lunes, 16 de marzo de 2020

DE LA ETERNIDAD DEL INFIERNO, O REFUTACIÓN HISTÓRICA Y DOCTRINAL A LA HEREJÍA DE LA APOCATÁSTASIS

Un error que está en boga en estos tiempos es la negación de la eternidad de las penas del Infierno, y con él la esperanza de que los condenados serán liberados de él. Fúndase esta falsa doctrina en la mala interpretación del pasaje de Hechos 3, 19-21:
Μετανοήσατε οὖν καὶ ἐπιστρέψατε εἰς τὸ ἐξαλειφθῆναι ὑμῶν τὰς ἁμαρτίας, ὅπως ἂν ἔλθωσιν καιροὶ ἀναψύξεως ἀπὸ προσώπου τοῦ κυρίου καὶ ἀποστείλῃ τὸν προκεχειρισμένον ὑμῖν Χριστόν, Ἰησοῦν, ὃν δεῖ οὐρανὸν μὲν δέξασθαι ἄχρι χρόνων ἀποκαταστάσεως πάντων ὧν ἐλάλησεν ὁ Θεὸς διὰ στόματος τῶν ἁγίων ἀπ' αἰῶνος αὐτοῦ προφητῶν. (Haced pues penitencia, y convertíos, a fin de que se borren vuestros pecados; para cuando vengan por disposición del Señor los tiempos de consolación, y envió al mismo Jesucristo que os ha sido anunciado; El cual es debido por cierto que se mantenga en el cielo, hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que antiguamente Dios habló por boca de sus santos profetas).
Resaltamos la palabra griega ἀποκαταστάσεως, declinación de la palabra Apocatastasis (ἀποκατάστασις, en latín restitútio in prístinum statum). Aunque esta palabra aparece en las obras de Platón como restauración al orden ideal, es en la teología que la Apocatastasis toma su significación más polémica, puesto que se plantea que llegará un tiempo en que todas las criaturas libres e intelectuales compartirán la gracia de la salvación; y especialmente, los demonios y las almas de los réprobos.

San Gregorio de Nisa enseñaba explícitamente esta doctrina. Por ejemplo, en su tratado “De ánima et resurrectióne” (en Jean Paul Migne, Patrología Græca XLVI, cols. 100-101; 104-05 y 152), compara el castigo por el fuego asignado a las almas después de su muerte (lo que sería la pena de sentido), con el refinamiento del oro en el crisol. Así, el castigo por el fuego tiene como razón de ser el separar el bien del mal en el alma; y la agudeza y duración del dolor de ese acrisolamiento están en proporción con el mal del cual cada alma es culpable y durarán mientras haya alguna traza de mal. Entonces vendrá un tiempo en que todo mal dejará de existir al volver el libre albedrío hacia Dios y estar en Él (porque sin libre albedrío, el mal no tendría por qué existir), como escribiera San Pablo: “Dios será todo en todos” (1 Cor. 15, 28). Luego, toda la creación (independientemente de si las creaturas necesitaron o no dicha purificación) dará gracias a Dios (Orátio catechética, cap. XXVI, en Migne, Patrología Græca XLV, col. 69). Sin embargo, no sólo el hombre (afirma) se verá libre del mal, sino también el diablo, por quien entró el mal al mundo  (Tratado “De mórtuis”, en Patrología Græca XLV, col. 536). Pero, en “Contra Usurários” (Patrología Græca XLVI, col. 436), él señala que el sufrimiento de los réprobos es eterno, lo que explica por qué los defensores de la ortodoxia considerarían que los escritos de San Gregorio de Nisa habían sido manipulados por los herejes. Más aun, San Germán de Constantinopla llegó a afirmar que los sostenedores de la apocatastasis osaron “infundir a la más pura y sana primavera de sus escritos [los del Niseno] el veneno negro y peligroso del error de Orígenes, y atribuir astutamente esta herejía absurda a un hombre famoso tanto por sus virtudes como por su erudición” (citado por Focio, Bibl. Cod., 223; Patrología Græca CIII, col. 1105). Ante esto, el historiador eclesiástico Louis Sebastien de Tillemont, en sus Mémoires pour l'histoire ecclésiastique (París, 1703), volumen IX, pág. 602, es del parecer que San Germán constantinopolitano tiene buenas razones para afirmarlo, pero su explicación se resiente. Igual opina Dionisio Petavio en “Theología Dogmática” (Amberes, 1700), III, “De Ángelis”, págs. 109-111.

De hecho, la apocatástasis del Niseno fue tomada principalmente de Orígenes Adamancio (el alegorista por antonomasia, porque después de haberse castrado decidió parar, de otro modo se hubiera decapitado), quien a veces parece renuente en tomar decisiones respecto al asunto de la eternidad del castigo (el teólogo francés Louis-Joseph Tixeront PSS indicó que Orígenes, en “De princípiis”, libro primero, cap. VI, 1-3, no se atreve a asegurar que todos los ángeles malos retornarán a Dios tarde o temprano; mientras que en su “Commentárium in Románum”, VIII, 9 afirma que sólo Lucifer, a diferencia de los judíos, no se convertirá, ni siquiera al final de los tiempos). Pero son una excepción, pues la norma general en Orígenes es enseñar sobre la restauración final de todas las criaturas inteligentes a la amistad con Dios.
“No todos disfrutarán de la misma felicidad, pues en la casa del Padre hay muchas moradas, pero todos podrán alcanzarla. Si la Escritura a veces parece hablar del castigo de los malvados como eterno, esto es para aterrorizar a los pecadores, para que vuelvan a la senda correcta, y siempre es posible, con atención, descubrir el verdadero significado de estos textos. Sin embargo, siempre se debe aceptar como principio que Dios no castiga sino para corregir, y que la única finalidad de su mayor ira es el mejoramiento de los culpables. Así como el médico emplea el fuego y el acero en ciertas enfermedades profundamente arraigadas, así Dios usa el fuego del Infierno para curar al pecador impenitente. Por lo tanto, todas las almas, todos los seres impenitentes que se han descarriado serán restaurados, tarde o temprano, a la amistad con Dios. La evolución será larga, en algunos casos incalculablemente larga, pero llegará el momento en que Dios será todo en todos. El último enemigo, la muerte, será destruido, el cuerpo se hará espiritual, el mundo de la materia se transformará, y en el universo sólo habrá paz y unidad” (Tixeront, Histoire des dogmes, volumen I, París 1905, págs. 304-305).

El texto palmario de Orígenes debería ser referido a “De princípiis”, III, 6,6; (Patrología Græca XI, col. 338-340), donde enseñó que todos los malos serán restaurados una vez que hayan pasado severos castigos y hayan recibido instrucción de los ángeles y de aquellos de un grado más elevado en conocimiento y luces celestiales.
 
Y hay más. El teólogo e historiador luterano Adolf von Harnack, en el primer volumen de Dogmengeschichte (Friburgo, 1894), págs. 645-646, conecta las enseñanzas de Orígenes en este punto con las de Clemente de Alejandría. Sobre esto abunda Tixeront: 
“Clemente de Alejandría admite que las almas pecadoras sean santificadas después de la muerte por un fuego espiritual, y que los malvados, del mismo modo, sean castigados por el fuego. ¿Será eterno su castigo? No parecería así. En la Stromata, VII, 2 (Patrología Græca, IX, col. 416), el castigo al que se refiere Clemente, y que sigue al juicio final, obliga a los malvados al arrepentimiento. En el capítulo XVI (col. 541) el autor establece el principio de que Dios no castiga, sino que corrige; es decir que todos los castigos de su parte son reparadores. Si se supone que Orígenes partió desde este principio para llegar a la apokatastasis -así como San Gregorio de Nisa- es extremadamente probable que Clemente de Alejandría lo entendiera en el mismo sentido” (Tixeront, op. cit., pág. 277).
  
Con todo, aunque Orígenes y Clemente alejandrino estuvieron influenciados por la filosofía de Platón y el esquema naturalista que de la justicia divina planteara en la República (coloquio X, 614), y sostuvieron la apocatástasis como parte de una teoría de los atributos divinos que subordina la justicia a la misericordia; de la libertad humana, que hace que la voluntad nunca esté finalmente fijada y del pecado, concebido como debilidad e ignorancia, la apocatástasis según Orígenes no era para ser predicada a todas audiencias, pues consideraba ser suficiente para el común de los fieles, el saber que los pecadores serán castigados. (Contra Celso, IV, 26). Y de Orígenes pasó esta opinión a San Gregorio de Nisa y a San Jerónimo, quien en su época de juventud la atribuyó solamente a los bautizados: “In restitutióne ómnium, quándo corpus tótius Ecclésiæ nunc dispérsum atque lacerátum, verus médicus Christus Jesus sanaturús advenérit, unusquísque secúndum mensúram fidei et cognitiónis Fílii Dei… suum recípiet locum et incípiet id esse quod fúerat” [En la restauración de todas las cosas, cuando todo el cuerpo de la Iglesia, ahora disperso y lacerado, vendrá Cristo Jesús como verdadero médico a sanarlo, a cada uno según la medida de sy fe y conocimiento del Hijo de Dios..., recibirá su lugar y comenzará a ser lo que fue] (Commentárium In Ephésios IV, 16; en Patrología Græca XXVI, col. 503). En todos sus demás escritos San Jerónimo enseña que el castigo de los demonios y de los impíos, es decir, de aquellos que no han asumido la fe, será eterno. (Ver Dionisio Petavio, Theología dogmática, De Ángelis, 111-112).
  
San Alfonso María de Ligorio explica sobre el origenismo jeronimiano:
San Jerónimo, quien en su comentario a Isaías, hablando de Orígenes, que señalaba término para las penas del Infierno, no solo no hace observacion alguna acerca de esta doctrina, sino que particularizándola todavía mas, dice, que únicamente los demonios, los ateos y los infieles serán eternamente castigados con las penas del Infierno, mas los cristianos, al quedar satisfecha la pena merecida alcanzarán el dia de la libertad: Et tamen christianórum, quórum ópera in igne probánda sunt atque purgánda, moderátam arbitrámur et mixtam cleméntia senténtiam júdicis.
    
En el díálogo contra los pelagianos cita tambien la opinion de Orígenes conforme a la cual, no todas las criaturas racionales irán a perderse eternamente, sino que hasta al demonio se concede la penitencia: pero el Santo Doctor afirma que no tan solo el demonio, sino todos los hombres impíos y prevaricadores padecerán perpetuos tormentos, y tratando en seguida de los demás cristianos dice: Et christiános, si in peccáto prævénti fúerint salvándos esse post pœnas [Y los cristianos, si se arrepintieron de sus pecados, serán salvados después de su castigo]. Este pasaje ha recibido una rigurosa censura por parte de Petavio y de Daniel Huecio. (Petav. L. 3. de Angel. c. 7, y Huetius in Origin. Lib. 2.)
  
Esto no obstante, dice el P. Juan Vicente Patuzzi OP (De sede Inférni, Libro 3. l. 11. n. 12), no hay sabio alguno que pueda llegar a persuadirse de que San Jerónimo haya opinado jamás que no todos los cristianos condenados padecerán penas eternas en el Infierno; sino que antes bien habló el Santo Doctor de aquellos cristianos pecadores, que arrepentidos de sus pecados graves, deben purgarlos en el fuego no ya del Infierno, sino del Purgatorio. Quien desee ver este punto mas profundamente examinado, lea a Noel Alexandre (Historia Ecclesiástica, Tomo 3, in dissertatióne contra Orig.).
  
Sin embargo, desde el momento en que prevaleció el anti-origenismo, la doctrina de la apocatastasis fue abandonada definitivamente. San Agustín protesta más fuertemente que ningún otro escritor contra un error tan contrario a la doctrina de la necesidad de la gracia. En el libro Actas del Proceso a Pelagio, capítulo I, art. 10, aludiendo a la sentencia contra Pelagio en el Concilio de Dióspolis (actual Lod, Israel) en el año 415, escribe:
“La Iglesia condena muy justamente el error origenista, que sustenta que aun los que han de ser condenados, según la sentencia del Señor, al eterno suplicio, y el mismo diablo, después de una purificación más o menos larga, se verán libres de sus penas y gozarán de la gloria del cielo en compañía de los bienaventurados”. 
Incluso en el Libro XXI de la Ciudad de Dios se propone encarecidamente rebatir la doctrina platónico-origenista de la apocatastasis.
 
Si bien San Gregorio Nacianceno en De seípso, 566 (Patrología Græca, XXXVII, col. 1010) se pregunta sobre el tema de si hay o no apocatastasis, no toma partido sobre el tema y deja la respuesta en las manos de Dios. El teólogo luterano Julius Köstlin, en su artículo “Apokatastasis” para la “Realencyklopädie für protestantische Theologie” (Leipzig, 1896), volumen I, pág. 617, menciona a Diodoro de Tarso y a Teodoro de Mopsuestia como sostenedores de esta doctrina, mas no cita ningún pasaje de ellos en apoyo de su afirmación.
 
La condena formal a la doctrina de la Apocatastásis se dio en cuatro momentos:
  • Sínodo Endemousa de Constantinopla (año 543), Anatemas al origenismo: “Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema”.
  • Concilio de Constantinopla II (año 553), Condena al Cisma Tricapitolino: “Si alguno no anatematiza a [...] Orígenes, juntamente con sus impíos escritos, y a todos los demás herejes, condenados por la santa Iglesia Católica y Apostólica y por los cuatro antedichos santos Concilios, y a los que han pensado o piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin en su impiedad, ese tal sea anatema”.
  • Concilio de Letrán IV (año 1215), Profesión de fe para los valdenses: “Y, finalmente, [creemos y confesamos que] Jesucristo unigénito Hijo de Dios, [...] ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna”.
  • Papa Benedicto XII, Constitución Dogmática Benedíctus Deus (29 de enero de 1336): “Definimos [por autoridad apostólica] además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales”.
 
Sin embargo, esta opinión heterodoxa estaba destinada a ser revivida en las obras de algunos escritores eclesiásticos. Sería interesante verificar la afirmación de Köstlin y Bardenhewer de que debe ser rastreada a Esteban Bar Sudaili, del Pseudo Dionisio Areopagita, San Máximo el Confesor, Escoto Eriúgena y Amalrico de Bena. Reaparece en los desórdenes protestantes merced a los escritos de Hans Denk (m. 1527), y Harnack no ha dudado en afirmar que casi todos los reformadores eran apocatastasistas de corazón, lo que explica su aversión a la enseñanza tradicional en relación con los sacramentos (Dogmengeschichte, III, 661). La doctrina de la apocatastasis considerada como creencia en la salvación universal se puede encontrar entre los anabaptistas (Hans Deck), los Hermanos Moravos, los cristadelfianos, entre los protestantes racionalistas y finalmente entre los universalistas profesos. También la han sostenido algunos filósofos protestantes como Friedrich Schleiermacher, y unos pocos teólogos, por ejemplo, Hans-Joachim Eckstein y Adolf Pfister en Alemania; y  Frederic William Farrar en Inglaterra, aunque éste último la negara en su momento:
“Aunque pueda ser nuestro deseo que esto (la restauración de todas las cosas y la universalidad de la redención cristiana) pueda ser la voluntad de Dios, aunque bellamente pueda parecer acorde tanto a la Justicia como a la Misericordia de Dios que el pecado, después de traer su propio castigo, pueda tornarse en santidad y ser perdonado, aunque podamos albergar la esperanza de que algo tan significativo pueda sustentar la general e ilimitada promesa de una Restitución futura, no me atrevo a adherir a cualquier dogma del universalimso, en parte porque es imposible para nosotros estimar el endurecedor efecto de la obstinada persistencia en el mal, y el poder de la voluntad humana para resistir el amor de Dios. (Frederic William Farrar, Eternal Hope. E. P. Dutton & Co. Publishing, Nueva York 1878, Prefacio, pág. XVI)
 
Conexo a la eternidad del Infierno, es de principio general que la Iglesia prohíbe orar por los condenados al Infierno, y sostiene que tales oraciones no reportan fruto alguno. Santo Tomás de Aquino, en su Suplemento a la Tercera parte de la Suma Teológica, cuestión LXXI, art. 5 afirma:
“Tal opinion [la de la disminución de la pena en los condenados] es presuntuosa, como contraria y vana a los dichos de los Santos, sin apoyo de autoridad alguna; y es irracional, ya porque los condenados en el Infierno se hallan fuera del vínculo de la caridad, según la que las obras de los vivos se continúan para con los difuntos, ya porque llegaron totalmente al término de la vida, recibiendo la última retribución por sus méritos, como también los Santos que están en el Cielo; porque lo que queda todavía de la pena o de la gloria del cuerpo, no les da la condicion de viadores; puesto que la gloria consiste esencial y radicalmente en el alma, como igualmente la miseria de los condenados. Y por tanto, no puede disminuirse la pena de estos, como ni ser aumentada la gloria de los santos en cuanto al premio esencial”.

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