martes, 28 de enero de 2020

LA MUERTE DE ENRIQUE VIII, SEGÚN SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
Enrique VIII (retrato a los 49 años de edad por Hans Holbein el Joven)
    
El 28 de enero de 1547 moría Enrique VIII, aquel que para seguir sus vicios, de “defensor de la fe” contra las blasfemias de Lutero, persiguió peor que el Sajón a la Iglesia Romana y consintió que en la católica Inglaterra se introdujese la peste de la herejía:
«Pero llegó finalmente el tiempo de la muerte y el final de los excesos de Enrique. Estaba él en la edad de 57 años cumplidos, y se había hecho tan gordo que casi no pasaba por las puertas, y para subir las escaleras necesitaba que otros casi lo llevaran sobre sus brazos. Entonces, junto con la enfermedad le asaltó una extraordinaria tristeza y un gran remordimiento de conciencia que le recordaba tantas injusticias y sacrilegios cometidos, tantos escándalos dados, y tantos asesinatos de eclesiásticos y seglares; después de haber dado muerte a dos cardenales, tres arzobispos, 18 obispos, muchos archidiáconos, 500 sacerdotes, 60 superiores religiosos, 50 canónigos, 29 barones, 366 caballeros, y otros innumerables gentilhombres y plebeyos, a fin de establecer su sacrílego primado sobre la iglesia de Inglaterra. Le sobrevino después una erisipela en el muslo con fiebre, la cual le hacía sentir que se acercaba al fin de su vida. Querían muchos que él entonces hubiese explicado a algunos obispos el deseo que tenía de reconciliarse con la Iglesia. ¿Pero quién quería hablarle con claridad, cuando él había hecho matar a tantos prelados, solamente porque aquellos eran católicos declarados? Hacía falta que hubiese encontrado entonces un pecho fuerte, que no obstante el temor de la muerte le hubiese dicho abiertamente que si quería aquietar su conciencia, no había otro medio que el de arrepentirse de los males cometidos, y reparando los escándalos dados, retornara humillado a la Iglesia que había abandonado. Pero este pecho fuerte no lo encontró; apenas hubo uno el cual le dice (y no sin temor) que así como había convocado al principio al Parlamento para introducir el mal, así también fuese llamado un nuevo Parlamento para encontrar el remedio. Se dio la orden a los consejeros de Estado, que publicasen esta intención del rey; pero ellos, temiendo con esto el tener que restituir los bienes de las iglesias que les fueron dados, omitieron ejecutarla (Antoine Varillas, Historia de las revoluciones llegadas a Europa en materia de religión, tomo II, libro 16, pág. 99). Y así Enrique dejó las cosas de la Iglesia en el mismo mal estado en que las había puesto; y portanto siguieron entonces ruinas más grandes, como veremos. El rey antes de morir hizo abrir una iglesia de los franciscanos que estaba cerrada, y se hizo decir una Misa, ¡muy escaso remedio a tantos males cometidos! Luego hizo testamento; dejó heredero de sus reinos a Eduardo, único varón que tenía en edad de nueve años, y le dejó dieciséis tutores y curadores, ordenando que el hijo se educase en la religión católica, reteniendo todavía el primado eclesiástico, que en él transmitía; he aquí la bella disposición con la cual moría. En caso dado que Eduardo muriese sin descendencia, instituyó como heredera a María, hija de la reina Catalina; y muriendo también María sin hijos, quiso que la sucediera Isabel, hija de Ana Bolena (Vincenzo Ludovico Card. Gotti OP, La verdadera religión de Cristo demostrada por señales y dogmas, tomo I, § 2, núm. 31. Varillas, loc. cit.).
  
Hizo después celebrar más Misas en su presencia, y quiso recibir el viático bajo la sola especie de pan, y de rodillas: le dijeron que en aquel estado en que se encontaba podía hacer menos que arrodillarse; responde: “Si yo me pusiese bajo tierra, aun así usaría aquel respeto que merece aquel Dios que recibo” (Nöel Alexandre OP, Historia Eclesiástica del Antiguo y Nuevo Testamento, desde la creación del mundo hasta el año 1600 después del nacimiento de Cristo, tomo XVII, art. 3, núm. 9. Card. Gotti OP, tomo I, § 2, núm. 30. Varillas, loc. cit.). ¿Pero cómo podían agradarle a Dios tales obsequios de un hombre que se había puesto bajo sus pies la Iglesia Católica, y moría separado de aquella? Quería Enrique con aquellos actos externos aquietar las grandes angustias que padecía, pero ellas no le eran suficientes para hacerle recuperar la divina gracia ni la paz perdida. Estando al final de la vida, pidió que viniese a asistirlo algún religioso (Daniel Bartoli SJ, Historia de Inglaterra, lib. I, cap. I, pág. 4), ¿pero cómo podía haberlo, después que él los había expulsado a todos del reino? Pidió después de beber, y habiendo bebido, dijo en alta voz estas palabras a todos los que estaban en torno suyo: “Y con esto se terminó y perdió todo para mí”; y poco después expiró». (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Historia de las Herejías, libro IV, cap. 1, arts. 120-121).

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