sábado, 30 de mayo de 2020

LOS SANTOS DE SANTA JUANA DE ARCO

Traducción de la Conferencia dada el 16 de Mayo de 2020 por el padre fray José de Avallon (en el siglo Régis de Cacqueray-Valménier), de los Capuchinos de la Observancia Tradicional, en ocasión del centenario de la canonización de Santa Juana de Arco.
   
«La Francia, es el corazón de una virgen también, una virgen que dijo sí al Arcángel San Miguel en los claros de su Lorena natal» [1].
  
Dios, quien puede hacer todas las cosas por Él mismo, manifiesta principalmente su poder sirviéndose de sus criaturas para que ellas sean los instrumentos de su Providencia. Él las honra empleándolas en vista del gobierno del mundo. Sus Ángeles y sus Santos son sus ministros sobre la tierra. Nosotros no los vemos. Nosotros percibimos su presencia y su acción. Y por consiguiente, están a nuestro lado. La vida de Santa Juana de Arco permite poner en relieve el precioso concurso que ellos le aportan a los hombres. Su fugitiva existencia nos la muestra muy constantemente en presencia de sus amigos del Cielo porque «La voluntad de Dios le fue siempre significada por sus intermediarios» [2]. Aquí como partout, ella nos apareció como un modelo de fe y de sencillez confiante. Pero más todavía, el extraordinario conocimiento que recibimos de sus relaciones con los Ángeles y los Santos, por medio de las respuestas que ella dejara en los interrogatorios y el proceso que afrontó, nos permite familiarizarnos con el mundo del más allá y entrar más facilmente. En estas líneas, nuestro deseo es intentar comprender con aquella perfección que Dios ha selecionado, entre las miríadas de sus Ángeles y sus Santos, los que Él escogió para acompañar a Juana. Así, hemos de empezar considerando el papel discreto pero ejemplar que tuvo San Remigio en la misión de la pequeña campesina de Lorena (1). Pasaremos enseguida al célebre trío de sus «Voces» (2) y concluiremos con algunos otros Santos que entraron también en la constelación de los que se le acercaron (3).
   
De la misión de San Remigio a la de Juana:
«La Iglesia nota atentamente, siempre, los signos proféticos que anunciaron o figuraron las virtudes y los destinos de sus Santos: la gota de miel, derramada por un enjambre de abejas, en la mano de Ambrosio en su cuna, gage de las suavidades de su palabra; el perro que vio la madre de Domingo, con una antorcha encendida en su fauce, símbolo de la luz que llevaría, a través del mundo, por sí mismo y sus hijos, el Padre de los predicadores; el oráculo del ciego solitario, Montano, predijo a Emilio y a Cilinia, ya de edad avanzada, el nacimiento de este hijo Remigio, quien bautizara a Clovoveo y la Francia en la fuente consagrada de Reims» [3].
   
Y luego de haber introducido aquí a San Remigio, tomamos la ocasión para evocar, entre los signos providenciales que planearon alrededor de la cuna y la infancia de Juana, el que nos presenta la toponimia de esta pequeña aldea de Lorena llamada precisamente «Domrémy» en honor del gran arzobispo de Reims. No solamente la aldea lleva su nombre, sino que su iglesia parroquial está dedicada a él: «A ejemplo de muchas otras parroquias, su iglesia está bajo el patronato del gran santo, la acción evangélica del obispo de Reims había sin duda llegado a tocar esta campiña meusienne, a los tiempos donde se dejó instruir de la nueva religión de los Francos»[4]. Es aquí bajo la atenta mirada de la estatua de San Remigio que, el mismo día de su nacimiento, fiesta de la Epifanía del año 1412, la infante será tenida sobre las fuentes bautismales de esta iglesia.
  
La visión de Fe –la única que mereció ser llamada realista– apreciará en su justo valor este signo que marcó el nacimiento y el bautismo de aquella cuya misión será la de conducir al heredero de los reyes de Francia en la ciudad de las Consagraciones para que el óleo de la Santa Ampolla destile sobre su cuerpo y que él sea coronado rey de Francia. Son sus Voces, en Domrémy, quienes le han revelado el fin de su santa empresa: «Ella salvará al país, liberará Orléans y hará consagrar al rey en Reims»[5].
   
Juana tuvo la alta inteligencia teológica y política de la significación y de la eficacia espiritual de esta consagración del heredero de Clodoveo: «La Doncella siempre fue consciente que ella debía hablar en Reims para consagrar al rey y dio la razón de su aviso, diciendo que, una vez que el rey sea coronado y consagrado, el poder de los adversarios disminurá siempre y que finalmente ellos no podrán dañar ni a él ni a su reino» [6]. Ella tuvo tal certidumbre y no dudo en exponer sin ambajes su fin. A Roberto de Baudricourt, desde el principio mal dispuesto a respetarla y rodeado de sus intimidantes hombres de armas, ella aseguró: «Yo vengo a fin de darle seguridad al delfín. No es a Carlos que pertenece el reino de Francia, sino a su Señor. Mi Señor quiere que el delfín sea rey y tenga este reino a su mando. ¡Sí, a pesar de sus enemigos, él será rey y soy yo quien lo conducirá a la consagración!» [7].
   
Cuando ella habla de Carlos VII, antes de su consagración, no le da sino el nombre de delfín y da la explicación: «Yo no le llamaré rey hasta que él haya sido coronado y consagrado en Reims». Pero su convicción deberá aun triunfar de las dudas del pobre rey de Bourges y de una parte notable del entorno del rey que juzga temerario este equipaado en un país bajo tutela borgoñona.
   
Finalmente, llega el gran día de la Consagración, el domingo 18 de Julio de 1429. Comienza el rito. Carlos ha llamado a Juana muy cerca de él. ¡Aquella oración se eleva en el alma de la que tiene su estandarte, mientras que el arzobispo de Reims, derrama por medio de una aguja de oro una gota del óleo de la Santa Ampolla sobre la patena! «El rey, desvestido, no porta sino una camisa y una túnica dividida donde la piel debe recibir las unciones sagradas. Ellas son en número de nueve. El arzobispo con el pulgar, hace las nueve cruces» [8].
   
¡Carlos VII es rey de Francia! Juana se aarrodilla ante él, le besa los pies y le dice llorando: «Gentil Rey, ahora está ejecutado el placer de Dios que quería que levantase el sitio de Orléans y que os agregase en esta ciudad de Reims recibir vuestra santa consagración mostrando que sois verdadero rey y aquel a quien el reino debe pertenecer».
  
El óleo que San Remigio derrama sobre la frente del rudo merovingio le había sido traído milagrosamente por una blanca y misteriosa paloma. El papel de Juana, nueva paloma, había sido la consagración de Carlos VII, no precisamente el de preparar el precioso líquido antiguo de casi un milenio, sino el de llevar al sucesor de San Remigio el infortunado sucesor de Clodoveo para que le reciba y sea consagrado rey de Francia.
   
San Remigio y Santa Juana de Arco se dieron la mano, el primero siendo el origen de la monarquía fracesa y la segunda como su salvadora en los días más sombríos de su historia. Ellos son inseparables. Juana nos presenta cómo fue la pequeña hija elegida por Dios y confiada al gran arzobispo, «Dom Rémy», para ser el instrumento providencial de la perpetuación de los reyes de Francia. El alba de su epopeya, en el día de su bautismo, se encuentra en una iglesia dedicada al bautizador de la Francia y su punto culminante en su ilustre catedral de Reims.
   
Divinas armonías en la elección de los que serán sus «Voces»:

Si San Remigio está presente desde la aurora al cénit de la misión sagrada de Juana, su formación para llevarla a bien va a ser asegurada por un ilustre trío compuesto de San Miguel, de Santa Catalina y de Santa Margarita. Y después de los cuatro años en el curso de los cuales ella recibió su celestial instrucción, los tres visitantes del Cielo van a morar cerca de Juana a lo largo de su cabalgadura heroica. Ellos serán entonces su «Consejo» y le darán el apoyo y la consolación en los momentos más difíciles. Muy sabia, Juana opondrá al consejo de los hombres «su Consejo». Es así que ella responde al Bastardo de Orléans: «En nombre de Dios, el consejo del Señor nuestro Dios es más sabio y más seguro que el vuestro» [9] En la víspera de la caída de las Tourelles donde los caballeros habían tenido consejo estimando que él no proseguiría los combates, Juana revira: «Vosotros habéis estado en vuestro consejo y yo en el mío. Y creo que el Consejo de mi Señor verá su cumplimiento y que el vuestro fracasará». Este Consejo es presidido por San Miguel.
  1. San Miguel, protector de la Francia:
    El primero en manifestarse ante Juana es el arcángel San Miguel, que no es un desconocido en la historia de Francia. En el 709, él le pidió al obispo de Avranches de le construyera una iglesia en la cima del Monte Tumba que, desde entonces, porta su nombre. Esta verdadera fortaleza devino en el mayor de los símbolos en la lucha contra los Godones (ingleses). Su lucha victoriosa en «su grandioso aislamiento» [10] duró después más de treinta años. ¿Cómo no comprender el inestimable socorro aportado por el arcángel a los heroicos defensores del Monte? «Une espada brilla en su mano, y si apareció a una criatura humana, es siempre para manifestarle los auxilios del Señor» [11]. San Miguel apareció allá en el magnífico patronato que ejerce sobre nuestro país. Este es su principal título para ser escogido en prioridad para manifestarse a Juana.
     
    Admiremos a este propósito cómo Vaucouleurs, esta capitanía de Lorena donde se hizo pública la misión de Juana, tan distante de Mont-Saint-Michel y de la Normandía que vendría al espíritu personal de buscar un vínculo entre dos lugares, se encuentra, en la época en que nos situamos, por tanto gloriosamente vinculado a Mont-Saint-Michel. En efecto, en todo el norte de la Francia, tres lugares, solamente tres, escaparon a la dominación inglesa: ¡Mont Saint-Michel, Vaucouleurs y Tournai! Y San Miguel debía llevar tanta atención a esta plaza fuerte del Este que toda la región del Bar donde se encuentra Vaucouleurs está igualmente puesto bajo su especial patrocinio: «San Miguel era particularmente conocido y amado en el mismo Domrémy, siendo antiguamente patrón del Bar» [12].
      
    Aunque esto esté un poco más lejano de nuestro sujeto, señalamos otro enfoque mencionado por Régine Pernoud que vincula la historia del Mont-Saint-Michel a la de Santa Juana de Arco: «Cosa curiosa, aquel que había, durante la mayor parte de este tiempo, asumido la defensa de la irreducible fortaleza, Luis de Estouteville, era precisamente hermano del prelado que había tomado en su mano la causa de Juana de Arco y buscar su rehabilitación» [13].
     
    San Miguel es el ángel de «la anunciación de Juana», el primero en aparecérsele, aquel que le develó lo esencial de su misión. Él no le había revelado desde el comienzo su nombre. «Pero, un día, él le dijo: “Yo soy Miguel, el protector de la Francia. Él tiene gran piedad del reino de Francia”. Y el arcángel le expuso todas las desgracias que se habían abatido sobre toda la extensión del territorio, tanto que Juana lloraba lágrimas vivas. La aparición la consoló: “Dios no ha abandonado la patria, Él le ha concedido siempre para ser la nación buena y cristiana, guardiana y primogénita de la Santa Iglesia Católica, que los horrores del gran cisma quieren desolar”. Y si el ángel de la Victoria ha descendido del Cielo, es a fin de anunciar la salvación del país éprouvé: es sobre todo para preparar el ser misterioso, instrumento de la liberación. Esta revelación regocija a la joven provinciana, ella agradece a San Miguel y le pregunta el nombre del salvador venidero. Luego el celestial mensajero, mirándola, le dijo con fuerte voz:“¡Eres tú, hija de Dios!… ¡Parte! Ve a la Francia, hazlo. La pobrecita se puso a temblar, luego de nuevamente sangloter: “Yo soy una pobre chica, responde, no sé ni montar a caballo y hacer la guerra. Y el arcángel repitió: “¡Parte! Ve a la Francia, hazlo. Puis il disparaît»[14].
      
    Ill lui demeurera présent tout au long des mois de son ardente équipée mais on le voit plus particulièrement apparaître dans les moments les plus stratégiques. C’est lui qui fait part à la bergère, à l’occasion d’une autre de ses apparitions où Jeanne « protestait en sa présence, et de sa docilité et de son impuissance»15, de l’assistance qu’elle va désormais recevoir de sainte Catherine et de sainte Marguerite : « Dieu a pourvu à ce qui te manque. Je conduirai vers toi deux Saintes. Ce sont les Vierges Catherine et Marguerite. Notre-Seigneur les a chargées de te guider, tu n’auras qu’à suivre leurs conseils»16 Si les deux saintes vont désormais être là au quotidien de l’existence de la bergère, saint Michel gardera toujours la petite sainte sous son archangélique protection. Ainsi se rendra-t-Il visible à Jeanne lorsqu’elle sera prisonnière au Crotoy, non loin d’Abbeville : « Là enfin, Jeanne fut favorisée d’une vision de saint Michel. L’agonie, l’agonie des ultimes six mois allait commencer ; l’archange se montra pour conforter sa pupille» [17].
      
    L’attachement de Jeanne à Saint Michel se manifestera sur le bûcher lorsque le bourreau Thierrache la lia au poteau. « Tandis qu’il serrait étroitement les cordes, ‘elle implorait saint Michel : elle disait :’…Saint Michel ! Saint Michel !» [18]. Puis, de nouveau, alors que les flammes du brasier l’environnaient et mordaient déjà atrocement ses chairs, on entendit de nouveau : « Saint Michel ! Sainte Catherine ! Sainte Marguerite !» [19].
     
    Si saint Rémy apparaît surtout comme le saint historique qui veille sur le berceau de la France et dont la propre mission sacrale auprès de Clovis apparaît comme l’exemplaire de celle de Jeanne, saint Michel est présent en sa qualité de patron de la France. Il ne quitte pas celle qui a accepté de faire l’offrande de sa vie pour son pays.
  2. Santa Catalina de Alejandría:
    Saint Michel apprend à Jeanne que Dieu lui-même a désigné deux saintes, dont sainte Catherine, pour s’occuper plus étroitement d’elles : « Jeannette remercia et, pleine de confiance, attendit. Bientôt, aux côtés de saint Michel, elle vit dans une céleste clarté deux ravissantes figures, portant au front de riches couronnes d’or posées sur leurs beaux cheveux ondulés. Regardant la fillette avec une bonté ineffable, elles la firent approcher, se nommèrent, l’embrassèrent tendrement, tandis que l’enfant charmée de leur suave contact, leur pressait les mains et leur rendait, respectueuse et tremblante, leurs doux baisers. »20 Cette scène si tendre suffit à montrer la délicate attention de Dieu Lui-même, qui a consisté à choisir deux femmes pour être les célestes compagnes de la jeune fille. Comme on le voit, elles surent prodiguer à l’enfant cette précieuse affection qui devait tant la réconforter.
    Mais, par ailleurs, « Les maîtresses étaient bien choisies pour former celle qui devait soutenir tant de luttes, car elles-mêmes avaient, pour la gloire du Christ, affronté de rudes combats et remporté d’incomparables triomphes. Désormais, elles apparaîtront à leur élève plusieurs fois par semaine, multipliant les entretiens lorsqu’elles le jugeront nécessaire. Elles l’instruiront sur tout ce qui regarde sa mission, lui prodiguant selon les circonstances, des avis, des conseils, de telle sorte que Jeanne dira volontiers en parlant d’elles ‘mon conseil’, comme elle les nommera aussi ‘mes Voix’, indiquant par là que, non seulement saint Michel et ses saintes se rendent visibles, mais qu’elle entend réellement leur parole résonner à son oreille. »21
    Evoquons d’abord le choix de Sainte Catherine, patronne des jeunes filles. La belle et savante vierge d’Alexandrie fut avant Jeanne elle-même assistée de saint Michel tandis qu’elle démontrait la fausseté du paganisme à cinquante professeurs d’université. 22 avant de verser son sang pour le Christ. Vierge, Martyre, patronne des jeunes filles, privilégiée de saint Michel, voilà déjà pas moins de quatre bonnes raisons pour devenir la guide de Jeanne ! La bergère, dont la sœur cadette porte ce prénom, ne peut ignorer cette sainte dont l’église de Maxey, le village le plus voisin de Domrémy, de l’autre côté de la Meuse, possède la dédicace. On voit de nouveau comme les saints ont été choisis par Dieu parmi ceux qui étaient familiers à l’enfant.
    Sur le chemin qui va de Vaucouleurs à Chinon, Jeanne se réjouit de faire halte au petit village de Fierbois où une chapelle dédiée à sainte Catherine l’attire. Elle assiste là à trois messes le même jour. « La chapelle avait été érigée selon le vœu de Charles Martel en mémoire de l’engagement décisif qui repoussa l’armée des Sarrazins et prépara sa défaite, consommée à la bataille de Poitiers. »23 « Sainte Catherine y était représenté dans un appareil quasi-guerrier. Sa robe à plis roides jouait la cuirasse, et la roue qui gisait son côté, en souvenir du supplice auquel Maximin l’avait condamnée d’abord, ressemblait assez à un harnois de bataille brisé; l’épée dont le bourreau lui-même avait tranché la tête, était large comme celle des hommes d’armes ; les chevaliers aimaient remercier une sainte ainsi faite, de leurs succès. »24 Bien que sainte Catherine ne soit pas une « vierge guerrière » à proprement parler, il est intéressant de voir que la piété des soldats, notamment à Fierbois, la vénérait comme telle.
    Est-ce à cette occasion que Jeanne reçut la révélation que l‘épée qui lui était destinée gisait là enfouie et oubliée? Quoiqu’il en soit, Jeanne provoqua la surprise de Charles VII, au moment où l’on passait commande de son armure, en lui disant de ne pas se soucier de son épée car ses Voix lui avaient appris que Dieu avait « voulu choisir l’arme qu’il me destine, elle repose depuis longtemps dans la chapelle de sainte-Catherine-de-Fierbois. envoyez-la quérir, Sire, on la reconnaîtra à cinq petites croix qui sont gravées près de la garde de cette épée. Elle se trouve non loin de l’autel. » Les recherches accomplies par Colas de Montbazon aboutirent rapidement : « dès que la terre eut été creusée à peu de profondeur, on trouva l’arme rouillée, reconnaissable à ce que sa lame portait cinq croix. »25 Et la rouille tomba en un rien de temps. Certes, ce n’est pas l’épée de sainte Catherine mais c’est bien du sol de la chapelle qui lui est dédiée qu’elle a été déterrée. La sainte d’Alexandrie semble ici adouber l’enfant de Domrémy pour ses combats à venir. Ce sont également les trois visiteurs qui donnèrent aussi à Jeanne l’ordre de prendre un étendard symbolisant sa mission divine : « tout fut strictement réglé d’après les indications des célestes conseillers. »26
    Remarquons encore que « Sainte Catherine est la protectrice des prisonniers, de tous ceux qui sont rançonnés ou retenus dans les fers. »27 C’est en connaissance de cause qu’elle pourra assister et soutenir Jeanne au fond de ses cachots (même si, « Parfois, sainte Catherine me répond sans que je comprenne à cause du bruit qui se fait dans la prison. » !) On la voit présente auprès de Jeanne, après son audacieuse tentative d’évasion du château de Beaulieu en Vermandois. Pour la première fois, un homme avait tenté d’abuser d’elle. Jeanne fabriqua une sorte de corde qu’elle fixa à l’un des barreaux de sa prison, voulant s’y suspendre et y glisser. Mais celui-ci céda et Jeanna tomba d’une hauteur de soixante pieds. Elle fut ramenée dans la prison par ses geôliers et souffrit alors davantage des scrupules de n’avoir pas suivi le conseil de ses saintes et de les avoir contristées que de la violente commotion physique endurée. C’est alors sainte Catherine qui lui apparaît pour la consoler et pour lui dire de se confesser, sans doute pour avoir cédé à son désarroi.
    Les deux saintes sont encore là pour préparer leur petite sœur de la terre à la mort et au martyre. Pendant sa captivité, « Jeanne eut la visite fréquente, quotidienne de ses Voix. Elles la traitèrent doucement, maternellement, ne soulevant que peu à peu, devant ses regards, le voile du redoutable avenir : ‘Courage ! Tu seras délivrée, lui disaient-elles d’abord ; il faut que tu sois délivrée […] Ne te chaille pas de ton martyre ; prends tout en gré, ; tu t’enviendras enfin au royaume de paradis…Ce sera pour une grande victoire.’ »28
    Les affinités entre la sainte de l’Eglise triomphante et son émule de l’Eglise militante se renforcent encore de cette autre considération que sainte Jeanne, à la suite de sainte Catherine d’Alexandrie, aura, elle aussi, à soutenir des joutes, peut-être encore plus pénibles que celles des champs de bataille, contre des dizaines de professeurs d’université.
  3. Santa Margarita:
    La seconde sainte choisie par Dieu pour guide la bergère de Domrémy est sainte Marguerite. Autre vierge martyre, autre sainte bien connue de Jeanne, honorée dans l’église paroissiale de Domrémy où se dresse une statue en son honneur. « On l’y voit vierge dans les plis de sa robe, et si gracieusement hanchée, que le corps et le geste et le visage disent ensemble la douce sainteté et le doux attrait d’une grâce divine. »29 La piété populaire a l’habitude de l’associer d’ailleurs à sainte Catherine dans les mêmes pratiques. Ce qui ressort de la vie de sainte Marguerite, ce sont les terribles assauts qu’elle dut livrer pour protéger sa virginité. Là encore, on comprend que sa présence dut être un immense réconfort pour Jeanne qui eut immensément à souffrir de sa promiscuité avec les soldats, des injures les plus grossières dont elle fut abreuvée par certains anglais et, enfin, tandis qu’elle était en prison, des véritables violences de ses geôliers.
    Lorsqu’elle sera interrogée sur ses « Voix », il lui sera demandé si sainte Marguerite ne parlait pas anglais, le questionneur s’attirera cette verte réponse : « Comment parlerait-elle anglais, puisqu’elle n’est pas du parti des Anglais ? »
    Enfin, sainte Marguerite fut livrée aux flammes comme Jeanne le sera. Même si les flammes l’épargnèrent et qu’elle fut finalement décapitée, elle connut toute l’appréhension du terrible supplice que vécut Jeanne lorsqu’elle apprit comment elle devait périr.
    A plusieurs reprises, les « Voix » disent à Jeanne que c’est Dieu Lui-même qui donne les ordres de ce qui doit être fait en ce qui la concerne. En particulier, saint Michel indique que le choix des deux saintes auxquelles Jeanne devait être confiée était le sien. Aussi, ne doit-on pas être étonné de la perfection de l’élection de sainte Catherine et de sainte Marguerite : « Ces similitudes et ces coïncidences entre elles nous font toucher du doigt le mystère profond et caché de la prédestination. Ces deux vierges martyres instruisaient Jeanne du combat et de la couronne à laquelle Dieu l’avait destinée de toute éternité. »30

Otros visitantes celestiales:
Sans chercher à dresser une liste exhaustive des saints et des anges qui interviennent dans la vie de la Pucelle d’Orléans, il est intéressant de mentionner quelques-uns d’entre eux.
Elle affirmera au cours de son procès la visite d’un autre prestigieux archange : saint Gabriel : « Aussi fermement que je crois que Notre-Seigneur Jésus-Christ a souffert la mort pour nous racheter des peines de l’enfer, je crois que c’est saint Michel et saint Gabriel, sainte Catherine et sainte Marguerite que Notre-Seigneur m’envoie pour me conseiller et me réconforter. » 31 Elle précisera par ailleurs, le 3 mars 1431 qu’elle a vu de ses yeux les deux archanges et le 9 mai qu’elle a reçu réconfort de saint Gabriel : « Oui, croyez que c’était lui, je l’ai su par mes Voix. »32Elle dira aussi que, bien souvent saint Michel était entouré, quand il lui apparaissait d’une splendide théorie d’anges.
Plus prodigieuse encore est la scène qui nous est rapportée à l’occasion du siège de Saint-Pierre-le-Moutier. Le chevalier d’Aulon la voit isolée. Il est sérieusement blessé et peut-être démoralisé d’une attaque difficile. Il s’inquiète de la voir seule et s’approche d’elle pour le lui dire. Mais elle lui répond qu’elle n’est pas seule : « J’ai encore cinquante mille de mes gens, et je ne partirai point d’ici que la ville ne soit prise. » L’écuyer stupéfait ne voyait pourtant autour d’elle que trois ou quatre soldats. « Les cinquante mille guerriers dont Jeanne parlait étaient des anges de Dieu qui venaient remplacer les soldats fugitifs. Elevant alors la voix, la guerrière s’écria : ‘Aux fagots ! Aux claies, tout le monde, afin de jeter le pont !’ Et voici qu’aussitôt le pont fut établi au grand émerveillement des témoins de cette scène. »33
Lors de l’interrogatoire du 12 mars 1431, Jeanne affirme d’ailleurs que « Les anges viennent beaucoup au milieu des chrétiens sans qu’on les voie ; moi je les ai vus maintes fois au milieu des chrétiens. »34
Il faudrait encore mentionner saint Jean, son saint patron, qu’elle demanda au frère Pâquerel, son aumônier, de faire représenter sur une bannière avec la très Sainte Vierge Marie auprès de Notre-Seigneur Jésus-Christ en croix. Elle est aussi dévote de saint Nicolas et voulut « accomplir son pèlerinage à Saint-Nicolas-du-Port, patron des voyageurs, afin de mettre sous sa protection le grand voyage qu’elle allait commencer. » 35 La Pucelle, pendant le séjour du roi à Saint-Denis, remplie de tristesse à cause de la pusillanimité de Charles VII à continuer la reconquête de son royaume « alla prier et pleurer devant les reliques du patron de la France, et suivant un usage du temps, elle suspendit dans l’église de l’abbaye son armure ainsi qu’une épée prise à un Bourguignon. »36 Elle nous a également livré deux belles informations en nous disant que c’est « à la requête de saint Louis et de Charlemagne » que Dieu « a eu pitié de la ville d’Orléans et n’a voulu souffrir que les ennemis eussent le corps du seigneur d’Orléans et sa ville »37 et « qu’elle avait eu une vision dans laquelle saint Louis et Charlemagne priaient Dieu pour le salut du roi et de cette cité (il s’agit d’Orléans). »38 Il est enfin à peu près avéré qu’elle rencontra une ou deux fois la grande sainte Colette de Corbie, réformatrice de la vie franciscaine et morte en 1447.
Il est vrai que l’on peut trouver dans la vie de beaucoup de saints des rapports fréquents avec les anges et les saints. Jeanne n’est tout de même pas une exception. Dans les annales de la sainteté, il demeure cependant exceptionnel de pouvoir suivre si précisément et avec une telle continuité la fidélité des anges et des saints à assister jour après jour leur petite protégée. Il sont là et ne l’oublient pas. Si elle ne les voit pas toujours, elle pourra attester que jamais ils ne lui manquèrent quand elle eut besoin d’eux. Si nous croyons, dans le fond, que la prévenance de Dieu pour chacun de ses enfants est aussi réelle que pour Jeanne, ce déploiement extraordinaire de soins avec lequel elle fut assistée s’explique par la mission dont elle était chargée. Il s’agissait d’opérer le salut de la France. Faut-il donc que le Bon Dieu tienne à cette patrie pour employer tant de moyens pour sa survie ! Mais est-ce encore le cas aujourd’hui, après tant et tant d’infidélités ? Nous ne devons pas désespérer et juger des intentions de Dieu d’après les mesquines conceptions de nos cœurs. A nous de nous montrer réceptifs et dociles à l’imitation de Jeanne ! N’est-elle pas attentive à ce pays pour lequel elle a donné sa vie ? N’est-elle pas la première à désirer être auprès de nous ce que les anges et les saints du Ciel ont été auprès d’elle ? Répétons les mots de saint Pie X lors de la béatification de sainte Jeanne d’Arc, le 13 décembre 1908 : « Vous direz aux Français qu’ils fassent leur trésor des testaments de saint Rémi, de Charlemagne et de saint Louis, qui se résument en ces mots si souvent répétés par l’héroïne d’Orléans : Vive le Christ qui est roi de France. A ce titre seulement, la France sera grande parmi les nations. A cette clause, Dieu la protègera et la fera libre et glorieuse».
  
Padre José de Avallon
16 de Mayo de 2020
   
NOTAS 
1 Véronique-Jeanne Lévy.
2 Joseph Thérol : « L’Evangile de Jeanne d’Arc » NEL p.55
3 Monseigneur Touchet : « Vie de sainte Jeanne d’Arc » Lethielleux 1920, pages 1 et 2
4 Renée Grisel : « Présence de Jeanne d’Arc » NEL 1956 p.33
5 Mgr Touchet, op. cité p.21
6 Régine Pernoud : « Jeanne d’Arc » Que sais-je ? p.47
7 Chanoine Henri Debout : « Jeanne d’Arc, nouvelle vie populaire illustrée » Maison de la Bonne Presse 1907p.29 et 30
8 Grisel, op. cité p.138
9 Régine Pernoud « Vie et mort de Jeanne d’Arc » Le livre de Poche 1953, p.199
10 Régine Pernoud « Vie et mort de Jeanne d’Arc » Le livre de Poche 1953, p. 34
11 Grisel, op. cité p.42
12 Ibidem
13 Régine Pernoud op. cité p. 34
14 Henri Debout, op. cité p.15
15 Ibidem p.18
16 Ibidem
17 Mgr Touchet, op. cité p.150
18 Ibidem, p.207
19 Ibidem, p.208
20 Henri Debout, op. cité p.18
21 Henri Debout, op. cité, pages 18 et 19
22 Omer Englebert « La fleur des Saints »p.505
23 Ibidem
24 Mgr Touchet, op. cité p. 39
25 Ibidem, p.85
26 Debout, p.81
27 Grisel p.71
28 Touchet p.176
29 Grisel p.29
30 Olivier Rioult : « Histoire d’une âme » Clovis2010 p.57
31 Debout, p.283
32 Thérol, p.64
33 Debout, op. cité p.220
34 Thérol, op. cité p.41
35 Debout p.46
36 Debout p.215
37 Pernoud op. cité p.199
38 Ibidem p.201

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