Sermón predicado por el Rvdo. P. Pío Vázquez SSM en la fiesta de San Luis Beltrán, patrono del Nuevo Reino de Granada (actuales Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador), el 9 de Octubre de 2024.
COMBATIENDO SIN TREGUA EN TODOS LOS FRENTES PARA QUE CRISTO REINE. «VIVAT JESU, AMOR NOSTER, ET MARÍA, SPES NOSTRA!»
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viernes, 11 de octubre de 2024
domingo, 9 de octubre de 2022
SAN LUIS BELTRÁN, APÓSTOL EN LA NUEVA GRANADA
En el antiguo reino de Valencia, durante el siglo XVI, no escaseaban los vicios y corrupciones, y se daban también las simulaciones lamentables de los moriscos, pero había, a pesar de todo, vida cristiana floreciente, y no faltaban esas grandes luces de santidad, por las que Cristo ilumina a su pueblo.
Concretamente, por esos años nacieron o vivieron en el reino valenciano grandes santos, como el general de los jesuítas, nacido en Gandía, San Francisco de Borja (1510-1572), el beato franciscano Nicolás Factor (1520-1583), el franciscano de la Sagrada Eucaristía, San Pascual Bailón (1540-1592), y el beato Gaspar Bono, de la orden de los mínimos (1530-1604). Y en ese mismo tiempo tuvo Valencia como arzobispos al agustino Santo Tomás de Villanueva (1488-1555) y a San Juan de Ribera (1540-1592). En aquella Iglesia local había, pues, luces suficientes como para conocer el camino verdadero del Evangelio.
En ese marco cristiano nació y creció San Luis Beltrán (1526-1581), cuya vida seguiremos con la ayuda del dominico Vicente Galduf Blasco. Pero comencemos por el padre del santo, Juan Luis Beltrán, que también fue un gran cristiano. Siendo niño, sufrió en un accidente graves quemaduras, y su abuela, doña Úrsula Ferrer, sobrina de San Vicente Ferrer (1350-1419), pidió la intercesión de su tío celestial en favor del nietecillo, que milagrosamente quedó sano. Andando el tiempo, Juan Luis fue en Valencia notario de gran prestigio, elegido por la nobleza del reino como procurador perpetuo; pero cuando todavía joven quedó viudo, determinó retirarse a la Cartuja de Porta-Cœli. Ya de camino hacia el monasterio, San Bruno y San Vicente le salieron al paso, diciéndole que abandonara su idea y se casara de nuevo. Casó, pues, con una santa mujer, Juana Ángela Eixarch, y tuvo nueve hijos, el primogénito de los cuales, Luis, nacido en 1526, había de llegar a ser santo.
La precocidad de Luis en la santidad hubiera sido muy rara en un hogar cristiano mundanizado –que han sido y son los más frecuentes–, pero no tuvo nada de extraño en un hogar tan cristiano como el de sus padres. En efecto, sabemos que siendo todavía niño comenzó a imitar a los santos de Cristo. Se entregaba, especialmente por las noches, a la oración y a la penitencia, disciplinándose y durmiendo en el suelo. Al llegar a la adolescencia se inició en dos devociones que continuó siempre: el Oficio parvo de la Virgen y la comunión diaria.
Con todo, la vida de San Luis no estuvo exenta de vacilaciones, y en no pocos casos, como iremos viendo, estuvo a punto de dar pasos en falso en asuntos bastante graves. Así por ejemplo, siendo un muchacho, decidió dejar su casa y vivir en forma mendicante, como había leído que hicieron San Alejo y San Roque. Y con la excusa de una peregrinación a Santiago, puso en práctica su plan, no sin escribir seriamente a sus padres una carta, en la que, alegando numerosas citas de la sagrada Escritura, trataba de justificar su resolución.
Pero su fuga no fue más allá de Buñol, donde fue alcanzado por un criado de su padre. Este fue un movimiento en falso, pronto corregido por el Señor. Y también estuvo a punto de equivocarse cuando, entusiasmado más tarde por la figura de San Francisco de Paula, decidió ingresar en la orden de los mínimos. Nuestro Señor Jesucristo, que no le perdía de vista, le hizo entender por uno de los religiosos mínimos, el venerable padre Ambrosio de Jesús, que no era ése su camino.
En el siglo XV, en los duros tiempos del cisma de Aviñón, cuando los dominicos vivían el régimen mitigado de la Claustra, el beato Álvaro de Córdoba (†1430) había iniciado la congregación de la Observancia, que se había ido extendiendo por los conventos de España.
En aquellos difíciles años hubo muchos santos en la familia dominicana (Santa Catalina de Siena †1380, beato Raimundo de Capua †1399, San Vicente Ferrer †1419, beato Juan Dominici †1419, beato Andrés Abelloni †1450, San Antonino de Florencia †1459), todos ellos celosos de la observancia religiosa y apasionados por la unidad de la Iglesia.
Pues bien, la reforma de la Observancia se fue extendiendo por todos los conventos españoles, de manera que en 1502, dando fin al régimen mitigado, toda la provincia dominicana de España adoptó la estricta observancia. La reforma en España de los franciscanos que vinieron a ser llamados descalzos (1494), y ésta de los dominicos observantes (1502), tuvo un influjo decisivo en la asombrosa potencia que estas dos órdenes hermanas mendicantes mostraron en la primera evangelización de América.
Pues bien, cuando el Señor quiso llamar a Luis Beltrán con los dominicos, su gracia había hecho florecer en Valencia por aquellos años un gran convento de la Orden de Predicadores, con un centenar de frailes. Es cierto que aquel monasterio había conocido antes tiempos de relajación, pero fray Domingo de Córdoba, siendo provincial en 1531, realizó con fuerte mano una profunda reforma. Algunos frailes entonces, antes de reducirse a la observancia, prefirieron exclaustrarse. Y dos de estos religiosos apóstatas, en 1534, sorprendieron en una calle de Valencia a fray Domingo de Córdoba, que iba acompañado del prior Amador Espí, y los mataron a cuchilladas. Lo que muestra, una vez más, que la reforma de las comunidades religiosas relajadas no puede ser intentada sin vocación de mártir.
Diez años más tarde, en 1544, estando ya aquel convento dominico en la paz verdadera de un orden justo, San Luis Beltrán, a pesar de que su salud era bastante precaria, tomó el hábito blanco y negro de la Orden de Predicadores. Aquella santa Orden religiosa, fundada por Santo Domingo de Guzmán en 1216, que permitía ser a un tiempo monje y apóstol –contempláta áliis tradére: transmitir a otros lo contemplado–, había de ser para siempre el muy amado camino de San Luis Beltrán. Recibió su profesión el prior fray Juan Micó (1492-1555), ilustre religioso, escritor y maestro espiritual. Este dominico fue tan santo que, en 1583, al ser trasladados sus restos junto a la tumba de San Luis Beltrán, el arzobispo San Juan de Ribera mandó abrir proceso en vistas a su posible beatificación.
Conocemos muchos detalles de la vida religiosa de San Luis Beltrán por la biografía que de él escribió su compañero, amigo y confidente fray Vicente Justiniano Antist, escritor de muchas obras, y también prior algunos años del convento de Valencia. Él nos cuenta que fray Luis «toda la vida fue recatado, y no se hallará novicio que le hiciese ventaja en llevar los ojos bajos y compuestos en el coro y refectorio, fuera y dentro de casa… Era muy austero en su vida, abstinentísimo en el comer, templado en el beber, amigo de disciplinas y cilicios y vigilias y largas oraciones». Su fisonomía, tal como la reflejó entonces un pintor valenciano, recuerda las figuras del Greco: era fray Luis un hombre alto, de cara larga y delgada, con nariz aguileña, ojos profundos y manos finas y largas.
Se diría que la constitución psicosomática de San Luis Beltrán puso en él siempre una cierta inclinación a la melancolía y al escrúpulo, y que el Señor permitió que estos rasgos deficientes perdurasen en él, hasta cierta medida, para motivación continua de su humildad y de su pura confianza en Dios, y también para estímulo de quienes siendo débiles y enfermizos, temieran no estar en condiciones de llegar a la perfecta santidad.
Varias anécdotas nos muestran esta faceta atormentada del carácter de San Luis Beltrán. Siendo maestro de novicios se retiró bruscamente de una reunión, y al amigo que le siguió, y que le encontró llorando, le dijo: «¿No tengo harto que llorar que no sé si me he de salvar?». Y a veces, como él mismo dijo en confidencia a cierta persona, «despertándose por las noches con la memoria viva de Dios y de su presencia, se había tomado a temblar y los huesos le habían crujido»…
Por el contrario, esta temerosidad ante Dios comunicaba a fray Luis un valor ilimitado ante los hombres. Como dijo de él el padre Antist, «nunca tenía cuenta de contentar a los hombres, sino a Dios y a santo Domingo». El santo temor de Dios, experimentado por él con una profundidad singularísima, poco frecuente, unido a un amor de Dios aún más grande, le dejaba exento en absoluto de todo temor a los hombres, a las fieras o a la naturaleza hostil, a las enfermedades o a lo que fuera. Su valentía, como veremos, era absoluta: no temía a nada en este mundo, pues sólo temía ofender a Dios.
En sus primeros tiempos de religioso, no acertó fray Luis a dar a su vida una forma plenamente dominicana. Tan centrado andaba en la oración y la penitencia, que no atendía suficientemente a los libros, «porque le parecía que los estudios escolásticos eran muy distractivos». Muy pronto el Señor le sacó de esta equivocación, haciéndole advertir el engaño, y fray Luis tomó para siempre el estudioso camino sapiencial de Santo Tomás, convencido ya de que el demonio «suele despeñar en grandes errores a los que quieren volar sin alas, quiere decir, contemplar sin saber». En adelante, San Luis Beltrán, como buen dominico, unirá armoniosamente en su vida oración y penitencia, estudio y predicación.
En 1547 fray Luis fue ordenado sacerdote. Y poco después, a la edad de veintitrés años, caso muy poco frecuente, recibió el nombramiento de maestro de novicios del convento de Valencia. La importancia de aquel ministerio era clave, pues allí se forjaban los religiosos de la provincia dominicana de Aragón. Y recuérdese, por otra parte, que en aquellos años formaban el noviciado dominicano no sólo los religiosos novicios, sino todos los profesos todavía estudiantes, que no habían sido ordenados sacerdotes. Siete veces en su vida hubo fray Luis de ser maestro de novicios, y esta faceta, la de formador y maestro espiritual, fue la más característica de su fisonomía personal.
San Luis Beltrán, débil en su naturaleza y fuerte en el Espíritu, era como maestro espiritual muy exigente, sobre todo en asuntos de humildad y de obediencia, y «con gran facilidad quitaba el hábito y devolvía sus ropas de seglar a los que no sentaban el pie llano». Sin embargo, la radicalidad profética de aquel joven maestro, su ejemplaridad absoluta, la ternura de su firme caridad, hizo que fuera muy amado por sus novicios, que a lo largo de los años formaron una verdadera escuela de fray Luis Beltrán.
También en esta fase de su vida estuvo a punto de dar un paso en falso. Doliéndose de los estragos que el luteranismo hacía por esos años, se obstinó en irse a estudiar a Salamanca «para después poder defender nuestra fe contra los herejes». Todos sus compañeros, y también el prior fray Juan Micó, trataron de disuadirle; pero él, con el permiso del padre General, logró ponerse en camino hacia el convento de San Esteban, en Salamanca. Llegado a Villaescusa de Haro, a través de un padre de mucho sentido espiritual, de nuevo el Señor le hizo ver que aquello era tentación de engaño, y que debía regresar al convento de Valencia, como así lo hizo.
Aunque la misión principal de fray Luis Beltrán fue la de maestro de novicios, también tuvo años de gobierno. A los treinta y un años fue elegido, por voto unánime, prior del convento de Santa Ana de Albaida, a cien kilómetros de Valencia, y allí mostró que, siendo tan místico y recogido, tenía capacidad para gobernar espiritualmente, gestionar asuntos, estar en todo y resolver problemas.
Concretamente, el convento de Santa Ana pasaba por una extrema pobreza, y «sin ser él pedigüeño, ni molestar a nadie, ni hacer diligencias extraordinarias para sacar dineros, ni curando de acariciar mucho la gente, antes siendo algo seco, nuestro Señor, que es el universal repartidor de las limosnas, movía los corazones de los fieles para que le socorrieran bastantemente». En especial durante la noche, pasaba muchas horas en oración, y allá resolvía todo con el Señor, también la penuria de la casa, hasta el punto de que la comunidad estuvo en situación de dar grandes limosnas a los pobres. Y así decía fray Luis: «Si mucho damos por acá (señalando la portería), más nos vuelve Dios por allá (y señalaba la iglesia)».
San Luis Beltrán tuvo siempre su clave secreta en la oración, a la que dedicaba muchas horas. «Salía de la oración hecho un fuego, y el resplandor es una de las propiedades del fuego». Ese extraño fulgor de su rostro, del que hablan los testigos, se hacía a veces claridad impresionante al celebrar la Santa Misa, o cuando venía de orar en el coro, o también al regresar de sus fugas contemplativas entre los árboles de un monte cercano. Un día del Corpus, en Santa Ana de Albaida, estuvo arrodillado ante Cristo en la Sagrada Eucaristía desde el amanecer hasta la noche, fuera de un momento en que salió para tomar algo de alimento.
Por otro lado, fray Luis, a pesar de su salud tan precaria –pasó enfermo casi todo el tiempo de su vida religiosa–, se entregó siempre a la penitencia con un gran empeño, que venía de su amor al Crucificado y a los pecadores. Apenas salido de una enfermedad, comenta un testigo, apenas iniciada una convalecencia, ya estaba de nuevo en sus penitencias: «No era como algunos, que si por hacer penitencia enferman, después huyen de ella extrañamente».
Dos o tres veces al día las disciplinas le hacían sangrar. Llevaba cilicio ordinariamente. Dormía, siempre vestido, sobre un banco, o en la cama si hacía mucho frío. Amargaba los alimentos para no encontrar gusto en ellos. Solía decir: «Dómine hic ure, hic seca, hic non parcas, ut in ætérnum parcas» (Señor, aquí quema, aquí corta, aquí no perdones, para que me perdones en la eternidad).
Uno de los dones espirituales más señalados en San Luis Beltrán fue la clarividencia en el trato de las almas, un discernimiento espiritual certero y pronto, por el que participaba del conocimiento que Cristo tiene de los hombres: «No tenía necesidad de que nadie diese testimonio del hombre, pues Él conocía lo que en el hombre había» (Jn. 2, 25). Con frecuencia, en confesión o en dirección espiritual, fray Luis daba respuestas a preguntas no formuladas, corregía pecados secretos, descubría vocaciones todavía ignoradas, resolvía dudas íntimas, aseguraba las conciencias. Y en esto pasaba a veces más allá del umbral de lo natural, adentrándose en lo milagroso.
Esta cualidad llegó a ser tan patente que durante toda su vida recibió siempre consultas de religiosos y seglares, obispos, nobles o personas del pueblo sencillo. Su fama de oráculo del Señor llegaba prácticamente a toda España. Citaremos sólo un ejemplo. En 1560, teniendo fray Luis treinta y cuatro años, y estando de nuevo como maestro de novicios en Valencia, recibió carta de Santa Teresa de Jesús, en la cual la santa fundadora, al encontrar tantas y tales dificultades para su reforma del Carmelo, le consultaba, después de haberlo hecho con San Pedro de Alcántara y otros hombres santos, si su empresa era realmente obra de Dios.
Tres o cuatro meses tardó fray Luis en enviarle su respuesta, pues quiso primero encomendar bien el asunto al Señor «en mis pobres oraciones y sacrificios». La carta a Santa Teresa, que se conserva, es clara y breve: «Ahora digo en nombre del mismo Señor que os animéis para tan grande empresa, que Él os ayudará y favorecerá. Y de su parte os certifico que no pasarán cincuenta años que vuestra religión no sea una de las más ilustres en la Iglesia de Dios».
En 1562 llegaron de América al convento dos padres que buscaban refuerzos para la gran obra misionera que allí se estaba desarrollando. Hablaron de aquel inmenso Mundo Nuevo, de la necesidad urgente de aquellos pueblos, de las respuestas florecientes que allí estaba encontrando el Señor. Fray Luis fue el primero en inscribir su nombre. Una vez más trataron todos de disuadirle, y también el prior fray Jaime Serrano, alegando unos y otros su poca salud y la tarea que en el noviciado llevaba con tanto fruto.
Pero en esta ocasión la llamada de América era llamada del mismo Cristo. Fray Luis se persistió en su apostólico intento, y en cuanto obtuvo el permiso, se echó al camino, rumbo a Sevilla, sin cuidarse siquiera de tomar provisiones para el camino. Un hermano suyo le alcanzó en Játiva, trató en vano de persuadirle, y terminó dándole un dinero, con el que pudo adquirir un asnillo, sin el cual apenas hubiera podido continuar su viaje.
El corazón atormentado de fray Luis no le habría dejado del todo tranquilo en el camino de Sevilla, y estaría oprimido por algunos pensamientos negros: ¿Será de nuevo una tentación del demonio, para apartarme del noviciado dominico? ¿Estaré engañado, como cuando quise llevar vida mendicante de peregrino, o cuando decidí ingresar en los mínimos, o ir a estudiar a Salmanca para dedicar mi vida a la lucha intelectual contra los herejes?…
En cuaresma de 1562 partía fray Luis Beltrán de Sevilla hacia América en un galeón. Durante el viaje, un fuerte golpe que recibió por accidente en una pierna le dejó para siempre una cojera bastante pronunciada. Y cuando después de tres meses de navegación bajó del barco en Cartagena de Indias aquel fraile larguirucho, flaco y macilento, con su paso desigual y vacilante, más de uno se habría preguntado qué podría hacer aquel pobre fraile en los duros trabajos misioneros entre los indios…
Recién llegado al convento dominicano de San José de Cartagena, comenzó allí sus ministerios pastorales ordinarios, semejantes a los que ya en Valencia había ejercido. Pero él quiso ir a la selva, a los indios. Y después de insistentes peticiones, obtuvo del prior fray Pedro Mártir permiso para hacer de vez en cuando algunas salidas. En primer lugar se buscó un intérprete, un faraute que transmitiera a los indios lo que él iba predicando.
Pero con este método apenas conseguía nada, ya que el intérprete, por ignorancia o mala voluntad, desvirtuaba su predicación. Y así, «como no sabía el santo la gracia que se le había comunicado, proseguía predicando con su intérprete, hasta que le dixeron los indios que les hablara en su propia lengua, porque en ella lo entendían mejor que en lo que dezía su intérprete». Y así lo hizo en adelante, con un fruto cada vez más copioso.
En las peores dificultades, el método misionero de San Luis se hacía muy simple. Cuando todo se ponía en contra, cuando fallaba su salud, cuando ya no podía más, cuando los indios no se convertían, unas cuantas horas o días de oración y de disciplinas introducían en su miserable acción la acción de Cristo, y todo iba adelante con frutos increíbles. Nunca le falló esta fórmula, que no es, por cierto, una receta mágica, sino una fórmula evangélica, directamente enseñada por el ejemplo y la enseñanza del Señor. Oración y penitencia.
Y pobreza, también enseñada por Cristo. Fray Luis se metía por campos y montes, caminos y selvas, como un pobre de Dios, «sin bolsa ni alforja» (Lc. 10, 4), confiado a la Providencia, a lo que le diesen para comer, y nunca quiso aceptar aquellos regalos, dinero o alimentos que muchas veces querían darle para que pudiera seguir adelante más seguro.
Un compatriota suyo, Jerónimo Cardilla, que le acompañó en este tiempo como criado, se quejaba de esto muy amargamente, pues tampoco a él le permitía recibir nada para el camino. En una ocasión, cuando esta locura evangélica les puso en riesgo muy grave, Jerónimo acusó a fray Luis sin ningún respeto: «Vos tenéis la culpa de lo que nos está pasando. Aquí moriremos de hambre, si antes una fiera no acaba con nosotros». Entonces fray Luis, como siempre, le llamó a la confianza en Dios, le recordó aquello de «los lirios y los pájaros», y llegó a «prometerle» la ayuda providencial del Señor. Al tiempo llegaron a un árbol que estaba cargado de fruta, junto a una fuente. Jerónimo confesó su culpa, comió y bebió todo cuanto quiso, y cargó sus alforjas para el camino. Fray Luis, advertido de aquello, vació las alforjas, y Jerónimo no quiso acompañarle más en sus correrías apostólicas. Ya tenía bastante. Y acabó mal unos años después, tal como fray Luis se lo había anunciado con gran pena.
La providencia del Padre celestial, siempre solícita para aquellos que de verdad se confían filialmente a su omnipotencia amorosa, le envió otro Jerónimo a fray Luis, con el que anduvo siete meses. Por él sabemos que muchas veces, especialmente los viernes, San Luis Beltrán se alejaba de él, y en un lugar apartado se disciplinaba muy duramente, orando sin cesar ante un crucifijo. Por él también conocemos que, de camino por aquellas soledades, desérticas o selváticas, no era raro que se acercaran amenazantes bestias feroces. Entonces, mientras Jerónimo quedaba paralizado de espanto, fray Luis seguía impertérrito, y bendiciendo aquellas fieras con la señal de la cruz, las dejaba mansas y sin fiereza alguna, de modo que podían seguir adelante sin peligro.
También aquí, y en otras ocasiones que veremos, se cumplían en fray Luis las palabras de Jesús a su mensajeros apostólicos: «Agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño» (Mc. 16, 18). San Luis Beltrán, tan desmedrado, no mostró jamás miedo alguno en sus aventuras apostólicas por las Indias. En realidad, no sentía en absoluto ningún temor, y más bien parecía que andaba buscando secretamente el martirio: dar su sangre en supremo testimonio por Cristo.
Una vez comprobadas las desconcertantes posibilidades misioneras de este santo fraile, le confían sus superiores un pueblecito situado en las estribaciones de los Andes, llamado Tubara. En aquella doctrina hay escuela e iglesia, y viven unos pocos españoles, en tanto que el núcleo principal de los indios, temerosos, no vive en el pueblo, sino en la selva, en el monte, donde en seguida va fray Luis a buscarlos. Siempre a su estilo, llega el santo fraile misionero hasta las chozas más escondidas, y no hay camino, por escarpado o peligroso que sea, que le arredre. A todas partes hace él que llegue la verdad y el amor de Cristo.
En los tres años que pasó en Tubara consiguió San Luis muchas conversiones de españoles y el bautizo de unos dos mil indios, siempre a su estilo, siempre suicida, al modo evangélico: grano de trigo que cae en tierra, muere, y da mucho fruto (Jn. 12, 24). Era suicida fray Luis cuando derribaba los ídolos a patadas o mandaba quemar las chozas que les servían de adoratorios. Era suicida cuando, al modo de San Juan Bautista, reprobaba públicamente a un indio muy principal, que vivía amancebado con una mujer casada.
En esta ocasión, el indio aludido le lanzó con todas sus fuerzas su macana, pero el Señor desvió el curso mortal de su trayectoria. Y se ve, pues, que San Luis Beltrán no hacía ningún caso de ese consejo que tantas veces suele darse y que también a él le habrían dado: «Tiene usted, padre, que cuidarse más». San Luis, en realidad, se cuidaba muy poco, lo mínimo exigido por la prudencia sobrenatural, y en cambio se arriesgaba mucho, muchísimo, hasta entrar de lleno en lo que para unos era locura y para otros escándalo (1Cor. 1, 23).
No tuvo San Luis gran cuidado de su propia vida cuando una vez, después de intentar reiteradas veces desengañar a los indios de Cepecoa y Petua, que daban culto a una arquilla que guardaba los huesos de un antiguo sacerdote, la sustrajo de noche. Llegó a saberse su acción, y un sacerdote indio, figiéndose amigo, le dio a beber un veneno mortal –el mismo veneno que había matado antes a un padre carmelita, después de unas pocas horas de atroces dolores–. Cinco días estuvo fray Luis entre la vida y la muerte, y en ellos dio claras señales de estar tan alegre como aquellos primeros apóstoles azotados, que se fueron «contentos porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch. 5, 41).
Ni siquiera le quedó a San Luis Beltrán en adelante un gran temor a los posibles brebajes tóxicos, como pareciera psicológicamente inevitable. Lo vemos en ocasiones como ésta: un cacique le dijo que creería en Cristo si era capaz de resistir un veneno que él le prepararía. Fray Luis le tomó la palabra sin vacilar: «¿Matenéis vuestra palabra de convertiros si bebo sin daño vuestro veneno?». Y obtenida la afirmativa: «Venga ese veneno y sea lo que Dios quiera». Hizo fray Luis la señal de la cruz sobre la copa y bebió de un trago aquel veneno activísimo. Y a continuación pasó a ocuparse de lo que había que hacer para bautizar unos cuantos cientos más de indios asombrados y convertidos.
En aquélla primera ocasión, cuando fue envenenado por el sacerdote indio, se supo en seguida que fray Luis no había muerto bajo la acción del veneno, y más de trescientos indios se reunieron amenazadores y bien armados, dispuestos a terminar la obra iniciada por el tósigo. Dos negros que se aprestaban a defenderle, uno de ellos armado de un arcabuz, fueron apartados, y el santo salió al encuentro de la muchedumbre amenazante sólo y sin temor alguno.
Cuenta un cronista que «entonces fray Luis les predicó con más fervorosa exhortación y se convirtieron gran parte de aquellos indios; los cuales, después de ser instruídos como acostumbraba el santo, fueron por él mismo bautizados». Pero otros indios, endurecidos en su hostilidad, raptaron a Luisito, un muchacho indio bautizado por fray Luis, y lo sacrificaron como moxa (arrojado a una laguna) a los ídolos, lo que apenó mucho al santo, pues le tenía en gran estima.
En todo caso, nada de esto terminaba con los métodos suicidas de San Luis Beltrán. Poco después, tratando de persuadir a un cacique principal, éste se resistía diciendo: «No; tu religión me gusta, pero tengo miedo a mi ídolo». Fray Luis se mostró dispuesto a terminar con este miedo. Con el cacique se dirigió al adoratorio, y allí, ante el pánico de todos, la emprendió a patadas con el dicho ídolo, hasta que el cacique y los suyos se vieron libres del temor idolátrico, y aceptaron el Evangelio.
Aquel fraile debilucho y sin salud se mostraba bastante más fuerte de lo que parecía a primera vista, y desde luego bastante más eficaz en el apostolado de lo que cualquier previsión humana hubiera podido pensar. Así las cosas, el demonio se vio obligado a tomar cartas directamente en el asunto. Trató de intimidarle con visiones, con golpes y con ruidos horribles, sin conseguir nada. Suscitó contra fray Luis persecuciones de los indios y de los blancos, de los malos y también de los buenos, con resultados nulos. Atentó contra su honra gravemente, levantó terribles calumnias contra su castidad, y en más de una ocasión le envió alguna mujer para que le tentase, sin conseguir de fray Luis otra cosa sino que se encerrase en la iglesia para azotarse a conciencia.
Pero quizá la peor tentación del demonio se produjo cuando un falso ermitaño le hizo llegar mensajes descorazonadores: «Os tengo que decir de parte del Señor, que os ha de persuadir a volver a Valencia, de donde jamás teníais que haber salido. Si permanecéis más tiempo aquí, no sólo será nulo vuestro trabajo, sino que peligra vuestra eterna salvación». Sólo una luz del cielo pudo salvar de esta asechanza el corazón de fray Luis, que ya por temperamento era inseguro y atormentado, y que una y otra vez se preguntaba acerca de su propia salvación. El santo, llevado a este límite, se refugió en Cristo, hizo la señal de la cruz, y el falso ermitaño huyó «dando espantosos aullidos, como de lobo».
Cuarenta y un años tenía San Luis cuando llevaba ya cinco años de apostolado en Nueva Granada. En el tiempo que le queda en América su labor misionera le hará adentrarse en las regiones más cerradas a la luz del Evangelio, en Cicapoa y Pelvato, en Cepecoa y Petua –donde, como vimos ya, sufrió aquel grave envenenamiento–, en los montes de Santa Marta, Mompox y Tuncara, a veces en apostolado breve y de paso, y produciendo siempre unos frutos totalmente desproporcionados a su fuerza humana, pues se le ve flaco, enfermizo y cojo, los cabellos grises, los ojos casi ciegos. Lo que hizo San Luis Beltrán en su labor misionera, está claro, fue obra ante todo de Jesucristo, y a éste ha de darse la gloria y el honor por los siglos de los siglos.
Fray Luis está ya al final de su tiempo en América. Su salud, realmente, está hecha una miseria. Él, que en Valencia se confesaba más de una vez al día, ahora apenas tenía ocasión de confesar, como no fuera yendo a muchas leguas de distancia, y esto le afligía no poco, pues siendo tan seguro y certero en el discernimiento espiritual de los corazones ajenos, era, por permisión de Dios, sumamente inseguro y escrupuloso respecto de su propio corazón.
Por otra parte, siempre tuvo fray Luis graves problemas de conciencia en la atención pastoral de aquellos pecadores que eran españoles, pues con sus abusos escandalizaban gravemente a los indios paganos o recién bautizados. Podemos recordar sobre esto aquella ocasión en que San Luis asistía a un banquete ofrecido por las autoridades, y en el que participaban algunos encomenderos que él sabía crueles e injustos. En un momento dado, fray Luis «dixo a los encomenderos: “¿Quieren desengañarse de que es sangre de los indios lo que comen? Pues véanlo con sus propios ojos”; y apretando entre sus mismas manos las arepas [de maíz], empezaron a destilar sangre sobre los manteles de la mesa. Asombrados, aunque no enmendados con suceso tan raro y prueba tan evidente, procuraron siempre ocultarlo todos los interesados».
Así las cosas, al final de su estancia en América, recibió una carta del obispo de Chiapas, en México, fray Bartolomé de las Casas, hermano suyo dominico. En ella le animaba a dedicarse a la conversión de los indios; «me consta que así lo hacéis con singular fruto». Y le ponía en guardia respecto de los cristianos españoles: «Lo que más quiero advertiros, y para eso principalmente os escribo, es que miréis bien cómo confesáis y absolvéis a los conquistadores y encomenderos, cuando no se contentan con los privilegios del rey y tratan tiránicamente a los naturales contra la expresa intención de su majestad».
Mucho debió angustiarle a fray Luis esta carta, que agudizaba sus propias preocupaciones morales. Y también debió pasar en esos momentos, dado su temperamento escrupuloso, muchas dudas y penas antes de llegar al convencimiento de que estaba de Dios que él pusiera fin a su labor misionera entre los indios. Sin duda que llegó a tal decisión sólamente cuando el Señor le dio conciencia moral cierta de que así convenía. Sólo entonces fray Luis pidió al padre General licencia para regresar a España, y la obtuvo. De tal modo que su último nombramiento como prior de Santa Fe quedó sin efecto.
San Luis Beltrán hizo innumerables milagros, tantos que hemos renunciado a relatarlos. También los hizo durante los últimos meses, sumamente fecundos, de su apostolado en América. En ellos recorrió los pueblos de Mampoix, islas de San Vicente y Santo Tomás, Tenerife y varios lugares del Nuevo Reino de Granada. Como despedida de su ministerio en América, referiremos sólamente uno de sus milagros. En la isla de San Vicente, predicando fray Luis sobre el poder salvador de la cruz, se le acercó impresionado el cacique, queriendo saber más de la virtud de la cruz. «El santo, inspirado del cielo, se arrima al tronco de un grandísimo árbol de los que coronan la plaza y, extendiendo los brazos en forma de crucifijo, graba en el árbol la forma de la cruz, de su misma estatura. Apártase después del tronco y queda la imagen de la cruz perfecta, como de medio relieve, en el árbol». El signo sagrado de la cruz de Cristo: ésta fue la huella viva que dejó San Luis Beltrán en Nueva Granada tras siete años de acción misionera.
En 1569 llegó fray Luis a Sevilla, y regresó al convento valenciano de Santo Domingo. Estaba macilento y demacrado, tanto que hubo de pasar una larga temporada de absoluto reposo. Pero al año y medio de su vuelta ya le nombraron prior de San Onofre por votación unánime. Y en sus tres años de priorato aquel santo fraile, alto y flaco, cojo, algo sordo y de mala vista, «mostró ser bueno no solamente para la contemplación, mas también para la acción». Con suma caridad, con un celo enérgico por la observancia, con un sentido de la pobreza y de la providencia que para algunos era locura, procuró un desconocido bienestar material y espiritual a la comunidad.
En 1574 el Capítulo dominicano de la provincia de Aragón nombró a fray Luis Beltrán predicador general, un título propio de la Orden de Predicadores. Como predicador popular recorrió toda la zona de Valencia, alargándose a la región de Castellón y también de Alicante. Normalmente hacía los caminos a pie, a no ser que la llaga crónica, que desde su viaje a América le había dejado cojo, se pusiera peor y le exigiera a veces emplear alguna cabalgadura prestada. Su predicación, sencilla y sumamente vibrante, llegaba directamente a los corazones. Solía hacerla más gráfica y conmovedora contando muchos ejemplos y refiriendo numerosas anécdotas personales, sobre todo de su apostolado en América, cosa que hacía a veces por humildad en tercera persona.
«En la predicación –testifica un contemporáneo– no era muy gracioso ni deleitaba a los oyentes, pero tenía grande espíritu y movía mucho, porque aunque no tenía la voz muy sonora, ni era tan expedito de lengua como otros, era tan grande el fervor con que hablaba, que pocos advertían aquellas faltas». Sus exhortaciones morales tenían en su predicación el vigor poderosísimo de los profetas de Dios. Desengañaba de las vanidades de esta vida: «Todo es sueño lo de esta vida». Precavía sobre la avidez de riquezas: «¿Qué pensáis que es toda la hacienda del mundo sino un poco de estiércol y basura?». Llamaba apasionadamente al amor de Dios y del prójimo, exigiendo al amor fidelidad y perseverancia: «No volváis atrás, por muchas dificultades que el demonio os ponga en el camino de Dios. Porque, donde vos faltareis, Dios suplirá». El mal ejercicio de la autoridad civil o religiosa le parecía la fuente principal de los peores males: «Por ser ellos flojos, se cometen tantas maldades. Si vos os sentís inhábil y de pocas fuerzas para regir este oficio, que no lo toméis; y si lo tenéis, dejadlo… Todos los que rigen y gobiernan están a dos dedos de dar en el abismo del infierno». Oyendo a San Luis Beltrán, sucesor de San Vicente Ferrer en tierras de Valencia, apenas era posible mantener el corazón indiferente a la Palabra divina.
San Luis, al predicar, hacía continuas citas de la Sagrada Escritura, que conocía muy bien, y como era muy estudioso, daba buen fundamento doctrinal a cuanto predicaba. «Tengo para mí –opinaba el padre Antist– que en toda esta provincia no hay religioso que tantos libros haya leído de cabo a cabo». Había reunido una biblioteca personal muy cuantiosa, como pudo comprobarse a su muerte, cuando parte de sus libros se distribuyeron entre los religiosos, y otra parte se vendió en ochocientos sueldos, que se destinaron para la biblioteca común.
Él, como maestro espiritual, «no era –sigue diciendo el padre Antist– de la condición de algunos maestros, que quieren echar tanto por el camino de la devoción, que aborrecen el estudio, como si las letras repugnasen a la santidad, o como si la ignorancia demasiada ayudase a la devoción. Antes, siempre decía que estudiásemos». Y en esto fray Luis, como en todo, daba ejemplo vivo de lo que predicaba a los otros.
En 1575, estando de nuevo fray Luis como maestro de novicios en Valencia, fue elegido para prior del mismo convento. Él se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones: su mala salud, su mayor idoneidad para el cultivo interior de las personas que para su gobierno externo… Por otra parte, la obra reformadora de fray Domingo de Córdoba no se había cumplido totalmente, y el convento estaba necesitado todavía de urgentes rectificaciones, pues todavía algunos religiosos se resistían a la plena observancia.
Así las cosas, cuando al fin se vio obligado a aceptar el priorato por obediencia, lo primero que hizo fue fijar en la entrada de su celda prioral un letrero bien legible con la frase de San Pablo: «Si homínibus placérem, Christi servus non essem» (si quisiera agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo; Gál. 1,10).
En la celda antigua de San Vicente, ahora transformada en oratorio, puso San Luis su priorato en manos de su santo antecesor. Y a fe que San Luis –o quizá San Vicente– supo servir bien su ministerio. «Haciendo más de lo que a los otros mandaba, castigaba los defectos con gran celo». Particularmente, refiere Antist, era riguroso «con los que tenían cargos, pues si veía que tantico se descuidaban, luego les quitaba el cargo, aunque fuese dentro de ocho días. Decía que más quería ser tenido por hombre mudable, que no que Dios no fuese servido como requiere la perfección de la religión». Cuando terminó su priorato en 1578, toda aquella comunidad inmensa, con más de cien frailes, estaba unida y en paz.
Fray Luis pensó ya, llegado a la última etapa de su vida, en retirarse a la paz contemplativa de la Cartuja de Porta-Cœli, pues su afán de oración y penitencia se hacían cada vez más acuciantes, y sin embargo, aunque ya no tenía cargos de importancia, continuamente le requerían de aquí y de allá, unas veces para predicar, otras para atender consultas, aquellos llegaban a solicitar su discernimiento de espíritus o su intercesión ante Dios, y no faltaban quienes buscaban en él ciertos milagros oportunos. Era una serie interminable de requerimientos. Finalmente, el consejo de sus amigos y su amor a la Orden, le retuvieron como hijo de Santo Domingo. También en esta ocasión la Providencia divina le sujetó bajo su guía, y no permitió que diera un paso en falso.
Aún tuvo fray Luis intervenciones públicas de gran importancia, como en 1579 el sermón de autos organizado por la Inquisición acerca de los iluminados de Valencia, un grupo de pseudomísticos. En ese mismo año, a requerimiento del virrey, que había sido consultado al efecto por Felipe II, hizo un informe sobre la posible expulsión de los moriscos, en el que San Luis reconocía que en parte habían sido forzados al bautismo: «aquello no fue bien hecho y pluguiera a Dios que nunca se hiciera». El problema era gravísimo, pues los moriscos «casi todos son herejes y aun apóstatas, que es peor,… y guardan las ceremonias de Mahoma en cuanto pueden».
Recordaremos aquí uno de los remedios que propone, pues sería hoy igualmente oportuno en no pocas ocasiones: «No se administre el bautismo a los niños hijos [de moriscos], si han de vivir en casa de sus padres, porque hay evidencia moral de que serán apóstatas como ellos, y más vale que sean moros, que herejes o apóstatas». Este dictamen fue refrendado por su buen amigo San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, en cartas al rey.
Cuando el caso de los iluminados de Valencia, San Luis en su famoso sermón avisó con gran severidad que debían evitar «las pláticas de visiones en sus casas, aunque parezcan del cielo, ni arrobos, etc., por la gran perturbación y daño espiritual que pueden ocasionar a las almas». Sin embargo, el más íntimo de sus amigos, el franciscano Beato Nicolás Factor, con el que muchas veces se juntaba para hablar de temas espirituales, se caracterizó por la frecuencia y profundidad de sus éxtasis. En la celda de fray Luis, donde solían reunirse, era frecuente que, al tocar ciertos temas espirituales, fray Nicolás quedara extático en una suspensión de los sentidos que en ocasiones duraba horas. En estas ocasiones, fray Luis, que no solía tener estos arrobos contemplativos, se estaba orando en silencio, adorando al Señor, haciendo compañía a su santo hermano franciscano, hasta que éste volvía en sí.
San Luis Beltrán nunca dudó de la veracidad de tales éxtasis, y así lo declaró, como se adujo en el Proceso de beatificación de fray Nicolás. Santo varón fue éste, gran maestro en cosas espirituales, y buen escritor, como se aprecia en su breve escrito sobre Las tres vías, uno de los pocos que se conservan de él. El Beato Nicolás siempre estuvo convencido de la santidad de su amigo fray Luis. Una carta que le escribió terminaba así: «Rogad a Dios por mí, Sancte Ludovice Bertrán». Y una vez, desde el púlpito, dijo ante mucha gente: «Yo no soy santo, pero fray Luis Beltrán sí».
Otro gran amigo de fray Luis, como veremos, fue San Juan de Ribera, que era en Valencia un arzobispo santo (1569-1611), al estilo reformador de Trento, como lo eran en Milán San Carlos Borromeo o en Lima Santo Toribio de Mogrovejo.
El uno de enero de 1581 cumplió fray Luis sus cincuenta y cinco años, sabiendo que iba a morir pronto; conoció incluso la fecha: el 9 de octubre, fiesta de San Dionisio y compañeros mártires. Ese conocimiento, así consta, llegó a hacerse público en Valencia. Así por ejemplo, en los primeros meses de ese año, el prior de la Cartuja de Porta-Cœli se enteró de tal fecha por el Patriarca y por otras personas, y al volver al monasterio escribió en un papel: «Anno 1581, in festo Sancti Dionísii, móritur fr. Ludovícus Bertrándus». Selló luego el papel, y lo guardó en la caja fuerte del monasterio con el siguiente sobreescrito: «Secreto que ha de ser abierto en la fiesta de Todos los Santos del año 1581».
Todavía predicó San Luis algunos sermones importantes, pero ya no pensaba sino en morir en los brazos de Cristo. Pero tampoco entonces le dejaban tranquilo, y por su celda de moribundo pasaba una procesión interminable de visitantes, llenos de solicitud y veneración. Aún hizo algunos milagros, y uno de ellos estando en su lecho de muerte: a ruegos de su buen amigo el caballero don Juan Boil de Arenós, cuya hija doña Isabel estaba agonizando de un mal parto, consiguió con su oración volverla a la salud.
El más asiduo y devoto de sus visitantes fue el Patriarca, San Juan de Ribera, tanto que terminó por llevarse al enfermo a su casa arzobispal de Godella. Allí el arzobispo, según cuentan testigos, «le componía la cama, le acomodaba los paños de las llagas que tenía en las piernas y besábalas con profunda humildad y devoción». Según refiere el padre Antist, «él mismo le cortaba el pan y la comida. Daba también la bendición y las gracias y, en más de una ocasión, le sirvió de rodillas la bebida y aun le ponía los bocados en la boca. Acabada la cena, se estaba muchas veces el Patriarca con fray Luis hablando de cosas del espíritu en la ventana, porque el benigno padre gustaba en extremo de mirar al cielo, que, en fin, era su casa». Del contenido de aquellas altas conversaciones, sólo los ángeles de Dios guardan relación exacta.
Vuelto al convento, aún vive un mes postrado. Y cuando algunos amigos le hacen música en la celda, él esconde su rostro bañado en lágrimas bajo la sábana, pues ya presiente la bienaventuranza celestial. El 6 de octubre pregunta en qué día está, y cuando se lo dicen, hace la cuenta: «¡Oh, bendito sea Dios! ¡Aún me quedan cuatro días!». Cuando llegó el día, se volvió hacia San Juan de Ribera, su amado arzobispo: «Monseñor, despídame, que ya me muero. Dadme vuestra bendición».
Y ese día murió, justamente, el 9 de octubre de 1581, fiesta de San Dionisio y compañeros mártires. Paulo V lo beatificó en 1608, y Clemente X lo incluyó en 1671 entre los santos de Cristo y de su Iglesia.
JOSÉ MARÍA IRABURU LARRETA, Hechos de los Apóstoles de América.
ORACIÓN
Oh Dios, que a tu bienaventurado Confesor San Luis, por la mortificación del cuerpo y la predicación de la fe llamaste a la gloria de los Santos, concédenos, que cuantos profesamos la fe, la hagamos confirmar por las buenas obras. Por J. C. N. S. Amén.
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sábado, 8 de octubre de 2022
HIMNOS DE SAN LUIS BELTRÁN
San Luis Beltrán (Escuela valenciana, siglo XVI-XVII).
Versión latina tomada del Katholische kirchengesänge in das deutsche übertragen mit dem latein zur seite (Himnos de la Iglesia Católica traducidos al alemán con el latín aparte), publicada por Johann Christoph von Zabuesnig en 1822. La traducción es del padre José Manuel Sartorio, publicada en la Novena a San Luis Beltrán impresa por Luis Abadiano Valdés en 1830.
Dum Ludovíci glória (Vísperas)
LATÍN
Dum Ludovíci glória
Corúscat inter sídera
Fœcúnda Sanctórum parens,
Det júbilos Valéntia.
Imo parens Ecclésia,
Lætis canóra vócibus,
Grates ubíque pérsonet,
Pro Núminis cleméntia.
Hæc Ludovíci párvuli
Primam rigans infántiam,
Prævénit in dulcédine
Lacténis innocéntiam.
Hæc jugis illi præfuit
Ad usque vitæ vésperam,
Armísque pœniténtiæ
Perdúxit ad victóriam.
Sit laus Patri cum Fílio,
Símulque sancto Flámini:
Laus sit polórum cívibus
In týmpanis et cýmbalis. Amen.
TRADUCCIÓN
Mientras la gloria de Luis
Brilla entre los cielos,
Dé júbilos Valencia,
Fecunda madre de Santos.
Y la Iglesia sagrada
Toda alegre y canora,
Cante con voz sonora,
Cante con voz templada
A la divina Esencia
Muy tiernas gracias por su gran clemencia.
Está con su divino
Riego, de Luis regando
Que aún estaba mamado,
A la infancia, previno
A su inocencia pura
Con bendiciones santas de dulzura.
Esta continuamente
Lo gobernó amorosa,
Hasta que su preciosa
Vida vio su occidente:
Y ella es la que le ha dado
Con armas de rigor triunfo colmado.
Loores dense inmortales
Al Padre, a su Hijo eterno
Y a su santo Amor tierno;
Y al son de los timbales,
Y címbalos sonoros
Dense también a los celestes coros. Amén.
Noctúrna Cœli lúmina (Maitines)
LATÍN
Noctúrna cœli lúmina
Suspiriórum cónscia,
Quæ Ludovícus ǽtheri
Mittebat inter vérbera.
Plagas cruentas dícite,
Flagélla, sulcos, vúlnera,
Quæ Sanctus ultro próprium
Vibrábat in corpúsculum.
Fluxit paviménto cruor,
Cellæ madébat ámbitus:
Póstquam supína lígneus
Lúxarat ossa léctulus.
Sed nunc flagéllis lívidum
Supérna lux circúmdabat:
Dívæque binæ débile,
Castis levábat bráchiis.
Laus et perénnis glória
Deo Patri, cum Fílio
Et utriúsque Spíritu,
In sempitérna sǽcula. Amen.
TRADUCCIÓN
Nocturnas luces del brillante cielo,
Testigos de los lúgubres suspiros
Con que golpeaba con piadoso anhelo
El fervoroso Luis vuestros zafiros,
Entre el ruido confuso y pavoroso
De su azote cruel y tormentoso:
Decidnos, yo os suplico, los sangrientos
Azotes, con que Luis se destrozaba,
Los surcos que se abría, los instrumentos
Que contra sí inclemente manejaba;
Las heridas profundas con que hacía
En sus carnes atroz carnicería.
Después que un lecho de madera dura
Había todos sus huesos quebrantado,
Él con tanto rigor, con tal bravura
Azotaba su cuerpo delicado,
Que la sangre corría al pavimento,
Y empapado dejaba el aposento.
Su cuerpo entonces acardenalado
Venía a cercar un resplandor superno:
Y tal vez que en el suelo desmayado
Cayó, vinieron con amor muy tierno
A levantarlo dulces y puntuales
Con sus brazos dos ninfas celestiales.
Sea por eternos siglos tributada
Gloria perenne, interminables loores
A la divina Trinidad increada,
Al augusto Señor de los Señores:
Al Padre Eterno, a su Hijo sacrosanto
Y finalmente al Paráclito Santo. Amén.
Él con tanto rigor, con tal bravura
Azotaba su cuerpo delicado,
Que la sangre corría al pavimento,
Y empapado dejaba el aposento.
Su cuerpo entonces acardenalado
Venía a cercar un resplandor superno:
Y tal vez que en el suelo desmayado
Cayó, vinieron con amor muy tierno
A levantarlo dulces y puntuales
Con sus brazos dos ninfas celestiales.
Sea por eternos siglos tributada
Gloria perenne, interminables loores
A la divina Trinidad increada,
Al augusto Señor de los Señores:
Al Padre Eterno, a su Hijo sacrosanto
Y finalmente al Paráclito Santo. Amén.
En Ludovíce láudibus (Laudes)
LATÍN
En Ludovíci láudibus
Auróra laxat púrpuram;
Nox atra condit pállium,
Festíbus albéscit dies.
Sic Ludovícus Índiis
Noctis tenébras dispúlit,
Ídola fregit, et cruce
Stitit feróces tígrides.
Bis ob fidem sævíssimi
Háusit venéni pócula;
Sedávit undas æquóris,
Ígnique fixit límitem.
Heróicis virtútibus
Ídea factus órdini:
Efflans ad astra spíritum
Exhálat ore lúmina.
Sit Trinitáti júgiter
Laus, et perénnis glória,
Quæ Ludovíci fúlgida
Respléndet in victória. Amen.
TRADUCCIÓN
He aquí que ya la aurora
Su púrpura ha extendido,
La noche ya ha escondido
Su capa asombradora,
Y ya el día ha bñamqueado
Para que demos loor a Luis amado.
Así Luis con ventura
De las Indias ahuyenta
La niebla corpulenta
De noche más oscura:
Destroza ídolos vanos,
Y contiene los tigres inhumanos.
Por la fe perseguido
Dos ocasiones bebe
El que una mano aleve
Veneno le ha ofrecido:
Al mar manda sosiego;
Y límites al voraz fuego.
Después que idea constante
Fue, y ejemplar famoso
De su orden religioso
Con su virtud brillante,
Al dar su último aliento
Luces su boca exhala con portento.
Sea continuamente
Perenne gloria dada
A la eterna, Increada
Trinidad excelente,
Que brilla con gran gloria.
De su siervo Luis en la victoria. Amén.
He aquí que ya la aurora
Su púrpura ha extendido,
La noche ya ha escondido
Su capa asombradora,
Y ya el día ha bñamqueado
Para que demos loor a Luis amado.
Así Luis con ventura
De las Indias ahuyenta
La niebla corpulenta
De noche más oscura:
Destroza ídolos vanos,
Y contiene los tigres inhumanos.
Por la fe perseguido
Dos ocasiones bebe
El que una mano aleve
Veneno le ha ofrecido:
Al mar manda sosiego;
Y límites al voraz fuego.
Después que idea constante
Fue, y ejemplar famoso
De su orden religioso
Con su virtud brillante,
Al dar su último aliento
Luces su boca exhala con portento.
Sea continuamente
Perenne gloria dada
A la eterna, Increada
Trinidad excelente,
Que brilla con gran gloria.
De su siervo Luis en la victoria. Amén.
domingo, 8 de mayo de 2022
NOVENA EN HONOR A SAN LUIS BELTRÁN
Novena dispuesta por Luis Abadiano y Valdés, y publicada en Ciudad de México por la imprenta del mismo autor en 1830. Los Gozos, de origen valenciano, son tradicionales, sin autor ni fecha conocidos. Mons. José María de Jesús de Belaunzarán y Ureña OFM. Ref., Obispo de Linares (actual Monterrey), concedió 200 días de Indulgencia por cada palabra de la Novena.
NOVENA DEL GLORIOSÍSIMO SAN LUIS BELTRÁN, HONOR DEL ORDEN DE PREDICADORES, SINGULAR PROTECTOR DE SUS DEVOTOS, Y ESPECIAL ABOGADO CONTRA EL CÓLERA MORBO.
Puesto de rodillas delante de una imagen del Santo, y hecha la señal de la Cruz, se dirá el siguiente Acto de Contrición.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos
Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del
Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Jesús, mi amabilísimo Jesús: tú nos enseñaste a pedir que se hiciese tu voluntad así en la tierra como en el cielo; y lo primero en que yo pienso es en hacer la mía contra la tuya: ¡qué atrevimiento, qué locura! Por eso tu cólera se derrama sobre nosotros; y la muerte, más horrorosa que nunca, se presenta a nuestros ojos de un modo formidable.
Compadécete, Señor, de los redimidos con tu Sangre: oye benigno las fervientes súplicas de tu fiel siervo Luis, nuestro abogado. Por lo que a mí toca, ofrezco la enmienda y no volverte a ofender en adelante: arreglar a tu ley santa mi conducta; y, mientras tenga tiempo, obrar el bien de manera que me haga digno del perdón y, por tu misericordia infinita, de tu gloria. Amén.
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA PARA TODOS LOS DÍAS
Cuando yo considero, tiernísima María, que por solo un pecado debía estar ardiendo en los infiernos, y que me has extendido tu poderoso brazo para librarme de caída tan espantosa, no sé cómo agradecerte tan inconcebible beneficio. Yo convido a todas las criaturas para que te den las gracias a mi nombre, suplicándote únicamente, por tu Corazón sensibilísimo, que condolida de mi mucha flaqueza, me alcances la gracia en las tentaciones, tu auxilio en los peligros, conformidad en los trabajos, resignación en las enfermedades, paciencia inalterable con el prójimo, y el continuo ejercicio de todas las virtudes, para tener la dicha de repetir las mismas gracias que ahora te doy en las eternas mansiones de la gloria.
Rezar una Salve a Nuestra Señora.
DÍA PRIMERO – 30 DE SEPTIEMBRE
ORACIÓN
DÍA SEGUNDO – 1 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Oh Dios misericordiosísimo, que en el plantel de tu Iglesia colocaste a tu fiel siervo Luis, para que cultivase, aún no cumplidos veinte y cinco años, las hermosísimas flores de su orden en el convento de Valencia, supliendo sus virtudes la falta de los años; haz, que por sus méritos y súplicas, que sirviéndote sus devotos con el mismo empeño que él lo hacía, y trabajando incesantemente en el negocio de la salvación, alcancemos vernos libres de la presente angustia, y gozar con él a tus plantas de la alegría sempiterna. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Mi Dios, hasta tus oídos Suba de Luis el ruego, Cual penetra en las nubes El olor matutino del incienso.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
Siete años empleaste en tan laboriosas tareas, ¿y no ocuparás un solo momento en pedir ahora por nosotros? Triunfante y glorioso, no has de olvidarte de los que te aman. Los ves cercados de miserias, perseguidos de la cólera del Eterno, y expuestos finalmente a condenarse: ruega, pues, intercede por nosotros, y haz que libres de las cadenas de la culpa, vayamos todos a gozar la vista sorprendente de todo un Dios en las mansiones alegres de la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Giro mis tristes ojos De vez en cuando al cielo, Y, Dios mío, ¡qué contraste!, En la vida del justo y la mía encuentro. DÍA CUARTO – 3 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Te pones, ¡oh Luis prodigiosísimo!, a los pies de San Vicente para entregarle en Valencia tu Priorato; y yo dejo a tus plantas mi fortuna, y la suerte de mis parientes y amigos. Deseo que los lances de mi vida corran precisamente por tu cuenta. Lo que a mí me interesa es evitar la culpa por no ofender a Dios, pero a ti, Santo mío, te toca alcanzarme las virtudes que me faltan. Tu humildad te estrechaba a comportarte, como lo verificaste en aquel lance; mi impotencia me obliga a valerme de ti para todo lo que me es necesario. En aquella ocasión mereciste que tu Santo hermano y compañero en su estatua se inclinase para darte un estrechísimo abrazo y levantarte del suelo; y yo solo te pido que vuelvas tus compasivos ojos a tu mísero cliente, que confiado espera tu protección en la vida, tu asistencia en la muerte, y reinar contigo en los alcázares de la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Si una estatua se mueve Al percibir tu ruego, Cuando por mí intercedas, ¿Cómo no ha de escucharte un Dios tan bueno?
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA QUINTO – 4 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Compadécete, Señor, de los redimidos con tu Sangre: oye benigno las fervientes súplicas de tu fiel siervo Luis, nuestro abogado. Por lo que a mí toca, ofrezco la enmienda y no volverte a ofender en adelante: arreglar a tu ley santa mi conducta; y, mientras tenga tiempo, obrar el bien de manera que me haga digno del perdón y, por tu misericordia infinita, de tu gloria. Amén.
ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA PARA TODOS LOS DÍAS
Cuando yo considero, tiernísima María, que por solo un pecado debía estar ardiendo en los infiernos, y que me has extendido tu poderoso brazo para librarme de caída tan espantosa, no sé cómo agradecerte tan inconcebible beneficio. Yo convido a todas las criaturas para que te den las gracias a mi nombre, suplicándote únicamente, por tu Corazón sensibilísimo, que condolida de mi mucha flaqueza, me alcances la gracia en las tentaciones, tu auxilio en los peligros, conformidad en los trabajos, resignación en las enfermedades, paciencia inalterable con el prójimo, y el continuo ejercicio de todas las virtudes, para tener la dicha de repetir las mismas gracias que ahora te doy en las eternas mansiones de la gloria.
Rezar una Salve a Nuestra Señora.
DÍA PRIMERO – 30 DE SEPTIEMBRE
ORACIÓN
Incomparable Luis, que dejada la casa paterna, y olvidado de todos tus parientes y amigos, huyes secretamente para ir en pos de las mortificaciones y la cruz; debiendo a la oración ser recibido en la orden de Santo Domingo: alcanza a tus devotos que, dejados los placeres mentidos de este mundo, fijemos nuestros ojos en los eternos bienes del Paraíso; y que siguiendo como tú las ensangrentadas huellas del Crucificado, evitemos su cólera e indignación, tan justamente merecidas. Ea, misericordioso Luis, sálvanos, que perecemos; alcánzanos la gracia, y después la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Luis, despreciando al mundo, Y todo lo terreno, Con sus obras y empresas Conquistó las riquezas de los cielos.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Luis, despreciando al mundo, Y todo lo terreno, Con sus obras y empresas Conquistó las riquezas de los cielos.
GOZOS AL GLORIOSO PADRE SAN LUIS BELTRÁN
El mundo por vos dichoso,
Os llama por excelencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Cuando en la infancia lloráis
Se mitigan vuestros llantos,
Mirando imágenes de Santos,
A quienes después imitáis:
Que os da quietud y reposo
Ver su aspecto y su presencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Como caudillo de Dios
Hacéis al demonio guerra,
Durmiendo en la dura tierra,
Ya cielo hermoso por vos:
Y así sois más valeroso
Armado de penitencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Vicente al cielo sagrado
Como Elías ha subido,
Vos que Eliseo habéis sido,
Su manto habéis elevado:
Y su don maravilloso
Adquirís con esta herencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
A las Indias de Colón,
Tan ricas de plata y oro,
Pasáis el rico tesoro
De vuestra predicación:
Y el martirio riguroso
Buscáis con gran vehemencia.
Buscáis con gran vehemencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Con la gran fe que gobierna
Vuestro pecho de amor lleno,
Bebéis por Dios un veneno,
Que os da vida y gloria eterna,
Siendo con vos provechoso
El rigor de su inclemencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Vencida ya una mujer,
Que venceros determina,
Magdalena y Catalina
Del Cielo os bajan a ver:
Con el laurel victorioso
De vuestra gran resistencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Llegado el tiempo, en el cual
Sube al Cielo el alma vuestra,
Por todo el aire se muestra
Un resplandor celestial:
Con que os hace más famoso
La divina Providencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
Pues tiene el pecho amoroso
De Dios tan grande clemencia,
Por vuestra patria Valencia
Rogad, Santo milagroso:
Sed clemente, sed piadoso
En cualquier mal y dolencia.
Beltrán Santo y milagroso,
Honra y lustre de Valencia.
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San Luis Beltrán.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
ORACIÓN
Oh Dios, que por la mortificación corporal y la predicación evangélica elevaste a la gloria de los Santos a al bienaventurado Luis tu confesor: concédenos que lo que profesamos con la fe, lo confirmemos siempre con las obras. Así te lo pedimos por los méritos y en nombre de nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del
Espíritu Santo. Amén.
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Oh Dios misericordiosísimo, que en el plantel de tu Iglesia colocaste a tu fiel siervo Luis, para que cultivase, aún no cumplidos veinte y cinco años, las hermosísimas flores de su orden en el convento de Valencia, supliendo sus virtudes la falta de los años; haz, que por sus méritos y súplicas, que sirviéndote sus devotos con el mismo empeño que él lo hacía, y trabajando incesantemente en el negocio de la salvación, alcancemos vernos libres de la presente angustia, y gozar con él a tus plantas de la alegría sempiterna. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Mi Dios, hasta tus oídos Suba de Luis el ruego, Cual penetra en las nubes El olor matutino del incienso.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA TERCERO – 2 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Un hombre como tú, mi Luis incomparable, no puede ciertamente contener su ardiente celo: de él estimado saliste de tu casa, abandonas después tu celda; y en busca de la cruz por mar y tierra, te embarcas felizmente para las Indias.
Mil quinientos bautizaste primero, y en seguida lo mismo hiciste con más de quince mil en Santa Marta. Predicabas en castellano, y todos en su peculiar idioma te entendían: te daban veneno, y tú no recibías daño: los mismos demonios confesaban tu poder.
Mil quinientos bautizaste primero, y en seguida lo mismo hiciste con más de quince mil en Santa Marta. Predicabas en castellano, y todos en su peculiar idioma te entendían: te daban veneno, y tú no recibías daño: los mismos demonios confesaban tu poder.
Siete años empleaste en tan laboriosas tareas, ¿y no ocuparás un solo momento en pedir ahora por nosotros? Triunfante y glorioso, no has de olvidarte de los que te aman. Los ves cercados de miserias, perseguidos de la cólera del Eterno, y expuestos finalmente a condenarse: ruega, pues, intercede por nosotros, y haz que libres de las cadenas de la culpa, vayamos todos a gozar la vista sorprendente de todo un Dios en las mansiones alegres de la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Giro mis tristes ojos De vez en cuando al cielo, Y, Dios mío, ¡qué contraste!, En la vida del justo y la mía encuentro.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Te pones, ¡oh Luis prodigiosísimo!, a los pies de San Vicente para entregarle en Valencia tu Priorato; y yo dejo a tus plantas mi fortuna, y la suerte de mis parientes y amigos. Deseo que los lances de mi vida corran precisamente por tu cuenta. Lo que a mí me interesa es evitar la culpa por no ofender a Dios, pero a ti, Santo mío, te toca alcanzarme las virtudes que me faltan. Tu humildad te estrechaba a comportarte, como lo verificaste en aquel lance; mi impotencia me obliga a valerme de ti para todo lo que me es necesario. En aquella ocasión mereciste que tu Santo hermano y compañero en su estatua se inclinase para darte un estrechísimo abrazo y levantarte del suelo; y yo solo te pido que vuelvas tus compasivos ojos a tu mísero cliente, que confiado espera tu protección en la vida, tu asistencia en la muerte, y reinar contigo en los alcázares de la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Si una estatua se mueve Al percibir tu ruego, Cuando por mí intercedas, ¿Cómo no ha de escucharte un Dios tan bueno?
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA QUINTO – 4 DE OCTUBRE
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
«No sería siervo de Jesucristo, dijo San Pablo, si agradara a los hombres»… Esta fue tu máxima favorita, ¡oh columbino Luis, y ojalá yo te imitara! Tú por agradar a Dios sufrías toda clase de injurias, y aun premiabas a los que te las inferían; y yo dominado de mi pasión me irrito contra los que me ofenden. Tú salvaste con tu preocupación y ejemplo a innumerables extraviados; y yo con mi mala vida escandalizo y extravío a no pocos inocentes… ¡Oh Luis, oh María, oh Dios mío!, no permitáis que yo muera antes que se perdonen mis ignorancias. Vana es la penitencia en el infierno, ni ya hay tiempo, Dios mío, para la enmienda: concédeme, pues, ahora los momentos precisos para deseonojarte: espérame y te pagaré cuanto te debo. Hazlo como te suplico, por los méritos de tu fiel siervo Luis, por los de tu Hija, Esposa y Madre, y por la Sangre preciosísima de Jesucristo, que nos mereció la gracia, y nos compró la gloria. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Enseña a tus devotos, Luis bienaventurado, Tu virtud y tu celo, Y las sendas seguras del Paraíso.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Enseña a tus devotos, Luis bienaventurado, Tu virtud y tu celo, Y las sendas seguras del Paraíso.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA SEXTO – 5 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Tu fe, Luis, tu esperanza, tu caridad sin límites te llevan irresistiblemente a desear el martirio. Atacas al vicio en sus atrincheramientos, lo persigues, lo alcanzas en su veloz carrera, lo destruyes; y el premio que te da el mundo es un veneno, pero tú a los cinco días lo arrojas por la boca en forma de serpiente. Este hecho prueba que dispones a tu placer de la naturaleza. Se agita el mar, y lo aplacas. Careces de recursos, y encuentras el dinero sin que se sepa cómo. Huyes de los hombres, y te familiarizas con los Santos que descienden del Cielo para consolarte. ¡Feliz el que como tú se arroja en los brazos de la Providencia, y que como tú guarda los preceptos divinos!
Haz, Santo mío, que yo jamás los quebrante: líbrame de la horrible peste que amenaza, es justo castigo de mis culpas; y haz que alcance misericordia en la presente vida, para merecer los gozos de la eterna. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Quema, tala, destruye, Los vicios en mi pecho; Y siembra, Luis de mi alma, Las virtudes en él, como deseo.
Haz, Santo mío, que yo jamás los quebrante: líbrame de la horrible peste que amenaza, es justo castigo de mis culpas; y haz que alcance misericordia en la presente vida, para merecer los gozos de la eterna. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Quema, tala, destruye, Los vicios en mi pecho; Y siembra, Luis de mi alma, Las virtudes en él, como deseo.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA SÉPTIMO – 6 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
La paz de tu corazón es mucho más suave, ¡oh Luis!, que el aura matutina y que el apacible reflejo de la luna. Tú vives en tu Dios, te mueves y existes en Él; hablas solo de la paz que disfrutas, que es la misma que Jesucristo nos dejó por herencia y que el mundano desconoce; la cultivas entre tus religiosos compañeros, la promueves en todos tus sermones, en los más inminentes riesgos no la pierdes: ¡Tal es el espectáculo de la arreglada conducta…! Oh patria, desgraciada patria: perdiste las prendas relevantes con que brillabas: se ensoberbeció tu corazón por tu hermosura, y por eso no aparece la antigua paz que gozaste. Procura con el mayor empeño recobrarla. Alcánzanos, oh Luis, ventura tanta. Aplaca el furor de los partidos, mira por la Iglesia; cuida de la seguridad de sus Prelados, intercede por el clero, y defiéndenos a todos del formidable cólera que con horrible aspecto nos amenaza. Regálanos la paz en nuestro estado respectivo: la paz en la última agonía, y después de esta vida miserable, la paz que disfrutan los fieles cortesanos del Empíreo. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Todos la paz decantan Con ridículo empeño: Mas la que da este mundo En nada se parece a la del Cielo.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA OCTAVO – 7 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Allí está infaliblemente tu corazón donde tienes depositado tu tesoro, ¡oh dichosísimo Luis! Navegaste en este mundo para reunir en tu patria riquezas incontables: «Entra, pues, en el gozo de tu Señor».
Así se despidieron de su gran prelado, de su amable amigo, de su buen padre tus religiosos hermanos, cuando en la recomendación de la orden te deseaban: «Que desatado de las prisiones de la carne llegases al Paraíso…» Falleces, en efecto, al escuchar estas palabras: vuelas como la exhalación hacia tu amado, y cual pez en el agua te miras inundado por todas partes de su gloria.
Disfruta enhorabuena sus caricias, y resplandece en las alturas aún más que el sol y estrellas en el cielo, pero no te olvides de tus devotos, y haz que detestados nuestros errores, y disipado el justo temor de la peste que nos amaga, volvamos a la amistad del Señor ya corregidos.
Sí, Dios bueno, Padre santo y omnipotente: recibe, por las súplicas de Luis, entre tus brazos a un pueblo que humillado te invoca y que desea escapar en ellos de tu enojo, para que los que formidan tan justamente, se congratulan al verse perdonados. Te lo pedimos así por Jesucristo nuestro Maestro y Redentor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Con tiempo, de un convite Se avisa al compañero; De tu muerte, un año antes, Te da noticia por lo mismo el Cielo.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Todos la paz decantan Con ridículo empeño: Mas la que da este mundo En nada se parece a la del Cielo.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA OCTAVO – 7 DE OCTUBRE
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Allí está infaliblemente tu corazón donde tienes depositado tu tesoro, ¡oh dichosísimo Luis! Navegaste en este mundo para reunir en tu patria riquezas incontables: «Entra, pues, en el gozo de tu Señor».
Así se despidieron de su gran prelado, de su amable amigo, de su buen padre tus religiosos hermanos, cuando en la recomendación de la orden te deseaban: «Que desatado de las prisiones de la carne llegases al Paraíso…» Falleces, en efecto, al escuchar estas palabras: vuelas como la exhalación hacia tu amado, y cual pez en el agua te miras inundado por todas partes de su gloria.
Disfruta enhorabuena sus caricias, y resplandece en las alturas aún más que el sol y estrellas en el cielo, pero no te olvides de tus devotos, y haz que detestados nuestros errores, y disipado el justo temor de la peste que nos amaga, volvamos a la amistad del Señor ya corregidos.
Sí, Dios bueno, Padre santo y omnipotente: recibe, por las súplicas de Luis, entre tus brazos a un pueblo que humillado te invoca y que desea escapar en ellos de tu enojo, para que los que formidan tan justamente, se congratulan al verse perdonados. Te lo pedimos así por Jesucristo nuestro Maestro y Redentor, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Con tiempo, de un convite Se avisa al compañero; De tu muerte, un año antes, Te da noticia por lo mismo el Cielo.
Los Gozos y la Oración se dirán todos los días.
DÍA NOVENO – 8 DE OCTUBRE
ORACIÓN
Por la señal…
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
Acto de Contrición, y Oración a Nuestra Señora.
ORACIÓN
Aunque yo penetrara hasta el sublime espacio que afortunadamente ocupas, mi Luis amorosísimo, me acaecería lo que a San Pablo, que ni pudo ni supo explicar lo que había visto.
No obstante, el suave olor de tu cadáver, el sublime resplandor que lo circunda, y que sube más allá de la bóveda de tu celda: las músicas suavísimas que en distintas ocasiones y lugares se perciben, los repetidos estupendos milagros que ejecutas, la revelación es que de tu agigantado premio se hacen los apostólicos afanes en que incansable te ocupaste, y lo que es más, la munificencia de todo un Dios que de justicia te corona, dan a entender bastante tu inexplicable ventura.
Y, ¿qué, el Juez que te premia, solo para mí será inexorable? No, mil veces no. Él, por tu medio oirá los suspiros que desde lo más profundo del pecho le dirijo, mis lágrimas penetrarán hasta sus oídos: la Santísima Virgen le presentará a mi favor su poderoso ruego: la Sangre de Jesucristo inclinará en mi beneficio la balanza de los destinos: y finalmente, si reclama su justicia, triunfará su misericordia. Yo confiadamente lo espero, y se lo pido, para tener el placer de cantar sus bondades contigo por toda la eternidad. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Sí, según los servicios Así han de ser los premios, ¡Cuán grande, oh Luis, ser debe Tu lauro inmarcesible y sempiterno! Acercaos a sus aras Ricos, pobres, enfermos; Que es corto ciertamente Para su caridad el universo. Al Padre, con el Hijo, Y al sumo Paráclito, Loores denle por todo El Cielo y tierra, y aun el mismo infierno.
No obstante, el suave olor de tu cadáver, el sublime resplandor que lo circunda, y que sube más allá de la bóveda de tu celda: las músicas suavísimas que en distintas ocasiones y lugares se perciben, los repetidos estupendos milagros que ejecutas, la revelación es que de tu agigantado premio se hacen los apostólicos afanes en que incansable te ocupaste, y lo que es más, la munificencia de todo un Dios que de justicia te corona, dan a entender bastante tu inexplicable ventura.
Y, ¿qué, el Juez que te premia, solo para mí será inexorable? No, mil veces no. Él, por tu medio oirá los suspiros que desde lo más profundo del pecho le dirijo, mis lágrimas penetrarán hasta sus oídos: la Santísima Virgen le presentará a mi favor su poderoso ruego: la Sangre de Jesucristo inclinará en mi beneficio la balanza de los destinos: y finalmente, si reclama su justicia, triunfará su misericordia. Yo confiadamente lo espero, y se lo pido, para tener el placer de cantar sus bondades contigo por toda la eternidad. Amén.
Un Padre nuestro al Santo, y esta Jaculatoria: Sí, según los servicios Así han de ser los premios, ¡Cuán grande, oh Luis, ser debe Tu lauro inmarcesible y sempiterno! Acercaos a sus aras Ricos, pobres, enfermos; Que es corto ciertamente Para su caridad el universo. Al Padre, con el Hijo, Y al sumo Paráclito, Loores denle por todo El Cielo y tierra, y aun el mismo infierno.
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