia. Este tipo de contenido se elimina o se reduce drásticamente en el Novus Ordo [5]. En este sentido, el Novus Ordo no logra transmitir la plenitud de la Fe tal como la encontramos en la Escritura, los Padres, los Concilios y los Doctores de la Iglesia. De esta forma, falla en su función de lex orándi de la Iglesia ortodoxa.

De hecho, muchas doctrinas de la fe se ven y se oyen  en las liturgias antiguas, mientras que en el contexto de la liturgia neorromana deben estudiarse y aceptarse ciegamente, porque el rito mismo no las hace evidentes. Como ejemplos, consideremos la veneración que se debe rendir a los santos, o la adoración de latría que se debe mostrar al Santísimo Sacramento. Quien asiste a la liturgia bizantina o a la romana tradicional tendrá una experiencia visceral de la venerabilidad de los santos y la adorabilidad de la Eucaristía. En contraste, el Novus Ordo ha reducido sistemáticamente el énfasis en los santos [6], así como los signos de reverencia que se deben rendir a los impresionantes misterios de Cristo.
   
8.º El principio de Jerarquía se manifiesta en la clara división de roles para sacerdote, diácono, subdiácono, acólito, cantor, etc. Esta diversidad de roles, no intercambiables, se ve gravemente confusa y diluida en el Novus Ordo, con sus normas laxas sobre la función de los laicos en el santuario. Ni la liturgia bizantina ni la auténtica liturgia romana permiten que los laicos sin ornamentos entren arbitrariamente en el santuario y realicen actos propios del clero, sobre todo la manipulación de la Santísima Eucaristía. Por el contrario, la identidad del sacerdote como mediador entre Dios y el hombre se respeta plenamente y se demuestra en la práctica, y la identidad del laico como participante activo en el sacrificio también se respeta y se demuestra en la práctica.

La liturgia es una verdadera encarnación de la eclesiología, en lugar de una alternativa imaginaria a ella. Nunca se podría derivar una explicación coherente y consistente de la naturaleza jerárquica del Cuerpo Místico del Novus Ordo, mientras que es fácil hacerlo tanto de la Divina Liturgia como de la Misa Romana tradicional. La participación, por lo tanto, se entiende de una manera fundamentalmente diferente en las liturgias tradicionales y en el rito neorromano. La visión correcta es que la participación debe corresponder a los distintos roles de las diversas partes del cuerpo, y que esto debe ser visible para todos en la vestimenta, el porte, el lugar y las tareas asignadas —y no asignadas— a los participantes [7].

9.º El Principio de Paralelismo, que está en consonancia con el de jerarquía. En cualquier liturgia auténtica oriental u occidental, encontramos que varias cosas a menudo suceden simultáneamente (o para usar el término técnico, hay “liturgia paralela”). El diácono está dirigiendo una letanía cuando el sacerdote está recitando sus propias oraciones; el pueblo está cantando el Sanctus mientras el sacerdote ha comenzado el Canon. Quienes asisten a liturgias bizantinas o latinas tradicionales llegan a ver la liturgia como una acción de múltiples capas compuesta por muchas acciones individuales que convergen en un objetivo común. Definitivamente no es una secuencia lógica de actos discretos, donde solo se permite que ocurra una cosa a la vez (como en la liturgia “secuencial” o “modular”, ejemplificada en el Novus Ordo) [8].

10.º Principio de Separación. Todas las liturgias cristianas auténticas conservan y hacen uso ritual de la teología inscrita en la arquitectura del templo de la Antigua Alianza, que, como enseña la Epístola a los Hebreos, se recapitula en Cristo y, por lo tanto, se simboliza para siempre en nuestro sacrificio eucarístico. En Oriente, la separación del santuario o lugar santo de la nave es más evidente debido a la presencia de un iconostasio por el que solo ciertos clérigos pueden entrar. En Occidente, las cortinas dieron paso al coro, que en la mayoría de los lugares se reducía a la barandilla de la comunión, pero siempre el santuario permaneció inaccesible, elevado y prohibido para los laicos. Además, en la liturgia occidental, el iconostasio visual ha dado paso a un “iconostasio sonoro” de latín alternado con silencio. Tanto el lenguaje hierático como la ausencia envolvente de sonido extienden un velo sobre el lugar más sagrado y protegen los misterios sagrados de la profanación de un trato superficial. Así, aunque las liturgias orientales y occidentales logran este «velado de nuestros rostros a la Presencia» de maneras diferentes, ambas son sumamente eficaces para conseguirlo, atrayendo poderosamente la atención del fiel hacia la gloria oculta de Dios.
  
Más allá de estos principios, que evidentemente apuntan a la esencia misma del culto divino, existe un sinfín de elementos que no son necesariamente característicos del Novus Ordo, pero que lo acompañan en el 99% de sus manifestaciones, como la postura versus pópulum. Tras cincuenta años de clérigos frente al pueblo casi siempre y en todas partes, con reproches papales a quienes se atreven a pensar diferente, ni siquiera el defensor más optimista de la Reforma de la Reforma puede sostener que la postura versus pópulum no tipifique el Novus Ordo en la mente de sus artífices, implementadores y usuarios finales.

El siguiente cuadro resume nuestros hallazgos. (Hacer clic para ampliar).

Comparada con el Novus Ordo, la liturgia bizantina parece un rey al lado de un mendigo, un Rembrandt al lado de una caricatura, un festín después de una hambruna. Pero comparada con el rito romano tradicional en todo su intrincado esplendor y solemnidad reglamentada, es una igual en la mesa de la tradición. Hacemos una injusticia a la obra del Espíritu Santo en la Iglesia occidental al hablar como si la liturgia bizantina fuera el “modelo ideal”, cuando el rito romano en su plenitud —¡lamentablemente, tan raramente visto por los católicos romanos! — es su igual. En cambio, es el Novus Ordo el que debería ser rechazado, pues no tiene derecho a sentarse a la mesa real de los auténticos ritos litúrgicos.
   
Si alguien objeta en este punto que el Novus Ordo puede celebrarse de una manera que esté “en continuidad” con la tradición romana precedente (y por lo tanto de una manera no muy diferente a la Divina Liturgia), mi respuesta es simple. Varios de los diez principios resumidos anteriormente no están incorporados en absoluto por el Novus Ordo, y esto es intencional (aquí incluiría al menos el 1, 4, 5, 6, 7 y 9); mientras que los principios restantes (2, 3, 8 y 10) podrían aplicarse o no, dependiendo de quién sea el “presidente”. En resumen, son posibles, pero no necesarios. Este hecho, en sí mismo, ya demuestra el carácter profundamente antitradicional del Novus Ordo, cuya coherencia con la tradición depende de las decisiones libres de su celebrante, en lugar de basarse en la adhesión a una regla fija [9]. Así, el Novus Ordo podría ofrecerse de forma cuasi tradicional, mientras que las liturgias bizantina y romana tradicional [Se sustituyó el término “tridentina” por “romana” dado que decir “Misa Tridentina” es erróneo, puesto que Trento no inventó nada, sino que codificó y canonizó la Liturgia Romana existente, N. del T.] deben ofrecerse de forma tradicional; no hay opción al respecto [10].

En esa única diferencia, podemos ver la brecha casi infinita que separa el Rito Romano moderno de cualquier rito histórico del cristianismo, oriental u occidental. Su falta de densidad doctrinal, moral, rubrical y ceremonial, su estructura modular-lineal-racionalista y su “opcionitis” lo separan esencialmente de la esfera de la cultura sagrada que comparten el usus antíquior romano y la Divina Liturgia bizantina. Podríamos adaptar a esta situación las palabras de Abrahán en la parábola de Dios y Lázaro: «Entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de modo que el que quiere pasar de aquí a vosotros, no puede, ni de allá venir aquí» (Lc. 16, 26).

Lo verdaderamente sorprendente, considerando lo anterior, es la cantidad de católicos bizantinos y supuestos expertos en liturgia oriental —entre ellos Robert Taft SJ— que favorecen la liturgia romana “reformada”, pasando por alto las enormes discrepancias y contradicciones entre sus principios de composición y ejecución y los que, como he demostrado, son comunes a la liturgia bizantina y latina tradicional. De hecho, no es exagerado afirmar que la liturgia paulina, tanto en su conjunto como en sus particularidades, es una deformación de la liturgia latina que no puede clasificarse dentro de los auténticos ritos católicos históricos. Por lo tanto, resulta una profunda incoherencia que los católicos bizantinos prefieran el Novus Ordo por características secundarias o terciarias, ignorando, tolerando o incluso aparentando aprobar sus desviaciones de los principios fundamentales de la liturgia clásica.

Esto no es una mera especulación. Como sabemos, los liturgistas llevan décadas hablando de cómo “reformar” los ritos católicos orientales para adaptarlos al Sacrosánctum Concílium y a los principios de la Bauhaus de Bugnini. La combinación de un prejuicio a favor del pluralismo multicultural, el conservadurismo inherente a Oriente y la falta de una autoridad centralizada capaz de imponer cambios litúrgicos trascendentales ha evitado, por ahora, que los ritos orientales sufran los peores excesos de la reforma litúrgica. Pero esta frágil paz podría no durar para siempre, especialmente si la jerarquía eclesiástica continúa mostrando la arrogancia y la miopía que la han aquejado durante los últimos cincuenta años. Por lo tanto, es imprescindible que todo cristiano oriental y todo simpatizante romano comprenda los errores que dieron origen a los ritos paulinos y que están profundamente arraigados en ellos, y que se oponga a cualquier reducción, compromiso o novedad en su propia vida litúrgica.

Volviendo al principio: los católicos bizantinos que aman su propia tradición litúrgica harían bien en familiarizarse con la tradición litúrgica occidental, tal como se conserva y transmite según el usus antíquior, y —precisamente por amor a lo común entre Oriente y Occidente— evitar la liturgia neorromana, con su mezcla de anticuarianismo inconsistente y novedades modernas, su disonancia cognitiva y su ruptura con la tradición cristiana. No es sino una contradicción con las tradiciones griega y latina, que contradice verdades dogmáticas y morales ancestrales que la liturgia siempre ha manifestado e inculcado en los fieles. Los católicos romanos y bizantinos saben que están seguros, en buenas manos, al asistir a los ritos auténticos de los demás; pero ninguno puede sentirse seguro asistiendo al Novus Ordo.

Concluyo con las palabras de Martin Mosebach: «Todo esfuerzo por alcanzar el ecumenismo, por necesario que sea, debe comenzar no con encuentros llamativos con jerarcas orientales, sino con la restauración de la liturgia latina, que representa la verdadera conexión entre las iglesias latina y griega» [11].

NOTAS
[1] Geoffrey Hull en The Banished Heart (El corazón desterrado) muestra que el problema de la injerencia papal en la liturgia se remonta a muchos siglos atrás. Sin embargo, reconoce el abismo que separa cualquier cosa hecha por los papas anteriores a Pablo VI de la monstruosa ruptura introducida por Montini. Hay una diferencia de naturaleza, no solo de grado. Conozco a un filósofo católico que sostiene que la única razón por la que un rito de la Misa es válido es porque el Papa lo ha declarado así, y que si el Papa quisiera vaciar todo el contenido del rito y reemplazarlo con algo totalmente diferente, sería un verdadero rito católico siempre que contuviera las palabras de la consagración.
[2] Carl Olson hizo esta observación: «Habiendo asistido a una parroquia bizantina durante casi 20 años, es interesante que, si bien las liturgias orientales no son silenciosas como la Misa en latín —de hecho, hay poco silencio en una liturgia bizantina—, las similitudes y convergencias más profundas se encuentran en la reverencia, la trascendencia y la riqueza teológica. Francamente, escuchar muchas de las oraciones que se dicen en una Misa del Novus Ordo me deja sin palabras. Dicho de otro modo, tanto la Divina Liturgia como la Misa en latín hablan a la mente, al corazón y a los sentidos de maneras misteriosas y profundas que, si bien son algo subjetivas hasta cierto punto, están al servicio de la verdad objetiva y la realidad divina».
[3] Soy muy consciente de que estas oraciones se fueron construyendo con el tiempo y que, por ejemplo, el Último Evangelio fue una adición relativamente tardía. Pero todas las adiciones se hicieron por una buena razón, como quiera que se hicieron bajo la suave influencia del Espíritu Santo. Eliminarlas después de que se hubieran añadido de manera apropiada y armoniosa y se hubieran convertido en parte fija del rito durante siglos no es otra cosa que un repudio de su contenido teológico y función litúrgica, y por lo tanto un pecado contra el Espíritu Santo. Sacrosánctum Concílium se equivoca al afirmar que la liturgia contiene “repeticiones inútiles” que deben ser purgadas. En realidad, cualquiera que entre en oración en las repeticiones de la antigua liturgia comprende su propósito, que nunca ha presentado ninguna dificultad para los cristianos hasta las suposiciones estrechamente racionalistas y utilitarias de los tiempos modernos.
[4] Véase mi artículo “Historia de dos leccionarios: medidas cualitativas versus cuantitativas” para más información sobre este aspecto problemático del leccionario revisado.
[5] Sobre Judas, véase mi artículo “Mentiras malditas: sobre el destino de Judas Iscariote”; Sobre la omisión de salmos, véase mi artículo “La omisión de salmos ‘difíciles’ y la dilución del Salterio”.
[6] El Canon Romano, al igual que la anáfora de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, menciona a muchos santos. Las neoanáforas reducen drásticamente este homenaje y súplica.
[7] En Sacrosánctum Concílium, sin embargo, la participación se vuelve ideológica porque se exalta por encima de todos los demás principios, lo que inevitablemente causa distorsión y corrupción: «En la restauración y promoción de la sagrada liturgia, esta participación plena y activa de todo el pueblo es el objetivo que debe considerarse antes que todo lo demás» (n.º 14); compárese esta afirmación con Tra le sollecitudini del Papa San Pío X: «Consideramos necesario proveer ante todo lo demás por la santidad y dignidad del templo». Quizás un concepto mejor que participación sería asistencia: cada miembro del cuerpo asiste en la liturgia, cada uno según su lugar. Pertenecer es una categoría más básica que hacer, así como nuestra inserción en Cristo en el bautismo es más básica para nuestra identidad que cualquier acto particular que realicemos.
[8] Hay muy pocos momentos en que el sacerdote puede estar haciendo algo en el Novus Ordo cuando el pueblo y/o el coro están haciendo otra cosa: la oración antes del Evangelio, durante el aleluya; las oraciones del ofertorio, si se está cantando un canto; la ruptura de la hostia mientras se canta el Agnus Dei. Pero el número de tales momentos se ha reducido drásticamente y su contenido eucológico ha sido vaciado.
[9] Así como una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, una liturgia llena de opciones es tan buena como la peor de esas opciones. No debe juzgarse por lo que podría ser si se tomaran muchas decisiones improbables, sino por lo que suele ser cuando se toman decisiones habituales
[10] Esto no quiere decir, por supuesto, que el rito romano tradicional siempre se ofrecerá de una manera edificante o estéticamente apropiada, pero eso no es algo que se pueda garantizar en ningún rito, pues seguimos tratando con seres humanos en su variedad y fragilidad. Más bien, me refiero a las reglas y costumbres que rigen las ceremonias como tales.
[11] De la próxima edición revisada y ampliada de The Heresy of Formlessness: The Roman Liturgy and Its Enemy (La herejía de la falta de forma: La Liturgia Romana y su enemigo), Angelico Press 2018, pág. 187. En otra parte del mismo libro, Mosebach dice: «Es característico de este siglo que, justo cuando se aplicaba el hacha al verde árbol de la liturgia, se formulaban las ideas más profundas sobre ella, aunque no en la Iglesia romana, sino en la Iglesia bizantina. Por un lado, un papa se atrevió a interferir en la liturgia. Por otro, la ortodoxia, separada del papa por el cisma, preservó la liturgia y la teología litúrgica a través de las terribles pruebas del siglo. Para un católico que se niega a aceptar las conclusiones fáciles del cínico, estos hechos plantean un enigma desconcertante. Uno se siente tentado a hablar de un misterio trágico, aunque la palabra “trágico” no encaja en un contexto cristiano. La Misa de San Gregorio Magno, la antigua liturgia latina, se encuentra ahora en la “margen lunática” de la Iglesia romana, mientras que la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo está viva en todo su esplendor en el mismo corazón de la Iglesia Ortodoxa. La idea de que tenemos algo que aprender de la Ortodoxia no es popular. Pero debemos acostumbrarnos a estudiar —y estudiar a fondo— lo que la Iglesia Bizantina tiene que decir sobre las imágenes sagradas y la liturgia. Esto es igualmente relevante para el Rito Latino; de hecho, parece que solo podemos conocer el Rito Latino en toda su realidad llena del Espíritu si lo contemplamos desde la perspectiva oriental» (Ibid., pág. 57).
  
NOTA *** sobre las lenguas vernáculas en Oriente
A raíz de los comentarios sobre este artículo, me cuestiono la veracidad de mi afirmación de que el uso de la lengua vernácula es tan característico de los ritos orientales como del Novus Ordo en su gran cantidad de traducciones a lenguas modernas. Si bien es cierto que en muchos ámbitos lingüísticos se utiliza la lengua vernácula (como cuando se celebra la Divina Liturgia en inglés, en todo Estados Unidos), existen demasiadas excepciones.
  • Las iglesias y patriarcados de habla griega utilizan el griego litúrgico, no la lengua vernácula. Algunos patriarcados usan el árabe y otros junto con el griego.
  • Las iglesias ortodoxas eslavas siempre han utilizado exclusivamente el eslavo eclesiástico litúrgico. Recientemente, los modernistas orientales lograron introducir lenguas vernáculas, pero no en todas partes. Los rusos siguen utilizando únicamente el eslavo. Si bien serbios, búlgaros, macedonios, bielorrusos y ucranianos utilizan muchas lenguas vernáculas, el eslavo aún se usa. 
  • La Iglesia Ortodoxa Rumana utilizó el eslavo eclesiástico/griego litúrgico desde el siglo X hasta el siglo XVII, cuando fue reemplazado por el rumano (que, sin embargo, estaba influenciado por el eslavo eclesiástico, lo que lo hacía bastante ajeno a la lengua vernácula).
  • La Iglesia Ortodoxa Georgiana utiliza el antiguo georgiano literario como lengua litúrgica.
  • Los coptos ortodoxos utilizan el copto literario como lengua litúrgica. Si bien su uso disminuyó durante el largo dominio musulmán (siendo reemplazado por el árabe), aún se conserva y se está reintroduciendo.
  • Los ortodoxos etíopes utilizan el ge’ez como lengua litúrgica, no como una de las muchas lenguas vernáculas.
  • Los sirios ortodoxos utilizan el árabe clásico sirio. El uso del árabe está relacionado con siglos de dominio musulmán.
  • Los armenios utilizan un armenio literario clásico.
Además, ¿qué entendemos por “lengua vernácula”? El antiguo eslavo eclesiástico, por ejemplo, se creó para que los eslavos pudieran comprender la liturgia, pero al mismo tiempo, se creó para traducir un griego litúrgico muy elaborado. Históricamente, en la mayoría de las culturas existía, por definición, una gran brecha entre la lengua literaria y la lengua hablada, mucho mayor que la que es típica hoy en día, tanto porque hoy en día hay más personas alfabetizadas como porque la lengua literaria elevada prácticamente ha desaparecido.

NOTA ADICIONAL:
Un lector me envió este enlace, que respalda muchos de los puntos expuestos en este artículo mediante una cuidada selección de fragmentos alternados de liturgias romanas y ortodoxas tradicionales.

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