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sábado, 15 de marzo de 2025

LETANÍA DE SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER


Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
  
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.
  
Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.

San Clemente María, ruega por nosotros.
San Clemente, dotado de la virtud de la fe firme, ruega por nosotros.
San Clemente, de inquebrantable esperanza, ruega por nosotros.
San Clemente, radiante del ardiente amor de Dios, ruega por nosotros.
San Clemente, persistente buscador de la voluntad de Dios, ruega por nosotros.
San Clemente, sometido con alegría a los designios de la Divina Providencia, ruega por nosotros.
San Clemente, humildemente entregado a las inspiraciones del Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San Clemente, profundamente preocupado por la suerte de la Iglesia de Cristo, ruega por nosotros.
San Clemente, esperando confiado el apoyo de Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.
San Clemente, imbuido de la dignidad del sacerdocio de Cristo, ruega por nosotros.
San Clemente, que apreciaste el valor de una vida enteramente entregada a Dios, ruega por nosotros.
San Clemente, regocijado por el don de la vocación redentorista, ruega por nosotros.
San Clemente, que al propagar la Congregación Redentorista más allá de Italia, fuiste llamado desde entonces su segundo fundador, ruega por nosotros.
San Clemente, devoto de la obra de evangelización, ruega por nosotros.
San Clemente, que leíste fielmente los signos de los tiempos, ruega por nosotros.
San Clemente, que buscaste nuevas formas de predicar el Evangelio, ruega por nosotros.
San Clemente, ejemplo de fidelidad creativa al carisma redentorista, ruega por nosotros.
San Clemente, guía por los caminos de la santidad, ruega por nosotros.
San Clemente, testigo ferviente de Cristo, ruega por nosotros.
San Clemente, fiel seguidor del Santísimo Redentor, ruega por nosotros.
San Clemente, celoso adorador de la Eucaristía, ruega por nosotros.
San Clemente, concentrado en oración a pesar de los deberes que te distraen, ruega por nosotros.
San Clemente, que glorificaste la belleza de Dios con la gracia de la liturgia, ruega por nosotros.
San Clemente, marcado por la cualidad del fácil contacto con la gente, ruega por nosotros.
San Clemente, que conquistaste hábilmente los apóstoles seglares de Cristo, ruega por nosotros.
San Clemente, que apoyaste a los jóvenes estudiantes en la adquisición de conocimientos, ruega por nosotros.
San Clemente, inspirando un sentido de fraternidad cristiana, ruega por nosotros.
San Clemente, que te entregaste a Varsovia por el Dios misericordioso como ayuda en tiempos difíciles, ruega por nosotros.
San Clemente, que apoyaste al pueblo de Varsovia material y moralmente devastado por la derrota del levantamiento, ruega por nosotros.
San Clemente, que con ardientes sermones y solemnes devociones, mantuviste calmados los ánimos de los habitantes de la Capital por las desgracias, ruega por nosotros.
San Clemente, que acogiste con amor a las víctimas menores del pogromo de Praga y por eso se le llama el padre misericordioso de los huérfanos de Varsovia, ruega por nosotros.
San Clemente, sensibilizando a los políticos sobre cuestiones de dignidad humana y justicia social,
San Clemente, heroicamente paciente en medio de las pruebas y adversidades de la vida,
San Clemente, manteniendo la alegría a pesar de los fracasos que ha sufrido,
San Clemente, patrón de los panaderos
San Clemente, apóstol de Varsovia y Viena.
San Clemente, nuestro confiable intercesor ante el Señor en la comunión de los santos.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

℣. Ruega por nosotros, San Clemente María.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Oh Dios, que fortaleciste admirablemente la fe y honraste la invicta constancia en la virtud del bienaventurado San Clemente María: te suplicamos, por sus méritos y ejemplo, nos hagas fuertes en la fe y fervientes en la caridad, para conseguir los premios eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

viernes, 15 de marzo de 2019

SAN CLEMENTE MARÍA HOFBAUER, APÓSTOL DE LOS UNIVERSITARIOS Y PROPAGADOR DE LA ORDEN REDENTORISTA

«Jesús dijo: El que os eschuche a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecie me desprecia a mí; y el que me desprecia a mí, desprecia al que me envió» (San Lucas 10, 16).
  
San Clemente María Hofbauer
 
Cierto día, en una taberna de Varsovia, entra un sacerdote pidiendo limosna; un jugador, al verle, le insulta y le escupe en la cara. El sacerdote saca el pañuelo, se limpia y dice blandamente: «Caballero, esto es para mí; ¿puede darme ahora alguna cosa para los huérfanos del Niño Jesús?». Aquel hombre se sintió vencido y se hizo amigo de quien así le respondía. Al verle desaparecer por la puerta de la taberna, todos se preguntaban quién podía ser aquel cura de manteo descolorido, que tenía tal dominio.
  
Era un santo, y se llamaba Clemente María Hofbauer. Noveno de los doce hijos de un carnicero, había nacido en Taßwitz –actual Tasovice– (Moravia), en 1751. A los siete años, y en plena guerra, muere su padre, Pablo Hofbauer (forma germanizada de Dvorák). Desde ese momento tendrá que ir haciéndose la vida casi solo. Solo, no; después del entierro, su madre, María Steer, le lleva delante de un crucifijo y le dice: «Mira, hijo, en adelante Éste será tu padre. Guárdate de afligirle con un pecado».
  
Quiere ser sacerdote, pero la vida le obliga a mudar seis veces de ruta; a los treinta años consigue estudiar teología, gracias a la generosidad de unas señoras, a las que más tarde el Santo sabrá agradecer; sólo a los treinta y cuatro llega a ser sacerdote, en Roma, cuando entra en la Congregación de los Redentoristas.
   
En 1785 vuelve a Viena. El emperador José II está en el apogeo de sus reformas, con lo que se llamó el josefinismo, queriendo someter la Iglesia al Estado, y acaba de suprimir centenas de casas religiosas. Clemente marcha con su compañero Tadeo Huebl a Polonia, para trabajar en la iglesia de San Bennón, de Varsovia. Los comienzos fueron duros; no tenían nada; dormían sobre una mesa, porque la humedad entraba por todos los lados. El aspecto de la ciudad era malo: el jansenismo y el regalismo atenazaban toda la vida católica; la masonería se había apoderado, sin trabajo, de las clases altas; los alemanes, que formaban la colonia más numerosa, preferían ir a las capillas protestantes antes que a las iglesias polacas.
   
Poco a poco, la iglesia de San Bennón se convierte en un centro de irradiación religiosa, llegando nuevas vocaciones para el trabajo. Cinco veces al día se renovaba la asistencia, llenándose la iglesia, que tenía capacidad para unas mil personas; había diariamente tres sermones en polaco y dos en alemán; tres misas solemnes, a veces con orquesta, Vía crucis, visita al Santísimo Sacramento y oficio parvo, oración de la mañana y de la noche, con meditación. El Santo no perdonaba gasto ninguno para el esplendor del culto, que era una gran atracción, incluso para incrédulos y judíos, siendo el comienzo de muchas conversiones. A pesar de las influencias jansenistas, las comuniones ascienden a 104.000 por año.
   
Clemente presiente y utiliza los métodos del apostolado moderno. Mantiene gratuitamente una escuela de primera enseñanza y profesional, para trescientos niños y doscientas niñas, a los que enseña a ser apóstoles de sus familias. Abre un orfanato; para mantenerlo se ve obligado a mendigar por casas y tabernas; un día se le vio llamando a la puerta del sagrario. Funda un colegio-seminario de vocaciones sacerdotales. Organiza una asociación de laicos, hombres y mujeres, con algunas características de los actuales institutos seculares; tenían días de retiro, círculos de estudio y apostolado; después de un año de prueba, hacían el voto de fidelidad a la Iglesia y al Papa, y la promesa de edificar el reino de la gracia en los prójimos. Al mismo tiempo piensa en el establecimiento de su Congregación; funda personalmente seis casas, pero ve con tristeza que apenas levanta el pie, la fundación desaparece; dos tentativas en los Balcanes y Ucrania no tuvieron mejor éxito; los redentoristas que están bajo sus órdenes tienen que buscar diez casas sucesivas en once años; los gobiernos protestantes o regalistas los echan de una diócesis a otra; el mismo Clemente, por este motivo, estuvo preso.
    
En 1808, Napoleón, el amo de Europa, desde Bayona, expulsa los redentoristas de Varsovia, gloriándose en el decreto de haberlos expulsado de otras ciudades. El 17 de junio un batallón de militares rodea la iglesia; el Santísimo estaba expuesto; San Clemente tuvo que bajar del púlpito y los otros padres interrumpir las confesiones. Después de una prisión de un mes, fueron dispersados por cuatro naciones. Para el Santo fue el mayor dolor. Su fe es fuerte y no desanima: «Nos abandonamos al querer de Dios... Que Él sea glorificado».
    
Buen caminante, después de ser preso dos veces más y de pasar por el peligro de ser fusilado como espía, llega a Viena, que lo recibe con cuatro días de cárcel, como a un ladrón. Se encuentra otra vez en el comienzo, como hacía veinte años. Pero ve una gran claridad: «Todo lo que a nosotros nos parece contrario, nos conduce donde Dios quiere».
    
Sus caminos se han terminado. Exteriormente su vida tiene un marco muy oscuro; desde 1813, capellán de las monjas ursulinas. A pesar de que el Gobierno mantiene sus reformas, que atan meticulosamente las actividades apostólicas y a pesar de que la situación de Europa central es, según la frase del Santo, peor que en los tiempos de Lutero, Santa Ursula se transformará en un fermento de vida católica. Después de predicar el primer domingo a media docena de personas, las monjas ven, admiradas, que el siguiente la iglesia está llena. Aquella predicación era un acontecimiento en la ciudad. Se predicaba de la caridad y del cristianismo universales, pero San Clemente habla precisamente de lo que los otros callan: de la Iglesia católica, del papa, de la Virgen, de la redención, de los sacramentos. Es un atrevimiento que cada día le trae un auditorio mayor. El grupo más numeroso, después del pueblo sencillo, es el de los estudiantes, artistas y profesores de la universidad. Toda su vida predicó sencillamente, dando la sensación de que era como un testigo que había visto y palpado las cosas. No era el gusto de oírle, era volver a casa transformado. Sus argumentos no admitían réplica; cuando habló sobre los sacramentos, había dicho una mujer: «¿Qué diría la gente si la vieja del herrero comulgase muchas veces?». Otro día alude San Clemente desde el púlpito: «¿Y qué diría la gente si la vieja del herrero fuera al infierno?». Quien no faltaba a sus sermones era la policía, que le dio el mayor disgusto de la vida: le prohibió predicar.
   
El confesionario y los moribundos nadie se los podía quitar; le veían de noche, envuelto en su viejo manteo y con una linterna en la mano, entrar por los barrios más apartados; solía decir que si tenía tiempo para rezar un rosario en el camino, el éxito era seguro. Cierta noche, insultado y rechazado, se clavó en la puerta, diciendo con una calma glacial: «Veo la muerte que llega y he visto morir a muchos que se salvaban; ahora quiero ver cómo muere un condenado». El moribundo se confesó. Los pobres tampoco se los quitaban, y a su entierro, entre una multitud de ellos, asistió un buen grupo de viejos soldados que los gobiernos abandonaban después de estropearlos en las guerras. Hasta las mismas monjas sintieron frecuentemente su caridad; en cierta ocasión se les presentó con un cordero bajo el manteo.
   
La obra más bella de estos años fue el trabajo con la juventud de Viena. Fue como el comienzo de una Acción Católica. Reunió un grupo grande de escritores, estudiantes y artistas de toda clase. El romanticismo católico fue acunado por San Clemente. Uno de los más destacados fue Federico Schlegel, convertido del protestantismo y verdadero iniciador de la escuela romántica; junto a él podríamos poner una lista de celebridades, como Adán Müller, Zacarías Werner, Felipe Veit, José Otmaro Rauscher (más tarde cardenal), el poeta Clemente Brentano y muchas personas de la nobleza austríaca. El movimiento de conversiones fue grande, especialmente entre protestantes, judíos y católicos tibios. Algunos de éstos fueron a Roma, donde se formó otro centro unido a Clemente y donde maduraron muchas conversiones, como la del pintor Juan Federico Overbeck. Con intuición alegre de sus necesidades y aspiraciones, les dirigía personalmente y les daba una formación seria y seguridad contra el racionalismo; les acostumbraba a la pobreza, a la humildad, a la frecuencia de sacramentos; se preocupaba de sus necesidades materiales; los llevaba a pasear por las calles de Viena, haciéndoles perder el respeto humano, les metía un rosario en el hueco de la mano y les mandaba ser apóstoles.
   
La influencia de estos jóvenes era como un contagio de Cristo. Fundaron un colegio para las clases dirigentes. En la universidad protestaban contra los errores de los profesores; el de Derecho llamó a la policía, que echó la culpa a Clemente, «pues trastornaba la cabeza de los estudiantes». La mayor parte eran escritores y bajo la inspiración del Santo fueron los primeros que atacaron a los enciclopedistas franceses y filósofos alemanes; fundaron varios periódicos y revistas de arte y filosofía, siendo los iniciadores del periodismo católico. A la sombra del Santo fue naciendo el partido romántico católico, cuya influencia politico-religiosa se notó en el Congreso de Viena, 1814, donde se quería reorganizar Europa y donde varios de sus discípulos tomaron parte. Estrechamente vigilado por la policía, el Santo tenía contacto directo con el nuncio y con muchos de los congresistas, que le buscaban en su propia casa, como el príncipe heredero, Luis de Baviera. Se consiguió, y no fue poco, que la Iglesia no quedase parcelada en iglesias nacionales, como muchos congresistas y eclesiásticos querían.
   
San Clemente era el hombre de la Iglesia, a la que amaba apasionadamente, sintiéndose totalmente feliz como hijo de ella, y para ella pensaba en todos los medios de apostolado. Era un auténtico genio católico y Zacarías Werner decía que las tres fuerzas de su tiempo eran Napoleón, Goethe y Clemente.
   
En noviembre de 1818 le obligan a escoger el destierro, por ser religioso. Y en los siete meses en que suspenden la sentencia y en que los treinta años de trabajo parecen una cadena de fracasos, sigue esperando; aquí está la grandeza del Santo: estar seguro de Dios. Y Dios le prepara la contradicción más bella. En 1819 el emperador Francisco II es recibido en Roma. De tal manera le habla el Papa sobre Clemente, que desde Italia da una orden que muda totalmente su suerte. El Santo, aunque sabe que no verá el triunfo en la tierra, prepara sus futuros novicios: eran treinta y dos. Su salud va decayendo y el 5 de marzo de 1820 termina su último sermón exhortando a pensar «que vendrá la noche, en la cual nadie puede trabajar, porque el árbol, del lado que caiga, así quedará por toda la eternidad».
   
El 16 llega el decreto imperial autorizando la Congregación y es depositado junto al cadáver del Santo. Había muerto el día anterior, al toque del Ángelus de las 18:00h.
  
GREGORIO MARTÍNEZ ALMENDRES CSSR. (Año Cristiano, Tomo I. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966)
  
ORACIÓN
Oh Dios, que fortaleciste admirablemente la fe y honraste la invicta constancia en la virtud del bienaventurado San Clemente María: te suplicamos, por sus méritos y ejemplo, nos hagas fuertes en la fe y fervientes en la caridad, para conseguir los premios eternos. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 15 de marzo de 2018

SEGUIR LA CORRIENTE ES COBARDÍA

Conferencia dada por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira a los socios y cooperadores de la TFP el 14 de Marzo de 1966. Tomada de PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA.
  
San Clemente María Hofbauer (1751-1821), canonizado por San Pío X en 1909, y proclamado patrono de Viena en 1914 por aquel mismo Papa Santo. Su fiesta se conmemora el día 15 de marzo.
   
San Clemente María Hofbauer (1751-1821), sacerdote redentorista, es conocido por el extraordinario impulso dado al apostolado de los laicos en la época de la Revolución francesa y de la Restauración. Quiero meditar, sin embargo, en un episodio de sus años en el seminario:
«Estudiaba Clemente en Viena, siguiendo el curso de Teología, pues pretendía, cuando pudiese, ordenarse sacerdote. Pero pronto se dio cuenta de que algunos de sus profesores, no queriendo huir del racionalismo del siglo, procuraban una extraña conciliación entre la doctrina católica y el iluminismo. Clemente, desde muy joven, era dotado de un sentimiento muy seguro que le indicaba con precisión cuál es la verdadera doctrina católica. Así, al oír aquellas doctrinas falsificadas, se sentía dolorosamente constreñido.
   
Un día, terminada la clase, fue a manifestar al profesor ciertas dificultades. El profesor, admirado, explicó al estudiante que el siglo en el que vivían difícilmente seguiría una doctrina tradicional, pues sólo aceptaba el lenguaje de la pura inteligencia, tanto en el púlpito como en la cátedra universitaria. Y concluyó: “Tenemos que seguir la corriente, si no queremos quedarnos atrás”. Responde el pobre ayudante de panadero:Seguir la corriente es cobardía, pues es contra las corrientes que debemos luchar. La melodía equivocada no se torna menos desafinada por la simple razón de que la acompañemos bajito. El que quiera indicar el camino a nuestro tiempo, que vaya a encender su rayo de luz en la propia Revelación”.
   
Dijo el profesor: “Hofbauer. tendrás un día que predicar ante bancos vacíos. Nuestro tiempo no soporta más ese lenguaje”.
   
Respuesta: “Entonces, ya llegó la época anunciada por San Pablo: Vendrá tiempo en que no habrán de soportar la sana doctrina. ¿Qué diría San Paulo de sus opiniones, profesor?”.
  
En otra ocasión un profesor dijo en la clase que la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María no pasaba de una piadosa leyenda. En el siglo XIX no debía ser mencionada ante un auditorio. Se levanta Clemente indignado: “Profesor, esa doctrina no es la católica”. Y se retiró de la sala. “Tal vez un día haya más luz dentro de esa cabeza de campesino”, gritó atrás de él el maestro. Pero fue obligado a interrumpir la clase, pues los estudiantes vaciaron la sala siguiendo a Hofbauer».

Es interesante notar la identidad de métodos de la Revolución. El siglo XVIII nos parece viejo: es el tiempo de la litera, de la pollera ancha, del sombrero de tres picos… El siglo XIX también. Todo se pierde en el mismo fondo histórico. Pues en este siglo los hombres se reputaban “modernísimos” y ya venían con la idea de que era preciso, ante la Revolución, adoptar la táctica del “ceder para no perder”. Es la misma impiedad expresándose de las mismas maneras y procurando acobardar de la misma forma…
  
Otra cosa es la amenaza. “Tú, cuando te ordenes, predicarás para bancos vacíos”. Es lo que nos dicen a nosotros: “La doctrina de vosotros no es capaz de arrastrar a los hombres de hoy”. Pero, en realidad, la situación no está tan comprometida como dicen. Está comprometida por causa de las cabezas dirigentes; allí está comprometidísima. Es un hecho que en la base está gravemente comprometida, pero mucho menos que en las cabezas dirigentes. Habiendo coraje, las personas van atrás. Es cuestión de decir todo por completo. Éste es el verdadero problema.
 
Es también interesante ver cómo la posición de San Clemente Hofbauer es la del contra-revolucionario (lo serán también, explícitamente, sus posiciones como sacerdote): él combate al “ceder para no perder”, no cede ante la amenaza de predicar para bancos vacíos. Y, si esto fuere a suceder, su conclusión es que llegó el fin de los tiempos, lo que –evidentemente– su profesor modernoso no quiso considerar. Una de las características del progresismo es que no hay fin de los tiempos (posibilidad que no merece para ellos la menor consideración), sino, al contrario, es preciso aprovechar esta época para gozar de la vida  sin problemas practicando el arte del compromiso. El mismo espíritu que se opone a San Clemente María Hofbauer en los siglos XVIII y XIX sigue vivo aún hoy.
 
Vosotros veis cómo es verdadera aquella doctrina cuyo enunciado está esculpido en el pupitre de la sala del Reino de María en la sede principal de la TFP [actual sede del Instituto Plinio Correa de Oliveira, N. del E.], en la paulista calle Maranhão: “el resto volverá”. La continuidad de la misma batalla entre el espíritu bueno y el espíritu malo a lo largo de los siglos. Por eso los contra-revolucionarios no somos un grupo que apareció de repente, sino un eslabón de la más magnífica y majestuosa de las cadenas, o sea de los que son esclavos de la Santísima Virgen que pisan la cabeza de la serpiente.
  
Detalle del pupitre para las conferencias en la sala del Reino de María, en sede principal del IPCO: El león de la izquierda lucha contra una serpiente bicéfala que simboliza el orgullo y la sensualidad, las dos fuerzas propulsoras de la Revolución. El de la derecha se enfrenta a una serpiente de tres cabezas, símbolo de las tres Revoluciones (Protestante, Masónica y Comunista). Al centro, la frase “Resíduum revertétur: el resto volverá”. El año de 1571 evoca la victoria de la Cristandad en Lepanto.
  
Vemos esto por la identidad de los contra-revolucionarios de hoy con San Clemente Hofbauer y todos sus antecesores, de un lado. Y, de otro lado, la identidad de los enemigos actuales de la Contra-Revolución con los enemigos de otrora. Todo indica, pues, que esa lucha no es de hoy, ni es una lucha solamente; es una lucha que fue de ayer y será de mañana, hasta el fin de los siglos.
  
Se trata, pues, de una cadena de oro que comenzó en las más antiguas raíces del Antiguo Testamento y que irá hasta el último momento de aflicción, en que los últimos católicos estarán aún vivos, temiendo que está todo perdido, cuando viniere el Hijo del Hombre, con gran pompa y majestad, para juzgar a los vivos y a los muertos y la Historia terminará.
  
Entonces, esa cadena estará completa y, con la gracia de la Santísima Virgen, todos sus miembros se encontrarán en el Cielo.