viernes, 20 de noviembre de 2020

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO - DÍA VIGÉSIMO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
   
DÍA 20 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: CON LOS SUFRAGIOS HECHOS A LAS ALMAS DE LOS DIFUNTOS, SE IMITA Y SE COMPLETA LA REDENCIÓN DEL SALVADOR.
    
PUNTO PRIMERO
La obra de la Redención fue la obra digna de un Dios, y el imitar tamaña obra es casi lo mismo que asemejarse a la Divinidad. Alegrémonos, pues, ¡oh cristianos!, porque todos podemos ser imitadores de una obra tan santa, enviando al Purgatorio sufragios en abundancia. Pues Jesucristo con la Redención libró al mundo del reato de la culpa, y nosotros con los sufragios borramos también en aquellas almas las manchas de sus defectos; Jesucristo salvó al hombre de la deuda de la pena eterna, y nosotros con los sufragios satisfacemos también por lo restante de la pena de que son deudoras aquellas almas con la divina justicia; Jesucristo con sus gracias hizo recobrar al hombre la amistad de Dios y entrar de nuevo en el derecho a la eterna felicidad, y nosotros con los sufragios enviamos también aquellas almas al seno de Dios, y las ponemos en la plena posesión del bienhadado reino. Podemos, pues, todos hacernos redentores del Purgatorio y dignos imitadores de Jesucristo. Y ¿quién no querrá participar de tanta gloria?
   
PUNTO SEGUNDO
Jesucristo bajó del Cielo para redimir al mundo, se vistió de nuestra frágil humanidad, y desembolsó para nuestro rescate su Sangre preciosísima. No se exige tanto de nosotros para ser redentores del Purgatorio. No es necesario que sacrifiquemos nuestra vida, que nos privemos de todos nuestros bienes. Si los sacrificios que se hacen en el mundo, si todo lo que se emplea en juegos, en vanidades, en pecados, lo aplicásemos en sufragio de las almas santas, ¡oh, cuánta parte de su deuda quedaria satisfecha! Si, como hacían los primeros cristianos, ofreciésemos cuanto padeció Jesucristo por la redención del mundo para rescate del Purgatorio, ¡oh, cuántas almas libraríamos de aquel piélago de miserias, y enviaríamos a endiosarse en el Cielo con el infinito valor de aquella Sangre preciosísima! Valgámonos, pues, para bien nuestro de los medios que Dios nos da en el orden de la naturaleza, de los que Jesucristo nos suministra en el orden de la gracia, y podremos enviar del Purgatorio al Cielo un infinito número de almas.
    
PUNTO TERCERO
Mas qué, ¿por ventura con los sufragios se redimen únicamente las almas del Purgatorio? Elevemos nuestro pensamiento, ¡oh cristianos!, y conoceremos que Jesucristo no abandona a las infelices en lo profundo de aquella cárcel, sino que en su compañía padece también Él entre las llamas como Redentor en sus redimidas, como padre en sus hijas, como amante en sus esposas, como cabeza en sus miembros. Y este Redentor afanado, este padre afligido; esta dolorida cabeza, este amante impaciente se dirige hácia nosotros desde aquella lóbrega cárcel para que nos movamos a piedad de Él no menos que de aquellas almas, y oigamos cómo nos repite con las más lastimosas voces lo que en vida mortal decia de sus pobres, a saber: que cuanto hagamos en favor de aquellas pobres almas Él lo acepta como hecho a Sí mismo, como si Él fuese el paciente que por nuestros sufragios debiese salir libre de aquel martirio. ¿Puede acaso apetecerse motivo más poderoso, o de mayor peso que éste, para determinarnos a una obra de tanta piedad? Como descendió, pues, un tiempo el Salvador al Purgatorio para dar la libertad a las almas que en él penaban, descendamos también al presente nosotros con abundantes sufragios para granjearsela a Él no menos que a ellas.
   
ORACIÓN
¡Oh Señor nuestro Jesucristo! Nosotros vemos muy bien que la causa del Purgatorio no es solamente propia de aquellas almas, sino también de Vos, que padecéis en cierto modo en su compañía. Ya Vos nos enseñásteis con vuestra redención cuánto merecen las almas, y nuestras obligaciones para con Vos nos enseñan cuánto merecéis Vos mismo. Por Vos, pues, y por ellas queremos hacer todo esfuerzo posible para redimiros juntamente con ellas de las atrocísimas penas del Purgatorio. Tomaremos de Vos el ejemplo que nos disteis para que le imitásemos; pero mientras nosotros le imitáremos, haced que seamos vuestros verdaderos discípulos y secuaces, no solo por la intención, sino también por el efecto, procurando al Purgatorio completa redención con una no interrumpida serie de sufragios, hechos eficaces por el mérito de vuestra preciosísima Sangre.
   
EJEMPLO: La gran sierva de Dios sor María Villani, del orden de santo Domingo, había meditado un día con singular afecto sobre la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo en descuento de las penas que sufrían las almas del Purgatorio el valor y el mérito de cada instrumento de la misma, cuando en la noche siguiente vio en un éxtasis misterioso desfilar delante de sí una larga serie de personas nunca vistas. Marchaba delante de todas ellas una virgen con gloriosa palma en la mano como en señal de triunfo, y tras de ella muchas personas vestidas de blanco, repartidas en dos distintas clases, de las cuales unas llevaban con suma veneracion la cruz, otras los clavos, otras las espinas, cuál los azotes, cuál la columna, esta la lanza, aquella los cordeles, algunas los martillos, y la manopla, y el vaso, y la esponja, y la caña, y todas, en suma, las insignias sacratísimas de la redención del Hijo del Hombre. El término a que se dirigían era un suntuosísimo templo donde al entrar depositaba cada una con profunda reverencia sobre un altar de oro el propio instrumento a los pies de un Señor que tenía semblante divino, y de cuyas manos recibía en cambio una corona resplandeciente con que era declarada su esposa y amada reina. Por lo cual, dirigiéndose todas rebosando de júbilo a la vírgen que las guiaba, le tributaban solemnísimas acciones de gracias por haberlas acarreado tamaña ventura. La visión fue de mucho consuelo para la sierva de Dios, pero debe ser para nosotros de mucho mayor estímulo a imitarla fielmente, pues el suntuosísimo templo a donde aquella devota turba se dirigía es el Cielo, último fin y centro de la humana felicidad: aquellos cándidos personajes que llevaban los instrumentos venerables de la Pasión eran las almas del Purgatorio, libertadas en virtud de la oferta hecha de ellos a aquel divino Señor: Este, en el acto de remunerarlas con inmortal corona, representaba a Dios, que les ceñía las sienes con la corona de la gloria eterna; y la virgen que las guiaba al altar con la palma en la mano significaba la venerable sierva de Dios, que, como gloriosa redentora del Purgatorio, entregaba las ánimas rescatadas al trono del Eterno. Apliquemos, pues, nosotros con sentimientos de fervorosa piedad la Pasión de Jesucristo en favor de los difuntos, y redimiremos también no pocas almas de aquellas acerbísimas penas. (Fray Domingo María Marchese, en la Vida de María de Villani, lib. 2, cap. 5).
  
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
  
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Spíritus Dómini misit me ut prædicárem annum placábilem Dómino, ut consoláre omnes lugéntes. (Isai. 61, 1 y 2). El espíritu del Señor desea de nosotros que propaguemos la devoción hacia las almas del Purgatorio, para consolarlas con abundantes sufragios que vayan siempre en aumento.
   
Ocupándose cierto día Santa Margarita de Cortona en rogar por las benditas almas, se le apareció el Redentor, y «ve, la dijo, ¡oh sierva mia!, ve en calidad de mi embajadora a la religiosa familia de San Francisco, y anúnciala de mi parte que haga a menudo memoria en sus devotos ejercicios de las almas de los difuntos y no las abandone jamás, como lo hacen tantos aun entre sus más estrechos parientes y amigos». Esta misión de Santa Margarita sea tambien misión nuestra, y no nos contentemos con sufragar solos nosotros a las almas, sino procurémosles también sufragadores con el ejemplo, con las palabras, con los consejos, y particularmente con traerlos a esta santa devoción, y entonces podremos con verdad llamarnos redentores y apóstoles del Purgatorio. (P. Juan Bolando, en Acta Sanctórum, 22 de Febrero, en vila Santa Margarita de Cortona).
  
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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