domingo, 8 de mayo de 2022

NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN


En el reinado de Felipe IV, cuando el reino de Portugal estaba pacíficamente sujeto a la corona de Castilla, por cuyo motivo portugueses y castellanos comerciaban entre sí libremente como vasallos de un mismo Soberano; y según el mejor cómputo que puede conjeturarse, por los años de 1630, cierto portugués de nombre Antonio Farías de Sá, vecino de la ciudad de Córdoba del Tucumán, y hacendado en el pago de Sumampa, provincia de Santiago del Estero, por no carecer de misa, principalmente en los días festivos en su hacienda, que dista de Córdoba 40 leguas, trató de hacer en ella una capilla, la que quiso dedicar a la Virgen Santísima. Con este designio escribió a otro paisano le mandase del Brasil un busto o simulacro de Nuestra Señora, en el misterio de su Inmaculada Concepción, para colocarla en dicha capilla, que ya estaba construyendo.
   
En virtud de este encargo se le remitieron desde Pernambuco, Brasil, no una sola, sino dos imágenes: la de la Concepción y otra más de la Maternidad de la Virgen, para que escogiera la que mejor le pareciese. Vinieron ambas, bien acondicionadas, cada una en su cajón aparte, para que, como eran de barro cocido, no tuviesen alguna quiebra. El que trajo el encargo de estos cajones era Andrea Juan, también portugués, y como quieren algunos, capitán de navío, y habiendo llegado con felicidad al Puerto de Buenos Aires en Marzo de ese año, los acomodó a entrambos en un mismo carretón, y personalmente los condujo hasta la estancia de Rosendo Oramas, en el paraje denominado «Árbol solo», sito a cinco leguas más allá de lo que es ahora la Villa de Luján, y aquí paró e hizo noche. 
   
Al día siguiente, por la mañana trató de proseguir su viaje para Córdoba y Sumampa, pero sucedió que uncidos al carretón los bueyes, por más que tiraban, no podían moverlo ni un paso. Admirados de la novedad los circunstantes le preguntaron qué carga traía. Respondió que la misma de los días antecedentes, en que habían andado sin la menor dificultad, por no ser muy pesada y pasando a individualizar añadió: «Vienen aquí también, dos cajones con dos imágenes de la Virgen, que traigo recomendados para la capilla nueva de Sumampa». 
   
Discurriendo en tan extraña novedad algún misterio, uno de los que estaban presentes (quizá no sin inspiración divina), dijo: «Señor, saquen del carretón uno de estos cajones y observemos si camina». Así se hizo, pero en vano, porque por más que tiraban los bueyes el carretón estaba inmóvil. «Truéquense, pues, los cajones», replicó el mismo, «veamos si hay en esto algún misterio». Sacóse el cajón que había quedado, y cargóse el que se había sacado, y luego sin más estímulo tiraron los bueyes, y movióse sin más dificultad el carretón. Esto sucedió a principios de mayo.
   
Desde luego entendieron todos ser de particular disposición de la Divina Providencia, que la imagen de la Virgen encerrada en aquel cajón se quedase en aquel paraje, como en efecto se quedó, siguiendo la otra a su destino a fines de junio, convirtiéndose en Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa (la traslación a la capilla que construyó Farías de Sá se dará el 23 de Noviembre). Abrióse el cajón, y encontróse una estatuilla de la Purísima Concepción, de media vara de alto: imagen hermosísima de la Virgen, con las manos juntas ante el pecho, y el ropaje labrado de la misma materia. Al punto la veneraron todos, y divulgándose luego el portento acaecido, empezaron los fieles a venerar la Virgen Santísima en aquella su Santa Imagen, y Ella correspondió manifestándose con repetidos prodigios y maravillas. 
   
Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa
   
No después de mucho tiempo, a corta distancia de la casa de dicho Rosendo, se levantó una pequeña capilla, y se destinó un negrito de poco mas de ocho años llamado Manuel, natural de Angola, de rara candidez y simplicidad, para que cuidara del culto de la Santa Imagen. Había venido este negro del Brasil con su amo, conductor que fue de las Sagradas Imágenes; el cual, algunas veces antes de morir en casa de Rosendo, en Buenos Aires, le dijo, que era de la Virgen y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima. De facto se aplicaba este negro con tanta solicitud al culto de esta Divina Señora, que nunca tenía a su imagen sin luz, y con el sebo de las velas que ardían en su presencia, hacía prodigiosas curaciones en varios enfermos que concurrían a la capilla.
   
Por muerte de Rosendo Oramas, y por los atrasos de su estancia, vino a quedar la capilla de la Virgen casi en despoblado aunque el negrito Manuel nunca la desamparó. El era el que cuidaba de su limpieza y aseo, y de buscar de tener siempre velas encendidas ante su Sagrada Imagen. Como eran tan continuos los prodigios que, se experimentaban, era también incesante el concurso de la gente que venía de lejos en romerías a visitar la Imagen de Nuestra Señora. Padecían los peregrinos algún desconsuelo por no haber en aquel paraje casa ni rancho donde poderse hospedar y frecuentar las visitas. Deseosa de remediar esta necesidad, y ansiosa de que se aumentasen los cultos a la Purísima Madre, cierta señora llamada doña Ana Matos, viuda que era del Sargento Mayor D. Marcos de Sequeyra, pidió al heredero de dicho Rosendo (que ya había muerto), llamado el maestro Juan Oramas, Cura Párroco que fue de la Iglesia Catedral de Buenos Aires, le concediese dicha imagen, asegurándole la cuidaría y le haría capilla en su estancia, que estaba más cerca de Buenos Aires, y como cuatro o cinco cuadras de donde está hoy la iglesia. 
   
No tuvo mucha dificultad en condescender a la propuesta el maestro Oramas porque se persuadía que los concurrentes a la Capilla le robaban el ganado de la estancia, y dicha Señora Doña Ana correspondió agradecida en darle alguna gratificación, no menos de doscientos pesos. Llevóse, pues, la Santa Imagen a su casa, colocóla en cuarto decente con ánimo de edificarle en breve capilla pública. Pero al día siguiente advirtió, no sin susto, que no estaba la Imagen en donde la había dejado el día antes, ni apareció en toda la casa, por más que la buscó. Afligida con este cuidado le vino el pensamiento si la Virgen habría vuelto a su antigua capilla de Oramas; hizo diligencia para averiguarlo y halló ser así como lo había pensado. Volvió por ella por segunda. vez y por segunda vez volvió a faltar de su casa y a encontrarse en la primera capilla sin recurso alguno humano.
   
Desconsolada Doña Ana con tan extraña novedad, ya no se atrevió a llevarla por tercera vez porque discurrió sucedería lo mismo que las dos anteriores, y por otra parte, temió castigase la Virgen su porfía, cuando a su parecer le daba a entender que no gustaba estar en su casa. No obstante, movida de luz superior, tomó la acertada resolución de participar esta novedad a entrambos Cabildos eclesiástico y secular de Buenos Aires. Ya para entonces era famosa en esta ciudad la imagen de Nuestra Señora de Luján, por los repetidos milagros que contaban los que en sus aflicciones la invocaban, por lo que fácilmente fue creída dicha Doña Ana, cuando vino a dar parte del suceso a los superiores eclesiásticos y seculares.
    
Conferenciaron entre sí el caso el Ilmo. Sr. Obispo, que lo era de esta diócesis D. Fr. Cristóbal de la Mancha Velazco, y el Gobernador, que lo era de esta Provincia el Sr. Andrés de Robles, y resolvieron sería conveniente que ambos fuesen a cerciorarse mejor de este portento, y a trasladar la Santa Imagen a la hacienda de dicha Doña Ana Matos, en donde los vecinos de Buenos Aires pudiesen hacer con menos incomodidad sus romerías. A los señores Obispo y Gobernador siguieron varios personajes de ambos Cabildos, con un sinnúmero de gente, dirigiendo todos su camino a la estancia de Oramas.
   
Bien informados sobre la verdad del suceso, levantaron en andas la milagrosa Imagen, y formando una devota procesión en que todos iban a pie y muchos enteramente descalzos, se encaminaron a la casa de dicha doña Ana. Como el trecho era largo no fue posible llegasen ese día; por la que entrando la noche todos hicieron estación en la Guardia antigua que estaba en tierra de don Pedro Rodríguez Flores. Al salir el sol se prosiguió la procesión con soldados de guardia hasta llegar a la casa de la expresada doña Ana. Aquí se erigió en un aposento un altar en que se colocó la Santa Imagen, y el Ilmo. dio facultad para que en él se celebrase misa. Por espacio de tres días consecutivos se cantaron misas solemnes, haciendo las gentes demostraciones de regocijo. 
   
Algún tiempo estuvo la imagen de la Virgen colocada en un aposento que servía de oratorio en la casa y vivienda de dicha doña Ana; pero después, tratando de formarle una capilla para su mayor culto y decencia, donó y señaló a la Virgen una cuadra de tierra perteneciente al territorio de su misma estancia, distante cuatro cuadras de su misma vivienda, y mandó que edificada la capilla, en ningún tiempo se mudase dicha imagen en otro paraje; y asimismo para la conservación de las limosnas de ganado, que los devotos ofrecían a la divina Señora, donó y señaló en la misma estancia, río abajo de la otra banda, un cuarto de legua. 
   
Por los años 1677 se empezó en dicho paraje la obra de la nueva capilla, cuyos cimientos abrió un religioso carmelita portugués llamado Fr. Gabriel. Corrió la obra, con alguna lentitud, hasta que Dios quiso adelantarla con el siguiente milagro. Por los años de 1684 sucedió que don Pedro Montalvo, clérigo presbítero en Buenos Aires, enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron a tísico confirmado, resolvióse venir a visitar a Nuestra Señora de Luján con ánimo de vivir o morir en su compañía. Unas leguas antes de llegar a la vivienda de doña Ana, le apretó de tal manera el accidente que lo tuvieron por muerto los compañeros. Lleváronlo como pudieron, y el negro Manuel, viéndolo en aquel desmayo, le ungió el pecho con el sebo de la lámpara y con esto volvió en su acuerdo. Luego después le dijo que tuviese y creyese que había de sanar perfectamente de su enfermedad, porque su ama (así llamaba a la Virgen) le quería para su primer capellán; y que así debía de suceder. 
     
Luego echó mano de algunos de aquellos cardillos y abrojos que solía guardar cuando los despegaba del vestuario de la imagen, según dejamos dicho, mezclados con un poco de tierra del barro que sacudía de sus fimbrias, y pidió a cierta señora, llamada doña María Díaz, le hiciera de todo ello un cocimiento. Diósele a beber al enfermo en nombre de la Santísima Virgen, y con sólo este remedio, quedó libre de sus ahogos y enteramente sano. 
   
El Padre Montalvo, agradecido al beneficio de su milagrosa salud, promovió con esfuerzo la devoción a la santa imagen, celebrando anualmente y con toda solemnidad la fiesta de la Inmaculada Concepción, el día 8 de Diciembre; y con los repetidos elogios que se experimentaban, tomó la devoción a la Virgen de Luján tanto vuelo, que no sólo los vecinos de Buenos Aires, sino también los de las provincias muy remotas, venían en romería a buscar en este Santuario el remedio de sus males.
   
El 3 de diciembre de 1871, Monseñor León Federico Aneiros, encargado del Arzobispado de Buenos Aires, presidió una magna peregrinación al Santuario de Luján, que había sido construido por el Alférez Real Don Juan de Lezica y Torrézuri en 1763. Fue la primera peregrinación oficial organizada desde que haya memoria. La finalidad de la misma fue agradecer a Dios la desaparición de la fiebre amarilla, que había diezmado la capital. Monseñor Aneiros ofrecerá la atención del templo lujanense a los sacerdotes de San Vicente de Paul. El 28 de enero de 1872 la Congregación de la Misión, representada por el P. Eusebio Fréret, tomó posesión como Párroco de Luján, y Fréret quedó constituido como el capellán de la Virgen. Con él vendría un recién ordenado Jorge María Salvaire Vázquez CM, quien colaboró como vicario del P. Eusebio Fréret en las tareas de la parroquia y el santuario.
   
Padre Jorge María Salvaire
   
Dos años después, Salvaire parte con el padre Fernando Meister a fundar la misión de Azul entre los indios de la Pampa. En llegando a Caruhe, Salvaire y Meister son atacados por los indios y luego de una feroz persecución, llegan a la toldería del lonco mapuche Manuel Namuncurá. Inicialmente fueron bien acogidos, pero al desatarse la viruela, Manuel [que había recibido de su agonizante padre Juan Calfucurá, segundo emperador de la Pampa, el mandato de no entregar Caruhé al huinca (blanco). Manuel fue padre de Ceferino, seminarista salesiano que murió en 1905 en Roma con fama de santidad–] hace caso de las propalaciones de los chamanes que veían peligrar sus ilícitas ganancias con la conversión de la indiada que acusaron al padre Salvaire de brujo. En medio de la deliberación, en que los caciques pedían que se le condenara a muerte a lanzazos, el padre Salvaire se vuelve hacia la Virgen diciendo: «que nunca desamparó a los que a tu loado favor se acogieron. Sálvame y publicaré tus milagros, y caminaré por toda la Tierra pidiendo limosna para engrandecer tu iglesia», ante lo cual Bernardo, hermano del cacique, tiende sobre su espalda el poncho en señal de libertad.
   
Regresado a Luján en 1876, emprende la obra que prometió en su voto. Entre ese año y 1883 (a excepción de 1881, cuando se le ordena acompañar a monseñor Espinosa a reevangelizar el desierto), se dedica a escribir la historia de la imagen de Nuestra Señora de Luján, que al publicarse en 1885 se agota en su primera edición. En 1886 viaja a Europa llevando varias joyas que le habían donado para fabricar la corona para la imagen en París. La corona es de oro de estilo gótico y su forma es imperial. Su base está compuesta por un círculo cuajado de exquisitas filigranas y doce florones. De seis de éstos salen arcos con delicados filigranas y que reuniéndose en lo alto sostienen un globo de lapislázuli ceñido en dos círculos de brillantes y dominado por una cruz cubierta por ambas caras de brillantes y piedras finas. La corona posee 365 piedras preciosas, 132 perlas, 12 piezas de esmeraldas; seis de las piezas representan cabezas de querubines y las otras seis los escudos de Pío IX y León XIII, las Repúblicas de Argentina, Uruguay y Paraguay, y el reino de España. Circunda la corona un nimbo de oro de doce estrellas y en el centro de cada uno como así también de cada espacio intermediario se encuentra un brillante. viajó a Roma, para pedirle al papa León XIII que le otorgara dicho reconocimiento a Nuestra Señora de Luján, a lo cual accedió y bendijo la corona el 30 de septiembre de 1886 y ordenó que la coronación se realizara el cuarto domingo después de Pascua del año siguiente. Regresado a Argentina, el 8 de mayo de 1887 se realizó la coronación por Mons. León Federico Aneiros Salas, segundo arzobispo de Buenos Aires, ante más 40.000 fieles (quizá el único consuelo entre tantas calamidades como sufrió en sus últimos años).
  
Ese mismo año, el padre Salvaire es enviado por sus superiores a Uruguay, donde propaga la devoción a Nuestra Señora de Luján, y regresa en 1889 como capellán del santuario, a raíz de la renuncia del padre Emilio George como párroco del mismo. Allí, reanudó las labores para la construcción del nuevo santuario, cuyos planos encargó al arquitecto francés Ulrico Courtois y su construcción empezó el 6 de mayo de 1890. Salvaire murió el 4 de febrero de 1899, siendo sepultado en el crucero oeste del santuario. Sus últimas palabras fueron Creo en Dios, amo a mi Dios y espero en ti, Madre mía de Luján.
 
Continuó las obras el P. Antonio Brignardello, seguidas luego por el P. Vicente Dávani. El día de la Inmaculada del año 1910 —en el marco de las celebraciones del Centenario—, aun cuando las torres todavía estaban sin terminar, fue inaugurado y bendecido el gran templo, prenda de victoria para los católicos, ligados por la restauración del reino de Cristo, condigna respuesta al laicismo liberal y antirreligioso que intentaba destruir la Argentina católica.
    
El 6 de octubre de 1930 el Obispo Auxiliar de La Plata, Mons. Juan P. Chimento, en representación del Obispo Diocesano Mons. Francisco Alberti, consagró el gran templo. Seis días después, se declaró a la Virgen de Luján, Patrona de la Argentina, Uruguay y Paraguay, y el 8 de diciembre del mismo año, el Papa Pío XI le otorgó oficialmente el título de “Basílica menor”, incorporada a Santa María la Mayor de Roma, con las indulgencias anexas.
    
Para la redacción de este artículo se emplearon, entre otros, el artículo De la frontera a la Villa de Luján: Los comienzos de la gran Basílica (1890-1899), de Juan Guillermo Durán, y la Novena a Nuestra Señora de Luján dispuesta por el padre Jorge María Salvaire Vásquez CM.

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