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miércoles, 14 de mayo de 2025

SANTA MARÍA DOMINGA MAZZARELLO, FUNDADORA DE LAS HERMANAS SALESIANAS


Mornese es un pueblecito montañés del sur del Piamonte, cerca de la frontera con Liguria y no lejos de Génova. Ahí vivía, en la primera mitad del siglo XIX, un campesino honrado, testarudo y enérgico llamado José Mazzarello, con su esposa Magdalena Calcagno. En 1837, nació su hija primogénita, a la que bautizaron con el nombre de María Dominga. Seis años más tarde, la familia se trasladó a Villa Valponasca, en las afueras de Mornese. Ahí fue donde María se transformó en una chiquilla sana y robusta que correteaba incansablemente por los campos y viñedos. 
    
El camino de Valponasca a la iglesia de Mornese era largo y difícil, aun cortando por los atajos; a pesar de ello, María asistía diariamente a la misa, en cuanto le era posible. El párroco, Don Domingo Pascual Pestarino Gastaldo, instituyó una congregación mariana, y María fue una de las cinco congregantes fundadoras. El ejemplo de la joven, que era muy popular por su bondad, modestia y simpatía, atrajo a la congregación a otras de sus compañeras. Don Pestarino había fundado la congregación de las Hijas de María Inmaculada, a raíz de una conversación con Don Bosco en Turín. Tal fue el primer contacto indirecto de María Mazzarello con San Juan Bosco. Esto ocurrió en 1855, cuando María tenía diecisiete años.
    
Cinco años más tarde, una violenta epidemia de tifoidea que se desató en Mornese, puso a prueba la virtud de las congregantes. María fue a cuidar, durante la enfermedad, a su tío y su familia, venció toda repugnancia natural y desempeñó la tarea con el celo de una Hermana de la Caridad; y contrajo la enfermedad que la puso a las puertas de la muerte. Durante su larga convalescencia, María comprendió que en adelante no tendría fuerzas suficientes para trabajar en el campo, como antes, y aprendió a confeccionar vestidos, junto con una amiga suya llamada Petronila. Entre las dos abrieron un pequeño comercio en el pueblo; el éxito fue tan grande, que pronto empezaron a tomar algunas aprendices entre las jóvenes de Mornese. De ese modo, casi accidentalmente, aquellas dos campesinitas iniciaron con las niñas, en un pueblecito perdido de la montaña, una obra semejante a la de Don Bosco con los niños, adaptada a su espíritu y sus métodos. Frecuentemente decían a las aprendices: «Reíd, jugad y haced toda la alharaca que queráis; pero guardaos de hacer o decir nada que desagrade a Dios». 
    
Un atardecer de Agosto de 1865, Don Bosco fue de excursión a Mornese con sus chicos. Las Hijas de María Inmaculada recibieron de rodillas su bendición y María exclamó: «¡Don Bosco es un santo!».
    
Para seguir los consejos del Santo, Don Pestarino ofreció un edificio para una escuela de niños en Mornese. Por otra parte, Don Bosco había confiado ya al Papa Pío IX su proyecto de crear una congregación de religiosas que trabajase con las niñas, como los Salesianos lo hacían con los niños y, el obispo de Acqui, Mons. José María Sciandra, tenía sus razones para no querer que hubiese un colegio de niños en Mornese. Así pues, el 29 de Mayo de 1872, el pueblo de Mornese se encontró con la noticia de que una nueva congregación de religiosas se había establecido en el edificio que Don Pestarino regaló para el colegio. El núcleo de la congregación estaba formado por las Hijas de María Inmaculada. Sor María Mazzarello, que aún no cumplía los treinta y cinco años, era la superiora. El convento se levantaba, por lo demás, exactamente en el sitio en que, años antes, María había tenido la visión de un colegio de niñas atendido por religiosas. Tales fueron los comienzos de la Congregación de las Hijas de Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos, a las que algunas veces se llama Hermanas Salesianas.
    
Los primeros tiempos no fueron fáciles. Los habitantes del pueblo se molestaron de que la idea del colegio no se hubiese realizado y que las usurpadoras fuesen precisamente las antiguas congregantes. Según contaba San Juan Bosco, las religiosas tuvieron que sufrir las burlas y el desprecio de sus propios parientes. Dos meses más tarde, Don Bosco acompañó al obispo a visitar el nuevo convento. María, Petronila y otras nueve religiosas, hicieron entonces los votos trienales, y Don Bosco predicó en esa ocasión. El santo, un educador y un gran hombre en muchos sentidos, fue quien escogió por superiora de la nueva congregación a aquella rústica costurera que apenas sabía escribir. El árbol se conoce por sus frutos. En 1878, seis de las religiosas de Mornese partieron en la segunda misión salesiana a la Argentina y, al año siguiente, el convento de Mornese era ya demasiado pequeño. La madre María tuvo, pues, que trasladarse con lágrimas en los ojos, a la nueva casa madre, situada en Nizza Monferrato, en un antiguo convento capuchino.
    
Durante la vida de Santa María Mazzarello, se inauguraron otros trece conventos en Italia y Francia (sesenta años después había ya más de ochocientos, en todo el mundo), en todos los cuales reinaban el espíritu y los métodos de San Francisco de Sales y San Juan Bosco. El trabajo principal de las religiosas consistía en la enseñanza; pero poco a poco emprendieron toda clase de obras en bien de la juventud. La bondad y la sencillez son las características fundamentales de sus métodos; en vez de reprimir, alientan y guían a las niñas, y el ejemplo de Cristo sustituye, con ventaja, a la vara. La actividad continua exige firmeza y sencillez de carácter para no degenerar en activismo, ni adulterar la plenitud de la vida cristiana. Sin duda que la educación sencilla y enérgica que recibió María Mazzarello en su infancia, le ayudó inmensamente durante sus años de superiorato. Ella atribuía humildemente a Dios todos sus éxitos. Pero Dios ha querido depender, en cierta medida, de la calidad de los instrumentos que Él elige y sostiene con su gracia.
    
A principios de 1881, la madre María acompañó a Marsella a un grupo de sus hijas que iban a partir para Sudamérica. El viaje desde Génova fue muy fatigoso y la santa enfermó en el miserable alojamiento que encontraron en Marsella. Para obedecer al consejo de Don Bosco, la madre María se trasladó a un convento de su congregación, situado entre Marsella y Tolón, donde pasó seis semanas en la cama, gravemente enferma. Al fin pudo volver a Nizza Monferrato. Pero antes de partir para allá, preguntó a Don Bosco si creía que fuese a recobrar la salud. El santo le respondió con una parábola, cuyo sentido indicaba que una verdadera superiora debía preceder a sus hijas aun en la muerte. María dio la mano a Don Bosco sin decir una sola palabra. 
    
El 27 de Abril, recibió la Extremaunción y comentó alegremente con el sacerdote que la había ungido: «Ahora que ya tengo el pasaporte para el cielo, puedo morir tranquila en cualquier momento». Sin embargo, Dios permitió que sufriese una horrible tentación de desesperación pocos días antes de su muerte. La santa logró vencerla con gran esfuerzo y, al fin, entonó el himno: «Chi ama Maria contento sará» (quien ama a María será feliz). 
    
A los pocos días, el 14 de Mayo de 1881, la madre María entregó su alma a Dios, a los cuarenta y cuatro años de edad. 
    
Fue canonizada en Roma en 1951, por el Santísimo Padre Pio XII. Su cuerpo bendito descansa junto al de Don Bosco, en la Basílica de María Auxiliadora en Turín.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que por la insigne humildad y caridad de Santa María Dominga congregaste en tu Iglesia un nuevo grupo de vírgenes: concédenos propicio, que adhiriéndonos constantemente a su ejemplo, consigamos la vida eterna. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 2 de febrero de 2025

SOBRE SAN JUAN BOSCO

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo Don Fernando Altamira, superior de la Sociedad de Santa María, durante la fiesta de San Juan Bosco (viernes 31 de Enero de 2025).
   

jueves, 24 de marzo de 2022

DE LOS ORNAMENTOS SAGRADOS, Y SUS ORACIONES

Casulla, manípulo, estola y bolsa de corporales (Macao, mediados del siglo XIX).
  
Si en la sociedad civil se usan distintos hábitos de acuerdo con las diferentes funciones civiles que se van a realizar, y si la forma y el color de la ropa cambian entre las personas del mundo y varían según los días de solemnidad, júbilo o dolor, no deberá ciertamente ser asombroso que en la sociedad cristiana se utilicen adornos particulares en sus oficios divinos. Esto se ajusta maravillosamente a nuestra naturaleza que necesita que los sentidos sean sacudidos por el aparato externo de las cosas para elevarse a contemplar la sublimidad de los santos misterios. Por eso la Iglesia quiere muy sabiamente que sus sacerdotes al celebrar la Santa Misa se adornen con vestimentas especiales bendecidas por el obispo con este fin, que se denominan ornamentos sagrados. […] En un principio estas prendas en forma eran similares a las que usaban los laicos constituidos en dignidad: y solo se diferenciaban en la preciosidad del material y el trabajo porque parece que incluso en las catacumbas en la celebración de la Santa Misa, cuando era posible, se usaban prendas tejidas en oro y adornadas con gemas. Los primeros cristianos solían consagrar al servicio de Dios el oro y las piedras preciosas que habían usado para ofenderlo cuando aún eran gentiles.
    
Dado que esas formas de ropa entraron en desuso entre los laicos, la Iglesia conservó la forma antigua con algunas modificaciones. Estas ropas deben ser, como dijimos, bendecidas por el obispo, y el sacerdote cada vez que las usa recita oraciones por su misterioso significado. Estas túnicas son las siguientes:
1.º El amito o paño con una cruz en el medio, con la que el sacerdote se cubre la cabeza. Nos recuerda el velo con el que los judíos cubrieron el rostro del Salvador, abofeteándolo en su pasión. Colocado sobre la cabeza del sacerdote, presenta el casco militar, y le recuerda la fortaleza con la que debe librar las batallas del Señor y la modestia y el respeto con que debe abordar los santos misterios. Este adorno, dice el Papa Inocencio III (Del mist. De la Santa Misa), nos recuerda que Jesucristo para trabajar nuestra salud ha escondido su divinidad bajo el velo de la naturaleza humana.
2.º El alba, que en el Imperio Romano vestían personajes notables, y que la Iglesia ha conservado, porque con su blancura indica la pureza interior que debe tener el sacerdote para subir al altar y sacrificar el Cordero inmaculado. Nos recuerda la túnica blanca, que el malvado Herodes hizo que se vistiera al divino Salvador por burla, y nos enseña a soportar, por ejemplo, con paciencia las burlas de los hombres que con burla persiguen nuestra virtud.
3.º El cíngulo, que simboliza la cuerda con la que los judíos amarraron a nuestro divino Salvador en el huerto de los olivos. Recuerda la castidad y represión de todos los placeres carnales, en los que el ministro sagrado debe distinguirse.
4.º En la antigüedad el manípulo era un pequeño pañuelo que ocupaba el lugar de la estola, cuando ésta se había convertido en un simple adorno y se usaba, como la estola, para enjugar el sudor y las lágrimas. Después del siglo XII también se convirtió en un simple adorno en las vestiduras sacerdotales, que se coloca en el brazo izquierdo. Sin embargo, conservó su sentido original, es decir, el de los dolores, los sudores, las lágrimas, a los que está sujeta la vida cristiana. Atado al brazo del sacerdote significa los giros con los que el adorable Redentor fue atado a la columna.
5.º La estola, es un paño que los ricos usaban para limpiarse la cara. En el siglo VI cambió de uso y forma, pues comenzó a ser de tela de forma alargada y estrecha, como vemos hoy. Por lo tanto, llegó a ser una prenda de honor y autoridad, un símbolo del poder que se atribuye al carácter sacerdotal: y, por lo tanto, el sacerdote la usa en todas las funciones, que tienen como objeto inmediato el cuerpo de Jesucristo, y en la mayor parte de los otros misterios sagrados. Ella significa esa gloria e inmortalidad, que el abuso del primer Adán nos hizo perder, pero que el segundo Adán, Jesucristo, recuperó para nosotros. Esta prenda sacerdotal que ata el cuello y cruza el pecho del sacerdote, mientras se celebra la Santa Misa, también representa la cuerda con la que Jesucristo fue atado cuando subió al Calvario. La cruz, que forma sobre el pecho del ministro de Dios, le enseña que todo poder sacerdotal está en la cruz de Jesucristo.
6.º El planeta, llamado casulla en latín (caja), se llama así porque en su forma antigua era una capucha que tenía la forma de una choza y cubría toda la persona del sacerdote desde el cuello hacia abajo, con una sola abertura arriba para entrar en la cabeza. Los ministros que asistieron al sacerdote en el altar levantaron este pesado manto mientras él tenía que levantar las manos, ya sea incensándose con el incensario o levantando la hostia o el cáliz, costumbre que aún se conserva en la actualidad, aunque la necesidad es más. El planeta significa la prenda sin cortar, es decir, sin costura, de la cual Jesucristo fue despojado por los pícaros en su crucifixión. Superponiéndose a todas las demás prendas, es un signo de caridad, que debe extenderse sobre todas nuestras virtudes. También denota el suave yugo de la ley de Jesucristo, que los sacerdotes y los fieles deben llevar todos los días para conseguir la gracia y la gloria celestial.
 
En las misas solemnes, el diácono usa una túnica llamada Dalmática, llamada así porque su uso se introdujo por primera vez en Dalmacia: y el subdiácono se adorna con una túnica llamada tunicella o una pequeña sotana. Hoy en día no hay diferencia de forma entre la dalmática y la tunicella, pero en la antigüedad la primera era mucho más ancha, larga y ornamentada que la segunda. Enmiende estas vestiduras que tienen mangas grandes para indicar que los ministros sagrados deben ser generosos en obras de caridad y estar dispuestos al servicio del Señor. En ciertas funciones sagradas, el sacerdote viste la capa que en la antigüedad era una especie de manto, que solía usar en tiempo de lluvia, y para ello le había puesto una capucha para cubrir la cabeza. Un vestigio de ella queda ahora en esa pieza en forma de media luna que cuelga por detrás. La capa en sentido estricto no es un hábito sagrado, por lo tanto, no es bendecida y no es usada exclusivamente por el sacerdote como lo es el planeta, sino que también es usada por otros ministros inferiores a él.
   
Como el planeta, la capa también significa caridad evangélica, que debe, por así decirlo, abarcar todas las obras del ministro sagrado. Las túnicas sacerdotales con sus símbolos sirven para alimentar la piedad no solo del sacerdote que las viste, sino también de los fieles, que asisten al augusto sacrificio. Por eso el amito debe recordarnos y recomendar a toda modestia en la vestimenta, recogimiento y silencio en la casa del Señor. La túnica y el cíngulo pureza de mente y corazón; el manípulo, la vida trabajadora y las buenas obras, que debemos ofrecer junto con la víctima sacrosanta; la estola debe recordarnos a todos los cristianos la dignidad de nuestra vocación para que podamos ofrecer sacrificios en la tierra y reinar en el cielo; el planeta el yugo de la religión, a lo que debemos someternos en todas las circunstancias de la vida. Finalmente, todo el aparato externo de las funciones sagradas debe hablar a nuestros ojos de una manera que eleve nuestra alma a Dios para que podamos notar la excelencia y grandeza del Santo sacrificio de la Misa y de todos los misterios divinos.
   
SAN JUAN BOSCO. Il Cattolico proveduto per le pratiche di pietà con analoghe istruzioni secondo il bisogno dei tempi. Turín, Imprenta del oratorio de San Francisco de Sales, 1868, págs. 121-128. En Vademecum Cristiano. Manuale di guerra per essere fedeli a Cristo nella società dell’apostasia, Edizioni Radio Spada, 2021. Traducción propia.
   
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El Pontifical Romano tradicional prescribe el siguiente rito para la bendición de los ornamentos sacerdotales:
  
BENEDICTIO SACERDOTALIUM INDUMENTORUM
  
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
℟. Qui fecit cœlum et terram.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.
   
Orémus.
   
ORATIO
Omnípotens sempitérne Deus, qui per Móysen fámulum tuum pontificália et sacerdotália seu levítica vestiménta, ad expléndum in conspéctu tuo ministérium eórum, ad honórem et decórem nóminis tui fíeri decrevísti: adésto propítius invocatiónibus nostris: ut hæc induménta sacerdotália, désuper irrigánte grátia tua, ingénti benedictióne per nostræ humilitátis servítium puri ✠ ficáre, bene ✠ dícere et conse ✠ cráre dignéris: ut divínis cúltibus et sacris mystériis apta et benedícta exsístant: his quóque sacris véstibus Pontífices, et Sacerdótes, seu Levítæ tui indúti, ab ómnibus impulsiónibus seu tentatiónibus malignórum spirítuum muníti et defénsi esse mereántur: tuísque mystériis apte et condígne servíre et inhærére, atque in his tibi plácite et devóte perseveráre tríbue. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
   
Orémus.
   
ORATIO
Deus, invíctæ virtútis triumphátor, et ómnium rerum creátor ac sanctificátor: inténde propítius preces nostras; et hæc induménta levíticæ, sacerdotális, et pontificális glóriæ, minístris tuis fruénda, tuo ore próprio bene ✠ dícere, sancti ✠ ficáre et conse ✠ cráre dignéris: omnésque eis uténtes, tuis mystériis aptos, et tibi in eis devóte ac laudabíliter serviéntes, gratos effícere dignéris. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
   
Orémus.
   
ORATIO
Dómine Deus omnípotens, qui vestiménta Pontifícibus, Sacerdótibus et Levítis, in usum tabernáculi fœ́deris necessária, Móysen fámulum tuum ágere jussísti, eúmque spíritu sapiéntiæ ad id peragéndum replevísti: hæc vestiménta in usum et cultum mystérii tui bene ✠ dícere, sancti ✠ ficáre et conse ✠ cráre dignéris: atque minístros altáris tui, qui ea indúerint, septifórmis Spíritus grátia dignánter repléri atque castitátis stola, beáta fácias cum bonórum fructu óperum ministérii congruéntis immortalitáte vestíri. Per Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitáte ejúsdem Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
   
Y asperjar con agua bendita.
   
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ORATIÓNES DICÉNDÆ CUM ACHÓLYTIS INDUITUR PARAMÉNTIS, VEL CLÉRICIS IN MANE HÁBITUM INDÚITUR (ORACIONES QUE DICEN LOS ACÓLITOS AL VESTIRSE LOS ORNAMENTOS, O LOS CLÉRIGOS EN LA MAÑANA AL REVESTIRSE DEL HÁBITO)
   
Ad collárem, dum impónitur, dicat: Subjíce me, Dómine, dulci jugo tuo, dulcíque Matris tuæ Maríæ (Al ponerse el alzacuellos, diga: Sujétame, Señor, a tu dulce yugo, y al de tu dulce Madre María).

Ad sotánam, dicat: Dóminus, pars hæreditátis meæ et cálicis mei, tu es qui restítues hæreditátem meam (A la sotana: Señor, la porción de mi herencia y mi cáliz: Tú eres él que restaurará mi heredad).

Ad Cíngulum, dum se cingit: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al fajín, cuando se ciñe: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).

Ad Superpellíceum, cum assúmitut: Índue me, Dómine, novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia et sanctitáte veritátis (Al sobrepelliz, al revestirse: Revísteme, Señor, del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad) Amen.

Los laicos que van a oficiar de acólitos solo dicen las oraciones de la sotana y la sobrepelliz.

ORATIÓNES DICÉNDÆ CUM SACÉRDOS INDÚITUR SACERDOTÁLIBUS PARAMÉNTIS (ORACIONES QUE DICE EL SACERDOTE AL VESTIRSE LOS ORNAMENTOS)
   
Cum lavat manus, dicat: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam; ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre (Cuando se lava las manos, diga: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum, dum pónitur super caput, dicat: Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnándos diabólicos incúrsus (Al Amito, luego de ponérselo sobre la cabeza: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos).
    
Ad Albam, cum ea indúitur: Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis (Al Alba, cuando se reviste con ella: Hazme puro Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum, dum se cingit: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al Cíngulo, cuando se ciñe: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).
    
Ad Manípulum, dum impónitur bráchio sinístro: Mérear, Dómine, portáre manípulum fletus et dolóris; ut cum exsultatióne recípiam mercédem labóris (Al manípulo, cuando se lo pone en el brazo izquierdo: Merezca, Señor, llevar el manipulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegría el premio de mis trabajos).
    
Ad Stolam, dum impónitur collo: Redde mihi, Dómine, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum (A la Estola, cuando se la pone sobre el cuello: Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno me acerco a tus sagrados misterios, haz que merezca, no obstante, el gozo sempiterno).
    
Ad Casúlam, cum assúmitur: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: fac, ut istud portáre sic váleam, quod cónsequar tuam grátiam (A la Casulla, al ponérsela: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que alcance tu gracia) Amen.

ORATIÓNES DICÉNDÆ AB EPÍSCOPO QUÁNDO IN PONTIFICÁLIBUS CELÉBRAT (ORACIONES QUE DICE EL OBISPO CUANDO CELEBRA DE PONTIFICAL)
   
Ad Cáligas: Cálcea, Dómine, pedes meos in præparatiónem evangélii pacis, et prótege me in velaménto alárum tuárum. (A las Cáligas: Calza, Señor, mis pies en la preparación del Evangelio de la paz, y protégeme bajo el velo de tus alas).
   
Cum exúitur Cappa: Éxue me, Dómine, véterem hóminem cum móribus et áctibus suis: et índue me novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia, et sanctitáte veritátis. (Al retirarse la capa: Despójame, Señor, del hombre viejo con sus costumbres y actos, y revísteme del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad).
   
Cum lavat manus: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam immúndam: ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre. (Al lavarse las manos: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha inmunda, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum: Impóne, Dómine, gáleam salútis in cápite meo ad expugnándas omnes diabólicas fraudes, inimicórum ómnium versútias superándo. (Al Amito: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos y superar todas las sutilezas de los enemigos).
   
Ad Albam: Deálba me, Dómine, et a delícto meo munda me: ut cum his, qui stolas suas dealbavérunt in Sánguine Agni, gáudiis pérfruar sempitérnis. (Al Alba: Hazme puro Señor, y límpiame de mi delito, para que con aquellos que lavaron sus estolas en la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum: Præcínge me, Dómine, cíngulo fídei et virtúte castitátis lumbos meos, et exstíngue in eis humórem libídinis; ut júgiter máneat in me vigor totíus castitátis. (Al Cíngulo: Ciñe, Señor, mis costados con el cíngulo de la fe y la virtud de la castidad, y extingue en mí la llama de la pasión, para que permanezca en mí todo el vigor de la castidad).
   
Cum accípit Crucem pectorálem: Muníre dignéris me, Dómine Jesu Christe, ab ómnibus insídiis inimicórum ómnium, signo sanctíssimæ Crucis tuæ: ac concédere dignéris mihi, indígno servo tuo, ut, sicut hanc Crucem, Sanctórum tuorum relíquiis refértam, ante pectus meum téneo, sic semper mente retíneam et memóriam passiónis et sanctórum victórias Mártyrum (Cuando recibe la Cruz pectoral: Dígnate, Señor Jesucristo, protegerme de todas las trampas de todos mis enemigos por el signo de tu Santísima Cruz: y dígnate concederme a mí, indigno siervo tuyo, que esta cruz que tengo sobre mi pecho con las reliquias de tus santos en su interior, me permita tener siempre en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de los santos mártires).
   
Ad Stolam: Redde mihi, Dómine, obsécro, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédere præsúmo ad tuum sacrum mystérium cum hoc ornaménto, præsta, ut in eódem in perpétuum mérear lætári. (A la Estola: Te suplico, Señor, me devuelvas la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno presumo acceder a tus sagrados misterios con este ornamento, concédeme que con éste merezca el gozo sempiterno).
   
Ad Tunicéllam: Túnica jucunditátis et induménto lætítiæ índuat me Dóminus. (A la Tunicela: El Señor me vista con la túnica de la gloria y la prenda de la alegría).
    
Ad Dalmáticam: Índue me, Dómine, induménto salútis et vestiménto lætítiæ; et dalmática justítiæ circúmda me semper. (A la Dalmática: Vísteme, Señor, con la prenda de salvación y el vestido de la alegría; y rodéame siempre con la dalmática de justicia).
   
Ad Chirothécas: Circúmda, Dómine, manus meas mundítia novi hóminis, qui de cœlo descéndit: ut, quemádmodum Jacob diléctus tuus, pellículis hædórum opértis mánibus, patérnam benedictiónem, obláto patri cibo potúque gratíssimo, impetrávit; sic et obláta per manus nostras salutáris hóstia, grátiæ tuæ benedictiónem mérear. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum, qui in similitúdinem carnis peccáti pro nobis óbtulit semetípsum. (A las Quirotecas: Coloca en mis manos, Señor, la limpieza del hombre nuevo que descendió del cielo para que, como tu amado Jacob que cubriendo sus manos con pieles de cabras y ofreciendo a su padre el alimento y la bebida más agradable obtuvo su bendición, así yo también pueda ofrecerte con mis manos el sacrificio de salvación y obtener tu bendición. Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que haciéndose semejante en la carne se ofreció a si mismo por nosotros).
   
Ad Planetam: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: præsta, ut illud portáre sic váleam, quod possim conséqui tuam grátiam. (Al Planeta, o Casulla: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que pueda conseguir tu gracia).
    
Archiepíscopus Metropolitánus, ad Pálium, dicat: Ut semper unítus ad Petrum et suos successóres sim, Dómine, et exémplum frátribus meis Epíscopis. (El Arzobispo Metropolitano, al Palio, diga: Que siempre esté unido a Pedro y a sus sucesores, Señor, y sea ejemplo para mis hermanos obispos).
    
Ad Mitram: Mitram, Dómine, et salútis gáleam impóne cápiti meo; ut contra antíqui hostis omniúmque inimicórum meórum insídias inoffénsus evádam. (A la Mitra: Impón sobre mi cabeza, Señor, la mitra y el casco de la salvación; para que pueda evadir inofensivo las trampas del antiguo enemigo y de todos mis enemigos).
   
Papam, ad pónitur Tiaram, dicat: Deus omnípotens, fac ut bonus pastor, magíster et servus gregis universális sim. (El Papa, al ponerse la Tiara, diga: Dios omnipotente, haz que sea buen pastor, maestro y siervo de tu grey universal).
   
Ad Anúlum cordis: Cordis et córporis mei, Dómine, dígitos virtúte décora, et septifórmis Spíritus sanctificatióne circúmda. (Al Anillo en el dedo: Adorna con la virtud, Señor, los dedos de mi cuerpo y de mi corazón, y coloca sobre ellos la santificación de tu Espíritu septiforme).
   
Ad Manípulum: Mérear, precor, Dómine, manípulum portáre mente flébili; ut cum exsultatióne portiónem accípiam cum justis. (Al Manípulo: Te ruego, Señor, que merezca llevar el manipulo del llanto, para poder recibir con los justos parte en la exultación).
  
QUÁNDO PÓNTIFEX CELÉBRAT PRIVÁTE, DICAT SEQUÉNTES ORATIÓNES (CUANDO EL OBISPO CELEBRA EN PRIVADO, DIGA LAS SIGUIENTES ORACIONES)
  
Cum exúitur Cappa: Éxue me, Dómine, véterem hóminem cum móribus et áctibus suis: et índue me novum hóminem, qui secúndum Deum creátus est in justítia, et sanctitáte veritátis. (Al retirarse la capa: Despójame, Señor, del hombre viejo con sus costumbres y actos, y revísteme del hombre nuevo, que es creado por Dios en justicia y en la santidad de la verdad).
    
Cum lavat manus: Da, Dómine, virtútem mánibus meis ad abstergéndam omnem máculam immúndam: ut sine pollutióne mentis et córporis váleam tibi servíre. (Al lavarse las manos: Da, Señor, virtud a mis manos para lavarlas de toda mancha inmunda, para que pueda servirte sin impureza de alma y cuerpo).
   
Ad Amíctum: Impóne, Dómine, cápiti meo gáleam salútis, ad expugnándos diabólicos incúrsus (Al Amito: Pon, Señor, sobre mi cabeza el casco de salvación, para rechazar los asaltos diabólicos).
    
Ad Albam: Deálba me, Dómine, et munda cor meum; ut, in Sánguine Agni dealbátus, gáudiis pérfruar sempitérnis (Al Alba: Hazme puro Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la Sangre del Cordero, logre el gozo sempiterno).
   
Ad Cíngulum: Præcínge me, Dómine, cíngulo puritátis, et exstíngue in lumbis meis humórem libídinis; ut máneat in me virtus continéntiæ et castitátis (Al Cíngulo: Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad).
    
Ad Crucem: Muníre dignéris me, Dómine Jesu Christe, ab ómnibus insídiis inimicórum ómnium, signo sanctíssimæ Crucis tuæ: ac concédere dignéris mihi, indígno servo tuo, ut, sicut hanc Crucem, Sanctórum tuorum relíquiis refértam, ante pectus meum téneo, sic semper mente retíneam et memóriam passiónis et sanctórum victórias Mártyrum (A la Cruz: Dígnate, Señor Jesucristo, protegerme de todas las trampas de todos mis enemigos por el signo de tu Santísima Cruz: y dígnate concederme a mí, indigno siervo tuyo, que esta cruz que tengo sobre mi pecho con las reliquias de tus santos en su interior, me permita tener siempre en mi mente el recuerdo de tu pasión y las victorias de los santos mártires).
   
Ad Stolam: Redde mihi, Dómine, stolam immortalitátis, quam pérdidi in prævaricatióne primi paréntis: et, quamvis indígnus accédo ad tuum sacrum mystérium, mérear tamen gáudium sempitérnum (A la Estola: Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque indigno me acerco a tus sagrados misterios, haz que merezca, no obstante, el gozo sempiterno).
      
Ad Planetam: Dómine, qui dixísti: Jugum meum suáve est et onus meum leve: præsta, ut illud portáre sic váleam, quod possim conséqui tuam grátiam. (Al Planeta, o Casulla: Señor, que dijiste: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’: haz que lo lleve de tal manera que pueda conseguir tu gracia).
    
Ad Manípulum: Mérear, precor, Dómine, manípulum portáre mente flébili; ut cum exsultatióne portiónem accípiam cum justis. (Al Manípulo: Te ruego, Señor, que merezca llevar el manipulo del llanto, para poder recibir con los justos parte en la exultación).
   
El Subdiácono y el Diácono dicen las mismas oraciones que el Sacerdote, pero sustituyendo la oración de la Casulla por la de sus respectivos ornamentos (la Tunicela para el Subdiácono, la Dalmática para el Diácono).
   
***
  
España ha contado con unas oraciones propias para los ornamentos sagrados, provenientes de la Liturgia de San Isidoro (rescatado por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros) y el Misal Toledano de 1551 (codificado por el cardenal Juan Martínez Silíceo), las cuales pueden ser rezadas en virtud del privilegio concedido por el Papa San Pío V con el Breve Ad hoc Nos Deus unxit del 16 de Diciembre de 1570. Las oraciones y rúbricas en este caso son las siguientes, publicadas en 1772 en un libro titulado Rúbricas Generales de la Misa Gótica-Mozárabe y el Ómnium Offeréntium, de la autoría de Francisco Jacobo Hernández de Viera, capellán mozárabe de Salamanca (La traducción de las oraciones proviene del Devocionario Mozárabe, publicado por Jorge Abad y Pérez, capellán Mozárabe en el Seminario San Ildefonso de Toledo, en 1896):
Cuando el Sacerdote quiera celebrar la Misa, dirigiéndose a la Sacristía, se lavará las manos diciendo:
Largíre sénsibus nostris, quǽsumus, Dómine omnípotens Pater: ut sicut extérius inquinamenta mánuum abluúntur, sic per te méntium sordes misericórditer emundéntur: et crescat in nobis augméntum sanctárum virtútum. Per Christum Dominum nostrum (Te suplicamos, Señor y Padre Todopoderoso, que concedas abundante gracia a nuestros sentidos, para que como se lavan exteriormente las manchas de las manos, de la misma manera queden limpias misericorcdiosamente por Ti las inmundicias de nuestras mentes y crezca en nuestras almas el aumento de las virtudes santas. Por Cristo Señor nuestro). Amen.
  
Luego se arrodilla ante los ornamentos, y dice cuatro veces el Ave María, encomendándose desde lo profundo de su corazón a la gloriosa Virgen María, para ofrecer el aceptable misterio a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y para tenerla como Medianera y Auxiliadora en este sacrificio. Luego hará la señal de la Cruz sobre sí y sobre cada vestido diciendo:
     
In nómine Patris, ✠ et Fílii, et Spíritus Sancti (En el nombre del Padre,y del Hijo, y del Espíritu Santo). Amen.
  
Ad Amíctum: ORATIO. Pone, Dómine, gáleam salútis in cápite meo, ad expugnándas et superándas omnes diabólicas fráudes; omniúmque inimicórum meórum sævítiam superándam. Per Christum Dóminum nostrum (Pon, Señor, en mi cabeza el yelmo de la salud para rendir y triunfar de todos los engaños diabólicos, y para vencer la sevicia de todos mis enemigos. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad albam. ORATIO. Índue me, Dómine, vestiménto salútis ac túnica justítiæ et induménto lætítiæ circúmda semper. Per Christum Dóminum nostrum (Vísteme, Señor, con vestidura de salud y túnica de justicia, y rodéame siempre con manto de alegría. Por Cristo, Señor nuestro). Amen.
 
Ad cíngulum. ORATIO. Præcínge, Dómine, cíngulo fídei et virtúte castitátis lumbos mei corpóris, et extíngue in eis humórem libídinis, et júgiter máneat in me tenor tótius cástitatis. Per Christum Dóminum nostrum (Ciñe, Señor, los lomos de mi cuerpo con cíngulo de fe y con la virtud de la castidad, y apaga en ellos el fuego libidinoso, para que permanezca en mí continuamente el culto de toda castidad. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad manípulum. ORATIO. Mérear quǽso, Dómine, deportáre manípulum justítiæ et ferre cum patiéntia, et illud cum exultatióne deferéndo, cum tuis Sanctis portiónem accípiam. Per Christum Dóminum nostrum (Merezca yo, te suplico Señor, soportar el manípulo de la justicia y llevarle con paciencia, pues llevándolo con alegría, recibiré la herencia con tus Santos. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad stolam. ORATIO. Redde mihi, Dómine obsécro, stolam immortalitátis quam perdídi in prævaricatióne primi paréntis; et quia cum hoc ornaménto, quámvis indígnus accedére ad tuum sanctum præsúmo mystério, præsta ut cum éodem lætári mérear in perpétuum. Per Christum Dóminum nostrum (Suplico, Señor, me devuelvas la estola de la inmortalidad, que perdí en la prevaricación del primer padre; y porque con esta vestidura intento acercarme aunque indigno a tu santo Misterio, haz que merezca alegrarme con el mismo por toda la eternidad. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Ad casúlam. ORATIO. Jugum tuum, Dómine, suáve est et onus tuum leve: præsta ut sic illud deportáre váleam, ut conséqui possim tuam grátiam. Per Christum Dóminum nostrum (Tu yugo, Señor, es suave y tu carga ligera; haz que de tal manera pueda llevarlo, que pueda conseguir tu gracia. Por Cristo Señor nuestro). Amen.

Después que el sacerdote se ha vestido, diga:
℞. Pater, peccávi in cœlum et coram te, jam non sum dignus vocári fílius tuus. Fac me sicut unum de mercenáriis tuis. (Padre, pequé contra el cielo y delante de Ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Hazme como a uno de tus jornaleros).
℣. Quánti mercenárii in domo patris mei abúndant pánibus, ego áutem hic fame péreo; surgam et ibo ad patrem meum et dicam ei (Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen el pan de sobra, y yo me estoy aquí muriendo de hambre: Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré).
℞. Fac me sicut unum de mercenáriis tuis. (Hazme como a uno de tus jornaleros).
  
Kýrie, eléison. Christe, eléison. Kýrie, eléison.
  
Pater noster, qui es in cœlis. Sanctificétur nomen tuum. Advéniat regnum tuum. Fiat volúntas tua: sicut in cœlo et in terra. Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie. Et dimítte nobis débita nostra: sicut et nos dimittímus debitóribus nostris. Et ne nos indúcas in tentatiónem. Sed líbera nos a malo (Padre nuestro, que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre. Venga a nos el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal).
  
℣. Ab occúltis meis munda me, Dómine (De mis delitos ocultos, límpiame, Señor).
℞. Et ab aliénis parce servo tuo (Y de los ajenos perdona a tu siervo).
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam (Oye, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat (Y llegue a ti mi clamor).
  
Orémus.
   
ORATIO
Deus, qui de indígnis dignos, de peccatóribus justos et de immúndis facis mundos, munda cor meum et corpus meum ab omni sorde et cogitatióne peccáti, et fac me dignum atque strénuum sanctis altáribus tuis minístrum: et præsta, ut in hoc altári ad quod indígnus accedére præsúmo, acceptábiles tibi hóstias ófferam pro peccátis et offensiónibus et innúmeris quotidiánis meis excéssibus, et pro peccátis ómnium vivéntium et defunctórum fidélium et eórum, qui se meis commendavérunt oratiónibus, et per eum tibi meum sit acceptábile votum qui se tibi Deo Patri pro nobis obtúlit in sacrifícium, qui est ómnium ópifex, et solus sine peccáti mácula póntifex: Jesus Christus Fílius tuus Dóminus noster, qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum (Oh Dios, que haces indignos dignos, de los pecadores justos, y de los inmundos limpios, purifica mi corazón y mi cuerpo de toda inmundicia y pensamiento de pecado, y hazme ministro digno y diligente para tus santos altares; haz también, que en este altar, al cual aunque indigno intento acercarme, te ofrezca hostias aceptables por mis innumerables pecados y ofensas y excesos de todos los días, y por los pecados de todos los fieles vivos y difuntos, y de aquellos que se encomendaron a mis oraciones, y sea mi voto aceptable por Aquel que se ofreció en sacrificio por nosotros a Ti, Dios Padre, que es el Hacedor de todas las cosas y solo sin mancha de pecado Pontífice, Jesucristo tu Hijo nuestro Señor, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos sin fin). Amen.

miércoles, 9 de marzo de 2022

SANTO DOMINGO SAVIO, DISCÍPULO DE SAN JUAN BOSCO

Artículo publicado por Plinio María Solimeo para la revista Tesoros de la Fe. Tomado de EL PERÚ NECESITA DE FÁTIMA.

SANTO DOMINGO SAVIO, EL JOVEN EJEMPLAR QUE DECLARÓ GUERRA A MUERTE AL PECADO
Al fallecer con apenas quince años, logró aliar una inocencia y pureza angelicales a la sabiduría de un hombre maduro, alcanzando la heroicidad de las virtudes.
    
  
El primer y más insigne biógrafo de Santo Domingo Savio fue su director espiritual y maestro, el gran San Juan Bosco. De él extrajimos los datos para este artículo.*

Hijo de Carlos Savio y Brígida Agagliate, Domingo Savio nació en Riva de Chieri, villa de Castelnuovo de Asti (Italia), el 2 de abril de 1842.
   
Desde pequeño fue dotado “de un temperamento dulce y de un corazón formado para la piedad, aprendió con extraordinaria facilidad las oraciones de la mañana y de la noche, que rezaba ya él solo cuando apenas tenía cuatro años de edad”.
    
Cierto día, durante un almuerzo ofrecido en su casa a un visitante, no habiendo éste rezado antes de comenzar a comer, Domingo cogió su plato y se retiró triste a un rincón. Su padre le preguntó después por qué hizo eso. Él respondió: “Yo no me atrevo a ponerme a la mesa con uno que empieza a comer como lo hacen las bestias”.
     
Cuando tenía cinco años, iba a la iglesia con su madre; su actitud devota llamaba la atención de todos. Si el templo estaba aún cerrado, se arrodillaba en el umbral de la puerta, y allí quedaba orando hasta que fuese abierto, sin importarle si llovía o nevaba, si hacía calor o frío.
    
A esa edad, aprendió a ayudar a Misa, lo que hacía con mucha devoción, a pesar de la dificultad que tenía para transportar el enorme misal.
    
Su programa de vida: “Antes morir que pecar”
Llegado el tiempo de aprender las primeras letras, “como estaba dotado de mucho ingenio y era muy diligente en el cumplimiento de sus deberes, hizo en breve tiempo notables adelantos en los estudios”.
    
Evitaba a todos los niños revoltosos y sólo entablaba amistad con los de buena conducta.
    
Domingo se confesaba frecuentemente. Tan pronto supo distinguir entre “el pan celestial y el terreno”, fue admitido a la primera comunión, a los siete años, aún cuando en esa época la edad mínima para recibirla era a los doce años.
    
Se puede percibir la madurez del niño en los propósitos que dejó anotados ese día:
“Propósitos que yo, Domingo Savio, hice en el año 1849 con ocasión de mi primera comunión, a los siete años de edad:
    
1. Me confesaré muy a menudo y recibiré la sagrada comunión siempre que el confesor me lo permita;
   
2. Quiero santificar los días de fiesta;
    
3. Mis amigos serán Jesús y María;
    
4. Antes morir que pecar.”
Este último propósito, hecho por un niño a tan tierna edad, muestra a qué punto habían llegado su precoz madurez y su virtud, haciéndose su programa de vida. ¿Cuántos niños de siete años, hoy en día, tendrían semejante propósito, sobre todo después de haber sido masacrados por clases de la llamada “educación sexual”?
    
Callado, sufre injusticia por amor a Dios
Terminada la primaria en Mondonio, donde se había mudado, Domingo tenía que ir hasta Castelnuovo dos veces al día, ida y vuelta, lo que representaba una caminata de casi 20 kilómetros diarios. Para un niño de diez años y de complexión frágil, era un gran esfuerzo. Pero, movido por el deseo de estudiar para abrazar el sacerdocio, hacía alegremente el sacrificio.
    
Domingo, por su inteligencia y aplicación, obtuvo siempre el primer lugar en la clase, además de otras distinciones por su buen comportamiento y por el cumplimiento de sus deberes.
     
Cierto día, algunos compañeros suyos llenaron de piedras la estufa de la clase. Era una falta grave de disciplina, que merecía como penalidad la expulsión de los infractores. Éstos, sin embargo, acusaron a Domingo Savio de haber sido el autor del acto. El maestro, un sacerdote, aunque dudando, tuvo que ceder ante las seudo evidencias que le presentaban. Llamó a Domingo, le mandó arrodillarse frente a la clase, y delante de todos sus compañeros le dio una reprimenda, diciendo que sólo no lo expulsaba por haber sido su primera falta. Domingo bajó la cabeza y no dijo nada.
    
Al día siguiente, se descubrió la verdad. El sacerdote llamó entonces a Domingo y le preguntó por qué no se había justificado. Dijo que quería imitar a Nuestro Señor, que fue acusado injustamente y no se defendió. Por lo demás, sabía que su defensa podría haber causado la expulsión de otros alumnos. Como sería su primera falta, sabía que sería perdonado.
   
Domingo Savio: otro San Luis Gonzaga
En 1854, Don Bosco fue solicitado por Don Cugliero, profesor de Domingo, para “hablarme de un alumno suyo digno de particular atención por su piedad: —Aquí, en esta casa [el Oratorio de Don Bosco] es posible que tenga usted jóvenes que le igualen, pero difícilmente habrá quien le supere en talento y virtud. Obsérvelo usted y verá que es un San Luis”.
     
Fue entonces que Don Bosco conoció a Domingo Savio, que contaba con doce años. Así lo describe: “Era Domingo algo débil y delicado de complexión, de aspecto grave y al par dulce, con un no sé qué de agradable seriedad. Era afable y de apacible condición y de humor siempre igual. Guardaba constantemente en la clase y fuera de ella, en la iglesia y en todas partes, tal compostura, que el maestro sentía la más agradable impresión con sólo verle o hablarle”.
    
Conociendo mejor al nuevo discípulo a lo largo de los años, afirmó aún sobre él Don Bosco: “Todas las virtudes que vimos brotar y crecer en él, en las primeras etapas de su vida, aumentaron siempre maravillosamente y crecieron todas juntas, sin que una fuese en detrimento de la otra”. Era impresionante ver la seriedad con que cumplía los menores deberes. En lo ordinario, comenzó a hacerse extraordinario. “De aquí arrancó aquella vida ejemplarísima y aquella exactitud en el cumplimiento de sus deberes, que difícilmente pueden superarse”.
    
Declaración de guerra: muerte al pecado
La devoción del pequeño Domingo a la Santísima Virgen era sencillamente extraordinaria. El día 8 de diciembre de 1854, fecha en que era proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción por el bienaventurado Papa Pío IX, ante el altar de la Virgen, renovó las promesas hechas en su primera comunión e hizo esta oración: “María, os doy mi corazón; haced que sea siempre vuestro. Jesús y María, sed siempre mis amigos; pero, por vuestro amor, haced que muera mil veces antes que tenga la desgracia de cometer un solo pecado”.
     
Ese horror al pecado era muy vivo en Domingo, que solía decir: “Quiero declararle guerra a muerte al pecado mortal”.
    
Pero no era sólo al pecado mortal. Decía: “Quiero pedirle mucho, mucho, a la Santísima Virgen y al Señor que me manden antes la muerte que dejarme caer en un pecado venial contra la modestia”.
    
Eso no se obtiene sin una pureza angélica. Esa virtud ¿habrá sido obtenida a costa de mucha oración y vigilancia? O, conforme declaró el beato Miguel Rúa, su condiscípulo en el Oratorio, en el proceso de beatificación: “Tengo la convicción de que Domingo, por singular privilegio, no estaba sujeto a tentaciones contra la castidad”.
    
Deseo intensísimo de santidad
Seis meses después de la entrada de Domingo Savio en el Oratorio, Don Bosco hizo a los alumnos una plática sobre el deber que todos tienen de ser santos, y lo fácil que esto resulta, si se busca en todas las cosas la voluntad de Dios con toda simplicidad. Eso inflamó benéficamente a Domingo Savio, que fue a buscarlo y le dijo: “Quiero decir que siento como un deseo y una necesidad de hacerme santo. Nunca me hubiera imaginado yo que uno pudiese llegar a ser santo con tanta facilidad; pero ahora que he visto que uno puede ser santo también estando alegre, quiero absolutamente y tengo absoluta necesidad de ser santo”.
    
Procediendo como experimentado director espiritual, Don Bosco relata: “Lo primero que se le aconsejó para llegar a ser santo fue que trabajase en ganar almas para Dios, puesto que no hay cosa más santa en esta vida que cooperar con Dios a la salvación de las almas, por las cuales derramó Jesucristo hasta la última gota de su preciosísima sangre”.
    
Domingo transformó ese consejo en un programa de vida, se volvió un batallador. “No dejaba entretanto pasar ocasión de dar buenos consejos y avisar a quien dijera o hiciera cosa contraria a la santa ley de Dios”. Exclamaba: “¡Cuán feliz sería si pudiese ganar para Dios a todos mis compañeros!” Decía también que deseaba mucho reunir a los niños para enseñarles el catecismo. Tenía presente cuántos niños al llegar a la edad de la razón se corrompen moralmente y pierden sus almas. A ese propósito, observó: “¡Cuántos pobres niños se condenan tal vez eternamente porque no hay quien los instruya en la fe!”.
   
Celo por la conversión de Inglaterra
Su celo iba mucho más allá. No se restringía a su vida espiritual, sus horizontes eran anchos. Varias veces dijo a Don Bosco: “¡Cuántas almas esperan en Inglaterra nuestros auxilios! ¡Oh! Si tuviera fuerzas y virtud, quisiera ir ahora mismo y con sermones y buen ejemplo, convertirlas a todas a Dios”. Él mismo tuvo una visión a ese respecto, y pidió que Don Bosco se la comunicase al Papa, cuando fuese a Roma.
     
Afirma Don Rúa: “Era verdaderamente admirable que en un jovencito de su edad reinara tanto celo por la gloria de Dios, hasta el punto de sentir horror y aún sufrir físicamente cuando oía blasfemar o veía de cualquier otro modo ofender la majestad de Dios”.
    
Otro condiscípulo muestra su amor combativo por la fe, contra las herejías: “En aquellos tiempos, más de una vez, encontré emisarios de los protestantes, venidos expresamente al Oratorio para sembrar sus errores; uno de los más solícitos para impedirlo era el jovencito Domingo Savio”.
     
“Su oración predilecta —afirma Don Bosco— era la corona al Sagrado Corazón de Jesús para reparar las injurias que recibe de los herejes, infieles y malos cristianos”.
   
En fin, muchas cosas más se podrían decir sobre Santo Domingo Savio que excederían los límites de este artículo. Falleció santamente el día 9 de marzo de 1857 a los quince años de edad. Y Don Bosco tenía tanta certeza de su santidad y futura canonización que, en un epitafio por él compuesto, dijo: “...de los que, habiendo experimentado los efectos de su celestial protección, agradecidos y ansiosos, esperan la palabra del oráculo infalible de nuestra Santa Madre la Iglesia”.     
  
* San Juan Bosco, Obras fundamentales, B.A.C., Madrid, 1995, pp. 120-221.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que en Santo Domingo has dado a los adolescentes un modelo admirable de piedad y de pureza, concede propicio que por su intercesión y ejemplo podamos servirte con cuerpo casto y corazón puro. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

lunes, 31 de enero de 2022

ATENTADOS MASÓNICOS CONTRA SAN JUAN BOSCO

Tomado de GLORIA NEWS.
   

En 1880 Don Bosco (1815-1888) sufrió dos atentados, tramados por los masones.
   
Alessandro Dasso, un antiguo alumno, pidió hablar con Don Bosco. Dasso cayó de rodillas, rompió a llorar y le dijo a Don Bosco que se había inscrito en la masonería. La secta había condenado a muerte a Don Bosco y había designado a doce individuos que debían sucederse en ese orden para cumplir la sentencia.
    
“A mí me tocó ser el primero”, dijo Dasso, “pero nunca haré tal acto” y “revelar el secreto es mi muerte”. Dasso intentó suicidarse, pero Don Bosco le ayudó a escapar al extranjero.
    
En diciembre de ese mismo año, un joven visitó a Don Bosco. De repente, un pequeño revólver de seis tiros se le escapó del bolsillo. Sin que se diera cuenta, Don Bosco lo recogió y lo guardó en su sotana.
    
En un momento dado, el hombre metió la mano derecha en el bolsillo buscando algo. Don Bosco: le preguntó: “¿Qué estás buscando?”. El hombre respondió: “Tenía algo en el bolsillo, ¿pero adónde ha ido a parar?”.
    
Don Bosco se acercó a la puerta, le apuntó con la pistola y le dijo: “Esto es lo que buscabas, ¿no? ¡Sal de aquí y que Dios se apiade de ti!”.

domingo, 31 de enero de 2021

ORACIÓN A SAN JUAN BOSCO

   
Oh glorioso San Juan Bosco, que para conducir a la juventud a los pies del divino Maestro y formarla a la luz de la fe y de la moral cristiana os sacrificasteis hasta el fin de vuestra vida y habéis fundado un Instituto especial destinado para continuar y extender hasta los últimos confines de la tierra vuestra nobilísima obra, obtenednos también del Señor un santo amor por la juventud expuesta a tantas seducciones, y haced que nos prodiguemos generosamente para sostenerla contra las insidias del demonio, para preservarla de los peligros del mundo y llevarla, piadosa y pura, en el sendero que la conduce a Dios. Amén.
  
La Santidad del Papa Pío XII, mediante decreto de la Sagrada Penitenciaría Apostólica del 25 de Febrero de 1941, concedió por el rezo de esta oración 300 días de Indulgencia. Plenaria al mes, con las condiciones de rigor.

viernes, 18 de septiembre de 2020

UN DÍA DEL PAPA PÍO IX

 

«El santo Padre se alza de buena mañana, y después de haber recitado sus oraciones, va a su capilla para celebrar la Santa Misa. Esta capilla es pequeña y vecina al apartamento del Papa. El Santísimo Sacramento está siempre conservado y Pío IX en su gran devoción hacia la Santísima Eucaristía él mismo toma cuidado del mantenimiento de las dos lámparas que arden perpetuamente ante el tabernáculo. El Papa Pio IX celebra la Misa lenta y santamente, frecuentemente su augusto rostro está bañado de lágrimas mientras tiene entre sus sagradas manos al Dios escondido, del cual él es su Vicario. Ordinariamente dice Misa a las siete y media, y asiste por acción de gracias a una segunda misa dicha por uno de sus capellanes. Luego él reza de rodillas, con uno de sus prelados de su corte, una parte del breviario, y acto seguido regresa a sus apartamentos.
  
La colación del Papa consiste en una simple taza de café negro. La sobriedad italiana es conocida: y esta es la primera comida de casi todos los romanos. Hasta cerca de las diez, el santo Padre trabaja todos los días con su primer ministro, que es un cardenal llamado el secretario de Estado, el cual es principalmente encargado de la administración temporal de los Estados de la Iglesia. A las diez comienzan las audiencias, oficio muy penoso y difícil, en el cual se tratan las cuestiones más importantes y los más graves intereses de la religión y de la sociedad. Cardenales, obispos, príncipes, embajadores, misioneros, sacerdotes y fieles vienen de todas partes del mundo para traer a los pies del Jefe de la Iglesia sus súplicas, sus homenajes o exponerle sus necesidades. El Papa está sentado durante todas estas audiencias; en su presencia se está de rodillas, o si él lo permite, de pie. Los cardenales y los príncipes tienen el derecho de estar sentados sobre un escabel. Entrando en la cámara del Papa se hacen tres genuflexiones: la primera sobre el umbral de la puerta, la segunda a mitad de camino y la tercera a los pies del Papa. Luego se besa su pie o su mano, y después comienza la audiencia. Cuando esta es terminada, el  santo Padre suena una campanilla, y llegada otra persona viene anunciada e introducida por uno de los prelados de servicio. Solamente los hombres son admitidos en esta guisa en los apartamentos del Papa; questa è una regola invariabile. En cuanto a las mujeres, ellas son recibidas en audiencia una o dos veces por semana, en una gran sala que hace parte de los museos públicos del Vaticano.
   
Ordinariamente las audiencias de la mañana duran más de cuatro horas contínuas. Cuando estas son terminadad, hacia las dos o dos y media, el Papa va a su sala por el almuerzo y se sienta a una frugal mesa, luego recita de nuevo de rodillas lo que sigue de su breviario, y después de algún momento de reposo sale en coche para hacer un poco de movimiento. A menudo el Papa escoge por objetivo de sus paseos o la visita de algún venerado santuario donde se celebre una fiesta, algún hospital o alguna prisión. Cuando hay mal tiempo, el Sumo Pontífice se contenta con pasear por algún momento en su biblioteca, o en una de las galerías del Vaticano.
   
Al caer el día (indicado en Italia por el llamado del Ángelus y por este motivo llamado el Ave María), el Papa regresa al Vaticano y reza a continuación la salutación Angélica, agregándole el [salmo] De profúndis por todos los fieles del mundo entero que murieron en el curso de aquel día, y luego reinician sus audiencias. Entonces se presentan al Papa los documentos por firmar, y se proponen a su soberana aprobación y a su última decisión los decretos de las diferentes congregaciones romanas que se dividen el examen de los asuntos religiosos de todo el mundo católico. Estas audiencias duran también hasta las diez u once de la tarde; después de esto el santo Padre hace una ligera colación compuesta de alguna fruta o de alguna legumbre; luego él termina el rezo de su breviario y va a tomar algunas horas de un reposo que se ganó con tanto trabajo y tan santamente». (De JOHN FRANCIS MAGUIRE, Historia del Soberano Roma).
   
SAN JUAN BOSCOLos Papas desde San Pedro a Pío IX. Ejemplos y síntesis de hechos históricos, cap. XXX. Turín, imprenta del Oratorio de San Francisco de Sales, 1865, con aprobación eclesiástica

viernes, 17 de julio de 2020

SAN JUAN BOSCO HABLA SOBRE LA FRANCMASONERÍA Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Ejecución de Luis XVI el 21 de Enero de 1793 en la Plaza de la Revolución –antigua Plaza Luis XV, hoy Plaza de la Concordia– de París (grabado de época).
 
En medio de la celebración de la Prise de la Bastille (que mediante la Ley Raspail del 6 de Julio de 1880 rebautizaron con el nombre de “Fiesta Nacional” fusionándola con la Fête de la Fédération, menos sangrienta para el gusto republicano) presidida en la Plaza de la Concordia por el presidente francés Emmanuel Macron en una Francia diezmada por el coronavirus wuhanense, conviene recordar con el gran educador de la juventud católica San Juan Bosco quiénes fueron los determinadores y cuáles los progresos de la Revolución cuyas nefastas consecuencias sufrimos aun en nuestros días (traducción del artículo publicado en RADIO SPADA):
«Debéis recordar también, mis queridos, cómo en el espacio de casi cincuenta años hubo una paz completa en Italia y casi en todo el resto de Europa; la cual dio campo a muchos valientes ingenios para enriquecer las ciencias y las artes con muchos conocimientos útiles, pero también dejó espacio a las sociedades secretas para ejecutar sus proyectos. Estas sociedades secretas son generalmente conocidas bajo el nombre de Carbonarios, Libres Muradores (Francs-maçons), de Jacobinos e Iluminnati, y tomaron estas varias denominaciones en los distintos tiempos, pero todas concuerdan en el fin. Miran estas a arruinar la sociedad presente, de la cual son malcontentos, porque no encuentran un puesto conveniente a su ambición, ni la libertad para secundar las pasiones. Para arruinar la sociedad, ellos trabajan para eliminar la religión y toda idea moral del corazón de los hombres y abatir toda autoridad religiosa y civil, esto es, el Pontificado Romano y los tronos. Este fin último es un secreto reservado a los solos jefes, los otros son distintos en diversos grados y no conocen de la inicua trama sino aquel poco que les es revelado; pero todos se obligan con juramento a seguir ciegamente cuanto les es ordenado por los jefes, así sea dar una puñalada al amigo; todos por igual se obligan con su dinero a aumentar el erario de la sociedad. Las reuniones son varias, según los distintos grados, a fin que no sea igualmente conocido para todos el misterio de iniquidad.
 
Muchos se dejan conducir fácilmente a dar su nombre a dichas sociedades, porque en los primeros grados no es revelada la maldad del fin y se habla sólo de fraternidad, de filantropía y similares. Los efectos de estas sociedades aparecieron primeramente en Francia. En aquel reino Luis XIV era sucedido por un sobrino suyo, que tomó el nombre de Luis XV (año 1715). Este rey había dado buenas esperanzas de sí, mas rodeado de malos cortesanos, engolfóse prestamente en los placeres, olvidando los asuntos del Estado y no poniendo en consideración las miserias del pueblo. A él, después de un reinado tan largo, sucedió un sobrino suyo, que fue llamado Luis XVI (año 1774). Cuando subió al trono este rey, los empleos y bienes del Estado estaban mal repartidos, pesaban graves impuestos sobre el pueblo, en algunos lugares la justicia era mal administrada, y a todo esto se agregó la carestía. Luis XVI intentó poner remedio a los males de la Francia, pero por obra de las supradichas sociedades secretas sus esfuerzos fueron vanos. Estos iban exagerando los males, especialmente por medio de los papeles públicos, excitaban los pueblos a la revuelta e hicieron tanto que llegaron a hacer explotar en 1789 una de las más terribles revoluciones.
 
Cometiéronse entonces barbaries inauditas. Se comenzó por perseguir la religión en sus sacerdotes, hasta hacer una masacre de 200 a la vez a cañonazos; la nobleza fue derribada y obligada a a renunciar a sus fueros y sus títulos; el rey fue depuesto del trono y condenado a dejar la cabeza sobre el patíbulo, al cual poco después fue conducida la reina. La clase media, o sea la burguesía, fue la que comenzó la revolución sirviéndose de la plebe, y la plebe a su vez la quizo proseguir y devenir soberana, como de hecho sucedió, y entonces llevaron al patíbulo a cientos de aquellos mismos burgueses que habían condenado a muerte a los sacerdotes y los nobles. Por aquesta revolución lo que estaba sobre la sociedad fue puesto abajo, y lo que estaba abajo llegó arriba, y así reinó la anarquía de la canalla».
  
SAN JUAN BOSCO. Storia d’Italia raccontata alla gioventù, dai suoi primi abitatori sino ai nostri giorni (Historia de Italia contada a la juventud, desde sus primeros habitantes hasta nuestros días), Turín, tipografía Paravia y Cía., 1855, con licencia eclesiástica. Época cuarta (Historia Moderna), cap. XXV “La Italia invadida por los franceses”, págs. 455-457.

miércoles, 22 de enero de 2020

NOVENA EN HONOR A SAN JUAN BOSCO

Novena compuesta por un sacerdote devoto de San Juan Bosco, con aprobación eclesiástica. Puede rezarse en cualquier momento del año, particularmente en preparación a la fiesta de San Juan Bosco (31 de Enero). Para obtener más fácilmente las gracias que se desean, San Juan Bosco aconsejaba la frecuencia de los sacramentos durante la novena y hacer o prometer alguna oferta para las obras salesianas.

NOVENA A SAN JUAN BOSCO, FUNDADOR DE LAS OBRAS SALESIANAS
 
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido, y propongo firmemente de nunca más pecar, y confesarrme, y confío me perdonaréis por vuestra santísima Pasión y muerte. Amén.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh bienaventurado Juan Bosco, apóstol incansable de la devoción a María Auxiliadora y tan amado de Ella que sin dilación alguna obtenías de su bondad todo lo que le pedías. Tú que fuiste tan compasivo de las humanas desventuras que, cuando morabas en la Tierra no había persona alguna que recurriese a ti sin que fuese benignamente escuchada, ahora que estás en los Cielos en donde la caridad se perfecciona, míranos con piedad y misericordia, ya que tan necesitados estamos de tu socorro; haz descender sobre nosotros y nuestras familias las maternales bendiciones de María Auxiliadora; alcánzanos todas aquellas gracias espirituales y temporales que más necesitamos, especialmente la de gozar de la amistad divina, de evitar todo pecado, de amar con fiel ternura a la Virgen María, y, por último, el señaladísimo favor que te pedimos en esta Novena, si fuere para mayor gloria de Dios y bien de nuestra alma. Así sea.
    
DÍA PRIMERO – 22 DE ENERO
MEDITACIÓN: HUMILDAD HERIOCA DE SAN JUAN BOSCO.
«Aprended de mí, dice Jesucristo, que soy manso y humilde de Corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas». Toda la vida de nuestro Divino Salvador fue una continua enseñanza de todas las virtudes, pero, especialmente, fue maestro de la humildad. Por haber bajado del Cielo para enseñarnos esta virtud, se conoce cuánta es su excelencia y cuán grande es la necesidad que de ella tenemos. Es esta virtud el solo verdadero fundamento de la santidad. Por eso los héroes de la Iglesia han sido profundamente humildes.
  
Tal fue nuestro Santo, que en la plenitud de sus triunfos, en las imponentes manifestaciones de estima y en las ovaciones triunfales de que fue objeto, conservó siempre la sencillez de sus primeros años, sin que nunca decayese de aquella sincera humildad que ha sido siempre el distintivo de la santidad.

La humildad lo llevó a hacerse niño con los niños, y hasta servidor de los niños. A los principios del Oratorio, servía a sus asilados, no solo como padre sino mas bien como criado, ejercitando con ellos los oficios mas humildes: les cocía la comida, se la distribuía en el comedor, remendaba sus vestidos interiores, los peinaba, les cortaba el cabello y si se encontraban enfermos, no rehusaba prestarles los más humildes servicios. La humildad le hizo vencer la repugnancia que por su natural timidez sentía de presentarse a las personas de elevada posición social, ricas o acomodadas, para pedir limosna a favor de sus huerfanitos; la necesidad de socorrer a sus asilados y la persuasión que tenía de que, pidiendo limosna, hacía una gran obra de caridad a los mismos que la daban, dándoles ocasión de socorrer a los pobres, le hizo despreciar todo respeto humano. Con los niños jugaba como si fuese uno de ellos; sabía que este sacrificio era uno de los más eficaces para ganarse el afecto de los jóvenes e insinuarse más fácilmente en sus almas. Con gusto se detenía en la calle con niños sucios y harapientos y dejaba que lo acompañasen sin hacer caso del respeto humano, ni de las reprensiones que, a veces, personas de distinción le hacían por este motivo.

Cuando en el templo de María Auxiliadora se sucedían con frecuencia emocionantes curaciones milagrosas, y el nombre de Don Bosco bendecido y aclamado estaba en boca de todos, impresionado por aquellos prodigios y no queriendo que fuesen atribuidos a su persona, se apresuraba a decir: «¡Cuánta fe hay aún en nuestro pueblo! ¡Cuánta devoción a la Santísima Virgen!».
   
Al preguntarle alguno cómo hacia para llevar a cabo obras tan colosales como las que tenía entre manos con medios tan desproporcionados, contestaba:
«Sabed que en todo esto no entra para nada el pobre Don Bosco, es Dios nuestro Señor y su Santísima Madre los que lo hacen todo. Cuando Dios quiere llevar a cabo una obra, su mayor Gloria exige que se conozca que es su Mano poderosa la que la ejecuta, sirviéndose del instrumento más inútil e inepto. Yo aseguro que si Dios nuestro Señor hubiese encontrado en la Arquidiócesis de Turín un sacerdote más pobre y más miserable que yo, a ése y no a otro hubiese escogido como instrumento de las obras a que os referís, y al pobre Don Bosco le hubiese dejado seguir su vocación de simple cura de aldea».
Imitemos a este gran Santo en la práctica de la humildad, si queremos gozar con él de la feliz bienaventuranza; porque ha dicho nuestro Señor que si no nos hiciéremos como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos.
   
EJEMPLO: SAN JUAN BOSCO LLEVA AL CIELO A UN NIÑO.
Cayó enfermo en los primeros días de febrero de 1888 un alumno del Oratorio de Turín, y llegó a tal extremo de gravedad que se temía un funesto desenlace.
   
Avisada la familia, corrió su madre a la cabecera del enfermo, y obtuvo fácilmente de los superiores permiso para asistirle mientras durara el peligro. Una mañana despiértase el niño sobresaltado, abre los ojos, los clava en un sitio con fijeza y luego mira hacia la puerta como si viese salir a alguno, vuélvese luego a su madre y le dice: «¿No le ha visto usted?».
«¿A quién?».
«A Don Bosco».
«Yo no he visto a nadie».
«Pues ha estado aquí, y me ha dicho que me prepare, porque dentro de tres días vendrá a buscarme para llevarme al Cielo».
«¿Morir tú, hijo mío? ¡Ah, no!; tienes que venir a casa».
«¿A qué? ¿Tal vez a asistir a ciertas escenas que usted bien sabe? ¿A oír tantas blasfemias? No, no; es mejor que me vaya al Cielo».
  
Oía la pobre mujer tan justos reproches, y no podía menos de dar la razón al niño; pero su amor de madre no se resignaba a creer que su hijo muriera tan pronto. Dijo a éste que le tocaba ser el ángel consolador de la familia, que su ejemplo debía convertir al padre; y, calificando de monomanía la enfermedad del hijo, trató de curarlo, sacándolo del Oratorio.
   
Los superiores no podían oponerse a los deseos de esta madre; y a fin de que el niño no careciera de asistencia espiritual y corporal, dieron a la pobre mujer una recomendación para el hospital.
  
El niño, al enterarse de la determinación de la madre, decía: «¿Para qué me saca usted del Oratorio? Se muere muy bien bajo el manto protector de María Auxiliadora».

A la mañana siguiente, a pesar de la copiosa nieve que caía, la madre, inexorable, hizo que el niño fuese llevado al hospital. Al llegar a este sitio alegrose mucho el muchacho al ver que estaban al frente del establecimiento de las Hermanas de la Caridad y llamando a una de ellas, le dijo: «¿Podré recibir mañana los santos Sacramentos?».
«¿Por qué tan pronto?».
«Porque tiene que venir mañana Don Bosco a buscarme…».
«No le haga usted caso –le interrumpió su madre– es una monomanía».

El niño se confesó, y comulgó al día siguiente con gran devoción, y esperó tranquilo su hora. Su madre le atendía cariñosamente y también esperaba.
   
Hacia el medio día, el niño se durmió, haciendo concebir risueñas esperanzas. Pero despiértase hacia las tres de la tarde, mira hacia arriba, como si contemplara a una persona y dice: «¡Helo aquí! ¡Ya voy! ¡Ya voy!», y se durmió en el Señor.
   
Corrió la madre y abrazó al hijo, pero ya no estrechó entre sus brazos más que un cadáver. No tardó mucho, sin embargo, en resignarse y en reconocer, ante los que habían asistido a la preciosa muerte de su hijo, que era deudora de un gran favor a San Juan Bosco.

ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Juan Bosco! Tú que aun en medio de admirables portentos mantuviste la virtud de la humildad, y volvías a Dios nuestro Señor y su Santísima Madre los elogios que te dirigían, haz que también nosotros busquemos en todo esta virtud, la practiquemos constantemente y que en todo desterremos de nuestras almas el deseo de alabanzas. Así sea.
  
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”.
   
GOZOS
   
Santo que nunca desoyes
Al que confiado te implora,
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
Enséñanos la humildad
Con la que subiste a esa altura
Donde hoy tu gloria fulgura
En eterna claridad.
Y prodiga tu ternura
Al que sufre y al que llora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
Deslumbrante de belleza,
Blanco lirio inmaculado,
La Iglesia te ha proclamado
Por tu angélica pureza,
De la inocencia dechado,
De castidad bella aurora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
El trabajo y la oración
Fueron tu gloria y anhelo,
Siempre pensando en el Cielo,
¡Donde estaba tu corazón!
¡Torna de nuestra alma el hielo
En hoguera abrasadora!
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
  
¡Dadme almas!, era el clamor
De tu celo prodigioso.
El salvarlas fue tu gozo
Y llevarlas al Señor.
Ese era el fin poderoso
De tu obra redentora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
Suave apóstol de los niños,
Protector de su inocencia,
En la tierna adolescencia
Colocaste tus cariños.
¡Y cuál brilla la excelencia
De tu obra educadora!
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
    
Lleno de firme confianza
En el auxilio divino,
Proseguiste tu camino,
En Dios puesta la esperanza.
Y Él siempre en tu ayuda
Vino con su mano protectora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
De la Virgen bajo el faro
Colocaste tus labores;
Por ti, Ella da sus favores
Y es de los hombres amparo.
¡Envía al mundo los fulgores
De esa luz consoladora!
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
   
De tu obra el fundamento
Fue la santa Eucaristía,
Pues tu alma unida vivía
Al Divino Sacramento.
Jesús Hostia te infundía
Esa constancia creadora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
    
¡Oh apóstol! ¡Oh padre! ¡Oh santo!
¡Atiéndenos bondadoso!
¡Cambia nuestro llanto en gozo,
Tú que ante Dios puedes tanto!
Y en ti halle amparo amoroso
La humanidad pecadora.
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
     
Santo que nunca desoyes
Al que confiado te implora,
¡En nuestras almas infunde
Tu amor a la Auxiliadora!
    
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Dios, que has suscitado a San Juan Bosco, confesor tuyo, como padre y maestro de la juventud, y por él, mediante el auxilio de la Virgen María, has querido que floreciesen en tu Iglesia nuevas familias religiosas, concédenos, te lo suplicamos, que encendidos en el mismo fuego de caridad, busquemos únicamente la salvación de las almas y tu divino servicio. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 23 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: AMOR DE SAN JUAN BOSCO A LA PUREZA.
San Pablo, exhortando a los fieles a que conserven la excelente virtud de la castidad les dice: «Esta es la voluntad de Dios, ¡Vuestra santificación!». Por nombre de santidad entiende el Apóstol la castidad, porque nos hace semejantes a los Ángeles. De aquí se deduce la excelencia de esta virtud, y con cuánta razón San Juan Bosco le aplicase las propiedades que Salomón atribuye a la sabiduría: «Me vinieron todos los dones juntamente con ella».
   
Nuestro Santo, si bien resplandeció en todas las virtudes, podemos decir que su distintivo y la característica que quiso imprimir en si instituto fue la pureza.

Las palabras, el trato y, en general, todas las acciones, manifestaban tal candor y virginidad, que atraían y edificaban a todos los que se le acercaban, aun a los de corazón pervertido. Su apacible rostro tenía un especial atractivo para ganarse y cautivarse los corazones. Lo que más llamaba la atención de los que tuvieron la dicha de tratarlo en la intimidad de su vida, fue el solícito cuidado que ponía en practicar las más insignificantes reglas de modestia.

No podía sufrir un ademán menos casto, ni una frase bien castigada, sin sonrojarse y corregir al culpado. Sus escritos son un limpio espejo de su alma: resplandece en ellos tal delicadeza, que algunos llegaron a tacharla de exagerada.
   
En medio de sus jóvenes, era siempre la imagen acabada del Divino Salvador; siendo la pureza que resplandecía en toda su persona el secreto de la ilimitada confianza que le tenían. Se puede afirmar de él lo que de San Francisco de Sales: «observado en aquellos actos de su vida en que los más recatados suelen permitirse alguna mayor libertad en las posturas, jamás se le vio faltar a la más insignificante regla de decoro».
   
En los sermones, conferencias y conversaciones no cesaba de insinuar a los demás el amor a la más bella de las virtudes. Cuando hablaba del tesoro inestimable que en sí encierra, cuando describía la belleza de un alma casta y la dicha que la inunda aun en esta vida; cuando recordaba el premio que el Señor le tiene preparado en el Cielo, su palabra llenaba el alma de dulces emociones, y los que lo oían no podían menos que exclamar: «Solo quien es puro como un ángel, puede hablar de este modo». Prefería hablar de la pureza más bien que del vicio contrario; de que apenas sí hacía mención en los términos más reservados y prudentes; pero sabía infundir grande horror hacia él, no tanto con la palabra cuanto con la virtud y afecto que brotaba de su corazón e infundía en los demás.
   
Sus educandos conocían su pureza y por esto lo veneraban; si se encontraban en peligro de sucumbir a la tentación, bastábales acercarse a él para que al instante se desvaneciese toda sugestión del mal. Cuando su mirada, penetrando en el interior del alma, conocía que el espíritu maligno trataba de seducir la fantasía y el corazón de alguno de sus niños, se le acercaba con dulzura y dándole una suave palmada en la mejilla, a manera de caricia, le decía con ternura al oído: «No temas, no te he pegado a ti, sino al demonio». Estas palabras calaban en el espíritu y alejaban la tempestad del corazón.
   
Preguntábale un jovencito atormentado por las tentaciones impuras la manera de librarse de ellas, y él respondió: «Procura estar junto a mí y no temas».
   
Quería que la pureza fuera el distintivo de los salesianos, como la pobreza caracteriza a los hijos de San Francisco de Asís y la obediencia a los de San Ignacio.
  
Murió llevando consigo al sepulcro la blanca estola de la inocencia bautismal. Sin los castos perfumes de una vida pura delante de Dios y de los hombres, no se explicaría la conquista de tantas almas ni el éxito admirable de su tan múltiple apostolado, ni el encanto que ejerció sobre las generaciones de su tiempo.
    
Si queremos que San Juan Bosco atraiga sobre nosotros las bendiciones de María Auxiliadora y tengamos como norma de perfección la gran máxima de nuestro Santo: «Me vinieron con ella (la pureza) todos los bienes», y por consiguiente, sin ella, seremos víctimas de todos los males, especialmente de la terrible condenación.
   
EJEMPLO: CONVERSIÓN PRODIGIOSA.
Años hacía que una distinguida señora de Turín se iba consumiendo a causa de un cáncer en el pecho. Era esta señora una excelente cooperadora salesiana, y sufría con paciencia tan cruel enfermedad; pero, casada con un hombre mundano y disipado, y viendo acercarse su muerte, se afligía al considerar el desamparo en que quedaban las tres hijas que componían su hogar.
   
Cierto día del año 1890, una persona le aconsejó que se encomendara a Don Bosco para obtener la salud, y ofreció unir a este propósito sus ruegos.
   
Aceptada con gusto la indicación, comenzóle enferma una novena al Santo. Una noche, precisamente el último día de la novena, le pareció que se iluminaba de repente su cuarto y que luego, apareciéndosele San Juan Bosco entre resplandores, le anunciaba la obtención de la gracia.
  
Algo tardó la señora en volver de su asombro; pero, en efecto, se hallaba completamente curada. Bien se adivina cuál sería su impresión.
   
Avivada con esto su fe, hace al Santo esta súplica: «Yo no dudo de que a vos debo la gracia que acabo de recibir; pero confirmad mi persuasión, concediéndome además la conversión de mi marido». Comienza otra novena con este fin, y aún no había concluido cuando una mañana advierte que su esposo se levanta más temprano que de ordinario y sale de casa.
  
Moviéndose por la curiosidad, la señora quiso saber a donde se dirigía, y vistiéndose a toda prisa, le siguió paso a paso. Parecía que el corazón le auguraba un buen suceso. Grande fue su sorpresa a ver que el marido entraba en una iglesia; entró también ella, pero con mucha cautela para no ser notada, y le vio arrodillarse a los pies de un sacerdote, y al cabo de un rato, recibir la Santa Comunión.
  
Llena de contento y dando gracias al Cielo por este nuevo favor, regresó enseguida a su casa. Momentos después, entra también el marido, cosa muy extraordinaria, pues salía muy temprano y no paraba en ella; dio con visible satisfacción los buenos días y pidió una taza de café, habiéndosela servida en el acto.

«¿Qué significa tan rara visita?», le preguntó su esposa. «Significa –respondió él– que yo he sido un miserable tonto; pero perdóname, que desde hoy haré una nueva vida. He ido a confesarme (doce años he pasado sin hacerlo), he comulgado y me siento feliz».
  
ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Juan Bosco! Tú que amaste con amor de predilección la bella virtud de la pureza y la inculcaste con el ejemplo, la palabra y los escritos, haz que también nosotros, enamorados de tan indispensable virtud, la practiquemos constantemente y la difundamos con todas nuestras fuerzas. Así sea.

Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre… San Juan Bosco, rogad por nosotros.

Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA TERCERO – 24 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: VIDA INTERIOR DE SAN JUAN BOSCO.
La vida interior no es más que la convicción intima de que el hombre no tiene otro destino en este mundo que el de conocer, amar y servir a Dios, y la dedicación que hace de su vida a este supremo fin, sin olvidar que la vida de su alma es Jesucristo, puesto que sin el no puede hacer nada que sea agradable y meritorio ante los divinos ojos, ni puede reportar fruto alguno en las obras de celo que emprenda por la salvación de las almas.
   
Los santos así lo han comprendido, y han hecho de la vida interior o unión con Dios, el alma de toda su actividad.

Quien ha estudiado a Don Bosco solo a través de su intensa actividad, lo ha definido: “un santo de acción”. Y en realidad lo fue. Pero si alguno pensase que entregado por completo a un trabajo incesante de educación de la juventud y de reconstrucción cristiana y social no se alimentase y viviese de la oración, y de esta no hubiese hecho el punto de apoyo de toda su actividad, estaría en grande error. Toda la vida de este hombre extraordinario fue oración y trabajo. Su trabajo fue continua oración y la oración fue el fundamento y el alma de toda su obra.
  
Su vida estuvo siempre absorta en las cosas divinas y eternas, aun cuando tenía aquellas ocupaciones materiales que por su naturaleza parecen ser opuestas a las elevaciones del espíritu. Por esto, en cualquier momento que se acudiese a él para pedirle consejo parecía que interrumpía los coloquios con Dios para escuchar lo que se le decía, y que Dios mismo le inspiraba los consejos que daba.
   
«La oración –dice el gran pontífice Pío XI, que conoció personalmente a nuestro santo– fue una de las más hermosas características de Don Bosco, y consistió en que estando presente a todas las cosas y ocupado en una serie continua de negocios y consultas, tuvo el espíritu fuera de aquellas cosas, siempre en alto, en donde nada podía perturbar la serenidad de su espíritu, en donde la calma reina siempre como soberana, de modo que en él se cumplía aquel principio de la vida cristiana: “qui labórat orat”, el que trabaja ora. Esto ha sido lo que más atrae la admiración sobre sus hijos, porque fue la característica del padre. ¿De dónde –continúa el Sumo pontífice– este gran Siervo de Dios ha sacado aquella inagotable energía para llevar a cabo tantas obras? El secreto, él mismo lo ha manifestado en aquel lema tan repetido en toda obra Salesiana: “Da mihi ánimas, cœ́tera tolle”: Señor, dadme almas y llevaos todo lo demás.

Este es el secreto de su corazón, el amor a las almas. Pero amor verdadero porque no era más que el reflejo del amor que tenía a nuestro Señor Jesucristo; las almas él las veía en el Corazón, en la Sangre preciosísima de nuestro Señor Jesucristo, de modo que no había sacrificio o empresa que no se atreviese a llevar a cabo para ganar las almas, tan intensamente amadas de Nuestro Señor. Esta es precisamente, exclama conmovido el mismo Sumo Pontífice, la heroisísima particularidad de la figura de este gran amador de las almas, que se impone ahora mas que nunca a la atención y admiración de todos».
  
Dios, y siempre Dios, era su pensamiento, su esperanza y su vida. «Parecía -dice monseñor Juan Bautista Anfossi- que su espíritu estuviese continuamente absorto en la contemplación de Dios».
  
Si queremos progresar rápidamente en la perfección y producir abundantes frutos de salvación en nuestros prójimos, vivamos como San Juan Bosco en intima unión con Dios, de lo contrario seremos sarmientos separados de la Vid.
    
EJEMPLO: CURACIÓN PRODIGIOSA.
Asilo Bordaul, Versoul 11 de abril de 1888.
  
Revmo. señor Don Miguel Rua:
  
¡Gracias sean dadas a María Auxiliadora y a su fiel siervo Don Bosco!
   
La enferma por cuya salud le suplicamos mandara hacer una novena, se ha levantado el domingo por la mañana, ocho de abril, y no ha vuelto a sentir mal alguno.
   
Tiempo hacía que una úlcera en el estomago le ocasionaba dolorosos vómitos de sangre. Hace ocho meses que para evitarlos, según prescripción médica solo tomaba leche. Cuantas veces intentó tomar un poco de caldo o de sopa, no pudo digerirlo; el pan le estaba absolutamente prohibido. Con este régimen, su debilidad llegó a ser extrema y, aunque se vio libre de los vómitos, sentía tan fuertes dolores de estomago que casi le paralizaban el brazo derecho.
     
En tal estado recurrimos a Don Bosco, y rogamos a vuestra reverencia que mandara hacer una novena por la salud de la enferma. En los primeros días de la novena, aumentárose sus padecimientos. Parecía que Don Bosco quería extremar las cosas. El día séptimo volvieron a aparecer los vómitos de sangre con más fuerza que nunca. No pudiendo ella tomar nada, ni siquiera leche, creímos que había llegado la hora de prepararla a morir.
   
No obstante, la enferma esperaba sanar, y en presencia del medico nos dijo que se levantaría y que comería pan al día siguiente. El doctor se sonrió, le recomendó que evitara todo movimiento, y ordenó que no se le diera más que leche. Pasó la noche muy mal hasta las cuatro de la mañana, hora en que se quedo dormida. Después del breve sueño se despertó, y como no sintiera mal alguno, con gran asombro de la comunidad se levantó, y se puso a comer un buen pedazo de pan tierno. ¡Estaba curada! Ya no sentía el más leve dolor.
   
Asistió a misa y a las vísperas, y comió con nosotras. Ocho meses hacía, repito, que solo podía comer leche. Al día siguiente, esto es el lunes, último de la novena, nos dirigimos todas en romería a un santuario de la Santísima Virgen, situado en una colina cercana; ¡al bajar la pendiente, la enferma corría como un niño! No cabía la menor duda de que su curación era completa.
   
Continúa en buen estado, y esto nos prueba la bondad de la Reina del Cielo que ha querido glorificar a su siervo Don Bosco concediendo esta gracia a nuestro asilo.
  
Sor Fulgencio, Superiora.
  
ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Don Bosco! Tú que a fin de continuar y extender siempre más tu santo apostolado, fundaste la sociedad salesiana y el instituto de hijas de Maria Auxiliadora y les diste el lema: “Templanza y trabajo”, haz que los miembros de estas dos familias religiosas estén siempre llenos de tu espíritu y sean fieles imitadores de tus heroicas virtudes. Así sea.

Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre… San Juan Bosco, rogad por nosotros.

Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA CUARTO – 25 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: CELO DE SAN JUAN BOSCO POR LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS.
La salvación de las almas es una empresa tan alta y tan sublime, que ella sola constituye todo el objeto de la obra de la redención. Para llevarla a cabo encarnó, padeció y murió el Hijo de Dios. El oficio más alto y más divino que hay es cooperar con Dios a la salvación de las almas. Más estima Dios esta obra que crear los cielos y la tierra, porque estos solo los creó con su palabra; pero la conversión de un alma fue a costa de su sangre y vida.

A esta grande empresa se dedicó San Juan Bosco con todo el ardor de su corazón, hasta el punto de formar el lema de toda su vida, el que ya lo fue lo San Francisco de Sales: «Da mihi ánimas, cœ́tera tolle» (Dadme almas y llevaos todo lo demás).
   
Una sola cosa es necesaria, solía decir: salvar el alma. Este era el gran pensamiento que acostumbraba recordar a todos: a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los poderosos del mundo y a los sacerdotes mismos. Este era el primer saludo que dirigía a un niño recién entrado en el colegio, y la recomendación diaria que le hacia mientras veía que no se daba bien cuenta de la importancia de este negocio, y era también la ultima que le repetía, cuando definitivamente partía del Oratorio. Cuando después de años y años lo volvía a encontrar, con franqueza apostólica le repetía lo mismo.
  
«Dos cosas solas son las que yo temo (acostumbraba a decir): El pecado que da muerte al alma, y la muerte temporal que sorprende al que se encuentra en desgracia de Dios». Hablando del deseo que tenía de salvar el alma de sus niños, llegó a decir: «Si yo tuviese tanto cuidado por el bien de mi alma, cuanto pongo por el alma de los demás, podría estar seguro de salvarme». «Todo lo daría –decía en otra ocasión– con tal de ganar el corazón de los niños, para podérselo regalar al Señor».
   
Cuando le decían que no arruinase su salud con tan intenso e incesante trabajo, exclamaba: «Haced que el demonio deje de engañar a tantos pobres niños y yo dejaré de sacrificarme por ellos. Pero mientras el demonio busque nuevos ardides para perder las almas, no dejaré yo de intentar nuevos medios para salvarlas». Estaba tan penetrado del lugar que en esta batalla contra el demonio le había señalado Dios, que en esto parecía olvidarse de la habitual humildad y moderación que ponía en sus palabras.

«Cuando muera Don Bosco –decía en una ocasión a don Joaquín Berto–, la gente dirá: “¡Pobrecito! También a él le ha tocado morir”; pero el que hará fiesta y se alegrará mucho será el demonio que dirá: “ha desaparecido aquel que me ha hecho tanta guerra y trastornaba mis obras”». Esta era toda la gloria de San Juan Bosco: desbaratar los planes del demonio y sus malvadas empresas, arrebatándole muchas almas para entregárselas al Señor.
  
Escribiendo al superior de sus misioneros de América les decía: «Haz llegar al oído de nuestros hermanos en religión estas palabras: nosotros queremos almas, y nada más que almas. ¡Ah Señor!, dadnos, si queréis, cruces, espinas y persecuciones de todo género con tal que podamos salvar almas, y entre ellas la nuestra».
   
No nos mostremos indiferentes en esta gran empresa de la salvación de las almas. Imitemos a nuestro Santo con nuestras oraciones y esfuerzo personal o con nuestro óbolo generoso, dando parte de nuestros bienes. La recompensa será grande sobremanera.
   
EJEMPLO: UNA APISONADORA QUE SE HACE LIGERA COMO UNA PLUMA.
De un documento público, autorizado y firmado por el notario don Domingo Misté, extractamos el siguiente relato:
El 24 de septiembre de 1933, se colocó solemnemente en el patio llamado de la Inmaculada del Oratorio de Valdagno (Italia), en una hornacina expresamente preparada, una estatua de San Juan Bosco, para que desde ella ejerza su protección sobre los jóvenes que, en número de mil, frecuentan dicho oratorio para recrearse y educarse.
 
El martes, día 26 del mismo mes, a las cuatro de la tarde, San Juan Bosco se dignó dar una prueba de su particular benevolencia hacia los niños valdañeses, cuyo patrocinio ha aceptado de modo evidente, interviniendo en el hecho que vamos a referir y que, dentro de las leyes naturales no tiene explicación posible.
     
Un numeroso grupo de niños hallábase, a dicha hora, recreándose en el patio, y haciendo rodar, a todo correo, un pesado cilindro de granito, de los que se emplean para apisonar la tierra, con cuyo objeto había sido dejado allí por algunos operarios.
   
Mientras velozmente era arrastrada la apisonadora, el niño Alfredo Tirapelle, de 9 años de edad, cayó de bruces en el suelo, de tal manera que la pesada mole rodó por encima de todo su cuerpecito, de pies a cabeza, pero sin ocasionarle la mas pequeña lesión.

Es evidente que alguna fuerza misteriosa hubo de aligerar o suspender en aquel momento el peso de la pesada mole, para que no fuese aplastado el vientre y fracturado el cráneo de la infeliz criatura.
   
Apenas hubo pasado la ingente mole de piedra sobre el frágil cuerpo del niño, y cuando temían todos los presentes con natural angustia que hubiese quedado destrozado, vieron que la criatura se levantaba tranquilamente, que corría a tomar un poco de agua y volvía luego a jugar a la cuerda con sus compañeros.
    
El niño Tirapelle declara que no sintió en el momento nada que hiciese presión sobre su cuerpo, pareciéndole que había sido tocado por un objeto ligero. Dice, además, que es devoto de San Juan Bosco; que el día anterior, sábado, había hecho la santa comunión y que al caer debajo de la piedra pensó en el santo.
  
ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Don Bosco! Tú que amaste con amor inefable a todas las almas, y que para salvarlas enviaste a tus hijos hasta los últimos confines de la tierra, haz que también nosotros pensemos continuamente en la salvación de nuestras almas, y cooperemos con todos los medios posibles a salvar tantos pobres hermanos nuestros. Así sea.

Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
     
DÍA QUINTO– 26 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: SAN JUAN BOSCO, PADRE Y MAESTRO DE LA JUVENTUD.
El educador es un verdadero apóstol puesto que, como los apóstoles ha recibido la divina misión de enseñar. La salvación del hombre depende principalmente de la educación recibida en la niñez. En el fondo del corazón de cada niño ha depositado Dios el germen de la felicidad eterna; si una mano experta no lo cultiva cuidadosamente, prevalecerán los vicios y ahogaran las virtudes, que son las únicas que pueden darle la paz en esta vida y la dicha eterna en la otra.

Es, pues, la educación de la juventud la obra de celo por excelencia. A ella fue llamado expresamente nuestro santo con divina vocación, desde sus más tiernos años. Quiso además Dios y así se manifestó en repetidas visiones, que no solamente él se dedicase a esta tan grande obra de celo, sino que fuese el fundador de dos congregaciones religiosas que perpetuasen su apostolado a favor de la juventud.
   
Este apostolado no es nuevo en la Iglesia; ya otros educadores y otros santos se dedicaron antes que él a este ministerio. Pero San Juan Bosco se distinguió entre todos, no por la novedad del apostolado, sino por la novedad del método. Hacer del ambiente un ambiente familiar, donde el jovencito entre los mismos cuidados, el mismo afecto, la misma asistenta que hay en el seno de la familia cristiana; unirse a los niños con una entrega completa de si mismo; participar de sus diversiones para vivir su vida misma; amar todo lo que ellos aman para ganarse su mente y corazón con el fin de dulce y fuertemente hacia el bien, fue la feliz innovación que trajo San Juan Bosco al campo de la Pedagogía.
   
En cada casa Salesiana todos deben formar un solo corazón y una sola alma; el que la dirige es el padre, los demás superiores son otros tantos hermanos y los alumnos son los hermanos menores. El afecto y la confianza unen a los miembros de esta familia. Los unos por vocación y espíritu de sacrificio, educan paternalmente, y los otros, por fácil correspondencia son verdaderos hijos guiados únicamente por el amor. Amar sinceramente a los niños y hacerse amar de ellos, he aquí la gran máxima de San Juan Bosco. Cuando el alumno se convence que los superiores y maestros lo aman y que todos sus cuidados están dirigidos exclusivamente e su bien espiritual y corporal, no solo corresponderá a su amor, sino que temerá desagradarlos.
   
En todo esto, nuestro santo no hacia otra cosa que reproducir en pleno siglo XIX la célebre página del Evangelio en que Jesús nos describe el buen pastor que conoce a sus ovejas y camina delante de ellas, que no huye a la llegada del lobo, que no descansa sino cuando todas las ovejas están al reparo, y que día por día, hora por hora, les prodiga toda su vida.
  
En este sistema de educación se trata de poner en práctica la inspirada pagina de San Pablo en que exalta la divina belleza de la caridad de nuestro Señor Jesucristo, cuando dice: «La caridad es benigna y paciente; todo lo sufre, todo lo espera y lo soporta todo». Solo el que este animado de gran celo y de verdadero espíritu de sacrificio podrá cumplir exactamente ese ministerio sublime. Este sistema establece entre el educador y el alumno un contacto íntimo, familiar, del cual brota parte del alumno un cordial y sincero abandono en manos de su preceptor.
  
Por esto es que en las casas salesianas se ven juntos en recreos y paseos, en el estudio y en la capilla maestros y alumnos; la autoridad baja de su cátedra y se pone, sin comprometerse, al nivel del joven y lo rodea de una vigilancia asidua y afectuosa. Es el sistema que rompe inexorablemente todas las barreras que un respeto mal entendido quisiera que levantasen entre maestros y alumnos. En una palabra, el maestro se hace todo para todos, para conquistar los jóvenes para Jesucristo. Así lo consignó nuestro santo en una carta que escribió a sus hijos desde Roma, después de una de las visiones que mas claramente determinan su sistema educativo. Decía: «mi pedagogía es hija del amor».
  
Contribuyamos con nuestras oraciones y limosnas a esta grande obra de regeneración social cristiana, cooperando a las obras de don Bosco.
   
EJEMPLO: DON BOSCO CURA A UNA RELIGIOSA.
Sor Provina Negro, perteneciente a la casa de Hijas de Maria Auxiliadora de Giaveno, tenía una ulcera gástrica, que solo pudo diagnosticarse cuándo no había remedio para tan terrible mal. Los dos meses que estuvo en Turín enferma sometida a tratamiento medico, fueron dos meses de atroces sufrimientos. No podía tragar ni siquiera una gota de líquido; la lengua y el paladar parecían como de leña seca; no le era posible movimiento alguno; decir una sola palabra le producía un tormento indecible, y abrir las manos una conmoción dolorosísima. Ya parecían perdidas para siempre las últimas ilusiones, a las que tenazmente se aferra el amor instintivo a la vida.
  
Pues bien, entonces precisamente se despertó en la atribulada alma de la abatida paciente la fe conmovedora de las grandes crisis del dolor, para obtener de San Juan Bosco el remedio que la ciencia médica impotente le negaba. Ardientes súplicas salieron de su corazón impetrando del buen padre la curación suspirada; y a ellas por fin, puso por remate un rasgo de energía y admirable resolución: con el supremo esfuerzo que le prestó una ciega confianza en la bondad y valimiento del santo, hizo una bolita de la estampa del siervo de Dios, que tenía entre las manos; y después de breve oración y sin preocuparse de la prohibición de tragar cosa alguna, rápidamente la hizo pasar por la garganta.
  
Un pujante estremecimiento de vida la sacudió en el instante mismo; sintió como si una oleada de calor vital de la cabeza a los pies la inundase. Y entonces gritó clamorosa: «¡Estoy curada, estoy curada!». Llorando de emoción se movía y revolvía sin experimentar la más leve molestia. Intento abandonar el lecho, y se sostuvo perfectamente; trato de andar y anduvo con firmeza. Aquella noche le pareció eterna. Al toque de levantarse se lavó, arreglo su lecho y los objetos de uso personal, y salio para asistió a la misa de comunidad. ¡Cuánto costó vencer la prudente incredulidad de sus superioras y hermanas! Pero, finalmente triunfó de la incertidumbre que presentaba lo ocurrido como si fuera efecto de una simple efímera sugestión. La instantánea curación, entonces completa, se conservó después.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que revestiste a tu siervo Juan Bosco de los esplendores de tu divina paternidad y le diste un corazón capaz de amar a toda la juventud de la tierra, haz que por sus oraciones y por sus meritos, los jóvenes cristianos sigan los caminos de santidad por él trazados, y los pobres jóvenes paganos entren en el redil de Jesucristo, que ha dicho: «Dejad a los pequeñuelos que vengan a Mí». Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Así sea.
 
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO – 27 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: LO SOBRENATURAL EN SAN JUAN BOSCO.
Pocos siglos como el XIX atentaron con tanta saña contra el reinado social de Jesucristo y dijeron con tanto cinismo: no queremos que este reine sobre nosotros. No se quiere oír hablar de lo sobrenatural y de los misterios. Todo debe ser sometido al fallo de la razón, y no se debe admitir lo que supera la capacidad de la mente humana. Llegó el hombre en su desvarío hasta querer apagar las estrellas del cielo y borrar el nombre de Dios de la vida individual y social.
  
En medio de tanto delirio, se levanta Juan Bosco y hace resplandecer sobre las ruinas humeantes de la impiedad y del indiferentismo más desolador la luz de Dios y la realidad de lo sobrenatural. Los milagros obrados por él a cada paso, los hechos extraordinarios que rodeaban su persona, el dominio que ejercía sobre los corazones y la persuasión que todos tenían de que era un baluarte inexpugnable de la fe que se quería demoler, lo presentaban a los ojos de todos como un mensajero de Dios. La vida de San Juan Bosco no era más que la voz augusta de Dios, que hablaba al siglo XIX, indiferente y escéptico, el lenguaje de los milagros.
  
Lo sobrenatural, que no es una cosa tan común en las contingencias de la vida humana, y que aún en la vida de muchos santos se nos presenta como una rareza y una excepción, en San Juan Bosco se hizo tan frecuente, que parecía en él como ordinario y natural. Dios Nuestro Señor quiso embellecer como con una aureola divina el heroísmo y los sacrificios de San Juan Bosco, sirviéndose de él para resucitar muertos, curar enfermedades, escudriñar los secretos de los corazones, conocer las cosas lejanas, leer el porvenir, hablar con los muertos, hacer descender la lluvia de las nubes para fecundizar la tierra, multiplicar los alimentos y las hostias del tabernáculo. De todos estos prodigios adorno el Señor la vida de su fiel sirvo; y se podrían citar hechos de cada uno de ellos y de algunos una serie interminable.
  
Estaban todos tan convencidos en el Oratorio de que Don Bosco cnocía los pecados ocultos, que algunos niños, que por el temor de que se los leyese en la frente, no se atrevían a acercarse a él, y si por necesidad tenían que estar en su presencia, ponían la gorra delante de la cara o bajaban los cabellos para que les cubriese la frente, como si esto fuese suficiente para encubrir la propia conciencia. Cuando estaba lejos del Oratorio, conocía con precisión todo lo que pasaba en él, aún las cosas que no advertían los mismos superiores.
  
Si se hubiesen de referir todas las profecías de San Juan Bosco, que tuvieron exacto cumplimiento, se necesitaría un grueso volumen. Predijo públicos acontecimientos y la muerte inminente de grandes personajes; por muchos años no murió alguno en el Oratorio sin que él predijese su muerte algún tiempo antes. Demos gracias al Dios omnipotente que así quiso mostrarse admirable en su fiel siervo Don Bosco.
   
EJEMPLO: SAN JUAN BOSCO DEVUELVE LA SALUD A UNA JOVEN.
Hacía ya veintinueve meses, en marzo de 1921, la enferma Teresa Callegari yacía en el hospital cívico de San Juan cerca de Piacenza, atormentada de males y más males. Primeramente, padeció de una artritis aguda postinfecciosa, que se concentro en la rodilla izquierda y en las vértebras; después de bronquitis crónica, enterocolitis y marasmo. Nadie preveía la mas remota posibilidad de salvarla, cuando, en buena hora, las religiosas que la asistían, conocedoras por haberlo leído en la vida de Don Bosco, de un caso idéntico, que se resolvió prodigiosamente después de una bendición del siervo de Dios, hablaron de ello a la enferma. Esta, que no sabía nada de Don Bosco, tuvo la inspiración de encomendarse a él. Inmediatamente comenzó una novena con comunión diaria, a este fin, del cual participaron también algunas compañeras de sala; pero los dolores de los hombros, de las piernas y de los brazos, en vez de disminuir, crecieron fuera de la medida de lo soportable, y tanto, que la pobre mujer convencida de no alcanzar la gracia, conjuraba a Don Bosco para que la librase de tan terribles tormentos, haciéndola morir.
   
Entonces se presenta el capellán y la invita a comenzar otra vez la novena. Al octavo día, 16 de julio, la enferma iba de mal en peor hasta temer un fatal desenlace; las religiosas preparaban todo lo necesario para la extremaunción y tenían dispuesto el vestido conveniente para amortajarla. Pero ya estaba próxima la hora señalada por Dios para glorificar a su fiel siervo Don Bosco.
  
Sonaron las cuatro de la madrugada. La enferma que tenía vuelta la mirada hacia el lado izquierdo, vio que se acercaba un sacerdote de mediana estatura, vestido de negro y con los brazos cruzados. Estando ya a su lado, le preguntó: «¿Cómo estás?». Y ella sorprendida exclamo: «¡Ah!..». El sacerdote insistió: «¡Levántate!». Respondiéndole: «No me es posible». Entonces aquél en piamontés añadió: «Mueve las piernas». La enferma, que no había visto nunca un retrato de don Bosco, y que no entendía el piamontés, comprendió sin embargo, que debía mover las piernas. Intentó hacerlo y ambas obedecieron; y las rodillas rígidas después de tanto tiempo, se doblaron. Al instante gritó: «¡Hermana, hermana, muevo las piernas!». La hermana acercándose enseguida exclamó: «¿Teresa, estás loca? ¿Es posible?». Pero como la religiosa fuese corriendo, le dijo a Teresa: «¡Poco a poco, que vas a tropezar con Don Bosco!». No tuvo tiempo para acabar la frase, porque vio que el sacerdote levantaba las manos con las palmas vueltas hacia ella y sonriendo siempre, retrocedió y se marchó.
  
Cuando se rehizo del estupor, al sentirse dueña de sus miembros, se incorporó y se sentó en el lecho, entre las exclamaciones se las hermanas y de las enfermas atónitas.
  
ORACIÓN
Oh Jesús, que en medio de un siglo descreído y materialista, rodeaste la persona de San Juan Bosco de vuestra divina luz, haciendo en él tan frecuente lo sobrenatural, que parecía lo ordinario de su vida: concédenos, por su mediación, la gracia de poderte conocer y hacer que otros te conozcan, de poderte amar y hacer que otros te amen, de la manera más perfecta que le sea posible a una pobre criatura. Así sea.

Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA SÉPTIMO – 28 DE ENERO
Por la Señal,…
Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: CONFIANZA DE SAN JUAN BOSCO EN LA DIVINA PROVIDENCIA.
No se cansa Dios en las Sagradas Escrituras de asegurarnos la continua protección que nos dispensa. Dice que estará siempre con nosotros, que no nos abandonará nunca, que nos tiene escritos en sus manos, que si es posible que una madre se olvide de su hijo chiquito, en Él no tendrá lugar tal olvido. «Buscad, dice, el reino de Dios y su Justicia, todo lo demás se os dará por añadidura». En vista de esto, exclama San Pedro: «Poned toda vuestra solicitud en el Señor, porque Él tiene cuidado de vosotros».
   
A pesar de ser tan terminales estas aseveraciones del Señor, no nos acabamos de resolver a arrojarnos en los brazos amorosos del Padre celestial; toso nos causa turbación e inquietud, olvidando que vivimos bajo el manto amoroso de la Divina Providencia. Los santos no incurrieron en este error; precisamente la confianza en Dios es uno de sus distintivos; sin ella no puede haber verdadera santidad.

San Juan Bosco tuvo en alto grado esa confianza; es el santo de la calma imperturbable y del abandono absoluto en las manos de Dios. Con frecuencia repetía: «Don Bosco es pobre, pero Dios lo puede todo. El que tiene cuidado de los pajarillos del cielo nos dará lo que necesitamos». «Ah, gente de poca fe –decía a los que lo dudaban–, ¿Cuándo nos ha faltado algo? Con la ayuda de esta amorosa Providencia, hemos podido edificar iglesias, fundar casas, proveerlas de todo lo necesario y alimentar a nuestros numerosos asilados; de esta obra, Don Bosco no es más que un humilde instrumento, el artífice es Dios. Toca pues al artífice, y no al instrumento proveer los medios necesarios y consolidar la obra; nosotros debemos solamente mostrarnos dóciles, dejándonos manejar por el artífice».
  
El porvenir no le preocupaba, las deudas no lo abrumaban, las urgentes necesidades lo mantenían en una calma perfecta de espíritu, porque confiaba firmemente en aquel Dios que nos manda decirle todos los días: «el pan nuestro de cada día dánosle hoy». Dios nunca se retiró de su fiel siervo; no esperó en vano en el Señor; a tiempo oportuno, cuando faltaban los socorros humanos, llegaba el auxilio divino, por medios inesperados y prodigiosos. «Orad –decía a los niños cuando ocurría alguna necesidad– y el que pueda recibir la santa comunión; necesito conseguir una gracia de la Virgen, ya os diré cual es». En efecto: a los pocos días les decía: «La Santísima Virgen hoy mismo nos ha obtenido el señalado favor que le pedimos, démosle gracias y continuemos nuestras oraciones, que el Señor no nos abandonará jamás».
  
Estando en una ocasión hospedado con su secretario don Carlos María Viglietti en el palacio episcopal de Pinerolo, vino un criado a traerle dos cartas; don Bosco las leyó y se puso a llorar. Asustado el secretario le preguntó la causa del llanto. «¡Cuánto nos favorece la Virgen Santísima! (contestó). Mira: en esta carta se nos exige el pago del préstamo de unas treinta mil liras, y esta otra es de una noble señora de Bélgica, que nos manda treinta mil liras, para que las gastemos en lo que creamos de mayor gloria de Dios».
  
Son a centenares los hechos con que la Divina Providencia quiso pagar la confianza que el santo había puesto en la generosidad del Padre Celestial. A imitación de San Juan Bosco, pongamos nuestra confianza en Dios y experimentemos como él, los amorosos influjos de la Divina Providencia.
    
EJEMPLO: CURACIÓN INSTANTÁNEA.
Catalina Pilenga Lafranchi padecía diátesis artrítica. El artritismo había interesado de modo especial pies y rodillas, con lesiones orgánicas y en forma gravísima, desde el aspecto funcional, aunque sin que peligrase su vida.
  
Habiendo resultado inútiles diversas curas que desde 1903 se le fueron aplicando, fue a Lourdes dos veces y no habiendo conseguido el efecto deseado ni siquiera la segunda vez, antes de abandonar el célebre santuario, en mayo de 1931, dirigió a la Santísima Virgen una suplica en estos términos: «Ya que aquí no he obtenido la salud, concededme al menos, por la devoción que tengo a Don Bosco, que sea él quien me la obtenga en Turín».
   
La invocación al santo y la confianza en la mediación universal de Maria, resultan aquí evidentes. Al regresar de Francia, hallándose la pobre enferma en el infeliz estado que de ha dicho, visitó la basílica de Maria Auxiliadora en Turín, el día seis de Mayo. Ayudada por una hermana suya y por el cochero, bajó del carruaje, entro en el templo, y sentóse para orar ante la urna que contiene el cuerpo de San Juan Bosco. Momentos después, pósese de rodillas y permanece así veinte minutos, se levanta, camina hacia el altar de la Virgen, y vuelve a arrodillarse.
  
Opérase entonces en su ánimo una fuerte reacción y dice que se siente curada. Así es en efecto; sin requerir ayuda de nadie y ante la estupefacción de todos los que la habían conocido imposibilitada, anda libremente por sus pies, baja las escaleras; sube al coche, todo sin la menor dificultad. Hasta el momento presente la curación sigue siendo perfecta, conforme acreditan los tres peritos de la Sagrada Congregación de Ritos, quienes de acuerdo con los médicos de la favorecida, han reconocido el milagro.
   
ORACIÓN
Oh bienaventurado Juan Bosco, que en medio de tantas pruebas y contradicciones, te mantuviste firme e inquebrantable y esperaste, contra toda esperanza humana, llevar a cabo la obra que el Señor te encomendó: Alcánzanos la gracia de que confiando cada vez más en la bondad misericordiosa de Jesús, descansemos seguros en sus amorosos brazos en el tiempo y en la eternidad. Así sea
 
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA OCTAVO – 29 DE ENERO
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Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: MARÍA AUXILIADORA Y SAN JUAN BOSCO.
La devoción a María Santísima, invocada bajo el titulo de Auxiliadora del pueblo cristiano, es ya universal. Esta difusión milagrosa es una nueva prueba del patrocinio que la Madre de Dios continúa dispensando a sus hijos, y clara señal de que no nos faltará su valimiento en los difíciles tiempos que atravesamos. Según las revelaciones de los santos (como asegura el padre Federico Fáber CO), «los males que nos afligen no se remediarán sino con un acrecentamiento de la devoción a la Santísima Virgen».
   
Si esto es así, no estará lejos nuestra salud, ya que tanto ha progresado el amor a María mediante la advocación de Auxiliadora de los Cristianos. No cabe duda que esta devoción es del agrado de la Madre de Dios, ya que Ella misma la promovió, suscitando al apóstol que debía difundirla por toda la tierra. Este no es otro que San Juan Bosco, fundador de la Pía Sociedad Salesiana.
  
Empieza María a formar su apóstol, de edad de nueve años, mostrándole una multitud de animales feroces convertidos en mansos corderillos, diciéndole: «Esta será tu misión; lo que ves que sucede con estos animales, tu deberás hacerlo con mis hijos». Luego con nuevas ilustraciones le va detallando más la obra que le ha sido confiada y lo va encaminando al sacerdocio, allanando obstáculos casi insuperables. Ya sacerdote, en sucesivas misiones lo va guiando paso a paso y mostrando circunstancia por circunstancia, todo el desarrollo de la congregación que debía difundir por el mundo esta devoción salvadora; de modo que pudo decir a uno de sus mas amados discípulos: «Las grandes dificultades que han de surgir están previstas y conozco el modo de vencerlas; veo perfectamente lo que nos ha de suceder; voy adelante en plena luz».
   
La misma Virgen le mostró el vastísimo templo que debía erigirle bajo la advocación de Auxilio de los cristianos, templo que seria centro y faro luminoso de donde irradiase la luz de esta devoción por todo el mundo; en el interior están escritas estas palabras: «Hic domus mea, inde glória mea» (Esta es mi casa; de aquí saldrá mi gloria). Y no solamente le mostró el templo sino que le indicó el lugar preciso donde quería que fuese edificado. «Este lugar –le dijo– donde los gloriosos mártires de Turín, Aventor y Octavio, sufrieron el martirio, quiero que sea honrado de un modo especial».
  
En otra visión, parecióle estar cerca del lugar en donde actualmente se levanta el templo de María Auxiliadora; tres bellísimos jóvenes lo invitaron a acompañarlos y lo presentaron a una señora magníficamente vestida, indecible hermosura, majestad y esplendor; estaba rodeada de un cortejo de venerables ancianos que parecían príncipes y de otros innumerables personajes ricamente vestidos y de una hermosura deslumbradora. La Señora lo invitó a acercarse y le dijo que aquellos tres jóvenes que lo habían acompañado eran los mártires Solutor, Aventor y Octavio; lo animó a proseguir la obra empezada y a vencer los grandes obstáculos que sin duda encontraría, poniendo toda su confianza en ella y en su divino Hijo. El sitio donde estaba el trono en que vio y veneró a esta gran Señora, es el que actualmente ocupa el altar mayor de la iglesia de María Auxiliadora.
  
Admiremos los designios de la divina providencia, en esta obra de restauración cristiana, mediante el acrecentamiento de la devoción a María Auxiliadora y contribuyamos a ella con nuestro esfuerzo en amarla y hacerla amar de otros muchos.
   
EJEMPLO: CURACIÓN MILAGROSA.
Ana Maccoloni, de Rímini (Italia), sintiese atacada, en octubre de 1930, de bronconeumonía influencial, que persistió hasta noviembre del mismo año. A mediados de diciembre de 1930, sobrevivió, además, una flebitis que invadió toda la pierna izquierda, quedando privada en absoluto de movimiento e hinchada hasta adquirir doble volumen del normal.
  
Conviene advertir que si la flebitis en los enfermos jóvenes es siempre grave, lo es mucho más en los de edad avanzada, por el peligro de gangrena y arteriosclerosis. Por esto los dos médicos de cabecera, conformes en el diagnostico y teniendo en cuenta la mucha edad de la enferma (74 años), más aun que la propia infección influencial, pronosticaron un probable funesto desenlace. Es opinión común de los técnicos que la flebitis no puede ser curada de un modo instantáneo.

Pues bien, la susodicha Ana, una noche, a fines de aquel mismo año, y después de haber hecho un triduo a San Juan Bosco y aplicado sobre el miembro enfermo una reliquia del mismo, sintióse instantánea y perfectamente curada de la flebitis, sin que le haya quedado vestigio alguno de dolores, ni de hinchazón, y recobró en el acto el movimiento y la flexibilidad del miembro afectado.
  
Que esta curación ha sido perfecta lo atestiguan, además de los médicos de cabecera, los peritos que diez meses después del hecho, reconocieron a la referida Ana. Dichos tres peritos, nombrados por la Sagrada Congregación de Ritos, unánimemente con los doctores de cabecera, convinieron en la diagnosis y prognosis y en el reconocimiento del hecho milagroso.

ORACIÓN
Oh bienaventurado San Juan Bosco: por el amor tiernísimo que tuviste a María Auxiliadora, tu madre y maestra, alcánzanos una constante y sincera devoción a tan dulcísima Señora, a fin de que, como hijos suyos devotísimos, podamos merecer su valioso patrocinio en esta vida y de un modo especial en la hora de la muerte. Así sea.
 
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
   
DÍA NOVENO – 30 DE ENERO
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Acto de contrición y Oración para todos los días.
 
MEDITACIÓN: AMOR DE SAN JUAN BOSCO A JESÚS SACRAMENTADO.
De entre las obras de Dios, hay dos que son las más insignes y que mas pasman los juicios de los hombres, y son tan excelentes que, hablando de ellas, el profeta Isaías las llama invenciones de Dios. La primera fue la Encarnación, con la que Dios se unió a nuestra naturaleza, con un nudo tan estrecho, que en una persona quedaron Dios y hombre. La otra invención de Dios, propia únicamente de su infinito amor, fue la institución del Santísimo Sacramento.
  
En la primera quedó la naturaleza humana unida con Dios; en esta segunda, Dios hombre se une con nosotros. «El que come mi carne y bebe mi sangre estará en mí y yo en él», dice el Señor. Esta obra es maravillosa recopilación de todas las maravillas. Quiso que fuésemos el templo y el relicario donde estuviese y se depositase su sacratísima humanidad para ser el alimento y vida de nuestra alma y prenda de nuestra futura resurrección.
   
A San Juan Bosco se le puede llamar el apóstol de la Eucaristía; difícilmente se podrá encontrar quien en esto lo supere. Desde niño lo previno la Divina Providencia. Siendo pastorcillo de pocos años, solía levantarse cada Domingo muy temprano, y cruzando prados y bosques iba al lejano pueblo de Moncucco, para allí reconciliarse y recibir la santa comunión. Más tarde, estando en el seminario de Chieri, sus compañeros seminaristas apenas sí solían comulgar cada Domingo y en las grandes solemnidades; mas el joven Bosco casi fraudulentamente, comulgaba todos los días en la iglesia contigua al seminario, no reparando en que para poder comulgar se veía obligado a sacrificar su desayuno y a no probar bocado hasta las doce del día. Parecíale no poder vivir sin la comunión
 
Después de ordenado sacerdote, su arma más poderosa para combatir al demonio y hacer santos a sus discípulos, fue la comunión frecuente. Proclamaba siempre muy alto y por doquiera que suprimir de la educación la confesión y la comunión frecuentes es desterrar la moralidad, y que no puede haber sólida virtud, si no está apoyada y robustecida por la frecuente comunión. «Así como el maná (escribe San Juan Bosco en su áureo devocionario “El joven instruido”) sirvió de alimento diario a los hebreos durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día que entraron en la Tierra de Promisión, así la santa comunión debería ser nuestro sostén, nuestro pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos la verdadera tierra prometida del Paraíso».
  
No solo es San Juan Bosco el apóstol de la comunión diaria, sino que lo es también de las visitas frecuentes de Jesús Sacramentado. Decía a los jóvenes: «¿Queréis que Jesús Sacramentado os conceda muchas gracias? Visitadlo a menudo. ¿Queréis que os conceda pocas? Visitadlo pocas veces ¿Queréis que el demonio los asalte? Haced pocas visitas ¿Queréis que huya de vosotros? Visitad con frecuencia a Jesús. ¿Queréis ser vencidos? Dejad de visitar a Jesús. Hijos míos, la visita a Jesús Sacramentado es un medio muy necesario para vencer al demonio. Por tanto, id con frecuencia a visitar a Jesús y jamás seréis vencidos por vuestro enemigo».
  
Sea pues la Eucaristía el horno donde se inflame nuestro amor a Jesucristo; todo lo podremos, se allanarán todos los obstáculos, si amamos a Jesús Sacramentado; y si somos educadores, haremos reinar a Jesucristo en el corazón de la juventud y aumentaremos el número de sus ministros dando a la Iglesia numerosas vocaciones.
  
EJEMPLO: PRODIGIOSA CURACIÓN.
Sor María Josefa de Massini, hacía nueve años que sufría algunos dolores de estómago, al cabo de los cuales degeneraron en una úlcera tan grave y acompañada de tal postración de fuerzas, que los dos médicos que la asistían no creyeron prudente someterla a una operación quirúrgica. Todos los remedios humanos resultaron impotentes hasta para traer algún alivio a la enferma. No quedaba mas recurso que un milagro, y esto fue lo que intentó sor Maria Josefa, llena de fe en la protección de San Juan Bosco de quien era muy devota, empezó pues y terminó una novena: pero sin ningún resultado, el mal se agravaba por momentos; agudos dolores la atormentaban continuamente.
   
Con todo, no decayó su confianza en Don Bosco: Consiguió una reliquia del santo y empezó una segunda novena. Al quinto día se le apareció en sueños un venerable sacerdote que le dijo: «Yo soy Don Bosco, y he venido para concederte la gracia que me has pedido, en conformidad con la voluntad de Dios; ten fe y paciencia en sufrir unos pocos días; el domingo te concederé la gracia». Al día siguiente, como quisiesen administrarle la extremaunción, contó el sueño que había tenido y suplicó se la difiriesen hasta el domingo. Toda la comunidad se unió a las oraciones de la enferma, empezando un triduo a Don Bosco. En la noche del penúltimo día de la novena, vino de nuevo Don Bosco a consolar a su devota; llevaba sobre el brazo la túnica que las religiosas de aquel convento acostumbraban vestirse los días de fiesta, y la puso sobre el lecho diciéndole: «Solo te queda un día de sufrimiento, después curarás. Le dirás a tu confesor que pasado mañana (domingo) te mande levantar con estas palabras “En Nombre de Don Bosco levántate, que estás curada”».
  
Llego el tan suspirado domingo y la enferma se encontraba, si cabe, peor; aquella vida se iba extinguiendo por momentos; todo estaba dispuesto para administrarle la extremaunción. Antes de proceder a ello el confesor le dijo: «¿Por que no prueba a levantarse en nombre de Don Bosco?».
«No tengo fuerzas», contestó la enferma.
«¿Y si yo le dijese: “Levántese por obediencia en nombre de Don Bosco?”».
  
Al pronunciar su confesor estas palabras (refiere la enferma), «sentí un súbito estremecimiento de todo mi ser, pude mover mis miembros y desaparecieron todos mis dolores. En un momento, sentí que volvía de la muerte a la vida. Estaba completamente curada». Las escenas que a esto sucedieron no son para describirlas.
   
ORACIÓN
¡Oh bienaventurado Don Bosco! Por el ardiente amor que tuviste a Jesús Sacramentado y por el celo con que propagaste su culto, sobre todo con la asistencia a la santa misa, con la comunión frecuente y con la visita cotidiana, alcánzanos la gracia de crecer más y más en el amor y práctica de estas santas devociones, y de terminar nuestros días fortalecidos por el celestial alimento de la divina Eucaristía. Así sea.
 
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria al Padre…, y la jaculatoria “San Juan Bosco, rogad por nosotros”. Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.