viernes, 4 de septiembre de 2020

BEATO JUSTINO DE JACOBIS, VICARIO APOSTÓLICO DE ETIOPÍA

   
La vida de Justino de Jacobis es una apología de la vida interior. Su vida mística tiene auténticas raíces en la abnegación de sí mismo por la humildad y la mortificación y se vierte entera en obras de caridad y apostolado. Hasta los treinta y nueve años es el misionero más popular del reino de Nápoles, con fama de santo y taumaturgo. Después es el apóstol de la unidad en Etiopía, donde llega a incorporar a la Iglesia romana a doce mil cismáticos, según los cálculos sobrios del breviario romano. Su muerte en el campo, como la de San Francisco Javier, corona gloriosamente su vida. Con su vida se confunde en parte la de Ghebra Miguel, monje y sacerdote, mártir de la unidad en su patria de Abisinia.
   
Jacobis había nacido en San Fele del reino de Nápoles el 9 de octubre de 1800. Su madre, Josefina Muccia, pone especial interés en su formación religiosa. Un día su padre Giovanni Battista comprueba: «nuestro Justino es un ángel». A los dieciocho años ingresa en la Congregación de la Misión, en la famosa casa Dei Vergini, centro de la espiritualidad napolitana en el momento. Allí se enseña aún la tribuna donde más tarde es fama que pasó una noche entera en éxtasis. A los treinta y nueve años la Santa Sede le nombra «vicario apostólico de Abisinia, Alta Etiopía y regiones limítrofes, sin límites al occidente ni al mediodía». Abisinia es un país de altas mesetas –entre dos y tres mil metros de altura–, separadas por valles profundos y montañas altísimas. Gracias a su geografía conservó su cristianismo en medio de la pleamar musulmana. Cerrada al catolicismo desde 1640, vive ahora un momento medieval en su organización política y social. Sobre el terreno, los tres misioneros hacen el plan y se dividen el país como los apóstoles. El padre Giuseppe Sapeto ocupa el reino de Choa; el padre Luigi Montuori, el de Amhara y el vicario apostólico se queda en el Tigré para mantener el contacto con Europa. El Ras Ubié (Wube Haile Maryam), rey del Tigré, le autoriza para residir en Adua y el misionero prepara la toma de contacto, desnudándose de europeo y vistiéndose de abisinio. Tal fue su acomodación que a Mons. Guillermo Massaia OFM Cap. le costó trabajo distinguirle de los abisinios. Su apostolado en aquel momento es el único posible, el apostolado del testimonio. Reza, estudia, planea, visita a los enfermos, saluda cordialmente a las gentes y reparte la Medalla Milagrosa recientemente acuñada, ocupando con ella el terreno común entre cismáticos y católicos.
     
Justino de Jacobis se da cuenta de que el cisma en Etiopía persiste principalmente por el aislamiento. Un día dice a un grupo de sacerdotes y de monjes: «Yo quisiera llevaros a todos a Roma para que la vierais». Y he aquí que el príncipe Ubié, ganado por el trato evangélico del misionero, le pone al frente de una embajada, que se dirige a El Cairo en busca de un obispo para toda Etiopía. Jacobis insinuó la conveniencia de pedir el obispo al Papa, pero el príncipe no se decidió. En cambio, le daba permiso para llevar hasta Roma a los embajadores con una carta suya de cortesía para el Papa.
   
Este viaje es decisivo en el apostolado de Jacobis. A su vuelta de Roma estos abisinios –nobles, sacerdotes y monjes– sin convertir aún, harán a lo largo y a lo ancho del imperio la mejor apología de la Iglesia católica y la propaganda de la santidad de Justino de Jacobis.
   
En este momento se cruza en su vida Ghebra Miguel, que andando el tiempo será su mejor colaborador.
   
Ghebra Miguel es el doctor más famoso de todo el imperio y representa en la embajada a los monjes de Gondar. Culmina su vida en la madurez de los cincuenta y tres años. Nacido en Kidane Mehret en 1788, a orillas del Nilo Azul, había estudiado con los monjes mientras éstos tuvieron algo que enseñarle. A los veinticinco años profesa la vida monacal. Después peregrina con sus discípulos de convento en convento con el único afán de consultar sus libros. Hecho maestro en Gondar, la escuela más famosa del país, descubre la inconsistencia de la teología copta, y por primera vez sospecha que su Iglesia no está en posesión de la verdad. Incluido en la embajada, sólo piensa en la oportunidad de aclarar sus ideas en El Cairo y en Jerusalén.
   
Su encuentro con Jacobis no fue simpático. Jacobis era europeo y católico. La obligación era tolerarle, no más. Pero Ghebra era sincero, objetivo y justo y la conducta de Jacobis a pleno Evangelio le conmovió.
   
Su ascensión hacia la luz va jalonada de fracasos en sus mejores planes de reforma religiosa. En la sede patriarcal de El Cairo no encuentra más que ignorancia y mala fe, que él mismo palpa por su propia mano. La visita a Roma y la familiaridad con Jacobis alumbran otra ruta en su alma.
    
Con todo, a su vuelta de Roma y Jerusalén arranca al viejo patriarca un decreto favorable a las dos naturalezas de Cristo y, soñando aún con la unidad doctrinal de todo el país, llega a Gondar, pero el Abuna Salama III se apodera del documento y se niega a publicarlo. Fue el golpe definitivo.
   
Poco después llama a las puertas de la misión católica de Adua, donde Mons. Jacobis le recibe con alegría inmensa. Más tarde será ordenado de sacerdote y meses antes de su martirio pide la entrada en la Congregación de la Misión.
   
Desde este momento Ghebra Miguel toma parte en todas las obras de la misión. Enseña en el seminario y colabora en la composición de los libros necesarios para los seminaristas y en las obras de apologética destinadas a los cismáticos.
   
Mientras tanto, el espíritu de Dios soplaba sobre las almas en Abisinia y no había día en que no llamasen a sus puertas nuevos convertidos. Justino de Jacobis se multiplicaba en todas las direcciones, pero al mismo tiempo planeaba con sabiduría. Pensaba en la persistencia de su obra por medio del clero nativo y en su propio rito copto. Por eso el seminario era su obra más querida. Con un método paternal de contacto inmediato con los seminaristas, llegó a ordenar a unos treinta sacerdotes. Casi todos hicieron una labor hermosa en la misión y muchos confesaron a Cristo en el tormento.
   
Jacobis no tomaba parte permanente en las tareas escolares: pero era el alma del seminario. Más bien se reservaba para la expansión misionera. Viajaba sin cesar en todas las direcciones. Precedido de la fama de su santidad, abríansele todas las puertas. Los jefes de tribu poníanse a su disposición y los monasterios le recibían con alegría y admiración. Entre los monjes charla familiarmente con ellos, plantea con naturalidad el problema religioso y resuelve las dificultades. Y en todas partes incorpora nuevos adeptos a la Iglesia católica. En estos viajes Ghebra Miguel era a su lado la mejor apología del catolicismo. El gran maestro conocía por sí mismo los enredos de las dificultades y en sus manos se sueltan solas. Con frecuencia Jacobis se hace acompañar de un grupo de alumnos al estilo de los doctores del país y hace una figura conmovedora aprovechando los descansos obligados para las lecciones y los actos de piedad.
   
Un momento llegaron a soñar en una conversión masiva de Etiopía; pero el enemigo no descansaba. Los protestantes sembraban la confusión y no siempre jugaron limpio. El Abuna Salama –único obispo en todo el imperio– no le perdonaba que Jacobis fuese también el Abuna Yakob y no perdía ocasión de perseguirle en su persona, en las casas de la misión o en las personas de los convertidos. Hubo momentos de persecución general. A esto se añadió en algunos momentos la calumnia y la desconfianza de los superiores.
     
En la persecución del emperador Teodoro II es encarcelado con un grupo de cristianos; pero esta vez sólo Ghebra Miguel es seleccionado para el holocausto. Trece meses duró su cautiverio sin que pudieran doblegar su espíritu ni promesas, ni amenazas, ni el terrible ghenz –cepo abisinio– que agarrotó sus piernas durante la mayor parte de este tiempo. Golpeado por orden del tirano en el único ojo sano que tenía, apareció más luminoso que nunca después del tormento, cuando todos pensaban verle ciego. Murió en el campamento del tirano, donde unos soldados semibárbaros ya le veneraban como santo.
   
Al maestro le sorprendió la muerte cinco años después también en el campo, en el camino de Hallay, en medio de sus discípulos. Tres horas antes comprendió que se moría. Se confesó y luego fue dando el último consejo y la última bendición. A los monjes les recordó cómo había pensado agruparles en comunidad y cómo no había tenido tiempo de realizar la empresa. A los seminaristas les dijo: «Caminad siempre y con diligencia por el camino del bien».
   
Por fin, recibida la extremaunción, a la sombra de una mimosa, con una piedra por almohada, rindió su alma al Señor.

Justino de Jacobis fue beatificado por Pío XII el 25 de Junio de 1939.
   
EMILIO CID CM. Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que para la evangelización de los etíopes decoraste admirablemente a tu bienaventurado Confesor y Pontífice Justino con virtudes apostólicas: concédenos por su intercesión, que quienes ya creemos en la fe verdadera, tengamos también sus costumbres y su vida. Por J. C. N. S. Amén.

ORACIÓN A SAN SILVESTRE


¡Oh Padre mío San Silvestre! Tú que a todos los hombres de valor y fuerza y toda persona que rezare; cada día esta Santísima Oración les has prometido que serán libres de muerte repentina, de las garras del demonio, de brujos, de brujas, hechiceros, de rayos y centellas y de todo malhechor. Padre mío San Silvestre, ahora es tiempo que baje del cielo a la tierra con todo el gran poder de Dios y de la Santísima Trinidad a favorecerme como devoto, porque me hallo ahora en este trance y peligro, ayúdame en cualquier hora y tribulación, líbrame de cárceles, posas, grillos y cadenas, y aplaca la ira del Juez o cualquier superior contra mí. Pues la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, sea con la que venza cuantos enemigos vengan contra mí: y mis Armas, Fuerzas sean Vencedoras de todos ellos y sea mi cuerpo alimentado con la agradabilísima leche de María Santísima y con su precioso manto sea tapado mi cuerpo consagrado y rociado con la Santísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo, oh mi buen Jesús escóndeme para que no me alcancen en fuerzas ni en violencias, y me pierdan de vista que yo salga victorioso y mi alma sin culpa. Guíame Padre mío San Silvestre, guárdame de todo animal ponzoñoso, de todos los caminos malos que transite de tierra, mar o río, oh mi buen Jesús te suplico humildemente, siquiera por vuestra Santísima Encarnación y nacimiento que oigas las plegarias y rogativas de mi corazón y las de María Santísima, Madre de Dios y esposa del Espíritu Santo y Madre de los pecadores rogad a vuestro Santísimo Hijo a que me socorra siquiera por aquella espada de dolor que traspasó su Santísimo Corazón y las once mil Vírgenes me valgan oh Padre mío San Silvestre, yo debo alabar al Señor Sacramentado y a María Santísima, Hija de Padre Eterno, Virgen antes del parto y después del parto siempre Virgen te suplico humildemente me perdones todos mis pecados Y concedas a tu precioso hijo que me de una buena muerte y que lleve m1 alma al cielo a gozar de la dicha perdurable. Amén.
  
Oración publicada con licencia por Mons. Leandro Rodríguez de la Gala y Enríquez, administrador de la Archidiócesis de Yucatán entre 1863 y 1868.

jueves, 3 de septiembre de 2020

ENCÍCLICA «E Suprémi Apostolátus», SOBRE RESTAURAR EN CRISTO TODAS LAS COSAS

A dos meses de su elección como Papa, San Pío X publica su Encíclica «E Suprémi Apostolátus» (Acta Apostólicæ Sedis, vol. XXXVI 1903-1904, págs. 129-139), que por decirlo, es la carta programática de su Pontificado.
  
San Pío X reconoce que su humildad le habría hecho declinar de la elección al Solio de San Pedro, si no fuera porque Dios le escogió para tal fin, y proclama que su pontificado propugnará por «INSTAURÁRE ÓMNIA IN CHRISTO», como único medio para restablecer la paz en las naciones. Al mismo tiempo, expresa que los Obispos deben velar por la formación y la disciplina de los Sacerdotes, combatiendo los errores que acechan la Iglesia.
 
ENCÍCLICA «E Suprémi Apostolátus», DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR PÍO, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA X, SOBRE LA RESTAURACIÓN DE TODAS LAS COSAS EN CRISTO
 
Papa San Pío X
  
A nuestros Veneables hermanos, los Patriarcas, Primados. Arzobispos, Obispos y demás ordinarios en paz y comunión con la Sede Apostólica.
  
Venerables hermanos: Salud y Bendición Apostólica.
  
EL PESO DEL PONTIFICADO
Al dirigirnos por primera vez a vosotros desde la suprema cátedra apostólica a la que hemos sido elevados por el inescrutable designio de Dios, no es necesario recordar con cuántas lágrimas y ora­ciones hemos intentado rechazar esta enorme carga del Pontificado. Podríamos, aunque Nuestro mérito es absolutamente inferior, aplicar a Nuestra situación la queja de aquel gran santo, Anselmo, cuando a pesar de su oposición, incluso de su aversión, fue obligado a aceptar el honor del episco­pado. Porque Nos tenemos que recurrir a las mismas muestras de desconsuelo que él profirió para exponer con qué ánimo, con qué actitud hemos aceptado la pesadísima carga del oficio de apacen­tar la grey de Cristo. «Mis lágrimas son testimonio –esto dice–, así como mis quejas y los suspiros de lamento de mi corazón; cuales en ninguna oca­sión y por ningún dolor recuerdo haber derramado hasta el día en que cayó sobre mí la pesada suerte del arzobispado de Canterbury. No pudieron de­jar de advertirlo todos aquellos que en aquel día contemplaron mi rostro… Yo con un color más propio de un muerto que de una persona viva, pali­decía con doloroso estupor. A decir verdad, hasta ese momento hice todo lo posible por rechazar lejos de mí esa elección, o por mejor decir esa extorsión.
 
Pero ya, de grado o por fuerza, tengo que confesar que a diario los designios de Dios resisten más y más a mis planes, de modo que comprendo que es ab­solutamente imposible oponerme a ello. De ahí que, vencido por la fuerza no de los hombres sino de Dios, contra la que no hay defensa posible, entendí que mi deber era adoptar una única decisión: después de haber orado cuanto pude y haber inten­tado que, si era posible, ese cáliz pasara de mí sin beberlo… entreguéme por completo al sentir y a la voluntad de Dios, dejando de lado mi propio sentir y mi voluntad» [1].
   
LOS HOMBRES ESTÁN HOY APARTADOS DE DIOS
Y efectivamente no Nos faltaron múltiples y gra­ves motivos para rehusar el Pontificado. Ante todo el que de ningún modo, por nuestra insignificancia, nos considerábamos dignos del honor del pontifica­do; ¿a quién no le conmovería ser designado suce­sor de aquel que gobernó la Iglesia con extrema prudencia durante casi veintiséis años, sobresalió en tanta agudeza de ingenio, tanto resplandor de virtudes que convirtió incluso a sus enemigos en admiradores y consagró la memoria de su nombre con hechos extraordinarios? Luego, dejando aparte otros motivos, Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la huma­nidad. ¿Quién ignora, efectivamente, que la socie­dad actual, más que en épocas anteriores, está afligi­da por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muer­te? Comprendéis, Venerables Hermanos, cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta: «Pues he aquí que quienes se alejan de tí, perecerán» [2]. Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: «Hoy te doy sobre pueblos y rei­nos poder de destruir y arrancar, de edificar y plan­tar» [3]; pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía mu­chas dificultades.
 
«¡INSTAURAR TODAS LAS COSAS EN CRISTO!»
Sin embargo, puesto que agradó a la divina vo­luntad elevar nuestra humildad a este supremo poder, descansamos el espíritu en aquel que Nos conforta y poniendo manos a la obra, apoyados en la fuerza de Dios, manifestamos que en la gestión de Nuestro pontificado tenemos un sólo propósito, instaurarlo todo en Cristo [4], para que efectivamente todo y en todos sea Cristo [5].
   
Habrá indudablemente quienes, porque miden a Dios con categorías humanas, intentarán escudriñar Nuestras intenciones y achacarlas a intereses y afanes de parte.
 
Para salirles al paso, aseguramos con toda firme­za que Nos nada queremos ser, y con la gracia de Dios nada seremos ante la humanidad sino Minis­tro de Dios, de cuya autoridad somos instrumen­tos. Los intereses de Dios son Nuestros intereses; a ellos hemos decidido consagrar nuestras fuerzas y la vida misma. De ahí que si alguno Nos pide una frase simbólica, que exprese Nuestro propósito, siempre le daremos sólo esta: ¡instaurar todas las cosas en Cristo!
   
LOS HOMBRES CONTRA DIOS
Ciertamente, al hacernos cargo de una empresa de tal envergadura y al intentar sacarla adelante Nos proporciona, Venerables Hermanos, una extra­ordinaria alegría el hecho de tener la certeza de que todos vosotros seréis unos esforzados aliados para llevarla a cabo. Pues si lo dudáramos os califica­ríamos de ignorantes, cosa que ciertamente no sois, o de negligentes ante este funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se fomenta contra Dios; puesto que verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos [6]; parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: «Apártate de nos­otros» [7]. Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en pú­blico ni en privado: aún más, se lucha con denoda­do esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.
   
Es indudable que quien considere todo esto ten­drá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición [8] de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario –esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol–, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que –aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene–, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. «Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios» [9].
 
Efectivamente, nadie en su sano juicio puede du­dar de cuál es la batalla que está librando la humani­dad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hom­bre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres [10], como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un bo­rracho lleno de fuerza [11], romperá la cabeza a sus enemigos [12] para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios [13] y sepan las gentes que no son más que hombres [14].
   
Todo esto, Venerables Hermanos, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no sólo pidiendo con asiduidad: «Álzate, Señor, no prevalezca al hombre» [15], sino –lo que es más importante– con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente ob­servado por todos.
   
EL DESEO DE PAZ: DÓNDE ENCONTRARLA
Esto es no sólo una exigencia natural, sino un be­neficio para todo el género humano. ¿Cómo no van a sentirse los espíritus invadidos, Hermanos Vene­rables, por el temor y la tristeza al ver que la mayor parte de la humanidad, al mismo tiempo que se en­orgullece, con razón, de sus progresos, se hace la guerra tan atrozmente que es casi una lucha de to­dos contra todos? El deseo de paz conmueve sin duda el corazón de todos y no hay nadie que no la recla­me con vehemencia. Sin embargo, una vez rechazado Dios, se busca la paz inútilmente porque la jus­ticia está desterrada de allí donde Dios está ausente; y quitada la justicia, en vano se espera la paz. La paz es obra de la justicia [16].
   
Sabemos que no son pocos los que, llevados por sus ansias de paz, de tranquilidad y de orden, se unen en grupos y facciones que llaman «de orden». ¡Oh, esperanza y preocupaciones vanas! El partido del orden que realmente puede traer una situación de paz después del desorden es uno sólo: el de quienes están de parte de Dios. Así pues, éste es necesario promover y a él habrá que atraer a todos, si son impulsados por su amor a la paz.
 
Y verdaderamente, Venerables Hermanos, esta vuelta de todas las naciones del mundo a la majes­tad y al imperio de Dios, nunca se producirá, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, si no es por Jesús el Cristo. Pues advierte el Apóstol: «Nadie puede po­ner otro fundamento, fuera del que está ya puesto, que es Cristo Jesús» [17]. Evidentemente es el mismo a quien el Padre santificó y envió al mundo [18]; el es­plendor del Padre y la imagen de su sustancia [19], Dios verdadero y verdadero hombre: sin el cual nadie podría conocer a Dios como se debe; pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo [20].
 
QUE LOS HOMBRES VUELVAN A DIOS, POR LA IGLESIA
De lo cual se concluye que instaurar todas las co­sas en Cristo y hacer que los hombres vuelvan a so­meterse a Dios es la misma cosa. Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo: con Él al frente, pronto volverá la humanidad al mismo Dios. A un Dios, que no es aquel despiadado, des­pectivo para los humanos que han imaginado en sus delirios los materialistas, sino el Dios vivo y verdadero, uno en naturaleza, trino en personas, creador del mundo, que todo lo prevé con suma sa­biduría, y también legislador justísimo que castiga a los pecadores y tiene dispuesto el premio a los vir­tuosos.
   
Por lo demás, tenemos ante los ojos el camino por el que llegar a Cristo: la Iglesia. Por eso, con razón, dice el Crisóstomo: «Tu esperanza la Iglesia, tu salvación la Iglesia, tu refugio la Iglesia» [21]. Pues para eso la ha fundado Cristo, y la ha conquistado al precio de su Sangre; y a ella encomendó su doctrina y los preceptos de sus leyes, al tiempo que la enriquecía con los generosísimos dones de su divina gracia para la santidad y la salvación de los hombres.
   
EL DEBER CONCRETO DE LOS PASTORES
Ya veis, Venerables Hermanos, cuál es el oficio que en definitiva se confía tanto a Nos como a vosotros: que hagamos volver a la sociedad hu­mana, alejada de la sabiduría de Cristo, a la doctri­na de la Iglesia. Verdaderamente la Iglesia es de Cristo y Cristo es de Dios. Y si, con la ayuda de Dios, lo logramos, nos alegraremos porque la iniquidad habrá cedido ante la justicia y escuchare­mos gozosos una gran voz del cielo que dirá: «Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nues­tro Dios y la autoridad de su Cristo» [22].
   
Ahora bien, para que el éxito responda a los de­seos, es preciso intentar por todos los medios y con todo esfuerzo arrancar de raíz ese crimen cruel y detestable, característico de esta época: el afán que el hombre tiene por colocarse en el lugar de Dios; habrá que devolver su antigua dignidad a los pre­ceptos y consejos evangélicos; habrá que proclamar con más firmeza las verdades transmitidas por la Iglesia, toda su doctrina sobre la santidad del ma­trimonio, la educación doctrinal de los niños, la propiedad de bienes y su uso, los deberes para y con quienes administran el Estado; en fin, deberá restablecerse el equilibrio entre los distintos órde­nes de la sociedad, la ley y las costumbres cristianas.
   
LOS MEDIOS: FORMAR BUENOS SACERDOTES
Nos, por supuesto, secundando la voluntad de Dios, nos proponemos intentarlo en nuestro ponti­ficado y lo seguiremos haciendo en la medida de nuestras fuerzas. A vosotros, Venerables Herma­nos, os corresponde secundar Nuestros afanes con vuestra santidad, vuestra ciencia, vuestras vidas y vuestros anhelos, ante todo por la gloria de Dios; sin esperar ningún otro premio sino el hecho de que en todos se forme Cristo [23].
   
Y ya apenas es necesario hablar de los medios que nos pueden ayudar en semejante empresa, puesto que están tomados de la doctrina común. De vuestras preocupaciones, sea la primera formar a Cristo en aquellos que por razón de su oficio están destinados a formar a Cristo en los demás. Pienso en los sacerdotes, Venerables Hermanos. Que todos aquellos que se han iniciado en las órdenes sagra­das sean conscientes de que, en las gentes con quienes conviven, tienen asignada la provincia que Pablo declaró haber recibido con aquellas palabras llenas de cariño: «Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vos­otros» [24]. Pues, ¿quiénes serán capaces de cumplir su misión si antes no se han revestido de Cristo? Y revestido de tal manera que puedan hacer suyo lo que también decía el Apóstol: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» [25]. «Para mí la vida es Cris­to» [26]. Por eso, si bien a todos los fieles se dirige la exhortación que lleguemos a varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo [27], sin embargo se refiere sobre todo a aquel que desempeña el sacer­docio; pues se le denomina otro Cristo no sólo por la participación de su potestad, sino porque imita sus hechos, y de este modo lleva impresa en sí mis­mo la imagen de Cristo.
   
En esta situación, ¡qué cuidado debéis poner, Ve­nerables Hermanos, en la formación del clero para que sean santos! Es necesario que todas las demás tareas que se os presentan, sean cuales fueren, cedan ante ésta. Por eso, la parte mejor de vuestro celo debe emplearse en la organización y el régimen de los seminarios sagrados de modo que florezcan por la integridad de su doctrina y por la santidad de sus costumbres. Cada uno de vosotros tenga en el Seminario las delicias de su corazón, sin omitir para su buena marcha nada de lo que estableció con suma prudencia el Concilio de Trento.
   
Cuando llegue el momento de tener que iniciar a los candidatos en las órdenes sagradas, por favor no olvidéis la prescripción de Pablo a Timoteo: «A nadie impongas las manos precipitadamente» [28]; con­siderad con atención que de ordinario los fieles se­rán tal cual sean aquellos a quienes destinéis al sa­cerdocio. Por tanto no tengáis la mira puesta en vuestra propia utilidad, mirad únicamente a Dios, a la Iglesia y la felicidad eterna de las almas, no sea que, como advierte el Apóstol, tengáis parte en los pecados de otros [29].
 
CUIDAR A LOS SACERDOTES JÓVENES
Otra cosa: que los sacerdotes principiantes y los recién salidos del seminario no echen de menos vuestros cuidados. A éstos –os lo pedimos con toda el alma–, atraedlos con frecuencia hasta vuestro co­razón, que debe alimentarse del fuego celestial, encendedlos, inflamadlos de manera que anhelen sólo a Dios y el bien de las almas. Nos ciertamente, Ve­nerables Hermanos, proveeremos con la mayor dili­gencia para que estos hombres sagrados no sean atrapados por las insidias de esta ciencia nueva y engañosa que no tiene el buen olor de Cristo y que, con falsos y astutos argumentos, pretende impulsar los errores del racionalismo y el semirracionalismo; contra esto ya el Apóstol precavía a Timoteo cuando le escribía: «Guarda el depósito que se te ha confiado, evitando las novedades profanas y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan extraviándose de la fe» [30]. Esto no impide que Nos estimemos dignos de alabanza los sacerdotes jóvenes que siguen estudios de ciencias útiles en cualquier campo de la sabiduría, para hacerse más instruidos en la guarda de la verdad y rechazar mejor las ca­lumnias de los odiadores de la fe. Sin embargo, no podemos ocultar, antes al contrario lo manifesta­mos abiertamente, que serán siempre Nuestros predilectos quienes, sin menospreciar las disciplinas sagradas y profanas, se dedican ante todo al bien de las almas buscando para sí los dones que convienen a un sacerdote celoso por la gloria de Dios. Nos tenemos una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón [31], al comprobar que es aplicable a nuestra época aquella lamentación de Jeremías: «Los pequeños pidieron pan y no había quien se lo partiera» [32]. No faltan en el clero quienes, de acuer­do con sus propias cualidades, se afanan en cosas de una utilidad quizá no muy definida, mientras, por el contrario, no son tan numerosos los que, a ejemplo de Cristo, aceptan la voz del Profeta: «El Espíritu me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, para predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista» [33].
   
LA FALTA DE DOCTRINA: ENSEÑAR CON CARIDAD
¿A quién se le oculta, Venerables Hermanos, aho­ra que los hombres se rigen sobre todo por la razón y la libertad, que la enseñanza de la religión es el camino más importante para replantar el reino de Dios en las almas de los hombres? ¡Cuántos son los que odian a Cristo, los que aborrecen a la Iglesia y al Evangelio por ignorancia más que por maldad! De ellos podría decirse con razón: «Blasfeman de todo lo que desconocen» [34]. Y este hecho se da no sólo entre el pueblo o en la gente sin formación que, por eso, es arrastrada fácilmente al error, sino también en las clases más cultas, e incluso en quienes sobresalen en otros campos por su erudición. Precisamente de aquí procede la falta de fe de muchos. Pues no hay que atribuir la falta de fe a los progresos de la ciencia, sino más bien a la falta de ciencia; de ma­nera que donde mayor es la ignorancia, más eviden­te es la falta de fe. Por eso Cristo mandó a los Após­toles: «Id y enseñad a todas las gentes» [35].
   
Y ahora, para que el trabajo y los desvelos de la enseñanza produzcan los esperados frutos y en to­dos se forme Cristo, quede bien grabado en la me­moria, Venerables Hermanos, que nada es más efi­caz que la caridad. Pues el Señor no está en la agitación [36]. Es un error esperar atraer las almas a Dios con un celo amargo: es más, increpar con acri­tud los errores, reprender con vehemencia los vi­cios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: «Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia» [37].
 
También en esto Cristo nos dio ejemplo: Venid, así leemos que Él dijo, «venid a mí todos los que tra­bajáis y estáis cargados y Yo os aliviaré» [38]. Entendía por los que trabajaban y estaban cargados no a otros sino a quienes están dominados por el pecado y por el error. ¡Cuánta mansedumbre en aquel divino Maestro! ¡Qué suavidad, qué misericordia con los atormentados! Describió exactamente Su corazón Isaías con estas palabras: «Pondré mi espíritu sobre él; no gritará, no hablará fuerte; no romperá la caña cascada, ni apagará la mecha que todavía humea» [39].
   
Y es preciso que esta caridad, paciente y benig­na [40] se extienda hasta aquellos que nos son hostiles o nos siguen con animosidad. «Somos maldecidos y bendecimos, así hablaba Pablo de sí mismo, pade­cemos persecución y la soportamos; difamados, con­solamos» [41]. Quizá parecen peores de lo que son. Pues con el trato, con los prejuicios, con los consejos y ejemplos de los demás, y en fin con el mal conse­jero amor propio se han pasado al campo de los impíos: sin embargo, su voluntad no es tan depra­vada como incluso ellos pretenden parecer. ¿Cómo no vamos a esperar que el fuego de la caridad cris­tiana disipe la oscuridad de las almas y lleve consi­go la luz y la paz de Dios? Quizás tarde algún tiem­po el fruto de nuestro trabajo: pero la caridad nunca desfallece, consciente de que Dios no ha pro­metido el premio a los frutos del trabajo, sino a la voluntad con que éste se realiza.
 
EL DEBER INSUSTITUIBLE DE LOS OBISPOS
Pero, Venerables Hermanos, no es mi intención que, en todo este esfuerzo tan arduo para restituir en Cristo a todas las gentes, no contéis vosotros y vuestro clero con ninguna ayuda. Sabemos que Dios ha dado mandatos a cada uno referentes al prójimo [42]. Así que trabajar por los intereses de Dios y de las almas es propio no sólo de quienes se han dedicado a las funciones sagradas, sino también de todos los fieles: y ciertamente cada uno no de acuerdo con su iniciativa y su talante, sino siempre bajo la guía y las indicaciones de los Obispos; pues presidir, enseñar, gobernar la Iglesia a nadie ha concedido sino a vosotros, a quienes el Espíritu Santo puso para regir la Iglesia de Dios [43].
 
Que los católicos formen asociaciones, con diver­sos propósitos pero siempre para bien de la reli­gión. Nuestros Predecesores desde ya hace tiempo las aprobaron y las sancionaron dándoles gran im­pulso. Y Nos no dudamos de honrar esa egregia institución con nuestra alabanza y deseamos ar­dientemente que se difunda y florezca en las ciudades y en los medios rurales. Sin embargo, de seme­jantes asociaciones Nos esperamos ante todo y sobre todo que cuantos se unen a ellas vivan siem­pre cristianamente. De poco sirve discutir con su­tilezas acerca de muchas cuestiones y disertar con elocuencia sobre derechos y deberes, si todo eso se separa de la acción. Pues acción piden los tiempos; pero una acción que se apoye en la observancia san­ta e íntegra de las leyes divinas y los preceptos de la Iglesia, en la profesión libre y abierta de la re­ligión, en el ejercicio de toda clase de obras de caridad, sin apetencias de provecho propio o de ventajas terrenas. Muchos ejemplos luminosos de éstos por parte de los soldados de Cristo, ten­drán más valor para conmover y arrebatar las almas que las exquisitas disquisiciones verbales: y será fácil que, rechazado el miedo y libres de prejuicios y de dudas, muchos vuelvan a Cristo y difundan por doquier su doctrina y su amor; todo esto es camino para una felicidad auténtica y sólida.
   
Por supuesto, si en las ciudades, si en cualquier aldea se observan fielmente los mandamientos de Dios, si se honran las cosas sagradas, si es frecuen­te el uso de los sacramentos, si se vive de acuerdo con las normas de vida cristiana, Venerables Hermanos, ya no habrá que hacer ningún esfuerzo para que todo se instaure en Cristo.
   
Y no se piense que con esto buscamos sólo la consecución de los bienes celestiales; también ayu­dará todo ello, y en grado máximo, a los intereses públicos de las naciones. Pues, una vez logrados esos objetivos, los próceres y los ricos asistirán a los más débiles con justicia y con caridad, y éstos a su vez llevarán en calma y pacientemente las an­gustias de su desigual fortuna; los ciudadanos no obedecerán a su ambición sino a las leyes; se acep­tará el respeto y el amor a los príncipes y a cuantos gobiernan el Estado, cuyo poder no procede, sino de Dios [44]. ¿Qué más? Entonces, finalmente, todos tendrán la persuasión de que la Iglesia, por cuanto fue fundada por Cristo, su creador, debe gozar de una libertad plena e íntegra y no estar sometida a un poder ajeno; y Nos al reivindicar esta misma li­bertad, no sólo defendemos los derechos sacrosan­tos de la religión, sino que velamos por el bien co­mún y la seguridad de los pueblos. Es evidente que la piedad es útil para todo [45]: con ella incólume y vi­gorosa el pueblo habitará en morada llena de paz [46].
 
EXHORTACIÓN FINAL
Que Dios, rico en misericordia [47], acelere benigno esta instauración de la humanidad en Cristo Jesús; porque ésta es una tarea no del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia [48]. Y nosotros, Venerables Hermanos, con espíritu hu­milde [49], con una oración continua y apremiante, pidámoslo por los méritos de Jesucristo. Utilicemos ante todo la intercesión poderosísima de la Madre de Dios: Nos queremos lograrla al fechar esta carta en el día establecido para conmemorar el Santo Rosario; todo lo que Nuestro Antecesor dispuso con la dedicación del mes de octubre a la Virgen augus­ta mediante el rezo público de Su rosario en todos los templos, Nos igualmente lo disponemos y lo confirmamos; y animamos también a tomar como intercesores al castísimo Esposo de la Madre de Dios, patrono de la Iglesia católica, y a San Pedro y San Pablo, príncipes de los apóstoles.
   
Para que todos estos propósitos se cumplan cabal­mente y todo salga según vuestros deseos, implora­mos la generosa ayuda de la divina gracia. Y en tes­timonio del muy tierno amor de que os hago objeto a vosotros y a todos los fieles que la providencia di­vina ha querido encomendarnos, os impartimos con todo cariño en el Señor la bendición apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y a vuestro pueblo.
 
Dado en Roma junto a San Pedro, el día 4 de octubre de 1903, primer año de Nuestro Pontificado. PÍO PAPA X.
    
NOTAS 
[1] Epístolas, 1, III, epístola 1.
[2] Ps. LXXII, 27.
[3] Jerem. I, 10.
[4] Ephes. I, 10.
[5] Coloss. III, 11.
[6] Ps. II, 1.
[7] Job XXI, 14.
[8] II Thess. II, 3.
[9] II Thess. II, 2.
[10] Sap. XI, 24.
[11] Ps. LXXVII, 65.
[12] Ib. LXVII, 22.
[13] Ps. XLVI, 8.
[14] Ib. IX, 20.
[15] Ib. IX, 19.
[16] Is. XXXII, 17.
[17] I Cor. III, 11.
[18] Job X, 36.
[19] Hebr. I, 3.
[20] Matth. XI, 27.
[21] Homilía  “De Eutropio cautivo, y la vanidad de las riquezas”, nº. 6.
[22] Apoc. XII, 10.
[23] Gal. IV, 19.
[24] Ibid.
[25] Gal. II, 20.
[26] Philipp. I, 21.
[27] Ephes. IV, 3.
[28] I Tim. V, 22.
[29] Ibid.
[30] Ib., VI, 20 et seq.
[31] Rom. IX, 2.
[32] Thren. IV. 4.
[33] Luc. IV, 18-19.
[34] Jud. II, 10.
[35] Matth. XXVIII, 19.
[36] III Reg. XIX, 11.
[37] II Tim. IV, 2.
[38] Matth. XI, 28.
[39] Is. XLII, 1 et seq.
[40] I Cor. XIII, 4.
[41] Ibid., IV, 12.
[42] Eccli. XVII, 12.
[43] Act. XX, 28.
[44] Rom. XIII, 1.
[45] I Tim. IV, 8.
[46] Is. XXXII, 18.
[47] Ephes. II, 4.
[48] Rom. IX, 16.
[49] Dan. III, 39.

NUESTRA SEÑORA, DIVINA PASTORA DE LAS ALMAS: FUNDAMENTO Y ORIGEN

   
TÍTULO Y OFICIO DE PASTORA
Desde el principio de la eternidad se decretó en los consejos de la infinita misericordia de Dios que el Verbo Eterno engendrado, sin tiempo, en el seno del Padre, tomase forma humana para visitarnos, y hacer la redención de su pueblo (Luc., cap. I.). Para realizar este designio misericordioso fue preciso escoger una criatura, que originada de Adán, fuese tan pura, tan santa, tan hermosa e inmaculada, que el olor suavísimo de sus virtudes enamorasen al Verbo increado, y sin degradación de su infinita Majestad dejase el solio de su gloria para encarnar en su purísimo vientre. Esta fue la Hija feliz de Joaquin y Ana, María Santísima, que cerciorada en el tiempo oportuno por el Ángel del Señor de este decreto del Divino Consistorio, cooperó, en efecto, con el fiat pronunciado libremente por sus virginales labios, para el complemento de cuanto estaba determinado en aquél sobre la redención del género humano. Elevada ya entonces esta Virgen Madre a una dignidad que ni hombres ni Ángeles pueden comprender, se la debían justísimamante los títulos más gloriosos y honoríficos, que denotasen la excelencia y el mérito de esta Soberana Reina: tales son todos aquellos con que a porfìa la alaban y bendicen los Santos Padres, y con ellos toda la Iglesia Católica, llamándola Corredentora de los hombres, Tabernáculo de la Sabiduría increada, Compendio de todas las maravillas creadas por Dios, Reina de los cielos y la tierra, y semejantes; sin embargo, es tal la dignación de esta Señora, que a imitaciòn de su Santísimo Hijo, quiere ser conocida, invocada y venerada de los hombres con un título lleno de amor, de benignidad y de cariño, y que al mismo tiempo denota la profunda humildad de que aun en enmedio de su incalculable elevación estuvo siempre adornada su bendita alma. Imitadora perfecta de su Divino Hijo, le oye decir: Yo soy el buen Pastor (Joann., cap. X); y entonces dice esta Señora de sí misma: Yo tambien soy la buena Pastora, escogida por el Pastor mi Esposo para tener parte en los oficios de este nuevo destino; dando a entender así a los hombres que a pesar del grado sublime de majestad a que se ve elevada por el Dios Omnipotente, que obró en ella cosas grandes, no quiere despojarse de su humildad, de su benignidad, de su amabilidad y de su maternal solicitud para hacer felices a los hombres, con el objeto sin duda de ganarles el corazón e infundirles toda confianza, para de este modo traer hacia sí las ovejas perdidas, conservar a las que son fieles, y hacer de todas ellas un solo rebaño congregado en su solo redil, y ponerlas a cubierto de los lobos infernales que las acechan día y noche para devorarlas e inutilizar en ellas el fruto de la Sangre de su Hijo, derramada por conducirlas a los pastos de vida eterna; así podemos decir de esta Señora lo que San Pedro Crisólogo dice de su Santísimo Hijo: María eligió el oficio de amantísima Pastora para reunir a los pueblos y a las gentes, que como ovejas errantes andaban vagas y dispersas (Sermón 6º sobre el salmo XCIX). Los gentiles, elegidos ciertamente por Dios para entrar a su celestial rebaño, dispersos por la idolatría y extraviados entre las malezas incultas de los errores más groseros, caminaban sin remedio a su perdición eterna. Aun el pueblo escogido de Dios, imbuido en particulares errores y obcecado con la luz misma que venía a iluminarlo, estaba en igual peligro; pudiendo decir justamente con Isaías: Todos nos hemos extraviado como ovejas errantes (Cap. LIII, v. 6). Por esto el amantísimo Redentor Jesucristo toma el nombre y oficio de Pastor para dirigirnos y enseñarnos los caminos de paz y de salud, y a su Madre Santísima por coadjutora en este nuevo ministerio. Compadecido de una dispersión tan lamentable, la encarga el trabajar con Él para reunir todo su rebaño; y entonces parece se cumplió enteramente lo que Dios dijo por su profeta Ezequiel: Salvaré mi grey, y no estará ya expuesta a la rapiña, porque suscitaré sobre ellas un Pastor que las apaciente (Cap. XXXIV, v. 22-23). Ni esto deja de ser apropiable a esta Señora, porque si Jesucristo, asegurado por tres veces del amor que San Pedro le tenía, lo hace pastor de su ganado, diciéndole: Apacienta mis corderos: apacienta mis ovejas (Joann. XXI, v. 17): ¿cuán más propiamente se daría esta comisión a la que significó con más propiedad que nadie la persona de su Hijo Santísimo, y suplió cumplidamente su falta en la tierra, después de su Ascensión a los cielos, apacentando, fortaleciendo, animando y confortando a todos los primeros fieles, y entre ellos a los mismos Apóstoles, para completar y perfeccionar el establecimiento de la ley de gracia, y extender el Evangelio por toda la redondez de la tierra?

Si discurrimos por todos los períodos de la vida de esta Santísima Virgen, y si examinamos los oficios que ejercitó en la tierra, y aun al presente ejerce, sublimada como está en los cielos, hallaremos cuán propiamente le damos el título de Pastora de las almas. Adornada con variedad de virtudes, se aventajó en ellas a todas las demñas esposas del Cordero, que siguiendo en pos de El, atraídas por el suave olor de sus virtudes, fueron como maestras y pastoras de las demás vírgenes: cuales fueron las Claras, las Teresas y Gertrudis, que con sus hijas se ofrecen al Cordero inmaculado; pero guiadas y conducidas por María. Aclamada por Reina de todo lo creado, le es ya propio el título de Pastora dada por Isaías a los Reyes (Isa., cap. XLIV, v. 28). Pastora igualmente de los Apóstoles, porque fue maestra y consejera de todos ellos: de la Iglesia, porque la sustenta con el Pan de los Ángeles formado en su vientre purísimo, y la ilustra con su vida esclarecida: de los Ángeles hechos pastores por Dios (Ibid., cap. XIII, v. 20), porque los aventajó en gracia, en gloria y en solicitud por el bien de los hombres; y en fin Pastora así nombrada de un modo terminante por el casto Esposo que en los Cantares la ordena y dice: Marcha tras las huellas de los ganados, y apacienta tus corderos junto a los tabernáculos de los Pastores (Cant. I, v. 7). Como si dijera: Yo que soy el Pastor bueno, que he venido a dar mi vida por mis ovejas (Joann. X, v. 4), iré delante como esforzado mayoral abriéndoles el camino de la vida eterna, y apartándolas de las sendas perdidas por donde caminaban a su eterno precipicio; pero tú, ¡oh hermosísima entre las mujeres! (Cant., Ibid.) como Zagala de mi rebaño, vendrás detrás de todas ellas animando a las flacas, avivando a las flojas y perezosas, llamando a la que se extravíe, y amparándolas a todas, para que unidas y uniformes caminen a su fin, ninguna se pierda, y todas participen del calor de nuestro amor solícito por su bien. Aquí se verifica a la letra que el Divino Esposo eligió una Coadjutora semejante a Él mismo (Gén. II, v. 18), para pastorear la grey de su santa Iglesia. Por esto, llegado el momento en que Jesucristo debía partir de este mundo al Padre, privándolo de su amorosa presencia, señala a esta Divina Pastora por Madre de todos los hombres en la persona de San Juan, diciéndola: Mujer, mira ahí a tu Hijo; y despues dice al discípulo: Esa es tu Madre (Joann. XX, v. 26). Entonces fue cuando Jesucristo comisionó a su propia Madre, para que en su ausencia quedase por Madre de los Apóstoles y los fieles (Cornelio Alápide, in Joann., lit. D.), y como tal, consolase a los afligidos, enseñase a los ignorantes, levantase a los caídos, dirigiese a los que con ansiedad titubean, e instruyese a todos en los sucesos ya prósperos y ya adversos de la vida. Entonces fue cuando el Sumo Pastor, próximo ya a la muerte, declaró más terminantemente que nunca su voluntad de que su misma Madre se quedase por Pastora de las ovejas adquiridas con su Sangre, y que veía quedar desamparadas en los desiertos de este valle de lágrimas, diciéndola: Ya desde hoy no eres solamente Madre mía, sino que te llamarás generalmente Mujer por tu especial fecundidad (al modo que Dios puso por nombre Sara a la mujer de Abrahán por ser constituida Madre de muchas gentes) (Gén., cap. XVII, v. 4-5): ya serás Madre de infinitos hijos, que iluminados con mi fe, y reengendrados con mi gracia, han de creer en Mí: a todos los abrigarás en tu seno como a hijos legítimos (Juan Taulero, cap. XLIV): amalos como a Mí propio: confirmalos en su fe: fortificalos con el pasto de mi doctrina; y haz que se robustezca la esperanza que deben tener de reunirse conmigo en el redil eterno de mi gloria. Así lo siente la Santa Iglesia, columna y firmamento de la verdad, en la oración que señaló para el día en que se celebra la festividad de esta Divina Pastora, que dice: Oh buen Pastor y Señor nuestro Jesucristo, que diste tu vida por tus ovejas, y estando pendiente en la cruz nos encomendaste a tu Madre Virgen como pueblo tuyo propio, y como ovejas apacentadas por ti mismo, concédenos por intercesión de esta misma Señora, que siguiendo tus pisadas en la tierra como verdadero Pastor nuestro, merezcamos ser conducidos a los pastos de la vida eterna en los cielos (Oficio de la Divina Pastora). De cuyo principio, como tan autorizado, debemos mirar originado el título y oficio de Pastora; respetando sin embargo el dicho y los escritos de algún sabio y piadoso que apela para este fin a revelaciones y apariciones de María Santísima en traje de Pastora (Pedro de Rivadeneira. Vida de San Juan de Dios, Cæl, stel. lib. 3. cap. IX), que aunque merezcan todo nuestro respeto, no son tanto como éste que la Santa Iglesia nos propone para reconocer a María Santísima por Pastora de las almas, o Madre del buen Pastor.

PRINCIPIO Y PROGRESOS DE LA DEVOCIÓN A MARÍA SANTÍSIMA BAJO LA ADVOCACIÓN Y TÍTULO DE PASTORA.
Es constante que hasta el año de 1703 nadie había venerado a María Santísima, ni invocado su poderoso patrocinio en imagen y título de Pastora de las almas; pero desde aquella feliz época han sido, y son diariamente tales los progresos de este culto y piadosa invocación, que no podemos dudar haya sido inspirada por el Padre de las luces, de quien dimana todo don perfecto: como ni tampoco de que haya sido sostenida y acrecentada por Jesucristo, que celoso cual verdadero y legítimo Hijo de las glorias de su Santísima Madre, formó y suscita diariamente varones piadosos, que con su celo le hayan dado todo el incremento con que hoy vemos extendida esta devoción. La provincia de Capuchinos de Andalucía se adelantó, y fue la primera en tributar a María el culto tan grato a esta Señora, bajo el título de Pastora de las almas. Nadie puede disputarle esta gloria. Allí nació, entre sus alumnos se extendió, y de allí se propagó este culto religioso a toda clase de gentes, a todo clima y región, en términos que la voz amorosa de Pastora resuena ya hasta los últimos fines de la tierra, cruzando de oriente a poniente, y del septentrión al mediodía. Dicha santa Provincia, fecunda siempre de varones apostólicos, que sirviendo de honor y de gloria al claustro capuchino, han trabajado y trabajan infatigables por acrecentar, apacentar y sostener el rebaño de Jesucristo, contó en aquel siglo entre sus hijos al insigne apostólico y venerable misionero Fr. Isidoro de Sevilla, cuyo solo nombre honra los anales de aquella santa Provincia, y aun está esculpido en los de toda la Iglesia Católica, que jamás olvidará el nuevo lustre que la dio con sus virtudes y con sus tareas apostólicas; siéndole también eternamente agradecidas las almas sin número que se salvaron de su perdición eterna por su predicación y su zelo.

Este segundo Enós fue el primero que principió a invocar el nombre de María con el título de Pastora: él hizo que el pincel y la gubia se empleasen, por primera vez, en ofrecer a nuestra veneración las Imágenes de María, que o en estátuas o en pinturas, denotasen el traje pastoril con que esta Señora se adorna y atavía para salir, según el mandato de su Esposo, a apacentar sus cabritos junto a los tabernáculos de los Pastoreș. Tomando dicho varón apostólico este texto de los Cánticos por tema para predicar el día 8 de Septiembre del año de 1703 en la ciudad de Sevilla, lo expuso y explanó con tanta sabiduría, con tal fervor, y con tanta unción del Divino Espíritu, que luego al instante aquella ciudad, decidida siempre por la devoción y el honor de la Reina del cielo, principió a invocar su protección y a venerarla y honrarla con el título de Pastora mística de las almas. Viendo él mismo el buen principio que había tenido esta institución santa, tomó a esta Señora por Patrona de sus misiones, llevándola ya en ellas por guía y directora de la grey del buen Pastor; la cual, al tiempo mismo en que se reunía para apacentarse con el pasto de la divina palabra, alababa y bendecía a su celestial Pastora: resultando la mayor gloria de María, el fruto copioso de su fervorosa predicación y la salvación de muchos que por este medio, de la misericordia Divina, salieron del estado lastimoso de condenación a que por sus culpas estaban destinados.

Acrecentado rápidamente el rebaño de esta Divina Pastora, fue ya preciso e indispensable formar un redil sagrado, en que reunido, estuviese a cubierto de los asaltos del lobo infernal, con cuyo objeto el infatigable y V. P. Sevilla fundó varias cofradías y hermandades de corderos místicos de la Divina Pastora. Fundó la primera en su misma patria, la dicha ciudad de Sevilla, en el día 23 del mismo mes y año, con aprobacion de la Santa Sede, que concedió a dicha hermandad todas las gracias e indulgencias que estaban ya concedidas a las hermandades más célebres. La segunda se fundó en Carmona el año de 1706, para cuyo fin se erigió un magnífico retablo, en que fue colocada la imagen de la Divina Pastora. La tercera se estableció en Utrera en el siguiente año, en donde al retablo e Imagen de singular gusto, se añadió un camarín que les diese nueva hermosura. La cuarta en Jerez de la Frontera el año de 1713; colocando dicha Santa Imagen en la parroquia de San Dionisio. Herederos posteriormente los Padres de aquella santa Provincia del celo, fervor y devoción con que el V. P. Fr. Isidoro de Sevilla fundó y extendió la invocación y el culto de María con el título de Pastora, trabajaron siempre, y trabajan en el día, por conservar y aun acrecentar este culto religioso, en términos que no hay Iglesia de sus conventos en que no sea venerada la Divina Pastora; ni tampoco hay pueblo o ciudad en que habiendo hecho sus Misiones, no hayan dejado eternizado e indeleble el amor, la devoción y el culto a María Santísima con el título de Pastora. Esta verdad la confirmarán Antequera, Écija, Alcalá la Real, Andújar, Marchena, Arabal, Aracena, y otras no pocas en todos los cuatro reinos de Andalucía. Pero reciente tenemos la memoria del hombre de Dios enviado desde Cádiz, en nuestros mismos días, por disposición del Altísimo, para combatir la impiedad de nuestro siglo, y prepararnos los caminos de tribulación, persecuciones, afficción y trabajo, con que el Cielo justamente airado por nuestro general desorden había de afligirnos, según que él mismo, superiormente inspirado, nos anunció, previniendo los males sin número que inundarian no solo la Andalucía sino a toda la Península: hablo del apostólico, penitente y segundo San Pablo, el V. P. Fr. Diego José de Cádiz. Eşte insigne operario del Evangelio, llevando por protectora de sus Misiones a esta Divina Pastora, adquirió triunfos gloriosos en favor de las almas, hizo guerra sangrienta al espíritu del error, y extendió el culto de esta Señora, no solo en el suelo de su nacimiento, sino en todos los fines, aun los más escondidos y remotos de la España.

En efecto, no quedó aislada en solos los reinos de Andalucía la devoción y culto de la Divina Pastora. Siguiendo este ejemplo las otras provincias de Capuchinos en España, lo extendieron por toda ella y lo llevaron hasta sus Indias; por manera que no hay ya pueblo, lengua o tribu que no conozcan y veneren a la Divina Pastora. Este título de tanto consuelo para los miserables hijos de Adán se oyó de allí a poco en el reino de Valencia, y con igual rapidez que en Andalucía se extendió por todo él, particularmente en dicha capital, en cuyo convento de Capuchinos se colocó una hermosísima Imagen de Pastora, y se instituyó una cofradía con el designio de tributarla incesantemente el culto más cuidadoso y esmerado. Pasó después a Aragón, en donde fue recibida por Patrona de las Misiones Capuchinas en aquella santa Provincia; con cuyo motivo tuvo ya la Pastora Divina tantos rebaños místicos cuantos componen las innumerables almas que con el bien de la predicación de aquellos apostólicos Obreros, volvieron a las sendas de la justicia de donde se habían extraviado por el vicio, Cataluña, finalmente, principió poco después a venerar las Imágenes de la Divina Pastora e invocar con este título la proteccion de la Reina del cielo, y en consecuencia se colocó la primera Imagen en la parroquia de San Miguel; y fue justo, que el caudillo y defensor de la Iglesia Militante; simbolizada por el mismo Jesucristo en la figura de un Rebaño místico, recibiese el primero en su templo y casa a la que con antelación y preferencia a otra cualquiera criatura celestial o terrena debía, como ejército bien ordenado, infundir terror y espanto al común enemigo. Pasados algunos años, se colocó tambien la Imagen de la Divina Pastora en el convento de PP. Capuchinos de Santa Madrona en la ciudad de Barcelona, y entonces ya nadie pudo contener el afecto y devoción de aquellas gentes, hasta que lograron se instituyese en la dicha Iglesia una hermandad en el año de 1763 con la probacion del Ilmo. Diocesano, la cual hermandad se trasladó despues por motivos justos a la Iglesia de PP. Carmelitas de dicha ciudad.

Los bienes que las Américas han conseguido desde que la Divina Pastora pasó los mares y se presentó en aquellas vastas y distantes regiones conducida por los Misioneros Capuchinos, es asunto él solo de una historia voluminosa. Aquellas desgraciadas gentes vivían de asiento en las tinieblas y sombras de la muerte, en número incalculable, esclavizadas por el Dragón infernal, que señoreándose por aquellos inmensos países, contaba tantas víctimas cuantos eran los que nacían desgraciados y morían infelices, sin la verdadera luz que ilustrase sus almas; mas llegando el tiempo feliz para ellos en que las Misiones Capuchinas de las provincias de España aparecieron entre ellos, guiados y conducidos por la Madre del buen Pastor, quedó ya preso el dragón que los tiranizaba. Caracas, Cumaná, Guayana y Maracaibo, después de que, ilustradas con luz del Cielo, reconocieron al único y verdadero Dios, que los formo y adquirió por pueblos suyos con su propia Sangre, formaron ya un solo rebaño con la Iglesia Católica, y adoctrinados por el celo de los Misioneros Capuchinos, se ven ya protegidos por el Supremo Pastor y la predilecta Pastora, a quienes acuden todos los fieles de aquellos vastos países, para encontrar el refugio y el consuelo en todas sus necesidades: llegando a tanto los progresos de la devoción al título de Pastora, que formado un pueblo por los Misioneros Capuchinos de la provincia de Andalucía, de Indios convertidos a la fe católica por su predicación y civilizados con su infatigable celo, se le puso por nombre: La Divina Pastora. Así las naciones fieras, indóciles y hambrientas, como lobos, de carne y de sangre, fueron guiadas por María a los pastos de leche y grama, y convertidas a la mansedumbre de ovejas (San Pedro Crisólogo, Sermón 6º).

Pero no han sido menos rápidos los progresos que la devoción a la Madre del buen Pastor ha hecho en esta mi santa provincia de la Encarnación de las dos Castillas, ni menos afectuoso y reverente el culto que en toda ella se le tributa; especialmente desde que un hijo suyo, cuyo gobierno general de toda la Congregación Capuchina la colmo de gloria y honor, que eternizará su nombre: El Exmo. y Rmo. P. Fr. Nicolas de Bustillo: siendo Definidor general en Roma, consiguió de la Santa Sede el oficio y misa de la Divina Pastora, en el Domingo segundo después de Resurección.

A poco de extenderse en los reinos de Andalucía la devoción y culto de la Divina Pastora, fue reconocida por Protectora de las Misiones en esta santa Provincia. Bajo sus auspicios se instituyó el colegio de Misioneros en la ciudad de Toro el año de 1765, haciendo centro de la devoción de los fieles la hermosísima Imagen que con este traje y título se colocó en una de las capillas de la Iglesia de dicho convento. Desde él salen anualmente aquellos fervorosos Operarios del Evangelio, predicando penitencia para la remisión de los pecados, por las dos Castillas, el reino de Galicia, Asturias, y en la corte misma de Madrid, guiados y conducidos por la Divina Pastora, cuyo afecto y devoción quedaba, y de día en día se graba más profundamente en el corazón de cuantos acuden en crecidos concursos a oír la palabra de Dios; de cuyas resultas han sido varios los monumentos de culto y veneración erigidos en varios pueblos en obsequio de la Divina Pastora, especialmente en los principales del obispado de Zamora, cuya especificación era largo de estampar.
 
Creció esta devoción en los tiempos más calamitosos para la desventurada España, cuando después de la guerra sangrienta tenazmente sostenida por sus hijos contra la invasión usurpadora de Napoleón, se vió libre de este azote del Cielo por la intercesión de la Madre de Dios. Entonces, cuando las pasiones exacerbadas de los hombres, las doctrinas y máximas de impiedad y la desmoralización notoria de costumbres, que como efectos tristes pero precisos de la ocupación de unas tropas revolucionarias, parece debían haber dejado amortiguada en unos, y extinguida en otros la piedad; entonces, digo, fue cabalmente cuando la devoción y culto de la Divina Pastora llegó a un incremento, que sin haberlo visto, parecerá exagerada su narración.

A resultas del decreto expedido por nuestro piadoso y católico Monarca D. Fernando VII (que Dios guarde) en el año de 1814, para que en todos los pueblos de su monarquía se hiciesen Misiones que reformando las costumbres, restaurasen también las ruinas del santuario, se extendieron las Misiones Capuchinas de la provincia de Castilla desde Sierra-Morena hasta el Mar Cantábrico, y desde el cabo de Finisterré hasta los límites del reino de Valencia, y con ellas la devoción y culto de la Divina Pastora: quedando en todos los pueblos grabado profundamente el agradecimiento a los favores que el Cielo los dispensó por su intercesión. La corte de España, Madrid, se singularizó en este culto extraordinariamente. En el año de 1816 se vio por primera vez la Imagen de la Divina Pastora conducida procesionalmente por sus principales calles entre innumerable concurso de gentes, que con himnos y cánticos alababan a tan amable Pastora. En consecuencia, y por satisfacer la piedad de los fieles, se proyectó colocar dicha Santa Imagen con el decoro debido en el convento de San Antonio del Prado, como matriz de todos los de la provincia de Castilla; y el Cielo protegió y sostuvo este pensamiento con tanto interés, que a poco de idearlo se realizó, facilitándose por sí mismos los innumerables y grandes inconvenientes que se presentaron, y abundando los recursos para los grandes gastos que hubo que soportar hasta concluirlo todo con la hermosura y decoro con que hoy se ve. Se trabajó, ante todas cosas, por un diestro artífice la hermosísima Imagen, que en dicho convento se venera, y se colocó interinamente al lado izquierdo del Altar mayor, hasta disponerle otro propio, y digno de tal Pastora. Presentarse la Reina de los cielos en este traje a los habitantes de Madrid, y cautivar para si los corazones de todos ellos, fue una misma cosa. La devoción y afecto tomó un vuelo tan rápido, que todos a porfía llevaban a sų presencia, con sus corazones, los dones y ofrendas que cada cual, según su clase, podía proporcionar, deseosos todos de verla colocada en su Altar y Trono. Hubo no pocas dificultades que vencer para su colocación. No fue la menor el que la pequeñez de la Iglesia no ofrecía un sitio proporcionado para la ejecución del proyecto; pero ésta la allanó la piedad de los Exmos. Sres. Duques de Medinaceli, patronos de dicho convento, pues teniendo en aquella un altar propio de su ilustre casa, dedicado a San Pedro de Alcántara, en que están depositadas las innumerables reliquias que vinculadas en ella, atestiguan la piedad que siempre clasificó a tan ilustres Príncipes de la España, lo cedieron gustosamente para que en él se colocase dicha Imagen, sin más condición que la de que se conservasen en él las reliquias e imágenes que en el mismo se veneraban. En efecto, el arte lo dispuso de tal forma, que guardando la Imagen de la Divina Pastora el sitio principal de dicho altar, se conserva todo con el debido decoro, distribuido ordenadamente en el magnífico retablo, que de nuevo fue construido a expensas de los bienhechores, que nada escasearon hasta concluirlo con magnificencia y grandeza compatible con el Instituto Capuchino.

No se satisfizo con solo esto la piedad de los hijos de Madrid. Para dar mayor importancia al culto de la Divina Pastora, se erigió bajo sus auspicios una Congregación de ambos sexos, que con sus limosnas unos, y con su asistencia personal otros, sostienen el alumbrado de oración y vela cuantas veces se expone en dicha Iglesia al culto público el augusto Sacramento del Altar. El día 8 de Diciembre de 1818 fue la primera vez que estos adoradores del Cordero de Dios, inmolado por nuestra salud, se presentaron con los cuatro cirios que de media en media hora se mudan, y alternan con otros tantos: y desde entonces hasta hoy, no solo no ha decaído esta devoción; sino que de día en día toma indecibles incrementos. El día 7 de Septiembre de 1819 se celebró por primera vez la fiesta de la Divina Pastora en su nuevo Altar, cuyas funciones siguieron por nueve días continuos, con una concurrencia inmensa de gentes de toda clase y jerarquía; cuya Novena se repite anualmente desde la Domínica segunda después de Resurrección, cada vez con mayor entusiasmo de las innumerables ovejas que diariamente se escriben en su místico rebaño; en términos, que en el día es la Divina Pastora uno de los simulacros de mayor devoción y culto en la villa y corte de Madrid.

No se ha limitado a solo ella este afecto religioso: la ciudad de Salamanca ha dado, y está dando en el día, iguales testimonios de ella. En el dicho año de 1816, mientras la comunidad de Capuchinos estuvo refugiada en el colegio de Santa Catalina, por haber sido demolido el propio convento por las tropas francesas en los años anteriores de su invasión, se colocó en él la Imagen de la Divina Pastora con suma devoción y contento de sus católicos habitantes. Restauradas a poco tiempo las ruinas de dicho convento, se trasladó a él dicha Imagen en procesión pública, cuya augusta ceremonia fud una de las más solemnes que vio aquella ciudad, y se colocó en una pequeña capilla, en donde estuvo hasta el año de 1825, en que la devoción y liberalidad religiosa del Exmo. Sr. Marques de Almarza y Cerralvo mandó erigir a sus expensas la suntuosa capilla, camarín y trono en que hoy se halla colocada. Eşte culto salió de los límites de aquella ciudad, y se extendió a varios pueblos de su Obispado; y tanto en éstos, como en aquélla, persevera con diarios aumentos el culto de esta Señora, a quien acuden los fieles buscando el consuelo en sus aflicciones, el socorro en sus necesidades, la salud en sus dolencias, y el refugio en todo género de adversidades.

Por último, con los Misioneros de esta misma provincia que pasaron a la Habana, en la Isla de Cuba, para fundar en ella el colegio de Misiones, en el año de 1784, pasó tambien a aquella populosa y opulenta ciudad la devoción y culto de la Divina Pastora, cuya Imagen fue colocada en propia capilla de la Iglesia de dicho colegio en el principio mismo de su fundación. Desde entonces creció su devoción y culto en tales términos, que hoy sus fiestas son de las más concurridas y celebradas: aquellos piadosos habitantes fundan en la protección de esta Señora una especial confianza para la consecución de las gracias sin número, con que el Cielo remunera generosamente su piedad y devoción. Los multiplicados prodigios de esta Señora corroboran su esperanza, y alguno reciente en nuestros días daría largo y gustoso asunto a mi pluma, si no temiese salir del intento de brevedad que me he propuesto.

Concluyamos con decir, como cosa ya indubitable, que tanto en las Américas como en la Península, se ha extendido hasta los últimos términos la devoción y culto de la Madre del buen Pastor Jesucristo; y de aquí es que es conocido y respetado ya este sagrado título, en cuya alabanza se componen himnos, se hacen Novenas, y los Oradores sagrados apuran todos los recursos de la invención y la elocuencia para elogiar de todos modos a la Madre de Dios con el título y advocación de Pastora; en términos que los Varones Apostólicos que desde el año de 1703 honran los anales Capuchinos, se distinguen en su celo y sus virtudes por la devoción tierna de la Divina Pastora, y por la solicitud infatigable con que han procurado propagarla; debiendo a ella todos los frutos preciosos que recogieron, y en el día recogen, en el campo evangélico con su predicación y tareas apostólicas: a que correspondieron tan cumplida y fervorosamente los fieles hijos de María Santísima, que reputándose ovejas de tan amable Pastora, consagran todos sus desvelos a su culto y veneración, erigiendo Altares, formando Imágenes y eternizando en otros iguales monumentos su amor y gratitud.

FRAY FERMÍN DE ALCARAZ (en el siglo Fermín Sánchez Artesero) OFM Cap., Misionero Apostólico. La Divina Pastora, o sea El rebaño del Buen Pastor Jesucristo guiado, custodiado y apacentado por su divina Madre María Santísima, págs. 19-45. Madrid, Imprenta de don Leonardo Núñez, 1831, con aprobación eclesiástica.

martes, 1 de septiembre de 2020

POLÍTICA EN VEZ DE FE: EL NUEVO “CREDO” DE KENNETH J. BROLLER

En la iglesia de San Francisco Javier de la ciudad de Nueva York, el sacerdote-presbítero Kenneth J. Broller SJ  (ordenado válidamente el 13 de Junio de 1964 con el Rito Romano Tradicional), cambió el Credo por un manifiesto político durante el servicio novusordiano del domingo 30 de Agosto.
  
Kenneth J. Boller SJ
   
Altar tradicional de la iglesia San Francisco Javier, profanado con las fotografías de los “mártires de la justicia racial”.
    
Haciendo ostensión durante el culto de imágenes de personas negras muertas en hechos confusos y mediatizados (George Perry “Big George” Floyd Jr. –muerto de sobredosis de drogas mientras se resistía a un arresto por presunto hurto–, Breonna Palmer Taylor –muerta durante un cruce de disparos en medio de una redada antidrogas– y Ahmaud Márquez Arbery) en el altar mayor, Broller pidió a sus feligreses (en su mayoría blancos como él) renunciar al presunto “privilegio blanco” y creer en la “justicia racial” mediante la fórmula siguiente:
«¿Afirmáis la justicia racial, la equidad y la compasión en las relaciones humanas? – Sí.
¿Afirmáis que los privilegios de los blancos son injustos y dañosos para quien los tiene y para quien no los tiene? – Sí.
¿Afirmáis que el privilegio blanco en la cultura de la supremacía bianca debe ser desmantelado donde esté presente? – Sí.
¿Apoyáis la equidad racial, la justicia y la liberación para cada persona? – Sí.
¿Afirmáis el valor y la dignidad intrínsecos de cada persona? – Sí.
Por tanto, y de hoy en adelante, ¿Os comprometeréis a comprender más profundamente la injusticia y el sufrimiento causados por el privilegio blanco y por la supremacía blanca? – Sí.
¿Os comprometéis a ayudar a transformar la cultura de nuestra Iglesia en el compromiso activo de buscar la justicia racial y la igualdad de todos? – Sí.
¿Haréis un gran esfuerzo en tratar a todas las personas con el mismo respeto que esperáis recibir? – Sí.
¿Os comprometéis a desarrollar la valentía de vivir vuestras creencias y valores de justicia e igualdad? – Sí.
¿Os esforzaréis por eliminar el prejuicio racial de vuestros pensamientos y acciones para que podáis promover mejor los esfuerzos de justicia racial de nuestra Iglesia? – Sí.
¿Renovaréis y honraréis diariamente este juramento, sabiendo que nuestra Iglesia y nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo serán mejores lugares por nuestro esfuerzos? – Sí.

Oremos: Te rogamos, oh Dios, completes en en nosotros la obra sanadora de tu misericordia, y perfecciónanos y asístenos benignamente, para que en todas las cosas podamos agradarte. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén».

El vídeo fue publicado por Michelle Malkin en su cuenta de Twitter, y de ahí pasó a YouTube.
  
Y para añadir insulto a la ofensa, el sitio web JesuitResource.org incluye, además de oraciones paganas y una del jesuita apóstata Pierre Teilhard de Chardin, una sección dedicada a oraciones pidiendo “justicia y reconciliación racial”.

LA “ANÁFORA INDIA”, LA PRIMERA LITURGIA “INCULTURADA” DE LA HISTORIA

Alentado por la aprobación vaticana mediante el protocolo N. 802/69 del 25 de Abril de 1969 a la incorporación de los “doce puntos de hinduización” por la Conferencia de Obispos Católicos de la India, el presbítero Duraiswami Simon Amalorpavadass, hermano del cardenal Lourdusami, fundador del ashram Anjali y director-fundador del Centro Bíblico, Catequético y Litúrgico Nacional de la India, compuso la siguiente liturgia en 1971, siendo la primera liturgia inculturada de la historia. Aunque fue aprobada en el encuentro de la COCI reunido en Madrás del 6 al 14 de Abril de 1972 con sesenta votos de ochenta, finalmente fue rechazada por el Vaticano mediante el protocolo N. 649/75 de la Congregación para el Culto Divino, fechado a 23 de Mayo de 1975 (mediante el cual se daba respuesta a las preguntas enviadas por Mons. Justin Diravian, arzobispo de Madurai); y su creador, Amalorpavadass, murió desfigurado tras ser aplastado por un camión en 1990 (un justo castigo para quien quiso desfigurar la Liturgia Católica dándole el aspecto de un servicio idolátrico hindú).
  
Por primera vez, traemos del blog del presbítero hindú Emmanuel el texto de esta “anáfora india”, traducida al español y ampliada (en lo posible) con referencias. La publicación se hace como evidencia de los abusos que se han introducido con el placet montini-bugniniano, y como precedente del Novíssimo Ordo Missæ y del “Rito Amazónico”.

Duraiswami Simon Amalorpavadass

ANÁFORA INDIA
    
1. RITO DE ENTRADA
Mientras la congregación se reúne, los voluntarios ponen el tilak en la frenre de cada uno. Con el Himno de Entrada, los Concelebrantes entran por la puerta principal y son recibidos también con el tilak y van al al altar y hacen la inclinación reverencial y ocupan sus lugares. Cuando el Celebrante principal entre a la iglesia, a su entrada se lava y seca las manos, y cerca al altar será recibido con el aráti (Pusparthi) y el tilak. Entonces él recibe a la congregación y va al altar, y saluda a la comunidad e invoca las bendiciones:
Celebrante principal: Aquel que nos ha reunido juntos esté en medio de nosotros; el Señor nos colme de su amor hacia Él y hacia los hermanos: así unidos como su Iglesia podemos ofrecer este sacrificio.
Todos: Que seamos dignos de ser introducidos en la compañía de tus santos.

Om Purnamadah, Purnamidam (ॐ पूर्णमदः पूर्णमिदं Om, el todo allá, el todo aquí)
Purnat purnam udachyate (पूर्णात्पूर्णमुदच्यते El todo emerge del todo)
Purnasya purnam adaya (पूर्णस्य पूर्णमादाय Del todo sale el todo)
Purnameva vasishyate (पूर्णमेवावशिष्यते Y aún el todo permanece) [Bṛhádāraṇyaka Upánishad, V, 1].

Todos: Om Shanti, shanti shanti (ॐ शान्तिः शान्तिः शान्तिः Om, paz, paz, paz)
   
2. RITOS DE PURIFICACIÓN:
Purificación y bendición del agua. Un recipiente con agua es ubicado junto al altar con hojas. El celebrante, permaneciendo en el altar, canta las siguientes oraciones (mantra) y bendice el agua.
Om Shudhaya Namah (ॐ शुद्धाय नमः Om Alabanza al Altísimo)
Om Pavanaya Namah (ॐ पवनाय नमः Om Alabanza al Santificador)
Om Vishva Jivanaya Namah (ॐ विश्व जीवनाय नमः Om Alabanza al Dador de la vida)
  
Luego el sacerdote asperja el agua en todos los lados del altar con el siguiente canto:
Om Jagar rakshakaya Namah (ॐ जागर रक्षकाय नमः Om alabanza al Salvador del mundo)
Om Jagannivasaya Namah (ॐ जगन्निवासाय नमः Om Alabanza al que mora en el universo)
Om Jagannadaya Namah (ॐ जगन्नाथाय नमः Om Alabanza al que gobierna en el universo)
   
Entonces el celebrante sorbe el agua para purificar su propio cuerpo y alma con estas palabras: Como nuestro cuerpo es limpiado por esta agua, que nuestra alma sea hecha sin mancha por tu gracia.
  
Luego el celebrante purifica a la congregación con el Agua Santa y canta:
Om Visveshvaraya Namah (ॐ विश्वेश्वराय नमः Om Alabanza al Señor de todas las cosas)
Om Mukteshwaraya Namah (ॐ मुक्तेश्वराय् नमः Om Alabanza al Señor de la Salvación)
Om Uttaneshwaraya Namah (ॐ उठणेश्वराय नमः Om Alabanza al Señor de la resurrección)
Om Amriteshwaraya Namah (ॐ अमृतश्वराय नमः Om Alabanza al Señor qie imparte la Inmortalidad)

Entonces es cantado/rezado el Señor, ten piedad. Como signo de contrición, todos hacen la Panchanga pranam (= prostración total), luego todos intercambian el signo de paz.
   
3. ENCENDIDO DE LA LÁMPARA:
El celebrante enciende la lámpara, y la congregación canta un himno apropiado como Jesus the Light of the world. Después de eso, el Celebrante recita la siguiente oración:
Luz eterna, que brillas más allá de los Cielos, Sol radiante que iluminas todas las regiones, arriba, abajo y a los lados, verdadera luz que iluminas a todo hombre y mujer que viene a este mundo, disipa las tinieblas de nuestros corazones e ilumínanos con el esplendor de tu gloria.
Todos: En Ti está la fuente de la luz, y en tu luz vemos la luz.

Luego el celebrante y todos los participantes extienden sus manos hacia la luz, y reciben la llama con la punta de los dedos, y luego llevan los dedos hacia los ojos.

Gloria.
  
4. HOMENAJE A LA SAGRADA ESCRITURA: La Sagrada Escritura es llevada en procesión en este orden: Biblia, guirnalda y Dhupa; esta vez cantándose el siguiente canto:
Adi Vacaname namo namah (आदि वचनम् नमो नमः Om Alabanza al Verbo Eterno)
Deiva Vacaname namo namah (देव वचनम् नमो नमः Om Alabanza al Verbo de Dios)
Pita Putratmane namo namah ( पितृ पुत्राद्यात्मना नमो नमः Om Alabanza al Hijo del Padre)

Satyam jnaanam anantam, Brahma (सत्यं ज्ञानम्-अनन्तं ब्रह्म Dios es la verdad y el conocimiento infinito) [Taittiriya Upánishad II, 1.1]

Bendición a los lectores
Ambos lectores deben ir y recibir la bendición del celebrante principal antes de hacer la lectura: Aquel que estimula el intelecto e ilumina el corazón te refuerce con su poder para proclamar la palabra de salvación.
   
Luego de la segunda lectura, dice el Celebrante principal:
Asato ma Sadgamaya (असतो मा सद्गमय De lo irreal condúcenos a lo real)
Tamaso ma Jyotirgamaya ( तमसो मा ज्योतिर्गमय De las tinieblas a la luz)
Mrityurma amritam gamaya (मृत्योर्मा अमृतं गमय De la muerte a la paz) [Brihádaaranyaka Upánishad I, 23, 30].
Om Shanti shanti shanti

Es leído el Evangelio. Luego sigue la Homilía y la Intercesión general.

5. LITURGIA EUCARÍSTICA:
La oblación y las ocho flores son llevadas, y el celebrante principal las recibe y las pone en el altar; luego el celebrante hace el aráti con la bandeja de ocho flores sobre el la oblata y luego reza:
Padre, envía tu Espíritu sobre estas ofrendas, símbolo de nuestra donación a Ti. Que seamos agradables a tu vista, y que seamos unidos con el sacrificio de tu Hijo.
  
Y se ubica en las ocho direcciones, diciendo cada vez uno de los atributos de Jesucristo:
Om Shri Yesu Kristaya namah (ॐ श्री येशु क्रिस्तुय नमः Adoración al Señor Jesucristo)
Om Shri Devaputraya namah (ॐ श्री देवपुत्रय नमः Adoración al Señor Hijo de Dios)
Om Shri Manavaputraya namah (ॐ श्री मनवेपुत्रय नमः Adoración al Señor Hijo del Hombre)
Om Shri Mariaputraya namah (ॐ श्री मरीयमिपुत्रय नमः Adoración al Señor Hijo de María)
Om Shri Atmotpannaya namah (ॐ श्री आत्मत मापन्नय नमः Adoración al Señor nacido del Espíritu)
Om Shri Krushitaya namah (ॐ श्री क्रुसास्तुय नमः Adoración al Señor Crucificado)
Om Shri Mrutyunjaayaya namah (ॐ श्री मृत्युंजयय नमः Adoración al Señor que conquistó la muerte)
Om Shri svagarudhaya namah (ॐ श्री स्वगरुढय नमः Adoración al Señor que ascendió al Cielo)

Luego el celebrante hace el Dhuparathi y dice: A Él, contigo y el Espíritu Santo, sea el honor y la gloria ahora y para siempre.

Todos: Amén.

6. PLEGARIA EUCARÍSTICA:
Celebrante: Que el Espíritu Santo, oh Dios, ilumine nuestras mentes y nuestros labios para que podamos cantar las maravillas de tu amor.
Todos: Ayúdanos, Espíritu Divino, para proclamar la misericordia de Dios.
Celebrante: Alabemos y demos gracias al Señor nuestro Dios, cuya majestad llena el universo.
Todos: Grande es su nombre y digno de alabanza.
Celebrante: Celebremos la gloria del Señor, cuyo esplendor brilla en nuestros corazones.
Todos: Gloria a Él, en el cual tenemos nuestro ser.
 
Proclamación:
Concelebrante I: Oh Señor Supremo del Universo, Tú llenas y sustentas todo a nuestro alrededor. Tú eres el Anciano de Días, que con el toque de tus manos, volviste el caos en orden, la oscuridad en luz. Profundos y admirables misterios de tu creación, tú formaste a los hombres y mujeres a tu imagen, les confiaste la tierra a su cuidado, y los llamaste a compartir tu propio ser, tu propio conocimiento y tu propia felicidad.

Todos: Alabanza al que es ser, conocimiento y felicidad. Alabanza a la realidad eterna. Alabanza a la plenitud de toda perfección. Alabanza a la realidad suprema, Ser, Conocimiento y Felicidad. Aabanza al Ser eterno, la plenitud de toda perfección.

Concelebrante II: Padre bueno y misericordioso, tú quieres que todos los pueblos lleguen al puerto de salvación. Tú te revelaste a todos los que te buscan con sincero corazón. Tú eres el poder todopoderosom adorado como presencia oculta en la naturaleza, la luz que resplandece brillante en los corazones de todos los que te buscan por el conocimiento y el amor, sacrificio y desprendimiento. Tú escogiste para ti un pueblo y les hiciste una alianza duradera. A pesar de su infidelidad, tú fuiste fiel a tu promesa y les enseñaste para el día de su Salvador, el día de la paz y salvación para todos los pueblos.
Todos: Alabanza a la expectación de las naciones, alabanza al prometido de Israel, alabanza al que viene en el nombre del Señor.

Concelebrante III: Oh Dios invisible, en el tiempo favorable te plugo hacerte visible a nosotros. Tu Palabra, tu Hijo Unigénito asumió nuestra condición humana y nació de la Virgen María, como supremo Maestro y Señor, impartió palabras de vida eterna a los pobres y humildes de corazón. Pasó haciendo el bien, y cuando vino su hora, por su propio acuerdo, dio su vida como sacrificio por nuestros pecados. Levantado de entre los muertos por ti, Padre, se convirtió para nosotros en fuente de vida, y envió el Espíritu Santo para llenar al mundo con gozo y paz.
  
Celebrante principal: Ahora te rogamos, Padre, envíes ese mismo Espíritu para que llene con su divino poder estos dones de pan y vino, y que haga presente entre nosotros el gran misterio de nuestra salvación.

Todos:  Santo… Santo… Santo (cantado)

Todos los celebrantes: En la cena que compartió con sus discípulos tu Hijo Jesucristo, tomó pan en sus sagradas manos, dándote alabanza y gracias, partió el pan y lo dio a sus discípulos diciendo:
TOMAD, TODOS VOSOTROS, Y COMED DE ÉL: PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.
Del mismo modo, acabada la cena tomó la copa. Nuevamente te dio gracias y alabanza, y dio la copa a sus discípulos diciendo:
TOMAD, TODOS VOSOTROS, Y BEBED DE ÉL: PORQUE ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN MEMORIA DE MÍ.

Y así, Padre, en gratitud celebramos el memorial de la obediente muerte de tu Hijo, de su gloriosa resurrección de entre los muertos, su triunfante Ascensión a los Cielos, y su efusión del Espíritu, del cual nació la Iglesia. Mientras te ofrecemos su único y santo sacrificio, esperamos su regreso en gloria, cuando venrá para recoger los frutos de la redención y llevarlos juntos en su plenitud y ponerlos a tus pies.

Todos: Proclamamos tu muerte, Señor Jesús, hasta que vengas en gloria.

Concelebrante IV: Padre misericordioso, reune a todo tu pueblo en el Espíritu Santo, ayúdalos a vivir en Unidad y compañerismo con N. nuestro Papa, N. nuestro Obispo y todos los obispos, clérigos, religiosos y fieles.

Concelebrante V: Concédele a todos los difuntos compartir tu felicidad. Recíbelos en tu reino, donde la Virgen María, Madre de Dios, su esposo San José, los Apóstoles y Mártires, junto con los Santos ruegan incesantemente por nosotros, y ayúdanos a compartir las riquezas de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Padre amable, envía tu Espíritu, la plenitud de tu felicidad para llenarnos con gozo y paz a todos cuantos participamos del cuerpo y la sangre de Jesucristo, para que podamos ser uno en Él y manifestar nuestra unidad en amoroso servicio.
   
Doxología (luego de hecho el triple aráti): En la unidad del Espíritu Supremo, por Cristo que une en su plenitud a todas las cosas, nosotros y toda la creación te damos, oh Dios, Padre de todos, honor y gloria, acción de gracias y alabanza, culto y adoración, ahora y en toda edad, por siempre y para siempre.

Todos: Amén. Tú eres la plenitud de la realidad, Ser, Conocimiento y Felicidad sin segundo. OM, TAT, SAT (ओम् तत् सत्, Solamente Aquello es real) [Bhagavad Gita 17.23].

7. RITO DE COMUNIÓN 
Celebrante: Este es el pan que ha bajado del Cielo; el que coma de este pan no morirá; quien beba de esta copa vivirá para siempre. Porque dijo el Señor: “Tendrá vida eterna y Yo le resucitaré en el último día”. ¿Creéis esto?
Todos: Sí lo creemos, Señor, porque tú tienes palabras de vida eterna.

El celebrante invita a la comunidad a rezar la oración dominical… Luego parte el pan y dice: La copa de bendición que bendecimos es la comunión con la Sangre de Cristo, el pan que partimos es la comunión con el Cuerpo de Cristo.
Todos: Porque hay un pan, y nosotros que somos muchos somos un cuerpo, porque todos nosotros participamos del mismo pan.
   
Celebrante: Mi fiesta está lista, dice el Señor. Participemos gozosos en su banquete (luego todos reciben la comunión).
   
Después de la comunión…
Oremos: Oh Señor, hoy la luz ha inundado nuestros ojos. Tu rostro se ha inclinado desde lo alto, y tua ojos han mirado nuestros ojos. Sentimos nuestros miembros hechos gloriosos por tu toque. Y ahora te suplicamos humildemente una mirada final de tus ojos, y nuestra vida siempre será tuya. Te lo pedimos por Aquél que nos ha hecho conocerte este día al partir el pan, Jesucristo Nuestro Señor.
Todos: Amén.

8. BENDICIÓN FINAL:
Celebrante: Que Dios, más allá de todos los nombres y formas, participe con vosotros su gloria más allá de toda medida y os haga entrar en el misterio de su presencia.
Todos: Amén.
   
Celebrante: Que Dios, que se hizo manifiesto en Jesucristo, ilumine vuestras mentes, fortalezca vuestras voluntades y llene de amor vuestros corazones.
Todos: Amén.
  
Celebrante: Que Dios, que reside en la cueva de vuestros corazones, os anime con su vida.
Todos: Amén.
   
Celebrante: Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con vosotros para protegeros y guiaros.
Todos: Amén.
    
Himno final.

LA IGLESIA CONCILIAR ALEMANA AL BORDE DE LA MUERTE: LA ARCHIDIÓCESIS DE COLONIA PASARÁ DE TENER 500 PARROQUIAS A SÓLO 50

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
 
  
En la archidiócesis de Colonia, en Alemania, una de las diócesis más ricas del mundo, las actuales 500 parroquias serán reducidas a 50-60 entre el 2030.
   
El motivo es que la archidiócesis continúa perdiendo miembros, en parte porque mueren, en parte porque dejan la Iglesia. Solo una pequeñísima parte de los los que pagan el impuesto eclesiástico pratican la Fe.
    
Sobre el papel, Colonia es la diócesis en Alemania con el mayor número de católicos nominales [N. del E. Personas que se identifican como católicas, no necesariamente practicantes]. En 1990 habían poco menos de 2,5 millones, actualmente son 1,91 millones, y en el 2060 habrán 1,03 millones que se dirán católicos. Con todo y la gran mayoría de ellos ser no creyentes que nunca entran a una iglesia, continúan pagando el impuesto religioso. Los obispos están atentos a no hacerlos enojar para no perder los cuartos.
    
Anteriormente Colonia era considerada la diócesis más rica del mundo. Pero desde algunos años ha, que es superada  por Múnich y Paderborn, entrambas en Alemania.
   
Las nuevas parroquias serán instituidas en un modo flexibile, según se vayan pensionando los párrocos actuales.