miércoles, 24 de febrero de 2021

MES DE LA SANTA FAZ - DÍA VIGESIMOCUARTO

Tomado del devocionario El mes de la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo, escrito por el padre Jean-Baptiste Fourault, sacerdote del Oratorio de la Santa Faz y publicado en Tours en 1891; y traducido al Español por la Archicofradía de la Santa Faz y Defensores del santo Nombre de Dios de León (Nicaragua) en 2019.
   
MEDITACIÓN VIGESIMOCUARTO DÍA: LA SANTA FAZ Y NUESTRA SEÑORA DE LOS SIETE DOLORES.
Oh, Faz adorable, convertida como la de un leproso, ten piedad de nosotros.
     
Transportémonos en espíritu junto a María a los pies de la Cruz. Saludemos a la Madre de los dolores, esforcémonos por comprender los dolores que soportó su alma al contemplar la Faz de su divino Hijo sobre la Cruz. Exclamó: «No me llaméis Noemí, que es hermosa, sino llamadme María, que es amarga; porque el Altísimo me ha llenado de amargura» (Ne vocétis me Noëmi, id est pulchram; sed vocáte me María, id est ámaram. Ruth I, 20).
           
1º PUNTO – SUFRIMIENTOS DE MARÍA AL PIE DE LA CRUZ.
Las torturas que sufrieron los mártires son nada en comparación con las angustias que sufrió María. En María, está el alma traspasada por la espada del sufrimiento. ¡Y qué sufrimiento! Es el sufrimiento el que eleva la naturaleza y la gracia a su grado más alto. La naturaleza nos muestra en Jesús, al más perfecto de los hijos, el más bello entre los hijos de los hombres, y ahora su Faz está más desfigurada que la de un leproso; es esa la de un varón de dolores que ha probado todo tipo de sufrimientos.
  
La Gracia se revela a Ella en su Hijo, Dios infinitamente bueno, infinitamente poderoso, el Creador del universo y el Salvador de la raza humana. Y ella le mira sobre la cruz, puesto entre criminales, burlado y maltratado por su pueblo, lleno de ultrajes, por los sirvientes y verdugos. ¿Reconocéis, oh María, la Faz graciosa que adorasteis con tan profundo respeto en el establo de Belén; la Faz que con un dardo de amor hirió en el Templo el corazón del santo anciano Simón y el de Ana la profetisa; que llenó de admiración a los doctores de la Ley?
   
Mirad ahora sobre la cruz, y puesto que una Madre siempre reconoce a su hijo, reconoced a vuestro Jesús y a vuestro Dios, pero también reconoced mi obra y la obra del pecado, y permitidme llorar de dolor, por un momento, y arrepentirme a la vista de sus sufrimientos y de los vuestros.
       
2º PUNTO – LAS PALABRAS DICHAS POR JESÚS A MARÍA.
Pero los ojos de Jesús se encontraron con los de María; Él también ve, de pie, junto a Ella, al discípulo amado, y sale de sus labios moribundos, que Él pueda dejar caer de ellos, su sagrado testamento: «Mujer, le dijo, he ahí a vuestro hijo; Hijo; he ahí a vuestra Madre» (Múlier, ecce fílius tuus, Ecce mater tua. Joan. XIX, 26). «¡Qué intercambio!, exclama San Agustín, en lugar del más amable de los hijos, del Dios hombre, María recibe a la humanidad culpable».
   
Y ella acepta el intercambio. ¡Ah! ¡Si yo pudiera al menos asemejarme a San Juan! ¡Si yo pudiera, como él, unirme inseparablemente a mi augusta madre, seguir sus pasos, vivir su vida, amar y sufrir con ella! María es mi madre, Jesús lo dijo sobre la cruz. Por lo tanto, diré con la Iglesia: «Oh Madre, fuente de amor, hazme sentir tu dolor, para contigo llorar. Santa Madre de mi Salvador, imprimid profundamente en mi corazón las heridas de mi Jesús crucificado. Dejadme llorar contigo, dejadme compadecer los sufrimientos del divino crucificado, tanto cuanto yo viva en esta tierra de exilio y sufrimiento» (Secuencia “Stabat Mater dolorósa”).
    
Ramillete Espiritual: Ecce Mater tua. (He ahí a tu Madre. San Juan XIX, 16).
       
SANACIÓN DE UNA JOVEN INSTITUTRIZ.
El siguiente hecho fue relatado ante el tribunal eclesiástico en la causa del Sr. León Papin Dupont, por tres testigos: la persona sobre la que fue obrado el milagro, su hermano, quien al momento presente es cura, y su hermana, de quien tomamos prestado de forma más detallada el siguiente relato.
«En el mes de agosto del año 1863, mi hermana, quien entonces era una institutriz, y tenía cerca de doce años de edad, fue de repente atacada por una afectación muy severa en el cerebro. Las noticias que recibió su familia estaban desprovistas de toda esperanza, me puse a lamentar, y mi padre hizo todos los preparativos para traer el cuerpo a casa. El médico, auxiliado con nitrato de plata, sin embargo, tuvo éxito en salvarla, cuando toda esperanza de lograrlo parecía llegar a su fin; pero no tuvo éxito en restaurar su salud. Cuando mi padre la trajo a casa con nosotros, sufría tanto de su cabeza y de agotamiento del cerebro, que sus ideas estaban en un estado de confusión.
   
Añadido a esto, no era capaza de tomar nada, o comer algo con mucha dificultad. Tenía palpitaciones terribles, que eran tan fuertes, que levantaban las sobrecamas. No podía por así decirlo, caminar, mucho menos subir las escaleras. Esta situación duró alrededor de tres meses, no dejo esperanza alguna de alguna cura posible.
    
En el verano de 1867, una de nuestras amigas, una dama, propuso llevar a mi hermana con ella con ella a Tours, para ver al Sr. Dupont. Mis padres vieron este viaje como algo imposible; pero, sin embargo, temiendo decepcionar a la paciente, le permitieron llevarlo a cabo, y fue capaz de viajar, ciertamente con dificultad, pero sin ningún percance.
   
Mi hermana nos dijo que en cuanto llegó a la casa del siervo de Dios, experimentó una sensación indescriptible. Después de haber sido ofrecidas oraciones y hechas las unciones, el Sr. Dupont le dijo que fuera escaleras arriba. Ella obedeció, pero subió a pasos muy lentos. El siervo de Dios le dijo que subiera por segunda vez y más rápidamente; así lo hizo y se dio cuenta que estaba curada.
   
Fue capaz de caminar desde la casa del Sr. Dupont hasta el hotel, no sólo sin fatiga, sino sintiendo tales punzadas de hambre que se vio obligada a comer una pieza de pan, a pesar de que durante cuatro años no había tenido el más ligero apetito.
  
El regreso a casa se realizó con facilidad. Cuando la vimos aquella misma tarde, su contextura había recobrado su tonalidad rosada, y había perdido el tinte oliva que había tenido por tres años. A la mesa, comió con excelente apetito, caminó y fue escaleras arriba sin la mínima dificultad. Sus palpitaciones habían desaparecido. Su cura fue instantánea y completa».
   
INVOCACIÓN
Oh adorable Faz de Jesús, que amorosamente os inclináis sobre los enfermos, objeto de vuestra paternal ternura, mirad también favorablemente a los que recurren a vuestro poder y a vuestra bondad. Líbranos, por sobre todas las cosas, del pecado, y concédenos que nuestras frentes y nuestros corazones estén siempre puros y vueltos hacia Vos, fuente de toda gracia y de toda santidad. Amén.

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