viernes, 18 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA DECIMOCTAVO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXII. MARÍA EN LA VÍA DOLOROSA Y EN LA CALLE DE LA AMARGURA EL DÍA QUE SU DIVINO HIJO LLEVA SU CRUZ AL CALVARIO
Hoy, la vía dolorosa, la calle de la Amargura, desde la salida de la casa de los azotes hasta el sitio en que Cristo es clavado en cruz, asistidos de la gracia del Cielo hemos de recorrerlas, poniendo nuestros ojos de preferencia en la Madre, en la Madre de ese Mesías tan dolorido y afrentado, tan manso y humilde. De esa manera, como no cesaremos de repetirlo, obtendremos dos ventajas inmejorables: Es la una, conocer, estimar y amar en extremo a quien después de ese Mesías no puede tener mayor ni igual, ¡tanta es la grandeza de esa Madre! Es la otra, conocer, estimar y amar mejor al mismo Mesías, por la gran semejanza que por ley natural debía darle la generación materna, ley según la cual el hijo hereda de la madre la índole y el natural, en tales términos, que el hijo parece copia de la madre. Además, y esto es lo principal, la grandeza de las excelencias del Hijo no puede la pequeñez nuestra conocerla y amarla mejor que por el ensayo, digamos así, que por la preparación de otra grandeza inferior a la del Hijo, pero la más próxima a Él y más accesible a nuestra capacidad de entender y de amar.

La conducta que la Santísima Mujer, que la Mujer fuerte debiese observar en la persecución que de su admirable Hijo hacían los malvados, tenía de ser dictada por una altísima sabiduría, un amor inmenso, un decoro exquisito, y sobre todo, y en una palabra, por una caridad tan excelente que a todo bastase y todo lo superase. No se trata aquí, pues, de una situación, de un trance sólo santo, sino santísimo; de un espectáculo simplemente admirable, sino sobre todos los espectáculos, para todos los siglos. Buscad aquí ciencia y sabiduría, buscad belleza, buscad heroísmo que a todos superen, no hay otro de tales calidades que el que ahora nos ocupa; este es el espectáculo en que el eterno Dios, el Dios verdadero, el Dios trino y uno hace la obra maestra de sus manifestaciones al género humano y al género angélico; esta es la marcha, la procesión sagrada de la dulcísima Sacerdotisa a ofrecer una víctima que es su mismo Hijo y que importa algo mas; muchísimo más, infinitamente más que el Padre Abrahán llevando a Isaac su hijo al sacrificio.
      
Decretada por Pilatos la muerte del Cordero, oída la pronunciación de la sentencia, notorio todo a la dolorosa Madre que todo lo ve por visión expresa, como es razón creerlo y las santas revelaciones de María de Ágreda lo persuaden y confirman, se renueva el dolor de aquel castísimo corazón y queda dividido con el cuchillo de amargura que le penetra y traspasa sin piedad alguna. El Discípulo amado desfallece y un desmayo mortal hiela la sangre de las piadosas compañeras de la Virgen Santísima. «Pero la Reina de las virtudes estuvo invicta, y su magnánimo Corazón, con lo sumo del dolor, sobre todo humano discurso, nunca desfalleció ni desmayó; no padeció las imperfecciones de los desalientos y deliquios que los demás. En todo fue prudentísima, fuerte y admirable; y de las acciones exteriores dispuso con tanto peso, que sin sollozos ni voces confortó a las Marías y a San Juan; y pidió al Señor las fortaleciese y asistiese con su diestra, para que con él y con ellas tuviese compañía hasta el fin de la pasión. En virtud de esta oración fueron consolados y animados el Apóstol y las Marías para volver en sí y hablar a la gran Señora del cielo. Entre tanta confusión y amargura no hizo obra, ni tuvo movimiento desigual, sino con serenidad de Reina derramaba incesantes lágrimas. Atendía a su Hijo y Dios verdadero; oraba al Eterno Padre, presentábale los dolores y pasión, acompañando a las mismas obras con que nuestro Salvador lo hacía. Conocía la malicia del pecado, penetraba los misterios de la redención humana, convidaba a los angeles, rogaba por los amigos y enemigos; y dando el punto al amor de Madre y al dolor que le correspondía, llenaba juntamente todo el coro de sus virtudes con admiración de los cielos y sumo agrado de la Divinidad. Y porque no es posible reducir a mis términos las razones que formaba esta gran Madre de la sabiduría en su corazón, y tal vez en sus labios, lo remito a la piedad cristiana» (Mística Ciudad de Dios, nro. 1356, parte 3?).
  
Cuando el Maestro y Redentor del mundo se abraza con la cruz saludándola y apostrofándola como a tan alto Maestro y Redentor cumplía, con el júbilo del valiente que acepta el suplicio de provechosísima y honrosísima muerte, la Madre de ese divino hombre, que conoce el valor infinito que del contacto de la humanidad deificada de Jesús reporta el madero santo, la prudentísima Madre, adora esa cruz santa y la venera con el debido culto, y lo mismo hacen a su ejemplo todos los espíritus soberanos que asisten al Señor y a la Reina. Apostrofa a esa cruz insigne con palabras dignas de quien representa y resume por entonces a la Santa Iglesia, y eleva de su corazón con denodados afectos de dolor sapientísimo, de triunfador martirio, uno así como cántico de loores y alabanzas a la inocencia impecable de su Hijo Dios, contraponiéndolos a los delitos que contenía la sentencia que voceaba el pregonero.

«Y como toda la fe, la ciencia y el amor de las criaturas estaba resumido en esta ocasión de la pasión en el gran pecho de la Madre de la sabiduría, sólo ella hacía el juicio rectísimo y el concepto digno de padecer y morir Dios por los hombres. Y sin perder la atención á todo lo que exteriormente era necesario obrar, confería y penetraba con su sabiduría todos los misterios de la redención humana, y el modo como se iban ejecutando por medio de la ignorancia de los mismos hombres que eran redimidos. Penetraba con digna ponderación quién era el que padecía, lo que padecía, de quién y por quién lo padecía. De la dignidad de la persona de Cristo nuestro Redentor, que contenía las dos naturalezas, divina y humana, de sus perfecciones y atributos de entreambas, sólo María Santísima fué la que tuvo más alta y penetrante ciencia después del mismo Señor. Por esta parte sólo ella entre las puras criaturas llegó a darle la ponderación debida a la pasión y muerte de su mismo Hijo y Dios verdadero» (Mística Ciudad de Dios, nro. 1363).
  
La marcha de esa Reina por la calle del dolor en grupo sublime con las bienhadadas hijas fieles de su ternura, jamás podrá olvidarse en la historia de las proezas de virtud y santidad y de los verdaderos triunfos, a todos los cuales, ella superó y superará. A imitación de Ella y preludiándola, habían pasado por vías de dolor y de triunfo e imitándola pasarían más tarde después de Ella, santas heroínas y mártires, como Resfa y Judith, la Madre de los Macabeos, Águeda y Cecilia, Felícitas y Perpétua, Inés y Anastasia y otras eminentes princesas del sacrificio y de la santidad, cumpliendo a maravilla lo que David cantaba con entusiasmo de santa unción: «En pos de Ella (de la Reina) serán llevadas a la presencia del Rey muchas otras vírgenes». Y ¡cómo se veía cumplido ahora, que esa Azucena entre espinas, que esa mansa tórtola de celestial gemido, era también poderosa como ejército en orden de batalla, y aptísima y habilísima para decapitar a un tirano peor que Holofernes y quebrantar sin miedo ninguno la cabeza de la antigua serpiente como se prometió a Eva!
   
Templada el alma de la Madre Santísima a índole de la de su Hijo el Santo de los Santos, comunicaba fortalezas y consuelos, que luego recibía como dones que Ella misma había donado. Observa por eso muy bien la dichosa María de Ágreda, que a petición hecha con voz interior por la Madre prudentísima a su Hijo y Dios verdadero, afligido con el peso de la cruz, de que alguno, si a Ella no era dable ni a los ángeles del cielo, le ayudase a llevar la carga de la cruz, se movió el corazón de los verdugos y de ello resultó compeliesen al Cireneo a aliviar al Rey divino del peso de su patíbulo.

A la vez aquel llanto, aquel plañido de compasivas mujeres en que al fin prorrumpió el acompañamiento de los desdichados hierosolimitanos, era un don de María, efecto de su oración dolorida, la cual era acepta en extremo al Dios de la Majestad, y ese don volvía en consuelo al alma finísima de la misma donadora. ¿Qué voces consoladoras, qué plañidos eficaces para derretir almas, qué armonías de quejas lastimeras, se encaminaron nunca mejor al objeto de enternecer con más digno propósito cual fue ese de pedir compasión para el Mesías Dios y hombre verdadero, Rey de la Majestad eterna, Rey altísimo de los cielos, tratado por ese pueblo como un forajido, como un reptil, que el pedir compasión para la Reina, Madre amabilísima de ese Rey?
    
Jamás llanto, jamás plañido alguno pudo ser más meritorio. ¡Dichosos nosotros los viadores que todavía, a fuer de representarnos en la mente, según el saludable empeño de la Reina del Rosario, de la Santa Iglesia, los grandes sucesos que una vez pasaron para ser admirados y agradecidos millones y millones de veces, podemos excitarnos a unir llanto y plañidos, compasión y participio sensible, racional y meritorio, al que entonces levantaron en pos de Jesús y a la vista de la dulcísima Madre, esas mujeres cuyos nombres quisiéramos saber une por uno para glorificarlos eternamente!
  
Concédanos el Señor, concédanos la Reina hacer cuanto podamos para merecer que esos santísimos Monarcas, respondan a nuestro llorar y plañir: «¡gracias hijos nuestros, esas ofrendas de vuestra sensibilidad buscada y fecundada en el Rosario, son quizá más gratas para mí y para la Reina, que las de las mujeres del día de mi pasión, porque “bienaventurados los que no vieron y creyeron”».
   
De entre esas dichosísimas mujeres, adictas a la Reina Madre del Verbo, jamás se perderá la memoria de Berenice, nombre mudado en el de la Verónica, que en el paño con que se aprestó a aliviar, al divino Reo, del sudor, del polvo y de la Sangre, recogió en recompensa la imagen impresa del divino Rostro, que religiosísimamente se conserva y exhibe el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro de Roma. Esa Verónica es la misma que, tocando con toda su fe en otros días la orla del vestido de Jesús, tuvo por premio sanar al instante del flujo de sangre inveterado de que adolecía, sanidad que intentaba al tocar oculta y humildemente esas vestiduras dignas de tanto respeto.
  
La Reina de los cielos, que alentaba con su inspiración cuanto de noble compasión le era dado procurar para el lacerado hijo de su dolor, recibió a su vez consuelo suavísimo de la animosa resolución de esa mujer y de ese hermoso milagro de su Jesús. La Verónica fue más tarde una gran Santa, una de los apóstoles de las Galias, como nos lo consigna la historia de la Santa Iglesia (En Cornelio Alápide).
   
Entre las tradicciones de sagrados pormenores de los sucesos de la vía dolorosa, tenemos los hijos de la Santa Iglesia los referentes a las caídas que Jesucristo Nuestro Señor sufrió en su paso por esa vía. El pueblo cristiano en todo el Orbe, no menos que los peregrinos en la Ciudad Santa, tenemos en mucho y con razón la devoción del Vía-Crucis, por la que hacemos el mental ejercicio del recuerdo de esos lances de la Pasión Santa y a la vez la imitación del acto de recorrer esa vía dolorosa, o de practicar verdaderamente ese acto los peregrinos. El dolor de María Santísima viendo a su Hijo en la humillación de una caída, llagado, lastimado y afrentado, es uno de los más grandes que experimentar debió, porque tales humillaciones enternecen, duelen y excitan la sensibilidad humana con particular enternecimiento y lástima hasta con los enemigos.
  
Nuestro buen Dios, que venía en todo a reportar afrentas y dolores para salvarnos y santificarnos, con gran sabiduría y amor quiso añadir a tantos dolores, afrentas y vergüenzas, aun éstas de caer tres veces en la calle a la vista del pueblo. El sufrimiento de la Madre a la vista de eso, era un dolor y un mérito más, asociado al que soportaba su Hijo, una nueva enseñanza más que daba para todos los hombres, un ejemplo más que imitar, un motivo más de agradecimiento, un estímulo más de amor para con el Hijo y la Madre que en todo le secundaba fidelísimamente.
   
Es también tradición muy mucho aceptada en el pueblo cristiano, el lance del encuentro de María Santísima con el divino Reo cuando cargaba con el peso de la cruz; encuentro al que salió la Señora adelantándose al paso de su Hijo para esperarle en estación oportuna. Ese encuentro es digno de la ciencia del padecer, de la ciencia del amor, que Hijo y Madre poseen en el mayor de los grados respectivamente el uno como Hombre-Dios y Ella como la Madre de Dios.
 
Ese encuentro del Rey de los mártires con la Reina de los mártires, para departir al paso acerca de la situación, acerca de la gran causa, para darse aliento, para decirse ¡bien, muy bien, ánimo, ya recibiréis el premio! ese encuentro le hubo muchas veces y le habrá entre los mártires y sus deudos o sus amigos; es uno de los más bellos y edificantes esplendores del padecer. Y como la Pasión de Jesucristo y la Compasión de María son de completa riqueza en variedad completa de méritos y enseñanzas, aun esta del encuentro de Jesús y de su Madre Santísima en la calle de la Amargura, no puede menos de contar con poderosa razón de ser, enseñanza importante que intentar y estímulo eficacísimo de amor y virtud que proponer.
  
«A todo humano encarecimiento y discurso, dice con hermosas y muy sabias palabras María de Ágreda, excede el dolor que la candidísima paloma y Madre Virgen sintió en este viaje del Monte Calvario, llevando a su vista el objeto de su mismo Hijo, que sólo ella sabía dignamente conocer y amar. Y no fuera posible que no desfalleciera y muriera, si el poder divino no la confortara, conservándole la vida. Con este amarguísimo dolor habló al Señor, y le dijo en su interior: “Hijo mío y Dios eterno, lumbre de mis ojos y vida de mi alma, recibid Señor, el sacrificio doloroso de que no puedo aliviaros del peso de la cruz y llevarla yo, que soy hija de Adán, para morir en ella por vuestro amor, como Vos queréis morir por la ardentísima caridad del linaje humano. ¡Oh amantísimo Medianero entre la culpa y la justicia! ¿Cómo fomentáis la misericordia con tantas injurias y entre tantas ofensas? ¡Oh caridad sin término ni medida, que para mayor incendio y eficacia dais lugar a los tormentos y oprobios! ¡Oh amor infinito y dulcísimo, si los corazones de los hombres y todas las voluntades estuvieran en la mía, para que no dieran tan mala correspondencia a lo que por todos padecéis! ¡Oh, quién hablara al corazón de los mortales, y les intimara lo que os deben, pues tan caro os ha costado el rescate de su cautiverio y el remedio de su ruina!”. Otras razones prudentísimas y altísimas decía con estas la gran Señora del mundo que no puedo yo reducir a las mías» (Mística Ciudad de Dios, nro. 1369).

Si no lo puede esta admirable inspirada escritora, menos lo podemos nosotros, y por eso nos es tan grato cederle la palabra en las situaciones que deseamos ver más acertadamente dadas a contemplar. Que hable ella también para dar fin a este hermoso y provechosísimo asunto:
«Llegó nuestro Salvador verdadero y nuevo Isaac, Hijo del Eterno Padre, al monte del sacrificio, que es el mismo donde precedió el ensayo y la figura en el hijo del patriarca Abrahán (Génesis XXII, 9) y donde se ejecutó en el inocentísimo Cordero el rigor que suspendió en el antiguo Isaac que le figuraba. Llegó tan fatigado nuestro amantísimo Jesús, que parecía todo transformado en llagas y dolores, cruentado, herido y desfigurado. La virtud de la Divinidad que deificaba su santísima humanidad por la unión hipostática, le asistió no para aliviar sus tormentos, sino para confortarle en ellos, y quedarse su amor inmenso saciado en el modo conveniente, conservándole la vida, hasta que se le diese licencia a la muerte de quitársela en la cruz. Llegó también la dolorosa y afligida Madre llena de amargura a lo alto del Calvario, muy cerca de su Hijo corporalmente; mas en el espíritu y dolores estaba como fuera de sí, porque se transformaba toda en su amado y en lo que padecía. Estaban con Ella San Juan y las tres Marías; porque para esta sola y santa compañía había pedido y alcanzado del Altísimo este gran favor de hallarse tan vecinos y presentes al Salvador y su cruz» (Mística Ciudad de Dios, nro. 1375).
La Reina, la Sacerdotisa de la Nueva Ley, va a ofrecer el gran sacrificio. Así termina la carrera de amargura en que la hemos acompañado.
   
Tened compasión de nosotros, rogad por nosotros, misericordiosa Reiba nuestra. Lógrense en cuantos sea posible y de éstos séamos nosotros, los méritos de pasos tan hermosos a inmortales en buena memoria, como los que disteis del Pretorio de los azotes y afrentas, al Calvario en que ofrecisteis el final sacrificio.

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