Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
Alegoría de la Iglesia militante y triunfante (Andrea di Buonaiuto. Capilla de los españoles en la catedral de Santa María la Nueva de Florencia).
[…] De lo cual se desprende que el mismo conocimiento de las razones de la credibilidad no es necesario para los creyentes individuales, sino que depende de la capacidad relativa de cada individuo. Por lo tanto, los teólogos distinguen en el juicio de la credibilidad entre certeza absoluta y certeza relativa [1], y enseñan que esta última es prácticamente suficiente para que la voluntad pueda dominar el acto de fe divina. Tampoco importa que, en este segundo caso, los creyentes generalmente sigan el juicio de otros. En los eruditos reside el conocimiento de las pruebas de la fe; en el pueblo y en quienes no han estudiado directamente las razones de la credibilidad, existe el sentido común, que hace suyo el conocimiento de los eruditos y competentes en la materia.«Muchos, escribe el padre Giuseppe Petazzi, están impresionados por la debilidad de los motivos que en ciertos casos llevan al hombre a la fe: a menudo, se dice, son motivos de naturaleza meramente moral. El padre Ambroise Gardeil, en su libro La credibilité et l’Apologetique, cuenta la historia de un hombre de ochenta años que volvió a la fe, movido únicamente por este motivo: la convicción de su propia ignorancia. Había oído en un sermón que los incrédulos son ignorantes (en materia de religión); se convenció de ello y se convirtió sin desear estudiar ningún otro motivo de credibilidad. De aquí se establecen las llamadas suppléances (suplencias) de credibilidad. Este no es el lugar para discutir esta cuestión aquí: simplemente señalemos que el principio de Santo Tomás: non credéret homo nisi prius vidéret esse credéndum, es siempre verdadero; la evidencia objetiva de credibilidad siempre se presupone para cualquier acto de fe; pero esta evidencia no requiere una prueba intrínseca de la verdad de la religión católica, sino que basta con cualquier razón que haga que el asentimiento sea evidentemente razonable en diversos casos y en diversas condiciones humanas. Para un niño, una razón evidentemente razonable de credibilidad es esta: porque su madre lo dice; para un campesino, es la autoridad del párroco y sus ancianos; para todos, especialmente en ciertas condiciones de vida, la santidad de la moral católica, el verdadero consuelo que solo ella puede dar al corazón humano; para ese anciano incrédulo, la condición de no saber y, por lo tanto, el deber de confiar en alguien que ha estudiado y sabe, etc. Todas estas son razones evidentemente razonables de credibilidad; y bien se puede observar que, aunque se aplican solo a diferentes casos, no obstante, tienen un valor objetivo y universal basado en la naturaleza misma de las cosas. Porque es objetiva y universalmente cierto que es razonable confiar en alguien que sabe, etc. De lo cual se desprende que, puesto que la razón de las «suplencias» implica la relación con un defecto, las suplencias subjetivas son razonables, en la medida en que reparan un defecto del mismo orden, es decir, un defecto subjetivo, siendo razonable que quien no puede penetrar el valor intrínseco de una verdad objetiva, recurra, para obtenerla, a medios extrínsecos (como la autoridad o razones de conveniencia, y a estos se reducen todas las suplencias subjetivas). Pero quien quisiera recurrir, como los modernistas, a las suplencias subjetivas para reparar el defecto de la evidencia objetiva que atribuye a las razones de credibilidad, chocaría con los principios de la lógica y el sentido común, y sobre todo destruiría la razonabilidad de la fe» [2].Es fácil comprender, sin embargo, que la certeza relativa es válida en la medida en que conduce a la certeza absoluta. Es decir, incluso si admitimos que el juicio de credibilidad se forma generalmente sobre el testimonio de otros —in fide majórum—, no obstante, es un hecho que detrás de ese testimonio está la afirmación y la historia de toda la Iglesia en los diversos siglos de su existencia, está la de sus triunfos y admirables efectos en el mundo, está finalmente el estudio y la demostración dados por los Padres, los Doctores, los Teólogos y los apologistas de todos los siglos [3].
Mons. GIUSEPPE BALLERINI GARLASCHELLI, obispo de Pavía. Breve apologia pei giovani studenti contro gl’increduli dei nostri giorni (Breve apología para los jóvenes estudiantes contra los incrédulos de nuestros días), vol. II La Religión, cap. XXVI. Florencia (Italia), Libreria Editrice Fiorentina, 1914. En Arsenale apologetico: Munizioni di verità per l’uomo contemporaneo: dalla scienza alla filosofia, dalla storia al magistero (Arsenal apologético: Municiones de verdad para el hombre contemporáneo: de la ciencia a la filosofía, de la historia al magisterio). Edizioni Radio Spada, 2026.
NOTAS
[1] Heinrich Kilber SJ. Tratado De virtutibus theologicis. En RR. PP. Societatis Jesu Theologia dogmatica, polemica, scholastica et moralis, prælectionibus publicis in alma Universitate Wirceburgensi accommodata (Lecciones públicas de Teología degmática, polémica, escolástica y moral preparadas por los Rvdos. PP. de la Compañía de Jesús en la Alma Universidad de Wurzburgo), vol. VIII (edición de París), N.º 172.
[2] En la revista Scuola Cattolica, abril de 1909.
[3] «La mayoría de los hombres viven confiando en unos pocos; todos los demás confían en los expertos en cada arte, incluso para las necesidades básicas de la vida». Por esta razón también el hombre es social y depende de la sociedad. Del mismo modo, son escasos los maestros que, mediante la ilustración intelectual y su propio estudio, poseen conocimiento y plena certeza de la verdad religiosa: sobre su autoridad la multitud forma el juicio por el cual se gobierna en la práctica, y así el mundo continúa. Pero si esa certeza no estuviera presente ni siquiera en ningún maestro, ¿qué confianza tendrían los demás? ¿O cómo podrían reconocer la obligación de abrazar la religión, si quienes la estudian no encontraran los argumentos necesarios de la verdad?» P. Guido Mattiussi SJ, en Rivista di Filosofia Neoscolastica, 30 de diciembre de 1918, página 394.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Preferiblemente, los comentarios (y sus respuestas) deben guardar relación al contenido del artículo. De otro modo, su publicación dependerá de la pertinencia del contenido. La blasfemia está estrictamente prohibida. La administración del blog se reserva el derecho de publicación (sin que necesariamente signifique adhesión a su contenido), y renuncia expresa e irrevocablemente a TODA responsabilidad (civil, penal, administrativa, canónica, etc.) por comentarios que no sean de su autoría.