jueves, 6 de noviembre de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (del mes de Noviembre)

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
    


XVIII Noviembre
    
Ecce Homo”... He aquí al Hombre de todos los dolores, al Salvador Jesús, tras de esa Hostia... Doblemos la rodilla, adorémosle en la suave y vencedora majestad de ese misterio... ¡Oh!, viene seguramente en busca nuestra, ya que en el Paraíso tiene legiones de ángeles... Miradle..., se acerca como le vio un día su sierva Margarita María...; viene sin fulgores de sol, sin diadema, maniatado, perseguido... Trae el alma abrumada de angustias... cargados de lágrimas los ojos... Busca un huerto de paz en dónde orar en su agonía, y ha venido aquí, trayéndonos una confidencia de caridad infinita, y de infinita tristeza... Callad, hermanos, y en el silencio del alma, olvidados del mundo, desligados por un momento de los mezquinos intereses de la tierra..., oíd al Señor Jesús en esta Hora Santa... Contempladle bajo la figura dolorida, ensangrentada del Ecce Homo, tal como se apareció en Paray-le-Monial a su primer apóstol y confidente, para reclamar de sus amigos un amoroso desagravio...
   
“¡Oh, buen Jesús: al comenzar esta Hora Santa, déjanos besar con deliquios de amor, con pasión del alma, con embriaguez de cielo, la herida encantadora del Costado, y permítenos llegar, por medio de ese ósculo dichoso, hasta lo más recóndito de tu divino y agonizante Corazón!”.
   
(Presentadle el pedido íntimo que queréis hacerle en esta Hora Santa).
   
VOZ DEL MAESTRO: Hijitos míos, ¿queréis brindar un asilo de amor, un abrigo de fidelidad a vuestro Dios, perseguido por el huracán maldito de la culpa?... Es cierto que no veis hoy día mi cuerpo hecho pedazos...; pero creed que no han cesado los crudelísimos azotes... No veis tampoco que el llanto inunda mis mejillas...; pero ¡con qué furor penetran en mi frente las espinas!... No está a la vista la congoja mortal y la agonía de Getsemaní...; pero, ¡ay!, sus indecibles amarguras llenan hasta los bordes el cáliz de mi abandonado Corazón... El pecado no da tregua a mis dolores... Ese torrente de inquietud me persigue hace veinte siglos, sigue mis pasos, iracundo... Quiere devorar la obra de mi sangre...; quiere condenar las almas... “¿Qué pude hacer por mi rebaño que no lo haya hecho?”... El sacrificio de mi cuerpo, de mi alma, de mi Corazón; el holocausto del Calvario y de la Eucaristía..., todo está consumado... Y, con todo, la culpa avanza, como hálito del infierno, penetra en las conciencias, mata en ellas mi amor... y la gloria de mi nombre... ¡Ay! Abridme pronto, vosotros mis amigos, abridme el refugio cariñoso de vuestros corazones... Ponedme al abrigo de la noche fría, lóbrega, del pecado que envuelve al mundo... Tendedme, hijitos míos, alargadme con caridad filial los brazos... ¡Oh, no es el recuerdo del Calvario el que me hiere..., es el pecado de hoy el que atraviesa sin piedad mi desolado Corazón!... Ved: estoy llorando ahora mis tristezas; estoy desahogando entre vosotros la tempestad de mis dolores... ¡Y en el mismo instante, millares de saetas se clavan en la llaga sangrienta de mi pecho!... ¡Oh, dad albergue de caridad y de ternura, en vuestras almas compasivas, a este Jesús, el eterno ultrajado y perseguido de la culpa!...
   
(Pausa)
     
EL ALMA: Jesús, Rey de los altares y Soberano de las almas: ven y asienta tus reales de dominio en estos corazones... No serás entre nosotros el huésped, sino el Padre y el Monarca..., no el peregrino, sino el Redentor desagraviado y el Señor mil veces bendecido... Ven... Y si es constante la ofensa de la culpa..., más constante aún ha de ser el homenaje de nuestro humilde desagravio... Abre tu prisión, señor Sacramentado, y que los ángeles que rodean tu pobre tabernáculo se unan a los amigos leales de tu Eucaristía, para decirte:
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
No obstante los esfuerzos desesperados del infierno, que anhela la desdicha eterna de las almas.
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
A pesar de la fragilidad humana, que impele a tantos por la pendiente del abismo...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
No obstante la furia de tantos enemigos de tu moral intransigente y de tus dogmas invariables...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
A pesar de los ataques con que la razón y las sabidurías vanas de la tierra se alzan para derrocarte del altar...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
No obstante la licencia vergonzosa, que muchos pretenden erigir en ley natural de la conciencia...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
A pesar del artificio con que se trama noche y día en contra de la Iglesia, del hogar y de la infancia...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
No obstante la sacrílega legalidad de tantos atentados de lesa majestad divina...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
A pesar del odio de los gobernantes, excitados por el poder de tu humildad y de tu silencio...
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
No obstante los ataques airados de la prensa, de las leyes y de las sectas, poderes conjurados en ruinas de tu gloria y de tu reinado entre los hombres... 
(Todos en voz alta) ¡Corazón Santo, tú reinarás!
    
(Pedid con todo fervor el reinado del Corazón de Jesús).
   
VOZ DEL MAESTRO: ¿Por qué, decidme, confidentes muy amados, por qué los hijos de las tinieblas son con frecuencia más prudentes y esforzados que vosotros, los hijos de mi dolor y de la luz?
   
Vedlos a mis enemigos, perpetuamente afanados en aislarme en el Sagrario, y luego, en derribar mi altar... No se dan descanso en el propósito de anular mi ley, de dispersar mi sacerdocio y de aniquilarme en las conciencias de los hombres... Y vosotros... y tantos de los míos, ¿qué habéis hecho?... ¿Cómo no habéis podido velar una hora conmigo?... Y por cansancio, por preocupaciones terrenas..., por debilidad de carácter..., por falta de amor a vuestro Dios y Maestro, habéis descansado, mientras Yo agonizaba... Dormíais tranquilos, entre vuestro Salvador agonizante y la turba enemiga que venía a prenderle...
  
No habéis amado así, seguramente, a vuestros padres, a vuestros hermanos, a los amigos íntimos de vuestro corazón... Y para mí, sólo para mí, ¿por qué no habéis tenido fineza ni resolución en el amor?... Me prometisteis generosidad... bendije y acepté vuestra buena voluntad..., y, a poco, desfallecisteis y fui olvidado... Os perdoné tantos desvíos, olvidé tantos olvidos..., y vosotros, los de mi casa, vivís a menudo en un sopor de tranquila indiferencia que me lastima cruelmente... Un sueño de apatía..., de egoísmo, de desamor por mi persona os rinde... Levantaos ya...; despertad de esta tibieza... Se acerca el enemigo que trae el ultraje para vuestro Dios..., y para vosotros, las cadenas y la muerte... Ha llegado la hora milagrosa de una sincera conversión... ¡Oh, venid y acompañadme, si preciso fuera, hasta el Calvario!... No queráis abandonarme, ovejitas mías, cuando hieran al Pastor...
   
(Pausa)
     
EL ALMA: ¿Qué tengo yo, ¡oh, Dios escarnecido!, que Tú no me hayas dado?... Aliéntame, Jesús, y haz que te siga, sin vacilaciones, en las dulces exigencias de tu gracia y de tu amor...
¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?
Y porque reconozco mi nada y mi impotencia... te ruego no quieras dejarme de tu mano, no consientas que me aleje por un día del Sagrario... Perdóname los yerros que contra ti he cometido...: son tantas las flaquezas de mi corazón... Perdónalas y olvida...
Pues, la mucha sangre que derramaste.
Y la acerba muerte que padeciste.
No fue por los ángeles que te alaban, sino por mí y por tantos tibios e indolentes en el ejercicio de tu amor, que te desoyen y te ofenden...
Por eso, en esta Hora Santa, al renovar los propósitos de fervor en tu servicio, consiente que te diga con dolor del alma:
Si te he negado, déjame reconocerte; si te he injuriado, déjame alabarte; si te he ofendido, déjame servirte, porque es más muerte que vida la que no está empleada en el santo servicio de tu gloria y para consuelo y triunfo de tu Divino Corazón.
   
(Confesadle vuestra tibieza y pedid fervor perseverante en su servicio).
   
VOZ DEL MAESTRO: ¿Cuántos sois los que veláis conmigo en esta Hora Santa?... Es cierto que es grande vuestro amor... ¡Ah, sí!, pero inmenso, insondable es el amargo océano de delitos y de orgías, que a esta misma hora, está saturando de tristeza mortal mi Corazón... ¡Qué frenesí de pecado..., qué desenfreno en el torbellino humano que va pasando ahora mismo ante mis ojos!...
   
¡Oh, qué escenas de muerte, qué espectáculos de infierno... qué vértigo de pasión sensual en el teatro!... El gran mundo aplaude y ríe ante un escenario donde a mí se me flagela... Si supierais cómo me despedaza el alma dolorida la gran mentira que llaman civilización moderna... ¡Ah, cuántas fiestas de mis hijos son la befa y el Calvario de su Padre y Salvador!... Sólo vosotros, mis amigos, podéis adivinar la congoja de este agonizar perpetuo en un patíbulo, levantado por los míos... ¡Cómo se presentan a mi vista las grandes capitales... orgullosas como Nínive... desenvueltas como Babilonia!... En ellas mi Evangelio es una exageración intolerable... Vosotros, mis consoladores, que habéis penetrado tan adentro en mis tristezas, poned un bálsamo en mi herida... Reparad, vosotras, esa embriaguez culpable y acallad, con una plegaria fervorosa, el clamar que, en esta misma noche, en centenares de salas, de banquetes, de fiestas, de bailes y teatros, se levanta como marejada de fango, insultando la santidad de mi Evangelio y la blancura de la Hostia...
   
EL ALMA: ¡Oh, sí, Maestro!: baje de una vez fuego del cielo, que purifique, que perdone y salve a millares de infieles, que viven sin amor, amando locamente la materia y lo nefando...
       
Para tantos que derrochan dinero y juventud en la disipación de placeres mundanales que te ofenden...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para aquellos que luchan, tolerando los pecados públicos, que trafican en la profanación de la conciencia y de los sentidos...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para los pervertidores de almas, que en la Prensa y en los libros se enriquecen, condenando a sus hermanos...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para aquellos que tienen el tristísimo negocio de excitar pasiones en la escena teatral, donde todo es permitido, so pretexto de arte...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para tantos débiles que, desoyendo su conciencia, cooperan con remordimiento al escándalo social de modas y teatros...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para tantos que, relajado su criterio de cristianos, no ven mal ninguno en el atropello a tus santos mandamientos...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
Para aquellos que, por su cargo, debieran evitarte, Señor, gravísimas ofensas, y no lo hacen por timidez o por transacción mundana...
(Todos, en voz alta) ¡Misericordia, y sálvelos tu dulce Corazón!
  
(Reparemos los pecados públicos y sociales con que se ofende a Jesucristo en el mundo entero).
   
VOZ DEL MAESTRO: “Pueblo mío, heredad preciosa de mi Corazón, ¿qué te he hecho... o en qué te he contristado?... ¡Respóndeme!... Desde aquí en la Hostia, contemplo, noche y día, el hogar de mis cariños, el campamento del Israel de mis ternuras, la grey pequeñita de los que me juraron amor eterno... Desde aquí pongo los ojos en el corazón de mis amigos, de los que yo he querido con predilección... Desde aquí sigo los pasos de los que tengo predestinados al banquete de mi amor y de mi gloria... ¡Ay!, cuántos de ellos arrancan de mis ojos las lágrimas que lloré sobre Jerusalén, mi patria... ¡Cuántos que fueron íntimos de mi alma son ingratos! ¡Cuántos gozan lejos de mi lado, muy lejos... los bienes de talento, estimación y de fortuna con que los colmé para hacerlos santos... Sus tronos están colocados entre los príncipes del reino de los cielos!... ¡Oh, cuántos de esos sitiales, perdidos por ingratitud, los daré a pecadores arrepentidos, que oyeron mi llamada en la agonía!...
   
Para olvidar principalmente ese pecado, el más amargo, para endulzar el cáliz de la ingratitud humana, pedí a mi sierva esta campaña deliciosa de la Hora Santa; aquí se convierten en lágrimas de bendición, de amor, las que lloré en el desamparo de mi grey y en la fuga de mis hijos... Entre el vestíbulo y el altar, gemid, consoladores míos... tengo sed de los consuelos que me niegan los ingratos de mi propia casa...
   
EL ALMA: Divino Salvador Jesús, dígnate mirar con ojos de misericordia a tus hijos, que unidos por un mismo pensamiento de fe, esperanza y amor, vienen a deplorar ante tu sacratísimo Corazón sus infidelidades y las de sus hermanos culpables. ¡Ojalá podamos con nuestras solemnes y unánimes promesas conmover ese Divino Corazón y obtener de Él misericordia para nosotros, para el mundo infeliz y criminal y para todos aquellos que no tienen la dicha de conocerte y amarte! Sí, de hoy en adelante lo prometemos todos: 
   
Por el olvido e ingratitud de los hombres.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por tu desamparo en el sagrado Tabernáculo.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por los crímenes de los pecadores.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por el odio de los impíos.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
      
Por las blasfemias que se profieren contra ti.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por las injurias hechas a tu Divinidad.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por las inmodestias e irreverencias cometidas en tu adorable presencia.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por las traiciones de que eres víctima adorable.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por la frialdad de la mayor parte de tus hijos.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por el abuso de tus gracias.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por nuestras propias infidelidades.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por la incomprensible dureza de nuestros corazones.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por nuestra tardanza en amarte.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por nuestra tibieza en tu santo servicio.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por la amarga tristeza que te causa la perdición de las almas.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por las largas esperas a las puertas de nuestros corazones.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por los amargos desprecios con que eres rechazado.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por tus quejas de amor.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por tus lágrimas de amor.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por tu cautiverio de amor.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
Por tu martirio de amor.
(Todos, en voz alta) Te consolaremos, Señor.
     
¡Oh, Jesús! Divino Salvador nuestro, de cuyo Corazón se ha desprendido esta dolorosa queja: “Consoladores busqué y no los he hallado”, dígnate aceptar el modesto tributo de nuestros consuelos, y asístenos tan eficazmente con el auxilio de tu divina gracia, que, huyendo cada vez más, en lo venidero, de todo lo que pudiera desagradarte, nos mostremos en toda circunstancia, tiempo y lugar, tus hijos más fieles y obsecuentes. Te lo pedimos por ti mismo, que, siendo Dios, vives y reinas por los siglos de los siglos.

(Pedidle perdón por los ingratos, que son tantos...).
   
VOZ DEL MAESTRO:  No me preguntéis, almas reparadoras, por qué vivo perpetuamente crucificado por manos de mis redimidos... El mundo ha llegado a convencerse que merezco realmente la vergüenza y la muerte del patíbulo... ¡Ay!, son, en realidad, tantos los sabios, los honrados y los poderosos que repiten con cruel tranquilidad estas palabras de mis acusadores a Pilatos: “¡Si este Nazareno no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído encadenado!”...
  
¡Ah, sí! Y porque soy un malhechor para la turba, desenfrenada en moral y en pensamiento, me condena la autoridad...; porque soy un malhechor, se me condena en los Tribunales...; porque soy un malhechor, se me flagela por la prensa...; se me trata como villano y como loco, por decreto de mis jueces... Ellos, ¡qué irrisión!, me entregan al populacho, en resguardo de los intereses nacionales... Ellos, gobernantes y legisladores, se lavan las manos, y con pleno derecho, dicen, y por razones de libertad..., de civilización y de justicia..., me condenan al destierro y a la Cruz por vías de la más estricta legalidad... Este es el gran delito de hoy, hijos míos: insultarme con razón y con derecho, proscribirme por dignidad y por ley de las naciones... Sigo siendo Vermis Et Non Homo, el gusano pisoteado de la tierra...
   
¡Oh, vosotros los fidelísimos, aclamadme, para acallar el grito de esa muchedumbre que, desde las alturas, asalta mi trono y quiere sortear, burlona, el manto de mi realeza..., bendecidme con amor!
   
EL ALMA: Acércate, dulcísimo Maestro... y aquí en medio de los tuyos, estrechándote tus hijos recibe de su mano la diadema que quisieron arrebatarte los que, siendo polvo de la tierra, se llaman poderosos, porque en tu humildad, creen injuriarte de más alto...
    
¡Adelántate triunfante en esta ferviente congregación de hermanos... No borres las heridas de tus pies ni de tus manos... No abrillantes, no hermosees, deja ensangrentada tu cabeza... ¡Ah!, y no cierres, sobre todo; deja abierta la profunda y celestial herida de tu pecho... Así, Rey de sangre así..., cubierto con esa púrpura de amor y con la túnica de todos los oprobios..., sin transfigurarte..., Jesús, el mismo de la noche espantosa del Jueves Santo, preséntate, desciende y recoge el hosanna de esta guardia de honor que vela por la gloria del Corazón de Cristo Jesús, su Rey.
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los Reyes y gobernantes podrán conculcar las tablas de tu Ley; pero, al caer del sitial de mando en la tumba del olvido, tus súbditos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los legisladores dirán que tu Evangelio es una ruina y que es deber eliminarlo en beneficio del progreso...; pero, al caer despeñados en la tumba del olvido, tus adoradores seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los ricos, los altivos, los mundanos, encontrarán que tu moral es de otro tiempo, que tus intransigencias matan la libertad de la conciencia...; pero, al confundirse con las sombras de la tumba del olvido, tus hijos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los interesados en ganar alturas y dinero vendiendo falsa libertad y grandeza a las naciones..., chocarán con la piedra del Calvario y de la Iglesia..., y al bajar aniquilados a la tumba del olvido, tus apóstoles seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los heraldos de una civilización materialista, lejos de Dios y en oposición al Evangelio..., morirán un día envenenados por sus maléficas doctrinas, y al caer a la tumba del olvido, maldecidos por sus propios hijos, tus consoladores seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
Los fariseos, los soberbios y los impuros habrán envejecido estudiando la ruina, mil veces decretada, de tu Iglesia..., y al perderse, derrotados, en la tumba de un eterno olvido... tus redimidos seguiremos exclamando
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
      
¡Oh, sí, que viva! Y al huir de los hogares, de las escuelas, de los pueblos, Luzbel, el ángel de las tinieblas, al hundirse eternamente encadenado a los abismos, tus amigos seguiremos exclamando:
(Todos, en voz alta) ¡Viva tu Sagrado Corazón!
   
VOZ DEL MAESTRO: Os he amado hasta el exceso de un Calvario... Llegado a su cima, obedecí en silencio y me tendí en el patíbulo afrentoso... Y desde entonces, ahí estoy a merced de todos mis verdugos, los sacrílegos.
   
Si tantos dicen que no estoy aquí en la Hostia, ¿por qué la insultan y me hieren?... Y si creen, ¿por qué me ultrajan en este misterio en que amo con locura, en que perdono con inagotable caridad?... ¡Oh!, sabedlo: mis lágrimas han dejado huella de dolor en los caminos y en los muladares, donde he sido arrastrado en millares de profanaciones, desde el Jueves Santo... He sido pisoteado con furor...; se me ha arrojado, entre blasfemias, a las llamas...; se me ha sepultado en el fango...; he sido atravesado con puñales deicidas en antros donde se trama, con sigilo, en contra mía...
   
¡Ay!, se paga vil dinero y no faltan Judas que comulguen, para entregarme, con el beso de esa comunión, en manos de mis mortales enemigos... El incendio criminal ha abrasado mi Sagrario y convertido en pavesas la forma consagrada... Esto, en pago de haber dejado mi Corazón entre vosotros, para abrasar el mundo en el incendio de salvadora caridad. ¡Ah, y cuántas veces los infelices, que codician el metal dorado del copón en que os aguardo, han salteado la prisión de mis amores..., y he sido arrojado sobre el pavimento, sin tener una piedra consagrada en qué reclinar mi cabeza ensangrentada...!
   
Fue esta visión de horror la que hirió mi Corazón en las angustias de Getsemaní... ¡Los que pasáis, considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor!...
    
EL ALMA: ¡Hosanna, gloria a Dios en las alturas... gloria, bendición y amor a ti, Señor Sacramentado, sólo a ti en el incomprensible aniquilamiento de tu Santa Eucaristía!
¡Que te canten los cielos, porque Tú, el Dios del Tabernáculo, eres la bienaventuranza del mismo Paraíso! ¡Que te canten, Jesús-Hostia, los campos, los mares, las nieves y las flores, panorama de belleza creado para recrear tus ojos, cansados de llorar soledad e ingratitudes!... ¡Que te canten, dulce Prisionero, las aves y las brisas; que te canten las tempestades; que te ensalcen los sollozos del corazón humano y sus palpitaciones de alegría, a ti, el Cautivo del altar... Gloria a Dios en las alturas...; gloria, bendición y amor a ti, Jesús Sacramentado, sólo a ti, en el incomprensible aniquilamiento de tu adorable Eucaristía!
   
(Rendidle una completa reparación de amor por el horrendo crimen del sacrilegio con que se le hiere en el altar. Si es posible, cántese el “Magníficat” con la Inmaculada en homenaje a la Divina Eucaristía).
  
MAGNÍFICAT
Glorifica  mi alma al Señor.
Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.
Porque el Omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su Nombre es santo.
Y su misericordia se propaga de generación en generación sobre los que le temen.
Desplegó el poder de su brazo; y disipó los designios del corazón de los soberbios.
Derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.
Levantó a Israel su siervo, acordándose de su misericordia:
Según había prometido a nuestros padres, Abraham y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.
   
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
   
VOZ DEL MAESTRO: No os vayáis, hijos de mi Corazón, sin recoger en esta Hora Santa un desahogo de dolor, que sólo vosotros, mis fidelísimos, sabéis comprender en toda su amargura...
   
No es la profanación de este Tabernáculo el atentado más cruel en contra de mi soberanía conculcada; hay otro sagrario más valioso y que es consciente en el rechazo de su Salvador...: es el corazón humano... ¡Y decir que lo amo tanto!... ¡Cómo lo profanan millares de cristianos con el veneno de un amor pagano!... Ese corazón debiera ser el cáliz de todos mis consuelos..., el ara redentora de un mundo, que es infeliz porque no ama con amor de espíritu..., con el casto amor de mi Evangelio... En ese Corazón deposité mis lágrimas para purificarlo..., y luego, sacando llamas de mi inflamado Corazón, le he ofrecido mi amor para colmar sus ansias de amar y ser amado... Y no le basta esta infinita dignación de caridad... Busca a las creaturas... y a Mí me olvida en ese delirio de placer, que no es ni amor, ni paz ni vida... A Mí me deja..., y por eso, ¡pobrecitos!, tantos sufren, desgarrada el alma..., el hambre insaciable de pasiones vergonzosas... Los que tenéis sed de amar, venid..., venid a mí: Yo soy el amor que guarda las espinas para sí, y os da sus flores...; los que sentís ansias, necesidad de ser amados..., venid... y bebed hasta saciaros de la fuente de mi pecho. Hijos míos, dadme vuestros corazones, ¡oh!; dádmelos en cambio del mío Sacrosanto...
   
EL ALMA: Jesús Sacramentado, ejercita en nosotros tus derechos, pues somos tus reparadores... Ven. No pidas, no mendigues... Ven. Toma con amabilísima violencia lo que es tuyo...: toma nuestros corazones... Sí, son pobres. Tú sabrás enriquecerlos...; te los damos por manos de tu dulce Madre y de tu sierva Margarita María... Te rogamos los aceptes en demanda urgente del reinado de tu Corazón Divino... No quieras desecharlos porque un día se marcharon, cuando Tú perdonas, olvidas para siempre...
   
La Iglesia perseguida, nuestro hogar necesitado, los pecadores, tu Vicario, el Purgatorio de tortura purificadora, las almas de los justos, todos, todos esperamos de tu omnipotencia torrentes de gracia, prometida al homenaje de esta hora de consuelos para ti y de milagros de misericordia para el mundo...
   
¡Ah! Y en especial acuérdate de los que, como San Gabriel Arcángel, hemos venido a darte amable refrigerio en tu agonía... Acepta sus intereses, sus penas, sus esperanzas, su vida; lo depositan todo en la llaga-paraíso que nos descubrió Longinos... Recoge ahora, Señor, nuestra oración de despedida:
    
Corazón agonizante de Jesús, estas almas te confían sus espinas...
Corazón amable de Jesús, estas madres te confían sus esposos y el tesoro de sus hijos...
Corazón amante de Jesús, estos peregrinos te confían su porvenir y todas sus incertidumbres...
Corazón dulcísimo de Jesús, estos pródigos te confían su debilidad y su arrepentimiento...
Corazón benigno de Jesús, estos tus amigos te confían la paz y redención de sus familias...
Corazón compasivo de Jesús, estos enfermos te confían las dolencias secretas e íntimas de la conciencia...
Corazón humilde de Jesús, estos adoradores te confían sus anhelos vehementes por el triunfo de tu amor en la Santa Eucaristía...
Corazón Sacramentado de Jesús, en ti confía el mundo, que corre desolado a refugiarse de la muerte ahí donde una lanza abrió las fuentes de la vida...
Ven, Jesús. Sé nuestro Hermano en las castas fruiciones del amor cristiano...
Ven, Jesús. Sé nuestro Rey en las tentaciones y borrascas que azotan a las sociedades y a las almas: domina el huracán desde el Sagrario... Serena el cielo amenazante, con los fulgores de paz y las ternezas de tu omnipotente Corazón.
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
   
(Cinco veces) ¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
  
Súplica final al Sagrado Corazón de Jesús (de Margarita María)
   
Escóndenos, ¡oh dulce Salvador!, en el Sagrario de tu Costado, fragua encendida del puro amor, y ahí estaremos seguros... Elegimos tu Corazón por morada, en la firme confianza que él será nuestra fuerza en el combate, el báculo de nuestra flaqueza, nuestra guía y luz en las tinieblas, el reparador de todas nuestras faltas y el santificador de nuestras intenciones y obras. Las unimos todas a las tuyas, y te las ofrecemos a fin de que nos sirvan de preparación continua para recibirte en el Sacramento de tu amor.
  
Para honrar tu condición de Víctima en este misterio de la fe, venimos a ofrecernos también nosotros en calidad de hostias, suplicándote que seas Tú mismo el sacrificador y nos inmoles en el ara de tu Sagrado Corazón.
  
¡Ah! Pero como somos tan culpables, te rogamos, Señor Jesús, tengas a bien purificarnos y consumirnos con las llamas de tu Sagrado Corazón, como un holocausto perfecto de caridad y de gracia, para obtener una vida nueva y poder entonces decir con verdad: “NOSOTROS NADA TENEMOS QUE SEA NUESTRO; VIVOS O MUERTOS, JESÚS ES NUESTRO TODO; NUESTRA PROPIEDAD ES SER NOSOTROS ENTERA Y ETERNAMENTE DE SU DIVINO CORAZÓN... ¡VENGA A NOS TU REINO!”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA MASONERÍA ITALIANA PROPONE A BERGOGLIO LA UNIÓN

Noticia vieja es esta (4 de Noviembre de 2013), pero conviene publicarla por obvia razón.
   
Traducción del original en Inglés publicado en TRADITION IN ACTION
  
He aquí otra manifestación de los ideales compartidos entre la francmasonería y el antipapa Bergoglio. Esta vez se trata del Gran Maestro de la Gran Logia de Italia, quien le escribió a Francisco I proponiéndole una unión más fuerte, toda vez que la Francmasonería y la Iglesia Conciliar persiguen los mismos objetivos.
  
Este documento refleja fielmente la enorme revolución acontecida en la Iglesia Católica a partir del concilio deuterovaticano, que transformó a los sempiternos enemigos del pasado en los grandes amigos del presente. Esta Revolución está llegando al punto crítico en el "pontificado" del "Papa Francisco".
  
A continuación, nuestra traducción del Italiano de un artículo del NOTICIERO MASÓNICO INTERNACIONAL incluyendo la carta del Gran Maestro Gian Franco Pilloni a Francisco Bergoglio; al final una captura de pantalla del website de la Gran Logia de Italia, con foto del susodicho Gian Franco Pilloni. 
   
NOTICIERO MASÓNICO INTERNACIONAL (4 de Noviembre de 2013)
   
Carta a Francisco del Serenísimo Gran Maestro de la Gran Logia de Italia U.M.S.O.I. (Unión Masónica de Estricta Observancia Iniciática), Gian Franco Pilloni
  
Publicamos la copia de toda la carta que el Serenísimo Gran Maestro Gian Franco Pilloni escribió a Francisco. La misiva per se es un hecho histórico porque es la primera vez que un Gran Maestro ha escrito una carta a un Papa con el fin de conseguir unas relaciones más fluidas entre las dos organizaciones, la católica y la masónica, cuyas relaciones hasta ahora no han sido pacíficas. El Gran Maestro subraya el hecho de que las dos organizaciones no son antagónicas, con posiciones opuestas; en muchos campos comparten un pensamiento similar, así como en la mayoría de los problemas sociales del mundo actual.
______________________
  
A Su Santidad el Santo Padre Francisco (sic)
 
Con enorme emoción e infinita alegría, me dirijo a Su Santidad para hacerle llegar mi humilde petición de poner fin a las divisiones se interponen en las relaciones entre la Iglesia Católica y la Masonería, con la esperanza de que, finalmente, reine la debida tranquilidad entre las dos organizaciones, y se supriman las diferencias que todavía levantan un muro en la mutua relación.
  
Santidad, me permito decirle que no somos una organización adversa a la Iglesia Católica, dignamente representada por usted (sic) sino todo lo contrario. Nuestros caminos son paralelos: De hecho pensamos como Ud. acerca de todos los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea; como Ud. trabajamos por un mundo de paz que respete a cada ser humano, sin distinción de ningún tipo y con absoluto respeto a todas las religiones.
  
Santidad, la posición que la Iglesia ha tenido y todavía tiene castiga a los hermanos masónicos de credo Católico, obligándoles a profesar su fe al margen de la Iglesia, haciéndoles sentir casi como intrusos o fieles poco deseados.
   
Apelo a usted, Santidad, hombre de cualidades humanas extraordinarias, a poner fin a esta injusticia que durante siglos ha castigado a millones de Masones de todo el mundo. Permítame recordarle que los Masones hacemos nuestro juramento sobre la Biblia, y que en nuestros templos, trabajamos para la elevación del espíritu y la mejora del individuo.
   
Personalmente, me considero un buen cristiano, y mantego una excelente relación con la comunidad cristiana en la zona donde nací (Jerzu, Cerdeña) y con la misma Diócesis de Ogliastra, ayudando según mis posibilidades, pero de todo corazón, a la Santa Iglesia Católica, única salvación eterna.
    
Yo creo en el bien de la “Creación” a través del camino, la verdad y la vida enseñado por Jesús en el Evangelio, y que este concepto tan grande, si se aplicara, sería la perla de la creación. He trabajado por la hermandad de los hombres con el fin de construir un “Opus caritatis” (obra de amor) centrada sobre todo en la enseñanza cristiana; en el cargo que me honro de tener [de Gran Maestre de la Masonería], he conocido a muchas personas con características cristianas análogas y verdaderos valores de subsidiariedad dirigidos al bien social del mundo, la paz mundial, la caridad (conceptos estos nobles y misteriosos que no se han conseguido debido a la falta de una primera chispa de caridad), a través del estudio incesante y el trabajo de los talleres, he encontrado este tesoro separado del mundo y deliberadamente bien oculto, llamado Masonería.
  
La Gran Logia de Italia U.M.S.O.I. (fundada por Armando Corona) y reconocida por el Gran Oriente de las Logias de América, de la cual soy parte como Gran Maestro, desea ser una llave de oro que abra el flujo de una colaboración real y tangible con la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
  
Pido a Vuestra Santidad el esfuerzo para eliminar por completo y públicamente la intolerancia de otros tiempos para con nosotros, aceptándome, siguiendo una respuesta a esta solicitud: Transformar nuestros “templos” en templos de la Paz, lugares de encuentro, lugares de testimonio de los sentimientos más elevados de solidaridad y hermandad de los hombres, y un admirable ejemplo de abnegación excepcional con su presencia: [aportando] las selectas y probadas virtudes religiosas, espirituales y culturales (que proceden de nuestro Bautismo) ejercidas por todos nosotros con Fe Católica, Apostólica y Romana.
  
Espero confiado una reunión con usted. Sería para mí no sólo un honor, sino una infinita emoción poder hablar con usted personalmente sobre los temas expresados ​​aquí. Para ello me pongo a su total disposición para cualquier evento.
   
Sede Magistral de Cagliari, septiembre 9, 2013
   
El Gran Maestre de la Gran Logia de Italia U.M.S.O.I.,
Serenísimo Gian Franco Pilloni
 
Captura del website del Noticiero Masónico Internacional (Clic para agrandar)

Gian Franco Pilloni (tercero a la izquierda), Gran Maestre de la Gran Logia de Italia U.M.S.O.I.

martes, 4 de noviembre de 2014

EL INFIERNO DE FIESTA: OTRO SUICIDA LLEGA A SU RADA

  
El pasado 3 de Noviembre, en Portland (Oregón, EE. UU.), Brittany Lauren Maynard Ziegler de Díaz, de 29 años de edad, quien sufría de glioblastoma (cáncer cerebral) y se convirtió en símbolo de los defensores de la eutanasia, mal llamada "Derecho a morir dignamente" o "Suicidio asistido", usurpando el lugar incomunicable de Dios (Dueño de la vida y de la muerte), se quitó la vida consumiendo un cóctel de sedantes en su casa. QUE SU ALMA ARDA EN EL INFIERNO POR TODA LA ETERNIDAD, AL IGUAL QUE TODOS LOS QUE SOLICITAN O APOYAN LA EUTANASIA.
    
NO VALE LA PENA ORAR POR EL QUE COMETE SUICIDIO, Y MENOS DE ESTA MANERA. PARA LOS CONDENADOS AL INFIERNO, NO VALE REDENCIÓN NI SUFRAGIO.

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS EN 1492: LA LEYENDA QUE CONSTRUYERON LOS ENEMIGOS DE ESPAÑA

Por César Cervera para ABC
   
"Expulsión de los Judíos de España" (Emilio Sala)
   
Frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sus enemigos históricos solo pudieron contraatacar a través de la propaganda. Un campo donde Holanda, Francia e Inglaterra se movían con habilidad y que desembocó en una leyenda negra sobre España y los españoles todavía presente en la historiografía actual. Al igual que ocurre con la Guerra de Flandes, la Conquista de América o la Inquisición española, la propaganda extranjera intoxicó y exageró lo que realmente supuso la expulsión de los judíos de los reinos españoles pertenecientes a los Reyes Católicos en 1492. En suma, los ganadores son los encargados de escribir la historia y España no estuvo incluido en este grupo.
   
Las expulsiones y agresiones a poblaciones judías, fueron una constante durante toda la Europa medieval. Salvo en España, los grandes reinos europeos habían acometido varias ráfagas de expulsiones desde el siglo XII, en muchos casos de un volumen poblacional similar al de 1492. Así, el Rey Felipe Augusto de Francia ordenó la confiscación de bienes y la expulsión de la población hebrea de su reino en 1182. Una medida que en el siglo XIV fue imitada otras cuatro veces (1306, 1321, 1322 y 1394) por distintos monarcas. No en vano, la primera expulsión masiva la ordenó Eduardo I de Inglaterra en 1290. También fueron reseñables las que tuvieron lugar en el Archiducado de Austria y el Ducado de Parma, ya en el siglo XV.
   
La expulsión de los judíos de España fue firmada por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492 en Granada. Lejos de las críticas que siglos después recibió en la historiografía extranjera, la decisión fue vista como un síntoma de modernidad y atrajo las felicitaciones de media Europa. Ese mismo año, incluso la Universidad de la Sorbona de París trasmitió a los Reyes Católicos sus felicitaciones. De hecho, la mayoría de los afectados por el edicto eran descendientes de los expulsados siglos antes en Francia e Inglaterra.
   
La razón que se escondía tras la decisión, era la necesidad de acabar con un grupo de poder que algunos historiadores, como Wiliam Thomas Walsh, han calificado como «un Estado dentro del Estado». Su predominio en la economía y en la banca convertía a los hebreos en los principales prestamistas de los reinos hispánicos. Con el intento de construir un estado moderno por los Reyes Católicos, se hacía necesario acabar con un importante poder económico que ocupaba puestos claves en las cortes de Castilla y de Aragón. Así y todo, los que abandonaron finalmente el país pertenecían a las clases más modestas; los ricos no dudaron en convertirse.
   
Por tanto, el caso español no fue el único, ni el primero, ni por supuesto el último, pero si el que más controversia histórica sigue generando. Como el historiador Sánchez Albornoz escribió en una de sus obras, «los españoles no fueron más crueles con los hebreos que los otros pueblos de Europa, pero contra ninguno otro de ellos han sido tan sañudos los historiadores hebreos».
    
¿Qué tuvo entonces de diferente esta expulsión? La mayoría de historiados apuntan que, precisamente, lo llamativo del caso español está en lo tardío respecto a otros países y en la importancia social de la que gozaban los judíos en nuestro país. Aunque no estuvieron exentos de episodios de violencia religiosa, los judíos españoles habían vivido con menos sobresaltos la Edad Media que en otros lugares de Europa. En la corte de Castilla –no así en la de Aragón- los judíos ocupaban puestos administrativos y financieros importantes, como Abraham Senior, desde 1488 tesorero mayor de la Santa Hermandad, un organismo clave en la financiación de la guerra de Granada.
   
Una gran odisea para los expulsados
      
No obstante, la cifra de judíos en España sí era especialmente elevada en comparación con otros países de Europa. En tiempos de los Reyes Católicos, siempre según datos aproximados, los judíos representaban el 5% de la población de sus reinos con cerca de 200.000 personas. De todos estos afectados por el edicto, 50.000 nunca llegaron a salir de la península pues se convirtieron al Cristianismo y una tercera parte regresó a los pocos meses alegando haber sido bautizados en el extranjero. Algunos historiadores han llegado a afirmar que solo se marcharon definitivamente 20.000 habitantes.
      
Aunque la expulsión de 1492 fue sobredimensionada respecto a otras en Europa, causando a España una inmerecida fama de país hostil a los judíos, nada quita que la decisión provocara un drama social que obligó a miles de personas a abandonar el único hogar que habían conocido sus antepasados. Según establecía el edicto, los judíos tenían un plazo de cuatro meses para abandonar el país. El texto permitía llevarse bienes muebles pero les prohibía sacar oro, plata, monedas, armas y caballos.
   
Los hebreos afectados por el edicto que decidieron refugiarse en Portugal se vieron pronto en la misma situación: destierro o conversión. Así y todo, su suerte fue mejor que los que viajaron al norte de África o a Génova, donde la mayoría fueron esclavizados. En Francia, Luis XII también los expulsó. Comenzaba en esos días una odisea para los llamados judíos sefarditas que duraría siglos, y que generó una nostalgia histórica hacia la tierra de sus abuelos todavía presente.

lunes, 3 de noviembre de 2014

SAN MALAQUÍAS DE ARMAGH, ARZOBISPO, CONFESOR Y PROFETA

San Malaquías de Armagh
       
En el siglo IX empezó Irlanda a experimentar los efectos de las invasiones que habían asolado a otros países. En efecto, los bárbaros conocidos con el nombre genérico de orientales, hicieron incursiones en las regiones costeras, y los daneses establecieron colonias permanentes en Dublín y otras ciudades. Por dondequiera que iban cometían asesinatos, demolían monasterios y quemaban bibliotecas. Todo ello debilitó mucho al poder civil; los reyezuelos locales, que luchaban contra el enemigo de fuera y se destruían entre sí, perdieron mucha autoridad. El trato prolongado e inevitable entre los nativos y los opresores de la religión y de la ley trajo consigo una relajación gradual de la fe y las costumbres. Así pues, aunque Irlanda no llegó nunca a caer en el grado de iniquidad que suponían ciertos ingleses y algunos hombres de iglesia extranjeros (incluso San Bernardo), se hallaba sin embargo en un estado lamentable cuando estalló la guerra civil, tras la derrota definitiva de los daneses, en Clonfart (1014).
    
Precisamente en esa época de confusión, del año 1095, nació Malaquías O’More. El niño se educó en Armagh, donde su padre era maestro de escuela. Malaquías era un niño juicioso y piadoso. Después de la muerte de sus padres, se fue a vivir con un ermitaño llamado Eimar. San Celso, arzobispo de Armagh, juzgándole digno del sacerdocio, le ordenó a los veinticinco años. El arzobispo le encargó que predicase la palabra de Dios al pueblo y extirpase las malas costumbres que abundaban en su diócesis. San Bernardo, en su biografía de San Malaquías, dice que éste «quemó las ramas y la hojarasca inútil y aplicó el hacha a los árboles de raíz podrida». En una palabra, el santo se entregó a su tarea con gran celo. Sin embargo, temía no conocer suficientemente los cánones eclesiásticos para reformar a fondo la disciplina y el culto, por lo que acudió a San Malco, obispo de Lismore, quien se había educado en Winchester, en Inglaterra, y era famoso por su ciencia y su virtud. San Malco le acogió muy bien, le instruyó en todo lo referente al servicio divino y al bien de las almas y al mismo tiempo, le empleó en los ministerios de su iglesia.
       
Un tío de San Malaquías, que a pesar de ser lego era abad de San Comgall, se había apoderado de las rentas de la gran abadía de Bangor, la cual se hallaba en un estado lamentable. En 1123, el abad renunció a su dominio sobre Bangor, en favor de su sobrino, para que éste restableciese la observancia regular en la abadía. San Malaquías cedió a otra persona las tierras de la abadía, a pesar de las protestas. San Bernardo le alaba por eso, pero hace notar que "llevó demasiado lejos su desinterés y su espíritu de pobreza, como lo demostraron después los hechos". Con diez miembros de la comunidad de Eimar, San Malaquías construyó la abadía, empleando madera, como se acostumbraba en Irlanda. La gobernó durante un año. «Era una regla viviente, un espejo brillante, un libro en el que todos podían aprender los preceptos de la verdadera vida religiosa». La fama del santo aumentó con los milagros que obró. San Bernardo refiere algunos. A los treinta años de edad, San Malaquías fue elegido obispo de Connor. Los cristianos de su diócesis apenas lo eran más que de nombre, pues los daneses habían dominado ahí largo tiempo. El santo hizo cuanto pudo por convertir en corderos a aquellos lobos. Él y sus monjes predicaron con energía apostólica, uniendo la severidad a la dulzura. Cuando las gentes no acudían a la iglesia a oírle predicar, San Malaquías iba a buscarles en sus casas. Así consiguió sembrar la bondad y piedad en algunos de los más duros, restableció el uso frecuente de los sacramentos, pobló la diócesis de pastores celosos y volvió a instituir la celebración regular de las horas canónicas, pues desde las invasiones de los daneses habían caído en desuso aun en las ciudades. En esa tarea le sirvieron los conocimientos de música sacra que había adquirido en su juventud. Pero en 1127, un reyezuelo del norte devastó Andrim y Down y expulsó a la comunidad de Bangor, donde vivía San Malaquías. El santo se retiró entonces con algunos de sus monjes a Lismore y después a Iveragh, en Kerry, donde organizó nuevamente la vida monástica.
       
En 1129, murió San Celso de Armagh. La sede metropolitana había estado en manos de su familia durante varias generaciones. Para romper esa nociva costumbre San Celso ordenó en su lecho de muerte que su sucesor fuese Malaquías, a quien envió su báculo pastoral. Sin embargo, los parientes de San Celso instalaron en la sede a su primo Murtagh y, durante tres años, San Malaquías no intentó apoderarse de la diócesis. Finalmente, se dejó convencer por el legado pontificio Gilberto de Limerick, por San Malco y algunos otros y, protestando que renunciaría al gobierno de la sede en cuanto hubiese restituido el orden, se trasladó de Iveragh a Armagh. Hizo cuanto pudo por tomar en sus manos el gobierno de su diócesis; sin embargo, para evitar los desórdenes y el derramamiento de sangre, no intentó entrar en la cabecera de la diócesis ni apoderarse de la catedral. Murtagh murió en 1134, no sin haber nombrado por sucesor a Niall, hermano de San Celso. Ambos bandos estaban armados, y San Malaquías determinó hacerse entronizar en su catedral. Los partidarios de Niall se presentaron de improviso en una reunión de los partidarios de San Malaquías, pero fueron dispersados por una tempestad tan violenta, que doce hombres murieron calcinados por el rayo. San Malaquías consiguió tomar posesión de su diócesis. Sin embargo, la paz no reinaba en ella, pues Niall se había llevado de Armagh dos reliquias muy veneradas, y el pueblo consideraba como legítimo arzobispo a quien las tenía en su poder. Consistían en un libro (probablemente el «Libro de Armagh») y una cruz pastoral llamada «el báculo de Jesús»: el pueblo creía que ambas habían pertenecido a San Patricio. Esto explica por qué muchos eran partidarios de Niall y perseguían violentamente a Malaquías. Uno de ellos invitó al santo a una conferencia para asesinarle. San Malaquías, contra el parecer de sus amigos, acudió a la reunión, dispuesto a sufrir el martirio por la paz; pero su valor y tranquila dignidad desarmaron a sus enemigos, y se firmó la paz. Sin embargo, San Malaquías tuvo que conservar su guardia de corps hasta que recuperó el báculo y el libro y fue reconocido como arzobispo por todo el pueblo. Habiendo roto así la tradición de la sucesión hereditaria y restablecido la disciplina y la paz en la sede, insistió en renunciar a la dignidad archiepiscopal y consagró por sucesor suyo a Gelasio, abad de Derry. En 1137 regresó a su antigua sede.
    
San Malaquías dividió su diócesis, consagró a un nuevo obispo para Connor y se reservó para sí la región de Down. Ya sea en Downpatrick, o más probablemente en las ruinas del monasterio de Bangor, estableció una comunidad de canónigos regulares, con quienes vivía siempre que se lo permitían sus actividades pastorales. Dos años después, emprendió un viaje a Roma para informar a la Santa Sede de todo lo que había hecho. Entre otras cosas quería conseguir el palio para los arzobispos de Armagh y de otra sede metropolitana que San Celso había establecido en Cashel. San Malaquías desembarcó en Inglaterra y se trasladó a York, donde conoció a Waltheof de Kirkham, quien le regaló un caballo. Después pasó a Francia, atravesó la Borgoña y llegó a la abadía de Claraval. Ahí conoció a San Bernardo, quien se convirtió en fiel amigo, fue admirador suyo y, más tarde, escribió su biografía. Malaquías quedó tan edificado por el espíritu de los cistercienses, que concibió el deseo de compartir su vida de penitencia y contemplación y acabar ahí sus días. En Ivrea del Piamonte restituyó la salud al hijo de su huésped, que estaba al borde de la muerte. El Papa Inocencio II se negó a aceptar la renuncia del santo, aprobó cuanto había hecho en Irlanda, le nombró legado suyo en ese país y prometió que concedería los palios, si se lo pedían oficialmente. En el viaje de regreso, San Malaquías volvió a pasar por Claraval, donde, como dice San Bernardo, «nos bendijo por segunda vez». Como no podía quedarse con aquellos siervos de Dios, San Malaquías dejó ahí a cuatro de sus compañeros, quienes, en 1142, volvieron a Irlanda con el hábito del Cister e instituyeron la abadía de Mellifont, de la que se originaron muchas otras. San Malaquías volvió a su patria por Escocia, donde el rey David le rogó que curase a su hijo, quien estaba muy enfermo. El santo dijo al príncipe: «Ten buen ánimo. No morirás de esta enfermedad». En seguida le roció con agua bendita. Al día siguiente, Enrique estaba completamente curado.
   
En 1148, los obispos y el clero reunidos en un sínodo en Inishpatrick, cerca de Skerries, resolvieron pedir oficialmente a Roma el palio para los dos metropolitanos. San Malaquías fue comisionado para entrevistarse con el Papa Eugenio III, quien se hallaba entonces en Francia. Pero la suspicacia política del rey Esteban retrasó al santo en Inglaterra y, cuando él llegó a Francia, el Papa ya había partido para Roma. Así pues, San Malaquías pudo ir a Claraval, donde San Bernardo y sus monjes le acogieron gozosamente. Después de la celebración de la misa de la fiesta de San Lucas, San Malaquías se sintió enfermo y hubo de guardar cama. Los monjes le atendieron solícitamente, pero el santo les dijo que todo era inútil, pues iba a morir de aquélla enfermedad. Además, insistió en bajar a la iglesia a recibir los últimos sacramentos, y rogó a los monjes que siguiesen orando por él después de su muerte. También les encomendó que pidiesen por las almas de todos sus feligreses y él prometió, por su parte, no olvidarlos ante Dios. San Malaquías murió el día de difuntos de 1148, en brazos de San Bernardo, y fue sepultado en Claraval. En su segundo sermón sobre San Malaquías, San Bernardo decía a sus monjes: «Quiera él proteger con sus méritos a aquellos a quienes instruyó con su ejemplo y confirmó con sus milagros». Además, San Benardo tuvo la audacia de cantar, en la misa de cuerpo presente, la postcomunión de la misa de un obispo confesor. El Papa Clemente III confirmó, en 1190, aquella «canonización de un santo por otro santo». San Malaquías fue el primer irlandés canonizado por un Papa. Los cistercienses, los canónigos regulares y todas las diócesis de Irlanda celebran su fiesta. San Malaquías hizo por la unificación de la Iglesia en Irlanda lo que San Teodoro había hecho 500 años antes, por la de Inglaterra.
    
Nuestro artículo sobre San Malaquías quedaría incompleto, si no hiciésemos mención de las Profecías sobre los Papas, que se le atribuyen. Consisten en la atribución de ciertos rasgos y características a los Papas, desde Celestino II (1143-1144) hasta el Fin de los Tiempos, cuando reine «Pedro el Romano». Las profecías están formuladas como lemas o títulos simbólicos. El que las reveló al mundo fue Dom Arnoldo de Wyon, O.S.B., en 1595. El benedictino las atribuyó a San Malaquías, pero sin explicar por cuáles razones y sin decir siquiera dónde las había encontrado. En 1871, el P. François Cucherat escribió un libro llamado La prophétie de la succession des papes depuis le XIIe siècle jusqu’a la fin du monde: Son auteur, son authenticité et son explication, el que concluía que las profecías habían sido reveladas en Roma a San Malaquías, el cual las comunicó por escrito a Inocencio II. Las profecías habían quedado olvidadas en los archivos pontificios durante 450 años, hasta que las descubrió Dom de Wyon.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que agradablemente asociasteis a vuestro bienaventurado pontífice San Malaquías con el santísimo Padre San Bernardo con verdadero vínculo de caridad, concedednos propicio a cuantos invocamos su intercesión, evitar cualquier consentimiento a las ocasiones de pecado, y que prefiramos siempre la sagrada amistad con la celestial milicia. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 2 de noviembre de 2014

MULTIMILLONARIA CONDENA A LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ POR PEDOFILIA

Un tribunal de San Diego, EE.UU., ha condenado a la organización religiosa internacional Testigos de Jehová a pagar una indemnización de más de 13 millones de dólares a un hombre que sufrió abusos sexuales, informa la ABC News.
  
Según la información disponible, José López, residente de California, sufrió de abuso sexual por parte de un integrante de la congregación religiosa en 1986, cuando López tenía 7 años de edad.
   
El tribunal dictaminó que la directiva de la organización encubrió durante años el incidente.

NUEVE CONSIDERACIONES DEVOTAS DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO SOBRE LAS PENAS QUE PADECEN LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

  
En el Nombre del Padre, del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
Recomendemos a Jesucristo y a su Santa Madre todas las ánimas del Purgatorio, y especialmente las de nuestros padres, bienhechores, amigos y enemigos, y más particularmente las de aquellos por los que estemos obligados a orar, y ofrezcamos a Dios en su sufragio las siguientes oraciones, considerando las grandes penas que padecen aquellas santas esposas de Jesucristo:
  
PRIMERA CONSIDERACIÓN
Muchas son las penas que sufren las benditas ánimas del Purgatorio, pero la mayor de todas consiste en pensar que por los pecados que cometieron en vida han sido ellas mismas la causa de sus propios sufrimientos.
¡Oh Jesús Salvador mío! Yo que tantas veces he merecido el Infierno, ¿cuánta pena no experimentaría ahora si me viese condenado, al pensar que yo mismo había sido la causa de mi condenación? Gracias os doy por la paciencia que conmigo habéis tenido. ¡Oh Dios mío! Porque sois bondad infinita, os amo sobre todas las cosas; me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, y os prometo antes morir que volver más a ofenderos. Concededme la perseverancia; tened piedad de mí y de las almas benditas que sufren en aquel fuego. Y Vos, ¡oh María, Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
    
SEGUNDA CONSIDERACIÓN
La segunda pena que aflige en alto grado a esas benditas almas es el tiempo que en vida perdieron, durante el cual habrían podido adquirir mayores méritos para el Cielo, y el pensamiento que esta pérdida es para siempre irreparable, terminando con la vida el tiempo de merecer.
¡Infeliz de mí, oh Señor, que por espacio de tantos años he vivido en la tierra no mereciendo sino los castigos del Infierno! Gracias os doy porque todavía me concedéis tiempo para remediar el mal que he hecho. Arrepiéntome ¡oh Dios mío!, de haberos ofendido a Vos que sois tan bueno. Concededme vuestro socorro para que lo que me queda de vida lo emplee únicamente en serviros y amaros. Tened piedad de mí y de esas almas benditas que arden en el Purgatorio. Y vos ¡oh María, Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
      
TERCERA CONSIDERACIÓN
Otra de las mayores penas que afligen a esas benditas ánimas es la vista espantosa de los pecados que están expiando. En la vida presente no se conoce bastante la fealdad de los pecados pero bien se comprende en la otra; y este conocimiento es uno de los más vivos dolores que sufren las almas en el Purgatorio.
¡Oh Dios mío! Os amo sobre todas las cosas porque sois infinita Bondad; duélome con todo mi corazón de haberos ofendido; os prometo antes morir que volver a ofenderos; concededme la santa perseverancia; tened piedad de mí y de aquellas santas almas que se purifican en aquel fuego. Y Vos, ¡oh María Madre de Dios!, socorredlas con vuestros ruegos poderosos y rogad también por nosotros que estamos aún en peligro de condenarnos.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
     
CUARTA CONSIDERACIÓN
Una de las penas que más afligen a aquellas almas esposas de Jesucristo, es el pensar que en vida por sus culpas disgustaron a aquel Dios a quien tanto aman. Se han visto penitentes morir de dolor al pensar que habían ofendido a un Dios tan bueno. Mucho mejor que nosotros conocen las almas del Purgatorio cuán amable es Dios, y por consiguiente lo aman con todas sus fuerzas; por eso, al pensar que le disgustaron en vida, experimentan un dolor superior a todo otro dolor.
¡Oh, Dios mío! Porque sois Bondad infinita me arrepiento con todo mi corazón de haberos ofendido. Os prometo antes morir que volver a ofenderos. Dadme la santa perseverancia; tened piedad de mí y de aquellas santas almas que arden en ese fuego, y que os aman de todo corazón. Y Vos, ¡oh María, Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
       
QUINTA CONSIDERACIÓN
Otra de las grandes penas que afligen a aquellas benditas almas es el sufrir aquel fuego sin saber cuándo tendrán fin sus tormentos: Es verdad que tienen la certidumbre de verse un día libres de ellos; pero la incertidumbre del tiempo en que se han de acabar, les causa un gravísimo tormento.
¡Oh Señor! ¡Qué desgracia tan grande la mía si me hubieseis enviado al Infierno, a esa cárcel de tormentos, teniendo la seguridad de no salir de ella jamás! Os amo sobre todas las cosas ¡oh Bondad infinita!, y me arrepiento con todo mi corazón de haberos ofendido y os prometo antes morir que volver a ofenderos. Concededme la santa perseverancia, tened piedad de mí y de aquellas santas almas que se purifican en el fuego del Purgatorio. Y Vos ¡oh María, Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
      
SEXTA CONSIDERACIÓN
Cuanto mayor es el consuelo que a aquellas benditas almas les causa el recuerdo de la Pasión de Jesucristo, por cuya virtud se salvaron, y del Santísimo Sacramento del Altar, que les proporcionó y aún les proporciona tantas gracias, por medio de Misas y comuniones, tanto más les atormenta el pensamiento de no haber correspondido en vida a estos dos grandes beneficios del amor de Jesucristo.
¡Oh, Dios mío! Vos moristeis también por mí, y os disteis muchas veces a mí en la Sagrada Comunión, y yo siempre os he correspondido con negra ingratitud; más ahora os amo sobre todas las cosas, ¡oh supremo Bien mío! Me arrepiento muy de corazón de haberos ofendido y os prometo antes morir que volver a ofenderos. Dadme la santa perseverancia; tened piedad de mí y de aquellas santas almas que arden en ese fuego. Y Vos, ¡oh María, Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
   
SÉPTIMA CONSIDERACIÓN
Aumentan también la pena de aquellas benditas almas todos los beneficios particulares que recibieron de Dios, como el haber recibido el Bautismo, el haber nacido en país católico, el haberlos esperado Dios a penitencia, y el haber alcanzado el perdón de sus pecados: porque todos esos favores les hacen conocer mejor la ingratitud con que han correspondido a su Dios.
Pero ¡oh Dios mío! ¿Quién ha sido más ingrato que yo? Vos me habéis esperado con tanta paciencia, me habéis tantas veces perdonado con tanto amor y yo, después de tantas promesas, os he vuelto a ofender. ¡Oh! no me arrojéis al Infierno, porque os quiero amar y en el Infierno no podría hacerlo. ¡Oh Bondad infinita! Me arrepiento de haberos ofendido y os prometo antes morir que ofenderos de nuevo. Dadme la santa perseverancia; tened piedad de mí y de aquellas Santas que se purifican en el fuego del Purgatorio. Y Vos, ¡oh María Madre de Dios!, socorredlas con vuestras poderosas súplicas. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
    
OCTAVA CONSIDERACIÓN
Otra pena, en extremo amarga para aquellas benditas almas, es el pensar que durante su vida usó Dios con ellas de muchas misericordias especiales, que no tuvo con los demás; y que ellas con sus pecados le obligaron a que las odiara y condenara al Infierno, aunque después por su misericordia las haya perdonado y salvado.
Vedme aquí, ¡oh Dios mío! Yo soy uno de aquellos ingratos que después de haber recibido de Vos tantas gracias, he despreciado vuestro amor y os he obligado a condenarme al Infierno. ¡Oh Bondad infinita! Ahora os amo sobre todas las cosas; me arrepiento con toda mi alma de haberos ofendido y os prometo antes morir que volver más a ofenderos. Dadme la santa perseverancia; tened piedad de mí y de aquellas santas almas que se purifican en el fuego del Purgatorio. Y Vos, ¡oh María Madre de Dios!, socorredlas con vuestros poderosos ruegos. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
     
NOVENA CONSIDERACIÓN
Grandes son todas las penas que sufren aquellas santas almas: el fuego, el tedio, la oscuridad, la incertidumbre del tiempo que han de verse libres de aquella cárcel; pero de todas, la mayor para esas santas esposas, es la de verse separadas de su divino Esposo y privadas de su vista y presencia.
¡Oh Dios mío! ¿Cómo he podido yo vivir tantos años lejos de Vos, privado de vuestra gracia? ¡Oh Bondad infinita! Os amo sobre todas las cosas, me arrepiento con todo mi corazón de haberos ofendido, y os prometo antes morir que volver más a ofenderos. Dadme la santa perseverancia, y no permitáis que vuelva a caer otra vez en vuestra desgracia. Os suplico tengáis piedad de aquellas santas almas, que las aliviéis en sus tormentos y abreviéis el tiempo de su destierro, ya admitiéndolas cuanto antes a la dicha de amaros para siempre en el Cielo. Y Vos, ¡oh María, Madre de Dios! socorredlas con vuestros poderosos ruegos. Amén.
   
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
Aquellas hijas y esposas,
Que son tan atormentadas,
¡Oh Jesús!, y tan amadas,
Consoladlas por piedad.
      
SÚPLICA A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PARA QUE POR LOS DOLORES DE SU PASIÓN, TENGA MISERICORDIA DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO.
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por el sudor de sangre que derramasteis en el Huerto de Getsemaní: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por los dolores de vuestra crudelísima flagelación: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por los dolores que padecisteis en vuestra dolorosísima coronación de espinas: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por los dolores que padecisteis llevando hasta el Calvario la Cruz a cuestas: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por el inmenso dolor que sufristeis en vuestra crudelísima crucifixión: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por el inmenso dolor que sufristeis en la amarguísima agonía que padecisteis en la cruz: tened piedad de las almas del Purgatorio. 
  • ¡Oh dulcísimo Jesús! Por el inmenso dolor que padecisteis al separarse vuestra alma de vuestro cuerpo: tened piedad de las almas del Purgatorio.
  
Encomendémonos en fin todos a las almas del Purgatorio, diciendo:
¡Oh, ánimas benditas! Ya que por vosotras hemos rogado, vosotras que tan amadas sois del Señor, y que tenéis la certeza de no poderle ya perder, rogadle por nosotros que nos vemos todavía en peligro de condenarnos y perder a Dios para siempre.
  
℣. Dales, Señor el descanso eterno.
℟. Y brille para ellos la luz perpetua. 
℣. Descansen en paz.
℟. Amén.
℣. Señor, escucha mi oración.
℟. Y llegue hasta Ti mi clamor.
℣. El Señor sea con vosotros
℟. Y con tu espíritu.
  
OREMOS
Oh Dios, Creador y Redentor de todos los hombres, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras, la remisión de todos sus pecados, a fin de que obtengan por nuestras humildísimas oraciones el perdón que ellas siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.
   
℣. Descansen en paz.
℟. Amén.
 
En el Nombre del Padre, del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

UN SUFRAGIO POR LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO BIEN VALE CUALQUIER SUMA DE DINERO

   
En las Crónicas de la Orden de los padres Cartujos se cuenta, que un joven muy rico, cuyo padre había muerto, LLEVÓ UNA GRAN SUMA DE DINERO AL PRIOR DE UN CONVENTO, ROGÁNDOLE QUE ENCOMENDASE A DIOS EL ALMA DE SU PADRE EN COMPAÑÍA DE SUS MONJES. Llamó en el acto el superior a la comunidad, y enterada ésta de lo que pedía aquel mancebo, DIJERON TODOS A UNA VOZ ESTAS SOLAS PALABRAS: REQUIÉSCAT IN PACE; A LO QUE CONTESTÓ EL PRIOR: AMEN; Y AL PUNTO CON GRAN SILENCIO, HACIÉNDOLE REVERENCIA CON UNA INCLINACIÓN DE CABEZA, SE VOLVIERON Á SUS CELDAS. Así que vio el mozo que tan pronto se había concluido aquel oficio, manifestó su descontento al Prelado, el cual por inspiración divina volvió a convocar a los monjes, haciendo que cada uno escribiese en una cedulilla de papel aquellas palabras: REQUIESCAT IN PACE; y puestas en una balanza, con todo el peso del oro, que era mucho, en la otra, al momento bajó la balanza de las cedulillas hasta el suelo, levantando y llevándose la del oro como si fuera una paja; con lo que el joven quedó muy maravillado, SALIÓ DESPIDIÉNDOSE GRANDEMENTE COMPLACIDO Y SATISFECHO DE LO BIEN REMUNERADA QUE QUEDABA SU LIMOSNA.

AHORA ENCOMIENDE A DIOS, CADA UNO DE VOSOTROS QUE LEÉIS ESTO, LAS ALMAS DEL PURGATORIO.

EL PURGATORIO Y LA DEVOCIÓN A LAS BENDITAS ALMAS

sábado, 1 de noviembre de 2014

EJERCICIO DEVOTO EN HONOR DE LA SAGRADA FAMILIA (JESÚS, MARÍA Y JOSÉ) PARA EL PRIMER DÍA DEL MES

   
ACTO DE CONTRICIÓN
Padre Eterno, Padre clementísimo, Señor Dios de las misericordias, Dios piadoso, Dios benigno, Dios de todo consuelo, Dios único refugio de los grandes pecadores: yo, el mayor de todos, vengo a Ti, me postro en tu divina presencia, y con todo el vigor de mi espíritu, confieso delante de tu Majestad mis ingratitudes, mis iniquidades y mis abominaciones.
Señor mío y Dios mío, no soy digno de llamarme ni aun criatura tuya. Tú, Dios omnipotente, me sacaste de la nada, y me escogiste entre infinitas criaturas que te hubieran servido mejor que yo. Tú, gran Dios, has multiplicado esta bondad conservándome la vida en todos los instantes en que me he atrevido a pecar delante del cielo y de la tierra. Tú, Dios misericordioso, me has sufrido, me has tolerado en este último mes, sin embargo de que, ingrato, he demarcado quizá todos mis días con algún crimen; confieso, Dios benignísimo, que en todas sus horas y en todos sus instantes he sido acaso infiel a mis promesas, he quebrantado mis propósitos, y que, lejos de llorar y hacer penitencia de mis antiguas iniquidades, he añadido un pecado a otro pecado, y he puesto delito sobre delito. ¿Qué penitencia será bastante para lavar y purificar tantos y tan monstruosos crímenes? Ninguna, Dios y Señor mío. Para satisfacerte y evitar mi perdición, no tengo otro refugio ni otra esperanza que la de postrarme ante el Trono de tu misericordia, suplicarte que me concedas la gracia de un verdadero dolor de mis culpas, y protestarte delante de tus ángeles y de los hombres que me pesa y que me arrepiento de haberte ofendido, que les tengo y les tendré un odio implacable a mis pecados, y que quisiera deshacerlos, sacrificando en tu honor mil vidas que tuviera. Padre Eterno, escucha mis clamores: no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu divino Espíritu, aparta tu santo rostro de mis iniquidades, vuelve a mí tus ojos de piedad, no veas al hombre pecador, mira el rostro ensangrentado de tu Hijo Jesús, mira todo el mérito de su Madre María, atiende a los servicios de su esposo José, y por su piadosa intercesión, vivifícame, restituyeme a tu gracia, y pon a tus espaldas todas mis iniquidades; fortalece mi fragilidad, sofoca mis pasiones, arranca mis vicios, concédeme la paz del corazón, el gusto de la observancia de tu ley santa, el sufrimiento en los trabajos, la conformidad con tu divina voluntad, la abnegación de mí mismo, y la perseverancia final, para gozarte por los siglos de los siglos. Amén.
  
ORACIÓN
Sagradas personas de Jesús, María y José, nombres dulcísimos sin cuya intercesión no se puede conseguir la salud: rogad por mí, suplicadle al Padre de las misericordias que me perdone todos los pecados que he cometido en este último mes. Jesús amorosísimo, manifiesta al Eterno Padre tus cinco llagas, y pídele que no se pierda en mí el fruto de la perfecta satisfacción que con ellas le diste. Virgen Santísima, por las entrañas sagradas que encerraron al mismo Hijo de Dios, y por los pechos virginales que alimentaron a tu Hijo Jesús, te suplico que ruegues por mí y que me alcances el perdón de mis culpas. Gloriosísimo señor San José, que fuiste exaltado a la dignidad de ejercer en la tierra las funciones del Padre Eterno respecto de Jesús, y las del Espíritu Santo respecto de María: intercede por mí, ruega por mí, y dispénsame tu poderosa protección. Jesús, María y José, nunca se ha oído que quede desamparado quien implora vuestra clemencia; abrid, pues, para mí las entrañas de vuestra misericordia; no permitáis que sea yo confundido; interceded para que se borren mis iniquidades, y alcanzadme un perfecto dolor de ellas, para que en el presente mes no os diguste con mis infidelidades y reincidencias, sino que os ame, os sirva, os adore, os bendiga y os alabe por los siglos de los siglos. Amén.
  
Jesús, José y María, yo os doy mi corazón y el alma mía.
 
Hacer la petición.
   
ORACIÓN
¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! ¡Oh Madre amabilísima de Dios Hombre! ¡Oh José, padre de Jesús y esposo de María! ¿A qué poder más grande que el vuestro podré recurrir para alcanzar las gracias espirituales y temporales que necesito en este mes? Vosotros estáis interesados en el bien de los hombres, los amáis con un amor sumo y perfecto, y deseáis su completa felicidad. Jesús, María y José: según los decretos del Altísimo, estáis constituidos para ser los protectores, los abogados, los defensores, los ministros, los únicos y seguros conductos por donde se nos dispensan sus bondades. El Dios grande e infinito no quiere franquearlas por otras manos, y se complace y tiene verdadera satisfacción en que todos las impetremos por la mediación vuestra. ¿Qué otro patrocinio, pues, debo ni puedo buscar sino el vuestro? No, no queda en mí libertad para solicitar otros abogados. Jesús, María y José: con todo gusto me veo necesitado a recurrir a vuestra protección. Si volvéis a mí vuestro piadoso rostro, con sólo esta gracia vendrán a mí todas las que necesito en este mes; con vuestro auxilio dominaré mis pasiones, triunfaré de mí mismo, me apartaré de lo malo y practicaré lo bueno, buscaré la paz, y la hallaré, y entonces mi alma, mi corazón, mis potencias y sentidos, serán dignos de vuestras bondades. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Deseo transformarme en Vos, deseo no tener más corazón que para amaros, y no deseo otro espíritu sino el mayor para serviros. ¡Oh Dios todopoderoso! Usad conmigo de misericordia; haced que muera, que se aniquile en mí todo el amor propio, toda la inclinación a los vicios y todo el afecto a las criaturas, para que no haya en mí otro amor que el de Jesús, María y José, y para que en todas las horas del presente mes, mis palabras, mis obras y hasta mis últimos pensamientos, sean en Jesús, por Jesús y para Jesús. ¡Oh sagrada e incomparable Familia! ¿Qué cosa podréis pedir al Altísimo, que no se os conceda? Vosotros sois los plenipotenciarios del cielo. Una súplica vuestra impele al Padre Eterno, como que le obliga y pone en necesidad de otorgar vuestras peticiones. Jesús divino, Tú eres el primer Pontífice constituido para ser abogado de todos los hombres. Tú, María Santísima, fuiste creada para ser Madre de Dios y de los pecadores. A ti, glorioso señor San José, encomendándosete el cuidado de Jesús y de María, se te encargó en esto mismo la protección del género humano. Desempeñad estos honrosos y amorosos oficios protegiendo a toda la congregación de la Iglesia santa; atended a sus necesidades actuales, escuchad sus clamores, defendedla de sus enemigos, y conservad pura y sin mancha nuestra santa Religión. Proteged también e iluminad y fortaleced, a todos los jefes de Estado. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Amparad a todos los que en este mes imploren vuestros dulcísimos nombres, confortadlos en vuestro servicio, para que os bendigan y os amen en la tierra, y después os gocen y alaben por toda la eternidad en el cielo. Amén.
   
JACULATORIAS
Jesús amorosísimo, bendito seas, alabado, ensalzado y glorificado, porque te quedaste en el Santísimo Sacramento del Altar por nuestro amor.
Virgen purísima, en Ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque aquel Cuerpo y aquella Sangre los formó el Espíritu Santo en tus virginales entrañas.
José gloriosísimo, en ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque cargaste en tus brazos y alimentaste con el sudor de tu rostro aquel Cuerpo y aquella Sangre que nos sustenta y fortalece.
    
ORACIÓN AL DULCE NOMBRE DEL SEÑOR SAN JOSÉ
Patriarca fidelísimo José, abogado fidelísimo de los mortales, José santo, José justo, José inocente, José bienaventurado: ¡quién pudiera tener siempre en la boca tu santo nombre y no despedir un solo aliento, una respiración, sino acompañada de tu nombre santísimo! ¡Quién pudiera nombrar siempre a José con aquel respeto, con aquel puro amor y con aquella gracia con que lo pronunciaba María Santísima, su esposa! Acuérdate José mío, de aquella prontitud con que acudías a ver a tu esposa cuando te llamaba, y date prisa a acudir a mi mayor necesidad en la hora de la muerte para que, ahuyentando al demonio, despida yo el último aliento envuelto en tu nombre y en el nombre de Jesús y de María.

ORACIÓN A LA DIVINA PROVIDENCIA
¡Tuyo soy, oh Dios mío, tuyo soy! Yo me arrojo a tus brazos; dispón de mí según tu voluntad. Haz de mí todo aquello que quieras; los sucesos y lances de mi vida quiero que todos corran por tu cuenta. Si es de tu agrado enviarme prosperidades, yo los recibiré agradecido, y usaré de ellas como de unos dones venidos de tus manos; si prefieres que pase mis días y mis noches en la amargura de la adversidad, enhorabuena, yo te bendeciré porque así me visitas. Si me concedes ser estimado de los hombres, yo te daré gracias porque has conservado mi honor, cubriendo mis flaquezas; si, por el contrario, dispones que ellos me aborrezcan, yo te ensalzaré por la dicha que me otorgas de parecerme a tu santísimo Hijo, a quien profesó el mundo un odio cruel. ¿Qué temeré yo por nada ni de nadie si Tú eres mi ayuda? ¿Ni cómo podrá asustarme la presencia del mal, estando mi corazón lleno de Ti, que eres el sumo bien? Mas no sólo deseo conformarme con lo que quieras, sino acostumbrarme también a no considerar a las criaturas sino como unos instrumentos de tus disposiciones, Así, yo, lejos de pretender algún mal a los que me dañan, los recomiendo a tu piedad y los perdono. No quiero que haya en mi alma un solo afecto que pueda disgustarte, ni un solo pensamiento que desdiga de la dichosa convicción en que estoy de que debo descansar con toda confianza en tu divina Providencia. Amén.
  
Tu divina Providencia
Se extiende a cada momento,
Para que nunca nos falte
Casa, vestido y sustento.

SUFRAGIOS CON QUE PUEDEN SER AYUDADAS LAS ALMAS DEL PURGATORIO

   
Primeramente, celebrar o hacer celebrar y oír el santo sacrificio de la Misa, que no es necesario que sea de Réquiem para que sirva de sufragio a las almas. Procuren, pues, los reverendos sacerdotes celebrarla con toda devoción, suplicando al Señor que por este medio apague el fuego del purgatorio; los seglares procuren hacerlas celebrar, o a lo menos oírlas devotamente.
  
Refiérese en el tomo tercero de los Anales de Boverio que nuestro Señor reveló a un religioso capuchino las penas del purgatorio, y mirando afligido las que padecían aquellas benditas almas, vio entrar dos ángeles en aquel estanque de fuego: el uno llevaba un vaso preciosísimo lleno de la sangre de Cristo nuestro Señor, que se había ofrecido en el altar por aquéllas; el otro tenía un hisopo en la mano, con el cual iba tomando de aquella preciosísima sangre e iba rociando a las benditas almas que allí padecían; cuantas recibían alguna gota de aquel divino licor quedaban a punto limpias, puras y más resplandecientes que el sol; indicando con ello el Señor cuán eficaz sea el sacrificio de la Misa para librar de aquellas penas a las almas. Añádase a esto la sagrada Comunión y la recepción de los demás Sacramentos, pues que todos son fuentes perennes de gracia y de salud espiritual.
  
Lo Segundo, la oración, ora sea puramente mental, ora vocal ayudada de la mental: la primera porque además de ser impetratoria, que es propio de toda oración y quiere decir que es hábil y a propósito para alcanzar favores y gracias en beneficio del que la hace y de las personas por quienes se hace, participa también de la razón de obra satisfactoria por la mortificación de estar postrado, doblado y otras penalidades que entienden los que de veras quieren tener este género de mortificación. La segunda, que será más afectuosa cuando fuere más acompañada de la mental, esto es, la intención recta y atención devota a lo que se rece, consiste en rezar el Rosario a la Santísima Virgen, el Oficio de difuntos, los Salmos penitenciales y otra cualquier devoción, con tal que sea aprobada por la Santa Iglesia. El que no entiende los salmos rece el Rosario, porque entendiendo lo que reza, tendrá más devoción.
   
Lo Tercero, las obras penales, que son satisfactorias, esto es, que son proporcionadas para hacer penitencia y dar satisfacción por nuestras culpas a la Majestad divina. Tales son: el ayuno, limosna, disciplinarse, cilicio, besar la cruz, estarse con la cruz, y todo género de cristiana mortificación. Se advierte, que a los que no pueden ayunar sin ser notados les es muy fácil privarse de este o de aquel bocado regalado, privarse de visitas curiosas o de alguna otra lícita recreación de los sentidos, cosa que nadie o casi nadie advierte y ante Dios es de mucho valor.
   
Lo Cuarto, de ser posible, tomar bulas de difuntos para ganar la indulgencias plenarias a ellos concedidas. Son innumerables las que se ganan con la bula de la Cruzada: los cofrades del Rosario y los que profesan la tercera regla del Seráfico Padre San Francisco pueden ganar muchísimas, y todos, recorriendo las estaciones del Vía Crucis; también se ganan muchas indulgencias llevando el escapulario del Carmen, por el que son tan asistidas las almas en el sábado; también llevando el cordón de San Francisco o la correa de San Agustín y finalmente, por muchas otras devociones; porque los Sumos Pontífices han sido generosos en conceder indulgencias, porque saben que es el medio más fácil para remediar a los vivos y a los difuntos.

Lo Quinto, todas las buenas obras, los trabajos, enfermedades, las afrentas sufridas con paciencia, se pueden ofrecer a Dios junto con los méritos de la Pasión de Cristo y Dolores de la Santísima Virgen, en sufragio de aquellas almas que, pudiendo valernos mucho a nosotros, a sí mismas no pueden valerse. Y, por lo tanto agradecidísimas a nuestra misericordia, nos alcanzarán, entre otros favores, que el Señor nos guíe por el camino del cielo, en donde ellas y nosotros descansaremos para siempre. Amén.