miércoles, 2 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA SEGUNDO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).

CAPÍTULO VI. OTRA VEZ LA ENCARNACIÓN DEL DIVINO VERBO
Para entender y amar a Jesucristo, no hay como entender y amar a la Madre de Dios; y recíprocamente: para entender y amar a esa santa Madre, tampoco hay como entender y amar a Jesucristo, hemos dicho al fin del anterior capítulo y nos es grato hacer de ello el total asunto del presente.
  
La obra maestra de Dios omnipotente es la encarnación de su Unigénito; la gran cooperadora de esa obra es la Santísima Virgen, la dulcísima Reina de la misericordia. Esto es verdad, y si lo es, ¿de qué mejor manera podemos entender y amar esa encarnación, si no entendiendo y amando a esa gran cooperadora?
  
Mas, para estimar y agradecer ese favor enormísimo de la piedad divina por su cooperadora, necesario es averiguar qué tanto ha importado y ha valido esa cooperación. Veámoslo. El amor divino, que es el alma de la encarnación, necesitaba todo esto: unir hasta lo sumo al Criador con la creación, tomar como medio a una especie que resumiese de lo celeste y de lo terreno todos los órdenes, a saber: la especie humana; escoger a una mujer para madre del Hijo eterno del Padre celestial, y escogerla por eso como el pleno objeto de todos sus favores, como la Primogénita y la Reina de todo lo criado; todo eso había de ser la Cooperadora. Todo el género humano, todo el Universo iba a ser con ello infinitamente favorecido, cada uno en la medida de su capacidad; mas la capacidad de gracia plena de esa Reina, era no sólo un medio para el beneficio de todos, sino un intento supremo y antecedente en beneficio de Ella. Esto enseñan con su alta ciencia y esto adoran los sabios y los santos más entendidos y agradecidos de los divinos favores; esta es la teología de los Santos Padres y la de los Doctores y Santos desde la más antigua época hasta la más reciente, es decir, la de todos los siglos cristianos y aun la de los tiempos de los Patriarcas y de la Sinagoga, si bien bajo las sombras de lo figurado y de lo profético.

Según eso, Dios se hizo hombre, pero de tal manera, que una sola persona resultase de la unión de la Divinidad y de la naturaleza humana; con tan maravilloso efecto, que, en lo humano de Jesucristo, se viese la divina actitud, digamos así, del infinito Dios; y recíprocamente, a lo divino de ese mismo Jesucristo, lo humano de él pudiese conducirnos como la expresiva y fiel traducción de lo visible a lo invisible, según todos los días se goza en cantarlo la Iglesia: «ut dum visibíliter Deum cognóscimus, per Hunc in invisibílium amórem rapiámur».
  
Dínos, amadísimo lector, si no es eso estupenda sabiduría, capaz por su buen sentido celeste, de despertar la más renuente fe, a la más solícita aquiescencia.
  
Como que en ello se descubre el altísimo carácter de un Dios infinito en bondad, en ciencia, en poder, en justicia y en misericordia; bondad que quiere el bien de lo criado, ciencia que entiende los fines, los medios y los principios del designio divino; poder que no conoce otro límite a este sino el de su querer; justicia que no deja impune el delito ni sin reparación; misericordia que permite en ajena cabeza y a costa propia del ofendido, por decirlo así, la vindicta y reparación que pide la justicia.
  
Ese es el carácter del Dios que la encarnación nos revela ¡Qué garantía tan completa de verdad! ¡Qué prenda tan expresiva del vivísimo amor de ese Dios! Pero, como hemos dicho, la excelsa Virgen María cuenta en ese divino plan con un lugar tan preferente, que nada menos antecede a todo en el divino designio, después del lugar que en él ocupa su principal intento, su principal objeto que es la glorificación del Verbo, la persona de Jesucristo. Según esto, volvemos a encontrarnos con que por Jesucristo conoceremos y amaremos a María y por ella a Jesucristo.
  
Si es por el lugar que ambos ocupan en el plan divino, nada más semejante que Él y Ella, porque nada hay que medie en la estrecha unión de ellos; no hay entre Él y Ella ningún intermedio.
   
Es una gran verdad, que en todo lo criado hay una maravillosa gradación en la cuasi infinita muchedumbre de los seres, en tales términos, que, de un ser a otro la semejanza es suma y las diferencias minoradas también en grado sumo; de manera que de lo menor se sirve el bondadoso y sabio Criador para el esplendor y gloria de lo mayor, y también de manera que sin perjuicio de eso, lo menor tenga el fin y la gloria que le corresponden por la ciencia y la bondad de ese mismo Criador.
 
Si Jesucristo es el esplendor de la gloria del Padre (esplendor hecho hombre), María es el espejo purísimo en que ese esplendor se refleja («splendor glóriæ et figúra substántias ejus». Heb. 1-3); si se hace hombre, es de la substancia de las entrañas virginales («Factum ex Muliére». Gal. 4-4); si Jesucristo expresa de tal manera a su Padre, que quien a Él ve, decir puede que vio a su Padre, María expresa de tal manera a su divino Hijo, que, quien a ella la ve, mucho puede decir que ha visto de Jesucristo, a más de que sin ella Jesucristo no se deja ver ni se da a ver. Si a Ella la vemos bendita entre todas las mujeres, a Él ya podemos suponerlo el más hermoso entre los hijos de los hombres («Speciósus forma præ fíliis hóminum». Salm. 44); si a Ella la vemos hermosa como la luna, su Hijo ha de ser esplendoroso como el sol («Pulchra ut luna, elécta ut sol»); si Ella es llena de gracia, sólo su Hijo tendrá la gracia en toda la plenitud mayor que reclama la persona única de un hombre Dios; si Ella es humilde, como no lo fue criatura alguna, y en ese grado inmaculada e inflamada en plena caridad, su Hijo podrá decir y sólo él: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón»; si Ella es el huerto cerrado y la fuente sellada, Él es el árbol de la vida plantado en medio de ese huerto y el agua vivificante que brota de esa fuente; es Ella la raíz do Jessé que germina el tallo del cual nace la flor Jesucristo sobre la que posa el Espíritu Santo; Ella en fin y en una palabra, ella con Jesucristo y Jesucristo con ella, son eso nuevo, esa novedad, esa obra estupenda que el Señor iba á ofrecer como el gran espectáculo de gloria de todos los siglos: una Virgen que concibe, y esa concepción el Verbo hecho carne («Novum creávit Dóminus super terram: fœ́mina circúmdabit Virum». Jerem. 52-22.), como anunciaba el gran profeta.

Cuánto es de entenderse lo amable que será al Padre celestial el Verbo humanado, cuando se piense en lo amable que le es la inmaculada María, y en que si Ella es un portento de gracias y de méritos, mayor portento es de gracias y de méritos su Hijo divino; Ella con la grandeza de ese «quid infinítum», de ese cuasi infinito de la que ha encontrado gracia a los ojos del Señor, y Él con la del Verbo igual a Dios. Y en cuanto a nosotros que no podemos alcanzar el concepto intenso de lo infinito, cuánta luz nos da para elevarnos a ese concepto y qué bien predispónenos a amarle más y más, el reflexionar que si es tan grande la belleza y tan suave la ternura de esa mujer inmaculada, mayores han de ser la belleza y ternura de quien la sacó de la nada, de quien la ideó de intento y sobre todos sus intentos para que por Ella fuese Él conocido mejor. Apiadáos de nosotros, ¡oh divino Verbo, oh dulce Madre de Dios! para que entendamos el gran lucro que reporta quien os entiende y os ama como el único verdadero tesoro, como el único bien que vale por todos los negocios y por todos los bienes.
  
Pero si tanto nos interesa conocer y amar al Hijo por la Madre, al sol por la luna, al ideal supremo por su semejanza, al Autor infinito de todo bien, por la obra maestra y suprema de su bondad entre lo criado, por eso mismo nos interesa tanto conocer a esa Madre, a ese astro de modestia, a ese símil de la grandeza divina, a esa obra maestra de la bondad eterna. Mas, ese conocimiento y el amor que a él le sigue, no pueden ser mejores que ayudados del conocimiento mismo que tenemos, así como del amor que nos une a ese infinito Dios y a su enviado Jesucristo.

Para conocerte y amarte, altísima Señora nuestra, después que admiramos tu humildad, tu pureza limpia de toda mancha, tu fortaleza y tu misericordia, mucho más nos dice todavía pensar en lo que es Dios y en lo que de ti quiso. El Señor Dios de las virtudes contiene todo bien y lo es en infinito grado; pues ¡ea! ese sumo bien que cuanto quiere puede, quiso tanto para ti y tan eficazmente lo quiso, que ya no pudo querer más; de ahí que fue como infinito lo que hizo en ti, ¡oh Señora!
  
Luego, a la inversa de lo que a la Samaritana decían los suyos, diremos nosotros: tu grandeza, Señora, es mayor de la que vemos y concebimos, y eres más hermosa y amable de cuanto pudiéramos idear; porque su medida consiste nada menos que en el querer del infinito Dios llevado a lo sumo del favor dispensado a una criatura, es decir, otra vez al «quid infinítum» del Ángel de las escuelas, al «grátia plena» del arcángel celeste. Por eso es tan de buen sentido teológico, buen sentido que brota en el hermoso discurrir de los mayores santos, esta sentencia: la grandeza, la belleza, la santidad de María, sólo Dios puede alcanzar a conocerla y sólo su excelsa Majestad puede amarla hasta el grado que esa dichosa Mujer merece.
  
¡Oh Madre nuestra dichosísima! Madre de pecadores, que no somos otra cosa; conozcamos por ti a nuestro Jesús y por ti amémosle más; conozcamos y amemos más y mas a ti por tu Jesús, y de nuevo conozcamos y amemos más y más a Jesús, Dios por todos los siglos; y que de la recitación y meditación de tu Rosario, saquemos cada día más frutos de paz para el viaje y gran fruto de gloria en la Patria! 

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