viernes, 4 de octubre de 2019

EL VALOR SIMBÓLICO Y LA HISTORIA DE LA TAU

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
El pueblo hebreo, como muchas culturas antiguas, ha elaborado progresivamente una teología o una interpretación espiritual complementaria adaptada a cada letra de su alfabeto.
  
Puesto que la escritura hebraica, y por consiguiente el alfabeto hebreo no fue codificado formalmente hasta casi 200 años después del nacimiento de Cristo, muchas letras eran tal vez trazadas en formas distintas según la región donde vivían los hebreos, tanto en Israel como en la “diáspora”, prevalentemente en el mundo grecohablante.
  
La última letra del alfabeto hebraico representaba el cumplimiento de toda la palabra revelada por Dios. Esta letra era llamada TAU (o TAW, pronunciado Tav en hebreco), que podía ser escrita como 𐤕, ✝ o T. Esta letra tiene agregado un valor simbólico desde el Antiguo Testamento; se habla en el libro de Ezequiel: «El Señor dice: Pasa en medio de la cudad, en medio de Jerusalén, y signa una Tau sobre la frente de los hombres que suspiran y lloran…» (Ezeq. 9, 4).
  
En este mismo pasaje el Profeta Ezequiel recomienda a Israel que permanezca fiel a Dios hasta el final, para ser reconocido como simbolicamente señalado con el “sello” de la TAU sobre la frente cual pueblo escogido de Dios hasta el final de la vida. Aquellos que permanecieron fieles eran llamados el resto de Israel; eran frecuentemente gente pobre y sencilla, que tenía su fe en Dios también cuando no dejaban de darse razones de la lucha y de la fatiga de la vida.
  
Si bien la última letra del alfabeto hebraico no tiene más la forma de cruz, como en las variantes descritas anteriormente, los primeros escritores cristianos habrían utilizado, al comentar la Biblia, su versión griega llamada de los “Setenta”. En esta traducción de las Escrituras Hebreas (Antiguo Testamento), la TAU era escrita como T.
  
Con este mismo sentido y valor se habla también en el Apocalipsis (Apoc. 7, 2-3). La Tau es por eso señal de redención. Es signo exterior de aquella novedad de vida cristiana, más interiormente signada por el Sello del Espíritu Santo, dado a nosotros como don el día del Bautismo (Efe. 1, 13).
  
La Tau fue adoptada rápidamente por los cristianos por un doble motivo. Esto, precisamente como última letra del alfabeto hebreo, era una profecía del último día y tenía la misma función de la letra griega Omega, como aparece incluso en el Apocalipsis: «Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin. A quien tenga sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida… Yo soy el Alfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Apoc. 21,6; 22,13).
  
He aquí por qué para los cristianos la TAU comenzó a representar la Cruz de Cristo como cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. La cruz, prefigurada en la última letra del alfabeto hebraico, representaba el medio con el cual Cristo ha reparado la desobediencia del viejo Adán, deviniendo nuestro Salvador como “nuevo Adán”.
  
Durante el Medioevo, la comunidad religiosa de San Antonio Eremita, con la cual San Francisco era familiar, estaba muy comprometida en la asistencia a los leprosos. Estos hombres usaban la cruz de Cristo, representada como la TAU griega, como amuleto para defenderse de las llagas y de otras enfermedades de la piel. En los primeros años de su conversión, Francisco habría laborado con estos religiosos en la zona de Asís y habría estado hospedado en su hospicio junto a San Juan Lateranense en Roma. Francisco habló a menudo del encuentro con Cristo, escondido bajo el aspecto de un leproso, como el punto de partida de su conversión. Es por tanto indudable que Francisco, en seguida, habría adoptado y adaptado la TAU como distintivo o firma, combinando el antiguo significado de la fidelidad para toda la vida con el mandato de servir a los últimos, los leprosos de su tiempo.
  
La simbologia del TAU adquirió un significado aún más profundo para San Francisco, desde el momento en que en el 1215 Inocencio III promueve una gran reforma de la Iglesia Católica y él escuchó [1] el sermón del Papa en la apertura del IV Concilio Lateranense, conteniendo la misma exhortación del profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento: “Estamos llamados a reformar nuestras vidas, a estar en la presencia de DIOS como pueblo justo. Diso nos reconocerá con el signo Tau impreso sobre nuestras frentes”. El anciano papa, al retomar este símbolo, habría querido –decía– ser él mismo aquel hombre “vestido de lino, con una bolsa de escriba al flanco” y pasar personalmente por toda la Iglesia para signar una Tau sobre la frente de las personas que aceptaban entrar en estado de verdadera conversión [Inocencio III, Sermón VI (PL 217, 673-678)].
  
Esta imagen simbólica, usada por el mismo Papa que sólo 5 años antes había aprobado la nueva comunidad de San Francisco, fue inmediatamente acogida como invitación a la conversión. Por esto, grande fue en San Francisco el amore y la fe en este signo. «Con tal sello, San Francisco firmaba cada vez o por necesidad o por espíritu de caridad, enviaba alguna carta suya» (FF 980); «Con eso daba inicio a sus acciones» (Fr 1347).
  
Si San Francisco adoptó la TAU como sello personal, “signo manual” como se decía en sus tiempos y con ella firmaba cada escrito suyo, el beato Tomás de Celano nos presenta otro uso de su parte: él lo trazaba sobre muros, sobre puertas, y sobre las columnas de las celdas. ¿Cómo no pensar en esto case, no solamente en Ezequiel, donde se trataba de sellar las frentes con el signo de la salvación, sino en el libro del Éxodo, en el cual el signo de la salvación no era otro sino la sangre del cordero pascual sobre el arquitrabe de las puertas? La Tau era por tanto el signo más querido para San Francisco, la señal reveladora de una convicción espiritual profunda que solo en la cruz de Cristo es la salvación de todo hombre.
  
La afirmación de Tomás de Celano concerniente a la escritura de la Tau sobre los muros, es confirmada por la arqueología: en el tiempo de la restauración de la capilla de Santa Magdalena en Fonte Colombo fue reencontrado en el vano de una ventana, del lado del Evangelio, una Tau pintada en rojo, recubierta con una tinta del siglo XV. Este diseño remite al mismo San Francisco.
  
San Francisco de Asís hacía referencia en todo a Cristo, a lo último; por la semejanza que la Tau tiene con la cruz, era tan querido este signo, que ocupó un lugar relevante en su vida como también en sus gestos. Este comportamiento, tenido por San Francisco, era notable en una época en la cual toda una corriente cátara o neomaniquea rehuía del mismo signo de la Cruz, considerándolo indigno de la obra redentora de Dios.
  
Con los brazos abiertos, San Francisco a menudo decía a sus hermanos que su hábito religioso tenía el mismo aspecto de la TAU, entendiendo que estaban llamados a comportarse como “crucificados”, testigos de un Dios compasivo y ejemplo de fidelidad hasta la muerte.
  
Fue por esto que San Francisco fue a veces llamado “el Ángel del sexto sello”: el ángel que lleva, él mismo, el sello del Dios viviente y lo signa sobre la frente de los elegidos (cf. Ap. 7, 2 s.) y San Buenaventura podrá decir después de su muerte: “Él tuvo del cielo la misión de llamar a los hombres a llorar, a lamentarse… y de imprimir la Tau sobre la fronte de aquellos que gimen y lloran” [San Buenaventura, Legénda major, 2 (FF, 1022)].
  
No podemos no recordar la Bendición para el fray León, custodiada en la sacristía del Sacro Convento de Asís. El ramo vertical de la Tau trazada por la mano de San Francisco, atraviesa el nombre del fraile; y este es un hecho intencional. Nos recuerda el uso tradicional en la época de las catacumbas, en los cuales a menudo aparece la Tau: una gran evidencia en un nombre propio de cuyas letras no hace menos parte.
  
Hoy los seguidores de San Francisco, laicos y religiosos, portan la TAU como signo externo, como “sello” del propio compromiso, como recuerdo de la victoria de Cristo sobre el demonio a través del cotidiano amor oblativo. Se trata del signo distintivo del reconocimiento de su pertenencia a la familia o a la espiritualidad franciscana. La Tau no es un fetiche, ni mucho menos un ninnolo: este, signo concreto de una devoción cristiana, es sobre todo un compromiso de vida en el seguimiento de Cristo pobre y crucificado.
  
El signo de contradicción se ha convertido en signo de esperanza, testimonio de fidelidad hasta el término de nuestra existencia terrena.
  
NOTA
[1] La participación de San Francisco de Asís en el Concilio Lateranense como líder de un movimiento espiritual (la suya estaba entre las nuevas fundaciones de las cuales se trató en el Concilio) es atestiguada por distintas fuentes. Una de las más antiguas y autorizadas es Ángelo Clareno, en su Exposición de la Regla (redactada entre 1321 y 1323).

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