lunes, 7 de diciembre de 2020

MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA - DÍA SÉPTIMO

Tomado de la obra publicada por el P. Luis Ángel Torcelli OP, traducida y publicada por don Leocadio López en Madrid, año 1861, con aprobación eclesiástica.
 
MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
  
  
ORACIONES INICIALES
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
℣. Abrid, Señor, mis labios.
℞. Desatad mi lengua para anunciar las grandezas de la Virgen Inmaculada, y cantaré las alabanzas de vuestra misericordia.
  
℣. Venid en mi auxilio, oh Reina inmaculada
℞. Y defendedme de los enemigos de mi alma.
   
Gloria al Padre, gloria al Hijo y al Espíritu Santo, que preservó inmaculada a María por los siglos de los siglos. Amén.
  
HIMNO
   
Coro: Oh Madre dulce y tierna
Oye la triste voz,
La triste voz del mundo,
Que te demanda amor.
  
I
Salve, salve, Inmaculada,
Clara estrella matutina,
Que los cielos ilumina
Y este valle de dolor;
Tú, con fuerza misteriosa
Por salvar la humana gente,
Quebrantaste la serpiente
Que el infierno suscitó.
   
II
Salve, salve, Madre mía,
Tú bendita por Dios eres
Entre todas las mujeres
Y sin culpa original.
Salve, ¡oh Virgen! esperanza
Y remedio apetecido
Del enfermo y desvalido,
Y del huérfano sin pan.
   
III
Tú del nuevo eterno pacto
Eres arca y eres sello;
Luz espléndida, iris bello
De la humana redención.
Tú llevaste en tus entrañas
El que dio a la pobre tierra
Paz y amor, en vez de guerra,
Y a sus crímenes perdón.
   
IV
Eres bella entre las bellas,
Eres santa entre las santas,
Alabándote a tus plantas
Coros de ángeles están.
Resplandece tu pureza
Más que el campo de la nieve,
Y de ti la gracia llueve
Sobre el mísero mortal.
   
V
Virgen cándida, cual lirio,
Eres fuente cristalina
Donde el triste que camina
Va a calmar la ardiente sed.
Gentil palma del desierto,
Que da sombra protectora
Al que su piedad implora
Consagrándole su fe.
  
VI
¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
En la tierra y en el cielo!
¡Gloria al que es nuestro consuelo,
Al Espíritu de Amor!
Y la Virgen sin mancilla
Siempre viva en la memoria,
Y en su honor repita Gloria
Nuestro amante corazón.
   
DÍA SÉPTIMO - EL ÁRBOL DE LA CIENCIA
De ligno sciéntiæ boni et mali ne comédas (Génesis II, 17).
Dios crió el hombre libre, le colocó en el jardín del paraíso, y le puso delante el árbol de la inmortalidad y el de la ciencia para que escogiese (Eclesiástico XV, 14): ¿cuál fue su elección? La muerte, blandiendo su guadaña a cada instante, nos contesta cuán malamente usó la humanidad de su libre albedrío, y la Sagrada Escritura (Génesis, cap. III) nos pinta aquel acontecimiento con admirable sencillez, diciéndonos que el hombre, siguiendo al espíritu tentador, probó el fruto vedado del árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero ¿no era una cosa buena, cuando fue plantado por el mismo Dios? ¿Por qué poner un árbol que habría destruido la belleza del objeto más importante de la creación? El árbol de la ciencia del bien y del mal, llamado así, como observa San Agustín (Del pecado mortal y la remisión, libro I, cap. III), porque el hombre conocería por medio de la transgresión la diferencia que había entre el bien que producía la inocencia, y el mal que seguía a la culpa, era un árbol hermoso a la vista y de sabrosa fruta; pero Dios había prohibido su uso por una sencilla prueba de obediencia (San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIII, cap. XX). Si el hombre, en aquella primitiva constitución exenta de pasiones e incentivos, no hubiese recibido de Dios ningún precepto que pusiese a prueba su más precioso dote en que tanto aventaja a los animales, la libertad, no hubiera podido tener un desarrollo adecuado a la grandeza de su misión, sin tener ocasión de mostrar una alma fuerte, un alma que a pesar de las más violentas tentaciones, y a presencia del mal, permanece en el bien, y hace ver además que el bien no es una ley fatal para el hombre, sino una ley que le apresta y le mantiene contra todas las culpas y los esfuerzos del error (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 165, artículo 1, respuesta a la objeción 2ª); ¿qué sería él sino un ser que apenas se habría tomado la fatiga de nacer? La inmortalidad es el premio de las grandes acciones, y la justicia de Dios no hubiera permitido al hombre que llegase al árbol de la vida, que le confiriese una inmortalidad no merecida, y hubiera visto trascurrir sus días, como los de los animales, sin gloria ni deshonra. No; el Creador le había formado para más alto destino, le había circundado de su gracia, para que le auxiliase en el peligro, y le puso delante un medio de contraer un mérito, y adquir un premio, una gloria y una inmortalidad. ¿Qué precepto más pequeño y menos difícil podía en semejante contingencia imponer la bondad, la bondad de un Dios (San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. XV), que el de vedar el fruto de un solo árbol, bello sí, pero colocado entre otros igualmente hermosos, cuanto podía criarlos un Ser Supremo, que trataba de formar un jardín de delicias para albergar en él a dos criaturas inocentes, a quienes amaba tiernamente? Llegada la redención, y efectuada esa grandiosa manifestación del amor eterno, volvimos a recuperar de una manera llena de dulzura y de sublimidad en la inmaculada María, todas las delicias del paraíso terrenal. No podía ser de otro modo, porque sólo la mansión destinada a la inocencia era digna de contener la preciosa figura de una Virgen inmaculada. Por ese medio el árbol misterioso de la ciencia, origen de nuestra desventura, vino a convertirse en María árbol inviolado de la verdadera ciencia, principio de nuestra gloria. ¿No era ella, en efecto, sino el árbol del mérito por el cual el hombre, con la observancia del precepto podía conseguir su salvación eterna; y no es María (San Agustín, Sermón 18, De los Santos) el árbol predilecto que produce el fruto que nos ha merecido el reino de los cielos? Sólo que este nuevo árbol de la ciencia, colocado por Dios en medio de su Iglesia para destruir los malos efectos que la generación humana había experimentado del primero, debía seguir un Orden totalmente opuesto al de aquél. Dios, piadosamente solícito por devolvernos la salud por los mismos medios por que la habíamos perdido, no dijo ya «no comeréis», sino «el que coma el fruto de la vida y de la ciencia (Eclesiástico XV, 3) tendrá la vida eterna». Nos dio un corazón para amar, y por eso hizo que el nuevo presente fuese una invitación de amor. «Amaos, dijo; el amor será uno de vuestros méritos para mí, os dará fuerza para vencer el mal en que habéis caído; yo vengo a merecer por vosotros, haciéndome igual a vosotros; yo mismo seré el fruto de la ciencia, sufriré por vosotros... moriré por vosotros... ¿podéeis dejar de amarme? El nuevo árbol de la ciencia, la inmaculada Maria, atraerá tambien vuestras miradas con la hermosura y la dulzura de su fruto; acercaos, llegad al árbol inmaculado; despues de mí, no podréis encontrar, ni en el cielo ni en la tierra, cosa más amable que una Vírgen inmaculada». Madre intemerata del más hermoso Hijo entre los hombres. ¿Podía hacer más la misericordia de un Dios? ¿Podía ser más consoladora la idea de una Virgen inmaculada?
  
CÁNTICO 
Ensalza, alma mía, a la Virgen inmaculada, y regocíjese mi espíritu con la Madre del Salvador.
Porque Dios miró la humildad y la virtud de su sierva, y desde aquel instante todas las edades la llamaron bienaventurada.
Porque Él, que es poderoso, obró en ella cosas grandes, y santo e inmaculado fue el nombre de María.
Por medio de ella la misericordia se extiende de progenie en progenie, en los que la aman en el fruto hendito de su seno.
Dios concedió el poder a su brazo; el poder que arrojó a los soberbios del jardín de las delicias.
Que depuso de sus sillas a los poderosos del mundo, y elevó a los humildes.
Que sació de bienes a los deseosos de justicia y de verdad, y dejó vacíos a los ricos de falsa grandeza.
Aquel poder benigno que socorrió a los hijos de Israel, que recordaban su misericordia.
Como había prometido a nuestros progenitores, a Abrahán y a su progenie en lo eterno.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que preservó a María inmaculada, por los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN
Todo, oh inmaculada María, todo me invita a amaros, pues que todo me inclina a confiar en Vos, todo me dice que de Vos me vienen las bendiciones celestiales. Vuestro Hijo es el fruto misterioso que ha merecido el reparar mis males, y de él provienen los tesoros de la divina gracia; pero Vos sois quien me le habéis presentado: Vos, quien estrechándole en vuestros brazos le rogáis por mí, y Vos sois la que hacéis salir de sus dulces y piadosos labios palabras de perdón... ¡Ah María!... ¡Inmaculada María!... Mi corazón se dilata ante vuestra presencia, toda mi alma se concentra en Vos... ¡Ay!... ¿por qué no es eterno este momento de deliciosa e inefable contemplación? Mas Vos podéis trasformarle en tal haciéndome conseguir un día ese Cielo, por el que fui redimido. Cuando me halle con Vos, oh María, entre los coros de los ángeles, entre los cánticos eternos de las divinas misericordias, no cesaré de ensalzar vuestro inmaculado Nombre. Pues que Dios ha querido haceros tan hermosa, no puedo imaginar una eternidad feliz sin hallarme reunido con Vos, y sin repetir de continuo: «Por siempre sea alabada y bendita la inmaculada Virgen María». ¡Ah!, ¿cuándo llegará ese venturoso y eterno momento?... Tres Ave Marías.
   
CONCLUSIÓN PARA CADA UNO DE LOS DÍAS
 
Después de la Letanía Lauretana, se concluirá así:
  
LATÍN
Tota pulchra es, María,
Et mácula originális non est in Te.
 
Tu glória Jerúsalem,
Tu lætítia Ísraël,
Tu honorificéntia pópuli nostri,
Tu advocáta peccatórum.
  
O María, Virgo prudentíssima,
Mater clementíssima,
Ora pro nobis,
Intercéde pro nobis ad Dóminum Jesum Christum.
  
℣. In Conceptióne tua, Virgo, immaculáta fuísti;
℞. Ora pro nobis, Patrem, cujus Fílium peperísti.

ORATIO
Deus, qui per immaculátam Vírginis conceptiónem dignum Fílio tuo habitáculum præparásti: † quǽsumus; ut, qui ex morte ejúsdem Fílii tui prævísa, eam ab omni labe præservásti, nos quoque mundos ejus intercessióne ad te perveníre concédas. Per eúmdem Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
 
TRADUCCIÓN
Sois toda hermosa, María,
Y no hay en vos mancha original.
 
Sois la gloria de Jerusalén,
Sois la alegría de Israel,
Sois la honra de los pueblos,
Sois la abogada de los pecadores.
   
Oh María, Virgen prudentísima,
Madre de toda clemencia,
Rogad por nosotros,
Interceded por nosotros con Jesucristo, nuestro Señor.
   
℣. En vuestra concepción, Virgen Santísima, fuisteis inmaculada.
℞. Rogad por nosotros al Padre, cuyo hijo disteis a luz. 
   
ORACIÓN
Dios mío, que por medio de la inmaculada concepción de la Virgen preparasteis una habitación digna para vuestro Hijo, concedednos por su intercesión que conservemos fielmente inmaculado nuestro corazón y nuestro cuerpo para vos, que le preservasteis de toda mancha. Por el mismo Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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