Mostrando entradas con la etiqueta San Gregorio Magno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Gregorio Magno. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de julio de 2026

LA VERDADERA LIBERTAD DE EXPRESIÓN NACE DEL CELO POR LA VERDAD

En medio de todo esto, nos gusta alzar la vista y contemplar la fortaleza interior que poseen los elegidos de Dios, a pesar de la opresión externa. Elevados interiormente, fijan sus mentes en lo alto y consideran todo lo que sufren en esta vida como algo muy inferior y ajeno a ellos; y, por así decirlo, mientras se esfuerzan por trascender lo terrenal, casi ignoran sus propios padecimientos. A sus ojos, lo que destaca en lo terrenal carece de importancia. Pues, como si estuvieran en la cima de una gran montaña, desprecian las llanuras de esta vida y, trascendiéndose a través de las alturas espirituales, ven sometidos en su interior todo aquello que exteriormente se enorgullece de la gloria carnal. Por lo tanto, no perdonan ningún poder que se alce contra la verdad, sino que aplastan con la autoridad del espíritu a aquellos que ven envanecidos por la exaltación.
  
De esto se deduce que Moisés, viniendo del desierto, confronta con autoridad al rey de Egipto, diciendo: «Así te dice el Señor, Dios de los hebreos: “¿Hasta cuándo te negarás a servirme? Deja ir a mi pueblo para que me ofrezca un sacrificio”» ( Éxodo 10:3). Y cuando el faraón, oprimido por las plagas, le dijo: «Ve y ofrece sacrificios a tu Dios en mi tierra» ( Éxodo 8:25), Moisés, con autoridad inmediatamente mayor, respondió: «Esto no se puede hacer; porque vamos a ofrecer al Señor nuestro Dios un sacrificio que es abominable para los egipcios» ( Éxodo 8:26).
  
De esto se desprende que Natán confronta al rey que ha pecado: primero le revela la imagen de la transgresión que ha cometido, y luego lo declara culpable con la voz de su propio juicio, y de inmediato agrega diciendo: "Tú eres el hombre que ha hecho esto" (2. Reg. 12,7).
  
Por eso, el hombre de Dios, enviado a Samaria para destruir la idolatría, mientras el rey Jeroboam quemaba incienso en el altar, sin temer al rey ni sentirse oprimido por el terror de la muerte, ejerció sin temor contra el altar la autoridad de su propia voz, diciendo: «Altar, altar, así dice el Señor: A la casa de David le nacerá un hijo, cuyo nombre será Josías, y él sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos» (1 Reyes 13:2).
  
Por eso, cuando el orgulloso Acab, sometido al culto de los ídolos, se atrevió a reprender a Elías, diciendo: «¿Eres tú quien perturba a Israel?» (3 Reyes 18:17), Elías inmediatamente refutó la necedad del orgulloso rey con la autoridad de una reprimenda justa, diciendo: «No soy yo quien perturba a Israel, sino tú y la casa de tu padre, que habéis abandonado los mandamientos del Señor y habéis seguido a los Baales» (3 Reyes 18:18).
  
Por eso, cuando los sacerdotes y los gobernantes, enfurecidos incluso con azotes, le prohibieron a Pedro hablar en el nombre de Jesús, él respondió inmediatamente con gran autoridad, diciendo: «Juzgad vosotros mismos si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Porque no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» ( Hechos 4:19-20).
  
Por eso Pablo, al ver al sumo sacerdote sentado en contra de la verdad, y siendo golpeado por uno de sus ministros, no respondió con maldiciones, sino que, lleno del Espíritu Santo, profetizó con voz clara, diciendo: «¡Dios te castigará, pared blanqueada! ¿Te sientas a juzgarme según la ley, y, quebrantando la ley, mandas que me golpeen?» ( Hechos 23:3) [1] …
  
Esta libertad de los santos surge del celo por la verdad, no del vicio del orgullo. Que los hombres santos pronuncien palabras tan elevadas por celo por la verdad, y no por orgullo, queda claramente demostrado por ellos mismos, pues demuestran con sus obras y palabras la humildad que poseen y la profunda caridad que sienten hacia aquellos a quienes reprenden. El orgullo, en efecto, engendra odio, humildad y amor. Por lo tanto, las palabras que el amor endurece ciertamente brotan de la humildad.
  
Los hombres santos, en realidad, no se liberan por el orgullo ni se dejan dominar por el miedo; sino que, cuando la rectitud los eleva a la libertad de expresión, la consideración de su propia debilidad los mantiene en la humildad. Si bien reprenden los pecados de los pecadores, castigándolos desde lo alto, al juzgarse a sí mismos con mayor sutileza, casi se colocan entre los marginados; y cuanto más persiguen el mal en los demás, más severamente se reprimen a sí mismos; y, a la inversa, cuanto menos se perdonan, aunque actúen mejor, más vigilantemente reprenden las acciones de los demás.

SAN GREGORIO MAGNO. Morália, o Exposición sobre Job VII, 35, 55. En Migne, Patrología Latína 75, cols. 795-797.
   
NOTA
[1] «Pablo dijo esto con autoridad apostólica, impulsado por el celo, amenazando y prediciendo la justa plaga de Dios al juez injusto, sobre todo para defender su propio derecho y su honor ante el tribuno [Claudio Lisias] que lo había salvado del tumulto; así lo afirman San Juan Crisóstomo y Ecumenio. En un sentido místico, San Agustín, en el libro 1 de De sermóne Dómini in monte, capítulo 19, enseña que estas palabras de Pablo no suenan tanto a insulto como a profecía, de modo que los sabios comprenderían que con la venida de Cristo el muro blanqueado, es decir, la hipocresía del sacerdocio [de la Antigua Alianza], iba a ser destruido» (Cornelio Alapide, Commentaria in Sacram Scripturam, tomo X. Nápoles, 1869, pág. 267) .

jueves, 12 de marzo de 2026

SAN GREGORIO MAGNO Y EL CANTO GREGORIANO


A San Gregorio Magno corresponde principalmente el honor de haber recopilado y publicado las bellas y castas formas de la oración litúrgica y aquellas melodías que por él han sido llamadas “Canto gregoriano”.
  
De él decía San Pío X:
«Hállanse en grado sumo estas cualidades [santidad, bondad, y universalidad] en el canto gregoriano, que es, por consiguiente, el canto propio de la Iglesia romana, el único que la Iglesia heredó de los antiguos Padres, el que ha custodiado celosamente durante el curso de los siglos en sus códices litúrgicos, el que en algunas partes de la liturgia prescribe exclusivamente, el que estudios recentísimos han restablecido felizmente en su pureza e integridad.
     
Por estos motivos, el canto gregoriano fue tenido siempre como acabado modelo de música religiosa, pudiendo formularse con toda razón esta ley general: una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano.
     
Así pues, el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto; teniéndose por bien sabido que ninguna función religiosa perderá nada de su solemnidad aunque no se cante en ella otra música que la gregoriana.
      
Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente» (Motu proprio “Tra le sollicitudine” sobre la Música Sacra, N.º 3. 22 de Noviembre de 1903).
Quince himnos presentes en el Breviario Romano fueron compuestos por San Gregorio. En este tiempo, consagrado a la penitencia, pidamos a Dios, por la intercesión de este Santo, que nos libere del peso de nuestros pecados.
  
Himnos del Papa San Gregorio Magno:
  • Ex more docti mýstico (Instruidos por mística costumbre): Maitines de Cuaresma.
  • Áudi, benígne Cónditor (Escuchad, ¡Oh Creador benigno!): Vísperas de Cuaresma.
  • Ecce jam noctis (Ya que las sombras de la noche desaparecen): Laudes del domingo.
  • Lucis Creátor óptime (Oh Dios de bondad, creador de la luz): Vísperas del domingo.
  • Nocte surgéntes (Levantémonos durante la noche): Maitines del domingo.
  • Primo diérum ómnium (En el primer día en que la Trinidad): Maitines del Domingo.
  • Imménse cœli Cónditor (Gran Dios, Autor del Cielo): Vísperas del lunes.
  • Tellúris ingens Cónditor (Benigno Creador de la tierra): Vísperas del martes.
  • Rerum Creátor óptime (Oh Dios de bondad, Creador de todos los seres): Maitines del miércoles.
  • Cœli Deus sanctíssime (Oh santísimo Dios del Cielo): Víspera del miércoles.
  • Nox atra rerum cóntegit (Mientras la negra noche): Maitines del jueves.
  • Magnæ Deus poténtiæ (Oh Dios Todopoderoso): Víspera del jueves.
  • Tu, Trinitátis Únitas (Oh divina Unidad en tres Personas): Maitines del viernes.
  • Plasmátor hóminis, Deus (Divino creador del hombre): Víspera del viernes.

viernes, 29 de agosto de 2025

SIGNIFICADOS ALEGÓRICOS DE LA DECAPITACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA

Cabeza de San Juan Bautista en una bandeja (Albretch Bouts, óleo sobre álamo, c. 1500. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York).
  
«Juan fue decapitado no el día de su decapitación, sino en torno a los días de los Panes sin Levadura de la Pascua judía, el año anterior a la Pasión del Señor, tras haber estado ya un año en prisión. Convenía que, debido a los misterios de la Pasión y Resurrección de Cristo el Señor, el menor (es decir, Juan) diera paso al mayor (es decir, Cristo), y por ello se decidió celebrar la decapitación en otro momento, concretamente el día en que se encontró su cabeza. Por ello, San Agustín dice: “Lo que el propio Juan había predicho sucedió. Pues hablando del Señor Jesucristo, había dicho: ‘Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe’. Juan menguó en la decapitación; Jesús creció en la cruz”. Según San Gregorio Magno, “la decapitación de Juan significa la disminución de esa falsa creencia por la cual el pueblo creía que él era Cristo, así como la exaltación del Salvador en la cruz significó el progreso de la fe. En efecto, aquel que era considerado por las multitudes solo un profeta fue reconocido por los fieles como el Señor de los profetas y el Hijo de Dios. Así, Juan, que necesitaba disminuir, nació cuando la luz del día comienza a menguar, mientras que el Señor nació cuando los días comienzan a crecer”. Al respecto, San Jerónimo dice: “Reconocemos en la cabeza cercenada del profeta Juan a los judíos que han perdido a Cristo, quien es el Jefe de los Profetas. Y, de nuevo, la Cabeza de la Ley, que es Cristo, es separada de su propio cuerpo, es decir, del pueblo judío, y es entregada a la joven gentil, es decir, a la Iglesia Romana; y la joven luego lo entrega a su madre adúltera, es decir, a la Sinagoga, que finalmente creerá en Cristo. Y, de nuevo, el cuerpo de Juan es enterrado, mientras que su cuerpo es colocado en una bandeja: la carta enterrada es ocultada, el espíritu es honrado en el altar y es asumido”».
   
LUDOLFO DE SAJONIA O. Cart. Vita Jesu Christi e Quatuor Evangeliis et Scriptoribus Ortodoxia concinnata. París y Roma, Víctor Palmé & Imprenta de la Congregación de Propaganda Fide 1865, pág. 290.

domingo, 3 de septiembre de 2023

LOS ESTÚPIDOS E INSENSATOS CRITICAN A LOS MEJORES PORQUE NO PUEDEN ENTENDERLOS

San Gregorio Magno tiene una visión interesante de las críticas a Job que le hacen sus “amigos”. Comparó esto con el levita tratando de evitar que el Arca de la Alianza cayera, cuando no tenía derecho a tocarla:
“Las personas estúpidas a menudo se ofenden por los actos y palabras de personas inteligentes simplemente porque no pueden entenderlas. Pero no deberían oponerse a estos actos y palabras a la ligera simplemente porque no pueden entenderse correctamente. Los adultos suelen hacer arreglos que los niños consideran erróneos. Los líderes fuertes a menudo dicen muchas cosas que hacen que los débiles, que no entienden, los juzguen con dureza.
    
Todo esto está acertadamente simbolizado por el tambaleo del Arca de la Alianza ante el tropiezo de los bueyes [2 Reg. VI, 6-7]; cuando un levita intentó enderezarla, pensando que se estaba cayendo, fue inmediatamente sentenciado a muerte.
    
La mente del justo no es otra cosa que el Arca de la Alianza. Tambalearse ante el tropiezo de los bueyes significa que incluso los buenos magistrados se ven afectados a veces por la confusión del pueblo que gobiernan y, por tanto, se ven conducidos a una mitigación de su administración, motivados sólo por el sentimiento. El tambaleo del poder en tal acto de administración es interpretado como un fracaso por los observadores desinformados.
   
Por lo tanto, algunos de los subordinados de aquel magistrado extendieron la mano para impedir el fracaso, pero inmediatamente son privados de la vida por este mismo acto de temeridad. El levita, como se ve, quería ayudar, así que extendió su mano, pero se equivocó y perdió la vida, porque los súbditos que atacan las obras de los líderes fuertes son los que son expulsados ​​de la suerte de los vivientes.
    
Los santos también a veces dicen cosas a modo de consideración hacia los menos afortunados, y sugieren otras cosas cuando miran más alto, pero como no conocen el significado ni de ser considerado ni de las realidades superiores, los necios atacan audazmente a ambos.
     
Entonces, ¿qué significa reprender a los justos por sus palabras desconocidas, sino interpretar el acto de un líder fuerte como un error garrafal? El que por soberbia levanta el Arca de Dios, pierde la vida. Nadie se atrevería jamás a corregir las obras justas de los santos sin antes conocer personalmente algo mejor.
    
Por lo tanto, este levita recibió correctamente el nombre de Uza, que obviamente se interpreta como "el hombre fuerte de Dios". Esta interpretación significa que nadie se atrevería a juzgar las palabras o los hechos de sus superiores como signos de debilidad, a menos que audazmente presumieran ser guerreros de Dios. Entonces, cuando los amigos de Job saltan, por así decirlo, en defensa de Dios contra Job, transgreden los límites de los arreglos de Dios en su orgullo”. [SAN GREGORIO MAGNO, “Moralia in Job”, Libro 5, Capítulo 11, §§24].

sábado, 23 de abril de 2022

SAN GREGORIO MAGNO SOBRE LA IGLESIA DEL FINAL DE LOS TIEMPOS

Traducción del artículo publicado en THE KATECHŌN.
   
  
El Papa San Gregorio Magno es uno de los mayores eclesiásticos que hayan vivido. Él porta cuatro señales por las cuales sabemos que sus observaciones pueden y deben ser consideradas seriamente: fue un santo, un papa, Doctor de la Iglesia y Padre de la Iglesia.
  
Una de sus mayores obras es Moralia in Job, que fue su comentario del libro de Job, un gran tomo del tamaño de las agustinianas Ciudad de Dios y Confesiones, combinadas. Santo Tomás de Aquino observó que este comentario era tan excelente respecto al sentido místico (los lentes más altos por el cual la Escritura es interpretada) que el Doctor Angélico se confinó al sentido moral.
  
Lo que es fascinante sobre la Moralia es cuán esjatológica es con respecto a Job. San Gregorio dio muchas vistas sobre el fin de los tiempos de un libro que muchos comúnmente no asociarían a ello, y sus vistas son verdaderamente fascinantes, si no ominosas.
   
Un libro en particular, el Libro 34, se enfoca específicamente sobre el fin del mundo, y contiene varios pasajes que son, por decir menos, chocantes, especialmente a la luz de nuestras presentes circunstancias. En múltiples lugares, hallamos apoyo para nuestra propia lectura de la Escritura cuando San Gregorio explica su creencia que satanás estaba atado por la Pasión de Nuestro Señor, que el reinado de la Iglesia son los “mil años” a que Apocalipsis 20 hace referencia, y que cerca al fin de los días será desatado y provocará un caos como nunca antes. Esto se alinea con la interpretación que hemos propuesto.
  
Al comienzo del libro, San Gregorio explica su visión general del fin del mundo [1]:
Porque aprendemos más rápidamente de qué tipo es el fin del mundo, si consideramos cuidadosamente eso que llevamos sobre nosotros del mundo. Poeque nuestra edad florece más vigorosamente en nuestros años juveniles, pero en el tiempo de la vejez es marchitada por crecientes enfermedades, y mientras su existencia es extendida a mayor longitud, en vez de morir diariamente falla cada momento de su vida. Así también mientras la duración del mundo se incrementa en años, se sufre bajo crecientes males, y se siente la pérdida de su salud, mientras se obtiene aumento de edad. Porque sus tribulaciones se incrementan junto con su años, y soporta con mayor debilidad la pérdida de la vida, mientras más dura, como si fuera, a una edad más avanzada. Porque el antiguo enemigo es desatado contra él con toda su fuerza, quien, aunque ya haya perecido, como habiendo perdido la felicidad de su condición celestial, todavía está en ese tiempo más totalmente extinguido, cuando es privado de su permiso para tentar, y es rápidamente atado en las llamas eternas. Él está, supuestamente, para atacar al fin del mundo con tentaciones severas, porque viene más furioso en su crueldad cuanto más cercano se percibe para el castigo. Porque él considera que está justo para perder su privilegio de la libertad fatalísima. Y mientras más confinado por la brevedad del tiempo, más lo propaga con múltiple crueldad, como se dice de él por la voz del ángel a Juan: Ay de la tierra, y del mar, porque el diablo ha venido a vosotros, con gran furor, sabiendo que tiene poco tiempo [Apoc. XII, 12]. Él entonces se arroja a la furia de una ira mayor, a fin que él, que no pudo permanecer en su estado defelicidad, no pueda caer en el foso de su condenación con unos cuantos. Él entonces busca con mayor afán cualquier poder de iniquidad que haya ido, luego é eleva más altamente su cuello de soberbia, y por medio de ese hombre maldito al cual viste [el Anticristo], mostrara para el propósito del mal, todo el poder temporal que posee.
En otro lugar, observa San Gregorio que “Por toda su arrogante soberbia y todas sus taimadas maquinaciones, él [satanás] persigue en todo tiempo por la fuerza también del poder secular” [2]. Esto se alinea con la visión de la historia que hemos propuesto, y especialmente con nuestra postura que la Gran Apostasía involucra la defección de los poderes temporales de su previa lealtad a Cristo Rey (Ver, por ejemplo, Katechōn #1, y Katechōn #4).
   
Pero lo que era particularmente aterrador fue su “profecía” sobre el estado de la Iglesia justo antes de la aparición del Anticristo, basada en su lectura sobre el libro de Job [3]:
Porque por el horrible curso de la dispensación secreta [Dios permitiendo que el mal crezca hasta el fin de los tiempos], antes que este Leviatán [Anticristo] aparezca en ese hombre maldito que asume [Anticristo], signos de poder son retirados de la Santa Iglesia. Porque la profecía está escondida, la gracia de las sanaciones es quitada, el poder de abstinencias más largas es debilitado, las palabras de doctrina son silenciadas, y los prodigios y milagros removidos. Y aunque la dispensación celestial no los aparta totalmente, sin embargo no las manifiesta abiertamente y en tantas maneras como en tiempos anteriores. Y esto es causado por una admirable dispensación, a fin que la misericordia y la justicia divina puedan ser cumplidas en conjunto por uno y el mismo medio. Porque cuando la Santa Iglesia aparece como si fuera más abyecta, sobre el apartamiento de los signos de poder, tanto se incrementa la recompensa de los buenos, que la reverencian por la esperanza de las cosas celestiales, y no a cuenta de los signos presentes; y el alma del malvado es más rápidamente presentada contra ella, que omiten buscar las cosas invisibles que promete, las cuales no están constreñidas por signos visibles. Cuando por esto la humildad de los fieles es privada de la manifestació múltiple de milagros, por el terrible juicio de la dispensación secreta, por los mismos medios es amontonada más misericordia abundante para los buenos y justa ira para los malvados. Porque estos signos de poder cesan, en gran medida, en la Santa Iglesia, antes que este Leviatán venga manifiesta y visiblemente, es ahora justamente dicho: “Querrá ir ante su faz”.
En resumen, San Gregorio Magno predice que la Iglesia será severamente debilitada antes de la develación del Anticristo. Habrá muy pocos milagros, pocas voces proféticas, su penitencia será menos fructífera, y “las palabras de doctrina” caerán en silencio.
    
Pero, como él explica, todo esto está bajo la providencia de Dios, quien, como San Pablo aclara en 2.ª Tesalonicenses II (ver Katechōn #3) envía al Anticristo como un castigo contra “los que van a perecer, porque ellos rechazaron amar la verdad y así salvarse” (2.ª Tes. II, 10).
   
Para los que perseveran en el amor de Dios, tal castigo no puede ser sino para su bien, como de hecho su perseverancia será recompensado por el regreso de Nuestro Señor en gloria, que les concederá recompensas aún mayores por haber creído sin ver.
   
—Ignatius de Montfort
  
REFERENCIAS 
[1] San Gregorio Magno, Moralia in Job (Libro 34, §7); San Gregorio Magno, Moralia in Job (Ex Fontibus Company, 2012), 571.
[2] Ibid., 572.
[3] Ibid., 575.

viernes, 18 de febrero de 2022

CUÁNDO EVITAR EL ESCÁNDALO, Y CUÁNDO CONVIENE QUE LO HAYA

  
«In quántum sine peccáto póssumus, vitáre proximórum scándalum debémus. Si áutem de veritáte scándalum súmitur, utílius permíttitur nasci scándalum quam véritas relinquátur» [En cuanto sea posible sin pecado, debemos evitar escandalizar al prójimo. Pero si el escándalo surge por la Verdad, más vale causar escándalo que esconder la Verdad] (SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, libro primero, homilía 7.ª. En Migne, Patrología Latina 76, col. 842, párrafo 5).

viernes, 28 de enero de 2022

LOS “PASTORES” ASALARIADOS

«El pastor debe ser discreto en el silencio y útil al hablar, a fin de que no diga lo que debe callar, ni calle lo que debe decir. Pues, así como hablar incautamente conduce al error, así también un silencio indiscreto deja en el error a quienes podían ser instruidos. Ocurre con frecuencia que los pastores imprudentes, temiendo perder el aplauso de los hombres, tienen mucho miedo de decir con libertad lo que es recto. Éstos, conforme a la voz de la Verdad, en modo alguno sirven ya con el celo que los pastores tienen por la custodia de la grey, sino que, al contrario, lo hacen con el de los asalariados; pues, al esconderse en su silencio, huyen cuando llega el lobo.
     
Por eso, el Señor los amonesta por el profeta diciendo: Son perros mudos que no sirven para ladrar (Isaías 56, 10). Y en otro lugar: No os elevasteis desde lo adverso, ni construisteis un muro en defensa de la casa de Israel para que resistierais en la batalla el día del Señor (Ezequiel 13, 5). Elevarse desde lo adverso es ir contra los poderes de este mundo hablando libremente en defensa de la grey. Y estar en la batalla el día del Señor es resistir a los perversos combatientes desde el amor de la justicia. Por tanto, que el pastor tema decir lo que es recto ¿qué es sino dar la espalda callándose? Por el contrario, opone un muro para la casa de Israel en contra de los enemigos quien sale al paso en defensa de la grey. De ahí que, al pecar el pueblo, se diga en otro lugar: Tus profetas vieron para ti falsedad y estupidez, y no pusieron al descubierto tu iniquidad para inducirte a la penitencia (Lamentaciones 2, 14).
   
En la Sagrada Escritura, alguna vez, se llama a los profetas “doctores”, pues, al indicar que es fugaz lo presente, anuncian lo que ha de suceder. Sin embargo, la Palabra divina los refuta de ver falsedades porque cuando temen denunciar los pecados, favorecen en vano a los pecadores prometiéndoles tranquilidad. Éstos no ponen, en absoluto, al descubierto la iniquidad de sus pecados, puesto que callan la palabra de imprecación. En verdad, la llave para descubrirla es la palabra de corrección, porque con la increpación se patentiza el pecado, el cual, a menudo, el mismo que los comete lo ignora. Por eso dijo San Pablo: Para que sea capaz de exhortar conforme a la sana doctrina y de rebatir a los que contradicen (Tito 1, 9). Por lo mismo se dice por Malaquías: Los labios del sacerdote custodien la ciencia y busque la Ley en su boca, porque es mensajero del Señor de los Ejércitos (Malaquías 2, 7). De ahí que el Señor amoneste, por medio del profeta Isaías, diciendo: Clama, no ceses, alza tu voz como una trompeta (Isaías 58, 1). Y es que todo aquel que accede al sacerdocio recibe el oficio de pregonero, a fin de que él mismo, claro está, marche clamando antes de la venida del Juez que llega terriblemente. Por tanto, si el sacerdote no sabe predicar, el pregonero mudo ¿qué voz de clamor habrá de dar? Por eso, el Espíritu Santo se posó sobre los primeros pastores en forma de lenguas: porque a los que llena, los hace ininterrumpidamente elocuentes de Sí (cf. Hechos 2, 3). También por eso se ordena a Moisés que el sacerdote, al entrar en el tabernáculo, se rodee de campanillas (cf. Éxodo 28, 33); sin duda, para que entre con voces de predicación y no ofenda con su silencio el juicio del Supremo Espectador. En verdad, está escrito: Para que se oiga el sonido cuando entre y salga en el santuario en presencia del Señor, y no muera (Éxodo 28, 35). Muere el sacerdote que entra o sale si no se oye su sonido, porque, al penetrar sin el sonido de la predicación, hace salir la ira del Juez oculto contra sí.
   
Por otro lado, muy oportunamente, se indica que las campanillas están insertas en su vestido. En efecto, ¿qué otra cosa debemos entender por los vestidos del sacerdote sino sus buenas obras? Lo atestigua el profeta que dijo: Tus sacerdotes se vistan de la justicia (Salmo 131, 9). Por consiguiente, las campanillas van pegadas a sus vestidos con el fin de que las mismas obras del sacerdote anuncien también, junto al sonido de la lengua, el camino de la Vida». 
   
SAN GREGORIO MAGNO, Regla pastoral II, 4.

domingo, 29 de agosto de 2021

SAN GREGORIO MAGNO SOBRE LA RENUNCIA DE MONTINI A LA TIARA PAPAL

Renuncia de Giovanni Battista Montini Alghisi (en arte “Pablo VI”) a la tiara papal (21 de Noviembre de 1964).
  
«La Iglesia está, como si fuera, destruida en todos lados y deshecha en sus miembros débiles, cuando los mismos que parecían fuertes son llevados a la ruina; cuando la corona es removida de su cabeza, esto es, cuando las recompensas de la eternidad son menospreciadas incluso por los que están a la cabeza» (SAN GREGORIO MAGNO, Comentarios, o Exposición moral sobre el libro de Job, libro XIV, sobre el cap. X, 10).

jueves, 8 de abril de 2021

SANTA MARÍA MAGDALENA Y LA PERSEVERANCIA

Cristo resucitado y María Magdalena (Julius Schnorr von Carolsfeld)
   
«María Magdalena, “que fue pecadora en la ciudad” (Luc. 7, 37), amando la verdad, lavó con las lágrimas las manchas del pecado: y así se cumplió la palabra de la Verdad, que dice: “Le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho” (Luc. 7, 47). De hecho ella, que antes había permanecido fría pecando, luego ardía en fervor amando. Cuando estaba vivo lo estrechó entre sus brazos; cuando estuvo muerto, lo buscaba. Y encontró vivo a aquel que buscaba muerto. ¡Encontró tal cantidad de gracia en él que fue ella quien llevó la noticia a los apóstoles, a los mensajeros de Dios! Cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: “Los discípulos se volvieron a su casa”. Y añade, a continuación: “Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando” (Juan 20, 10). Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: “El que persevere hasta el final se salvará” (Mat. 10, 22; 24, 13). Por eso la Ley ordena ofrecer en sacrificio la cola de la víctima (Lev. 3, 9). De hecho, la cola es el final del cuerpo; y por eso la ofrece quien hasta el final conduce debidamente la buena obra del sacrificio. Por eso se describe que entre sus hermanos, José tenía una túnica talar (Gén. 37, 3). Precisamente la túnica hasta el talón es la buena obra hasta su consumación.

“María mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro”. Precisamente ella había visto el sepulcro vacío, ya había anunciado que al Señor se lo habían llevado: ¿por qué se inclina de nuevo, y desea ver todavía? Pero a quien ama no le basta haber visto una sola vez: porque la fuerza del amor multiplica las atenciones de la búsqueda. Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Esto es lo que dice del mismo Esposo la Iglesia en los Cánticos: “En mi lecho eché de menos por la noche al que ama mi alma; lo anduve buscando, y no lo encontré. Me levantaré, y daré vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al amado de mi alma” (Cant. 3, 1). Se lamenta porque no lo encuentra, diciendo: “¡Ay!, lo busqué, mas no lo hallé” (Ibid). Pero como el hallazgo no se demora si no se desiste la búsqueda, agrega: “Me encontraron las patrullas que rondan por la ciudad, y les dije: ¿No habéis visto al amado de mi alma? Cuando he aquí que a pocos pasos me encontré al que adora mi alma” (Ibid., 3-4). Al amado lo buscamos, yacentes sobre nuestro lecho, en el poco reposo que deja la vida presente, el deseo de ver a nuestro Salvador nos hace suspirar por él. Le buscamos durante la noche, porque, si ya nuestro espíritu vela pensando en él, la oscuridad pesa todavía sobre nuestra vista. Pero si allí no se encuentra su amado, se levanta finalmente y da vueltas por la ciudad; esto es, las investigaciones de su espíritu dan vuelta en la santa Iglesia de los elegidos; lo busca por las calles y las plazas, esto es, observa a los que siguen los caminos estrechos y anchos, como si en ellos pudiera encontrar algunas huellas de aquel a quien busca, porque hay personas, incluso en la vida seglar, que tienen algo para imitar en la práctica de la virtud. Buscando, también nos encontramos con los centinelas de la ciudad, esto es, los Santos Padres, que vigilan por el estado de la Iglesia, acudiendo a nuestros buenos designios, para instruirnos con sus palabras y sus escritos. Y al poco de caminar, encontramos a nuestro Amado, porque nuestro Redentor, aunque igual a los hombres por su humanidad, por su divinidad siempre es superior a los hombres. Por tanto, viendo a los transeúntes, encontraremos al amado, porque vemos como igual entre los profetas y los apóstoles, a aquel que consideramos que por su naturaleza es Dios y está por encima de los hombres. Primero no encontraremos lo que buscamos, para tenerlo abrazado después de encontrarlo. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: “Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 141, 3). Y también nos amonesta diciendo: “Buscad siempre su rostro” (Salmo 104, 4). También dice el profeta: “Mi alma te deseó en medio de la noche; y mientras haya aliento en mis entrañas, me dirigiré a ti desde que amanezca” (Isa. 26, 9). Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: “Estoy enferma de amor” (Cant. 4, 9). Porque es justo que por la visión del médico llegue la salud al que por su ausencia lleva en su pecho la herida de su amor. Por eso ella dice; y también: “Mi alma desfallece de amor, por encontrar a mi amado” (Ibid., 5, 6).

Pero porque amaba y dudaba, veía y no conocía a aquel a quien el amor le mostraba, y la duda le escondía. Cuya ignorancia se expresa por lo que sigue: “Pero no sabía que era Jesús. Y él le preguntó: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor. “Ella, pensando que fuera el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo pusiste, y yo me lo llevaré”. Tal vez no se equivocaba esta mujer al errar, creyendo que Jesús era el hortelano. ¿Acaso no era él el hortelano espiritual, que por su amor sembraba en su pecho las vigorosas semillas de la virtud?

Pero al que al verlo creyó que era el hortelano, a quien no le ha dicho lo que buscaba, le dijo: “Señor, si te lo has llevado tú”, como si María ya le hubiera dicho lo que era la causa de sus lágrimas. Ella habla de “él” sin pronunciar su nombre. Esto es propio del amor: lleno de aquel que ama, el amante cree que todos los demás participan en la misma pasión del amor. Precisamente esta mujer, que no dice lo que busca, e incluso dice: Si tú te lo llevaste, no se imagina que alguien pueda ignorar la causa de su inmenso dolor. Jesús le dice “María”. Hace un momento la llamó con el nombre genérico de su sexo: “mujer”, y no se daba a conocer. Ahora la llama por su nombre propio, como si le dijera sin ambages: “¡Reconoce al que te conoce!”. Lo mismo decía Dios a Moisés, el hombre perfecto: “Te conozco por tu nombre” (Ex. 33, 12). “Hombre” es el nombre común a todos, pero “Moisés” es su nombre propio y el Señor le dice con toda claridad que lo conoce por su nombre. Parece que le quiere dar a entender: “Yo no te conozco como el conjunto de las personas, sino que te conozco personalmente”. María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: “Rabboni”, es decir, “maestro”, ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.
 
María de Magdala se va a anunciar a los discípulos: “he visto al Señor”, y les contó lo que Jesús le había dicho (cf. Jn. 20, 18). El pecado de los hombres abandona el corazón de donde había salido. Pues, era una mujer que en el paraíso ofreció al hombre el fruto de la muerte. Es una mujer que junto a la tumba, anuncia la vida a los hombres y transmite las palabras de aquel que da la vida.
 
Está presente como testigo de la misericordia divina esta María de la que hablamos, de quien un fariseo querendo obstruir esta fuente de piedad dijo: “Si este hombre fuera un profeta, sabría quién es esta mujer que le toca y lo que es: una pecadora” (Luc. 7, 39). Pero las lágrimas de María han borrado la suciedad de su cuerpo y de su corazón; se lanzó a los pies de su Salvador, abandonando los caminos del mal. Estaba también sentada a los pies de Jesús y le escuchaba (Lc 10, 39). Cuando estaba vivo lo estrechó entre sus brazos; cuando estuvo muerto, lo buscaba. Y encontró vivo a aquel que buscaba muerto. ¡Encontró tal cantidad de gracia en él que fue ella quien llevó la noticia a los apóstoles, a los mensajeros de Dios! ¿Qué es lo que debemos ver ahí, hermanos míos, sino es la infinita ternura de nuestro Creador, que para avivar nuestra conciencia, por todas partes nos propone el ejemplo de pecadores arrepentidos? Pongo la vista sobre Pedro, miro al ladrón, examino a Zaqueo, me fijo en María, y no veo otra cosa en ellos que llamadas a la esperanza y al arrepentimiento. ¿Tu fe se ve acechada por la duda? Mira a Pedro que llora amargamente lo que negó por debilidad (Mat. 26, 75). ¿Estás inflamado de cólera contra tu prójimo? Piensa en el ladrón: en plena agonía se arrepiente y gana la recompensa eterna (Luc. 23, 43). ¿La avaricia te seca el corazón? ¿Has despojado a alguien? Mira a Zaqueo que devuelve cuatro veces más los bienes que había quitado a un hombre. ¿Preso de cualquier pasión, has perdido la pureza de la carne? Contempla a María que purifica el amor a la carne en el fuego del amor divino. Sí, el Dios todopoderoso nos ofrece por todas partes ejemplos y signos de su compasión. Tengamos horror a nuestros pecados, incluso los de hace más años. El Dios todopoderoso olvida gustosamente que hemos cometido el mal, y está siempre a punto de mirar nuestro arrepentimiento como si fuera la misma inocencia. Nosotros, que después de las aguas de la salvación, las hemos ensuciado, renazcamos por nuestras lágrimas... Nuestro Redentor consolará un día vuestras lágrimas en su gozo eterno, donde vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén».
    
SAN GREGORIO MAGNOHomilía XXV sobre los Evangelios, dada en la basílica Lateranense el Jueves de Pascua; en Migne, Patrología Latina 76, cols. 1188-1196.

domingo, 7 de marzo de 2021

EL PESCADO DEBE COMERSE CON MODERACIÓN

«Cœ́terum píscium esus ita Christiáno relínquitur, ut hoc ei infirmitátis solátium, non luxúriæ páriat incéndium. Dénique qui a carne abstínet, néquaquam sumptusióra marinárum belluárum convívia præpáret [A un cristiano le está permitido comer algo de pescado, pero esto para fortalecer su debilidad, no para proporcionar incendio a su lujuria. Por eso, quien se abstiene de la carne, no debe preparar suntuosos banquetes con bestias de mar]» (SAN GREGORIO MAGNO, Carta a San Agustín, Obispo de Canterbury. En GRACIANO, Concórdia discordántium cánonum, distinción IV, caso 6.º, § 4).

martes, 23 de febrero de 2021

HIMNO “Ex more docti mýstico” PARA LA CUARESMA

  
En el Breviario Romano Tradicional se encuentra el himno “Ex more docti mýstico”, atribuido a San Gregorio Magno y que se entona en las Maitines entre el I Domingo de Cuaresma y el Sábado antes del Domingo de Pasión.
   
Este himno está escrito en dímetro yámbico, y San Gregorio Magno discurre sobre el carácter místico del número cuarenta (como hizo en su Homilía sobre San Mateo IV, 1-11 –pronunciada en San Juan Lateranense el 4 de Marzo del año 591, I Domingo de Cuaresma–) y exhorta a la observancia de las prácticas cuaresmales de reducir el alimento y la bebida, el hablar, el sueño y las horas de ocio (como se ordena en el capítulo XLIX de la Regla de San Benito –San Gregorio Magno era monje benedictino–), por la cual se ruega a Dios reciba propicio para expiar los pecados y alcanzar la vida eterna.
   
     
LATÍN
Ex more docti mýstico
Servémus hoc jejúnium,
Deno diérum círculo
Ducto quater notíssimo.
      
Lex et prophétæ prímitus
Hoc prætulérunt, póstmodum
Christus sacrávit, ómnium
Rex atque factor témporum.
     
Utámur ergo párcius
Verbis, cibis et pótibus,
Somno, jocis, et árctius
Perstémus in custódia.
    
Vitémus autem nóxia,
Quæ súbruunt mentes vagas:
Nullúmque demus cállidi
Hostis locum tyránnidi.
    
Flectámus iram víndicem,
Plorémus ante Júdicem,
Clamémus ore súpplici,
Dicámus omnes cérnui:
    
Nostris malis offéndimus
Tuam, Deus, cleméntiam:
Effúnde nobis désuper,
Remíssor, indulgéntiam.
    
Meménto quod sumus tui,
Licet cadúci, plásmatis:
Ne des honórem nóminis
Tui, precámur, álteri.
    
Laxa malum, quod fécimus,
Auge bonum, quod póscimus:
Placére quo tandem tibi
Possímus hic, et pérpetim.
    
Præsta, beáta Trínitas,
Concéde, simplex Únitas,
Ut fructuósa sint tuis
Jejuniórum múnera.
Amen.
    
TRADUCCIÓN (tomada del Breviario Romano, edición de Dom Alfonso María de Gubianas y Santandréu OSB, vol. I, Editorial Litúrgica Española S.A., Barcelona 1936, pág. 5). 
Instruídos por mística costumbre,
Guardemos este ayuno, 
Constituido por el espacio tan célebre
De los cuarenta días.
   
Así lo observaron al principio
La Ley y los Profetas,
Y consagrólo más tarde el propio Cristo,
Que hizo y gobierna todos los tiempos.
   
Moderémonos, pues, en el hablar,
En el comer, en el beber, 
en el dormir y en los juegos,
Y prolonguemos nuestras vigilias.
   
Huyamos de todo lo que pueda
Dañar nuestra mente ociosa;
No demos ocasión alguna
A nuestro insidioso enemigo.
  
Aplaquemos la justa indignación del Señor;
Lloremos ante nuestro Juez;
Clamemos con voz suplicante,
Y digamos postrados todos:
   
Oh Dios, con nuestras maldades
Hemos ofendido vuestra clemencia;
Vos que sois indulgente,
Concedednos el perdón.
   
Acordaos de que, aunque frágiles,
Somos obra de vuestras manos;
Por lo mismo os rogamos
No deis a otros el honor de vuestro nombre.
   
Perdonadnos los males cometidos;
Aumentadnos los bienes que os pedimos,
Para que aquí os podamos agradar,
Y después en la gloria eterna.
   
Concedednos, oh gloriosa Trinidad;
Haced, oh indivisa Unidad,
Que sea fructuoso a vuestros siervos,
El obsequio de nuestros ayunos.
Amén.
   
En la versión previa a la reforma del Breviario Romano por el Papa Urbano VIII en 1632, en el segundo verso de la primera estrofa decía «Servémus abstinéntia» en lugar de «Servémus hoc jejúnium», el primer verso de la cuarta estrofa decía «Péssima» en vez de «Nóxia» y los dos últimos versos eran «Nullúmque demus cállido / Hosti locum tyránnidis», la quinta estrofa estaba invertida «Dicámus omnes cérnui: / Clamémus atque sínguli, / Plorémus ante Júdicem, / Flectámus iram víndicem», y el último verso del himno dice «Hæc parcitátis múnera».
   
En la «Liturgia de las Horas» de los modernistas el himno fue dividido en dos mitades, recitadas desde el Miércoles de Ceniza hasta el V Domingo de Cuaresma (para ellos no existe el Tiempo de Pasión): la primera mitad en el Oficio de Lectura (Maitines) y la segunda en las Laudes de cada domingo, con la misma doxología final.

domingo, 22 de marzo de 2020

ORACIÓN A SAN GREGORIO MAGNO POR LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA


Oh admirable defensor y propagador de la Fe Católica, San Gregorio, desde tu sede de gloria en el Cielo mira cómo una gran porción del nobilísimo Imperio británico está sin el alba de esa santa Fe que por tu celo recibió de los hijos de San Benito enviados allá por ti, y cómo otras regiones de este miserable mundo están en peligro de perder el más precioso de los dones divinos.

Por esa ardentísima caridad que en vida te animó, obtén del Altísimo para ese Reino, el incremento y difusión de la Fe Católica, y para nosotros la gracia que nunca decaigamos en la Fe verdadera, el cual es el más severo castigo que caería sobre nosotros en punición de nuestros pecados. Amén.

viernes, 13 de marzo de 2020

LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA CIERRA SUS IGLESIAS POR “SENTIDO DE PERTENENCIA A LA FAMILIA HUMANA”

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA. Caricatura tomada de GLORIA NEWS.
   
 
Una Iglesia de tierra y de cielo
   
Vivimos una situación gravísima en el plano sanitario –con hospitales sobrepoblados, personal sanitario expuesto en primera línea– como en el económico, con consecuencias enormes para las familias de todo el País, con con mayor razón para aquellas ya en dificultad o al límite de la subsistencia.
  
Las comunicaciones del Gobierno representan un esfuerzo de aliento, en el seno de un cuadro de honesto realismo, con las cuales se pide a todo ciudadano un suplemento de responsabilidad. A este respecto, hacemos nuestras las palabras de esta mañana del Santo Padre Francisco: “Sobre todo, yo quisiera pediros orar por las autoridades: ellas deben decidir y tantas veces decidir sobre medidas que no gustan al pueblo. Pero es por nuestro bien. Y tantas veces, la autoridad se siente sola, no entendida. Oremos por nuestros gobernantes que deben tomar la decisión sobre estas medidas: que se sientan acompañados por la oración del pueblo”.
    
La Iglesia está, está presente. A partir de sus Pastores –Obispos y sacerdotes– comparte las preocupaciones y los sufrimientos de toda la población. Está cercana en la oración: el apuntamiento con el Rosario en familia promovido para el día de San José es sólo un ejemplo de una oración que se eleva continua. La televisión, la radio, las plataformas digitales son ambientes que –si bien no podrán nunca sustituir la riqueza del encuentro personal– revelan potenciales extraordinarias para sostener la fe del Pueblo de Dios.
    
La nuestra es una Iglesia presente también en este rompedor, en la caridad: somos edificados por tantos voluntarios de las Cáritas, de las parroquias, de los grupos, de las asociaciones juveniles, de las Misericordias, de las Confraternidades… que se realizan para levantar y ayudar a los más débiles.
  
“Los cristianos no se diferencian de los otros hombres –observa la carta a Diogneto–: viven en la carne, pero no según la carne. Viven sobre la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo”.
     
Es con esta mirada de confianza, esperanza y caridad que entendemos enfrentar esta estación. Es parte también parte el compartir las limitaciones a las cuales está sometido cada ciudadano. A cada uno, en particular, viene pedido tener la máxima atención, porque una eventual imprudencia suya en observar las medidas sanitarias podría dañar a otras personas.
   
De esta responsabilidad puede ser expresión también la decisión de cerrar las iglesias. Esto no es porque el Estado lo imponga, sino por un sentido de pertenencia a la familia humana, expuesta a un virus del cual aún no conocemos la naturaleza ni la propagación.
   
Los sacerdotes celebran cotidianamente para el Pueblo, viven la adoración eucarística con un mayor suplemento de tiempo y de oración. Respecto de las normas sanitarias, se hacen próximos a los hermanos y a las hermanas, especialmente los más necesitados.
   
Sabemos poder contar con una oración continua por el País por los monasterios y comunidades religiosas.
  
Con este espíritu, vivamos los días que tenemos por delante: aquellos hasta el 25 de marzo (término del actual decreto), los sucesivos, en los cuales queda en vigor el decreto precedente (hasta el 3 de abril), los que vendrán.
   
Días, todos, llenos de confianza en el Misterio pascual.
   
La Presidencia de la Conferencia Episcopal Italiana
   
Roma, 12 de marzo de 2020
  
COMENTARIO: A los de la CEI (como también sus pares de Japón y Austria) se les olvidó lo de la “Iglesia hospital de campaña” y “en salida” de lo que tanto presume Bergoglio. Ahora sí están poniendo los muros que él tanto odia. Pero como hay también lo positivo de la situación, por lo menos los fieles no van a seguir escuchando (durante unos días) las peroratas ecologistoides y comunistas de estos falsos pastores que se apacientan a sí mismos, mercenarios que sólo les interesa su paga y al ver al lobo, huyen espantados.
  
Y sobre Bergoglio, está hablando como el subalterno de la ONU que es él (y sus antecesores desde Montini), ordenando sumisión a las autoridades masónicas que gobiernan Italia, España y casi toda Latinoamérica. Nada que ver con San Gregorio Magno, cuya fiesta celebramos apenas el día de ayer. San Gregorio Magno tuvo que enfrentar la peste del año 590, que vino desde Bizancio y los francos y había segado la vida de su antecesor Pelagio II el 5 de febrero. San Gregorio Magno fue electo Papa el 3 de septiembre.

Refiere su homónimo San Gregorio de Tours que en la iglesia de Santa Sabina, San Gregorio Magno invitó a los romanos a imitar, contritos y penitentes, el ejemplo de los ninivitas:
«Mirad a vuestro alrededor y ved la espada de la ira de Dios desenvainada sobre todo el pueblo. La muerte nos arrebata repentinamente del mundo sin concedernos un instante de tregua. ¡Cuántos en este mismo momento están en poder del mal a nuestro alrededor sin poder pensar siquiera en la penitencia!»,
y ordenó que de todas las iglesias de Roma saliera el pueblo en procesión, formando siete coros, hacia la basílica de San Pedro (así nacieron nuestras Letanías Mayores). Aun cuando ochenta personas cayeron muertas durante una hora, el Papa ordenó seguir adelante y llevar en procesión el milagroso cuadro de Nuestra Señora de Ara Cœli, el cual, según recopila el beato Santiago de Vorágine OP en su Leyenda Dorada, a su paso se limpiaban los aires y, cuando llegaron al puente frente al mausoleo de Adriano (conocido entonces como Castillo de Crescente), se oyó cantar un coro de Ángeles que decía «¡Regína Cœli, lætáre, Allelúja / Quia quem meruísti portáre, Allelúja / Resurréxit sicut dixit, Allelúja!», y San Gregorio respondió en voz alta: «¡Ora pro nobis Deum, rogámus, Allelúja!» (así nació el Regína Cœli que sustituye al Ángelus durante la Pascua) y vio a San Miguel Arcángel desde lo alto del castillo enfundando su espada. San Gregorio comprendió que la epidemia cesó, y desde entonces se conoce el lugar como Castillo del Santo Ángel.
   
Procesión de San Gregorio Magno (miniatura de los hermanos Limbourg en “Las muy ricas horas del duque de Berry”, folios 71 verso y 72 recto).

martes, 8 de octubre de 2019

EL SILENCIO DE LOS PASTORES MATA A LAS ALMAS (Nuestro 3000º artículo)

   
«Nos rei esse osténdimur, qui Sacerdótes vocámur; qui super ea mala, quæ própria habémus, aliénas quóque mortem áddimus, qui tot occídimus, quod ad mortem ire quotídie tépidi, e tacéntes vidémus» (Nosotros, que nos llamamos Sacerdotes, seremos mostrados como reos, además de los males que tenemos como propios, de los de aquellos que conducimos a la muerte, porque todos los días matamos con nuestra tibieza y silencio a cuantos vemos ir a la condenación eterna). 

SAN GREGORIO MAGNO, Homilía XI sobre Ezequiel.

lunes, 12 de agosto de 2019

LAS COINCIDENCIAS TRIDENTINAS DEL TISHA B’AV

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
  
El 10 y el 11 de agosto apenas transcurridos, los judíos han celebrado Tisha b’Av (תִּשְׁעָה בְּאָב, el 9 de Av), o sea el luto y el ayuno en memoria de las dos destrucciones del Templo (586 a.C. y 70 d.C.), del inicio de la derrota de Simón bar Kojba de la tercera guerra judaica (136 d.C.) y de otras calamidades importantes en el pueblo hebraico.
  
La divina Providencia (como nos recuerda en Facebook el amigo Enzo Gallo, a quien agradecemos) ha dispuesto que tal conmemoración coincidiese, este año, con la IX Domínica después de Pentecostés, en cuyo Oficio Litúrgico se hace memoria de una de las calamidades recordadas: la toma de Jerusalén por parte de Tito en el año 70 y la destrucción del Segundo Templo (ver aquí y aquí). 
  
De hecho, el Evangelio de San Lucas (Luc XIX, 41-47) que se lee en la Misa relata la lacrimosa profecía de Jesucristo sobre la ciudad infiel:
«En aquel tiempo, al llegar Jesús cerca de Jerusalén, poniéndose a mirar esta ciudad, derramó lágrimas sobre ella, diciendo: “¡Ah! si conocieses también tú, por lo menos este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz; mas ahora está todo ello oculto a tus ojos. La lástima es que vendrán unos días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán, con los hijos tuyos, que tendrás encerrados dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado”. Y habiendo entrado en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en él, diciéndoles: “Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la tenéis hecha una cueva de ladrones”. Y enseñaba todos los días en el templo».
Después la Iglesia, por boca de San Gregorio Magno (Homilía 39 in Evangélia) comenta en las Maitines el episodio:
«Que el Señor, llorando, había predicho la destrucción de Jerusalén, que fue cumplida por Vespasiano y Tito emperadores romanos, ninguno, que haya leído la historia d esta misma destrucción, lo ignora. De hecho, los emperadores Romanos son indicados con estas palabras: “Vvendrán unos días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán”. También lo que sigue: “no dejarán en ti piedra sobre piedra” es verificado por la destrucción de la misma ciudad; porque mientras la actual fue construida fuera de la puerta, en el lugar donde el Señor fue crucificado, la primera Jerusalén fue, dicen, destruida desde sus fundamentos. Y se resalta inclusa la culpa por la cual le fue infligida la pena de su destrucción: “por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado”. De hecho el Creador de los hombres se dignó visitar esta ciudad con el misterio de su encarnación, pero ella no se acordó de rendirle respeto y amor. Donde también el profeta, al reprobar el corazón humano, llama en testimonio las aves del cielo: “El milano conoce por la variación de la atmósfera su tiempo; la tórtola, y la golondrina y la cigüeña saben discernir constantemente la estación o tiempo de su trasmigración; pero mi pueblo no ha conocido el tiempo del juicio del Señor” (Jer. VIII, 7). Mientras precisamente el Redentor lloraba sobre la ruina de esta pérfida ciudad, ella no conocía que esa le debía sobrellegar. Donde el Señor, llorando, le dice justamente: “porque si conocieses también tú, por lo menos este día”, dando a entender: llorarás; tú que exultas ahora, porque no conoces al que te domina. Por eso incluso agrega: “por lo menos este día que se te ha dado, (conocieses) lo que puede atraerte la paz”. De hecho, mientras ella se abandonaba al placer y no preveía los males futuros; en este día, que todavía era suyo, ella tenía el que podía asegurarle la paz».
La Sinagoga repudiada sobre la que deciende todavía “la sangre imprecada” está desde el 70 sin Templo, sin sacrificios, sin sacerdocio, emborrachada en las supersticiones talmúdicas y cegada por el rechazo de aquel Mesías que no reconoció cuando vino a visitarla, sino que lo mató por mano de los Paganos e incluso lo perseguía (ver aquí). No nos queda más que orar por su conversión: Jerúsalem, Jerúsalem, convértere ad Dóminum Deum tuum! ¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor tu Dios!

domingo, 23 de junio de 2019

LA CARIDAD NO SE PIERDE AL ALEGRARSE DEL MAL AJENO, SI LE REPRESENTA OPORTUNIDAD DE CONVERSIÓN O PARA CESAR EL ESCÁNDALO

«Tal vez es lícito complacerse en el mal temporal de alguno, cuando se espera que de aquel mal temporal ha de resultar un bien espiritual a él, o a otros. Por ejemplo, si el que sufre el mal fuese un pecador obstinado o escandaloso, dice San Gregorio, que es lícito alegrarse de él, o de que caiga enfermo, o que se empobrezca, para que deje su mala vida, o cese de escandalizar a los demás: “Eveníre plerúmque potest, ut, non amíssa charitáte, et inimíci nostri ruína lætíficet, et ejus glória sine invídiæ contrístet: cum et, ruénte eo, quósdam bene érigi crédimus, et proficiénte illo, plerósque injúste opprími formidámus” [Puede acontecer muchas veces, que sin perder la caridad nos alegremos de la ruina de un enemigo nuestro, y sin pecado de envidia nos entristezca su gloria, como por ejemplo, cuando su caída sirve para aliviar a muchos de sus miserias, y cuando tememos que su prosperidad le sirva para oprimir injustamente a muchos otros] (Morália sive Exposítio in Job, libro XXII, cap. 2)».

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Sermón para la Domínica I después de Pentecostés “La Caridad con el prójimo”, punto 1.3: De la Caridad en pensamiento. En Sermones abreviados para todas las domínicas del año. Barcelona, Librería de Pons y Cía, 1865, pág. 253.

lunes, 3 de septiembre de 2018

ENCÍCLICA «Jucúnda Sane», SOBRE SAN GREGORIO MAGNO Y LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES GOBIERNAN LA IGLESIA

En estos tiempos actuales, en los cuales vemos que no hay autoridad visible en la Iglesia por la Sede Vacante, y que los usurpadores de la deuterovaticanidad han demostrado ser malos estadistas y pésimos pastores (en realidad ni eso), siendo que la autoridad que se arroga el usurpador actual está en franco tambaleo por sus encubrimientos y la falta de la fe Católica, conviene recordar las palabras que San Pío X redactara en su Encíclica «Jucúnda Sane» sobre el heroico ejemplo de San Gregorio Magno, quien no sólo levantó a una Roma postrada tras la caída del Imperio, sino que dirigió la Iglesia con sabiduría y celo de Dios por las almas.
  
A este ejemplo de San Gregorio Magno, el Papa San Pío X resuelve imitar durante su pontificado, y exhorta a los obispos y sacerdotes para que en su ministerio se comprometan a restaurar en Cristo todas las cosas, llevando una vida piadosa y predicando la sana doctrina, condenando los errores modernos que estaban entonces comenzando a calar en materia bíblica e histórica.
 
ENCÍCLICA «Jucúnda Sane», SOBRE SAN GREGORIO MAGNO Y LA RESPONSABILIDAD DE QUIENES GOBIERNAN LA IGLESIA
  
Papa San Pío X
  
A nuestros Veneables hermanos, los Patriarcas, Primados. Arzobispos, Obispos y demás ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
  
Venerables hermanos: Salud y Bendición Apostólica.
  
HUELLA DE SAN GREGORIO EL GRANDE
Nos viene a la memoria, Venerables Hermanos, el gozoso recuerdo de aquel grande e incomparable varón [1], el Pontífice Gregorio, primero que utilizó ese nombre, del que vamos a celebrar el décimo tercer centenario de su muerte. No sin una especial providencia de Dios, que «da la muerte y la vida..., que humilla y ensalza» [2], hemos de volver los ojos a este santo e ilustre predecesor, ornato y gala de la Iglesia, para que, también vosotros, Venerables Hermanos, llamados a participar en Nuestro apostolado, y todos los fieles que nos han sido encomendados, saquemos adelante cumplidamente nuestra misión, a pesar de las innumerables preocupaciones de Nuestro ministerio apostólico, en medio de tantas y tan profundas ansiedades en que hemos de gobernar la Iglesia universal y de las inquietudes que nos agobian. El ánimo ciertamente se eleva para tener confianza en su poderosa intercesión ante Dios, y es un gozo recordar todo lo que dispuso con sublime magisterio y lo que tan santamente realizó. Porque si con su firme gobierno y con la fecundidad de sus virtudes dejó en la Iglesia una huella tan amplia, tan profunda, tan clara que mereció ser llamado el Grande por sus contemporáneos y por la posteridad -y aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, es actual la alabanza escrita en su sepulcro: «vivió siempre lleno de bondades» [3]-, no podemos menos que seguir su admirabIe ejemplo y, con la ayuda de Dios y a pesar de la fragilidad humana, cumplir con nuestros deberes.
  
ASÍ ESTABAN LAS COSAS CUANDO LLEGÓ AL PONTIFICADO
Apenas es necesario recordar lo que ya es conocido por los datos de la historia. Cuando Gregorio asumió el supremo pontificado, era grande la perturbación de la sociedad; casi extinguida la vieja cultura, el imperio romano decaía dominado e invadido por toda suerte de barbarie. Italia, abandonada por los emperadores de Bizancio, era presa de los Longobardos que, sin asentarse, devastaban todo a hierro y a fuego en sus correrías, dejando todo sumido en luto y muerte. La misma Roma, asediada exteriormente por los enemigos, y afligida desde dentro por la peste, las inundaciones y el hambre, había llegado a tal extremo de miseria, que parecía no tener medio de salvar a sus habitantes ni a los que se refugiaban en ella. Hombres de toda clase y condición, obispos, sacerdotes que llevaban consigo los vasos sagrados para librarlos del pillaje, los religiosos y las esposas sin mancilla de Cristo: todos huían de la espada enemiga o de la inicua violencia de gente impía. El mismo Gregorio nos describe la Iglesia de Roma [4]: «una vieja nave, deshecha por la violencia... que hace agua por todas partes rota a diario por los embates de la tempestad y cuyas tablas carcomidas anuncian el naufragio». Sin embargo, Dios envió para salvarla el piloto que hacía falta, y éste, empuñando el timón, llevarla a puerto entre aquel oleaje proceloso, guardándola de futuras tormentas.
  
LO QUE HIZO EN TRECE AÑOS
Es de admirar todo lo que hizo en poco más de trece años de pontificado. Sobresalió en la restauración de la vida cristiana en general: reanimó la piedad de los fieles, la observancia de los religiosos; la disciplina del clero y el celo pastoral de los sagrados obispos. Fue como un prudentísimo padre en Cristo [5], custodio del patrimonio eclesiástico, que atendió liberalmente y con abundancia las necesidades del pueblo, de la sociedad cristiana y de cada iglesia en particular. Como verdadero enviado de Dios [6], llevó sus energías de organizador más allá de los límites de Roma, y se empleó en el bien de toda la sociedad. Hizo frente a las injustas exigencias de los emperadores de Bizancio, puso límite a la insolencia de los exarcas y funcionarios imperiales, y, como paladín de la justicia social, frenó su execrable avaricia. Aplacó la ferocidad de los Longobardos, no temiendo salir a las mismas puertas de Roma para enfrentarse con Agilulfo, lo mismo que León Magno hiciera con Atila; no desistió en su empeño y ruegos amables hasta ver a aquellas temibles gentes finalmente pacificadas y organizadas con un gobierno y convertidas a la fe católica, cosa que consiguió con la ayuda de la piadosa reina Teodolinda, hija suya en Cristo. Por eso, se le aplica justamente el calificativo de defensor y libertador de Italia, tierra a la que él llama cariñosamente suya [7]. Gracias a sus inagotables atenciones pastorales, acabó con los errores que subsistían en Italia y África organizando la Iglesia en Francia, e impulsó la reciente conversión de los visigodos en España. También convirtió a la verdadera fe de Cristo al noble pueblo británico, que en los remotos confines del mundo, permanece todavía infiel, adorando ídolos de madera y piedra [8], Al enterarse de tan preciosa adquisición, Gregorio tuvo un gozo similar al del padre que abraza a su hijo queridísimo, ofreciéndoselo a Jesús Salvador, por cuyo amor -como él mismo dijo- «nos encontramos en Bretaña con unos hermanos a quienes no conocíamos; por cuya mediación encontramos a quienes, sin saberlo buscábamos» [9], Esas gentes estaban tan agradecidos al santo Pontífice, que le llamaban nuestro maestro, nuestro Apóstol, nuestro Papa, nuestro Gregorio, como si fuese el resello de su apostolado. En fin, fue tanto lo que hizo, que el recuerdo de sus hechos se grabó profundamente en las generaciones posteriores, sobre todo en la Edad Media, hasta el punto de poder decirse que su espíritu las informaba, sus palabras eran como el alimento espiritual, y procuraban imitar su vida y sus costumbres; felizmente, una sociedad inspirada en el cristianismo sustituía a la romana que, con el transcurso del tiempo, había dejado de existir.
   
SU VISIÓN SOBRENATURAL Y SU HUMILDAD
¡Este cambio es obra de la diestra del Altísimo! Y es justo afirmar que Gregorio tuvo el firme convencimiento de que era la mano de Dios la que había hecho aquello. Con las siguientes palabras sobre la conversión de Bretaña -que pueden aplicarse a todo cuanto hizo durante su ministerio apostólico-, se dirige al santo monje Agustín: «¿De quién es obra esto, sino del que dijo: mi Padre sigue actuando, y yo también actúo?» [10]. Para demostrar que la conversión del mundo no se debe a la sabiduría humana, sino a Su poder, eligió como predicadores a los ignorantes, enviándolos al mundo; lo mismo ha ocurrido con el pueblo inglés, porque se ha dignado hacer cosas grandes por medio de los débiles [11]. No se Nos oculta todo lo que el Santo Pontífice, lleno de humildad, no quería atribuirse: su pericia para resolver los asuntos, su habilidad para llevar a feliz término lo que había empezado; su admirable prudencia en las decisiones, su diligente vigilancia y su constante celo. Y también es evidente que no apeteció la fuerza y el poder, como los reyes de este mundo, quien -ocupando la más encumbrada dignidad pontificia-, quiso ser el primero en llamarse «Siervo de los siervos de Dios»; no sacó adelante su carga sólo con ciencia humana o con persuasivas palabras de humana sabiduría [12]; su prudencia no se apoyó en puntos de vista mundanos; tampoco se dedicó a estudiar con prolongado detenimiento los medios de mejorar la sociedad, para ponerlos luego en práctica; finalmente, es admirable que todo eso no respondió aun plan preconcebido que él se hubiese propuesto desarrollar paulatinamente en su ministerio apostólico; por el contrario, como es sabido, tenía la idea fija de que el fin del mundo estaba próximo, y que le quedaba poco tiempo para hacer algo importante. Siendo su cuerpo flaco y débil, aquejado de constantes enfermedades, con frecuencia al borde de la muerte, tenía una increíble fuerza de espíritu, a la que continuamente proporcionaba nuevo aliento su fe viva en la palabra segura de Cristo y en sus divinas promesas. También confió plenamente en el poder divino entregado a la Iglesia, para poder cumplir bien su ministerio la tierra.
  
Como lo demuestra todo lo que dijo e hizo, durante toda su vida se propuso fomentar en sí mismo esa fe y esa confianza, despertándolas con fuerza en los demás; y mientras le llegaba su último día, procuró hacer siempre lo mejor, en todo lo posible. De ahí la firme decisión de este santo de hacer llegar, para la salvación de todos, la abundancia de dones celestiales, con que Dios enriqueció a la Iglesia: la certísima verdad de la doctrina revelada, y su eficaz predicación, como está demostrado; los sacramentos, que tienen el poder de infundir o aumentar la vida del alma; y, por último, con el favor del auxilio divino, la gracia de la oración hecha en nombre de Cristo.
      
NOS PROPONEMOS IMITARLE
El recuerdo de todo esto, Venerables Hermanos, Nos conforta gratamente, y si miramos a nuestro alrededor desde las alturas del Vaticano, sentimos el mismo temor -o mayor quizá- que sintiera Gregorio: tantas son las tempestades que se desencadenan y tantos los ejércitos enemigos que acosan; nos parece estar tan desasistidos de todo poder humano, que no nos vemos con fuerzas para dominar a aquéllas ni para resistir el empuje de éstos. Pero al buscar un punto de apoyo, un suelo firme para esta Sede pontificia, Nos sentimos seguros en la roca de la Santa Iglesia. «¿Quién ignora, escribía Gregorio al patriarca Eulogio de Alejandría, que la Iglesia Santa se apoya en la solidez del Príncipe de los Apóstoles, solidez que nos hace recordar que el nombre de Pedro proviene de piedra?» [13]. La eficacia divina de la Iglesia no ha disminuido con el paso del tiempo, ni las promesas de Cristo han traicionado a la esperanza; esas promesas son las mismas que fortalecían el ánimo de Gregorio, y las que Nos fortalecen, por encima de tantas dificultades actuales y de tantas vicisitudes por las que estamos atravesando.
  
Los reinos y los imperios desaparecen; con frecuencia, las naciones se destruyeron a sí mismas, a pesar de su fama y de su cultura, como agostadas por la vejez. Pero la Iglesia, fiel a su propia naturaleza, sin romper jamás el lazo que la une al celestial Esposo, vive hasta hoy como una flor de juventud perenne, sostenida por la fuerza que proviene del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz. Los poderosos de la tierra la combatieron; ellos han desaparecido, ella sobrevive. Los filósofos inventaron mil caminos, alabándose a sí mismos, como si por fin hubieran conseguido destruir la doctrina de la Iglesia, hundir los fundamentos de la fe y demostrar lo absurdo de su magisterio. Sin embargo, la historia enseña que aquellos caminos terminaron desiertos, mientras que la luz de la verdad que procede de Pedro ilumina con la misma intensidad con que Jesús la hizo nacer y la mantiene según la divina sentencia: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no fallarán» [14].
   
LA IGLESIA, LUZ Y FUERZA DEL MUNDO
Nos, con esta fe y apoyados en esta roca, sin dejar de hacernos cargo de los gravísimos deberes del sagrado gobierno y del poder divino que Nos sostiene, esperamos que callen las voces de los vocingleros y que desaparezcan para siempre de la Iglesia católica sus doctrinas; no tardaremos mucho en ver cómo se abandonan las afirmaciones de una ciencia y de una cultura que rechaza a Dios, o en ver cómo desparecen de la sociedad. Entretanto, no podemos dejar de recordar todos, como hizo Gregorio, cuánta es la necesidad de recurrir a la Iglesia, que da la salvación eterna junto con la paz y la prosperidad terrenas en esta vida.
  
Así, como decía aquel santo Pontífice, «orientad los pasos de la mente, como habéis hecho desde el principio, hacia la seguridad de esa roca sobre la que nuestro Redentor, como sabéis, fundó la Iglesia en todo el mundo, de manera que el recto andar de un corazón sincero no se aparte por caminos equivocados» [15]. Sólo la caridad y la unión con la Iglesia unen lo dividido, pone orden en la confusión, nivela desigualdades y acaba con la imperfección [16]. Estad seguros de que nadie puede gobernar lo terreno si no sabe tratar lo divino, y que la paz de la sociedad depende de la paz de la Iglesia universal [17].
  
De ahí la necesidad de un perfecto entendimiento entre la potestad eclesiástica y la civil, pues la providencia de Dios quiso que se ayudasen mutuamente. En efecto, la autoridad sobre todos los hombres proviene del cielo para ayudar a quienes buscan el bien, para ensanchar el camino de la gloria y para que el reino de la tierra sirva al de que los cielos [18].
   
De estos principios brotaba aquella invencible fortaleza de Gregorio que Nos, con la gracia de Dios, trataremos de imitar, poniendo todos los medios para mantener incólumes los derechos y los privilegios de los que el Pontificado romano es custodio y defensor ante Dios y ante los hombres. De ahí que el mismo Gregorio, hablando de los derechos de la Iglesia universal, escribiese a los patriarcas de Alejandría y Antioquía: «hasta con la muerte debemos protegerlos, porque si no amamos especialmente lo nuestro, dañamos a todos» [19]. Y a Mauricio Augusto: «ante quien con arrogancia alza su cabeza contra el Señor omnipotente y contra lo establecido por los Padres, yo, confiado en Dios todopoderoso, no inclinaré la mía, aunque me amenace con la espada» [20]. Y al diácono Sabiniano: «Estoy dispuesto a morir antes que apartarme de la Iglesia del Santo Apóstol Pedro. Conoces bien mi manera de proceder, porque soy capaz de soportar mucho, pero si decido no soportar más, estoy dispuesto a enfrentarme a todos los peligros» [21].
  
Estas eran las principales enseñanzas del Pontífice Gregorio, obedecidas por todos aquellos a quienes se dirigían, y como los gobernantes y el pueblo hacían caso de ellas, el mundo se encaminaba por la buena senda hacia una convivencia noble y fecunda, tanto mas cuanto que descansaban firmemente en los fundamentos de un recto uso de la razón y de una rectitud de costumbres, que sacaban su fuerza de la doctrina revelada por Dios y de los preceptos del Evangelio.
   
Pero en aquella época, las gentes, aunque ignorantes, incultas y carentes de sentimientos, buscaban la vida; y de nadie podían recibirla sino de Cristo a través de la Iglesia: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia [22]. En efecto, la tuvieron ampliamente, puesto que, como la vida sobrenatural procede de la Iglesia, en ella se incluyen y fomentan también las fuerzas que dan vida al orden natural, «Si la raíz es santa, también lo serán las ramas, decía San Pablo a los gentiles, ... y tú, siendo acebuche, participaste con ellas de la raíz y de la abundancia del olivo» [23].
   
LA SITUACIÓN DE NUESTROS DÍAS
Nuestro tiempo, aunque está tan iluminado por el espíritu cristiano que no tiene punto de comparación con el tiempo de Gregorio, sin embargo, parece despreciar la vida de la que principal -y, con frecuencia únicamente- proceden como de una fuente los bienes pasados y presentes, y no sólo eso, sino que con errores y disensiones renovados, se trunca a sí mismo como rama inútil, y busca la raíz profunda del árbol -la Iglesia- pretendiendo secar su savia vital, para abatirlo definitivamente e impedir que vuelva a retoñar.
   
Este error moderno, el mayor de todos y del que proceden los demás, es la causa, que tanto nos duele, de la pérdida de la salvación eterna de los hombres y de los muchos daños que sufre la religión, que se harán mucho peores si no se les aplica la medicina. Niegan la existencia de todo orden sobrenatural: que Dios sea el creador de todas las cosas y que su providencia gobierne todo; niegan que haya milagros y, negándolos, necesariamente destruyen los fundamentos de la religión cristiana. Atacan los argumentos que demuestran la existencia de Dios, y con increíble temeridad -contra los primeros principios de la razón-, se rechaza el poderoso argumento, que no admite prueba en contrario, de que la causa, es decir Dios y sus atributos se conoce por los efectos. Las perfecciones invisibles de Dios, incluidos su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas [24].
   
Después de esto, queda abierto camino fácil a otros fantásticos errores, que repugnan a la recta razón y corrompen las buenas costumbres. En la gratuita negación del orden sobrenatural a la que se puede llamar «falsa ciencia» [25], se apoyan críticas históricas igualmente falsas. Todo lo que de algún modo forma parte del orden sobrenatural, o lo constituye, o está unido a él o lo presupone, o lo que sin él no tiene explicación, es borrado de la historia sin haberlo siquiera investigado; eso ocurre con la divinidad de Jesucristo; con su carne mortal asumida por obra del Espíritu Santo; con el hecho de que, por su propio poder, resucitó de entre los muertos; y, finalmente, con las demás verdades de nuestra fe. Una vez emprendido ese falso camino, la ciencia no acepta ninguna ley crítica y, confiando en sí misma, suprime de los sagrados todo lo que no le favorece, o juzga que se opone a sus demostraciones. Negado el orden sobrenatural, es necesario buscar otro fundamento a la historia de los orígenes de la Iglesia, e inventan novedades a su antojo, buscan argumentos que se acomodan a su gusto, y no al sentir de los autores.
  
Con semejante aparato doctrinal y tan falsos argumentos, engañan de tal modo a muchos, que éstos abandonan la fe o se debilitan grandemente en ella. Hay también quienes, aun constantes en su fe, critican implacablemente la disciplina, como si fuese la causa del mal, cuando en realidad no es así, sino que, utilizada legítimamente, conduce a investigar con óptimos resultados. Pero ninguno cae en la cuenta de lo que inadvertidamente están admitiendo y proponiendo: una ciencia falsa, que por necesidad les lleva a conclusiones también falsas. Es evidente que todo es confusión, si se parte de un falso principio filosófico. Estos errores nunca podrán ser suficientemente desmentidos, si no se buscan en su misma raíz, es decir, si no se aparta a los equivocados de las posiciones en que se consideran seguros y se les lleva al legítimo campo de la filosofía, cuyo abandono les llenó de errores.
  
Es triste tener que aplicar a hombres de tanta inteligencia y tan cultos las palabras de Pablo, que increpa a quienes no han sido capaces de elevarse desde la tierra hasta lo que no se ve con los ojos: «Devanearon en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas; y alardeando de sabios, vinieron a ser necios» [26]. Completamente necio debe ser llamado todo aquel que utiliza el poder de su inteligencia para construir sobre arena.
  
No son menos dolorosas las desgracias que, para las costumbres humanas y para la vida de la sociedad civil, se siguen de esa negación. Al negar que haya algo divino fuera de la naturaleza visible, no queda nada para controlar las pasiones desatadas y nefandas, que se apoderan de las almas y les causan gravísimos daños. «De suerte que Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impureza, en tanto grado, que ellos mismos deshonraron sus propios cuerpos» [27]. No se os oculta, Venerables Hermanos, cómo se extiende por todas partes la calamidad de costumbres corrompidas, que el poder civil no será capaz de contener, si no busca la ayuda de ese orden más alto, al que nos referimos. Ni tampoco habrá autoridad humana alguna que pueda curar los demás males, si olvida o niega que todo poder viene de Dios. Ese es el único freno con cuya fuerza se puede gobernar, pero esa fuerza ni se emplea con constancia ni está siempre en a mano; y eso lleva consigo que el pueblo padezca como una enfermedad oculta, que no tenga estímulo para nada, que se conduzca a su antojo, que fomente las discordias, alimentando así los más perturbadores desórdenes sociales, y que trastorne todos los derechos humanos y divinos. Olvidando a Dios, no se respetan las leyes civiles, ni las instituciones necesarias; se desprecia la justicia y se oprime hasta la libertad que es un derecho natural; se llega al extremo de disolver la unidad de la familia, que es el primer y más firme fundamento de la sociedad civil. Así, es muy difícil proporcionar a estos tiempos, tan hostiles a Cristo, los eficaces remedios que Él entregó a su Iglesia para cumplir la misión de regir a los pueblos.
  
Sin embargo, fuera de Cristo no hay salvación: «Pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, por el cual debamos salvarnos» [28]. Es preciso volverse hacia Él, echarse a sus pies, y escuchar las palabras de vida eterna que salen de su divina boca; sólo Él puede indicar el camino para encontrar la salvación; sólo Él puede dar la vida; sólo puede dar la vida quien dijo de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» [29]. De nuevo se ha intentado el gobierno de los asuntos temporales fuera de Cristo; se comenzó a edificar rechazando la piedra fundamental, como Pedro echó en cara a los que crucificaron a Cristo. Una vez más, el sillar se desliza para abatir la cerviz de los que edifican. Jesús sigue siendo la piedra angular de la sociedad humana, que está comprobando la verdad de que la salvación no está más que en Él: «Este es aquella piedra que vosotros desechásteis al edificar, que ha venido a ser piedra angular, y fuera de Él no hay salvación» [30].
   
LA RESPONSABILIDAD DE LOS PASTORES
Por todo esto, comprenderéis fácilmente, VenerabIes Hermanos, hasta qué punto nos acucia a cada uno de nosotros la necesidad de fomentar, todo lo que podamos y con todas nuestras fuerzas, la vida sobrenatural en todos los órdenes de la sociedad humana, desde el más humilde trabajador que con sudor gana cada día su pan, hasta los más poderosos rectores de la tierra. En primer lugar, pidiendo a Dios misericordia -con la oración privada y pública- para que nos conceda su poderoso auxilio, con la misma voz con que clamaban los Apóstoles, zarandeados por la tempestad: «Señor, sálvanos, que perecemos» [31].
  
Pero aun esto es poco. Gregorio culpaba al obispo que, apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defender decididamente la causa del Señor: «Lleva inútilmente el nombre de obispo» [32], decía con razón. Hay que iluminar las inteligencias predicando constantemente la verdad, y refutando las malas teorías con una verdadera y sólida ciencia filosófica y teológica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica. Además conviene que se hagan llegar a todos las enseñanzas morales de Cristo, para que aprendan a ser dueños de sí mismos, a dominar las pasiones, a reprimir la orgullosa soberbia, a obedecer a la autoridad, a vivir la justicia, a ser caritativos con todos, a mitigar con amor cristiano los odios que hay en la sociedad entre los de fortuna desigual, de modo que todos se conformen con lo que la Providencia les haya dado, y procuren mejorar cumpliendo bien su trabajo; y, sin abismarse en los bienes de la tierra, pongan su esperanza en los bienes sempiternos de la vida futura. Sobre todo, debe procurarse que estas ideas se inculquen y se asienten en el alma de modo que sean más profundas las raíces de una verdadera y sólida piedad, y que cada uno cumpla sus deberes de hombre y de cristiano no de palabra, sino de verdad, y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; robustecidos con la gracia de los Sacramentos, acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.
   
Estas obligaciones del sagrado ministerio deberán estar empapadas en el amor de Cristo, con cuya inspiración no habrá ningún caído a quien no levantemos, ni afligido sin consuelo, ni necesidad alguna a la que no acudamos. Debemos vivir tan plenamente esta caridad, que ante ella desaparezcan nuestros problemas personales, olvidando nuestro propio interés y nuestra comodidad, de modo que hechos todo para todos [33], busquemos la salvación de todos, incluso a costa de nuestra vida, imitando el ejemplo de Jesucristo, que decía a los pastores de la Iglesia: «el buen pastor da su vida por sus ovejas» [34]. En magníficos documentos se recogen los escritos que Gregorio dejó, aunque dio un ejemplo todavía más valioso con su admirable vida que con sus palabras.
  
LO QUE LOS PASTORES NO DEBEN HACER
Por todo esto, que surge necesariamente de los principios de la revelación cristiana y de las íntimas obligaciones de nuestro apostolado, ya veis, Venerables Hermanos, cuánto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, In vera distribuyen abundante la mal llamada ciencia, movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» [35].
   
También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. «Al proponer la verdad, será prudente proceder con tacto; cuando se hayan de tratar asuntos con quienes desprecian nuestras instituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada» [36]. Pero este procedimiento se quedaría en prudencia de la carne, si se pusiese en práctica así, sin más; sobre todo, porque daría la impresión de que se tiene en poco a la gracia divina -que no sólo se concede a los sacerdotes, sino a todos los fieles de Cristo-, y con la que nuestras palabras y nuestros hechos acaban venciendo toda resistencia. Esta clase de prudencia fue desconocida para Gregorio, tanto en la predicación del Evangelio, como en todo lo que admirablemente hizo para remediar las desgracias del prójimo. Siempre siguió las huellas de los Apóstoles, que al recibir la primera misión de anunciar a Cristo por la tierra, decían: «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para pus los gentiles» [37]. Porque si ha existido algún tiempo en que pareciese más oportuna la prudencia humana, fue aquél, sin duda, ya que los ánimos no estaban preparados para recibir una doctrina nueva que contrastaba con las ambiciones generales, y tan opuesta a la magnífica cultura de los griegos y los romanos. Sin embargo, los Apóstoles no hicieron caso de esa prudencia, porque conocían bien los designios divinos: «Dios quiso salvar a los creyentes por la necedad de la predicación» [38]. Esa necedad, como siempre, también ahora «es poder de Dios para tus los que se salvan, es decir, para nosotros» [39]. Como antes, también contaremos con armas poderosas en el escándalo de la cruz; como entonces, también en adelante venceremos con este signo.

ANTE TODO, LOS PASTORES DEBEN SER SANTOS
Sin embargo, Venerables Hermanos, estas armas perderán toda su eficacia, y no servirán de nada si los que las manejan no llevan una vida de íntima comunión con Cristo, si no tienen una auténtica y profunda piedad y no arden en deseos de dar gloria a Dios y extender su reino. Consideraba todo esto el Papa Gregorio de tanta importancia que procuraba con delicadeza extrema, al ordenar nuevos sacerdotes y obispos, que todos ellos buscasen sólo el honor de Dios y vibrasen en un auténtico celo por las almas. y esta preocupación se refleja en su libro titulado Régula Pastorális, en el que se dan normas para una adecuada formación del clero y para el gobierno de los obispos; normas no sólo válidas para su tiempo sino también para esta época nuestra. Además, mientras describe con detalle cómo ha de ser la vida de éstos, como un Argos luminoso, pasea su mirada llena de una honda preocupación pastoral por todo el orbe de la tierra [40], para ver si se ha producido alguna desviación o negligencia en el clero y corregirlas en seguida. El solo pensamiento de que el fango y la corrupción pudiesen penetrar insensiblemente en la vida de los clérigos, le llenaba de terror. Si descubría que algo se había hecho en contra de la legislación de la Iglesia, se preocupaba muchísimo y no encontraba sosiego. Entonces se le veía amonestar, corregir, amenazar una y otra vez con penas canónicas a los transgresores de la ley; él, personalmente, imponía a veces estas penas y, a los indignos, sin retrasarlo lo más mínimo ni importarle las habladurías de la gente, quitaba las licencias.
  
Solía aconsejar cosas que aparecen con frecuencia reflejadas en sus escritos: «¿Cómo puede interceder por los hombres delante de Dios quien con la dedicación de su propia vida no se muestra consciente de que participa de Su gracia?» [41]. «Si en su conducta se manifiestan las pasiones, ¿con qué atrevimiento se apresura a curar al herido, el que muestra en su rostro las mismas heridas?» [42]. «¿Qué frutos podrán conseguirse en los fieles, si los pregoneros de su doctrina, niegan con sus vidas lo que enseñan con sus palabras?» [43]. «Ciertamente no tiene fuerza para ayudar en las caídas ajenas, aquel a quien sus mismas faltas tienen hundido» [44].
  
Piensa cómo ha de ser un sacerdote verdaderamente ejemplar y lo describe de esta forma: «Muriendo a las pasiones de la carne, vive ya sólo para el espíritu; desprecia los halagos del mundo; no teme las contrariedades y sólo busca una auténtica vida interior; no le mueve la ambición sino que por el contrario entrega con generosidad todo lo suyo; su corazón está pronto para perdonar, pero nunca, por una compasión mal entendida, falta con su perdón a la verdadera justicia, nunca hace cosas malas, y siente y desagravia por los pecados ajenos como por los suyos propios; sufre con los padecimientos ajenos y goza con las alegrías de los otros como con los suyos; puede servir de modelo para los que le rodean, porque en toda su conducta no hay nada de qué avergonzarse; desea vivir de tal forma que pueda inundar del frescor de su doctrina incluso los corazones más áridos de los que con él conviven; y ha aprendido por propia experiencia que por la eperseverancia en la oración puede obtener de Dios lo que le pide» [45].
  
QUÉ CLASE DE SACERDOTES DEBEN ORDENAR LOS OBISPOS
Así pues, Venerables Hermanos, ¡con cuánta profundidad debe reflexionar el obispo en su interior y en la presencia de Dios antes de imponer las manos a los nuevos sacerdotes! y «ni por influencia, ni por súplica alguna -dice Gregorio- se atreva a ordenar a ninguno, sino sólo a aquellos que por su forma de vida se hayan mostrado dignos del sacerdocio» [46]. ¡Cuánta prudencia necesita antes de confiar las tareas pastorales a los recién ordenados sacerdotes! Si no han sido debidamente probados bajo la constante vigilancia de prudentes sacerdotes, si no han demostrado llevar una vida honrada, tener un espíritu piadoso y capacidad de obedecer a todo lo que es enseñanza o experiencia constante de la Iglesia, y de obedecer también a «los obispos a los que el Espíritu Santo colocó para gobernar la Iglesia de Dios» [47], es de prever que sólo se ordenarán sacerdotes no para salvar, sino para perder al pueblo de Dios. Pues no sólo sembrarán discordias, sino que provocarán rebeldías más o menos escandalosas, presentando ante el pueblo un triste espectáculo, como si hubiera falta de unidad dentro de la misma Iglesia, cuando en realidad todo eso se ha de atribuir, lamentablemente, a la soberbia y a la contumacia de unos pocos. ¡Lejos, muy lejos de todo ministerio deben estar los que provocan las discordias! La Iglesia no necesita de semejantes apóstoles y éstos no hacen el apostolado de Jesucristo sino su propio apostolado.
   
Nos parece tener todavía ante nuestros ojos la figura de Gregorio en el Concilio de obispos del mundo entero celebrado en Letrán, en presencia de todo el clero de la Urbe. ¡Con qué fluidez brotaron sus palabras acerca de la misión de los clérigos! ¡Qué amor le consumía! Su discurso cayó sobre los hombres malos como un rayo. Son sus palabras como látigos que hacen reaccionar a los más pasivos. Son llamas de amor de Dios que consumen suavemente a las almas más fervorosas. Leedlas a fondo, Venerables Hermanos, y vuestro clero debe leerlas también, meditarlas; de manera especial en los días de retiro anual llevad a vuestra oración las palabras de este santo Pontífice [48].
   
Con gran tristeza se plantea esta cuestión entre otras: «El mundo está lleno de sacerdotes, pero a pesar de eso, en la mies de Dios apenas se encuentran operarios; porque recibimos el orden sacerdotal, pero no cumplimos los deberes que lleva consigo» [49], y realmente, ¡cuántos hombres reuniría hoy la Iglesia si pudiese contar con un hombre en cada uno de los sacerdotes! ¡Qué abundancia de frutos para los hombres brotaría de la vida divina de la Iglesia, si cada uno se dedicase a explicar la verdadera doctrina! Al actuar de esta forma levantó el Papa Gregorio un gran entusiasmo, que no sólo duró mientras él vivía, sino que se alargó también a los años siguientes. y así, a ese tiempo se le conoce con el nombre «época gregoriana», porque de Gregorio recibió casi todo su impulso: las leyes de gobierno del clero, la institucionalización del estado de perfección y de la vida religiosa, y, por último, la música sacra y la ordenación del culto.
   
PREDICAR LA DOCTRINA
Después vinieron tiempos muy distintos. Frecuentemente decimos que en la vida de la Iglesia nada ha cambiado. La Iglesia posee una fuerza recibida de su divino Fundador por la que, en cualquier época sea la que sea, puede cuidar no sólo de las almas, que es su misión más específica, sino que también contribuye al desarrollo y perfeccionamiento de la humanidad, tarea que deriva de la misma naturaleza de su ministerio.
  
Es más, puede suceder que la misma revelación divina que ha sido entregada a la Iglesia para que la custodie, ponga de relieve en las cosas materiales lo que tienen de verdadero, de bueno, de bello, tanto más cuanto que todo ello hay que referirlo a Dios que es la suma verdad, la suma bondad y la suma belleza.
   
Grandes beneficios proporciona la doctrina divina a la ciencia humana, porque a través de ella puede descubrirse más amplitud de horizontes para nuevos descubrimientos incluso de orden natural, y porque allana el camino para la investigación y previene contra los errores que pueden derivarse bien de la razón, bien del método seguido para investigar la verdad y así resplandece como el faro en un puerto, dando luz a los que navegan en la noche, sobre muchas cosas que permanecerían envueltas en tinieblas y ayudándoles a evitar los escollos que les harían naufragar, si su nave se estrellase contra ellos.
  
En lo que se refiere a las costumbres, el Señor, Salvador nuestro, nos propone como ejemplo supremo de perfección a la misma bondad divina, a su Padre [50], y ¿quién no ve la cantidad de energía que podemos sacar de esto para que la ley natural, inscrita en los corazones de los hombres se cumpla cada vez con más perfección y profundidad, de manera que el individuo, la familia y toda la sociedad humana gocen de una mayor felicidad? Fue realmente esta fuerza la que transformó en civilización la brutalidad de unos hombres bárbaros, la que reivindicó la dignidad de la mujer, la que acabó con la esclavitud, e instauró un orden nuevo, después de romper las cadenas con las que estaban atados las distintas clases de ciudadanos, la que devolvió la justicia, promulgó la .verdadera libertad y veló por la paz, tanto familiar como pública.
   
LAS ARTES AL SERVICIO DE LA VIDA DE PIEDAD
Por último las artes, al tender hacia Dios, ejemplo supremo de toda belleza, y del que proceden las especies y las formas singulares que aparecen en la naturaleza de las cosas, se apartan con más facilidad de todo lo vulgar y expresan con más fuerza la realidad captada por la mente, hecho en el que radica la vida del arte. y es imposible decir cuánto bien ha hecho el arte puesto al servicio de la religión porque ofrece a Dios algo muy digno, por su riqueza, belleza y elegancia de formas. Es éste el motivo y el origen del arte sagrado, sobre el que se ha apoyado y se sigue apoyando todo arte profano. Hace muy poco tiempo hablamos con más detalle de este tema en un Motu próprio, en el que volvíamos en el canto romano y en la música sacra a todo lo establecido por nuestros antecesores. Y como las demás artes, sea cual sea su forma de expresión, se rigen todas por las mismas leyes, lo que se puede decir del canto, igual se puede aplicar a la propia pintura, a la escultura y a la arquitectura que, como muy nobles expresiones del genio humano, la Iglesia siempre promovió y alentó. Educada por tanta belleza la humanidad levanta templos en los que los espíritus se remontan hacia los bienes celestiales, como en la propia casa de Dios, envueltos por el esplendor de las artes, por la sublimidad de las ceremonias, por la armonía de la música.
  
Como hemos dicho ya, el Papa Gregorio aportó estos beneficios a su época y los tiempos que siguieron. Lo mismo podremos conseguir ahora si nos apoyamos en tan sólido fundamento y empleamos medios adecuados para mantener lo bueno que, gracias a Dios, todavía queda, y para instaurar en Cristo [51] todo lo que se ha descaminado.
   
EXHORTACIÓN FINAL
Nos gusta poner fin a nuestra carta con las mismas palabras con que el Papa Gregorio finalizó su discurso pronunciado ante el Concilio de Letrán: «Pensad esto detenidamente y transmitidlo a cuantos os rodean. Preparaos para dar fruto a Dios omnipotente en la tarea que os ha encomendado. Pero esto que os decimos lo conseguiremos mejor rezando que hablando. Oremos: Dios, que nos quisiste llamar como pastores de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que lo que decimos con nuestras palabras sea una realidad ante Tus ojos» [52].
  
Mientras confiamos que, por la intercesión del Papa San Gregorio, escuchará benigno nuestras súplicas Dios Nuestro Señor, dador de todos los dones celestiales y testigo de nuestra paternal benevolencia, impartimos, llenos de cariño nuestra Bendición Apostólica para todos vosotros, Venerables Hermanos, para el clero y para vuestro pueblo.
  
Dado en Roma, en San Pedro, el 12 de marzo de 1904, fiesta de San Gregorio, Papa y Doctor de la Iglesia, en el primer año de nuestro Pontificado. PÍO PAPA X.
    
NOTAS 
[1] Martyrológium Románum, día 3 de Septiembre.
[2] 1 Reg. 2, 6-7.
[3] En Juan Diácono, Vita Gregórii I. Papæ, IV, 68
[4] Regístrum Gregórii I, 4 a Juan, obispo de Constantinopla.
[5] En Juan Diácono, Vita Gregórii I. Papæ, II, 51
[6] Inscripción en el sepulcro.
[7] Regístrum Gregórii V, 36 (40) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[8] Ibid. VIII, 2 (30) a Eulogio, obispo de Alejandría.
[9] Ibid. XI, 36 (28) a Agustín, obispo de Inglaterra.
[10] Joann. 5, 17.
[11] Regístrum Gregórii XI, 36 (28).
[12] I Cor. 2, 4.
[13] Regístrum Gregórii VII, 37 (40).
[14] Matth. 24,35
[15] Regístrum Gregórii VIII, 24 al obispo Sabiniano.
[16] Ibid. V, 58 (53) al obispo Virgilio.
[17] Ibid. V, 37 (20) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[18] Ibid. III, 61 (65) a Mauricio Augusto, emperador bizantino.
[19] Regístrum Gregórii V, 41 (43).
[20] Ibid, V, 37 (20)..
[21] Ibid. V, 6 (IV, 47).
[22] Joann. 10, 10.
[23] Rom. 11, 16, 17
[24] Rom. 1, 20.
[25] I Tim. 6, 20.
[26] Rom. I, 21, 22.
[27] Ibid. 1, 24.
[28] Acta 4, 12.
[29] Joann. 14, 6.
[30] Acta 4, 11, 12.
[31] Matth. 8, 25.
[32] Regístrum Gregórii VI, 63 (30). Cfr. Régula Pastorális I, 5.
[33] I Cor. 9, 22.
[34] Joann. 10, 11.
[35] Hebr. 13, 8.
[36] Regístrum Gregórii V, 44 (18) a Juan, obispo.
[37] I Cor. 1, 23.
[38] I Cor. 1, 21.
[39] I Cor. 1, 18.
[40] Juan Diácono, Libro II, cap. 55.
[41] Régula Pastorális I, 10.
[42] Ibid. I, 9.
[43] Ibid. I, 2
[44] Ibid. I, 11.
[45] Ibid. I, 10
[46] Regístrum Gregórii V, 63 (58) a todos los obispos de Grecia.
[47] Acta 20, 28.
[48] Homilía XVII sobre el Evangelio de San Lucas, cap. 10, n. 17.
[49] Ibid. n. 3.
[50] Matt. 5, 48.
[51] Ephes. 1, 10.
[51] Homilía citada, n. 18.