lunes, 11 de octubre de 2021

SOMBRAS Y PENUMBRAS DE JUAN XXIII RONCALLI

   
SOMBRAS Y PENUMBRAS DE LA FIGURA RONCALLI (JUAN XXIII)

Juan XXIII firmando la Pacem in terris
   
Existen muchos artículos y obras que sería largo enumerar que desmistifican ese mito generalizado de la amabilidad y bondad casi infinita de Roncalli.
  
Nada mejor para confirmarlo, que escuchar los ditirambos que le dedica Georges de Nantes, con motivo de su fallecimiento: «Su grandeza dícese basada en su bondad que era infinita… su humildad profunda y entera... no quiso ser un doctrinario, ni un autoritario sino como buen padre y como el amigo de cada uno de los hombres… al que algunos explotaron en provecho de sus maniobras tenebrosas… Esta alma de una limpieza excepcional no podía comprender que hubiera hombres que se apeguen a sus propias ideas y menos aún a sus pasiones, dándoles importancia tal, que no duden en deshacer la unidad común y amenazar la paz con tal de hacerlas prevalecer» [1].
   
Exponente del poderoso embrujo que ejerce el medio ambiente, aún en las inteligencias más preclaras, consideremos este caso del Abate francés Georges de Nantes, hombre cultísimo e hipercrítico, donde los haya. Pues bien el mismo que llega a predicar un atributo divino en Roncalli: critica al mismo bastantes de sus dichos, actitudes, hechos y frutos de su obra.
  
Veamos algunas. «Por voluntad de Juan XXIII… el concilio ha llegado a ser una mutación… La roca se ha desprendido de la montaña y rueda con fragor de tormcnta y se pretende detenerla. ¿Se habría echado a rodar, para darse el gusto de detenerla ahora? Juan XXIII lo quiso. Él proclamó los principios de este movimiento». O sea el Aggiornamento y apertura al mundo, enemigo mortal de Cristo.
   
Y continúa «El 20 de Diciembre de 1962, en la primera sesión, el reformismo no agrupaba aún más que 822 voces contra 1368. Pero todo estaba de antemano perfilado. No se podía permitir que el Tradicionalismo se alzara con la victoria y Juan XXIII, por una intervenciön personal, dio la ventaja a la oposición» [2].
  
En su “Liber Accusationis”, obra en que acusa de hereje a Paulo VI, dice lo siguiente: «Estamos en una situaciön sin precedentes. La Iglesia se encuentra en un estado de Autodestrucción acelerado… y de apostasía inminente desde hace diez años. Estos malos frutos los produce el árbol plantado en el centro mismo de la Cristiandad: la Reforma. Por sus frutos los conoceréis, decía el Señor. El que lo plantó ha muerto. Que Dios lo perdone» [3].
   
Así que ya saben. «Por sus frutos…». El árbol es malo. Pero resulta que el que plantó dicho árbol malo; el que introdujo una mutación en la Iglesia, el que por una intervención personal dio la ventaja a la oposiciön (modernistas y progresistas), es un ser de bondad infinita. 
   
Santiago Álvarez, miembro del Comité Central del partido Comunista español, escribía en un art. de la revista “PROBLEMAS DE LA PAZ Y DEL SOCIALISMO”: «Rinde homenaje al Papa Juan XXIII por haber abierto la vía a la coexistencia pacífica entre la Iglesia Católica y los Comunistas» (¿Qué Pasa? Nº 471, 6-1-1975).
  
«La Iglesia católica era fuerte y unida porque era una monarquía absoluta. Juan XXIII abrió la puerta a la democracia» [4].
    
Así, debido al mito Roncalli, los autores procuran defender a capa y espada, la inmaculada limpieza de Juan XXIII. Hay que ver los esfuerzos que se derrochan en la revista ¿Que Pasa? para lavar a Roncalli de las prevaricaciones de que se le acusa, achacándolo a infundios, calumnias, y mala voluntad de manchar la inmaculada figura de Roncalli.
   
Tales son los esfuerzos que derrocha Mauricio Carlavilla para exculpar la menor sospecha de marxistización que Tiemo Galván endosa a Roncalli; en un artículo de éste en “Cuadernos para el Diálogo” en que marxistiza a Juan XXIII (¿Qué Pasa? Nº 74, 76, 77, 79).
   
En el testimonio en “¿Qué Pasa?” Nº 88 (2-9-65), en que se compara a Juan XXIII con Kruschev, el autor Andrés de Asboth, rechaza el paralelismo con estas palabras: «es natural que los bolcheviques, profesionales y doctrinarios de la mentira traten de sembrar confusión, mas lo que indigna es que católicos les presten ayuda, atreviéndose a comparar al Santo Papa Juan XXIII con el carnicero de Budapest». Aquí tenemos otra refutación basada cn el fetichismo. Juan XXIII es Santo y punto. Es metafísicamente imposible que pueda caer la más mínima sospecha de imperfección sobre la figura de Roncalli.
   
¿Qué Pasa? publicó dos números, refundidos en un solo ejemplar, con un tratado monográfico: “PERFILES MASÓNICOS DE ACTUALIDAD”. Uno de los artículos que hacen al caso, lleva por título: RECUERDOS “ECUMÉNICOS” DEL HERMANO MARSAUDON EN RELACIÓN CON MONSEÑOR RONCALLI. Es bastante extenso y forzosamente hay que limitarse a citar lo más destacado. El artículo se basa en extractos del libro publicado por el Barón de Marsaudon, Ministro jubilado de la Soberana y Militar Orden de Malta y grado 33 y Gran Comendador honorario, etc. M. Yves MARSAUDON, en 1976: “RECUERDOS Y REFLEXIONES”.
  
El Barón de Marsaudon, habría de conocer al futuro Juan XXIII, durante su estancia como Nuncio en París. He aquí lo que escribió en la pag. 133 de su libro:
«En el momento oportuno, referiré mis conversaciones en la cumbre, sin omitir que fue Monseñor, quien se dignó llamarme su amigo.
   
No es la creencia o la increencia en Dios, lo que me preocupa, sino una verdadera concepción de Cristo, ante todo como Jesús-Hombre (Es decir, como el Jesús revolucionario —aclara Marsaudon— tal como lo ven hoy algunos exaltados muy alejados del Evangelio.) 
   
No hablaba jamás del infierno, sino frecuentemente de una vida futura que además evitaba cuidadosamente definir. No hay que perder de vista que había permanecido diez años en Oriente, y que no solamente se aproximaba a los Patriarcas ortodoxos, sino que tampoco olvidaba que éstos eran los continuadores de los cristianos más próximos a los Apóstoles y que habían evitado algunas de las novedades acogidas con entusiasmo… en los medios católicos romanos… Para él, la Iglesia era considerada en un plano extremadamente amplio, de ahí sus ideas sobre el ecumenismo, que no se manifestaron públicamente hasta después de su elección…. 
  
He escrito ya en alguna parte, como yo no estaba totalmente seguro de su aprobación, sin reticencias, del nuevo dogma de la Asunción de la Virgen. Evitó abordar la cuestión, desde que la promulgación decretada por Pío XII se hizo oficial. Esto no le estorbaba para dar muestra de una devoción mariana ejemplar. Pero pensaba continuamente en las consecuencias que este nuevo dogma —sucediendo al de la Infalibilidad Pontificia— podría acarrear en turbaciones y divergencias a la hora de que las realizaciones ecuménicas hubiera verdaderamente sonado».
Marsaudon escribe aún más adelante, en la pag. 263:
«NO VOLVÍ A VER AL NUNCIO MAS QUE DOS VECES... CON MOTIVO DE UNA CONVERSACIÓN MUY LARGA QUE MANTUVE CON ÉL EN SU GABINETE; EN EL CURSO DE LA CUAL NO SE TRATÓ DE LA ORDEN DE MALTA, NI DE LA FRANCMASONERÍA… Mi pertenencia a esta última institución, a veces le hacía sonreir, pero con benevolencia. SE ESFORZABA GENTILMENTE EN COGER EL SENTIDO DE LA INICIACIÓN… QUE DE NINGUNA MANERA ES INCOMPATIBLE CON LA FE, DE LO QUE ESTABA EN ADELANTE CONVENCIDO... La conversación a la cual hago alusión fue extremadamente seria y grave. No me creo autorizado a divulgarla, ni incluso a resumirla…» [5].
  
Según Hans Küng en “¿Que Pasa?” Nº  46 (12-11-64), Juan XXIII no leía sus encíclicas, que se empeñó en convocar el concilio y celebrarlo contra el parecer de la Curia; así como el dicho que se comentó mucho de que él no sería infalible, por su decidida voluntad de no deimir nada ex-cathedra. Este mismo aspecto lo recalca años después el mismo Küng: «Juan XXIII practicó, en medida totalmente inaudita, la renuncia evangélica al poderío espiritual, a fin de poder servir mejor a la Iglesia y al mundo. La renuncia al poderío significó la renuncia a condenaciones, amenazas, excomuniones, prohibiciones de libros, y procedimientos inquisitoriales. La renuncia al poderío espiritual significó también la renuncia a nuevas fijaciones autoritarias, a definiciones y dogmas…» [6].
    
Lo mínimo que se puede decir al respecto es que Roncalli, con esa manera de proceder, fue IMPRUDENTÍSIMO. Esa imprudencia temeraria es injustificable en quien ocupa la silla de PEDRO. El mismo Georges de Nantes lo acusa en la obra ya citada de imprudencia manifiesta.
   
Con esa actitud, se exponía a faltar a la misión esencial de un Papa, que consiste en custodiar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los apóstoles o depósito de la Fe, con el fin de que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimente con el de la doctrina celeste (Denz. 1836-1837).
   
Con esa manera de proceder, de hecho, hizo un daño inmenso a la Iglesia y rompió con la tradición. ¿Dónde está, entonces, esa bondad infinita de Juan XXIII?
   
Otra de las penumbras de Roncalli son sus amistades sorprendentes con los no creyentes, masones y ateos; siendo así que «a los que no traen esta doctrina no se les debe ni siquiera saludar», (II Jo, 10) y que el hereje debe ser evitado (Tit. 3, 10).
   
Y como dice Sor María Jesús de Ágreda, en su Mística Ciudad de Dios: «No puede ser pacífico y confederado con Babilonia, el ciudadano de la verdadera Jerusalén; ni es compatible solicitar la gracia del Altísimo, estar en ella y juntamente en amistad de sus declarados enemigos; porque nadie puede servir a dos señores encontrados, ni estar juntos la luz y las tinieblas, Cristo y Belial» (II P.; lib. II, c. 22, num. 278).
   
Tales amistades, en efecto son incompatibles, de acuerdo con la definición de amistad: conformidad perfecta de lo divino y humano acompañada de benevolencia y mutuo afecto. Ya que la división más profunda, cual espada de dos filos, la produce la Religión. Lo cual significa que si, de hecho, parece darse esa amistad es, bien porque ambos han cedido de sus respectivas rígidas posiciones, hasta llegar a un punto medio de consenso, lo que califica a ambos como traidores; o bien, que uno de los dos se haya pasado al campo ideológico del contrario, quedando sólo nominalmente, sólo en apariencia en el campo que se le considera.
   
El fenómeno mítico de Roncalli es verdaderamente sorprendente. Se ve encomiado y ensalzado entusiásticamente por Católicos (incluso tradicionalistas) y por los no creyentes (incluso masones y ateos). Forzosamente hay que tomar el término «bueno» como equívoco. Ese concepto no puede ser idéntico para católico y para un incrédulo. ¿Quién se equivoca? No se diga que puede darse el consenso. Eso es imposible. «Lo mismo que me han odiado a mí, os odiarán a vosotros», nos dice Jesús. «Bienaventurados seréis cuando os odiaren los hombres» (Luc. 6, 22) y por el contrario: «Ay de vosotros cuando todo el mundo hable de vosotros» (Luc. 6, 26). La unanimidad del mundo ensalzando a uno es sospechosa y le hace sospechoso.
   
Roncalli fue acusado de modernista ante el Santo Oficio. Ya jovencito se le acusa de haber incurrido en el «conjunto de todas las herejías», según definió San X al modemismo. Por eso, se interesó, una vez nombrado Papa en ver lo que estaba en su expediente y en hacer desaparecer del grueso legajo, las pruebas de su prevaricación. Ver «¿Qué Pasa?” Nº 771 (6-1-75); reproducción de “La Vanguardia” de Barcelona (ver «RONCALLI FUE ACUSADO DE MODERNISTA»). 
   
Asi no es extraño que como nos cuenta el testimonio de ABC del 8-12-73 pag. 41, tuviera el deseo de «escribir de nuevo y de arriba abajo, la doctrina cristiana», encomendando tal tarea a Guareschi. Es que la Iglesia hasta entonces no habría sabido exponer claramente la doctrina revelada. Reacción típica de un apóstata modemista que odia a la Iglesia y no está conforme con nada de ella. 
«En octubre de 1962 se abrió el segundo Concilio Vaticano. Dos dias después los observadores de 17 Iglesias y comunidades cristianas no católicas visitaban al Pontífice de ecuménicos anhelos. 
   
Bajaban los ecuménicos la escalera del palacio apostólico cuando, llamado por Juan XXIII, subía don Giovanni Rossi, el sacerdote secular que ahora edita el libro sobre la utopía del Pontífice bondadoso. 
   
El Papa dijo “—Don Giovanni, es preciso escribir de nuevo, y de arriba abajo, la doctrina cristiana. Hoy se sigue enseñando como hace medio siglo. Las definiciones que da el padre Astete se han quedado anticuadas. No corresponden al espíritu de hoy, a los tiempos y costumbres de ahora. Me gustaríia que usted editase un nuevo catecismo, escrito por un laico, aunque haciendolo revisar por algún teólogo. ¿Sabe en quién he pensado para esa nueva redacción del catecismo?» [7].
Además vistió toda su obra como si fuera de inspiración divina. La idea de la celebración del Concilio, la atribuye a la inspiración del Espíritu Santo. Desde luego, a juzgar por los frutos no es ése el espíritu que lo inspiró.
   
En su encíclica “Ad Petri Cathedram”, en la que se exponen los fines del concilio, habla de la unidad en todas sus formas, hasta la saciedad. Cita el “Ut omnes sint unum”, en contra de la interpretación de la encíclica antiecumenista por antonomasia, “Mortalium animos”, de Pío XI. Citando a contrasentido el “Ut omnes unum sint”, parece como si la Iglesia no fuera Una, o lo hubiera dejado de ser, o solo lo fuera en potencia y no en acto. Lo cual va contra la verdad de la Fe, que profesamos en el Credo, de que la Iglesia es Una.
   
Como buen modernista Roncalli parece ser que reivindica el derecho fundamental, al que la Iglesia no puede renunciar, el de la libertad religiosa, en la “Ecclesia Christi Lumen Gentium”, del 11-8-62, en vísperas del Concilio.
   
A fuer de modernista dice que «la solemnísima Asamblea se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del magisterio eclesiástico, para prepararlo cn forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea». Esto no es otra cosa que predicar un evangelio descafeinado, aguado, en contra del precepto de Cristo y de la práctica multisecular de la Iglesia. El evangelio se expuso siempre con toda sencillez y claridad, entero y con todas sus exigencias ineludibles, incluso la verdad del infiemo con su fuego etemo, dogma que no cabe, ni puede caber en la socicdad actual, totalmente mundanizada.
   
En este mismo discurso rechaza a los profetas de calamidades [8] (en alusión a la Curia y a los guiados por el Espíritu y la luz de lo Alto que le aconsejaban bien) como los judíos repudiaban a Jeremías como profeta de desventuras. Es lo propio de los falsos profetas anunciar solo paz, bienandanza y alegría.
   
Roncalli rechazó la luz, y se puso una vez más de manifiesto su imprudencia temeraria.
   
Al proclamar la supresión de castigos rompe la Tradición de la Iglesia, desde su mismo nacimiento. San Pedro reprendió severísimamente a Zafira y a Ananías y a Simon el mago, y San Pablo excomulgó al incestuoso de Corinto, etc, etc.
   
En el anuncio del concilio (25-1-1959), anuncia, asimismo «la suspirada y esperada actualización del código de Derecho Canónico». Como se ve, Roncalli se encuentra tanto en el germen de todos los cambios hasta la mutación, como en los pésimos frutos producidos.
   
Como decía San Pío X de los modernistas «¿Qué dejó en pie de la estructura multisecular de la Iglesia?». Luego queda manchado, al menos con la sospecha de modemista, por la postura típica de no querer dejar en pie ningún elemento de la estructura milenaria de la Iglesia.
   
Los Papas al ser coronados emitían un juramento, en que se sometían al más severo anatema, como a Otro, si tenían la presunción de introducir cualquier novedad que fuera opuesta a la Tradición Evangélica, o a la integridad de la Fe y la Religión Católica... o que tratara de cambiar cualquier cosa, aceptando la contraria o dejando a los prcsuntuosos atacar el depósilo de la Fe con audacia sacrílega.
   
Juan XXIII, de acuerdo con el compromiso contraído con este juramento, quedó excomulgado, por haber roto la Tradición en tres puntos muy concretos:
a) Al eliminar las condenas, castigos y censuras en la Iglesia. Siendo que este punto va contra un deber estricto de la Iglesia: «La Iglesia, por la potestad que le fue otorgada por su divino fundador tiene no solo el derecho, sino principalmente el deber, de no tolerar, sino proscribir y condenar todos los  errores, si así lo reclamaran la integridad de la Fe y la salud de las almas…»
b) "Al proclamar el Aggiomamento, o lo que es igual, la adaptación de la Iglesia al mundo. Este punto va contra la proposición 80 de las condenadas por el SILABUS, que reza así: «El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y con la civilización moderna»
c) Por su complicidad con los modenistas, sospechoso él mismo de serlo. Movimiento este, subversivo de todas las estructuras de la Iglesia. Este punto por favorecer al conjunto de todas herejías, como fue definido el modemismo, destroza el concepto de Tradición.
   
¿No sería Roncalli el Papa preconizado y programado por la Sinarquía hacía más de un siglo? He aquí como lo expresaban las Instrucciones Secretas de la Alta Venta de los Carbonarios [9] «Lo que nosotros debemos demandar ante todo, lo que nosotros debemos tratar de alcanzar, como los judíos esperan el Mesías, es un Papa según nuestras necesidades».
   
Y Nobius escribía a Volpe (3-4-1884): «…nosotros debemos llegar con pequeños medios bien graduados, aun cuando mal definidos, al triunfo de la Revolución por el Papa».
   
Las Instrucciones Secretas describen las condiciones en que debe hacerse la Revolución:
«Para aseguramos un Papa con las proporciones exigidas se trata primeramente de elaborarle una generación digna del reino que nosotros soñamos.
    
Que el clero marche bajo nuestro estandarte creyendo siempre que marcha bajo la bandera de las llaves Apostólicas. Tended vuestras redes como Simon Barjona; tendedlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios, de los conventos,… y si vosotros no precipitáis nada, os prometemos una pesca milagrosa, más milagrosa que la suya... Vosotros pescaréis una revolución con tiara; marchando tras la cruz y la bandera, una revolución que solo necesitará ser muy poco aguijoneada para prender fuego a los cuatro costados del mundo».
A mi juicio a ningún otro cuadra mejor el retrato robot del Papa programado por la Sinarquía. Fue Roncalli el que puso los cimientos, y estableció los principios para llevar a cabo la Revolución con las características descriptas, para que los mismos Católicos tradicionalistas fueran engañados por el que tenía aspecto de cordero (Ap. 13, 11), creyendo cándidamente que marchaban tras el estandarte de la cruz; ya que el Dragón había dado el poder de hacer la guerra a los Santos y vencerlos (Ap. l3, 7).
   
En efecto, Juan XXIII no tuvo contestatarios enteros y públicos como los han tenido, después, todos sus sucesores, que se han limitado a llevar hasta sus últimas consecuencias, a consolidar y mantener la Revolución implantada por Roncalli. A Paulo VI le salieron respondones por todas partes, desde muy pronto. Las contestaciones y resistencias fueron creciendo, hasta llegar a la acusación de hereje de Georges de Nantes, en 1973, y a la resistencia “in faciem”, de Mons. Lefebvre en 1976. Y no digamos a Juan Pablo II Pero la conducción de Roncalli, hasta instalar la Revolución en el corazön mismo de la Iglesia, fue dulce y suave, sin resistencias firmes ni estridentes.
   
Roncalli llevó a cabo la predicción del masón de alto grado Carl J. Buckhardt: «Después de él la Iglesia no será la misma» [10]. Por eso Dom Lambert Beaudouin saltó de gozo a la muerte de Pío XII, ante la posibilidad de que pudiera ser elegido Roncalli. «Si eligieran a Roncalli —exclamó— todo se salvaría; él sería capaz de convocar un concilio y de consagrar el Ecumenismo…» Y además, expresa su esperanza de que saliera elegido: «Tengo confianza; tenemos nuestra oportunidad; la mayoría de los Cardenales no sabe lo que tiene que hacer. Son capaces de votar por él»[11].
   
Se impone pues hacer un estudio serio y exhaustivo sobre la figura de Roncalli, ya que este trabajo no pasa de un modesto ensayo; para que se lo vea tal cual era. Engañó a los católicos. Hay que despojarle de su aureola de santidad mítica y mostrar a los católicos, haciéndoles ver la inanidad de su ídolo; como Daniel hizo ver las del ídolo Bel y el Dragón, con estas palabras: «Ecce quem colebátis». Aquí tenéis vuestro ídolo; dispersó y destrozó el rebaño de Cristo y debido al prestigio que aun ejerce sobre las ovejas dispersas, les impide que lleguen a la perfecta unidad y es causa de las divisiones que tienen separados a los tradicionalisias.
   
A la vista de los resultados y considerandos precedentes, juzgo que Roncalli (Juan XXIII):
  1. Fue un gobernante imprudentísimo.
  2. Es sospechoso de haber sido iniciado en la Masonería.
  3. Es sospechoso de herejía.
En mi fuero interno, se eleva una fuerte protesta por este juicio tan benigno. Pero considero lo prudente quedarme ahí, como base más segura.
    
TOMÁS TELLO
Revista “ROMA”, n.º 119 (Julio de 1991), pag. 81.
   
NOTAS (De la redacción)
[1] Georges de Nantes “Lettres a mes amis” Nº 143.
[2] O. c. Nº 184 (25-9-1964)
[3] Liber Accusationis, pag, 7, 1973.
[4] Martinez de Marañon, Pedro: “Algunas observaciones sobre la Populorum Progressio”, ¿Qué Pasa? N° 191 (26-8-1067).
[5] ¿Qué Pasa? Nº 686 y 687 (agosto de 1980) pp. 24-27.
[6] ¿Qué Pasa? Nº 445 (8-7-72).
[7] ABC 8-12-1973.
[8] Nota de la Revista Roma: En su momento apareció una alusión a los anuncios de la Virgen Santísima en Fátima.
[9] Nota de la revista Roma: De “L’Eglise Romaine en face de la Revolucion” por J. Crétinean-Joly. La edición de 1858 fue precedida por un breve de S.S. Pio IX que aprueba el texto. En 1846 fue invitado a ir a Roma, donde el Papa Gregorio XVI le encargó escribir una Historia de las Sociedades Secretas a partir de los archivos Vaticanos y los archlvos del Cardenal Bernetti.
[10] …«La aptitud para creer en milagros y el respeto por lo sagrado no son su fuerte. Es deista y racionalista, con la mejor intención de servicio a la justicia social. A esto añadia la inclinación a tender largamente la mano a todos los animados del mismo espíritu, venidos de campos diametralmente opuestos. (…) Es bondadoso, abierto, lleno de humor, muy alejado de la Edad Media cristiana; siguiendo las huellas de los filósofos franceses ha llegado a los mismos resultados que los Reformadores, pero sin su pasión metafísica. Cambiará muchas cosas; después de él, la Iglesia no será la misma».
[11] Bonneterre: “El movimiento litúrgico” Rev. Roma, Nº 71-72, Bs. As, 1982 pag. 37-96.

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