martes, 8 de diciembre de 2020

MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA - DÍA OCTAVO

Tomado de la obra publicada por el P. Luis Ángel Torcelli OP, traducida y publicada por don Leocadio López en Madrid, año 1861, con aprobación eclesiástica.
 
MES DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
  
   
ORACIONES INICIALES
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
℣. Abrid, Señor, mis labios.
℞. Desatad mi lengua para anunciar las grandezas de la Virgen Inmaculada, y cantaré las alabanzas de vuestra misericordia.
  
℣. Venid en mi auxilio, oh Reina inmaculada
℞. Y defendedme de los enemigos de mi alma.
   
Gloria al Padre, gloria al Hijo y al Espíritu Santo, que preservó inmaculada a María por los siglos de los siglos. Amén.
  
HIMNO
   
Coro: Oh Madre dulce y tierna
Oye la triste voz,
La triste voz del mundo,
Que te demanda amor.
  
I
Salve, salve, Inmaculada,
Clara estrella matutina,
Que los cielos ilumina
Y este valle de dolor;
Tú, con fuerza misteriosa
Por salvar la humana gente,
Quebrantaste la serpiente
Que el infierno suscitó.
   
II
Salve, salve, Madre mía,
Tú bendita por Dios eres
Entre todas las mujeres
Y sin culpa original.
Salve, ¡oh Virgen! esperanza
Y remedio apetecido
Del enfermo y desvalido,
Y del huérfano sin pan.
   
III
Tú del nuevo eterno pacto
Eres arca y eres sello;
Luz espléndida, iris bello
De la humana redención.
Tú llevaste en tus entrañas
El que dio a la pobre tierra
Paz y amor, en vez de guerra,
Y a sus crímenes perdón.
   
IV
Eres bella entre las bellas,
Eres santa entre las santas,
Alabándote a tus plantas
Coros de ángeles están.
Resplandece tu pureza
Más que el campo de la nieve,
Y de ti la gracia llueve
Sobre el mísero mortal.
   
V
Virgen cándida, cual lirio,
Eres fuente cristalina
Donde el triste que camina
Va a calmar la ardiente sed.
Gentil palma del desierto,
Que da sombra protectora
Al que su piedad implora
Consagrándole su fe.
  
VI
¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
En la tierra y en el cielo!
¡Gloria al que es nuestro consuelo,
Al Espíritu de Amor!
Y la Virgen sin mancilla
Siempre viva en la memoria,
Y en su honor repita Gloria
Nuestro amante corazón.
   
DÍA OCTAVO - EL ÁRBOL DE LA CIENCIA
Et apérti sunt óculi ambórum (Génesis III, 7).
El árbol de la ciencia hizo conocer a nuestros progenitores cuánto se diferenciaba la perdida felicidad de su inocente vida de las miserias inseparables de una vida culpable. El nuevo árbol de la ciencia, plantado en el paraíso de la reconciliación, debía producir un efecto totalmente opuesto. ¡Sabemos demasiado bien lo que es la desgracia! Después de cincuenta y ocho siglos de infortunios y miserias, no obstante una redención que produce el fruto admirable que puede servirnos para curar nuestras enfermedades, en una época que se jacta de los mayores progresos en las artes y las ciencias, las cuales parece que deberían elevar al hombre sobre el polvo, ¿qué otra cosa somos sino una mezcla de vanidad y de miseria? Del mismo modo que en un noble edificio derruido desde mucho tiempo, se descubren en nosotros de cuando en cuando los vestigios de nuestra grandeza, pero sólo entre las ruinas. Al mismo tiempo que la mente se eleva a contemplar lo infinito, la pasión exterior nos impele a arrastrarnos por el fango de la tierra: jamás encontramos en el pecado la paz del corazón; y, sin embargo, buscamos en él de continuo esa felicidad que constantemente huye de nosotros, porque la buscamos donde no existe. Los temores, los peligros, los deseos, las esperanzas ilusorias, los amargos desengaños, el dolor y la muerte (que son nuestra herencia), que desgraciadamente atormentan nuestro corazón, son el mejor testimonio de los males adquiridos. María, árbol inmaculado de la divina Sabiduría, sólo debe servir para darnos una idea del bien. ¿Qué símbolo más bello de la felicidad puede presentarse a nuestros ojos quo una Virgen cándida por su inmaculada concepción: una Virgen siempre inocente, sin defectos, sin enfermedades corporales, sin extravíos de razón ni de voluntad: una Virgen grande por la posesión de toda ciencia, todavía más grande por sus virtudes: una Virgen que no conoció la corrupción del sepulcro, y que después de haber habitado en la tierra en perfecta unión con Dios, se eleva a los cielos, en donde la esperaba con toda la gloria del paraíso (San Juan Damasceno, Oración II de la Dormición de la Virgen María)? Demasiado sublime parecerá acaso a primera vista este símbolo de beatitud; pero diversa hubiera sido nuestra suerte si la naturaleza humana no hubiese pecado. Dios, que había hecho nacer el árbol de la inmortalidad para que el hombre no volviese a convertirse en el polvo de que había sido formado, le había conferido también su gracia, para que después de haber habitado y guardado por algún tiempo el jardín de la inocencia, exento de todo vicio y desventura, sin experimentar el horror de la tumba, pudiese cambiar la terrestre inmortalidad por la posesión de la gloria eterna, solio de Dios por los siglos de los siglos (San Agustín, De la corrupción y la gracia, cap. X).
  
CÁNTICO 
¡Abrid vuestros oídos, oh cielos!... pues que voy a hablar de María: escuche la tierra las palabras de mi boca.
Sean mis palabras como una lluvia benéfica, у mis acentos se extiendan como el rocío.
Porque invocaré el nombre de María, el nombre de la Virgen siempre inmaculada.
¡Ah!, ¿quién me suministrará palabras para representar a la que es bella con divina hermosura?
Insuficiente es la lengua del hombre para llegar a las alturas en donde se halla colocada su gloria.
Vano es el pensamiento que quiere elevarse hasta conocer su inmaculado semblante; pero no es vano el corazón que confía en ella.
Alabémosla en el regazo del Santo de los santos con el silencio de los labios, con la expresión del corazón.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que preservó a María inmaculada, por los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN
¡Cuán bella sois, oh María! Vos fuisteis concebida Inmaculada; nacisteis resplandeciente como una estrella pura, como una paloma, y os reunisteis con vuestro divino Hijo en el Cielo, llena de méritos y de gracia... ¡Ah!... Mientras gozo con vos, oh María, de la gloria inmensa que os circunda, un pensamiento desconsolador oprime mi corazón... yo fui concebido en el pecado, abrí los ojos en el pecado, y he vivido siempre entre pecados... ¡qué contraste entre lo que contemplo en Vos y en vuestra preciosa imagen, y el desorden que agita mi alma!... Vuestros ojos reflejan la dulzura del paraíso... por piedad, no me arrojéis de vuestra presencia... vuestra vista inmaculada, oh María, es la que me impele y sostiene para hacerme menos indigno de vos. Concedédmelo, pues, oh Virgen bendita, concedédmelo por aquel felicísimo instante en que fuisteis concebida pura como el pensamiento del eterno amor, que os quiso preservar de la mancha común para hacer brillar sobre Vos sus misericordias. De ese modo seréis siempre para mí el árbol de la verdadera ciencia, que enseñándome el camino de la felicidad eterna dirigirá mis pasos por el sendero de la virtud, y me conducirá a gozar algún día para siempre la gloria de vuestra Inmaculada Concepción. Tres Ave Marías.
   
CONCLUSIÓN PARA CADA UNO DE LOS DÍAS
 
Después de la Letanía Lauretana, se concluirá así:
  
LATÍN
Tota pulchra es, María,
Et mácula originális non est in Te.
 
Tu glória Jerúsalem,
Tu lætítia Ísraël,
Tu honorificéntia pópuli nostri,
Tu advocáta peccatórum.
  
O María, Virgo prudentíssima,
Mater clementíssima,
Ora pro nobis,
Intercéde pro nobis ad Dóminum Jesum Christum.
  
℣. In Conceptióne tua, Virgo, immaculáta fuísti;
℞. Ora pro nobis, Patrem, cujus Fílium peperísti.

ORATIO
Deus, qui per immaculátam Vírginis conceptiónem dignum Fílio tuo habitáculum præparásti: † quǽsumus; ut, qui ex morte ejúsdem Fílii tui prævísa, eam ab omni labe præservásti, nos quoque mundos ejus intercessióne ad te perveníre concédas. Per eúmdem Dóminum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
 
TRADUCCIÓN
Sois toda hermosa, María,
Y no hay en vos mancha original.
 
Sois la gloria de Jerusalén,
Sois la alegría de Israel,
Sois la honra de los pueblos,
Sois la abogada de los pecadores.
   
Oh María, Virgen prudentísima,
Madre de toda clemencia,
Rogad por nosotros,
Interceded por nosotros con Jesucristo, nuestro Señor.
   
℣. En vuestra concepción, Virgen Santísima, fuisteis inmaculada.
℞. Rogad por nosotros al Padre, cuyo hijo disteis a luz. 
   
ORACIÓN
Dios mío, que por medio de la inmaculada concepción de la Virgen preparasteis una habitación digna para vuestro Hijo, concedednos por su intercesión que conservemos fielmente inmaculado nuestro corazón y nuestro cuerpo para vos, que le preservasteis de toda mancha. Por el mismo Jesucristo, Señor nuestro. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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