martes, 15 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA DECIMOQUINTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XIX. MISTERIO TERCERO: JESUCRISTO CORONADO DE ESPINAS
Este misterio entre los de la Pasión de Jesucristo es como todos de admiración grande, de acertadísima enseñanza, de poderosísima eficacia para hacer amar al Redentor. La Santa Iglesia nos ofrece en una de sus nuevac fiestas de más reciente institución, la escena de Jesucristo coronado de espinas, en términos de tiernísimo reproche a la cruelísima dureza judáica; es este un rasgo felicísimo como tantos otros del oficio divino del Breviario: «Salid y ved, hijas de Sión, al Rey Salomón con la diadema con que le coronó la madre suya en el día de sus desposorios, en el día de la alegría de su alma».
  
Coronarle de espinas, vestirle púrpura regia de burlas y entregarle cetro de vulgar caña, eso es lo que hacen con el Deseado heredero de David los hijos de Judá. Es decir, que a satanás y a sus hechuras no se ha de escapar género alguno de daño, de ofensa, de crueldad, que no apronten para infligirlo a ese Mesías cuya invicta paciencia y mansedumbre les ha vuelto tan dementes de rabia como cuerdos y atinadísimos de encono. La hábil ciencia de ellos es la del daño y de la malignidad; sus delicias el tormento sufrido por su enemigo. En todo iban prudentísimos los perversos; mas toda esa su obra, punto por punto sería un poco después aprovechada y convertida por el Dios excelso, al bien y gloria del ofendido Jesús y de sus fieles. ¿Qué no inventó de males satanás y los suyos? ¿Qué tormento no entró en el gran inventario de las atrocidades posibles para tomar al Redentor la palabra empeñada de padecerlo todo por los redimidos? Lo que sí tiene de ser verdad es que esos malvados no sospechaban decisivamente ser Jesús el Hijo de Dios, ni menos que su gran plan consistía en la maravilla de que lo inepto iba a ser ordenado a la aptitud, lo doloroso a lo gozoso, lo humilde a lo sublime, lo oprobioso a lo honorífico, lo repugnante a lo apetecible, la enfermedad a la salud, el vencimiento a la victoria, la muerte a la vida, la caida en lo profundo a la resurrección.
  
Esto no sabían, ni querían, ni deseaban, ni intentaban la Serpiente astuta ni los pérfidos fariseos. Así, ¡ea!, buscad todos los generos de daño; ya le habéis abofeteado, pisoteado, escupido al rostro, denostado y azotado hasta dejarle como un leproso, sin cesar en todo caso de calumniarle, y de pedir su muerte á todo trance; os falta mucho todavía, y ya vuestro Padre, hijos del Diablo, os sugiere que le coronéis de espinas, como los leones no lo harían si supiesen judaizar o satanizar, y que le vistáis de rey de burlas a estilo de esa coronación; de esa manera habréis probado que tenéis muy buenos testigos de vuestra causa.
   
La escena diabólica abunda a maravilla en oportunidades. Espectadores muchísimos y aun actores, mil hombres de la soldadesca de la guarnición romana de que dispone el Presidente; es un pasatiempo que cuadra muy bien con las intenciones del Jefe romano, que es enternecer a los fariseos a fuerza de maltratar y escarnecer al Nazareno; venga, pues, él; dicen que quiere ser rey de los judíos, pretensión cuyo proceso tumultuoso fluctua entre lo ridículo o el patíbulo; parece que el Presidente se inclina al perdón a costa de envilecerlo y escarnecerlo; para el que ha sufrido tantos azotes, que ya no tiene donde ser llagado, poca cosa es algunas decenas de espinas que le puncen en cabeza y frente, y menos un paño, un harapo de purpura regia en sus espaldas y una caña lacustre por cetro real para su diestra; el pueblo va a reír y el Presidente saldrá del paso; ¡al trono el Rey de los Judíos!
  
Y en un escaño del atrio del Pretorio se hace sentar al llagado Hombre, se le cubren las espaldas y hombros con el trapo de púrpura, se pone en su diestra la caña, y ¿la corona? Que hable la Reina misma de los cielos conforme al texto de revelación de Santa Brígida: «Hecho eso, colocáronle en su cabeza la corona de espinas, que punzó con tal vehemencia esa veneranda cabeza de mi Hijo, que del efluvio de la sangre se llenaron sus ojos y se obstruyó el conducto de los oidos y toda su barba quedó afeada con la sangre que corría» (Lib. I, cap. 10). «La corona de espinas se hizo entrar muy estrechamente sobre su cabeza y descendía hasta media frente; de las heridas de las púas clavadas corrían arroyos de sangre por su rostro, empapando cabellos, ojos y barba; de suerte que todo él no me parecía sino pura sangre, ni él me pudo ver, presente como yo estaba de pie ante su cruz, sin exprimir de sus ojos la sangre comprimiendo los párpados» (Lib. IV, cap. 70).
  
Así sentado el Rey, tal Majestad exigía que recibiese luego el homenaje de su Corte, homenaje propio de la índole de semejantes cortesanos. Así fue: el Infierno dirigía el Drama. Los soldados le doblan la rodilla, «Salve Rey de los Judíos», le aclaman, como dice el Evangelio, y le escupen al rostro y le aseguran la corona, golpeándola y afirmándola con el golpe de la caña y por él hacen uso del cetro fustigándole con la misma caña.
  
El Nazareno, con divina humildad y paciencia todo lo soporta. Y así merece que «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios su Padre» (Cornelio Alápide)
  
«Le escupen al rostro y le golpean con la caña la cabeza», tratamiento como para un insensato, dice Santo Tomás, que en su insensatez hubiese aspirado al reino de Judá; «afirmar en su cabeza más hondo las espinas de la Corona», todo era gran contumelia y atrocísimo dolor, no tanto obra de los hombres como invención y sugestión de los demonios, dice Orígenes (En Cornelio Alápide). «No un sólo miembro sino todo el cuerpo sufría tan atroces injurias. La cabeza era afligida con la corona, las manos con la caña, el rostro con las salivas, las mejillas con las palmadas, el resto del cuerpo con los azotes, la desnudez, el vestido de púrpura y los homenajes de adoración fingida, las manos con la caña que se le dio a empuñar como cetro, la boca misma y la lengua con la poción del vinagre y de la hiel», dice el Crisóstomo.
  
Mas todo esto, ¿no era también de grandes enseñanzas para formarnos en virtudes? San Jerónimo y San Atanasio (Serm. de Cruce) nos dicen: «La caña pone en fuga y mata a las serpientes; esto hace Cristo con las venenosas concupiscencias». Y San Jerónimo: «así como Caifás dijo ser conveniente que un hombre muriese por todos, y no sabía lo que decía, así también éstos, en todo lo que hicieron, aunque otro fuese su propósito, nos han dejado, a los que creemos, nada menos que misterios y sacramentos de enseñanza. Y así, en la púrpura toma sobre sí el Hijo de Dios las sangrientas obras de los gentiles; en la corona de espinas absuelve de la maldición antigua; en la caña mata los animales venenosos; o también, si tenía en la mano la caña, era para escribir el sacrilegio de los judíos». Por su parte San Ambrosio: «toma Cristo en su mano la caña, para que la humana fragilidad no se deje ya vencer del viento como una caña, sino que fortalecida con las obras de Cristo permanezca firme. O, siguiendo a Marcos, la caña golpea la cabeza de Cristo, para que consolidándola el contacto de la divinidad, nuestra condición no vacile ya en su estabilidad» (En Cornelio Alápide).
   
De esta manera, a estilo de un grande artífice, según observa una lección del oficio eclesiástico en la solemne fiesta de ese misterio, como operación de su eminente arte emplea instrumentos de gran aptitud, siendo consumado en divinas artes Jesucristo Nuestro Señor: ¿qué instrumentos? Cuerda, corona, azotes, columna, clavos, caña, esponja, lanza, sábana y sepulcro, instrumentos todos de redención, santificados al contacto del gran Artífice de quien han recibido la razón de majestad y veneración, no que veneremos la materia o forma de la corona, sino por haberla usado el eminentísimo Rey de la virtud, verdadero hombre y verdadero Dios en ese combate en que peleó con el enemigo del género humano.
  
Pero ¡cuánto más no nos enseña ese divino Maestro de las virtudes! «En esa corona de espinas, dice Orígenes, ha recibido el Señor las espinas de nuestros pecados, tejidas en su cabeza». «Hay un aguijón en las espinas de los pecados, dice San Hilario, de las cuales se forma la corona de victoria de Cristo». Mas Tertuliano: «¿Díme, cuál es la guirnalda que Cristo Jesús recibe de uno y de otro sexo? Creo que la formada de espinas y abrojos como figura de los delitos que nos ha producido la tierra de nuestra carne. Mas el Señor con la virtud de su cruz quitó de ellas todos los aguijones de muerte, embotándolos con haberlos sufrido en su divina cabeza».
  
Estas espinas nos enseñan por eso a punzar y domar nuestra carne con ayunos, cilicios y disciplinas; «porque no es conveniente, dice San Bernardo, que bajo el gobierno de una cabeza coronada de espinas, los miembros que le corresponden gocen delicadezas. Y Tertuliano enseña, que por reverencia a la corona de espinas de Jesucristo, se abstenían los cristianos de coronarse de flores como lo usaban los gentiles. Santa Catalina de Siena, de dos coronas que Jesucristo le ofrece, una de espinas y otra de piedras preciosas, para elegir una, a condición de que en vez de esta, la otra habría de quedarle para recibirla en la vida futura, Ella arrebató la de espinas de la mano del Señor y tanto la apretó en su propia cabeza, que sufrió dolores en esta muchos días y por eso hoy ya lleva en el cielo la de piedras preciosas» (En Cornelio Alápide).
  
No quiere por eso nuestro hermoso héroe Godofredo de Buillón, ser coronado con corona regia en esa Jerusalén donde Jesucristo lo ha sido con espinas. Por eso mismo quieren todos los Santos levitas y eremitas del nuevo Pueblo de Dios, es decir, los sacerdotes y religiosos de todos los países de la Iglesia Católica, llevar esa tonsura o corona clerical que es semejanza de la de espinas de su divino Aarón. ¡Oh! Esa tonsura se atrae alternativamente o el oprobio y la ironía, o el honor y gloria en ese mundo inconstante, en que se sigue renovando día por día en los millares de esos apóstoles el espectáculo de Cristo Rey de burlas, y también rey de gloria y de gloria para siempre.
   
¿Quién nos dará, Señor, que nos aprovechemos de tan hermosas enseñanzas; que admiremos cuanto se lo merecen las proezas de tu sapientísima pasión, las maravillas del amor de tu corazón, a cuyo servicio ha sido puesta la voluntad de tu Padre, que tanto nos ha amado y la sabiduría tuya, celeste Hijo, Verbo Santo? Ilumine nuestra mente, alumbre nuestra inteligencia, eduque nuestro corazón tu Santa Madre, ¡oh Redentor nuestro!, pues queriéndolo tú, Ella ha sido puesta para la dispensación de tus grandes adquisiciones. Cordura grande es, oh Señor Jesús, no buscarte sino acompañado tú de la Madre de Dios y acompañados nosotros de Ella. Muéstranosle, Señora, y dinos: «He aquí a mi Hijo coronado de espinas y vestido como rey de burlas; pedidme y Él os hara reyes de todas veras». Pero también tomadnos la mano y alentadnos a apretar en nuestra frente, que tantos delitos ha fraguado, la corona de espinas del arrepentimiento, de la humildad y de la paciencia; y ayudadnos también a que no dejemos día sin que vuestro Rosario goce de una hora de recrearnos con esa luz y ese fuego de que pende toda la paz de esta vida y la salvación en la futura.

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