jueves, 8 de marzo de 2018

NOVENA EN HONOR A SAN PATRICIO

Tomado de RADIO CRISTIANDAD. Las meditaciones proceden de la Confesión de San Patricio (Migne, Patrología Latina LIII, cols. 801-814), traducción de Raúl Lavalle. Los Gozos son tradicionales, sin autor ni fecha conocidos.
  
NOVENA EN HONOR A SAN PATRICIO

   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Pésame Señor y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí un Dios tan bueno y tan grande como Vos; antes querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente nunca más pecar y apartarme de las ocasiones próximas de pecado. Amén
  
ORACIÓN PARA CADA DÍA
Santo Obispo Patricio, fiel pastor de la grey real de Cristo, que iluminaste a Irlanda con el resplandor del Evangelio, que es la fuerza poderosa de la Trinidad, ahora que gozas de la Bienaventuranza Eterna, intercede para que el Redentor nos preserve en la fe y la caridad. Por Jesucristo, Nuestro Señor, Amén.

DÍA PRIMERO - 8 DE MARZO
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido que el poder de la Santísima Trinidad me rodee.
  
Meditación: Vida inicial de San Patricio y cautiverio.
“Yo, Patricio, pecador, el más rústico y el menor de todos los fieles, sumamente despreciable para muchos, tuve como padre al diácono Calpornio, que era hijo del presbítero Potito y que vivía en el pueblo de Bannáven Tabúrniæ, pues él tuvo una pequeña villa, donde yo fui apresado. Entonces tenía cerca de dieciséis años. Ignoraba al Dios verdadero y fui llevado en cautiverio a Irlanda con tantos miles de hombres, según nuestros méritos, porque nos alejamos de Dios y no custodiamos sus preceptos (Isa. LIX, 13) y no fuimos obedientes a nuestros sacerdotes, que nos advertían para nuestra salvación, y el Señor llevó a nosotros la ira de su animosidad (Isa. XLII, 5) y nos dispersó entre pueblos (Jer. IX, 16) numerosos, incluso hasta los confines de la tierra (Act. XIII, 47), donde ahora mi pequeñez se halla entre extraños”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
   
GOZOS EN HONOR DE SAN PATRICIO, APÓSTOL DE IRLANDA
 
Pues a reinos del error
Les das del Infierno indicio;
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
 
En Triburnia de Britania
Naces de padres honrados,
Cuyos rasgos exaltados
Son por tu virtud extraña:
Pues es inmortal tu hazaña
En la lid del Salvador.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
   
Como a grandes intereses
Te llama Dios, da motivo
Para que caigas cautivo
De piratas irlandeses:
Te obligan a que profeses
El oficio de pastor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
   
No pastor, Monje pareces
Apacentando lechones;
Pues en largas oraciones
Tu vida al Señor ofreces.
Comer tan sólo apeteces
Lo que da silvestre flor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
    
Llorando la ceguedad
Que oprimía a toda Irlanda,
Tesoro el Cielo te manda
Para alcanzar libertad,
Para que en más madura edad
Seas su Padre y Tutor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
  
Ves a un irlandés, rendidos
Tus ojos al dulce sueño,
Que te presenta un diseño
De los más fieles gemidos,
Y niños, que aun no nacidos
Te claman por defensor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
 
Pues voces tan tiernas da,
Despiertas, y a tal instancia,
Vas a instruirte a la Francia
Bajo el obispo Germán.
Por fin alcanza tu afán
El sacerdotal honor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
   
El gran Pontifice manda,
Viendo tu celo acendrado,
Elegirte por Primado
De la desdichada Irlanda.
Pues su dureza se ablanda,
Con tu Fe, gracia, y fervor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
     
A tu espíritu cristiano
No hay asalto que le espante,
Ni la espada del gigante,
Ni la furia del alano.
Cae el ídolo pagano,
Pierde el mago su valor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
    
Cuando a tu predicar tierno
Obstinados hacen guerra,
Presentas sobre la tierra
Las llamas del mismo Infierno.
Para que crean en Dios eterno
A vista de tanto horror.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
    
Aunque fuiste muy malquisto
En isla tan fementida,
Logras verla convertida
En viña de Jesucristo:
A favor nunca visto,
Rindes gracias al Creador.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
       
Ciento treinta años cabales
Trabajó tu fe suprema
Esmaltando la diadema
De las glorias celestiales.
Pues tus méritos son tales,
Sé allí nuestro intercesor.
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
    
Pues a reinos del error
Les das del Infierno indicio;
Lógranos el ser, Patricio,
Temerosos del Señor
.
  
Antífona: El Señor conduce al justo por vías rectas, y le muestra el reino de Dios.
  
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San Patricio.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que por medio de tu confesor y pontífice San Patricio quisiste que las gentes de Irlanda viniesen al conocimiento de tu Nombre, concédenos, por sus méritos e intercesión, llegar felizmente a la claridad eterna de tu gloria. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO - 9 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido que el poder de la Pasión, Muerte, y Resurrección de Cristo me envuelva.
  
Meditación: Conversión de San Patricio.
“Y entonces el Señor abrió el sentido a mi corazón de incredulidad (Heb. III, 12), para que, aunque tarde, me acordara de mis pecados y me convirtiera con todo mi corazón (Joel II, 12-13) al Señor, mi Dios, quien miró mi humildad (Luc. I, 48) y se apiadó de mi adolescencia y mi ignorancia, y me custodió antes que lo conociera y antes que supiera o distinguiera entre el bien y el mal, y me fortificó y me consoló como un padre a su hijo.
  
Por eso no puedo callar, ni conviene por cierto, tantos beneficios y tanta gracia que el Señor se dignó concederme en la tierra de mi cautiverio (2. Par. VI, 38), porque esta es nuestra retribución: después de nuestra corrección y reconocimiento de Dios exaltar y confesar sus maravillas (Psal. LXXXVIII, 6), delante de toda nación que está bajo todo cielo (Act. II, 15)”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
    
DÍA TERCERO - 10 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido a los Ángeles y Arcángeles que me cuiden.
 
Meditación: Profesión de fe de San Patricio.
“Porque no hay otro Dios ni fue nunca ni antes, ni será después de ahora, salvo Dios Padre ingénito, sin principio, de quien viene todo principio, quien tiene todas las cosas, como decimos. Y su hijo Jesucristo, de quien testimoniamos que siempre ha estado con el Padre, engendrado espiritualmente en el Padre antes del origen del mundo, engendrado de modo inenarrable antes de todo principio. Y por él fueron hechas todas las cosas visibles y las invisibles, fue hecho el hombre; después de vencer a la muerte fue recibido en los cielos junto al Padre, y le dio todo poder sobre todo nombre de cosas celestes, terrestres e infernales; y que toda lengua confiese que el Señor Dios es Jesucristo (Philip. II, 9-12), en quien creemos y de quien aguardamos su venida inminente, juez de vivos y muertos (Act. X, 42), que devolverá a cada uno según sus acciones (Rom. II, 6) y derramó abundantemente en nosotros el Espíritu Santo (Tit. I, 5-6), don y prenda de inmortalidad, quien hace que los creyentes y obedientes sean hijos de Dios y coherederos de Cristo (Rom. VIII, 16-17), a quien confesamos y adoramos como único Dios en la Trinidad de su sacro nombre”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
 
DÍA CUARTO - 11 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
   
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido la ayuda de los Profetas, los Mártires y todos aquellos que en su vida fueron testigo del amor de Dios.
   
Meditación: Deseo de San Patricio en expresar su gratitud a Dios.
“Pues él mismo dijo a través del profeta: Invócame el día de tu tribulación, y te liberaré y me glorificarás (Jer. XXIX, 12; Psal. XLIX, 15). Y de nuevo dice: Es honroso revelar y confesar las obras de Dios (Tob. XII, 7). Sin embargo, aunque en muchas cosas soy imperfecto, deseo en beneficio de mis hermanos y parientes conocer mi índole, para que puedan ver el deseo de mi alma. No ignoro el testimonio de mi Señor quien atestigua en el salmo: Entregarás a la perdición a aquellos que dicen mentira (2. Tim. I, 8). Y de nuevo dice: la boca que miente mata al alma (Sap. I, 11). Y el mismo Señor en el Evangelio dice: Por cada palabra ociosa que hubieren dicho los hombres, darán cuenta de ella el día del juicio (Matth. XII, 36). Pero por ello debía vehementemente, con temor y temblor (Eph. VI, 5), temer esta sentencia aquel día en que nadie podrá sustraerse ni esconderse, pero todos absolutamente hemos de dar cuenta, hasta de los mínimos pecados, en el tribunal de Cristo Señor (Rom. XIV, 10; 2. Cor. V, 10)”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
   
DÍA QUINTO - 12 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido que el poder de la Santísima Trinidad me rodee.
   
Meditación: Propósito de San Patricio para redactar su Confesión.
“Así, en la medida de mi fe en la Trinidad, me conviene distinguir y, sin reparar en el peligro, hacer conocido el don de Dios y la consolación eterna (2. Tes. II, 16), sin temor difundir con confianza el todas partes el nombre de Dios, para, incluso después de mi muerte, dejar una herencia a mis hermanos y a mis hijos, a quienes yo bauticé en el Señor, tantos miles de hombres. Y no era digno ni merecía que el Señor concediera esto a su pequeño siervo: que después de tantas preocupaciones y cargas, después del cautiverio, después de muchos años me diera tanta gracia ante ese pueblo. En otro tiempo, en mi juventud, nunca esperé ni pensé algo así”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
 
DÍA SEXTO - 13 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido a Jesús que vino a salvar al mundo para que sea mi escudo.
   
Meditación: Devoción de San Patricio, y su liberación.
“Pero, después que llegué a Irlanda (cada día apacentaba rebaños y con frecuencia en el día oraba), más y más venía el amor de Dios y su temor, mi fe se acrecentaba y mi espíritu era llevado, de modo que en un solo día llegaba a cien oraciones, y casi lo mismo de noche. Permanecía en los bosques y en la montaña, me levantaba antes de la luz para la oración, con nieve, con hielo, con lluvia, y ningún mal sentía ni tenía nada de pereza –como ahora lo veo, pues entonces ardía en mí el Espíritu.
  
Y en verdad allí, una noche, en sueños oía una voz que me decía: ‘Ayunas bien, tú que pronto irás a tu patria’; y de nuevo, poco tiempo después, oí una respuesta que me decía: ‘He aquí que tu nave está preparada’. Y no estaba cerca, sino que acaso había unas doscientas millas y nunca había estado allí ni tenía allí ningún hombre conocido. Y poco después me di a la fuga y abandoné al hombre con quien había estado seis años, y vine por el poder de Dios, quien dirigía mi vida hacia el bien; y nada temía hasta llegar a aquella nave”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
   
DÍA SÉPTIMO - 14 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy le pido a todos las Benditas Almas del Purgatorio orar a Dios por mí.
   
Meditación: Milagro de San Patricio en favor de sus compañeros de viaje.
“Y después de tres días tocamos tierra, y por veintiocho días anduvimos por un lugar desierto, y les faltó alimento, y el hambre se hizo fuerte sobre ellos (Gen. XII, 10), y otro día el capitán empezó a decirme: ‘¿Qué hay, cristiano? Tú dices que tu Dios es grande y omnipotente. ¿Por qué entonces no puedes orar por nosotros, que peligramos por el hambre?’. Lleno de confianza les dije: ‘Convertíos con fe de todo vuestro corazón al Señor Dios mío (Joel II, 12-13), porque nada es imposible para Él, para que hoy os envíe alimento en vuestro camino hasta saciaros, porque en todo lugar tiene abundancia’. Y con la ayuda de Dios así ocurrió: un rebaño de cerdos apareció en el camino ante nuestros ojos, y mataron a muchos de ellos y permanecieron allí dos noches, y se alimentaron bien y fueron aliviados con las carnes de los puercos; en efecto, muchos de ellos habían desfallecido y habían sido abandonados medio muertos junto al camino. Y después de esto dieron muchas gracias a Dios y yo fui honrado ante los ojos de ellos, y desde ese día tuvieron alimento abundante”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
 
DÍA OCTAVO - 15 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido al poder de Dios sostenerme y al amor de Dios animarme.
   
Meditación: Retorno a Britania y vocación de San Patricio.
“Y de nuevo, después de pocos años, estaba en Britania con mis parientes, que me recibieron como a un hijo y me rogaron por fe que no me alejara de ellos, al menos por el momento, después de tantas tribulaciones que había padecido. Y allí en verdad vi en una visión de la noche (Dan. VII, 13) a un hombre que venía como de Irlanda, de nombre Victórico, con innumerables cartas, y me dio una de ellas. Y leí el principio de la carta, que contenía ‘la voz de los irlandeses’. Y al recitar el principio de la carta pensaba que entonces escuchaba la voz de los mismos que estaban en el bosque de Voclut, que está cerca del mar occidental. Y así exclamaron como de una voz (Dan. III, 51): ‘Te rogamos, niño santo, que vengas y andes todavía entre nosotros’. Y quedé muy compungido en mi corazón (Act. II, 37) y no pude leer más; y así me levanté. Gracias a Dios, porque después de muchísimos años atendió a su clamor”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
   
DÍA NOVENO - 16 DE MARZO
Por la Señal...
Acto de contrición y Oración inicial.
  
INVOCACIÓN
Por mi bienestar y mi protección, hoy pido a todos los Santos del Cielo, a la Santísima Virgen, Reina de los Ángeles, a los Santos Apóstoles, al Bienaventurado San Patricio, y a todos los santos protectores de Irlanda, para que sean mi inspiración y esperanza.
   
Meditación: Agradecimiento de San Patricio a Dios por su vocación y apostolado.
“Por eso incansablemente doy gracias a mi Dios, que me conservó fiel el día de la tentación mía (Psal. XCIV, 9), de modo que hoy con confianza le ofrezco en sacrificio, como hostia viviente (Rom. XII, 1), mi alma a Cristo mi Señor, quien me protegió de todas mis angustias. Por eso puedo decir: ¿Quién soy yo, Señor? (4. Reg. VII, 18), ¿Cuál es mi vocación, tú que me ayudaste con tu divinidad tan grande, de modo que hoy entre los gentiles ensalce y engrandezca tu nombre en cualquier lugar que esté? Pero no solo en las cosas favorables, sino también en las dificultades, de modo que cualquier cosa que me sobrevenga, sea buena o mala, la reciba igualmente y dé siempre gracias a Dios. Él me enseñó a tenerle indudable confianza y a creer permanentemente; me ha escuchado para que yo, indocto y en los últimos días (Act. II, 17), me atreviera a emprender una obra tan piadosa y admirable. Así pude imitar en algo a aquellos de quienes antes el Señor ya había predicho que anunciarían el Evangelio en testimonio para todos los pueblos antes del fin del mundo (Matth. XXIV, 14), lo cual ahora vemos y así se ha cumplido: he aquí que somos testigos de que el Evangelio fue predicado hasta lugares más allá de los cuales no hay nadie”.
  
Se pide la gracia que se desea conseguir. Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
  
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.

CHINA: LAICO DE LA “IGLESIA OFICIAL” CRITICA A “OBISPOS” OFICIALES Y CLANDESTINOS

Nota tomada de ASIA NEWS.
  
Un joven católico de la comunidad oficial aprecia la lucidez y el realismo de Mons. Guo Xijin (obispo subterráneo), y duda del estilo de otros obispos subterráneos u oficiales, como Mons. Han Zhihai y Wei Jingyi. Una meditación en voz alta sobre las alegrías y dolores de los fieles chinos ante el supuesto “inminente” acuerdo entre China y el Vaticano.

“QUERIDOS OBISPOS CHINOS, ¿DÓNDE ESTÁ LA MEDIDA DE VUESTRO CORAZÓN?”
 
 
Nanjing (AsiaNews) – “Medida”: en la cultura china, este término se refiere a un instrumento utilizado para determinar la cantidad, el ancho, la altura, la profundidad o la distancia de algo; o bien puede referirse a un instrumento que se utiliza para medir las cosas. También puede ser un estándar para determinar y medir ciertas cosas, e incluso para estimarlas y reflejarlas.
  
El título de este artículo hace referencia al modo en que la Iglesia de China mide el corazón, y no la conciencia (si bien en chino, estas dos palabras se pronuncian de modo similar). El artículo se focaliza en dos temas candentes que actualmente se debaten en la Iglesia china, y comparte algunos puntos de vista míos al respecto.
  
En noviembre de 2017, Mons. José Han Zhihai, de Lanzhou (Gansu, en el noroeste de China) publicó algunas cartas abiertas en Catholic Online [un sitio católico chino, N. de R.], provocando muchas discusiones y críticas. Incluso yo mismo leí varios comentarios escritos por personas que apoyaban a Mons. Han. Cuando algunos amigos míos que viven en el exterior me preguntaron por este tema, pidiendo mi opinión al respecto, apenas atiné a sonreír amargamente. Y le dije a un amigo: “Mons. Han debiera callarse”. Mi amigo tenía curiosidad y quería entender mi respuesta, pero yo permanecí en silencio. No tenía una respuesta, o más bien temía que mi respuesta lo tomase por sorpresa y lo confundiese. Muchos extranjeros no comprenden la China real. Ellos no comprenden por qué Mons. Han estaba tan deseoso de explicarse y de mostrarse “limpio” [1]. Por eso mismo, [aquella vez] no expresé mi punto de vista.
  
La fiesta del Año Nuevo chino [que comenzó el 16 de febrero, N. de R.] siempre está llena de vida, se ve inundada por el ruido y la emoción. Al círculo de la alegría no sólo se pliega Mons. Han sino que a él se suma el arzobispo Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Pontificia academia de ciencias, que ha elogiado a China por ser el [país] que mejor ha aplicado la doctrina social de la Iglesia. En la avalancha de comentarios que devinieron a raíz de ello –todos ellos, en una misma dirección- hubo uno divertido, que describía al arzobispo como alguien que había bebido demasiado vino de misa, incluso antes de presidirla.
  
Al coro vivaz se agrega, como es natural, el irritante Card. Joseph Zen. El obispo emérito de Hong Kong, con su habitual estilo, ha revelado que la Santa Sede y China prácticamente han llegado a un acuerdo en torno al nombramiento de obispos. La Santa Sede perdonará a los obispos ilícitos de la China, pretende dejar a un lado a Mons. Peter Zhuang Jianjian para dejar el espacio y hacer que asuma en el cargo Mons. Joseph Huang Bingzhang; y hará dar un paso al costado a Mons. Vincent Guo Xijin de Mindong para abrir camino a Mons. Vincent Zhan Silu. Su artículo enseguida provocó una tempestad.
  
La rapidísima respuesta llegó de parte del Card. Pietro Parolin, Secretario de Estado vaticano. Sin nombrar al Card. Zen, en una entrevista, el Card. Parolin subrayó: “Es cierto que son muchas las heridas que siguen abiertas hoy en día. Para curarlas, es preciso usar el bálsamo de la misericordia”.
  
El Padre Gan Bolu, un bloguero famoso en China, ha escrito acerca de los sufrimientos que tuvo que atravesar Mons. Han Zhihai y su instalación como obispo de la Iglesia oficial, por el bien de la evangelización, y ha criticado al Card. Zen, [señalándolo] como el principal responsable de crear conflictos en contra de una normalización entre China y el Vaticano.
  
Durante el Año Nuevo chino, han florecido muchos otros eventos, como la entrevista concedida a algunos medios extranjeros por el P. Zhao Qinglong, de Beijing, en la cual él expresa sus visiones y comentarios; los católicos de Hong Kong, que se lanzan a una colecta de firmas, pidiendo a las conferencias de obispos del mundo que expresen su preocupación por el acuerdo China-Vaticano. Con este fin también se han organizado encuentros de oración.
  
Uca News ha publicado una entrevista a Mons. Guo Xijin, obispo de Mindong, quien ha dicho que él no acepta el acuerdo, pero que obedecería a la decisión que tome la Santa Sede y que persuadiría a aquellos fieles [de su grey] que rechacen la decisión.
 
En esta atmósfera tan burbujeante, no podía dejar de estar –como es natural- la supuesta voz autorizada del obispo subterráneo de Qiqihar, Mons. Joseph Wei Jingyi. Wei afirma: “Quiero pedir a los amigos que viven fuera de China continental, incluidos aquellos de Hong Kong, Macao, Taiwán y todos los demás que están diseminados en los distintos continentes, rogándoles con todo el corazón; por favor, no hablen en nombre nuestro, no pretendan hablar por nosotros, hablar en nombre de la Iglesia clandestina”.

Para los chinos, la fiesta de Año Nuevo siempre está llena de vida y energía. La fiesta colmada de alegría y de diversión [también] está marcada por el cansancio y por estados de ánimo oscuros. El Año Nuevo está signado por las migraciones, por la presión del tráfico, la falta de trabajo y las ciudades vacías. La gente que vuelve a casa hace comparaciones, ostenta sus ganancias, se emborracha, se embarca en juegos de azar y en cosas por el estilo, pero está siempre ebria y divertida. Lo mismo vale para la Iglesia en China. La Iglesia se desarrolla, pero está plagada de problemas oscuros.

En su carta abierta, Mons. Han Zhihai cita la Carta a los católicos de China de Benedicto XVI como fundamento para su ingreso a la Iglesia oficial. No quiero juzgar el gesto de Mons. Han, porque él ha obrado como la mayor parte de los demás obispos instalados en la Iglesia oficial. No hallo que esto sea particularmente extraño, sobre todo porque la instalación de Mons. Han en la Iglesia oficial se dio mucho más tarde, en comparación con otros. La entrada de Mons. Han a la Iglesia oficial puede conducir a un rápido desarrollo de la evangelización de la diócesis de Lanzhou. Quizás pueda ayudar a glorificar a Dios y traiga beneficios a su pueblo. Pero sin lugar a dudas, el obispo recibirá un doble elogio: de parte del gobierno chino y de la Santa Sede.
   
De todos modos, Mons. Han no hubiera querido quitarse su manto de obispo con las palabras “lealtad” y subterráneo” bordadas encima. En su carta abierta él quiso expresar un pensamiento. No sólo llevo el manto de “lealtad” y “subterráneo” sino que hasta mis prendas íntimas están marcadas por la “lealtad” y por ser “subterráneo”. Pero el artículo del P. Gan Baolu, titulado “¿Cómo puede ser que la Iglesia china sea azotada por habladurías?”, ha desnudado por completo a Mons. Han, quitándole las prendas íntimas de “lealtad” y de “subterráneo”.
   
En cuanto a la retórica del arzobispo Sánchez Sorondo cuando elogia a China, no quiero comentar más al respecto. Siendo chinos, al encontrarnos con un huésped extranjero que ha recorrido un largo camino para llegar a China, resulta obvio para nosotros mostrar nuestras virtudes ancestrales de hospitalidad. Igual que en Año Nuevo, ofrecemos a nuestros huéspedes los mejores platillos. Y frente a los huéspedes, sin atender demasiado a si esto se hace de manera sutil, de modo intencional o no intencional, pero lo cierto es que exageramos un poquito. Tomando prestado la jerga de la web es como “baizuo Shengmu”[2].
  
El 16 de febrero pasado, el primer día del nuevo año, Vatican Insider publicó una entrevista con Mons. Wei Jingyi, en la que dijo: “En la realidad actual de la República Popular China, nadie puede decir que representa a la Iglesia clandestina. Si alguien ha recibido de parte de una comunidad particular o de una persona individual el pedido de difundir mensajes en nombre de ellos, que declare abiertamente que él habla en nombre y por cuenta de esa comunidad determinada o de esa persona en singular, y de nadie más. Yo mismo no quiero ser “representado” por nadie más, y mucho menos sin siquiera ser informado de ello. Y siguiendo lo que la fe me sugiere, en mi nombre y en el de la comunidad encomendada por Dios a mi cuidado pastoral, quiero declarar solemnemente: como sea que vayan a terminar las relaciones entre China y el Vaticano, nosotros obedeceremos totalmente a la decisión del Papa y de la Santa Sede, cualquiera sea ésta. Y ni siquiera preguntaremos el por qué”.
  
Con respecto a las entrevistas a dos obispos subterráneos, Mons. Guo y Mons. Wei, tengo sentimientos encontrados de alegría y tristeza. Para mí es una alegría saber que la Iglesia china todavía tiene obispos como Guo, un líder de gran sabiduría y humildad; pero me siento triste al ver que Mons. Wei no escatima esfuerzos cuando se trata de exhibir su gran interferencia.
  
Mons. Guo, al ser interrogado por los agentes del gobierno, ha explicado las condiciones que atraviesa China o la Iglesia en China, brindando un relato equilibrado y razonable. Mons. Wei, que viene del Nordeste de China, piensa que él es el líder de la Iglesia subterránea china. De todos modos, en la web son muchos los chinos que han comentado su entrevista diciendo: De esta manera, ni siquiera él (Wei) puede representar la voz de la Iglesia subterránea, porque nuestra Iglesia es universal y debemos hablar ateniéndonos a los principios universales de la verdad.
  
Mi corazón está entristecido: queridos obispos chinos ¿dónde está la medida de vuestro corazón?
  
Al tratar este tema, yo quiero discutir teniendo en mente la medida del corazón, y no la de la conciencia. Los obispos representan un tipo de estándar en la Iglesia. Vuestra medida es el metro de la Iglesia, un estándar para el desarrollo de la Iglesia. Si vuestra medida del corazón pierde imparcialidad, ello significa, como consecuencia, que el instrumento para medir la grandeza de la Iglesia cambiará. Todo ello no sólo influencia el rumbo del desarrollo de la Iglesia, la Iglesia bajo vuestra dirección, sino también la salvación de las almas de los fieles, San Juan Crisóstomo dijo: “El camino al infierno está pavimentado con los cráneos de sacerdotes errantes; los de los obispos se utilizan como hitos”.
   
JOSEPH (Laico de la Iglesia oficial, del este de la China).

NOTAS
[1] Mons. Han, que durante años se desempeñó como obispo subterráneo, fue reconocido por el gobierno hace algunos meses, por un acuerdo entre Beijing y el Vaticano. Luego de descubrió que él llevaba años buscando el reconocimiento del gobierno. Ahora, como obispo oficial ha tomado algunas medidas en contra de la comunidad subterránea. Véase AsiaNews.it, 10/11/2017, “De subterráneo a oficial: toma posesión el obispo de Lanzhou, Mons. Han Zhihai”.
 
[2] En la web, los chinos usan el término “báizuǒ” (白左, lit.: “izquierda blanca”) para burlarse de las élites liberales de Occidente. “Shèngmǔ” (聖母, lit.: Santa Madre) se refiere a personas de buen corazón.

martes, 6 de marzo de 2018

PÍO XII Y SANTO TOMÁS DE AQUINO

«[Santo Tomás de Aquino] iluminó a la Iglesia de Dios más que cualquier otro doctor; y saca más provecho quien estudia sus libros por un año solo que el que sigue la enseñanza de otros por el curso de toda la vida». (Papa Juan XXII)
  
La doctrina del Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino ha sido reconocida por los Papas desde su canonización en 1323 por Juan XXII. Su enseñanza filosófica y teológica ha sido el referente del Concilio de Trento, y San Pío V le proclamó Doctor de la Iglesia el 15 de Abril de 1567. León XIII le proclamó Patrono de la Educación Católica y estableció el tomismo como filosofía oficial de la Iglesia Católica, San Pío X y Benedicto XV sustentaron el Código juscanónico en su doctrina, y Pío XI le declaró Doctor Universal mediante la encíclica Studiórum ducem.
  
Sin embargo, Pío XII, quien fue terciario dominico, dedicó a Santo Tomás de Aquino un lugar preminente en su magisterio y discursos. Resaltando en especial la encíclica Humáni géneris in rebus, donde, además de condenar la “Nouvelle Théologie”, reitera que sólo siguiendo los principios, doctrina y metodología del Aquinate (cf. Código Pío-Benedictino de Derecho Canónico, cánones 589, §1; y 1366, §2) se puede considerar que una actividad filosófica y reflexión teológica es acorde a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia de siempre.

Tal ha sido el reconocimiento y devoción de Pío XII que, en el año 1946, le compuso un prefacio propio, donde da gracias a Dios porque le concedió a Santo Tomás de Aquino tal sabiduría y santidad para corroborar la Sana Doctrina Católica, haciéndole digno de admiración en el mundo entero. Este Prefacio es empleado en la Liturgia Dominica en las fiestas de Santo Tomás de Aquino (7 de Marzo, Fiesta litúrgica; 13 de Noviembre, Patrocinio sobre las escuelas católicas; 28 de Enero, Traslación de reliquias a Tolosa de Francia), y las Misas votivas en su honor.  
Præfatio de Sancte Thomæ Aquinate:
Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere, Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus. Qui beátum Thomam Doctórem, vitæ innocéntia et ingénii sublimitáte vere angélicum, in Ecclésia tua suscitáre voluísti, ut eam salubérrima et firmíssima communíret doctrína, et solis instar illustráret: Cujus sapiéntiam, ómnibus præcípue commendátam, totus admirátur orbis terrárum. Et ídeo cum Ángelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia cœléstis exércitus, hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes: Sanctus...
 
TRADUCCIÓN
Verdaderamente digno y justo es, equitativo y saludable, que te demos gracias siempre y en todo lugar, Señor Santo, Padre Omnipotente y eterno Dios. Que suscitaste en tu Iglesia al bienaventurado Doctor Tomás, verdaderamente angélico por la inocencia de su vida y la sublimidad de su ingenio, para que la fortaleciese con salubérrima y firmísima doctrina, resplandeciente como el sol, y cuya sabiduría, recomendada especialmente por todos, la admirasen en todo el terrestre orbe. Y por eso, con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, entonamos a tu gloria un himno, diciendo sin cesar. Santo...

lunes, 5 de marzo de 2018

DEL INFIERNO DE LOS CRISTIANOS, POR SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Tomado de SERMONES DEL SANTO CURA DE ARS
 
«Ibi erit fletus et stridor déntium». (S. Matth. VIII, 12)
 
Nosotros leemos en el Evangelio que, cuando el Salvador entró en Cafarnaum, un Centurión vino a su encuentro, diciéndole: «Señor, mi siervo esta enfermo en mi casa, de una parálisis que lo hace sufrir mucho». «¡Y bien!, le dice el buen Salvador, iré y yo lo curaré». «¡Ah! Mi Señor, le dice el Centurión, no soy digno de que entres en mi casa; pero di sólo una palabra, y mi siervo será curado. Puesto que yo soy un hombre sujeto a las ordenes de mis superiores, sin embargo, tengo soldados bajo mi mando que hacen todo por mí, digo a uno: ve allí, y va; a otro: ven aquí, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace». Jesús, habiéndole escuchado así quedó lleno de admiración, y les dice a aquellos que le seguían: «En verdad les digo que no he encontrado una fe más grande en todo Israel. Por ello les dice que muchos vendrán de Oriente y Occidente y se colocarán junto con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los cielos, mientras que los hijos de este reino serán lanzados a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes».
 
Quién será de nosotros, hijos míos, aquel que, queriendo tomarse la molestia de penetrar el sentido de estas palabras, no se sentirá convencido y llegará con espanto casi a la desesperación pensando que verdaderamente son los malos cristianos quienes son estos desgraciados, que serán expulsados del Reino de los cielos y arrojados a las tinieblas exteriores, es decir, hijos míos, en el Infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes: mientras que a los idólatras y paganos, que nunca han tenido la felicidad de conocer a Jesucristo, se les abrirán los ojos del alma, abandonarán el camino de la perdición, vendrán para entrar en el seno de la Iglesia y ocuparán el sitio que estos malos cristianos perdieron por el desprecio de las gracias que recibieron. Pero no es todavía bastante, hijos míos, los cristianos condenados sufrirán en efecto de tormentos infinitamente más rigurosos que los infieles. La razón es que estos extranjeros serán condenados en parte porque nunca han oído hablar de Jesucristo y de su religión; que vivieron y que murieron en la ignorancia: mientras que los cristianos vieron, a la edad de la razón, la antorcha de la fe brillar delante de ellos como un bello sol y recibieron luces más que suficientes para conocer lo que ellos mismos debían a Dios, al prójimo y a ellos mismos. ¡Oh infierno del cristiano, que tú serás terrible y riguroso! Pero voy a decir, hijos míos, ¿y podréis vosotros oírlo sin temblar? que tanto, el Cielo es alejado de la tierra, tanto el Infierno de los infieles será alejado de aquél del cristiano. Si vosotros queréis saber la razón, hijos míos, he aquí. Si Dios es justo, como nosotros no podemos dudar, debe castigar a una alma al Infierno en proporción de las gracias que recibió y despreció, del conocimiento que tenía para servir a Dios. Después de eso, pues es muy justo que un cristiano condenado sufra infinitamente más que un infiel en el Infierno, porque las gracias, los medios para salvarse eran infinitamente más grandes. Para haceros sentir, hijos míos, la necesidad de aprovechar las gracias que recibimos en nuestra santa religión, quisiera destacar que un cristiano condenado será más atormentado que un infiel.
 
Para daros a entender, hijos míos, la magnitud de los tormentos que están reservados a los malos cristianos, habría que ser Dios mismo, porque sólo el que le comprenda, y los condenados le sienten, puesto que Dios es infinito en sus castigos como en sus recompensas. Cuando el buen Dios me daría el poder de arrastrar aquí, en mi lugar, un infame Judas que ha cometido un horrible sacrilegio en comulgar indignamente y vendiendo a su divino Maestro, lo que hacen tan a menudo los malos cristianos por sus confesiones y sus comuniones indignas, su solo grito sería decirme: «¡Oh! ¡yo sufro!» ¡Lenguaje triste que no puede expresar ni la grandeza, ni la magnitud de sus sufrimientos! ¡Oh Infierno de los cristianos, que serás terrible! Ya que Jesucristo parece agotar su potencia, su cólera y su furor para hacer sufrir a estos malos cristianos. ¡Oh mi Dios, como podemos pensar bien en eso, y sentirse de este número, y vivir tranquilos! Mi Dios, ¿que desgracia es comparable a la de estos cristianos! Pero, dígaseme, según esto parecería que hay varios Infiernos. ¡Pues bien! hijos míos, yo, les diré que, si los sufrimientos y los tormentos de los condenados fueran los mismos, Dios no sería justo.
 
Digo además, que hay tantos infiernos como condenados, y que sus sufrimientos son grandes en proporción de la magnitud y del número de los pecados que cometieron y gracias que despreciaron. Dios, que es todopoderoso, nos hace sensibles a nuestra desgracia en proporción del mal que hicimos. Hay grados de los condenados como los santos. Éstos son totalmente felices, es verdad; sin embargo, hay unos que son más elevados en gloria, y esto, según las penitencias y otras buenas obras que hicieron durante su vida. Lo mismo ocurre con los condenados: son totalmente desgraciados, totalmente privados de la vista de Dios, lo que es la más grande de todas las desgracias; porque si un condenado tuviera la felicidad de ver al buen Dios, una vez cada mil años, y esto durante cinco minutos, su infierno dejaría de ser un infierno. Sí, hijos míos, el buen Dios nos hará sensibles a esta privación y a otros tormentos, según el número, el tamaño y la malicia de los pecados que hayamos cometido. Díganme, hijos míos, ¿podemos oír, sin estremecernos, el lenguaje de estos impíos que les dicen que les gusta ser condenados tanto por mucho como por poco?
 
¡Lamentablemente! desgraciado, pues ¿no pensó jamás que cuanto más sus pecados fuesen multiplicados, y más fuesen cometidos con malicia, más sufriría en el Infierno? Más allá concluyo, hijos míos, que los cristianos que pecaron con más conocimiento, que se vieron obligados tantas veces a hacerse violencia para reprimir los remordimientos de su conciencia, que despreciaron las santas inspiraciones y todos los deseos buenos que Dios les daba, son tanto más culpables; pues es muy justo, digo, que la justicia de Dios se haga sentir más rigurosamente sobre ellos que sobre estos pobres infieles que pecaron, en parte, sin conocer el mal que hacían, y sin conocer al que ellos ultrajaban, sin conocer la bondad y el amor de un Dios por sus criaturas. Si los idólatras, nos dicen a los santos, son condenados por haber transgredido las leyes de Dios que no conocían, leyes que no conocieron (Romanos 2), ¿que será pues el castigo de los cristianos que saben tan bien el mal que hacen, los deberes que tienen que cumplir?, que comprenden cuánto ultrajan a Dios, que saben los dolores que se preparan para la eternidad; y que, a pesar de todo eso, ¿no dejan de pecar? No, no, hijos míos, la potencia y la cólera de Dios parecen no ser bastante grandes ni la eternidad bastante larga para castigar a estos desafortunados. Sí, hijos míos, me parece ver estas llamas encendidas por la justicia de Dios negarse a hacer sufrir estas penas a los idolatras y volverse con un furor espantoso sobre estos desgraciados cristianos reprobados. En efecto, hijos míos, ¿quién no sería tocado por compasión viendo brillar estas naciones extranjeras? ¡Ah!, deben exclamar en medio de las llamas que los devoran: «Dios mío, ¿por qué nos echaste en estos abismos de fuego? No sabíamos lo que había que hacer para amarte. Si te ultrajamos, es porque no te conocíamos. ¡Ah! Señor, si se nos hubiera dicho, como a los cristianos, todo lo que habías hecho por nosotros, cuánto nos querías, ¡ah! no, jamás habríamos tenido la desgracia de ofenderte». ¡Lamentablemente! me parece que veo a Jesucristo que se tapa los oídos para no oír los gritos de estos pobres desgraciados. No, hijos míos, Jesucristo es demasiado bueno para no dejarse conmover. Si no nos hubiera dicho que, sin el bautismo y fuera de la Iglesia, no podíamos esperar el cielo, ¿podríamos creer bien que estas pobres almas estén condenadas sin haber sabido lo que había que hacer para salvarse? No, hijos míos, me parece que Jesucristo no puede fijar los ojos en estos pobres infortunados sin ser tocado por compasión. Pero que se consuelen en sus desgracias: los dolores que van a aguantar infinitamente serán menos rigurosos que aquellos de los cristianos. ¡Mi Dios! ¿podrá decir cada uno de ellos «por qué me echó en este fuego»?
 
Pero, por otra parte, hijos míos, escuchad los gritos, los aullidos de los cristianos condenados: «¡Ay de mi! ¡Yo sufro! No veo, no toco, no siento y sólo soy difunto. ¡Ah! si estoy condenado es por mi culpa; sabía bien todo lo que había que hacer para salvarme, y tenía todos los medios más que suficientes para esto. ¡Por desgracia! ¡Pecando, sabía muy bien que perdía a mi Dios, mi alma y el Cielo, y que me condenaba por siempre para arder en los infiernos! ¡Ah! Soy bien castigado porque lo quise. El buen Dios que, tantas veces, me ofreció mi perdón y todas las gracias que hacían falta para esto, el buen Dios me perseguía sin cesar con remordimientos de conciencia que me devoraban y que parecían forzarme a salir del pecado, y no quise, ¡y estoy condenado! Me serví de todas las luces que sólo esta bella religión me proporcionaba, para pecar con más malicia». «Sí, mi Dios, dirá este cristiano durante la eternidad, castigadme, es muy justo, porque, si te encarnaste, si padeciste tantas humillaciones, tantos tormentos, una muerte tan dolorosa y tan vergonzosa, era sólo para llevarme a operar la salvación de mi alma. Toda esta bella religión que has fundado, y derramas con tanta abundancia tus gracias para los pecadores, son sólo para mi salvación; sí, mi Dios, yo sabía todo esto».
  
Sí, hijos míos, un cristiano condenado tendrá, durante toda la eternidad, ante los ojos, todos los buenos pensamientos, todos los buenos deseos, todas las buenas obras que hubiera podido hacer y que no hizo, todos los sacramentos que no recibió y que hubiera podido recibir, todas las oraciones perdidas, todas las misas que oyó mal y que hubiera podido oír muy bien como es debido, lo que le hubiera ayudado mucho a salvar su alma. Sí, hijos míos, este mal cristiano recordará todas las instrucciones que se perdió o que despreciaba, y por las que hubiera podido conocer tan bien sus deber. ¡Ah! Digamos mejor, hijos míos, todos estos recuerdos serán como verdugos que lo devorarán.
 
¡Pues bien! hijos míos, de todo esto, el buen Dios no tendrá que criticarles nada a los pobres idólatras. No, hijos míos, no sabían lo que era pensar en el buen Dios, de agradarle, ni los medios que había que emplear para ir al Cielo; lo que ha hecho comentar a varios santos que todo lo que el buen Dios podía inventar para hacer sufrir a los cristianos condenados no será demasiado riguroso para ellos, ya que conocían tan bien lo que había que hacer para ir al Cielo y agradar a Dios. Veis, hijos míos, si no es justo que suframos en la otra vida más que los paganos. Escuchad con que malicia el cristiano peca sobre la tierra, con cuanta audacia se rebela contra Dios. «Sí, Señor, le dice, sé que tú eres mi Dios, mi creador, que sufriste, que moriste por mí, que me amaste más que a ti mismo, que no dejas de llamarme a ti por tu gracia, por los remordimientos de mi conciencia y por la voz de mis pastores; ¡pues bien! me burlo de ti y de todas tus gracias. Me diste mandamientos para observarlos bajo pena de los castigos más rigurosos: me burlo de ti, de tus mandamientos y de tus amenazas. Tu me diste las luces necesarias para comprender toda la belleza de nuestra santa religión y la felicidad que nos proporciona; ¡pues bien! haré todo lo contrario de lo que me mandas. Tu me amenazas que si me quedo en el pecado pereceré allí, precisamente es para esto que no quiero salir de eso. Sé muy bien que tú instituiste los Sacramentos por los cuales podemos salir tan bien de tu tiranía: y no sólo no quiero sacar provecho de eso, sino que todavía quiero despreciar y burlarme de los que recurrirán a eso, para llevarles a actuar como yo. Sé que tú estas realmente presente en el Sacramento adorable de la Eucaristía, lo que debería llevarme a aparecer delante de ti sólo con un gran respeto y un santo temblor, sobre todo siendo tan pecador como soy: a pesar de eso, quiero ir a tus iglesias y al pie de tus altares sólo para despreciarte y burlarme de ti con mi poco respeto y modestia». «Sí, dirá esta muchacha mundana y perdida, quiero por mis adornos y por mi aire que seduce encantarles con mi forma de tratarlos: tomaré todos los medios posibles para encantar los corazones; trataré de encender en los corazones, con mis maneras infernales, los fuegos impuros que los harán un objeto de horror. ¿Quieren amarme? Haré todo lo que pueda para despreciarlos. Tú me dices que seré feliz, si quiero, durante la eternidad, si te sirvo escrupulosamente; pero que, si hago lo contrario, tú me echarás en los abismos, donde Tú me harás sufrir los dolores infinitos: me burlo del uno y del otro».
  
«Pero, piénsese, no decimos esto pecando; pecamos, es verdad, pero no tenemos este lenguaje». Mi amigo, tus acciones lo dicen, cada vez que pecas, conociendo el dolor que causas. ¿Se nos fía de eso, hijo mío? Dime, cuando trabajas el santo día del Domingo, o cuando comes carne los días que prohíbe la iglesia, cuando juras, o cuando dices palabras sucias, sabes muy bien que ultrajas al buen Dios, que pierdes tu alma y el Cielo, y que te preparas un Infierno. Sabes bien que estando en el pecado, si no recurres al Sacramento de la Penitencia, jamás serás salvado. Vaya, viejos pecadores endurecidos, vaya, cenagal de iniquidad, las naciones extranjeras le esperan para mostrarle que, si hizo daño, lo sabía muy bien. Según esto, hijo mío, pues es muy justo que un cristiano que peca con tanto conocimiento y malicia, sea castigado más rigurosamente en la otra vida que un infiel que pecó, por decirlo así, sin saber que hacía daño. Dime, hijo mío, ¿Cuentan para nada totalmente estos beneficios de los que el buen Dios te favoreció preferentemente a los paganos, y los que tú desprecias?
 
¡Ah¡, hijos míos, ¡que los tormentos que el buen Dios les prepara a los malos cristianos son horribles! Podremos oír sin estremecernos lo que nos dice San Agustín, que «hay unos cristianos que, sólo, en el Infierno, sufrirán más que naciones enteras de paganos, porque, dice, hay unos cristianos que recibieron más gracias que naciones enteras de idólatras». No, mis niños, nos dice San Juan Crisóstomo, «los pecados de los cristianos no son más pecados, pero sacrilegios y de los más horribles, en comparación de los pecados de los idólatras. No, no, malos cristianos, no es más cuestión de pecados en vuestro caso, sino los sacrilegios más horribles».
 
¡Pero, piénsese, es muy duro!, hijos míos, ¿queréis la prueba? Hela aquí: ¿qué es este sacrilegio? Es, dígaseme, la profanación de una cosa santa, dedicada a Dios, como son nuestras iglesias que son destinadas sólo a la oración; es una profanación, cuando asistimos sin respeto, sin modestia, que conversamos allí, nos reímos o dormimos. Es, dígaseme, la profanación de un copón que esta destinado a contener a Jesucristo bajo las especies del pan, o todavía del cáliz, que es santificado por el toque del Cuerpo adorable de Jesucristo y de su Sangre preciosa. ¡Pues bien!, nos dice San Juan Crisóstomo, nuestros cuerpos son todo esto por el santo bautismo. El Espíritu Santo hace su templo de la santa comunión; nuestros corazones son como un copón que contiene a Jesucristo: «¿nuestros miembros no son los miembros de Jesucristo?» (I Cor. VI, 15). ¿ La carne de Jesucristo no se mezcla con la nuestra? ¿Su sangre adorable no fluye por nuestras venas? ¡Ah! desgraciados que somos, ¿nunca hicimos estas reflexiones, que, cada vez que pecamos, hacemos una profanación y un sacrilegio horrible? No, no, hijos míos, jamás detenemos nuestro pensamiento sobre eso, y si antes de pecar estuviéramos convencidos de eso, nos sería imposible pecar. ¡Por desgracia mi Dios, ¡que el cristiano conoce poco lo que hace pecando!
  
Pero, me diréis, si todos estos pecados que son tan comunes en el mundo, son unas profanaciones y sacrilegios tan injuriosos al buen Dios, ¿cuál es el nombre que damos a lo que llamamos sacrilegio, y lo que cometemos cuando escondemos nuestro pecados o los disfrazamos por temor o por vergüenza confesándonos? ¡Ah, hijos míos!, ¡Como podemos fijarnos bien, sin morir de horror, en el pensamiento de tal crimen, que arroja la desolación en el cielo y la tierra! ¡Ah, hijos míos! ¿Un cristiano puede llevar su furor hasta tal exceso, contra su Dios y su Salvador? Un cristiano, hijos míos, que ha cometido un solo sacrilegio en su vida, ¿todavía podría vivir? ¡Ah! no, hijos míos: no hay más términos, ni expresiones para describir el tamaño, la negrura y la horribilidad de tal monstruo cristiano, digo, que, al tribunal de la penitencia, donde un Dios mostró la grandeza de su misericordia más allá de lo que los ángeles jamás podrán comprender: ¡Ah! qué digo, un cristiano que, tantas veces ha experimentado el amor de su Dios, ¿podría ser culpable de tal atrocidad contra un Dios tan bueno? Un cristiano, digo, en la mesa santa, tendrá el corazón, el coraje de arrancar a su Dios de las manos del sacerdote para arrastrarlo al demonio? ¡Ah, desgracia espantosa! ¡Ah, desgracia incomprensible! ¡Un cristiano tendrá el bárbaro coraje de degollar a su Dios, su Salvador, y su Padre más amable! ¡Oh! ¡No, no, el Infierno, en todo su furor, jamás pudo inventar nada semejante! ¡Oh Ángeles del Cielo, venid, acudid en ayuda a vuestro Dios, que es magullado y degollado por sus propios hijos! ¡Oh, no, no! ¡El Infierno jamás pudo llevar su furor a tal exceso! ¡Ah, Padre eterno!, ¿cómo puedes sufrir tales horrores contra vuestro divino Hijo, que nos quiso tanto, y que perdió voluntariamente su vida para reparar la gloria que el pecado nos había quitado?
 
Un cristiano que sería culpable de tal pecado, ¿podría andar, sin pensar que la tierra, en cada instante, va a abrirse bajo sus pies para engullirlo en los Infiernos? ¡Ah! hijos míos, si el pensamiento de tal crimen no les hace estremecerse de horror y no hiela la sangre en sus venas, ¡lamentablemente! ¡vosotros estaríais perdidos! ¡Ah no, no más Cielo para vosotros, el Cielo os rechazó! No, no, hijos míos, ¡no tiene allí castigo bastante grande para castigar tal crimen, que asombra a los demonios mismos! «Venid, desgraciados, venid, viejos infames, nos dice san Bernardo, venid, verdugos de Jesucristo. ¡Qué, desgraciados! ¡Vosotros habéis cometido un sacrilegio, que es derramar la Sangre adorable de Jesucristo en el tribunal de la penitencia! ¡Desgraciados, vosotros escondisteis vuestros pecados, cometisteis la barbarie de ir a sentaros a la mesa santa para recibir allí a vuestro Dios! ¡Basta! ¡basta! ¡ah! monstruo de iniquidad, ¡Ah! de gracia, ¡salva a tu Dios!»
 
¡Oh no, no!, el Infierno jamás puede llevar su furor hasta tal exceso. ¡Ah hijos míos!, si las naciones extranjeras ya sufren tormentos tan horribles en el Infierno, ¿qué será pues la magnitud de los tormentos de los cristianos y de las cristianas que, tantas veces durante su vida, cometieron sacrilegios? ¡Ah no, no, hijos míos!, el Infierno jamás será bastante riguroso, ni la eternidad bastante larga para castigar a estos monstruos de crueldad. «¡Ah! ¡qué espectáculo, nos dice el gran Salviano, de ver a cristianos en el Infierno! ¡Por desgracia! nos dice, ¿que se hicieron esas luces brillantes y todas esas bellas calidades que parecían hacer a los cristianos casi semejantes a los ángeles? ¡Oh mi Dios, pues puede diseñar algo más aterrador! ¡Un cristiano en el infierno! ¡Un bautizado entre los demonios! ¡Un miembro de Jesucristo en las llamas! ¡Devorado por los espíritus infernales! ¡Un hijo de Dios entre los dientes de Lucifer!».
 
Venid, naciones extranjeras, venid, pueblos desgraciados, que no conocisteis nunca al que ofendisteis y que os arrojó en las llamas, venid; ¡es justo que seáis los verdugos de estos falsos cristianos, que tenían tantos medios de amar a Dios, de gustarle y de ganar el Cielo, y que pasaron su vida sólo haciendo sufrir a Jesucristo, que tanto deseó salvarlos! Venid para escuchar a Jesucristo mismo, que nos dice que en el juicio final, los Ninivitas que eran una nación infiel, sí, nos dice, los Ninivitas se levantarán contra estos pueblos ingratos y los condenarán. Estos Ninivitas, a la sola predicación de Jonás, que les era desconocido, hacen penitencia y dejan el pecado (S. Matth. XII, 41); y los cristianos a los que esta palabra santa ha sido prodigada tantas veces; sí, esta palabra divina, que no dejó de resonar en sus orejas, pero, ¡por desgracia! que no golpeó su corazón endurecido, estos cristianos no se convirtieron. ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡si tantas gracias, tantas instrucciones, tantos sacramentos habrían sido dados a los pobres idólatras, que de santos, que de penitentes, que habrían poblado el cielo! mientras que todos estos bienes servirán sólo para endurecerles más en el crimen.
  
¡Ah! ¡momento terrible cuando Jesucristo va a decidir los diferentes grados de sufrimiento que padeceremos en los infiernos! ¡Por desgracia! hijos míos, esto se hará a proporción de las gracias que recibimos y despreciamos. Sí, tantas gracias recibidas y despreciadas y tantos grados más profundos en el infierno. ¡Sí, hijos míos, una sola gracia habría bastado a un cristiano para salvarlo, si hubiera querido sacar provecho de eso, y habrá recibido y despreciado los miles y los miles! ¡ Por desgracia! hijos míos, si cada gracia despreciada será un infierno para un cristiano, ¡Ah! mi Dios, ¡que desgracia eterna para estos malos cristianos! ¡Lamentablemente! Hijos míos, ¡habría que poder oír a estos malos cristianos del medio de las llamas donde la justicia de Dios los precipitó! «¡Ah! ¡Si por lo menos, dicen, jamás hubiéramos sido cristianos, aunque fuéramos condenados como estos infieles, por lo menos podríamos consolarnos, porque no habríamos sabido lo que había que hacer para salvarnos! Que de gracias por lo menos habríamos recibido y que no habríamos despreciado. Pero, desgraciados que somos, fuimos cristianos, rodeados de luces e inundados de gracias para comportarnos y ayudarnos a salvarnos». «¡Lamentablemente, dirá a cada uno de ellos, estos tristes cuadros estarán sin cesar delante de mí durante la eternidad! Yo, cuyo nombre ha sido escrito en el libro de los Santos, yo que fui al bautismo totalmente regado con la Sangre preciosa de Jesucristo, yo que podía a cada instante salir del pecado y asegurarme el cielo, yo a quien tantas veces se dejó oír la magnitud de la justicia de Dios para los pecadores y sobre todo para los malos cristianos. ¡Ah! si por lo menos, se me hubiera quitado la vida antes de nacer, jamás hubiera estado en el cielo, es verdad; pero, por lo menos no sufriría tanto en el infierno. ¡Ah! Si Dios no hubiera sido tan bueno y que me hubiera castigado desde mi primer pecado, estaría en el infierno, es verdad; pero allí sería menos profundo y mis tormentos serían menos rigurosos. ¡Ay de mí! bien reconozco ahora que toda mi desgracia viene sólo de mí». Sí, hijos míos, cada réprobo y cada nación tendrá su cuadro delante de los ojos, y esto durante toda la eternidad, sin poder jamás librarse de eso, ni apartar la vista.

¡Por desgracia! estas pobres naciones idólatras verán durante toda la eternidad que su ignorancia fue causa en parte de su pérdida. ¡Ah! se dirán unos a otros, «!Ah! ¡si el buen Dios nos hubiera dado tantas gracias y tantas luces como a estos cristianos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido la felicidad de ser instruidos como ellos! ¡Ah! ¡si hubiéramos tenido pastores para aprender a conocer y a querer al buen Dios que nos quiso tanto y qué sufrió tanto por nosotros! ¡Ah! si nos hubieran dicho cuánto el pecado ultraja a Jesucristo y cuánto la virtud tiene gran precio ante los ojos de Dios, ¿habríamos podido cometer el pecado, habríamos podido despreciar a un Dios tan bueno? ¿Mil veces no habríamos preferido morir que desagradarle? Pero, ¡Lamentablemente! no teníamos la felicidad de conocerlo; si somos condenados, ¡por desgracia! el caso es que no sabíamos lo que había que hacer para salvarnos. Sí, tuvimos la desgracia de nacer, de vivir y de morir en la idolatría. ¡Ah! si hubiéramos tenido la felicidad de tener parientes cristianos que nos hubieran hecho conocer la religión verdadera, ¿habríamos podido abstenernos de querer al buen Dios? Si, como los cristianos, hubiéramos sido testigos de tantos prodigios que Él obró durante su vida mortal y que Él continuará haciendo hasta el final de los siglos, Él que, muriendo, les dejó tantos medios de levantarse de sus caídas cuando tenían la desgracia de haber pecado; ¡si hubiéramos tenido la sangre adorable de Jesucristo qué fluía cada día sobre su altar, para pedir gracia para ellos! ¡ Oh! ¡estos cristianos felices a los que tantas veces se les manifestó la misericordia de Dios, que es infinita! ¡Oh! Señor, ¿por qué nos arrojaste al infierno? De gracia, para tu justicia, mi Dios, si te ofendimos, es porque no te conocíamos».
 
Decidme, hijos míos, ¿podemos no ser conmovidos por los tormentos de estos pobres idólatras? Pobres desgraciados, es verdad que sufrís y que estáis separados de Dios, que habría hecho toda vuestra felicidad; pero consolaos de todo, vuestros tormentos serán infinitamente menos rigurosos que aquellos de los cristianos. Pero, hijos míos, ¿qué van a pensar y a hacer estos cristianos considerando su cuadro donde serán marcadas todas las gracias que habían recibido y despreciado? ¡Por desgracia! que digo, cristianos que se verán enrojecer y ennegrecer de tantos crímenes y sacrilegios: ¡ah! es bastante para servir a ellos de infierno. Querrán poder desviar su cara a otro lado para ser menos devorados por el pesar; pero Jesucristo los forzará para siempre, de modo que esta sola vista bastaría para servir a ellos de infierno y de verdugo. ¿Que le podrán decir para excusarse y suavizar un poco sus tormentos? ¡Por desgracia! hijos míos, nada en absoluto; al contrario, todo contribuirá a aumentar su desesperación; verán que ni las gracias ni otros medios de salvación les faltaron, que al contrario, todo les ha sido prodigado; y ellos verán todos estos bienes, que habrían salvado a tantos pobres salvajes, sirvieron sólo para condenarlos. «¡Ah! se dirán, si por lo menos nos hubiéramos quedado en la nada. ¡Ah! ¡qué desgracia para nosotros de haber sido cristianos!». No, hijos míos, no podemos pensar en lo que llegó a estos pobres egipcios sin ser tocados por compasión. Perecieron pasando el Mar Rojo, rebosaron el agua por la boca y fueron totalmente engullidos; este mar que, tantas veces, los había apoyado en sus aguas con navegaciones tan felices, este mar se hizo el medio mismo de su suplicio y los expuso a la risa de sus enemigos, a quienes acababa de abrir un paso libre para salvarlos de sus manos.
 
Pero, ¡lamentablemente! hijos míos, el espectáculo que nos presenta un mal cristiano es mucho más desconsolador. Durante toda la eternidad, veremos a estos cristianos condenados, los veremos devolver por la boca todas las gracias que recibieron y despreciaron durante toda su vida. ¡Por desgracia! hijos míos, veremos salir de estos corazones sacrílegos estos torrentes de la Sangre divina que recibieron y horriblemente profanaron. «Pero, todavía nos dice san Bernardo, lo que les dará todavía un nuevo grado de tormentos a estos cristianos condenados, es que, durante toda la eternidad, tendrán delante de los ojos todo lo que Jesucristo sufrió para salvarlos, y reflexionan que a pesar de eso se condenaron». Sí, nos dice, tendrán delante de los ojos todas las lágrimas que este divino Salvador derramó, todas las penitencias que hizo, todos sus pasos y todos sus suspiros, y todo esto para hacernos mejores. Verán a Jesucristo, tal como era en el pesebre cuando nació, y cuando ha sido acostado sobre un puñado de paja; tal, como era en el huerto de los Olivos, donde lloró tanto nuestros pecados, y hasta con lágrimas de sangre. Él se mostrará como en su agonía, y cuando se le arrastraba por las calles de Jerusalén. Ellos creen oírlo clavado sobre la Cruz, pedir misericordia para ellos: y ahí, Él les mostrará qué cara le costó nuestra salvación, y cuánto sufrió para merecerles el Cielo, que ellos perdieron con tanta alegría de corazón y hasta de malicia. ¡Ah! hijos míos, ¡qué pesares! ¡por desgracia! ¡qué desesperación para estos malos cristianos! «¡Ah!, gritarán del fondo de las llamas, ¡adiós, bello cielo, es para nosotros que has sido creado, y jamás le veremos! ¡Adiós, bella ciudad qué debías ser nuestra morada eterna y hacer toda nuestra felicidad! ¡Ah! si le perdimos, es por nuestra falta y nuestra malicia».
 
Sí, hijos míos, esta es la triste meditación de un cristiano durante toda la eternidad en los infiernos. No, hijos míos, los paganos no tendrán que reprocharse casi nada de todo eso; no tendrán que lamentar el cielo ya que no lo conocían; no han negado y despreciado los medios que se les presentaban para salvarse, ya que ignoraban lo que había que hacer para llegar a esta felicidad. ¡Pero esos cristianos, que no se les dejó de instruir, de urgir y de solicitarles no perderse, y a los que se les presentó tantas veces todos los medios más fáciles para llegar a la vida feliz para la cual fueron creados! Sí, hijos míos, un cristiano dirá al perder la eternidad: «¿Quién es el que me arrojó en el infierno? ¿Es Dios? ¡Ah! No, no. No es Jesucristo; al contrario, Él quería a toda costa salvarme. ¿Es el demonio? Ah no, no, bien podía no obedecerle, como tantos otros hicieron. ¿Son pues mis inclinaciones? ¡Ah! no, no, no son mis inclinaciones; Jesucristo me había dado el imperio sobre ellas, podía amaestrarles con la gracia de Dios que nunca me había abandonado. ¿De donde puede provenir mi pérdida y mi desgracia? ¡Ay de mí! todo esto viene sólo de mí mismo, y no de Dios, ni del demonio, ni de mis inclinaciones. Sí, soy yo quien se atrajo todas estas desgracias; sí, soy yo quien se perdió y reprobó por propia voluntad; si hubiera querido, me habría salvado. ¡Pero estoy condenado! más recursos y esperanza; sí, es mi malicia, mi impiedad y mi libertinaje, que me lanzaron a estos torrentes de fuego de donde jamás saldré».
 
Sí, hijos míos, si la palabra de Dios merece alguna creencia, os ruego pensar seriamente, esta verdad que convirtió tantas almas. ¿Y por qué no produciría los mismos efectos sobre nosotros? ¿Por qué no se convertiría en nuestra felicidad en lugar de nuestra desgracia, si queremos sacar provecho de eso? Sí, hijos míos, o cambiemos de vida, o seremos condenados: porque sabemos muy bien que nuestra manera de vivir no puede conducirnos al cielo. ¡Lamentablemente! hijos míos, nos pasará como al pobre Joab, que, para evitar la la muerte, huyó hacia el templo y abrazó el altar en la esperanza que se le respetaría su vida, porque en otro tiempo había sido el favorito de David; sin embargo fue por orden suya que fue asesinado. El que fue encargado de matarle le gritó: «¡Sal de ahí!». «¡No!, responde el pobre Joab; si hay que morir, prefiero morir aquí». El soldado, viendo que no podía arrancarle del altar, arrojó su puñal, se lo clavó en el pecho, y este pobre Joab besando el altar, recibió el golpe de la muerte y cayó al pie del tabernáculo, que había tomado para su defensa y su asilo. He aquí, hijos míos, precisamente lo que nos llegará un día, si no aprovechamos, o más bien, si continuamos despreciando las gracias de salvación que tanto nos son prodigadas. Ahora somos como Joab, que era el favorito y el amigo de David. No pasaba ni un solo día, sin que recibiera algún nuevo beneficio por parte del príncipe. Fue preferido sobre todos los demás habitantes del reino; pero tuvo la desgracia de no saber sacar provecho de eso y fue castigado sin misericordia por el mismo que lo había colmado de tantos beneficios. Sí, hijo míos, será lo mismo para nosotros que hemos sido preferidos sobre tantas naciones infieles que viven en las tinieblas y que jamás tuvieron la felicidad de conocer la verdad, es decir la religión verdadera, y que perecen en este estado triste y desgraciado. Pero también, hijos míos, qué castigo no esperamos por parte de uno que tanto amaba y colmó de tantos beneficios, si, como Joab, nosotros tuvimos la desgracia de mojar nuestras manos en la sangre de Abner, es decir, de Jesucristo, lo que hacemos cada vez que pecamos; pero mucho más horriblemente cuando somos bastante desgraciados al profanar los sacramentos. Oh mi Dios, ¿podemos pensar en eso y no morir de espanto? Oh mi Dios, cómo puede ser que un cristiano se atreva a llevar tan lejos su crueldad y su ingratitud?
 
«¡Ah! infeliz, dice san Agustín, ¡vas de crimen en crimen, siempre con la esperanza de que te detendrás! ¿Pero no temerás poner el sello en tu desgracia?» ¡Oh! ¡los últimos sacramentos y todos los socorros de la Iglesia sirven poco para estos pecadores qué vivieron despreciando las gracias que nos proporciona nuestra santa religión! Sí, llegará el momento cuando quizás recibirás los últimos sacramentos con mejores disposiciones a los ojos del mundo; pero recibiéndolos, te pasará como a Joab. Jesucristo, que es nuestro príncipe y nuestro Señor, pronunciará tu sentencia de condenación. En lugar de servirte de viático para el cielo, la comunión no será para ti otra cosa que una masa de plomo para precipitarte con mayor rapidez a los abismos; tendrás como Joab el altar, serás como él, todo cubierto de la sangre adorable de Jesucristo; con eso caerás en el infierno.
 
¡Ah! hijos míos, si pudiéramos comprender una vez lo que es un cristiano condenado y los tormentos que padece, ¿podríamos vivir bien en el pecado, en este estado que nos expone sin cesar a todas estas desgracias? No, no, hijos míos, nuestra vida no es de ninguna manera la vida que debe llevar un cristiano que quiere evitar estos suplicios. ¡Eh qué! hijos míos, por un lado, un cristiano que nació en el seno de la Iglesia, que se crió en la escuela del mismo Jesucristo, quien tomó a un Dios crucificado por su padre y su modelo; un cristiano, tantas veces alimentado con su Cuerpo adorable y abrevado con su preciosa Sangre, que debería pasar su vida como un ángel del cielo en acción de gracias: por otra parte, un Dios que desciende del cielo para enseñarle cómo ser feliz en el amor en la tierra; un cristiano que está dotado de tantas cualidades hermosas y de tanto conocimiento sobre la grandeza de su destino; y un Dios, digo, que lo amaba más que a Sí mismo; ¡un Dios que parece haber agotado su amor y su sabiduría y todas sus riquezas para comunicárselos, y que, por su muerte, le evita una muerte eterna! ¡Ah! ¡hijos míos, un cristiano por el que Dios hizo tanto milagros, por el que Dios sufrió tanto, verse arder en el Infierno entre los demonios que van a arrastrarle durante toda la eternidad entre las llamas! ¡Oh horror!... ¡Oh desgracia espantosa!... ¡Oh! ¡el espectáculo horroroso de ver así a un cristiano que esta totalmente cubierto con la Sangre adorable de Jesucristo!
  
¡Por desgracia! hijos míos, ¿quién podría pensar en esto sin estremecerse? Sin embargo, he aquí la división de un número infinito de cristianos que se burlan de los sacramentos y que desprecian todo lo que Jesucristo hizo por ellos; ¡y muy desgraciados somos, si no queremos sacar provecho de tantos medios como tenemos de asegurarnos el cielo! Las naciones extranjeras abrirán los ojos del alma a la luz de la fe, y vendrán para tomar el sitio que perdemos.
    
¡Lamentablemente! hijos míos, tenemos razones para temer que Dios, en castigo del desprecio que hacemos a lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, nos quite la fe de nuestro corazón, y nos deje caer en la ceguera y perecer! ¡Oh mi Dios, que desgracia para los cristianos que saben muy bien lo que hay que hacer para salvarse, que, incluso aquí abajo, al no hacerlo, pueden ser muy desgraciados por los remordimientos que les da su conciencia! ¡Ah! hijos míos, ¡que desesperación durante la eternidad para un cristiano a quien nada faltó para evitar todos estos tormentos que padece! «¡Ah! se dirá, yo al que se dijo tantas veces que, si lo quería, podía amar al buen Dios y salvar mi alma y me haría feliz durante la eternidad; ¡yo a quien se le ofrecieron todas las gracias para salir del pecado! ¡Ah! Si por lo menos, no hubiera sido cristiano. ¡Ah! ¿dice menos si nunca me habían hablado del servicio de Dios y de su religión? Pero no, nada me faltó, lo tenía todo y no supe sacar provecho de nada. Todo debía girar a mi felicidad, y, por el desprecio que hice, todo giró a mi desgracia: ¡adiós, bello cielo! ¡adiós, eternidad de delicias! ¡adiós, habitantes felices del cielo!.., ¡todo está acabado para mí!... ¡Más de Dios, más de cielo, más de felicidad!... ¡Oh! ¡que de lágrimas voy a derramar! ¡Oh! ¡que de gritos voy a dar en estas llamas!...» ¡Pero más esperanza! ¡Oh! ¡Pensamiento triste que desgarrará a un cristiano durante la eternidad! ¡Ah! No perdamos un momento para evitar esta desgracia.
 
Es la felicidad que os deseo.

sábado, 3 de marzo de 2018

SAN EMETERIO Y SAN CELEDONIO, MÁRTIRES

Relicarios de San Emeterio y San Celedonio (Calahorra, España)
 
Ha sido tan grande el odio de los tiranos contra los discípulos de Jesucristo, que no contentos con probar su constancia en la fe con los más horribles y exquisitos tormentos que pudo inventar la malicia, han prohibido también muchas veces que se escribiesen sus gloriosas acciones, ya para que no se perpetuase en la memoria de los hombres la bárbara crueldad con que los atormentaban, y ya para que los mismos cristianos no tuviesen a la vista unos ejemplares que debían excitarlos al martirio. Y aunque la piedad y diligencia de los cristianos no dejaban de conservar y recoger con el mayor cuidado las reliquias y sagrados despojos de los mártires, que era lo que más les importaba, tampoco se olvidaban otros de escribir las actas de sus martirios, el proceso que se les formaba, los tormentos que padecían, y los prodigios que en comprobación de su santidad y fe obraba con ellos el Todopoderoso.
  
Sabemos que se escribieron por extenso las circunstancias todas del martirio de los santos hermanos Emeterio y Celedonio, pero el tirano que los sentenció a muerte mandó, según dice Prudencio, que se entregase a las llamas lo que se encontrase escrito acerca de estos santos. Por esta razón es muy poco lo que con certeza se puede asegurar, así de la patria y calidad, como de los tormentos y persecución que padecieron hasta la muerte estos gloriosos y célebres mártires de Jesucristo. Dicese que fueron naturales de León, e hijos de San Marcelo, que era de familia muy ilustre, y a la sazón era capitán de la legión romana que habia en aquella ciudad. A ejemplo de su padre siguieron también los dos hijos la carrera de las armas, portándose en ella como verdaderos cristianos, obedeciendo enteramente a sus jefes, en cuanto no era contrario a las leyes de la religión que profesaban, y sirviendo al César sin desagradar a Dios.
   
Habían ya militado mucho tiempo bajo las banderas del emperador Diocleciano, cuando sabiendo que se encendía una cruel persecución en España contra el nombre cristiano, no pudiendo sufrir que fuese perseguida la religión que habían mamado con la leche, siendo la sola verdadera y divina, se encendieron en vivísimos deseos de pelear animosos por ella hasta darla vida en su defensa. No habían llegado a León los edictos imperiales, pero sabían haberse publicado en Calahorra, donde se hallaba el procónsul, y que allí eran buscados los cristianos con exquisita diligencia para obligarlos a que sacrificasen a los ídolos y renunciasen el nombre y las obras de cristianos.
  
Vamos, pues, decía San Emeterio a su hermano Celedonio: «vamos en busca del enemigo, donde quiera que se encuentre. Ya hace mucho tiempo que militamos bajo las banderas mundanas; y en su servicio, o nos consume el ocio, o la fatiga nos proporciona solamente un premio perecedero y caduco. Sigamos ya las banderas triunfantes del verdadero y único emperador de cielo y tierra. Ahora se declara una guerra cruel contra nuestra fe, y esta es sin duda la mejor ocasión de hacer grandes acciones, y ascender a un puesto más elevado. Vamos a ser soldados bisoños en la milicia del cielo, los que somos ya veteranos en la de la tierra. Sean nuestras encendidas palabras dardos penetrantes con que triunfemos del enemigo; sea el escudo de la fe el que fortalezca nuestro pecho intrépido contra las astucias enemigas. Vamos animosos a morir por Jesucristo».
  
Así exhortaba San Emcterio a su hermano Celedonio; y éste, no menos resuelto a entrar en el mismo combate, le respondió en estos términos: «¿Pues en qué te detienes? ¿dudas acaso sí me tendrás por compañero en tan dichosa suerte? Después que hemos vivido juntos tanto tiempo, y puedes tener bien conocidos mis deseos, ¿te parece que necesito yo de tus persuasiones para acompañarte por el único y verdadero camino de la gloria? Pues bien, dejemos al punto las insignias y las armas del imperio, y vamos a buscar al cruel enemigo de la fe donde quiera que se hallare». Así se animaron mutuamente los santos hermanos, y renunciando el servicio del emperador y cuantas ventajas podían esperar en la milicia, se encaminaron a la ciudad de Calahorra, donde era más fuerte la persecución, y sin miedo a los imperiales edictos, predicaron libremente a Jesucristo, reprendiendo al mismo tiempo la ciega superstición de los paganos.
  
No fue menester más para que luego fuesen mandados arrestar en una oscura cárcel. Es indecible el gozo que sintieron los valerosos solidados, viendo que sin duda aprobaba el cielo su resolución generosa, cuando los hacia dignos de padecer por Jesucristo. Los que antes se animaban mutuamente para buscar el martirio, ahora reiteraban con mayor eficacia sus santas exhortaciones, y se encendían más en el amor divino, al paso que se sentían confortados por él en medio de sus tormentos. En vano fue tentada su constancia varias veces por los paganos, que esperaban lograr un grande triunfo con reducir a los dos generosos soldados al culto de sus dioses; pues los que habían desertado de la milicia del mundo por servir en la del cielo, estaban bien persuadidos de que no eran comparables los honores y premios que pudieran lograr en la tierra, con los que Jesucristo les tenía preparados en su gloria. Resueltos a padecer cuanto pudiese inventar contra ellos la crueldad de los tiranos, no les atemorizaban las amenazas de haber de luchar con las fieras, o de haber de sufrir cruelísimos azotes, o ser probados por el fuego, ú ofrecer la cerviz al cuchillo: les era indiferente cualquier género de muerte, y no sentían los tormentos, sino porque se les retardaba el logro de sus ardientes deseos.
  
Asegura el célebre poeta Prudencio que padecieron increíbles tormentos en la prisión, después de haber estado siempre en ella cargados de hierros y cadenas, pero se queja con razón de que la perfidia de los tiranos no permitió, por no verse avergonzada, que se conservasen los monumentos de su martirio, y de los prodigios que el Señor obró con los santos mártires durante su larga prisión. Pero habiendo sido inútiles para vencer su constancia cuantos ardides pudo inventar la rabia de los paganos, fueron por último sentenciados a muerte por el procónsul romano que gobernaba en Calahorra. Esta noticia llenó de indecible alegría a los generosos soldados, que ya esperaban por momentos el feliz instante que los iba a unir para siempre con su Dios. Sacáronlos de la cárcel, y condujéronlos entre innumerable pueblo a las orillas del rio Arnedo, donde debían ser degollados. Ya estaban en el lugar del suplicio, cuando San Emeterio arrojó al aire el anillo que tenía en la mano, y Celedonio un lienzo o pañuelo, que a vista del innumerable concurso se fueron elevando hacia el cielo hasta perderse de vista. Este prodigio no esperado llenó de admiración y pasmo, no solo a los circunstantes, sino aun al mismo verdugo que iba ya a descargar el golpe mortal sobre los mártires, quienes, instruidos por esta maravilla del camino que debían seguir sus almas, y de que el cielo visiblemente había aceptado sus dones, esperaban con ansia el último momento. Fueron por último degollados allí mismo, y sus cuerpos sepultados cerca del dicho rio, en donde se cree que permanecieron mucho tiempo, hasta que, finalizada la persecución, fueron hallados y descubiertos, y hoy se conservan en la catedral de Calahorra, siendo tenidos y venerados por principales patronos de toda la diócesis, en la cual se celebra su fiesta con la mayor solemnidad y devoción. En todos los dominios de España se celebra también su día con oficio eclesiástico de rito doble, y se inserta en él gran parte del elogio que hizo de estos santos mártires el poeta Prudencio.
  
Dícese que las cabezas de los dos santos fueron halladas, mucho tiempo después de su glorioso martirio, en una abadía cerca de Santander, en la montaña, y que antiguamente se llamaba este pueblo «Puerto de San Emeterio». También se cree que parte de sus sagradas reliquias se trasladó antiguamente a Talarn en Cataluña, desde donde fueron trasladadas a Cardona el 19 de octubre de 1399, en tiempo del rey Martín de Aragón, por su almirante el conde Juan Raimundo Folch I de Cardona, pero en todas partes ha obrado el Señor innumerables prodigios por la intercesión de estos gloriosos mártires con todos cuantos con verdadera devoción los invocan.
  
PADRE JEAN CROISSET SJ. Año Cristiano, tomo III (traducción del P. José Francisco de Isla SJ). París, Librería de Rosa y Bouret, 1864.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que fortaleciste en la confesión de tu nombre a los gloriosos mártires Emeterio y Celedonio, concédenos propicio que, pues veneramos sus cuerpos en la tierra, gocemos de su compañía en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 1 de marzo de 2018

OTORGAN A LA FSSP INDULTO PARA LA SEMANA SANTA TRADICIONAL

Según se comenta en GLORIA NEWS y en REDDIT, a la Fraternidad Sacerdotal San Pedro le ha sido otorgado un indulto por la Pontificia Comisión Ecclésia Dei para utilizar los libros litúrgicos para la Semana Santa que tuvieron vigencia hasta la [fallida] reforma de Pío XII (más exactamente de Aníbal Bugnini CM y Fernando Antonelli Angioloni OFM), reforma iniciada por el decreto Máxima redemptiónis nostræ mystéria. El indulto es otorgado ad experiméntum durante tres años (2018-2020) y dependiendo de sus resultados se podrá extender más allá de la FSSP en los años venideros.
  
La información fue publicada en varios de los boletines parroquiales estadounidenses de la FSSP el día 18 de Febrero, 1º Domingo de Cuaresma (aunque desde sus púlpitos lo anunciaron una semana antes):
Además del permiso de la Comisión Ecclésia Dei, cada iglesia de la FSSP tiene que solicitar permiso de los superiores antes de gozar el indulto, que entrará en vigor a partir del Domingo de Ramos 25 de Marzo de 2018. Según algunos rumores, aparte de la iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos en Roma (donde ya se usaba el Triduo pre-1955), a 25 parroquias en Estados Unidos se les concedió permiso hasta ahora. Sin embargo, el Viernes Santo deben leer la oración por los judíos publicada por Benedicto XVI en el año 2008, a saber:
Orémus et pro Judǽis: Ut Deus et Dóminus noster illúminet corda eórum, ut agnóscant Jesum Christum salvatórem ómnium hóminum.
Orémus. Flectámus génua. Leváte.
Omnípotens sempitérne Deus, qui vis ut omnes hómines salvi fiant et ad agnitiónem veritátis véniant, concéde propítius, ut plenitúdine géntium in Ecclésiam Tuam intránte omnis Israël salvus fiat. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
  
TRADUCCIÓN
Oremos por los judíos: Para que el Señor Dios nuestro ilumine sus corazones para que reconozcan a Jesucristo, Salvador de todos los hombres. 
Oremos. Doblemos rodilla. Levantaos.
Dios omnipotente y eterno, tú que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, concede propicio que, entrando la plenitud de los pueblos en tu Iglesia, todo Israel sea salvado. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.
   
COMENTARIO DE JORGE RONDÓN SANTOS
Aparte de ser un descuadre con el Breviario Romano Tradicional, la reforma de la Semana Santa de 1955 (que nunca fue aprobada específicamente por Pío XII mediante su firma) fue en toda línea una demolición de la espiritualidad tradicional por parte de sacerdotes modernistas que se notaba a leguas NUNCA tuvieron curato de almas; y un ensayo frente a lo que vendría con el Novus Ordo (recomendamos leer LA REFORMA DE LA SEMANA SANTA ENTRE LOS AÑOS 1951-1956). Por otra parte, de nada sirve que ahora, que ya no hay sacerdocio en la deuterovaticanidad (porque sí, los obispos que realizan las ordenaciones para los Ecclésia Dei fueron instalados en el rito montiniano, tan inválido como el anglicano del BCP), restauren un ceremonial tradicional como lo es la Semana Santa tal y como era antes de la demolición. Simplemente sería otra función sacrílega más.
 
En todo caso, nosotros, como Católicos Tradicionales y Sedevacantistas, consideramos que esta nueva disposición es una patada de ahogado de la Deuterovaticanidad y un señuelo más para atraer incautos en las largas tratativas con la FSSPX fellayana para su incorporación como Prelatura Personal. Y no debe perderse de vista que la razón por la que la Resistencia Católica se ha levantado contra la Apostasía del Vaticano II no es por una Misa o por un Ritual solamente. Nuestra guerra es por la Fe Católica, porque sin la Ley de Creencia (las Verdades de Fe), la Ley de Oración (Liturgia y devociones) no tiene razón de ser.