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lunes, 16 de marzo de 2026

ES MEJOR PADECER TORMENTOS QUE ROMPER LOS MANDAMIENTOS

El abad Zenón, caminando un día hacia Palestina, sintió el cansancio del camino y se detuvo junto a un campo de pepinos para descansar y comer.
Mientras tomaba alimento, comenzó a surgir en su interior un pensamiento:
— Toma un pepino y cómelo. ¿Qué mal hay en ello?
Pero el abad discernía su propio corazón y respondió a ese pensamiento diciendo:
— Los ladrones son llevados al suplicio. Prueba ahora tu resistencia y mira si puedes soportar los tormentos que ellos padecen.
Entonces se levantó y se expuso al sol durante cinco días, soportando el calor del desierto. Mientras el ardor lo agotaba, repetía en su interior:
— No puedo soportar estos tormentos.
Y finalmente concluyó:
— Si no puedes soportar el sufrimiento, entonces no robes para comer.
   
SENTENCIAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO.

domingo, 2 de noviembre de 2025

PARA REFLEXIONAR DE ALGUNOS FUNERALES

Un asceta, caminando por el desierto, se topó con una tribu nómada que estaba celebrando un magnífico funeral. 
En medio del campamento, sobre una gran hoguera, yacía el cuerpo del líder de la tribu con ricas joyas y lujosas ropas.
«¿De qué fe era su líder?», preguntó el anciano.
«¡Ay!», le respondieron, «él era un incrédulo»,
«Verdaderamente una gran desgracia», dijo el ermitaño, «estar tan lujosamente vestido y no tener adónde ir».

lunes, 1 de septiembre de 2025

LA HUMILDAD COMO RESPUESTA A GRACIAS PARTICULARES

Decían los ancianos: «Aunque se te aparezca de verdad un ángel, no le acojas fácilmente, sino humíllate, diciendo: “No soy digno de ver un ángel yo que vivo en el pecado”» 

Decía el abad Matoés: «Cuanto más se acerca el hombre a Dios, más pecador se ve. Por eso, Isaías, al ver al Señor decía: “¡Ay de mí que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Isa. 6, 5)».

SENTENCIAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO

jueves, 24 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA VIGESIMOCUARTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA VIGÉSIMOCUARTO – OBEDIENCIA A NUESTROS ÁNGELES CUSTODIOS
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que la obediencia a nuestros Ángeles custodios es un deber, de cuyo cumplimiento depende agradar a Dios Nuestro Señor y conseguir el último fin para que hemos sido criados; pues ellos no nos mandan sino lo mismo que Dios nos ordena; sus preceptos son los preceptos divinos, sus inspiraciones, las inspiraciones santas del Espíritu divino, su voluntad, la voluntad misma del Padre celestial. Por consiguiente, si obedecemos al Ángel de nuestra guarda, obedecemos a Dios; si le despreciamos, despreciamos al mismo Dios, quien nos prescribe clara y terminantemente esta obediencia a nuestro Ángel Custodio por estas palabras: «He aquí que yo envió a mi Ángel para que te guie, te acompañe en el camino y te conduzca al lugar que te he preparado, obedécele y escucha sus palabras». Ahora bien, no podemos dudar que los Ángeles nos hablan, pues ya hemos considerado al tratar de su lenguaje, cómo se comunican con nosotros ordinariamente, es decir, sugiriendo en nosotros los buenos pensamientos, inspirándonos firmes resoluciones de apartarnos del mal y practicar la virtud. Así, pues, cuando os sintáis movidos a imitar el buen ejemplo de un amigo, no dudéis que ese movimiento interior es la voz del Ángel que os habla; si a la vista de un pobre, os viene la idea de socorrer sus necesidades, esa idea es una inspiración de vuestro Ángel. ¿Y qué debéis hacer en estos y otros casos semejantes, sobre todo cuando se trata de la práctica ele vuestras obligaciones? Escuchar sus voces interiores, es decir, ejecutar lo mismo que vuestro amigo, dar la limosna al pobre según vuestras posibilidades, etc.; de esta manera ya habéis obedecido a vuestro Ángel custodio.
    
PUNTO 2º. Considera que aun cuando no estuviéramos obligados a obedecer á nuestros Ángeles de guarda, no debiéramos aplicarnos menos a hacer todo lo que nos aconsejan o sugieren; porque en todo lo que nos dicen no tienen otra mira ni otro fin que nuestros propios intereses. Lo más frecuente, cuando nuestros padres y principalmente nuestros mayores nos mandan algo, es para sacar de nosotros alguna ventaja, por ejemplo, para que les ayudemos en sus trabajos o para que ganemos para ellos dinero. Pues bien, aunque nos manden únicamente movidos por esa ventaja, nunca estamos nosotros dispensados de obedecerles. Todo lo que los Ángeles nos mandan es solamente por nosotros y por nuestro bien; porque no tienen ninguna necesidad de lo que hacemos, y de ello no obtienen provecho alguno. Cuando nosotros trabajamos por la salud de nuestros prójimos y no logramos convertirlos, nos queda el consuelo de que no por esto perdemos el mérito de nuestro trabajo, según aquellas palabras de la Santa Escritura: «Dará Dios la recompensa de sus santos trabajos»; y notemos bien que no dice «de sus frutos o buenos resultados»; porque aunque sean inútiles, y no saquen ningún provecho nuestros hermanos, el que por ellos trabaja alcanza el premio debido a su trabajo, según el cual Dios recompensa y no según los frutos o resultados. Pero el Ángel custodio no tiene ni aun este consuelo, trabaja y no merece nada, y cuando nosotros no le obedecemos trabaja sin provecho y sin mérito, pero sí, siempre sin disgusto porque todo lo que él pretende, obedeciendo á Dios, es simplemente obedecer, cumpliendo su palabra, «Furiéntes verbum illíus», pues sabe muy bien cuánta honra y gloria se adquiere con obedecer los mandamientos de Dios. Obedezcamos, pues, a nuestros Ángeles custodios para que no nos desamparen y abandonen y caigamos en poder de satanás y sus malignos artificios, como sucedió con Babilonia confiada al cuidado de los Ángeles, quienes dicen: «Nos hemos esforzado por curar a Babilonia, y ella no se ha curado: la abandonamos». Orígenes comentando este pasaje, dice que acontece a una alma indócil a la voz de su Ángel, que cuando llega la hora de la muerte, se retira de ella, no queriendo asistir a su caída en el abismo infernal.
    
JACULATORIA
Ángeles que obedecéis a Dios y cumplís fielmente sus mandatos, enseñadnos la verdadera obediencia cristiana.
    
PRÁCTICA
En las oraciones de la mañana, nunca omitáis el propósito de seguir los consejos y santas inspiraciones del Ángel de vuestra guarda. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Amantísimo Ángel de mi guarda, que deseoso de mi eterna salvación estáis continuamente hablando a mi corazón por medio de vuestras santas inspiraciones, intimándome el cumplimiento exacto de mis deberes, haced que yo sepa corresponder a vuestros deseos y obedezca vuestros mandatos y consejos, pues que todo lo hacéis únicamente por mi felicidad. Perdonadme, Santo Ángel mío, las innumerables desobediencias de que me he hecho culpable ante Dios y en vuestra santa presencia, frustrando y haciendo inútil por mi parte vuestra misión divina. Alcanzadme los auxilios de la gracia para que siempre sea obediente y dócil a vuestros preceptos. Amén.
 
EJEMPLO
Iba una vez cierto santo solitario muy fatigado del largo camino que diariamente tenía que recorrer para proveerse de agua, y miraba a una parte y otra buscando un sitio más cercano a la fuente para colocar allí su celda y no tener que andar tanto. Ocupado en este pensamiento oyó de repente una voz humana que contaba, «uno, dos, tres». Sorprendióle mucho oír voz de hombre en aquella vasta soledad, donde le constaba que nadie había fuera de él; volvió la vista atrás y observó que le seguía muy de cerca un lindísimo joven. «¿Quién eres?», le dijo el anciano, «¿y qué buscas en este yermo?». «Soy el Ángel de tu guarda, repuso el joven, y voy contando uno por uno los pasos que das, porque cada uno de ellos tendrá en el Cielo un premio muy colmado». Esto dijo y se ocultó a sus ojos, dejando al santo viejo tan animado a trabajar y sufrir, que lejos de trasladar su celda más cerca, la retiró cuanto le fue posible para tener más ocasión de merecer (P. Rafael Pérez SJ).
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

viernes, 4 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA CUARTO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA CUARTO – LA CIENCIA DE LOS ÁNGELES
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que siendo los Ángeles espíritus de un orden inteligible superior al nuestro, están dotados de una inteligencia tan poderosa, que excede incomparablemente a la nuestra; al darles Dios el ser les ha dado al mismo tiempo su perfección intelectual, cual corresponde a su naturaleza, de manera que desde los albores de su existencia, desde el primer instante en que fueron criados, sus entendimientos recibieron las ideas divinas que, iluminando toda su sustancia, la convirtieron, si se permite la expresión, en un espejo purísimo en el cual contemplan, con una visión o intuición clarísima todos sus accidentes y todas las perfecciones que les son debidas; no necesitan, pues, como nosotros, de un acto reflejo que conociendo solamente las operaciones, les haga adquirir por este medio la ciencia de su ser y de sus facultades. El entendimiento de los Ángeles sin intermedios ningunos conoce inmediatamente su propia sustancia, ésta se presenta por sí misma a su virtud intelectiva, y ellos no tienen más que abrir los ojos, por decirlo así, para contemplar desde luego en sí mismos toda la verdad, toda la grandeza, toda la hermosura, no sólo de la excelencia de su ser, sino de todas las naturalezas criadas; ahí admiran la perfección y armonía del universo; comprenden el orden de los astros y sus movimientos, se complacen con la belleza de las plantas y de las flores de nuestro globo, con la variedad asombrosa de sus animales, penetran los múltiples instintos de éstos, ahí registran con una sola mirada todas las ciencias ele los sabios de la tierra, y les parecen juegos de niños los maravillosos y sorprendentes descubrimientos del hombre. ¡Oh!, ¿quién es capaz de comprender el poder de la inteligencia de los Ángeles?.
    
PUNTO 2º. Considera también que los Ángeles no han adquirido la ciencia que poseen, como nosotros, es decir, después de largas vigilias y heroicos esfuerzos, expuesta a las vicisitudes humanas. ¡Qué afanes y qué trabajos no son necesarios para aprender una ciencia humana, cualquiera que sea! El más aventajado filósofo necesita muchos años de estudio para merecer ese nombre; y su inteligencia por más ilustrada que esté no puede abarcar en un punto del tiempo toda la extensión y comprensión de los objetos de sus conocimientos: y cuando quiere comunicar su ciencia a los demás, se ve obligado a trasladarla en parcialidades menudas, por decirlo así, y sucesivamente, de instante en instante, hallándose impotente para enseñarla toda a la vez en un solo acto, en una sola explicación. No es así la inteligencia del Ángel, ella abraza la verdad íntegra de una ciencia en una o muy pocas ideas; el hombre, por el contrario, necesita recorrer una por una todas las partes que constituyen un objeto cualquiera para adquirir un concepto perfecto de él. Para formarse idea cabal de la hermosura de un jardín o de un bello cuadro, ha menester muchas horas, y quizá muchos días, para ir apreciado una por una todas las clases de plantas y flores, su orden y armonía de cuyo conjunto resulta la belleza del jardín; y todos los rasgos, líneas, sombras y colores, de cuya disposición nace la hermosura del cuadro; más el Ángel con una sola mirada comprendería sin tiempo ni esfuerzo en un momento todas estas bellezas en su conjunto y en sus pormenores, y aun descubriría todo lo que pudiera escaparse al ojo perspicaz del más distinguido naturalista y más célebre pintor. Pero no sólo es admirable la ciencia de los Ángeles en el orden puramente natural, sino que su ciencia sobrenatural sobrepuja nuestros débiles alcances; iluminados sus entendimientos por los esplendores de la luz de la gloria que el Criador infunde en sus espíritus, y ayudados por las sublimísimas ideas que en premio de su fidelidad ha depositado en sus sustancias; penetran en el santuario de la Divinidad, y ahí sorprenden los más grandes arcanos de aquel abismo infinito de sabiduría, v destilan ante su extasiada inteligencia todos los altos misterios de la gracia y de la fe, no velados por ningunas sombras, sino claros, patentes y como ellos son en sí mismos. La Trinidad santísima, la Encarnación del Verbo divino, la virginidad de la Madre de Dios, la Redención de hombre, y, en una palabra, todas las verdades sobrenaturales de nuestra religión son objeto de su beatífica visión, de su felicidad eterna. Llenémonos, pues, de un santo regocijo al considerar que algún día poseeremos la ciencia de los Ángeles y seremos a ellos semejantes, procuremos mientras, en este valle de llanto y de miserias, adquirir primero la ciencia de Jesús Crucificado, para contemplar después en el cielo, sin los velos de la fe, la ciencia de los bienaventurados, de los Ángeles y Dios.
   
JACULATORIA
Santos Ángeles, alcanzadnos de la Sabiduría infinita la ciencia de los santos.
    
PRÁCTICA
Rezad todos los días el Ángelus a los toques del alba, la doce del día y a la oración de la noche, para que el Señor se digne anunciarnos los misterios de la Encarnación y Redención, cuyo conocimiento constituye la ciencia más importante del cristiano en este mundo. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Sapientísimos espíritus, excelsos Querubines, que no solo conocéis los arcanos profundos de la Sabiduría increada, sino que también os ha sido dado entender los abismos del humano corazón, y sabéis hasta qué grado llega la ignorancia de nuestras pobres inteligencias; dignaos disipar con vuestras luces las densísimas tinieblas que por todas partes nos rodean, impidiéndonos conocer las sendas que hemos de recorrer para llegar al seguro puerto de salvación; interceded por nosotros para que no poseamos en la tierra otra ciencia que la de la virtud y del bien; bañad nuestras inteligencias con los dulces resplandores de vuestra ciencia, para que como vosotros contemplemos en un día eterno a la Divinidad. Amén.
   
EJEMPLO
Preguntando a uno de los padres del desierto, que medio empleaba para mantenerse siempre de igual humor, contestó: «Contemplo a menudo al Ángel custodio, que tengo siempre a mi lado, pienso que me asiste en todas mis necesidades, que me dicta en todas circunstancias lo que debo decir y hacer, y escribe el modo cómo hago cada una de mis acciones. Esta vista me penetra de un religioso respeto para con él, y hace que esté siempre atento en no decir ni hacer nada que pueda disgustar a mi buen Ángel».
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.

miércoles, 20 de marzo de 2024

SAN MARTÍN DE DUMIO, ARZOBISPO BRACARENSE


San Martín Dumiense debe su sobrenombre a Dumio, lugar próximo a Braga, capital que era, ésta, del reino de los suevos. A él se atribuye la conversión al catolicismo de este pueblo bárbaro, establecido desde comienzos del siglo V en la parte noroeste de la Península, y como apóstol de los suevos es conocido en la historia por antiguos y modernos. Entre los antiguos aduzcamos ya el testimonio dé San Isidoro de Sevilla, su contemporáneo algo posterior. «Habían —dice San Isidoro— permanecido muchos reyes suevos en la herejía arriana, hasta que subió al trono Teodomiro. Este, por celo y esfuerzo de Martín, obispo del monasterio de Dumio, hombre esclarecido por su fe y su ciencia, volvió a los suevos a la fe católica». Al importante hecho se le asigna la fecha de 560.
   
Pero ni los suevos ni su apóstol son originariamente hispanos. ¿Cómo vinieron unos y otro a España? ¿Cómo se encontró el apóstol con los que, ante Dios y ante la historia, serían su gloria y su corona?
   
Si abrimos un mapa clásico de la antigua Germania, entre las mallas de las arterias que forman el Elba con las aguas venidas de los montes Sudetes, hallamos en grueso trazo el nombre de Suabia. El mapa mismo, con el confuso cruzarse y entrecruzarse de los nombres de pueblos, nos da la impresión de un hormiguero humano, aprisionado entre sus bosques, ríos y montañas por el límes romano, el Danubio aquí, el Rin más allá, las legiones por dondequiera. Los suevos, en alguna de las ramas en que aparecen ya fraccionados a comienzos del siglo I, hubieron de ser más de una vez el terror de Roma. En los días de Marco Aurelio, cuados y marcomanos están frente a Roma (166-180), y fue tal el pánico de la urbe que el emperador estoico no halló en el Imperio adivinos bastantes a quienes consultar, ni víctimas suficientes que sacrificar para asegurar el éxito de la guerra. Pero a la larga, la frontera romana se resquebrajaba por todas partes. En lo que ahora nos interesa, los últimos días del año 406, bandas de vándalos, alanos, cuado-suevos y una fracción de vándalos silingos atraviesan, por Maguncia, el Rin, que acaso estaba helado, e inician por tierras del Imperio la marcha que, a través de la Galia, había de llevarlos a nuestra Península. «De un solo empujón —dice, resumiendo penalidades infinitas, San Isidoro— alcanzaron el Pirineo, llevándose a los francos por delante» (Francos protérunt diréctoque ímpetu ad Pyrenǽum úsque pervéniunt. "Hist. Goth.", c. 71). Pero no lo atraviesan entonces. Aún sufren una derrota romana y sólo el año 408 ó 409 irrumpen por las provincias de España. Hasta el año 411, estos pueblos devastan las tierras por donde pasan. El 411 hubo un reparto de tierras en nuestras provincias. «Los bárbaros —dice Hidacio—, inclinados por la misericordia divina al camino de la paz, se reparten a la suerte las regiones de las provincias para habitarlas. Los vándalos y los suevos ocupan la Galecia, sita en la extremidad occidental del mar océano…» (Chronicon c.47).
   
Estos suevos que de un magnífico salto han venido de las orillas del Rin a las del Miño, rompiendo por entre las lanzas de francos y romanos, eran paganos de religión. Todavía su rey Requila, que llevó sus armas victoriosas hasta la Bética y conquistó Sevilla, muere gentil el año 448. En este momento nos da Hidacio esta noticia: «Al gentil Requila sucede inmediatamente en el reino su hijo Requiario, católico» (Chron., c. 137). A la conversión del rey sigue la de su pueblo. A qué y a quién se debiera esta conversión de rey y pueblo, es punto oscuro en la historia —de la historia de este pueblo suevo, que tantos puntos oscuros tiene—.
   
Lo cierto es que cuando, a los pocos años, otro rey suevo se hace arriano, el pueblo se pasa también al arrianismo (si no hay, más bien, que pensar que el pueblo fuera ajeno a estos cambios de decoración religiosa). Y es que estas conversiones religiosas nota bien un moderno historiador eran característicamente actos políticos. El nuevo rey arriano, Remismundo, de complicada historia política, aparece dueño único del reino suevo por el año 465. Está en relaciones con el poderoso rey godo Teodorico, con cuya hija se casa. La conversión, pues, fue también ahora acto político. El catequista fue un tal Ayax, gálata de nación, enviado, sin duda, por, Teodorico. Las palabras de Hidacio respiran indignación: «Ayax, gálata de nación, que, viejo ya, se había hecho arriano, álzase entre los suevos a combatir, con el auxilio de su rey, la fe católica y la divina Trinidad, propagando el virus pestífero del enemigo del género humano, que había traído de la región de las Galias, habitada por los godos» (Chron. c. 232). Si aceptamos para la conversión del pueblo suevo al catolicismo la fecha antes notada de 560, el arrianismo habría durado desde 465 a dicha fecha: un siglo aproximadamente. Y este siglo es justamente de total oscuridad histórica por silencio de las fuentes. Se duda, incluso, sobre el nombre del rey suevo que pasó con su pueblo al catolicismo: Carriarico, según San Gregorio de Tours, o Teodomiro, según San Isidoro en texto anteriormente citado. Vamos a prescindir de la cuestión de nombres. Según San Gregorio de Tours (538-594), el rey suevo arriano habría enviado una embajada al sepulcro de San Martín, suplicando la curación de un hijo enfermo. La embajada fracasa. Envía otra con grandes ofrendas. Los enviados reciben ahora las reliquias del Santo, que, de paso, libera a los presos de la ciudad. Con próspero viento llegan, por mar, a Galicia. El hijo del rey, milagrosamente curado, sale a recibir aquel tesoro… «Entonces llegó también de lejanas regiones, movido de divina inspiración, un sacerdote llamado Martín… El rey con toda su casa confesó la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo y recibió el crisma. El pueblo quedó libre de la lepra hasta el día de hoy y todos los enfermos fueron sanos... Y aquel pueblo arde ahora tanto en el amor de Cristo, que todos irían gozosos al martirio si llegasen tiempos de persecución» (De miráculis S. Martíni, I, 11).
   
Este texto de Gregorio de Tours, contemporáneo de los hechos que narra, siquiera sobre ellos deje indefectiblemente caer el polvillo irisado del oro de la leyenda, pone finalmente en contacto a San Martín Dumiense con el pueblo de que va a ser apóstol. No es inverosímil suponer que fue éste el momento en que, movido de divino impulso —divínis nutítibus actus, como dirá él mismo—, se determinó a dejar las Galias y pasar a la remota Galǽcia, dominada por un pueblo arriano, pero dispuesto a recobrar la fe ortodoxa. La perspectiva, para un alma de temple apostólico, no podía ser más halagüeña. Y también aquí pudo haber tenido parte la política. Los francos eran católicos desde fecha remota —Clodoveo se bautizó el 25 de diciembre de 498 ó 499— y, sin duda, se disputaban con los godos la influencia sobre el pueblo suevo. Por otra parte, Martín no era un desconocido en el reino franco. Venancio Fortunato, peregrino también del sepulcro de Martín de Tours, monje primero y obispo luego de Poitiers, inspirado poeta, fue amigo suyo y le exalta con alta inspiración en uno de sus poemas (Carmina, libro V, 2), que es bien citar aquí
Martíno serváta novo, Gallícia, pláude:
sortis apostólicæ vir tuus iste fuit.
qui virtúte Petrum præbet tibi, dógmate Páulum,
hinc Jácobi tríbuens, inde Johánnis opem.
Pannóniæ, ut perhíbent, véniens e parte Quíritis
est magis efféctus Gallisuéba salus.
[Por el nuevo Martín salvada, Galicia aplaude,
de estirpe apostólica fue este varón para ti.
Por virtud a Pedro, por doctrina a Pablo, igualara.
De Santiago y Juan la protección te trajo.
De Panonia vino, según dicen, de parte Quirito.
Y fue más bien la salud la Galicia sueva]».
Gregorio de Tours, amigo también de Venancio Fortunato, hace del Dumiense este lapidario elogio: «Nulli secúndus illis tempóribus habébatur» (Hist. Franc. V, 38: PL 71, 352). Acaso conoció también el monasterio y la regla de San Cesáreo de Arlés. Estas estrechas relaciones con las grandes lumbreras eclesiásticas del reino franco suponen una estancia algo prolongada en él. Cabe, pues, imaginar que fue de Francia, acaso de la tumba misma del taumaturgo homónimo suyo, de donde San Martín Dumiense vino a España. Nada impide tampoco suponer que se agregara a la expedición regia que llevaba a Galecia las reliquias del Turonense. Ello sería por los años de 550-560.
   
Pero Martín no era franco ni galorromano de nación, y si la embajada piadosa del rey suevo le halló junto a la tumba de San Martín de Tours era simplemente una de tantas estaciones en una vida de largo peregrinar por tierras extrañas. Sólo en Galecia justamente hallará reposo. El mismo nos dice en el epitafio que, con ejemplar previsión, se compuso para su tumba en hexámetros virgilianos: «Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido por impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno…».
   
San Martín Dumiense es, consiguientemente, de la misma patria lejana, la actual Hungría, muy hacia el Oriente, que su glorioso homónimo San Martín de Tours, de reciente memoria (relativamente, reciente, pues San Martín muere el año 397) y cuyos milagros atraían a su tumba gentes de toda procedencia y categoría. El Dumiense hubo de nacer hacia el 510-520. De su juventud no se sabe nada. Apuntemos sólo que un siglo antes (después de 414) había muerto por sus tierras del Danubio un escritor notable, Nicetas de Remesiana cuyas obras hubo de leer antes de emprender sus peregrinaciones. Acaso la primera de éstas le llevó a Palestina, donde se hizo monje y aprendió el griego. El monacato era entonces algo muy móvil. Martín puede seguir peregrinando; pero de Palestina se trajo el espíritu monacal que instaurará en tierras de Galicia y dos preciosos opúsculos: Verba seniórum y Senténtiæ Patrum Ægyptiórum, que serán la regla de su futuro monasterio dumiense. La visita de Roma era inevitable. De Roma pasaría al reino franco, donde le hemos hallado junto al sepulcro de San Martín y hemos supuesto que, desde allí, por mar, se dirigió al reino, suevo, donde había de hallar término a su peregrinación y ancho campo a su celo apostólico. Este sería el momento de su grande obra: la conversión del rey y el pueblo arriano a la ortodoxia católica. Ni San Isidoro ni San Gregorio de Tours nos dicen en qué consistió la acción del Dumiense en la conversión del rey y pueblo suevos. Acaso fue obra del prestigio de su fe y de su saber. El hecho es que en el primer concilio de Braga, el año 561, San Martín desempeñaba el mismo papel que San Leandro en el tercero de Toledo. La conversión había sido tan entera que no fue menester lanzar nuevo anatema contra el arrianismo y los ocho obispos que firman sus actas se limitaron a leer la decretal del papa Vigilio y extractar de ella su canon quinto, que manda administrar el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que la conversión hubo de estar relacionada con los milagros de San Martín de Tours lo prueban los versos del Dumiense que figuraban en la basílica de Dumio, consagrada al taumaturgo turonense: «Admirando tus prodigios, el suevo ha conocido el verdadero camino, y, para sublimar tus méritos, ha levantado estos atrios, construyendo a Cristo un templo venerable, donde tú repartes tus gracias y él derrama sus plegarias».
   
Pero Martín, que hubo de frecuentar la corte y mezclarse entre las muchedumbres populares y presidir un concilio para la obra de conversión, era en el fondo un monje que se había traído de Palestina la nostalgia de la soledad, del silencio y la quietud, de la gloria de la oración lejos de todo mundanal ruido, aun del que trae consigo toda obra de apostolado (y éste es acaso el brazo más pesado de su cruz). Así, y apoyado, sin duda, por el poder regio, pronto funda el monasterio de Dumio, cerca de Braga, el primero de Galicia y acaso también de toda la España visigótica. Luego seguirán otros, de los que quedan escasas noticias. Lo cual no era abandonar la obra de conversión, sino asegurarla. Acaso Martín comprendió que no hay medio de cristianizar un pueblo como esos focos de intensa vida sobrenatural, que, como el fuego su calor, la irradian luego en torno suyo, sin estruendos pero con infalible eficacia. No sabemos cómo se llevó a cabo la fundación y se formó en torno a Martín ese vasto mundo aparte que era una abadía medieval. Lo que sí sabemos es que muy pronto el abad de Dumio es creado obispo —Dumiénsis monastérii sanctíssimus pontífex, le llama San Isidoro—. Su jurisdicción debió de limitarse a la família servórum del monasterio y acaso a la corte. Se supone que conoció la regla de San Cesáreo de Arlés († 27 de agosto de 543) y acaso también la de San Benito († h. 547). Pero en Dumio, Martín fue, sin duda, la regla viva. Y como fuente de inspiración para la formación de sus monjes, allí estaban los dos opúsculos que se trajera de Oriente: Las palabras de los ancianos y las Sentencias de los padres egipcios. Este último, que nos parece menos interesante, lo tradujo por si mismo. Del primero encomendó la traducción a su discípulo Pascasio, quien antepone a su labor un breve prólogo dirigido «al señor venerable padre Martín, abad y presbítero». Este prólogo nos interesa, como todo rastro que de sí deje un alma, pues Pascasio, monje de Dumio, puede representar el ideal de cultura que San Martín señalaba a sus monjes. Pascasio emprende su trabajo, para él insólito, para obedecer a su padre santísimo. Él sabe —y es un saber precioso— que nada puede jamás leerse, escribirse o imprimirse, si el ingenio o el corazón con su íntima voz lo prohíben. Se acuerda de Sócrates y, como él, sabe que no sabe nada. Ha leído muchos libros elocuentísimos, aun por incitación de su abad, y si su versión latina no lo es tanto, no se le inculpe a él, sino al mal manuscrito de que dispone. Le pide a su abad la ayuda de su oración y si halla, en fin, su trabajo digno de ser copiado, él se digne pulirlo con su buen estilo. El buen Pascasio termina: «No sabría que mi trabajo te ha agradado, si no veo algunas cosas que te hayan disgustado». La obrita es un tesoro de doctrina ascética, con la ventaja de ofrecérsenos no en tratados abstractos o en áridas sentencias, y menos en un código de imperativos, sino en narraciones, anécdotas y palabras vivas de los Padres del yermo. Son la flor de aquellas soledades en su mejor primavera de santidad. Son zumo sabroso de unos frutos de experiencia ya secular. Es difícil resistir a la tentación de transcribir aquí algunas de esas palabras de los viejos del yermo, no sólo por su perfume y su jugo, sino porque si no son obra de San Martín, por él llegaron a Occidente y él antes que nadie hubo de sentir su hechizo y modelar por ellas su espíritu y el de sus monjes. Tomemos el postrer capítulo. «Se reúnen doce anacoretas y se conviene entre ellos que cada uno diga en qué piensa y medita. El primero dijo: He puesto un muro entre mí y el mundo exterior y sólo me miro a mí mismo y espero la esperanza de Dios. El segundo: Desde que renuncié a la tierra, me dije: Hoy has empezado a servir a Dios. El tercero: Por la mañana subo a Dios y le adoro… El cuarto: Yo me imagino estar en el monte Olivete con el Señor y sus discípulos y me digo a mí mismo: no conozcas a nadie según la carne. El quinto: Yo estoy continuamente esperando mi fin y le digo a Dios: Preparado está mi corazón… El sexto: Yo me imagino oír que el Señor me dice a la continua: Trabajad por mí y yo os daré el descanso… El séptimo: Yo pienso continuamente en la fe, la esperanza y la caridad. El octavo: Yo miro cómo el diablo está dando vueltas buscando a quién devorar… El noveno: Yo procuro vivir con mi mente en el cielo y cuanto hay en la tierra lo reputo ceniza y estiércol. El décimo: Yo miro continuamente al ángel que me acompaña… El undécimo: Yo hago de las virtudes personas y me las imagino acompañándome por todas partes… El duodécimo: Vosotros, padres, sois hombres celestes o ángeles terrenos y por ello pensáis en el cielo. Yo bajo todos los días al infierno y me digo a mí mismo: Estáte con los que mereces, pronto te contarás entre ellos…».
   
Recojamos alguna deliciosa narracioncilla. San Martín recomendaba a sus monjes el desprendimiento de las cosas con este ejemplo: «El abad Macario sale un día de su celda. A la vuelta halla a un ladrón que estaba cargando su jumento con los enseres del monje. Macario se hace el extranjero, le ayuda a cargar la bestia y le acompaña diciendo: Nada trajimos al mundo y nada nos llevaremos de él».
   
Vaya esta otra por lo breve: «Un viejo le dice a otro: Yo estoy muerto al mundo. El compañero le responde: No confíes en ti mismo hasta que hayas salido de tu cuerpo, pues si tú estás muerto, el diablo no lo está, y sus artes son incontables».
   
Una sentencia de oro: «Todo trabajo sin humildad es vano…».
   
Contra la fácil tentación de soberbia que acecha al monje como elegido y predestinado, San Martín contaba a los suyos: «El abad Silvano fue arrebatado en éxtasis en su celda. Vuelto del éxtasis, lloraba. Importunado por su discípulo, dijo finalmente: He sido arrebatado al juicio, hijo mío, y he visto a muchos con hábito de monjes ir a los suplicios y a muchos laicos subir al cielo» (Senténtiæ Patrum Ægyptiórum, 48). Y así fuera grato continuar.
   
Pero no eran sus monjes de Dumio la sola solicitud de San Martín. Para regular la vida del clero, recopiló, tradujo y ordenó una colección de cánones, tomados «de los sínodos de los antiguos Padres orientales», pero también de concilios españoles y africanos. Colección, sin duda, del mayor interés para el conocimiento de la organización y vida de la Iglesia y aun de las costumbres en general de aquellos tiempos. San Isidoro nos dice haber leído él mismo —ego ipse legi— un volumen de cartas en que «el obispo santísimo del monasterio dumiense exhortaba a la enmienda de la vida, al fervor en la oración, a la largueza en la limosna y, sobre todo, al culto de las virtudes y a la piedad». Estas cartas se han perdido y su pérdida es bien de lamentar, pues ellas nos hubieran acaso guardado lo mejor del alma del abad de Dumio.
   
Al rey Miro, sucesor de Teodomiro, le dirige San Martín el opúsculo Fórmula de la vida honesta. El tratado hubo de ser pedido al Santo por el rey mismo, que siente —dice Martín en el prólogo— sed ardentísima de la sabiduría y quiere ir a saciarla en las fuentes de donde manan los ríos de la ciencia moral. Si esta sed la suscitó, como es de suponer, el apóstol en sus conversos, ello sería gloria suya y de ellos. La Fórmula es un tratado de ética natural de corte e influencia senequista. San Martín Dumiense, de origen no hispano, es nuestro primer senequista. Hasta tal punto se penetra del estilo y pensamiento del cordobés, que la Edad Media nos ha transmitido la Fórmula vitæ honéstæ bajo el nombre de Séneca. La nueva patria le prestó acaso también algo de su espíritu. A Séneca suena esta sentencia: «¿Qué importa que no estés en tu patria? Tu patria es el lugar donde has encontrado el bienestar, y la causa del bienestar no radica en el lugar, sino dentro ¿el hombre mismo». Lo mismo se diga del tratado De ira, que recuerda otro del mismo título de Séneca.
   
Objeto, en fin, de la solicitud del abad, obispo de Dumio era el pueblo humilde de los campos, imbuido aún de supersticiones paganas, célticas y germánicas. El tratado De correctióne rusticórum, a par de un resumen de las verdades cristianas, da noticias de las supersticiones de las gentes del campo del reino suevo (y hay que suponer que de toda España). Para desacreditar la idolatría, San Martín apela a la teoría demónica: «Muchos de los demonios expulsados del cielo presiden en el mar, en los ríos, fuentes y bosques, y los hombres que ignoran a Dios les dan culto como a dioses. En el mar los llaman Neptuno, en los ríos Lamias, en las fuentes Ninfas, en los bosques Diana. En realidad, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno fueron hombres pésimos entre los griegos». Notable cruce, pues, de la teoría demónica y del evemerismo (y notable también que aún haya quien crea hoy el aire poblado de démones...). San Martín no quiere que se den a los días de la semana los nombres de los dioses gentiles y es admirable que los portugueses le hayan obedecido [en portugués, los días feriales se llaman secunda, terça, quarta, quinta y sexta feira, siguiendo la liturgia]. Citemos, en fin, por lo curioso, el culto a los ratones y a las polillas (dies tineárum et múrium). Su hartazgo a principios de año era presagio de abundancia en la casa visitada por tan incómodos huéspedes.
   
Sólo podemos ya citar por su mero título otras obras del Santo: Pro repellénda jactáncia, De supérbia y Exhortátio humilitátis, que tienen más sabor evangélico. Los opúsculos sobre la Pascua y De trina mersióne (De la triple inmersión) responden a cuestiones muy debatidas en su tiempo.
   
San Martín fue también poeta, o, por lo menos, sabía manejar diestramente los hexámetros virgilianos. Se le han señalado influencias del poeta galorromano Sidonio Apolinar († 480-90). En el refectorio del monasterio de Dumio había una inscripción tomada casi a la letra de San Apolinar (cf. PL 72,52 y PL 58,722). En hexámetros virgilianos está compuesto por él mismo su epitafio, con que cerramos esta semblanza:
«Pannóniis génitus, transcéndens æquóra vasta,
Gallíciæ in grémium divínis nútibus actus,
Conféssor Martíne, tua hac dicátus in áula,
Antístes cultum instítui rítumque sacrórum,
Téque, patróne, séquens fámulus Martínus éodem
Nómine, non mérito, hic in Christi pace quíesco.
[Nacido en Panonia, llegué atravesando los anchos mares,
y arrastrado por un instinto divino, a esta tierra gallega, que me acogió en su seno.
Fui consagrado obispo en esta iglesia tuya, ¡oh glorioso confesor San Martín!;
restauré la religión y las cosas sagradas,
y habiéndome esforzado por seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín,
que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo
]».
Este descanso lo alcanzó el año 580. Cinco años más tarde moría también, bajo las armas victoriosas de Leovigildo, el reino suevo. San Isidoro le puso el epitafio: Regnum áutem suevórum delétum in Gothis transfértur, quod mansísse CLXXVII annis scríbitur, «Fue borrado el reino suevo que pasó a los godos y se dice haber durado ciento setenta y siete años». La obra, sin embargo, de San Martín no quedó borrada. Sólo unos años más tarde, España entera será católica y esta fe católica de España entera será la gran fuerza que la salvará, en lucha secular, de la suprema prueba que la historia le reservaba.

DANIEL RUÍZ BUENO. Año Cristiano, Tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que concediste a tu pueblo como ministro de la salvación eterna al bienaventurado San Martín, concédenos te suplicamos, que a quien tuvimos como Patrono y maestro de vida en la tierra, merezcamos tenerlo como intercesor en el Cielo. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 15 de marzo de 2023

CÓMO APROVECHAN LA VIGILIA Y EL AYUNO

Preguntó un hermano: «¿Qué le aprovechan al hombre las vigilias y el ayuno?». El anciano le dijo: «La vigilia y el ayuno humillan al alma, porque escrito está: “Ve mi aflicción y mi penar, quita todos mis pecados” (Sal. 25, 18). Si el alma soporta esos trabajos, Dios tendrá, a causa de ellos, misericordia».
  
Sentencias de los Padres del Desierto, Sentencias del abad San Moisés Etíope, sentencia 5.ª

viernes, 14 de agosto de 2020

LA CARIDAD NO ACOGE EL AMOR PROPIO

Decía un padre: «Si uno te pide una cosa y se la das de mala gana, hay mucho amor propio en este don, como está escrito: “Al que te obligue a andar una milla, vete con él dos” (Mt. 5, 41). Equivale a decir: “Si uno te pide algo dáselo con todo tu corazón y toda tu alma”».
    
SENTENCIAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO

miércoles, 18 de diciembre de 2019

EL EJEMPLO QUE DEBES SEGUIR

Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe vivir un hombre?».

Y el anciano le respondió: «Ahí tienes a Daniel, contra el que no se encontraba otra acusación, más que el culto que daba a su Dios» (cf. Dn, 6, 56).

Dijo también: «La pobreza, la tribulación y la discreción, son las tres obras de la vida solitaria. En efecto, dice la Escritura: "Si estos tres hombres, Noé, Job y Daniel hubiesen estado allí...". (cf. Ez 14, 1420).

Noé representa a los que no poseen nada. Job a los que sufren tribulación. Daniel a los discretos. Si estas tres se encuentran en un hombre, Dios habita en él».

Sentencias de los Padres del Desierto (De la manera de adelantar en la vida espiritual según los Padres - Cap. I, 13).