domingo, 17 de octubre de 2021

CANARIAS, ANTESALA DE AMÉRICA

Por César Cervera para ABC (España).
   
  
    
Hubo un tiempo en el que las Islas Canarias, llamadas así por los romanos al hallar grandes mastines en sus tierras (algo que la arqueología no ha podido demostrar), era un lugar casi mitológico poblado por los guanches: nativos supuestamente de gran envergadura, cabellos rubios, ojos claros (similares a las tribus del Rif africano) y que se encontraban todavía en los inicios del Neolítico, ya que desconocían los metales y sus viviendas eran una transición entre cuevas y pequeños poblados de casas de techo de paja. No en vano, la visión grecorromana simplificaba lo que era un archipiélago poblado por muy distintas tribus, desde los guanches de Tenerife a los Canarii de Gran Canaria, y que los castellanos se vieron obligados a combatir en toda su ferocidad.
   
Con la apertura de las grandes rutas marítimas, aquel paraíso incierto se convirtió en objeto de deseo de españoles, italianos, franceses y portugueses. Durante casi 100 años, Castilla acometió una hercúlea campaña militar para someter a su fiera población local, que llegó a su conclusión en 1496.
   
El redescubrimiento de las islas
La larga duración de la conquista de las Canarias se explica por la dificultad de reducir a una población especialmente belicosa y por las distintas realidades de cada isla. Lo que allí pudieran encontrarse los europeos de finales de la Edad Media era un misterio, puesto que durante mil años, entre los siglos IV y XIV, las islas desaparecieron de la Historia. Los primeros en renovar el interés por unas tierras mencionadas por griegos y romanos fueron los navegantes mallorquines, portugueses y genoveses que empezaron a visitarlas con cierta frecuencia a partir del siglo XIV. Hacia finales de ese siglo todo el archipiélago era conocido por los cartógrafos europeos. El portulano Mediceo Laurentino representó en 1351 todas las islas con pelos y señales.
    
Representación de la Primera Batalla de Acentejo en Tenerife por Gumersindo Robayna
  
En 1402 comenzaron los intentos por establecer colonias permanentes y sacar partido a las posibilidades económicas que ofrecían el tráfico de esclavos, la sangre de drago, cueros y distintos pigmentos naturales. El barón normando Jean de Bethencourt desembarcó con 53 hombres en Lanzarote en busca de orchilla, un colorante natural para teñir tejidos (con las mismas propiedades de la cochinilla americana) en sus fábricas de Francia. Aunque sus esfuerzos corrían por iniciativa particular, la falta de recursos obligó al normando a entregar sus conquistas al Rey de Castilla.
    
Jean IV de Béthencourt
  
La primera fase de la conquista castellana se llevó, como en el caso del barón normando, por iniciativa de nobles, en su mayoría andaluces, que realizaron sus acometidas con permiso de la corona pero por cuenta y riesgo de su patrimonio. Luego, a la vista de que aquella batalla individual no era suficiente, los reyes intervinieron directamente proporcionando los medios humanos y materiales para lo que ellos concebían como una gran operación estratégica y religiosa. Las órdenes religiosas jugaron un papel crucial en el proceso de evangelización.

Con el dominio de Lanzarote, Fuerteventura, el Hierro y la Gomera, los Reyes Católicos se plantearon, en 1478, tomar posesión de las islas más grandes y peligrosas: Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Comenzó entonces la fase más épica y sangrienta de la conquista de las Islas Afortunadas. Tras varias intentonas que fracasaron por la escasez de tropas, los Reyes designaron al capitán aragonés Juan Rejón para encabezar una expedición de 650 soldados castellanos con el objetivo de anexionar Gran Canaria (un territorio poblado por entre 4.500 y 60.000, según el profesor del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, Alfredo Mederos Martín.), ya fuera de forma pacífica o militar.
  
Los acontecimientos decidieron la forma. Poco después de desembarcar en la isla, 2.000 guerreros cayeron sobre Rejón en lo que parecía una masacre sin remedio. No obstante, los canarios cometieron el error de presentar un ataque campal, en vez de aprovechar su conocimiento de la geografía para hostigar a los castellanos. La caballería europea mató durante su carga a 300 nativos, que usaban como armamento piedras y lanzas de madera. La exitosa aventura de Rejón se completó meses después, con el hundimiento de una flota portuguesa que trataba de establecer una colonia.
  
Pedro Fernández Cabrón
El carácter rudo y despótico de Rejón provocó una lucha interna que terminó en la expulsión del capitán aragonés con rumbo a España. Sin embargo, los Reyes Católicos tomaron parte por Rejón y le enviaron de vuelta a la isla junto a 400 soldados y el pirata Pedro Fernández Cabrón. Este oscuro personaje gaditano –cuyo nombre según varias fuentes empezó a utilizarse como término despectivo a raíz de sus maldades– fue destinado a abrir un nuevo frente en el sur de Gran Canaria. Cabrón, al frente de 300 hombres, se internó hasta la caldera de Tirajana, donde sufrieron una emboscada a base de pedradas. Los canarii mataron así a más de 200 castellanos y dejaron con la boca torcida al pirata y esclavista gaditano, que perdió la mayor parte de los dientes.
   
Tras un nuevo complot contra Rejón, que acabó con la ejecución de uno de los cabecillas, los Reyes Católicos se convencieron de enviar a un capitán que no fuera cuestionado con tanta frecuencia. El 18 de agosto de 1480 alcanzó la isla Pedro de Vera con un nuevo refuerzo de 170 hombres. Sus primeras acciones, sin embargo, acabaron en sonadas derrotas contra los nativos. Desde la escabechina que sufrió Cabrón y sus hombres parecía que los nativos habían tomado la medida a los españoles.
   
Dispuesto a acabar con el espíritu guerrero de los aborígenes canarios, Vera atacó a su líder, el temible Doramás, en la zona de Arucas. En inferioridad numérica –como haría décadas después Hernán Cortés en la batalla de Otumba contra los aztecas–, los castellanos sabían que sus posibilidades de vencer pasaban por abatir al líder local al principio del combate. Las crónicas citan que un jinete llamado Juan de Flores le atacó con su lanza desde el caballo, pero Doramás desmontó al castellano con su espada de madera quemada y le abrió la cabeza. A continuación, el caudillo desarmó también a un ballestero llamado Pedro López y se dirigió hacia el capitán Vera. Uno de sus hombres de confianza, Diego de Hoces, consiguió alcanzar un tajo a Doramás, quien se revolvió y le partió la pierna al español. Finalmente, fue el propio Vera quien realizó una lanzada mortal en el pecho del líder nativo.
   
La muerte de Doramás abrió las puertas al avance castellano. Con el colapso de la resistencia local, en 1483, una horda de 600 guerreros y 1.000 mujeres se internó en la isla en un desesperado éxodo. La dureza del terreno hizo que este grupo no tardara en dispersarse en busca de alimentos, dejando vía libre al dominio español.
    
La Palma y Tenerife: una guerra escarpada 
El siguiente objetivo marcado por los Reyes Católicos fue la isla de La Palma. El capitán elegido para esta empresa fue Alonso Fernández de Lugo, quien había reemplazado a Pedro de Vera tras los episodios de crueldad protagonizados por éste durante una sublevación en La Gomera. La isla vecina presentaba, en principio, menos obstáculos: su población solo era de 2.000 personas y estaba fragmentada en doce reinos.
   
Salvo uno de estos reinos (el situado en la Caldera de Taburiente), todos fueron derrotados o se rindieron al poco tiempo de desembarcar Fernández de Lugo en 1492. El último rey resistió con solo cien hombres las acometidas castellanas, ayudado por lo escarpado del terreno. Al final, el capitán español solo pudo vencer al nativo usando una treta. Lugo invitó al rey local a parlamentar y, cuando salió de su posición elevada, lo prendió por sorpresa. Como era habitual entre estos jefes tribales, el preso se suicidó por inanición cuando viajaba a la Península Ibérica.
  
Hacia 1493, todas las islas del archipiélago estaban ya bajo mando castellano, salvo la isla de Tenerife. Las tropas castellanas de Alonso Fernández de Lugo se encontraron con una resistencia mayor de la esperada en esta isla. Cuando los castellanos regresaban del barranco de Acentejo con un abundante ganado capturado a los guanches, un ejército nativo mandado por el jefe tribal Bencomo emboscó a los europeos. El enfrentamiento contra los españoles –asistidos por aborígenes de Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria– comenzó con la estampida del ganado, sembrando el caos en las filas castellanas. La jornada se saldó con 900 bajas españolas y cientos de heridos, entre ellos el propio Lugo con la cara destrozada por una piedra.
   
Sin embargo, Alonso Fernández de Lugo supo rehacerse de la derrota en los siguientes meses y recuperó su fuerza original gracias a los refuerzos. Por su parte, Bencomo se aferró a su superioridad numérica y comenzó a tomar riesgos excesivos. En noviembre de ese mismo año, el líder guanche presentó batalla campal en el llano de Aguere. La caballería castellana contuvo la habitual lluvia de piedras el tiempo suficiente cómo para que 600 canarios aliados de los españoles aparecieran por sorpresa en la retaguardia de los guanches. 
   
Representación de Alonso Fernández de Lugo
  
La derrota nativa se selló tras esta batalla, la cual desató una epidemia de peste letal para la población local. La conquista finalizó oficialmente con la Paz de Los Realejos, de 1496, aunque algunos indígenas mantuvieron focos de resistencia en las cumbres hasta avanzado el siglo XVI.
  
La conquista militar y la llegada de enfermedades comunes, para las cuales los nativos no estaban inmunizados, devino en una caída radical de su población. En 1520, en el archipiélago había solo unos 25.000 habitantes, que no dejó de aumentar desde entonces y alcanzó los 100.000 individuos en el siglo XVII, a pesar de la crisis del azúcar (un modelo azucarero copiado de Madeira) que azotó las islas en esa centuria. En 1787, la cifra llegó a 160.000 en un contexto donde a las frecuentes épocas de hambruna, epidemias se sumó la emigración a América de muchos de sus habitantes.

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