domingo, 28 de junio de 2026

LOS PRO-SÝLLABUS Y LOS ANTI-SÝLLABUS

Traducción a partir de la versión inglesa de la conferencia dada por el arzobispo Marcel Lefebvre a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en el Seminario Internacional San Pío X en Écône (Suiza) el 6 de Septiembre de 1990, y publicada en la revista Fidéliter n.º 87, mayo-junio de 1992. Se presenta en respuesta a las declaraciones de Gerhard Ludwig Müller Straub, Robert Sarah Nemelo, el obispón de Lincoln (Nebraska) James Douglas Conley Smith, y la Universidad Franciscana de Steubenville (Estados Unidos) sobre las consagraciones del próximo 1 de Julio.

LOS PRO-SÝLLABUS Y LOS ANTI-SÝLLABUS
   
EL PROBLEMA
Respecto al futuro, quisiera decir unas palabras sobre las preguntas que la gente común podría haceros, preguntas que a menudo recibo de personas que no saben mucho sobre lo que sucede en la Fraternidad, como por ejemplo: «¿Se han roto las relaciones con Roma? ¿Se acabó todo?».

UNA SOLUCIÓN LIGERA
Hace unas semanas, quizás tres, recibí otra llamada del Cardenal Silvio Oddi: «Bueno, Su Excelencia, ¿de verdad no hay manera de arreglar las cosas? ¿ninguna?». Le respondí: «Vosotros debéis cambiar, volver a la Tradición. No es una cuestión de liturgia, es una cuestión de fe».

El cardenal protestó:
«No, no, no es una cuestión de fe, no, no. El Papa está dispuesto a recibiros. Solo un pequeño gesto de vuestra parte, una pequeña petición de perdón, y todo estará bien».
Este es el cardenal Oddi, sin duda. Pero no lleva a ninguna parte. A ninguna parte. No entiende nada, o no quiere entender nada. Nada. Desafortunadamente, lo mismo ocurre con nuestros cuatro cardenales más o menos tradicionales: Pietro Palazzini, Alfons Maria Stickler SDB, Édouard Gagnon PSS, y Oddi. No tienen peso ni influencia en Roma; han perdido toda influencia. Ahora solo sirven para celebrar ordenaciones en la Fraternidad de San Pedro, etc. No llevan a ninguna parte. A ninguna parte.
 
EL PROBLEMA PESADO
El problema se mantiene muy grave, no hay que minimizarlo. Esto es lo que hay que responder a todos los laicos que preguntan si la crisis terminará, si no habría otro medio de tener una autorización para nuestra liturgia, para nuestros sacramentos…

Ciertamente la cuestión de la liturgia y de los sacramentos es muy importante, pero es más importante todavía la cuestión de la fe. Para nosotros esta cuestión está resuelta porque nosotros tenemos la fe de siempre, la del concilio de Trento, la del catecismo de San Pio X, de todos los concilios y de todos los papas anteriores al Vaticano II; en una palabra, la fe de la Iglesia.

¿Y en Roma? La perseverancia y la pertinacia de las ideas falsas y de los graves errores del Vaticano II continúan. Esto está claro.

El Padre Giulio María Tam nos ha enviado recortes del Osservatore Romano: discursos del Santo Padre, del cardenal Casaroli y el cardenal Ratzinger. Son documentos oficiales de la Iglesia de los cuales no se puede dudar de su autenticidad, y estamos estupefactos.
  
LA NUESTRA ES UNA ANTIGUA BATALLA
¡Estos textos son asombrosos, absolutamente asombrosos! Citaré algunos en breve. Es increíble. En las últimas semanas (¡ya que estoy en descanso!) he dedicado tiempo a releer el libro de Emmanuel Barbier, que bien conocéis, sobre el catolicismo liberal. Y es impresionante ver cómo nuestra lucha actual es exactamente la misma que libraron los grandes católicos del siglo XIX, tras la Revolución Francesa, y los papas Pío VI, Pío VII, Pío VIII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, y así sucesivamente, desde San Pío X hasta Pío XII.
   
Su lucha se resume en la encíclica Quánta Cura con el Sýllabus de Pío IX y en la Pascéndi Domínici gregis de San Pío X. Estos son los dos grandes documentos, sensacionales e impactantes para su época, que exponen la enseñanza de la Iglesia frente a los errores modernos, errores que surgieron durante la Revolución, especialmente en la Declaración de los Derechos del Hombre. Esta es la lucha en la que nos encontramos hoy. Exactamente la misma lucha.
   
Hay quienes favorecen el Sýllabus, Quánta Cura y Pascéndi, y quienes se oponen a ellos. Es sencillo. Es claro. Quienes se oponen a ellos adoptan los principios de la Revolución Francesa, los errores modernos. Quienes favorecen el Sýllabus, Quánta Cura y Pascéndi permanecen dentro de la verdadera fe, dentro de la doctrina católica.
   
Como bien saben, el cardenal Ratzinger afirmó que, en su opinión, el Concilio Vaticano II es «un anti-Sýllabus». Con esto, el cardenal se posicionó claramente entre quienes se oponen al Sýllabus. Si, por lo tanto, se opone al Sýllabus, está adoptando los principios de la Revolución. Además, continúa diciendo con claridad: «En verdad, la Iglesia se ha abierto a principios que no son propios, sino que provienen de la sociedad moderna, etc.», es decir, como todos entienden, los principios de 1789, los Derechos del Hombre.
   
Nos encontramos precisamente en la misma situación en la que el cardenal Luis Eduardo Pie, el obispo Carlos Emilio Freppel, Luis Veuillot y el diputado Emilio Keller en Alsacia, el obispo Guillermo Manuel de Ketler en Alemania y el cardenal Gaspar Mermillod en Suiza, lucharon con ahínco junto a la gran mayoría de los obispos de la época. En aquel entonces, tuvieron la fortuna de contar con el apoyo de la gran mayoría de los obispos. Algunos, como el obispo Félix Dupanloup y los pocos obispos franceses que lo siguieron, fueron una excepción. Los pocos obispos de Alemania e Italia que se opusieron abiertamente al Sýllabus, e incluso a Pío IX, fueron la excepción, no la regla.
   
Pero, por supuesto, estaban las fuerzas de la Revolución, los herederos de la Revolución, y estaba la mano tendida por Dupanloup, Carlos de Montalembert, Hugo Felicidad de Lamennais y otros, que ofrecieron su mano a la Revolución y que nunca quisieron invocar los derechos de Dios contra los derechos del hombre: «Solo pedimos los derechos de cada hombre», esto es, «los derechos compartidos por todos, compartidos por todos los hombres, compartidos por todas las religiones, no los derechos de Dios…», decían estos liberales.
  
NO DEBEMOS VACILAR
Pues bien, nos encontramos en la misma situación. No debemos hacernos ilusiones. Por consiguiente, estamos en medio de una gran lucha, una lucha titánica. Estamos librando una lucha garantizada por toda una línea de Papas. Por lo tanto, no debemos tener dudas ni temores, dudas como: «¿Por qué deberíamos ir solos? Después de todo, ¿por qué no unirnos a Roma? ¿Por qué no unirnos al Papa?». Sí, si Roma y el Papa estuvieran en consonancia con la Tradición, si continuaran la labor de todos los Papas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, sin duda.
   
Pero ellos mismos admiten que han emprendido un nuevo camino. Admiten que con el Concilio Vaticano II comenzó una nueva era. Admiten que esta es una nueva etapa en la vida de la Iglesia, completamente nueva, basada en nuevos principios. No hace falta discutir este punto. Ellos mismos lo dicen. Es evidente. Creo que debemos insistir en este punto con nuestra gente, para que comprendan su unidad con toda la historia de la Iglesia, que va mucho más allá de la Revolución. Por supuesto. Es la lucha de la Ciudad de satanás contra la Ciudad de Dios. Claramente. Así que no debemos preocuparnos. Debemos, después de todo, confiar en la gracia de Dios.
   
¿Qué sucederá? ¿Cómo terminará? Este es el secreto de Dios. Un misterio. Pero es claro, clarísimo, que debemos combatir las ideas actualmente en boga en Roma, que provienen del propio Papa, de la boca del Cardenal Ratzinger, de la boca del Cardenal Casaroli, del Cardenal Johannes Willebrands y otros como ellos, pues simplemente repiten lo contrario de lo que los Papas han dicho y declarado solemnemente durante 150 años. Debemos elegir, como le dije al Papa Pablo VI: «Debemos elegir entre usted y el Concilio, por un lado, y sus predecesores, por el otro; o con sus predecesores que enunciaron la enseñanza de la Iglesia, o con las innovaciones del Vaticano II». Su respuesta fue: «Ah, este no es el momento de entrar en teología, no entremos en teología ahora». Es claro. Por lo tanto, no debemos vacilar ni un instante.

UNA FALSA CARIDAD
Y no debemos vacilar ni un instante en no apoyar a quienes nos traicionan. Algunos admiran siempre el césped del jardín del vecino. En lugar de mirar a sus amigos, a los defensores de la Iglesia, a quienes luchan en el campo de batalla, miran a nuestros enemigos del otro lado. «Después de todo, debemos ser caritativos, debemos ser amables, no debemos dividir, después de todo, celebran la Misa Tridentina, no son tan malos como dicen…». Pero nos traicionan, ¡nos traicionan! Se alían con los destructores de la Iglesia. Se alían con quienes apoyan ideas modernistas y liberales condenadas por la Iglesia. Así, hacen la obra del diablo.
 
Así, quienes estuvieron con nosotros y trabajaron con nosotros por los derechos de Nuestro Señor, por la salvación de las almas, ahora dicen: «Mientras nos permitan la antigua Misa, podemos estrechar la mano de Roma, sin problema». Pero ya vemos cómo termina. Se encuentran en una situación imposible. Imposible. No se puede estrechar la mano de los modernistas y seguir la Tradición al mismo tiempo. No es posible. No es posible.
   
Ahora bien, mantener el contacto con ellos para traerlos de vuelta, para convertirlos a la Tradición… sí, si se quiere, ¡ese es el ecumenismo correcto! ¿Pero dar la impresión de que, después de todo, casi lamentamos la ruptura, que disfrutamos hablando con ellos? ¡De ninguna manera! ¡Son personas que nos llaman “tradicionalistas cadavéricos” dicen que “somos rígidos como cadáveres”, que la nuestra no es una Tradición viva, que tenemos caras tristes, que la nuestra es una Tradición triste! ¡Se creería que ellos jamás han formado parte de la Tradición! Es inverosímil. ¿Cómo quieren que se pueda tener relaciones con ellos?
   
Esto es lo que nos crea problemas con ciertos laicos, gente muy amable, muy buena, todos a favor de la Fraternidad, que han aceptado las Consagraciones, pero que sienten una profunda nostalgia por no estar ya con la gente con la que estaban antes, gente que no aceptó las Consagraciones y ahora está en contra nuestra. «Es una pena que estemos divididos», dicen, «¿por qué no nos reunimos con ellos? Tomemos algo juntos, acerquémonos a ellos». ¡Eso es una traición! Quienes dicen esto dan la impresión de que, a la menor señal, se pasarían a los que nos han abandonado. Deben decidirse.
    
NO PODEMOS TRANSIGIR
Esto fue lo que mató al cristianismo en toda Europa, no solo a la Iglesia en Francia, sino también en Alemania y Suiza; esto fue lo que permitió que la Revolución se afianzara. Fueron los liberales, aquellos que se acercaron a personas que no compartían sus principios católicos. Debemos decidir si también nosotros queremos colaborar en la destrucción de la Iglesia y la ruina del Reinado Social de Cristo Rey, o si estamos decididos a seguir trabajando por el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
  
A todos los que deseen unirse a nosotros y trabajar con nosotros, Deo grátias, les damos la bienvenida, vengan de donde vengan, eso no es problema; pero que vengan con nosotros, que no digan que van por un camino diferente para seguir a los liberales que nos han abandonado y trabajar con ellos. No es posible.
   
A lo largo del siglo XIX, los católicos se destrozaban, literalmente, sobre el Sýllabus: a favor, en contra, a favor, en contra.
  
Recordemos, en particular, lo que le sucedió al Conde de Chambord [Enrique de Artois, nieto del rey Carlos X de Francia y pretendiente legitimista bajo el nombre de Enrique V, N. del T.]. Fue criticado por negarse a ser nombrado rey de Francia tras la Revolución de 1870, debido al cambio de la bandera francesa. Pero no se trataba tanto de la bandera, sino de su negativa a someterse a los principios de la Revolución. Declaró: «Jamás consentiré en ser el rey legítimo de la Revolución». ¡Tenía razón! Porque sería elegido por el país, por el Parlamento francés, pero con la condición de que aceptara ser un rey parlamentario y, por lo tanto, aceptar los principios de la Revolución. Él afirmó: «No. Si debo ser rey, seré rey como lo fueron mis antepasados, antes de la Revolución».
  
Tenía razón. Hay que elegir. Él optó por permanecer con el Papa y con los principios prerrevolucionarios. Nosotros también hemos elegido ser contrarrevolucionarios, permanecer fieles al Sýllabus, oponernos a los errores modernos, permanecer fieles a la Verdad católica, defender la Verdad católica. ¡Tenemos razón!
  
EL VATICANO II ESTÁ PROFUNDAMENTE ERRADO
Esta lucha entre la Iglesia, los liberales y el modernismo es la lucha en torno al Concilio Vaticano II. Así de simple. Y las consecuencias son de gran alcance.
   
Cuanto más se analizan los documentos del Concilio Vaticano II y su interpretación por parte de las autoridades de la Iglesia, más se comprende que lo que está en juego no son simples errores superficiales, algunas equivocaciones, ecumenismo, libertad religiosa, colegialidad, cierto liberalismo, sino una perversión total de la mente, una filosofía completamente nueva basada en la filosofía moderna, en el subjetivismo.
   
Un libro publicado recientemente por un teólogo alemán (y que espero sea traducido al francés, para que lo tengáis en la mano) es sumamente instructivo. Muestra cómo el pensamiento del Papa, especialmente en un retiro que como obispo predicó en el Vaticano [el retiro cuaresmal de 1967, N. del T.], es subjetivista de principio a fin, y al leer sus discursos, uno se da cuenta de que, en efecto, este es su pensamiento. Puede parecer católico, pero no lo es. No. La noción de Dios del Papa, la noción de Nuestro Señor del Papa, surge «de las profundidades de su conciencia», y no de una Revelación objetiva a la que se adhiere con la mente. No. Él construye la noción de Dios. Recientemente afirmó en un documento —increíble— que la idea de la Trinidad solo pudo haber surgido muy tarde, porque la psicología interna del hombre tenía que ser capaz de definir la Trinidad.
   
Así pues, la idea de la Trinidad no surgió de una revelación externa, sino de la conciencia humana, brotó del interior del hombre, ¡de las profundidades de la conciencia humana! ¡Increíble! ¡Una versión totalmente distinta de la Revelación, de la Fe, de la filosofía! ¡Muy serio! ¡Una perversión total! No tengo ni idea de cómo saldremos de todo esto, pero en cualquier caso es un hecho, y como demuestra este teólogo alemán (que, creo, tiene dos capítulos más de su libro sobre el pensamiento del Santo Padre), es verdaderamente aterrador.
   
Así pues, no se trata de errores menores. No estamos hablando de trivialidades. Nos referimos a una línea de pensamiento filosófico que se remonta a Kant, Descartes y toda la generación de filósofos modernos que allanaron el camino a la Revolución.
    
EL ECUMENISMO DEL PAPA JUAN PABLO II
Permitidme citaros algunas frases relativamente recientes, por ejemplo, sobre el ecumenismo, del Osservatore Romano del 2 de junio de 1989, cuando el Papa estuvo en Noruega:
«Mi visita a los países escandinavos confirma el interés de la Iglesia Católica por el ecumenismo, cuyo objetivo es promover la unidad entre los cristianos, entre todos los cristianos. Hace veinticinco años, el Concilio Vaticano II subrayó claramente la urgencia de este reto para la Iglesia.
   
Mis predecesores persiguieron este objetivo con perseverante dedicación, con la gracia del Espíritu Santo, fuente divina y garantía del movimiento ecuménico. Desde el inicio de mi pontificado, he hecho del ecumenismo la prioridad de mi labor pastoral».
Está claro.
  
Ahora bien, cuando leéis multitud de documentos sobre ecumenismo, veis que él se pronuncia discurso tras discurso sobre el tema porque recibe delegaciones tras delegaciones de los ortodoxos, de todas las religiones, de todas las sectas, así que el tema siempre es ecumenismo, ecumenismo, ecumenismo.
 
Pero no consigue nada; el resultado final ha sido nada, absolutamente nada, excepto, por el contrario, tranquilizar a los no católicos en sus errores sin intentar convertirlos, confirmándolos en su error. La Iglesia no ha avanzado en absoluto con este ecumenismo. Todo lo que dice es un auténtico galimatías: “comunión”, “acercamiento”, “deseo de una comunión perfecta e inminente”, “esperanza de recibir pronto la comunión en el sacramento”, “unidad”, etc. Un verdadero embrollo. No hay progreso real. Es imposible avanzar así.
  
EL HUMANISMO DEL CARDENAL CASAROLI
Tomemos como ejemplo al Cardenal Casaroli, citado en el Osservatore Romano de febrero de 1989, mientras se dirige a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. ¡Vaya discurso!
«Al responder con gran placer a la invitación que se me ha extendido para comparecer ante vosotros, y al brindaros el aliento de la Santa Sede, deseo detenerme por unos instantes, como todos comprenderéis en un aspecto específico de la libertad fundamental de pensamiento y acción según la propia conciencia: la libertad religiosa».
¡Tales cosas saliendo de la boca de un arzobispo! ¡Libertad de pensamiento y acción según la propia conciencia; por lo tanto, libertad religiosa!
«Juan Pablo II no dudó en declarar el año pasado, en un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que la libertad religiosa constituye una piedra angular en el edificio de los derechos humanos. La Iglesia Católica y su Pastor Supremo, quien ha hecho de los derechos humanos un tema central de su predicación, no han dejado de recordar que en un mundo hecho por el hombre y para el hombre (Casaróli dixit), toda la organización de la sociedad solo tiene sentido en la medida en que convierte la dimensión humana en una preocupación central».
¿Dios? ¿Dios? ¡No hay dimensión divina en el hombre! ¡Es espantoso! ¡Paganismo! ¡Espantoso! Luego continúa:
«Esto preocupa a la Santa Sede, a todos los hombres; y sin duda, también a vosotros».
¿Qué se puede hacer con gente así? ¿Qué tenemos en común con ellos? ¡Nada! Imposible.
  
LA DERIVA DEL CARDENAL RATZINGER
Pasemos ahora a nuestro conocido cardenal Ratzinger, quien observó que el documento Gáudium et Spes del Concilio Vaticano II era un contrasýllabus. Sin embargo, le resulta vergonzoso haber hecho tal comentario, porque la gente lo cita constantemente en su contra como una crítica: «¡Vd. dijo que el Vaticano II es un contrasýllabus! ¡Momento, esto es grave!». Así que buscó una explicación. La ofreció recientemente, el 27 de junio de 1990.
  
Como sabéis, Roma publicó recientemente un documento importante que explica la relación entre el Magisterio y los teólogos [la Instrucción “Donum veritátis”, N. del T.]. Ante los constantes problemas que les generan los teólogos, Roma ya no sabe qué hacer, así que intenta mantenerlos a raya sin ser demasiado duros con ellos. Por eso, dedican páginas y páginas a este documento. Ahora bien, en la presentación del documento, el cardenal Ratzinger expone su opinión sobre la posibilidad de contradecir lo que los Papas decidieron hace aproximadamente cien años.

La Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, dice el Cardenal, «afirma por primera vez con tanta claridad…», ¡y de hecho creo que es cierto!:
«…que existen decisiones del Magisterio que no pueden ser, ni pretenden ser, la última palabra sobre la cuestión en sí, sino que constituyen un ancla sustancial para el problema…».
—¡Ah, el cardenal es muy astuto! Así que hay decisiones del Magisterio (¡y no cualquier decisión!) que no pueden ser la última palabra sobre el tema en sí, sino que son simplemente un ancla sustancial para el problema. El cardenal continúa:
«…y son ante todo una expresión de prudencia pastoral, una especie de provisión provisional…»
—¡Oído! ¡Las decisiones finales de la Santa Sede se están transformando en disposiciones provisionales! El cardenal continúa:
«…Su esencia sigue siendo válida, pero algunos detalles, influenciados por las circunstancias contemporáneas, podrían requerir una rectificación adicional. En este sentido, cabe remitirse a las declaraciones papales del siglo pasado sobre la libertad religiosa, así como a las decisiones antimodernistas de principios del siglo XX, especialmente las de la Comisión Bíblica de aquella época…».
  
EL MAGISTERIO DISUELTO
¡Esas son las decisiones que el cardenal no pudo soportar! ¡Así que tres declaraciones definitivas del Magisterio pueden descartarse por ser solo «provisionales»! Escuchemos al cardenal, quien continúa diciendo que estas decisiones antimodernistas de la Iglesia prestaron un gran servicio en su tiempo al «advertir contra las adaptaciones apresuradas y superficiales» y «evitar que la Iglesia se hundiera en el mundo burgués-liberal… Pero los detalles para determinar su contenido se suspendieron posteriormente una vez que cumplieron su deber pastoral en un momento determinado» (L’Osservatore Romano, edición en inglés, 2 de julio de 1990, pág. 5). ¡Así que pasemos página y no hablemos más de ellas!
   
¿Véis cómo el cardenal se libró de la acusación de haberse extralimitado al llamar al Concilio Vaticano II un antisýllabus, oponiéndose a las decisiones papales y al Magisterio del pasado? ¡Encontró una salida! – «…el núcleo sigue siendo válido…» –¿qué núcleo? ¡Ni idea!– «…pero los detalles individuales influenciados por las circunstancias de la época pueden requerir una rectificación adicional…» – ¡Et voilà, se libró del problema!

Cómo quieren que se les tenga confianza a personas como éstas, que justifican la negación de Quánta Cura, de Pascéndi, de las decisiones de la Comisión Bíblica, etcétera…
  
SIERVOS DEL GLOBALISMO
En conclusión, o bien somos herederos de la Iglesia Católica, es decir, de Quánta Cura, de Pascéndi, con todos los Papas hasta el Concilio y con la gran mayoría de los obispos anteriores al Concilio, para el reinado de Nuestro Señor Jesucristo y para la salvación de las almas; o bien somos herederos de aquellos que se esfuerzan, incluso a costa de romper con la Iglesia Católica y su doctrina, por reconocer los principios de los Derechos Humanos, basados ​​en la apostasía, para obtener un puesto como servidores en el Gobierno Mundial Revolucionario. Eso es todo. Ellos lograrán obtener un puesto bastante bueno como servidores en el Gobierno Mundial Revolucionario porque, al afirmar estar a favor de los Derechos Humanos, la libertad religiosa, la democracia y la igualdad humana, merecen claramente ocupar un puesto como servidores en el Gobierno Mundial.
  
EL SEÑOR ES NUESTRA FORTALEZA
Creo que si os cuento estas cosas, es para situar nuestra lucha en su contexto histórico. Obviamente, no empezó con el Concilio Vaticano II. Se remonta mucho más atrás. Es una lucha dura y muy dolorosa; ¡se ha derramado sangre en ella, y en abundancia! Y luego las persecuciones, la separación de la Iglesia y el Estado, los religiosos y religiosas forzados al exilio, la confiscación de bienes de la Iglesia, etcétera, no solo en Francia sino también en Suiza, Alemania, Italia; la ocupación de los Estados Pontificios que obligó al Papa a regresar al Vaticano: ¡abominaciones espantosas contra el Papa!
   
Bueno, ¿estamos del lado de todos estos innovadores, en contra de la doctrina profesada por los Papas, en contra de sus voces alzadas en protesta para defender los derechos de la Iglesia, los derechos de Nuestro Señor, para defender las almas? Creo que realmente tenemos una fuerza y ​​un fundamento en el que apoyarnos que no proviene de nosotros, y esto es lo bueno: no es nuestra lucha, es la lucha de Nuestro Señor, que la Iglesia ha llevado adelante. Así que no podemos vacilar. O estamos a favor de la Iglesia, o estamos en contra de la Iglesia y a favor de la nueva Iglesia conciliar que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica, o que cada vez tiene menos que ver con ella. De hecho, cuando el Papa habló de derechos humanos, inicialmente también aludió a los deberes de los hombres, pero ya no. Ya no. Derechos humanos, y esta insistencia en todo para el hombre, todo por el hombre. ¡Verdaderamente espantoso!
  
LA FRATERNIDAD ESTÁ LUCHANDO
Quería compartir con vosotros algunas de estas reflexiones para que os fortalezcáis y seáis conscientes de la lucha que estáis librando. Con la gracia de Dios, porque es evidente que ya no estaríamos vivos si el Buen Señor no estuviera con nosotros. Esto es claro. Ha habido al menos cuatro o cinco ocasiones en que la Fraternidad San Pío X debería haber desaparecido. ¡Pues bien, aquí estamos de nuevo, gracias a Dios! Y por Dios, seguimos adelante. Deberíamos haber desaparecido especialmente en el momento de las Consagraciones en 1988. Eso fue lo que nos dijeron de antemano. Todos los profetas de la fatalidad, e incluso aquellos cercanos a nosotros, dijeron: «No, no, Su Excelencia, no lo haga, ese es el fin de la Fraternidad, puede estar seguro, se lo aseguramos, es el fin, todo habrá terminado, puede cerrar». ¡Y sin embargo sobrevivimos!
  
No, el Buen Señor no quiere que su lucha llegue a su fin, una lucha en la que ha habido muchos mártires, los mártires de la Revolución y todos aquellos que fueron mártires morales a causa de las persecuciones que sufrieron durante el siglo XIX. También en nuestro siglo, San Pío X fue mártir. Todos estos héroes de la fe, los obispos perseguidos, los conventos confiscados, las monjas exiliadas: ¿acaso todo esto ha sido en vano? ¿Acaso toda esa lucha ha sido una lucha inútil, una lucha en vano? ¿Una lucha que condena a sus víctimas? ¿Y a los mártires? Imposible. Así pues, nos encontramos atrapados en la misma corriente, en la continuación de la misma lucha, y damos gracias a Dios.
  
LA FRATERNIDAD ES PERSEGUIDA
Es obvio que somos perseguidos. ¿Cómo no serlo? Somos los únicos excomulgados. Nadie más lo es. Somos los únicos perseguidos, incluso en asu unntos materiales. Por ejemplo, nuestros compañeros suizos se ven obligados a hacer el servicio militar de nuevo. Esto es persecución por parte del gobierno suizo. En Francia, persiguen al Distrito Francés de la Fraternidad bloqueando la entrega de herencias al Distrito, en un intento de asfixiarnos privándonos de nuestros ingresos. Esto es persecución, de esas que abundan en la historia; simplemente continúa. Y Dios encuentra la manera de sortearla.
   
Normalmente, nuestro Distrito Francés debería haber sido asfixiado, y habríamos tenido que cerrar nuestras escuelas, clausurar todas las instituciones que nos costaban dinero. Pero esta situación se ha prolongado durante más de dos años, y la Providencia ha permitido que nuestros benefactores sean generosos y que los fondos fluyan, por lo que hemos podido continuar a pesar de esta persecución injusta. Injusta, porque la ley, el estado de derecho, está de nuestro lado. Pero hay una carta del Cardenal Aarón Lustiger al Ministro Francés pidiéndole que detenga nuestros legados, y esta carta no surgió de la nada; fue escrita bajo la influencia del obispo Camille Perl. Es él, el alma maldita. Es él. Estaba todo sonrisas cuando vino para la Visita Oficial de la Fraternidad en 1987, pero fue el genio maligno de esa Visita. ¡Creía que nos tenía bajo su control cuando cortó nuestra financiación!
   
Así que no debemos preocuparnos, porque al mirar atrás, vemos que aún no somos tan desafortunados como aquellos católicos desposeídos a principios de este siglo, que se encontraron en la calle sin nada. Esto podría sucedernos algún día, no lo deseo, pero cuanto más crezcamos, más despertaremos la envidia de quienes no nos aprecian. Pero debemos confiar en Dios, en su gracia.
  
NO HAY SOLUCIONES FÁCILES
¿Qué pasará? No lo sé. ¡Quizás la venida de Elías! Esta mañana leía en las Sagradas Escrituras: «Elías volverá y lo pondrá todo en su sitio». «Et ómnia restítuet», «y restaurará todas las cosas». ¡Por Dios Santísimo, que venga ya! No lo sé. Pero, humanamente hablando, por el momento no hay posibilidad de un acuerdo entre Roma y nosotros.
   
Alguien me dijo ayer: «¿Y si Roma aceptara sus Obispos y que usted estuviera completamente exento de la jurisdicción de los obispos…?». Pero, en primer lugar, están muy lejos de aceptar algo así ahora mismo, y en segundo lugar, ¡que nos hagan una oferta similar primero! Pero no creo que estén ni cerca de hacerlo. Porque la dificultad hasta ahora ha sido precisamente el hecho de darnos un obispo tradicionalista. No querían eso. Tenía que ser un obispo conforme al perfil establecido por la Santa Sede.
   
«El perfil». ¡Ved lo que eso significa! Imposible. Sabían perfectamente que al darnos un obispo tradicional, estarían estableciendo una fortaleza tradicionalista capaz de perdurar. No querían eso. Tampoco se lo dieron a los otros (la Fraternidad Sacerdotal San Pedro). Cuando los de San Pedro dicen que firmaron el mismo Protocolo que nosotros firmamos en mayo de 1988, eso no es cierto, porque nuestro Protocolo incluía un obispo y dos miembros de la Comisión Romana, cosas que su Protocolo no tenía. Así que no firmaron el mismo Protocolo que nosotros. Roma aprovechó la redacción de un nuevo Protocolo para eliminar esas dos concesiones. Querían evitarlo a toda costa. Así que tuvimos que hacer lo que hicimos el 30 de junio de 1988…
   
EL LADO POSITIVO 
En cualquier caso, me complace poder animaros y felicitaros por el trabajo que hacéis. Las quejas son raras hoy en día, y cuántas personas me escriben expresando su gratitud por la labor de los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Para ellos, la Fraternidad es su vida. Han redescubierto la vida que anhelaban, el camino de la fe, el espíritu familiar que necesitan, el deseo de una educación cristiana, todas estas escuelas, junto con todo lo que hacen nuestras hermanas y padres, y todos nuestros amigos que colaboran para continuar la Tradición. Todo esto es maravilloso en los tiempos que vivimos. La gente está verdaderamente agradecida, profundamente agradecida. Así que continuad con vuestro trabajo y organizaos. Espero que poco a poco nuestras diversas comunidades crezcan en número para brindarles un mayor apoyo mutuo a todos vosotros, tanto moral como físicamente, para que podais mantener vuestro fervor actual.

Deseo agradecer a todos los superiores su celo y devoción. Creo firmemente que Dios eligió la Fraternidad, la quiso. En noviembre celebraremos el vigésimo aniversario de la Fraternidad, y estoy profundamente convencido de que representa lo que Dios desea: continuar y mantener la Fe, preservar la verdad de la Iglesia, conservar lo que aún se puede salvar en ella. Esto es gracias a los obispos reunidos en torno al Superior General, quienes cumplen su indispensable papel como guardianes de la Fe, como predicadores de la Fe, otorgando la gracia del sacerdocio, la gracia de la Confirmación, dones insustituibles y absolutamente necesarios.
   
Todo esto resulta profundamente reconfortante. Creo que debemos agradecer a Dios y permitirle que siga su curso, para que algún día la gente se vea obligada a reconocer que, si bien la visita del cardenal Gagnon de 1987 dio pocos frutos, demostró nuestra presencia y la labor de la Fraternidad, aunque no quisieran expresarlo abiertamente fuera de nuestros círculos después de la Visita. Sin embargo, algún día se verán obligados a reconocer que la Fraternidad representa una fortaleza espiritual y una fe insustituibles, de las cuales, espero, tendrán la alegría y la satisfacción de beneficiarse, pero solo cuando hayan regresado a su fe tradicional.
  
Oremos a la Santísima Virgen y pidamos a Nuestra Señora de Fátima que interceda por todas nuestras intenciones en las peregrinaciones que realizamos a diversos países, para que nos ayude a la Fraternidad y así tenga numerosas vocaciones. Obviamente, nos gustaría tener más vocaciones. Nuestros seminarios no están llenos. Nos gustaría que lo estuvieran. Sin embargo, con la gracia de Dios, sucederá. Así que, una vez más, gracias, y por favor, orad por mí para que tenga una muerte buena y santa, ¡porque creo que es todo lo que me queda por hacer!

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