martes, 12 de octubre de 2021

CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Cartel de la Cruzada Cordimariana con motivo de la Consagración de España al Inmaculado Corazón de María (Fuente: Todo Colección)
  
Al cumplirse el primer centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada, el papa Pío XII declaró el año 1954 como Año Mariano, de esa manera se pretendía resaltar la santidad excepcional de la Madre de Cristo, expresada en los misterios de su Concepción Inmaculada y de su Asunción a los cielos. En España aquel Año Mariano tuvo hitos memorables, como el magno Congreso celebrado en Zaragoza del 7 al 11 de octubre de 1954, en conexión con el cual, el 12 de octubre, se hizo la solemne consagración de España al Corazón Inmaculado de María:
¡Augusta Madre de Dios y Madre compasiva de los hombres!
     
En este solar de Zaragoza, regado con sangre de mártires y junto al sagrado pilar, prenda de vuestra predilección y símbolo de la fe inquebrantable de vuestro pueblo, venimos a cumplir un deber de amor y gratitud.
    
¡Oh, Señora! Nos enseña la divina revelación que vuestro Hijo y Señor Nuestro, porque nos amó, se entregó a la muerte por salvamos, y pues el corazón es el símbolo y cifra del amor, adoramos el Divino Corazón de Jesús, y a El ha sido solemne y oficialmente consagrada nuestra Nación.
     
Y vuestro Corazón Inmaculado es también la cifra de vuestro amor a Dios Redentor, de quien sois Madre, y a todos los hombres de quienes lo sois en espíritu, como Corredentora y Abogada nuestra.
    
El Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra, nuestro Supremo Padre y Maestro, secundando inspiraciones y llamadas del Cielo, ha consagrado a Vuestro Corazón el mundo entero. Los obispos de España,
    
Siguiendo, como siempre, al de Roma, han consagrado igualmente sus diócesis, y porque la vida oficial de una nación católica debe reflejar la vida religiosa de sus ciudadanos y dar culto a Dios según las enseñanzas de la Iglesia, el Estado español acude hoy ante vuestro altar para consagrar oficialmente toda la Patria a vuestro Corazón Purísimo, poniéndola al abrigo de vuestro maternal amor.
    
Ninguna ocasión mejor que la celebración de este Año Mariano, que nos recuerda la gloriosa gesta de nuestro pueblo, paladín inigualado del Dogma de vuestra Concepción Inmaculada.
     
Nos impulsa, Señora, un deber de gratitud: Vuestras sonrisas iluminaron los caminos gloriosos de nuestra Historia y nos protegieron vuestras bendiciones; aquí vinisteis a dar alientos a nuestro Padre en la fe, Santiago; disteis después temple heroico a nuestros mayores para luchar durante siglos contra los infieles hasta lograr la unidad religiosa y política de nuestra Patria; vuestra intercesión nos obtuvo la victoria cuantas veces hubimos de enfrentarnos con injustas invasiones, y, últimamente, ante el mortal peligro de los sin Dios. Regalo de predilección de vuestro Divino Hijo y vuestra fué la elección de España para llevar la fe y la civilización a veinte naciones de América, y así, Vos ayudasteis incluso con milagrosas apariciones a nuestros misioneros y soldados para que los indígenas fraternizaran con nosotros. ¿Quién podrá enumerar los incontables beneficios que a vuestra protección debemos?
     
Así, pues, Madre y Señora nuestra, henchidos de gratitud y amor, con humildad por nuestras deficiencias y conscientes de los derechos que, como Madre de Dios y Corredentora y Abogada nuestra, tenéis sobre nosotros, reafirmando nuestra fe católica, apostólica y romana y la adhesión filial al Vicario de Cristo, renovando los propósitos de vida íntegramente cristiana como individuos y como nación, y recomendándoos con especial ahínco las veinte naciones del Mundo Hispánico, que llevamos todos en el pensamiento y en lo más intimo del pecho, en nombre de los veintinueve millones de españoles que se asocian a este acto, de manera solemne, oficial e irrevocable consagramos España a Vuestro Corazón Inmaculado. Miradla como cosa y posesión vuestra; amparadla y defendedla; sed nuestro seguro camino hacia Dios; sed nuestra Mediadora y Abogada; obtenednos de Dios el perdón de nuestros pecados, la fidelidad a la ley cristiana y la perseverancia en el bien. Bendecid nuestros campos y nuestras empresas para que nuestro pueblo os sirva con el corazón dilatado y libre de angustias; pues sois Madre de todos, dadnos la fraternidad de los unos para con los otros y amor cristiano para con todas las naciones y todos los humanos.
     
Haced que con el maternal reinado de Vuestro Corazón venga a nosotros el Reino de Jesucristo, Vuestro Hijo, que es reino de justicia y santidad, reino de paz, de amor y de gracia. Así sea.
En tal ocasión, el Papa Pío XII dio el siguiente discurso (rescatado de MAGISTERIO DE LA IGLESIA):
Venerables hermanos y amados hijos que, clausurando vuestro Congreso Nacional Mariano, consagráis vosotros mismos y vuestra patria toda al Inmaculado Corazón de María:
  
¿Quién nos pudiera dar en estos momentos, que, así como con nuestra voz conseguimos hacernos presentes en medio de vosotros, lo pudiéramos hacer igualmente con nuestros ojos y nuestros oídos, para escuchar el voltear de las campanas de toda España, las salvas de honor, los vítores y las aclamaciones, los suspiros y las plegarias que suben a lo alto; para ver a todo un pueblo agolpándose ante los altares de su Madre y Señora, ofreciéndole su corazón y su vida? Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y los oídos que oyen lo que vosotros oís [1].
  
1. Tierra de María
Porque España ha sido siempre, por antonomasia, la «tierra de María Santísima», y no hay un momento de su historia, ni un palmo de su suelo, que no estén señalados con su nombre dulcísimo. La histórica catedral, el sencillo templo o la humilde ermita a Ella están dedicadas; y si quisiéramos solamente evocar, según se Nos vienen a las mientes, algunas de las advocaciones principales que, como piedras preciosas en manto riquísimo, son ornamento del territorio español: Covadonga, Begoña y Montserrat; la Peña de Francia, la Fuencisla y Monsalud; la Almudena, el Sagrario y los Desamparados; Guadalupe, los Reyes y las Angustias, Nos parecería o que estábamos recorriendo la topografía nacional o que íbamos fijando los hitos principales de la historia de España.
  
Eran pinceles españoles los de Juan de Juanes, Zurbarán, El Greco y Murillo; y por eso rivalizaron en representarla a cual más hermosa. Gubias y cinceles españoles fueron los de Gregorio Hernández, Alonso Cano, Martínez Montañés y Salzillo; y, por serlo, no pudieron menos de estar dedicados de modo especial al servicio de la Madre amantísima. Y si es un Rey Santo el que cabalga para conquistar Sevilla, irá con Nuestra Señora en el arzón; y si son proas castellanas las que, precisamente tal día como hoy, violan el secreto de las tierras americanas, sobre una de ellas irá escrito necesariamente el nombre de «Santa María», ese nombre que luego el misionero y el conquistador irán dejando en la cima inaccesible, en el centro de la llanura sin fin o en el corazón de la selva impenetrable para que sea también allí fuente de gracia y de bendición.
    
2. Virgen del Pilar
3. Pero entre tantas advocaciones, venerables hermanos y amados hijos, acaso ninguna para vosotros tan entrañable, ni tan enraizada en vuestra carne misma como esa Virgen Santísima del Pilar que en estos instantes tenéis ante los ojos.
  
3. Zaragoza: «Hispanidad»
¡Y tú, oh Zaragoza, no serás ya insigne por tu privilegiada posición, por tu cielo purísimo o por tu rica vega, «loci amœnitáte, delícii præstántior civitátibus Hispániæ cunctis», como la llama el gran Isidoro de Sevilla; no lo serás por tus magníficos edificios, donde galanamente se salta, sin desentonar, de los primores mozárabes a las elegancias platerescas; no lo serás por haber oído el paso cadencioso de las legiones romanas o por el aliento indomable que te sostuvo «siempre heroica» en los heroicos Sitios; lo serás por tu tradición cristiana, por tus obispos, Félix, en pluma de San Cipriano, «fídei cultor ac defénsor civitátis» [2], San Valero y San Braulio; por Santa Engracia y los mártires innumerables, a los cuales podemos añadir el santo niño, embellecido también con la púrpura de su sangre, Dominguito de Val; lo serás, sobre todo, por esa columna contra la cual, rodando los siglos, como contra la roca inconmovible que, en el acantilado, desafía y doma las iras del mar, se romperán las oleadas de las herejías en el período gótico, las nuevas persecuciones de la dominación arábiga y la impiedad de los tiempos nuevos, resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable valladar e insuperable ornamento no sólo de una nación grande, sino también de toda una dilatada y gloriosa estirpe!
  
«Yo he elegido y santificado esta casa –parece decir Ella desde su Pilar– para que en ella sea invocado mi nombre y para morar en ella por siempre» [3]; y toda la Hispanidad, representada ante la capilla angélica por sus airosas banderas, parece que le responde: «Y nosotros te prometemos quedar de guardia aquí para velar por tu honra, para serte siempre fieles y para incondicionalmente servirte».
   
Pero hoy vosotros, venerables hermanos y amados hijos, si habéis venido aquí, si os habéis reunido en todos los centros marianos de la nación, ha sido con una intención precisa: evocando aquella jornada inolvidable en el Cerro de los Ángeles, de 1919, donde España se consagró al Corazón Sacratísimo de Jesús, os habéis hoy querido consagrar al de María, en la confianza de que, en esta hora ardua de la humanidad, Dios querrá salvar al mundo por medio de aquel Corazón Inmaculado.
  
¡Bien merece, sin duda ninguna, hijos amadísimos, esta manifestación de vuestra piedad el Corazón Purísimo de la Virgen, sede de aquel amor, de aquel dolor, de aquella compasión y de todos aquellos altísimos afectos que tanta parte fueron en la redención nuestra, principalmente cuando Ella stabat iuxta Crucem, velaba en pie junto a la Cruz [4]; bien lo merece aquel Corazón, símbolo de toda una vida interior, cuya perfección moral, cuyos méritos y virtudes escaparían a toda humana ponderación! Y bien justo es también que lo hagáis vosotros, si no fuera por otra razón, por ser la patria de San Antonio María Claret, apóstol infatigable de esta devoción, que Nos mismo hemos elevado al honor máximo de los altares.
   
4. Consagración al Inmaculado Corazón
Pero Nos creemos que hoy más que nunca, precisamente porque las nubes cargan sobre el horizonte, precisamente porque en algunos momentos se diría que las tinieblas van borrando aún más los caminos, precisamente porque la audacia de los ministros del averno parece que aumenta más y más; precisamente por eso, creemos que la humanidad entera debe correr a este puerto de salvación, que Nos le hemos indicado como finalidad principal de este Año Mariano, debe refugiarse en esta fortaleza, debe confiar en este Corazón dulcísimo que, para salvarnos, pide solamente oración y penitencia, pide solamente correspondencia.
   
Prometédsela vosotros, hijos amadísimos de toda España; prometedle vivir una vida de piedad cada día más intensa; más profunda y más sincera; prometedle velar por la pureza de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a ideas y a principios que, por triste experiencia, bien sabéis a dónde conducen; prometedle no permitir que se resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar, puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir el deseo de gozos inmoderados, la codicia de los bienes de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo más robusto y mejor constituido; prometedle amar a vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces ofendido por la ostentación del lujo y del placer! Y Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial protectora.
   
«Ante vuestro trono, pues, oh María Santísima del Pilar –diremos, parafraseando las palabras por Nos mismo pronunciadas en ocasión solemnísima [5]– Nos, como Padre común de la familia cristiana, como vicario de Aquel a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado confiamos, entregamos y consagramos no sólo toda esa inmensa multitud ahí presente, sino también toda la nación española, para que vuestro amor y patrocinio acelere la hora del triunfo de todo el mundo del Reino de Dios y todas las generaciones humanas, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada, entonando con Vos, de un polo al otro de la tierra, el eterno Magnificat de gloria, amor y gratitud al Corazón de Jesús, único refugio donde pueden hallarse la Verdad, la Vida y la Paz».
  
Que la bendición del cielo, de la que quiere ser prenda la bendición apostólica, descienda sobre todos vosotros: sobre nuestro dignísimo cardenal legado; sobre el jefe del Estado; sobre todos nuestros hermanos en el Episcopado ahí presentes; sobre todas las autoridades; sobre el clero, religiosos y fieles que están en estos momentos oyéndonos y sobre toda la nación española, a la que continuamente deseamos toda clase de bienes y de prosperidades. PÍO PAPA XII.
  
NOTAS
[1] Cf. Matth. 13, 16.
[2] De hæréticis baptizándis 6; en Migne, Patrología Latína 3, col. 1066.
[3] Cf. 2. Par 7, 16.
[4] Cf. Joann. 19, 25.
[5] Cf. Discorsi e Radiomessagi di Sua Santità Pio XII, IV, pág. 260.

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