sábado, 12 de octubre de 2019

¿QUÉ DIRÁ BERGOGLIO, QUE VIVE EN ROMA, QUE LE ESTÁN PROFANANDO A SU PALOMA?

Por Pedro Sotomayor para ALERTA DIGITAL. Ayer 11 de Octubre del presente, a las 17:00h, el régimen pepesoepodemita de Pedro Sánchez Pérez-Castejón ordenó el cierre de la Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, para preparar la profanación de los restos mortales del Generalísimo Franco entre el 18 y el 25, por indicación del Consejo de Ministros.

   
(Antes que nada, en prevención ante los listillos y censores que se echarán las manos a la cabeza ante el titular de este artículo ―que es una paráfrasis de un estribillo perteneciente a la canción «¿Qué dirá el Santo Padre?», de la cantautora roja chilena Violeta Parra―, tengo que decir que hay veces que la creación literaria debe someterse a las exigencias del guión, y el guión que toca hoy es que voy a referirme a la actitud de Bergoglio ante la profanación de la tumba de Franco. Y de paso les recuerdo a esos sabelotodos que censuras ya tenemos bastantes en la dictacracia que padecemos, así que basta ya de pretender mojar la oreja a los que batallamos con la literatura).
  
Cuando le presentaron a Bergoglio la solicitud del gobierno del Profanador para mancillar la tumba de Franco ―salvador de la Iglesia española ante el Terror Rojo, Caballero de la Suprema Orden de Cristo― el pampero acarició suavemente con sus dedos ensortijados el marco de la fotografía de Hugo Chávez que sacó de un cajón de la mesa de su despacho, y, recordando la famosa expresión del dictador venezuelo ―esa en la que decía «¡Exprópiese!», sin inmutarse, ante la confiscación de bienes ajenos―, exclamó a su Secretario de Estado: «¡Profánese!».
   
«¡Expúlsense!», farfulló ante la exigencia del Profanador de echar a los benedictinos del Valle, para secularizar el conjunto y convertirlo en un parque temático de la dictadura franquista.
   
«¡Demuélase!», masculló impertérrito cuando se le comunicó que el Profanador también quería ser El Demoledor, echando abajo la Cruz del Valle de los Caídos ―Eso sí, se negó a que se dinamitara la Cruz, como le pedía la extrema izquierda española, porque eso cantaría demasiado ante la opinión pública internacional―.
   
«¡Grávese!», exclamó el argentino ante la pretensión de la izquierda de gravar a la Iglesia con el IBI y retirarle la casilla de la declaración de Hacienda.
   
«¡Exprópiese!», sentenció Bergoglio cuando le consultaron la posibilidad de expropiar la mezquita de Córdoba, la Seo de Zaragoza, y un sinfín de bienes inmatriculados de la Iglesia.
   
«¡Exhúmense!», gritó, al enterarse de que el Profanador ―totalmente fuera de control, echando espuma por la boca― pretendía exhumar los cadáveres de todos los obispos y cardenales que bendijeron a Franco, en especial los de los cardenales Gomá y Pla Deniel.
   
«¡Absuélvanse!», recomendó Jorge Mario a los jueces que juzgan casos de blasfemias y delitos contra los sentimientos religiosos, convencido de esta absolución ante el ominoso silencio de las jerarquías españolas, que no han denunciado ni uno solo de los cada vez más frecuentes ataques a la fe católica.
   
«¡Olvídense!», exigió Bergoglio, ante la pretensión de algunas asociaciones por exigir reconocimiento oficial a las víctimas del Terror Rojo.
   
«¡Legalícese!», pontificó ante los rumores que le llegaron de que los izquierdistas pretendían legalizar la blasfemia.
    
«¡Procédase!», exhortó el argentino ante el propósito del Profanador de retirar de los espacios públicos cualquier símbolo cristiano.
   
«¡Hágase!», incitó Bergoglio a los legisladores del Kongreso que quieren hacer una ley para suprimir la enseñanza de la religión católica en las escuelas españolas.
   
«¡Prohíbase!», espetó con determinación ante la pretensión de los patriotas de que algún sacerdote oficiara misas por Franco el 20-N.
   
… Ahora vienen a por el Vatikano, pero ya es tarde…
   
POSDATA: Pasaron algunos años, sobrevino la III Guerra Mundial, que devastó la Tierra, y surgió el Anticristo ―Bergoglio ya no vivía en Roma, que había sido incendiada―, quien implantó el microchip luciferino, y en los días postreros la cola de un cometa destrozó el planeta con una apocalíptica lluvia de fuego.
   
Sobrevinieron entonces tres días de oscuridad, tras los cuales el arcángel San Miguel se vistió su coraza, empuñó su lanza, y convocó a sus milicias angélicas para descender sobre la Tierra, a cuyo frente iba el mismísimo Cristo Nuestro Señor.
  
Y entonces se escuchó una voz en la bóveda celestial, que decía: «¡Júzguese!».

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