sábado, 1 de agosto de 2020

«AY DE QUIENES NEGOCIAN CON LOS HEREJES»

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.

La Francia de la segunda mitad del siglo XVI fue azotada por las denominadas Guerras de religión, desencadenadas por la arrogancia hugonote y por las tretas de los “políticos” (se denominaba politiques a los favorables al entendimiento entre los católicos y hugonotes) de la corte, insensible cuando no desobediente respecto a los sabios consejos de la Sede Apostólica que en la defensa del Altar apresuraba al mismo tiempo la defensa del Trono (ver La política anti-hugonote de San Pío V). Al principio de este sangriento período, se tuvieron por iniciativa de la reina madre Catalina de Médici y del Canciller Michel de L’Hôpital, uno de los principales politiques (no por ventura Voltaire le llamó “le plus grand homme de France”) los coloquios de Poissy (9 de septiembre – 14 de octubre de 1561), en los cuales se enfrentaron los representantes de la Iglesia Católica y los de las nuevas religiones. Entre los campeones de la Iglesia estaba Diego Laínez Gómez de León, compañero de San Ignacio y sucesor suyo en la dirección de la Compañía de Jesús (¡evidentemente no los Jesuitas apóstatas de hoy!), que, llegado a Poissy como consejero del Cardenal Hipólito de Este, Legado de Pío IV, reprime a un tiempo las blasfemias de Teodoro de Beza y Pedro Mártir Vermigli y los peligros del Galicanismo. A continuación, el discurso pronunciado por Laínez el 24 de septiembre de ese año:

Diego Laínez Gómez de León SJ
   
«Señora,

Ciertamente no es cosa conveniente que un extranjero se mezcle en los asuntos públicos de un país diverso del propio; ni mucho menos, pero siendo que la Fe no es negocio de algunos reinos solamente, sino de todos los lugares, no me parece fuera de propósito exponer a Vuestra Majestad alicuantas consideraciones que aquí se me presentan al pensamiento. Hablaré en general sobre lo que se hace en aquesta asamblea, y responderé en particular a algunas objeciones de Fray Pedro Mártir [Nombre de religión que asumiera Pedro Mariano Vermigli en los Canónigos Regulares Lateranenses, y que continuó usando una vez apostató al protestantismo. Al ser llamado “fray” por el padre Laínez, aquel se sonrojó, porque le recordó el hábito de que se despojó y los votos que abjuró. N. del T.] y de su colega.
 
En cuanto al primer punto, si bien recuerdo aquello que he leído, si me aconsejo con los documentos de la experiencia, paréceme cosa asaz peligrosa el negociar con aquellos que son fuera de la Iglesia. Ni se tendría que escucharlos: empero que, como excelentemente dice el Sabio, en el libro del Eclesiástico: “¿Quién habrá compasión del encantador mordido de la serpiente, y de aquellos todos que se acercan a las feroces bestias? Quis miserébitur incantatóri a serpénte percússo, et ómnibus qui appropínquant béstiis?” (Eccli. XII, 15).

Para enseñar a tenernos en guardia de aquellos que se han desatacado de la Iglesia, la Escritura los trata de serpientes, y, ciertamente en ocasión de la perfidia de sus artífices, llámalos también lobos enmascarados so piel de cordero, in vestiméntis óvium (Matth. VII, 15), como zorros merodeadores los apela (Cant. II, 15, Luc. XIII, 15). Tal por verdad fue siempre la ordinaria conducta conducida por los herejes. Los Pelagianos, por ejemplo, negaban la necesidad de la gracia de Dios, y reconocían en la humana natura fuerzas que esta no tiene; pero, estrechados de superiores eclesiásticos, confesaban en su presencia ser necesaria la gracia a la salvación. Cosa la cual por otra parte no los disuadía de decir secretamente a sus discípulos la gracia no ser otra cosa que la natura, donde el Señor habíanos hecho puramente gratuito. Otros sectarios negaban la resurrección de los cuerpos; y mantenían sola el alma resurgir cuando es justificada. Y demandados en público de su creencia en orden a la resurrección, y en más particular modo en orden a la resurrección de la carne, respondían ortodoxos, mas en privado después y en presencia de sus adeptos afirmaban haber querido decir que sola el alma  resurge en la carne en el momento que es justificada.
 
Así ha sucedido por la mayor parte de los herejes. No ha sido menos todas las sectas están de acuerdo en general en reconocer una Iglesia Católica, ministros legítimos, la autoridad de los libros de las Santas Escrituras, o por lo menos algunos de ellos. Verdad es que constitúyense a sí mismos en Iglesia Católica: sus ministros son los legítimos sacerdotes; la interpretación que ellos dan de las Escriturases la verdadera y la ortodoxa. Mas, si debemos decir la verdad, no presentan más que una sombra, que un fantasma de la Católica Iglesia, de su sacro sacerdocio y de la autoridad infalible que en ella reside para declarar y proponer el verdadero sentido de las divinas Escrituras.
 
Mucho es necesario ahora que quien lo escucha, téngase en guardia de la seducción. A tal fin yo debo, Señora, indicar a Vuestra Majestad dos expedientes, el uno de los cuales paréceme excelente, y el otro no del todo malo.
 
El primer medio que propongo a fin de premunirnos de las seducciones de la herejía, es de bien entender no pertenecer ni a Vuestra Majestad ni a algún otro príncipe temporal el tratar los negocios atinentes a la Fe, porque ellos no tienen la potestad de definir tal manera de controversias, y porque por otra parte no son ejercitados a ver de fondo en aquestas sutilezas y abstracciones. Y si justo es, como dice el proverbio, que cada artífice trate las cosas de su arte (Tractent fabrília fabri), conviene también dejar a los sacerdotes el derecho de ocuparse de los negocios de la Religión: conviene precípuamente dejar al Sumo Pontífice y al Concilio General decidir las cosas de la Fe, causæ majóres, que a ellos únicamente competen.
 
Ahora, puesto que está abierto un Sínodo Ecuménico, no me parecería legítimo ni conveniente el tener particulares asambleas. Por esta razón los Padres del Concilio de Basilea [Concilio de Florencia] vetaron que durante su unión y también seis meses antes, no se convocase ningún Concilio provincial.
 
He aquí pues el  primer medio que tengo para proponer a la Majestad Vuestra, medio de todos el mejor y más concluyente. Se deberían mandar a Trento los Perlados, los Teólogos, y todos los religionarios aquí presentes [A la sazón, el Concilio estaba suspendido desde abril de 1552, y Pío IV, reinante durante los Coloquios de Poissy, reanudó las sesiones del Concilio el 18 de Enero de 1562, N. del T.]. Aquel Concilio es el encuentro de los doctos de todos los países. Él ha por derecho cierto la infalible asistencia del Espíritu Santo; la cual cosa no se puede ciertamente esperar en aquestas particulares sesiones.
 
Los doctores de la nueva religión, si todavía, como golpean soberbios, tienen sincero deseo de conocer la verdad, dirigirse con perfecta seguridad. El Sumo Pontífice dará sus salvoconductos y todas las necesarias garantías. Si bien, a decir verdad, yo no pienso que deseen el ser instruidos, pero sí más verdaderamente instruir o de dirigir a los otros y de expandir en todo lugar el veneno de sus doctrinas [Los protestantes, a pesar de contar con salvoconducto pontificio e imperial, se rehusaron a asistir, como quiera que, amén de exigencias irrazonables como un “Concilio libre”, seguían a sus fundadores Martín Ludero/Lutero -que se suicidó dos meses después de inaugurado el Concilio- y Yohanán Cohen/Juan Calvino en su inquina contra el Papa llevada a términos asquerosos incluso para un acatólico y en que “no necesitaban el Concilio, por estar seguros en el Espíritu Santo en sus cosas”. De ahí que posteriormente no se consideró necesario invitarlos. N. del T.]. De hecho, en vez de escuchar los oráculos y los pastores de la Iglesia, nosotros los vemos premurosos de predicar ellos mismos y de proferir interminables habladurías.
 
Respecto al segundo medio, que, sin ser bueno, no es malo, hélo aquí: Puesto que Vuestra Majestad por indulgencia hacia los modernos Sectarios, y para hacer prueba de ganarlos ha querido permitir aquestas conferencias, demandaré que ellas se tengan solamente en la presencia de personas instruidas; empero que no sería para estas personas peligro ninguno de pervertimiento; que en cambio serían capaces de convencer y de iluminar a aquellos enceguecidos más que todo por el error que pervertidos por testarudez de orgullo. De aquí también esta ventaja vería que a Vuestra Majestad y a estos honorables señores evitaríanse el fastidio de luengas e intricadas discusiones.
 
Todo lo que había prometido en segundo lugar de responder a algunas objeciones, no lo creo de menos necesario, puesto que, gracias al ilustrísimo Cardenal de Lorena [Carlos de Guisa, arzobispo-duque de Reims y Par de Francia, Primado de la Galia Bélgica, y Superintendente de Finanzas del reino, N. del T.] y a la docta argumentación de muchos maestros, los fautores de la nueva religión fueron suficientemente convencidos de mentira, principalmente in aquello que concierne a su supuesta misión y a la profesión por ellos hecha de no reconocer ninguna verdad, desde que no sea contenida en palabras expresas en las Divinas Escrituras. Así pues, me queda poco que agregar.
 
Objetan nuestros adversarios que los Obispos asuntos a prelatura por simonía no son legítimos pastores: a lo que respondo con cuanto fue definido y tan bien definido sobre este punto. Suponed con todo que hubiese realmente algún prelado simoníaco, que no haya entrado por la verdadera puerta en el redil de Jesucristo, y que, por consecuencia, devenga a los ojos de Dios reprensible y culpable: hasta que no fuere convicto y declarado reo en el fuero exterior, él es legítimo Obispo a los ojos de los Fieles y de la Iglesia, la cual de los internos secretos de la conciencia no juzga. Dios mismo, por lo que concierne a la administración de los Sacramentos y de la verdadera Doctrina, valdríase del ministerio de prelado indigno como de los otros Obispos buenos y fieles: empero que el derecho de condenar en la Iglesia es una gracia concedida para el provecho de los demás, y el Señor no hace al mundo cristiano imputable de los pecados secretos de aquellos que lo gobiernan.
 
Pedro Mártir ha puesto ahora que sería mejor que el pueblo nombrase, como en antiguo, a sus propios pastores, de lo que se parece ser él venido aquí más que todo para dictar que para recibir la ley. Hubo diversas maneras de elección, no lo niego, mas en todas ha habido abusos; y esto es verdad irrepugnable. Así por un tiempo fueron electos los Papas por el clero y el pueblo romano: después por solo el clero. Aqueste modo de elección se practica también hoy no solamente en Roma para el Papa, sino también para los Obispos en toda la extensión de la Alemania. En otros tiempos, los emperadores designaban los Papas, como en nuestros días los reyes de Francia y de España nombran los Obispos [El “Derecho de Presentación” era la potestad que tenían los reyes de presentar al Papa una terna para que este escogiera los obispos. En España, este derecho fue reconocido desde los tiempos de los Reyes Católicos, y aunque fue suspendido durante la 2ª República, fue restablecido a favor del Generalísimo Franco mediante el Concordato de 1953, pero tras su desconocimiento luego del Vaticano II y su renuncia por el “rey” Juan Carlos I Puigmoltó-Borbón, fue eliminado por el Acuerdo del 28 de Julio de 1976 -aunque igual, no habría tampoco, pues la iglesia conciliar no tiene poder sacramental ni de jurisdicción-, N. del T.]. Ahora, en todas estas guisas de elección, insinuáronse o pudiéronse insinuar abusos. De heco, es por lo menos tan fácil el corromper a muchos entre el pueblo, como el ganar por vías ilícitas los  electores ecclesiásticos o los príncipes temporales. Admitidos estos hechos, subsiste igualmente el pecado de simonía.
   
Así, el argumento que quiérase deducir del peligro de simonía en la elección de los Obispos, puede ser obrado contra la elección popular y contra la hecha por el príncipe, en nombre del pueblo que representa, y de los cuales ha el presunto consenso.
 
Siguen después los sofismas de fray Pedro Mártir para probar el mandato de los apóstoles del nuevo Evangelio. Los Apóstoles y los Profetas, dice él, han predicado sin haber recibido la imposición de las manos; y en la guisa que la mujer de la ley mosaica circuncida ella misma a su propio hijo en caso de necesidad, y como un Turco puede, en igual caso, bautizar a quien desea hacerse Cristiano; símilmente, concluye él, los nuevos doctores ejercitan por necesidad y legítimamente los ministerios de la Iglesia, aunque no fueren mandados por los superiores eclesiásticos, ni consagrados por la imposición de manos. ¡Ante todo he bien de aterrorizarme que nuestros adversarios se pongan a par de los Apóstoles y de los Profeta! Los Profetas y los Apóstoles, dejando estar la santidad de la vida, habían mandato inmediato de Dios. Ahora el Señor no está obligado a imponer las manos a sus ministros. Él puede sin obrar materia ni forma sacramental producir el efecto anexo a los Sacramentos. Ítem, los profetas y los apóstoles no predicaron nada que fuese opuesto a las verdades ya reveladas: con gran número de prodigios y de obras sobrenaturales confirmaron su misión, como vemos escrito de los Apóstoles y de muchos de los Profetas.Si algunos de estos no obraron milagros, la profecía misma, la cual es un efecto sobrenatural, era la prueba de su mandato. ¿Cuánto pues a nuestros predicadores, donde hay la santidad de la vida y la doctrina que enseñan no es formalmente contraria a las verdades como son definidas por la Iglesia universal?
 
Finalmente, luego que fray Pedro Mártir ha exhortado a sus oyentes a confesar su propia fe; también yo, Señora, confieso todo aquello que he dicho de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía en la memoria de su Pasión. Confieso ser esto una verdad de la Fe Católica por la cual, con la gracia del Señor, estoy pronto a morir. Suplico por tanto a Vuestra Majestad defender y profesar siempre la católica verdad, como hace, y de temer más a Dios que a los hombres. Luego este supremo Señor protegerá a vos y vuestro hijo, el Rey Cristianísimo [Carlos IX de Valois, N. del T.], conservará vuestro reino temporal y os dará el eterno.
 
Si, por el contrario, hacéis menor cuenta del temor de Dios, de su amor, y de la fe en Él, que del temor y del amor de los hombres, ¿no os pondríais tal vez en peligro de perder el reino espiritual junto con el terrestre? Espero de Dios Nuestro Señor que no os aguarde tanta desventura. Espero antes de su Bondad que conceda a vos y a vuestro hijo la gracia de perseverar. No permitirá Él que una nobleza como esta aquí congregada, que un reino cristianísimo que fue ejemplar y norma a los otros, abandone la Católica Religión. No conviene que este reino y esta nobleza se dejen contaminar del contagio de las nuevas sectas y de los errores modernos».
  
(JACQUES AUGUSTIN MARIE CRÉTINAU-JOLY, Historia religiosa, política y literaria de la Compañía de Jesús, tomo I.).

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