jueves, 21 de junio de 2018

ORACIÓN DE SAN EFRÉN DE SIRIA ANTES DEL AVE MARÍA

Ante la noticia de la aprobación del aborto en la Cámara de Diputados de la Nación en Argentina -aprobación presionada desde luego por la judeomasonería nacional e internacional, e impulsada por una plebe malditamente consciente y conscientemente maldita-; y el comunicado blandengue y fronterizo a la blasfemia por parte de la Conferencia Episcopal Argentina -concomitante al silencio importaculista del Portador de Maldición que es Bergoglio, silencio justificado por su amiguita Elisabetta Piqué- que tomando en vano el nombre de Dios, equipara a la Virgen Santísima con una mujer cualquiera víctima de un embarazo inesperado, ES CLARO TEOLÓGICAMENTE QUE CRISTO DIOS NO DEJARÁ IMPUNE CUALQUIER OFENSA CONTRA SU MADRE SANTÍSIMA, y tarde o temprano ejercerá su venganza contra los blasfemos y los tibios.

Mientras eso sucede, el honor de Nuestra Señora no puede permanecer sin ser desagraviado, y con esa intención os presentamos la siguiente oración:


«Llena mi boca con la gracia de tu dulzura, ¡oh María!, e ilumina mi mente, ¡oh llena de gracia! Mueve mi lengua y mis labios para cantar tus alabanzas con gusto y especialmente esa dulce melodía con que el Ángel Gabriel se dirigió a ti, purísima Virgen Madre de Dios. Ayúdame a saludarte con esta oración la más digna y que contiene alimento y asistencia para todas las almas. Concédeme a mí, tu humilde siervo, alabarte y saludarte devotamente: Dios te salve, María, etc.» (San Efrén de Siria, Doctor de la Iglesia. Oración antes de la Salutación Angélica)

LA OBSESIÓN MIGRANTISTA DE BERGOGLIO

Traducción del artículo publicado por Marco Tosatti en STILUM CURIÆ, visto en ACTA APOSTATICÆ SEDIS.
  
Caros amigos y enemigos de Stilum Curiæ, hoy Super Ex realmente escribe cosas para pensar y meditar, y para debatir. Porque su artículo trata sobre lo que parece, si no un misterio, una rareza: esto es, la obsesión migrantista del Pontífice reinante; y dada la cantidad y la repetitividad de las intervenciones, realmente creo que se puede usar en este punto, por lo menos en un tono lúdico, el término obsesión. Leed a Super Ex con atención.
  
EL INMIGRACIONISMO DE BERGOGLIO ES UNA HEREJÍA ENSEÑADA POR CARLO MARÍA MARTINI.
  
Esta es la tesis, veamos el desarrollo.
  
¿Por qué se trata de una herejía? Porque no se funda, como se podría creer a simple vista, sobre la ignorancia absoluta de los hechos. No es simple ignorancia y crasa superficialidad.
 
¿Realmente podemos creer que Bergoglio no sepa qué hay bajo la inmigración hodierna? ¡Imposible! Los obispos africanos lo han denunciado a menudo, invitando a los hijos del África a no dejarse engañar, a no dejar su tierra, su familia, sus raíces, para irse a una Europa secularizada, en la cual se encontrarán marginados, explotados, al capricho de una cultura materialista y nihilista que les reducirá a autómatas “celularizados” noche y día.
 
Es de veras imposible que Bergoglio no sepa que los menores migrantes acaban, en gran parte, explotados sexualmente, aproximadamente 7 u 8 de cada 10 mujeres. Imposible que no sepa que el tráfico de carne humana genera ganancias astronómicas para los traficantes africanos y para los occidentales, y que es movido por innumerables intereses de las distintas mafias. Las cuales, mucho antes que “Roma Capitale”, habían comprendido, con Raffaele Cutolo (fundador de la Nueva Camorra Organizada), el potencial criminal presente en los fenómenos migratorios incontrolados.
  
  
Imposible realmente que Bergoglio no haya entendido que una buena parte de los inmigrantes acaba, después de ser pasada por el mercado de la droga, en las prisiones de Occidente, después de haber dejado solas a sus mujeres y niños en África (¿es claro o no que la gran parte de aquellos que huyen, esto es, hombres jóvenes y fuertes, abandonan en la miseria y la desesperación a mujeres, niños, y ancianos que se quedan?).
 
No, Bergoglio sabe bien todo, como también sus amigos, George Soros y Emma Bonino, que son de todo menos ingenuos incautos. Por esto no se oyen, ni cuando las denuncias arriban de la Rama Judicial (ver las declaraciones del fiscal de Catania Catania Carmelo Zuccaro).
 
¿Y entonces? Y entonces la herejía esposada por Bergoglio es una suerte de utopía comunista: él sueña con una fraternidad universal, multicolor, en la cual no existan más fronteras, culturas, raíces, religiones diferentes…

El primer dogma de esta utopía es el ecumenismo absoluto: todos los dioses son iguales, y Cristo no es en absoluto “el Camino, la Verdad y la Vida”; el segundo es el optimismo de Rousseau: no existe ningún pecado original, los hombres todos son naturalmente buenos, y el pecado está en quienes primero ponen un “recinto” en sus propiedades (“recinto” es la palabra usada por el protocomunista Rousseau; Bergoglio diría “muro”).
 
¿Recordáis a Marx? Quería construir el mundo perfecto, en el cual no existirían más las clases sociales, propiedad privada, policía, prisiones, llaves, puestas… El paraíso en la tierra.
 
Se llama utopía, y toda utopía es construída precisamente sobre la idea de que el mal no sea salvado por Dios, sino por los hombres. El mundo de Bergoglio no es el de las hadas, como podría parecer, en el cual todo se obtiene, basta la varita mágica (que en este caso es la palabra “acogida”); no, es aquel de la utopía: el mundo multiétnico, multicolor, multirreligioso, sin muros, puertas, llaves, pecado… es el sueño de un hombre que, como es bien evidente por tantos otros aspectos, no tiene una visión trascendente, sí inmanente de la existencia.

Vayamos al segundo punto: el jesuita Martini como maestro de Bergoglio (independientemente del juicio negativo que el ex-arzobispo de Milán tuviera del cardenal argentino, considerado culturalmente demasiado grosero y de un caracter nada confiable).
  
     
Martini fue un alfil del diálogo ecuménico llevado hasta el exceso, esto es, al indiferentismo moral y religioso, y en particular del diálogo con el Islam (no obstante en ciertas circunstancias había también comprendido los peligros de éste). Fue él el ideólogo de una sociedad “interracial, intercultural y también interreligiosa”, llegando a alabar la inmigración en sí misma y a auspiciar una “sociedad multi-cultural y multi-integrada” (“Avvenire”, 10 de febrero de 1990).
 
¿Cómo? A través de gestos de varios tipos (como lavar los pies el Jueves Santo a los extranjeros, cosa que Bergoglio repite de continuo), la afirmación de Cartas de los “derechos del migrante”, el elogio de la apertura de todas las fronteras, y oíd atentos el componente utópico-marxista, ¡la invitación a la supresión de las mismas cárceles, en nombre de un superamiento del mal, de la culpa, del pecado por medio del diálogo! (entrevista otorgada al periodico “Un’ora d’aria” -Una hora de aire-, editado por los brigadistas rojos de la cárcel “San Vittore”, “Avvenire”, 2 de marzo de 1988).
  
     
Si fuésemos a releer un poco la prensa católica de los años Noventa, encontraremos los mismos actores de hoy: a modo de ejemplo la Cáritas que coreaba a la ley Martelli [Ley 39 del 28 de febrero de 1990, Disposiciones en materia de asilo, N. del T.] y a la Turco-Napolitano [Ley 40 del 6 de marzo de 1998, Disciplina de la inmigración y Normas sobre la condición del extranjero, N. del T.], y que suscribía llamados junto a los comunistas de la ARCI (Asociación Recreativa y Cultural Italiana) y del diario Il Manifesto, por una “sociedad multicultural y multirreligiosa”.
  
Era evidente, entonces, que no existía una verdadera urgencia migrante, sino solamente un sueño, una ideología immigrazionista. La misma ideología que, hoy funge como caballo de Troya para la destrucción tanto del Occidente como de la misma África.
  

SAN LUIS GONZAGA, CONFESOR Y PATRONO DE LA JUVENTUD CATÓLICA

«Os conjuro, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios». (Romanos 12, 1)
 
San Luis Gonzaga
  
San Luis Gonzaga nació el 9 de marzo, de 1568, en el castillo de Castiglione delle Stivieri, en la Lombardia. Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres en Lombardia y príncipe del Imperio y Marta Tana Santena (Doña Norta), dama de honor de la reina de la corte de Felipe II de España, donde también el marqués ocupaba un alto cargo. La madre, habiendo llegado a las puertas de la muerte antes del nacimiento de Luis, lo había consagrado a la Santísima Virgen y llevado a bautizar al nacer. Por el contrario, a don Ferrante solo le interesaba su futuro mundano, que fuese soldado como él.
   
Desde que el niño tenía cuatro años, jugaba con cañones y arcabuces en miniatura y, a los cinco, su padre lo llevó a Casalmaggiore, donde unos tres mil soldados se ejercitaban en preparación para la campaña de la expedición española contra Túnez. Durante su permanencia en aquellos cuarteles, que se prolongó durante varios meses, el pequeño Luis se divertía en grande al encabezar los desfiles y en marchar al frente del pelotón con una pica al hombro.
  
En cierta ocasión, mientras las tropas descansaban, se las arregló para cargar una pieza de la artillería, sin que nadie lo advirtiera, y dispararla, con la consiguiente alarma en el campamento. Rodeado por los soldados, aprendió la importancia de ser valiente y del sacrificio por grandes ideales, pero también adquirió el rudo vocabulario de las tropas. Al regresar al castillo, las repetía cándidamente.
  
Su tutor lo reprendió, haciéndole ver que aquel lenguaje no sólo era grosero y vulgar, sino blasfemo. Luis se mostró sinceramente avergonzado y arrepentido de modo que, comprendiendo que aquello ofendía a Dios, jamás volvió a repetirlo.
  
Apenas contaba siete años de edad cuando experimentó lo que podría describirse mejor como un despertar espiritual. Siempre había dicho sus oraciones matinales y vespertinas, pero desde entonces y por iniciativa propia, recitó a diario el oficio de Nuestra Señora, los siete salmos penitenciales y otras devociones, siempre de rodillas y sin cojincillo. Su propia entrega a Dios en su infancia fue tan completa que, según su director espiritual, San Roberto Belarmino, y tres de sus confesores, nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal.
   
En 1577 su padre lo llevó con su hermano Rodolfo a Florencia, Italia, dejándolos al cargo de varios tutores, para que aprendiesen el latín y el idioma italiano puro de la Toscana. Cualesquiera que hayan sido sus progresos en estas ciencias seculares, no impidieron que Luis avanzara a grandes pasos por el camino de la santidad y, desde entonces, solía llamar a Florencia, "la escuela de la piedad".
  
Un día que la marquesa contemplaba a sus hijos en oración, exclamó: «Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, ¡qué dichosa sería yo!». Luis le dijo al oído: «Yo seré el que Dios escogerá». Desde su primera infancia se había entregado al la Santísima Virgen. A los nueve años, en Florencia, se unió a Ella haciendo el voto de virginidad. Después resolvió hacer una confesión general, de la que data lo que él llama «su conversión».
   
A los doce años había llegado al más alto grado de contemplación. A los trece, el obispo San Carlos Borromeo, al visitar su diócesis, se encontró con Luis, maravillándose de que en medio de la corte en que vivía, mostrase tanta sabiduría e inocencia, y le dio él mismo la primera comunión.
 
Obligado por su rango a presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, se encontró mezclado con aquellos que, según la descripción de un historiador, "formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie». Pero para un alma tan piadosa como la de Luis, el único resultado de aquellos ejemplos funestos, fue el de acrecentar su celo por la virtud y la castidad.
   
A fin de librarse de las tentaciones, se sometió a una disciplina rigurosísima. En su celo por la santidad y la pureza, se dice que llegó a hacerse grandes exigencias como, por ejemplo, mantener baja la vista siempre que estaba en presencia de una mujer. Sea cierto o no, hay que cuidarse de no abusar de estos relatos para crear una falsa imagen de Luis o de lo que es la santidad. No es extraño que en los primeros años, después de una seria desición por Cristo, se cometan errores al quererse encaminar por la entrega total en una vida diferente a la que lleva el mundo. El mismo fundador de los Jesuitas explica que en sus primeros años cometió algunos excesos que después supo equilibrar y encausar mejor. Lo admirable es la disponibilidad de su corazón, dispuesto a todo para librarse del pecado y ser plenamente para Dios. Además, hay que saber que algunos vicios e impurezas requieren grandes penitencias. San Luis quiso, al principio, imitar los remedios que leía de los Padres del desierto.
  
Algunos hagiógrafos nos pintan una vida del santo algo delicada que no corresponde a la realidad. Quizás, ante un mundo que tiene una falsa imagen de ser hombre, algunos no comprenden como un joven varonil pueda ser santo. La realidad es que se es verdaderamente hombre a la medida que se es santo. Sin duda a Luis le atraían las aventuras militares de las tropas entre las que vivió sus primeros años y la gloria que se le ofrecía en su familia, pero de muy joven comprendió que había un ideal mas grande y que requería mas valor y virtud.
   
Hacía poco más de dos años que los jóvenes Gonzaga vivían en Florencia, cuando su padre los trasladó con su madre a la corte del duque de Mántua, quien acababa de nombrar a Ferrante gobernador de Montserrat. Esto ocurría en el mes de noviembre de 1579, cuando Luis tenía once años y ocho meses. En el viaje Luis estuvo a punto de morir ahogado al pasar el río Tessin, crecido por las lluvias. La carroza se hizo pedazos y fue a la deriva. Providencialmente, un tronco detuvo a los náufragos. Un campesino que pasaba vio el peligro en que se hallaban y les salvó.
  
Una dolorosa enfermedad renal que le atacó por aquel entonces, le sirvió de pretexto para suspender sus apariciones en público y dedicar todo su tiempo a la plegaria y la lectura de la colección de "Vidas de los Santos" por Lorenzo Surio. Pasó la enfermedad, pero su salud quedó quebrantada por trastornos digestivos tan frecuentes, que durante el resto de su vida tuvo dificultades en asimilar los diarios alimentos.
  
Otros libros que leyó en aquel período de reclusión son Las cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en aquel país, le suscitó la idea de ingresar en la Compañía de Jesús a fin de trabajar por la conversión de los herejes y Compendio de la doctrina espiritual de fray Luis de Granada. Como primer paso en su futuro camino de misionero, aprovechó las vacaciones veraniegas que pasaba en su casa de Castiglione para enseñar el catecismo a los niños pobres del lugar.
 
En Casale-Monferrato, donde pasaba el invierno, se refugiaba durante horas enteras en las iglesias de los capuchinos y los barnabitas; en privado comenzó a practicar las mortificaciones de un monje: ayunaba tres días a la semana a pan y agua, se azotaba con el látigo de su perro, se levantaba a mitad de la noche para rezar de rodillas sobre las losas desnudas de una habitación en la que no permitía que se encendiese fuego, por riguroso que fuera el tiempo.
  
Fue inútil que su padre le combatiese en estos deseos. En la misma corte, Luis vivía como un religioso, sometiéndose a grandes penitencias. A pesar de que ya había recibido sus investiduras de manos del emperador, mantenía la firme intención de renunciar a sus derechos de sucesión sobre el marquesado de Castiglione en favor de su hermano.
   
En 1581, se dio a Ferrante la comisión de escoltar a la emperatriz María de Austria en su viaje de Bohemia a España. La familia acompañó a Ferrante y, al llegar a España, Luis y su hermano Rodolfo fueron designados pajes de Don Diego, príncipe de Asturias. A pesar de que Luis, obligado por sus deberes, atendía al joven infante y participaba en sus estudios, nunca omitió o disminuyó sus devociones.
  
Cumplía estrictamente con la hora diaria de meditación que se había prescrito, no obstante que para llegar a concentrarse, necesitaba a veces varias horas de preparación. Su seriedad, espiritualidad y circunspección, extrañas en un adolescente de su edad, fueron motivo para que algunos de los cortesanos comentaran que el joven marqués de Castiglione no parecía estar hecho de carne y hueso como los demás.
  
El día de la Asunción del año 1583, en el momento de recibir la sagrada comunión en la iglesia de los padres jesuitas, de Madrid, oyó claramente una voz que le decía: «Luis, ingresa en la Compañía de Jesús».

Primero, comunicó sus proyectos a su madre, quien los aprobó en seguida, pero en cuanto ésta los participó a su esposo, este montó en cólera a tal extremo, que amenazó con ordenar que azotaran a su hijo hasta que recuperase el sentido común. A la desilusión de ver frustrados sus sueños sobre la carrera militar de Luis, se agregaba en la mente de Ferrante la sospecha de que la decisión de su hijo era parte de un plan urdido por los cortesanos para obligarle a retirarse del juego en el que había perdido grandes cantidades de dinero.
  
De todas maneras, Ferrante persistía en su negativa hasta que, por mediación de algunos de sus amigos, accedió de mala gana a dar consentimiento provisional. La temprana muerte del infante Don Diego vino entonces a librar a los hermanos Gonzaga de sus obligaciones cortesanas y, luego de una estancia de dos años en España, regresaron a Italia en julio de 1584.
  
Al llegar a Castiglione se reanudaron las discusiones sobre el futuro de Luis y éste encontró obstáculos a su vocación, no sólo en la tenaz negativa de su padre, sino en la oposición de la mayoría de sus parientes, incluso el duque de Mantua. Acudieron a parlamentar eminentes personajes eclesiásticos y laicos que recurrieron a las promesas y las amenazas a fin de disuadir al muchacho, pero no lo consiguieron.
   
Ferrante hizo los preparativos para enviarle a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomendó a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hicieran olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de Luis. Luego de haber dado y retirado su consentimiento muchas veces, Ferrante capituló por fin, al recibir el consentimiento imperial para la transferencia de los derechos de sucesión a Rodolfo y escribió al padre Claudio Aquaviva, general de los jesuitas, diciéndole: «Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas».
  
Inmediatamente después, Luis partió hacia Roma y, el 25 de noviembre de 1585, ingresó al noviciado en la casa de la Compañía de Jesús, en Sant’Andrea. Acababa, de cumplir los dieciocho años. Al tomar posesión de su pequeña celda, exclamó espontáneamente: «Este es mi descanso para siempre; aquí habitaré, pues así lo he deseado» (Salmo CXXXI, 14). Sus austeridades, sus ayunos, sus vigilias habían arruinado ya su salud hasta el extremo de que había estado a punto de perder la vida.
 
Sus maestros habían de vigilarlo estrechamente para impedir que se excediera en las mortificaciones. Al principio, el joven tuvo que sufrir otra prueba cruel: las alegrías espirituales que el amor de Dios y las bellezas de la religión le habían proporcionado desde su más tierna infancia, desaparecieron.
  
Seis semanas después murió Don Fernante. Desde el momento en que su hijo Luis abandonó el hogar para ingresar en la Compañía de Jesús, había transformado completamente su manera de vivir. El sacrificio de Luis había sido un rayo de luz para el anciano.
 
No hay mucho más que decir sobre San Luis durante los dos años siguientes, fuera de que, en todo momento, dio pruebas de ser un novicio modelo. Al quedar bajo las reglas de la disciplina, estaba obligado a participar en los recreos, a comer más y a distraer su mente. Además, por motivo de su salud delicada, se le prohibió orar o meditar fuera de las horas fijadas para ello: Luis obedeció, pero tuvo que librar una recia lucha consigo mismo para resistir el impulso a fijar su mente en las cosas celestiales.
  
Por consideración a su precaria salud, fue trasladado de Milán para que completase en Roma sus estudios teológicos. Sólo Dios sabe de qué artificios se valió para que le permitieran ocupar un cubículo estrecho y oscuro, debajo de la escalera y con una claraboya en el techo, sin otros muebles que un camastro, una silla y un estante para los libros.
  
Luis suplicaba que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más serviles. Cierto día, hallándose en Milán, en el curso de sus plegarias matutinas, le fue revelado que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Aquel anuncio le llenó de júbilo y apartó aún más su corazón de las cosas de este mundo.
  
Durante esa época, con frecuencia en las aulas y en el claustro se le veía arrobado en la contemplación; algunas veces, en el comedor y durante el recreo caía en éxtasis. Los atributos de Dios eran los temas de meditación favoritos del santo y, al considerarlos, parecía impotente para dominar la alegría desbordante que le embargaba.
  
En 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.
   
Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión.
  
Luis contrajo la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía.
  
Pensó que iba a morir y, con grandes manifestaciones de gozo (que más tarde lamentó por el escrúpulo de haber confundido la alegría con la impaciencia), recibió el viático y la unción. Contrariamente a todas las predicciones, se recuperó de aquella enfermedad, pero quedó afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, le redujo a un estado de gran debilidad.
  
Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre: «Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias». En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama.
  
En todas las ocasiones que le fue posible, se levantaba del lecho, por la noche, para adorar al crucifijo, para besar una tras otra, las imágenes sagradas que guardaba en su habitación y para orar, hincado en el estrecho espacio entre la cama y la pared. Con mucha humildad pero con tono ansioso, preguntaba a su confesor, San Roberto Belarmino, si creía que algún hombre pudiese volar directamente, a la presencia de Dios, sin pasar por el purgatorio. San Roberto le respondía afirmativamente y, como conocía bien el alma de Luis, le alentaba a tener esperanzas de que se le concediera esa gracia.
  
En una de aquellas ocasiones, el joven cayó en un arrobamiento que se prolongó durante toda la noche, y fue entonces cuando se le reveló que habría de morir en la octava del Corpus Christi. Durante todos los días siguientes, recitó el Te Deum como acción de gracias.
 
Algunas veces se le oía gritar las palabras del Salmo: «Me alegré porque me dijeron: ¡Iremos a la casa del Señor!» (Salmo CXXI, 1). En una de esas ocasiones, agregó: «¡Ya vamos con gusto, Señor, con mucho gusto!». Al octavo día parecía estar tan mejorado, que el padre rector habló de enviarle a Frascati. Sin embargo, Luis afirmaba que iba a morir antes de que despuntara el alba del día siguiente y recibió de nuevo el viático. Al padre provincial, que llegó a visitarle, le dijo:
-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos ...!
-¿A dónde, Luis?
-¡Al Cielo!
-¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati.
 
Al caer la tarde, se diagnóstico que el peligro de muerte no era inminente y se mandó a descansar a todos los que le velaban, con excepción de dos. A instancias de Luis, el padre Belarmino rezó las oraciones para la muerte, antes de retirarse. El enfermo quedó inmóvil en su lecho y sólo en ocasiones murmuraba: «En Tus manos, Señor...»
 
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses.
  
Los restos de San Luis Gonzaga se conservan actualmente bajo el altar de Lancellotti en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.
  
Fue canonizado en 1726. El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes. El Papa Pio XI lo proclamó patrón de la juventud cristiana.
  
Bibliografía:
  • Monjes Benedictinos de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edición. Wilton: Morehouse Publishing, 1989
  • P. Alban Butler, Vida de Santos, vol. IV. México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965.
 
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN LUIS GONZAGA
I. El joven santo fue víctima del amor de Dios; le sacrificó su fortuna, abandonando su marquesado para entrar en la Compañía de Jesús, a pesar de los obstáculos que oponía su padre a su piadoso designio. ¿Estás acaso, retenido en el mundo por lazos tan fuertes como los suyos? Dios bien merece que dejes todo lo que tienes, para seguir su llamado y ganar su paraíso; deja todo, si no materialmente, por lo menos por el espíritu y la voluntad.
 
II. Sacrificó Luis su cuerpo a Dios por el voto de virginidad, que renovó al entrar en religión. Émulo de la pureza de los Ángeles, llevó la modestia hasta no poner nunca sus ojos en una mujer. Además, mortificó su cuerpo con rigurosa y continua penitencia. ¿Quieres consagrar tu cuerpo a Jesucristo como hostia viva y santa? Custodia tus sentidos, mortifícalos. La vida de un cristiano debe ser continuo martirio.
 
III. Consagró el santo su libertad a Dios por el voto de obediencia. Los honores que ahora recibe, en el cielo y en la tierra, son el precio de su voluntario abatimiento. El camino más seguro para ir al cielo es el de la obediencia. Obedece a tus superiores fielmente, prontamente, sin murmurar; a Jesucristo es a quien obedeces, Él es quien te recompensará. En fin, recuerda que no sólo los religiosos, sino también los cristianos deben ser víctimas que se inmolan sin cesar a Dios. «Los cuerpos de los fieles son hostias de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu Santo» (San Agustín).
 
La castidad. Orad por las órdenes religiosas.
 
ORACIÓN
Oh Dios, dispensador de los dones celestiales, que habéis unido en el angélico Luis, una admirable inocencia de vida con un gran espíritu de mortificación, haced, por sus méritos y oraciones, que, si no hemos imitado su pureza, por lo menos imitemos su penitencia. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 20 de junio de 2018

BERGOGLIO PONE EN LA QUIEBRA A LA DIÓCESIS DE FRIBURGO

Noticia tomada de GLORIA.TV.
   
Vámonos de viaje (y a quebrar obispados entre tanto).
  
La diócesis de Friburgo/Lausana/Ginebra (Suiza), está en problemas después que el papa Francisco tomó la decisión a corto plazo de visitar el 21 de junio el Consejo Mundial de Iglesias.
 
La página web oficial cath.ch escribe que “el caso constituye un emblema de los hábitos del Vaticano de organizar un viaje de ese tipo”.
  
Sólo en febrero monseñor Charles Morerod, obispo de Friburgo, fue informado de la inminente visita y del deseo de Francisco de celebrar una Misa pública, que sería organizada y financiada totalmente por la diócesis. El anuncio fue entregado bajo embargo, de tal modo que la diócesis pudo comenzar a organizar la visita sólo en marzo.
 
La Misa costará a la diócesis más de dos millones de francos suizos/dólares, una cifra que supera su presupuesto anual. Hasta aquí la diócesis pudo cubrir solo una cuarta parte del costo. La mayoría del dinero se destina a seguridad.
  
El pedido de donaciones a las parroquias por parte del obispo recaudó solamente la suma de menos de 25.000 francos suizos.
   
Cath.ch escribe que el Vaticano no contribuye con nada y, por razones desconocidas, no desea hacer la colecta durante la Misa de Francisco.
  
Como último recurso, la diócesis pidió a sus comunidades religiosas comenzar una novena a San José.
  
AMPLIACIÓN: El diseño del escenario de la Misa papal (que se realizará en el centro de convenciones Palexpo, en la ciudad de Grand-Saconnex, cerca al Aeropuerto Internacional de Ginebra) y el mobiliario -mesa, sede y ambón- corrió a cuenta de la arquitecta lituana Felicita Marockinaite y la construcción del mismo a los carpinteros Grégoire y Pierre-Vincent Erbeia. He aquí como será:
  
  
  
Nuevamente, la sobriedad devenida en mal gusto, el rechazo a la Cruz -y a Cristo crucificado-, y el hacerse Bergoglio el centro de atención SE PONEN EN EVIDENCIA. Y no es de extrañar tampoco el color azul en la iluminación (el azul es el color de los tres primeros grados de la Francmasonería).

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Novena escrita por el Padre Gabino Chávez, con Imprimátur otorgado por el Obispado de León (Guanajuato) el 18 de Marzo de 1895, que concedió 40 días de Indulgencia por cada día de la Novena; y Mons. Ignacio Arcigas, Arzobispo de Michoacán, otorgó por esta Novena 80 días de Indulgencia.
  
Invitamos a nuestros lectores a que ofrezcan esta Novena especialmente por Nicaragua, país el cual está padeciendo bajo el yugo tiránico de José Daniel Ortega Saavedra; y por México, para que el populismo no llegue al Poder.
  
NOVENA EN HONOR A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
  
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
℣. Señor, abrirás mis labios.
℟. Y mi boca anunciará tu alabanza
℣. Dios mío, entiende en mi ayuda.
℟. Apresúrate, Señor, en socorrerme.
  
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh Señor y Dios mío!, que has hecho notoria tu salud, haciendo que por todo el universo se dé a conocer la Redención y se predique la santa Fe en la cual nosotros tuvimos la dicha de nacer, y que has revelado en presencia de todas las naciones, y delante de los ciegos gentiles la gloria del Redentor, mira, Señor, cuán ingratos hemos sido a este grande beneficio, que a nosotros por medio de la Virgen María nos concediste, cuando se dignó bajar a nuestro suelo a apresurar la conversión de estos pueblos infieles, ablandando sus corazones y docilitándolos para que recibiesen la luz de la Fe, con los inmensos bienes que a las almas comunica; yo te ruego, Señor, que perdonando mi desagradecimiento y todos mis pecados, hagas también notoria para mí tu salud, convirtiéndome de veras a tu amor y servicio, y la hagas notoria en mí a los otros, para que ayude con mis buenos ejemplos a que mi Salvador sea de todos amado y conocido; te pido que reveles la gloria del Redentor con la conversión de los pecadores delante de las almas mundanas, que abandonando las prácticas piadosas y apartadas de los sacramentos, parecen verdaderos gentiles, sepultados en las sombras de la muerte y del pecado. Haz nacer, Señor, para ellos y para mí, que te lo ruego, la luz indeficiente, que recorriendo el profundo abismo de mi corazón, y posándose sobre las olas agitadas del mar de mis pasiones, en mí habite, y en mí radique para pertenecer de este modo a los escogidos que son heredad tuya. Así sea.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
¡Virgen de Guadalupe, amada Madre mía! ¡Qué dulce es para un hijo el poder cantar con toda confianza la gloria y la hermosura de su Madre! ¡Cuánto se goza al poder aplicarte con la Iglesia las grandiosas palabras que de la Sabiduría eterna están escritas! Sí, Señora y Reina de lo criado: desde el nacimiento del sol hasta el ocaso, tu nombre, así como el de tu Unigénito, es grande en las naciones. El suyo es infinitamente grande, como que es nuestro Dios, nuestro Padre y Redentor, cuyo nombre es sobre todo nombre; mas el tuyo es inmensamente grande, pues eres su verdadera Madre, como a Juan Diego le dijiste, y eres la Reina del mundo, y el encanto de la tierra y la alegría de los cielos. Tú habitabas con Jesús tu Hijo en las más encumbradas alturas, y tu trono estaba colocado sobre una columna de luciente nube, cuando te dignaste ser encontrada por los que no te buscaban, porque apenas te conocían, y no habían experimentado la dulzura de tu bondad, ni la teruura maternal de tu amor, ni la grandeza de tu misericordia. Aún no te interrogaban como hijos a su madre, que les enseñe y les instruya; aún no se dirigían a la Madre de la luz y del conocimiento, preguntándole por el camino que habían de seguir, y por las verdades y máximas que debían practicar, y ya tuviste la dignación de aparecerles en persona de uno de sus hijos, y aparecerles, no en enigma ni escondida, sino llena de luz, y a las claras, dejando ver tu virginal semblante, y respirar tu celestial aroma, y escuchar tu dulce y arrebatadora voz. Sí, Madre mía, allí te vió el amado Juan, tan graciosa como la paloma que sube de los ríos de las aguas, cuyo olor inestimable impregnaba sus vestiduras. Allí te vió la última vez, cuando a manera de días primaverales, las flores de los rosales y los lirios de los valles te cercaban, pues tu planta los había hecho brotar de repente en el monte desierto. Y si a los hombres que aún no te interrogaban, tan dulce y tan hermosa apareciste, también con tu presencia en nuestro suelo respondes a los Ángeles que tres veces admirados preguntan: «¿Quién es esta que va subiendo como la aurora al despuntar?»... ¡Eres tú, oh hija de Sion, toda hermosa y toda suave; como la luna, hermosa; como el sol, escogida! «¿Quién es esta que cual varilla de humo aromático de mirra y de incienso, va subiendo por el monte desierto?». ¡Es la hermosísima paloma, la amiga y esposa del Dios eterno! «¿Quién es esta que como el sol se adelanta, y viene con la belleza de la Jerusalén celeste, de dónde ha salido para visitar a los hombres?». ¡Es la que vieron las hijas de Sion y feliz la llamaron las almas de nobleza real, y la colmaron de alabanzas! ¡Oh Reina y Madre mía! Hoy todos los términos de esta tierra, han visto la salud de nuestro Dios; todos los confines de nuestra República han resonado con tus glorias, tus hijos han entonado tus alabanzas, te han agradecido en el alma tus finezas; en peregrinaciones han entrado a tu tabernáculo, y han adorado al Señor en el lugar donde tus plantas se posaron. Y yo también con todos tus hijos te visito, Madre mía; yo te alabo, yo proclamo tus glorias, yo agradezco con todo mi corazon tus favores, y te pido me concedas el mayor de todos ellos, que es el ir a conocerte y a amarte, y a alabarte, y contigo a gozar de Dios en los cielos. Amén.
   
Antífona: Tabernáculo de Dios es María, colocado en medio de su Ciudad, y no será conmovido. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Tú has salido para la salud de tu pueblo; para su salud has salido con Jesucristo tu Hijo. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Gloriosas cosas de ti han sido dichas, oh Ciudad de Dios: el Señor te ha fundado sobre las santas montañas. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: Una gran señal apareció en el cielo: era una mujer cubierta por el sol, y la luna debajo de sus pies. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
  
Antífona: El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran luz; para los que habitaban en la región de la sombra de la muerte, la luz les ha nacido. Ave María. ℣. Virgen de Guadalupe. ℟. Ruega por nosotros.
     
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, y ahora, y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
  
℣. Madre mía, a ti de lejos vendrán tus hijos.
℟. Y de tu lado se alzarán tus hijas.
  
DÍA PRIMERO
 
ORACIÓN
En tus labios, Madre mía de Guadalupe, ha puesto la Iglesia las mismas palabras, que en otro tiempo dijo el Señor, cuando se le erigió aquel magnífico templo por el rey Salomón: «Yo escogí y santifiqué este lugar, para que allí esté mi nombre y permanezcan mi corazón y mis ojos todos los días». ¡Qué tres dones tan señalados! ¡Qué tres prendas tan dulces y preciosas! ¡Tu nombre, tu corazón y tus ojos! ¡Tu nombre, de Guadalupe; tu corazón de Reina, y tus ojos de Madre! Déjame, ¡oh Reina y Madre!, valorizar estas prendas que nos diste; déjame meditar sus excelencias y su precio. Tú escogiste y santificaste el sitio de tus apariciones; benignamente lo escogiste entre todos los sitios de la tierra para colmarlo de favores de gracias; lo escogiste porque lo quisiste; lo escogiste porque lo amaste; lo escogiste por una predilección inaudita e inmerecida. Y porque lo escogiste lo santificaste: lo santificaste con tu celestial y santa presencia, con tus benignas y varias visitas, como santificaste las montañas de Judá con tu visita a Santa Isabel; lo santificaste, mandando erigir allí un Santuario y haciendo para él dulcísimas promesas; lo escogiste y santificaste, para que allí estuviera tu nombre, no sólo el nombre glorioso y bendito de María, Madre de Dios, sino el nombre querido de Guadalupe, la nacida entre las peñas, porque quiere nacer siempre por su amor y devoción en la dureza de nuestros corazones; la que ahuyenta a los que nos devoran, pues ahuyentó entonces a los demonios y a los ídolos, y ha seguido ahuyentando todos los males que devoran nuestro cuerpo, las pestes que devoran nuestra vida, las inundaciones que devoran nuestras ciudades, y los enemigos aún más terribles que se revuelven como leones rugientes pretendiendo devorarnos. Escogiste y santificaste ese lugar para que permanezca en él tu corazón de Reina clementísima, tu corazón que se inclina a perdonar a los reos, a acoger a los pecadores, a ayudar a los miserables, a socorrer a los pobres, a consolar a los afligidos, a auxiliar a los cristianos; tu corazón, que después del de Jesús, es el más tierno, el más benigno, el más compasivo y el más generoso de los corazones. Escogiste el lugar y lo santificaste, para que permanezcan allí, junto con tu corazón, también tus ojos. ¡Oh, ojos dulces de Paloma sin mancha! ¡Oh, ojos sencillos y puros que con sus miradas hicieron volar al Esposo, como dice el divino Cantar! ¡Oh, ojos dulcísimos y misericordiosos! ¿Conque aquí nos los dejaste, Madre mía? ¿Conque en tu imagen los tenemos, y misteriosamente bajos, no mirando como en Lourdes el azul de los cielos, sino inclinados a nuestro pobre suelo, para mirar y penetrar las necesidades y penas de tus hijos? ¡Oh, ojos de Madre y de Reina! Ojos de Madre para compadecernos, y ojos de Reina para ayudarnos; ojos de Madre para mirarnos con ternura inefable; y ojos de Reina para socorrernos con generosidad indecible! ¡Oh Madre mía de Guadalupe! Aquí cumples todos los días con nosotros lo que te piden tus hijos por toda la redondez de la tierra cuando te cantan: «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».  Vueltos los tienes. Señora, en tu imagen hacia nosotros, siempre mirándonos, amándonos y compadeciéndonos. Danos, Virgen Santísima, danos de nuevo ahora tu nombre, para que luchando contra los enemigos conservemos nuestra fe tan combatida; danos tu real corazón para que levante nuestra esperanza, haciéndonos confiar en tus larguezas; danos tus ojos dulces, hermosos, puros, compasivos y tiernos para que ellos nos enciendan, pues son antorchas de amor santo y divino, en las llamas de la caridad, a fin de que logremos amar ardientemente a Jesucristo, y después de este destierro, mostrándonoslo tú, gozarlo por los siglos de los siglos. Amén.
   
GOZOS GUADALUPANOS
  
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Cuando me acuerdo, ¡oh Madre!
De tu visita,
Y que al suelo bajaste
Por darme vida,
De gratitud mi pecho
Luego se colma,
Pues serme, prometiste,
Madre amorosa.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
    
Al dichoso Juan Diego
Le tengo envidia,
Pues como él no te escucho
Madre querida;
Pero miro tu imagen;
Y al contemplarla,
¡Es tan dulce y tan bella
Que arroba mi alma!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Tus ojos de paloma
A mí inclinados,
Me anuncian el remedio
De mis trabajos:
Pues misericordiosos
Son con tus hijos,
Ellos a Dios, airado,
Me harán propicio.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Mil veces en mis tristes
Y amargas penas,
En nadie hallo consuelo;
Tú me consuelas.
Sólo el verte me alivia,
Y vengo a verte,
Y salgo consolado
Siempre, sí, ¡siempre!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
¡No sé qué hallo en tu imagen
Que me regala!
Fijo en ella mis ojos
Y veo tu cara,
Y hallo dulcedumbre
Que guardo dentro,
Y deseo aún más el verte
Y a verte vuelvo.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Juntas tus lindas manos
Orando al cielo,
Contigo a orar me invitan
Con tierno ruego;
Y tus plantas, posadas
Sobre el querube,
Me guían al cielo, ¡oh Virgen
De Guadalupe!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
  
El sol, para vestirte,
Sus rayos manda.
Y la luna te sirve
De humilde peana,
Y el querubín alado,
Tu manto coge,
Y a tus plantas disfruta
De inmenso goce.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Las estrellas que ocupan
El vasto espacio,
Cual otro cielo adornan
Tu regio manto;
Haz que así tus virtudes
¡Oh dulce Reina!
Iluminen de mi alma
Las tres potencias.
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
   
Virgen de Guadalupe,
Reina y Señora,
Recibe de mi canto
La última estrofa;
¡Adiós, mi amada madre,
Dueña de mi alma,
Mi corazón te dejo,
Tenlo a tus plantas!
Virgen y Madre mía
De Guadalupe,
¡Deja que tus encantos
Mi alma disfrute!
    
ORACIÓN
Oh Dios, que habiéndonos colocado bajo el patrocinio singular de la beatísima Virgen María, nos has querido colmar de continuos beneficios, concede a los que humildemente te suplicamos, que los que hoy nos regocijamos en la tierra con su memoria, algún día nos gocemos con su presencia allá en los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
   
¡Oh amada Madre mía de Guadalupe! en cuya boca pone la Santa Iglesia estas palabras: «Yo hice en los cielos que naciera la luz indeficiente, y como niebla, cubrí la tierra toda»; tú, como Madre del Verbo encarnado, luz de luz, y verdadero Dios de Dios verdadero, fuiste quien le hiciste nacer en el tiempo, para que viniese a alumbrar, como anunció Zacarías, a los que están sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte; el oficio de la aurora que hace lucir el sol para el mundo, lo hiciste, Virgen Santa, de un modo especial para con nosotros, cuando te dignaste aparecer en nuestro suelo, y venir a ser la aurora del sol de la Fe, naciente entonces entre pueblos idólatras y ciegos. Tú alumbraste a los unos para que no desconociesen en los pequeñuelos la dignidad humana; tú ablandaste a éstos para que gozosos aceptasen el yugo suave de la Fe y de la Ley divina; tú diste esfuerzo a los hombres apostólicos para proteger a la pequeña grey, y unción a su palabra para introducir la Fe en los corazones; tú, al mismo tiempo, hiciste nacer en estos tus hijos la indeficiente luz del Evangelio, y como niebla, pura y refrescante, los protegiste del ardor de las persecuciones y de la furia de sus enemigos. ¡Bendita seas, Señora y Madre mía, por tan grande dignación! ¡Alabada seas por tanta bondad y misericordia! Mas ahora vengo a suplicarte que te dignes continuar los mismos soberanos oficios con nosotros: la luz de la Fe se ha obscurecido con millares de errores que por todas partes circulan; la claridad del Evangelio se ha ofuscado con las perversas máximas que se proclaman y se practican; el ardor de la persecución (más que nunca obstinada), vuelve a fatigar y a entristecer a los fieles. Haz de nuevo que luzca más pura la luz de la Fe, para que se afirme en los corazones que esté debilitada, y alumbre a los que no la han visto o la tienen perdida. Refrigéranos con tu sombra bienhechora, para que el sol de la adversidad no nos haga sucumbir en la lucha, que sostenemos con todos los elementos de corrupción que nos rodean. Afírmate en la montaña de Sion, y ten tu descanso en la ciudad santificada por tu elección y tu presencia; desplega en Jerusalén tu poder de excelsa Reina, y extiende más y más las raíces de tu amor y devoción en este pueblo que tanto has honrado con tu visita, y a quien has dejado por heredad tu imagen tan querida. Y pues en la plenitud de los santos está tu perpetua morada, y pues donde está la madre morar deben los hijos, trasládanos desde las tinieblas del destierro, a las felices mansiones de la Luz increada. Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
    
Enséñame, Señora y Madre mía de Guadalupe, ¿por qué te comparas con el cedro del Líbano, con el ciprés del monte Sion, con la palma de Cades, y con la rosa de Jericó? ¿Por qué te llamas la hermosa Oliva en medio de los campos, y te muestras levantada como el plátano junto a las aguas y en medio de las plazas? ¡Ah! ¡Es porque las más lindas producciones de la naturaleza son figuras, aunque débiles, de tu inefable hermosura, y símbolo de tus grandezas, y cifra de tus virtudes! Tú eres el cedro de altura inexplicable, porque así como el cedro se eleva mucho más que los otros árboles, así tú estás elevada sobre todos los santos, y como en tu Asunción la Iglesia canta sobre los mismos coros de los ángeles; eres tú, cedro, Madre mía, por la rectitud de tu conducta y de tu intención y de tu alma; pues el cedro es derecho y levantado; eres cedro por la solidez de tu fe, que firme y constante estuvo en los días de la pasión y de tu llanto; cedro eres tú, Virgen María, por la incorrupción de tu alma sin pecado, y la de tu cuerpo en el sepulcro y en el cielo; cedro eres en el Líbano del Tepeyac, por la incorrupción del frágil lienzo y la duración prodigiosa de tu imagen. Como el ciprés del monte Sion, eres, Señora, porque recta te elevas hacia el cielo, en lo alto de nuestras montañas; porque tu verdor nunca se marchita, ni tu poder se amengua, ni tu bondad se acaba; porque eres la hermosura del jardín de la Iglesia, y a todos nos encaminas a lo alto de la gloria, como el ciprés apunta siempre al cielo con su punta. Palma eres de Cades, Virgen de Guadalupe, porque en un monte, antes desierto, como palma apareciste, suave, hermosa, excelsa, y de rayos coronada como la palma de sus hojas; palma de duración perpetua, porque perpetuamente nos acompañas y estás en medio de nosotros; palma, porque ella es emblema de triunfo, y por ti triunfamos del error y la mentira; palma que levantada al cielo deja colear sus frutos a la tierra, como tú, Reina y Señora de los Ángeles, nos ofreces aquí tus beneficios y mercedes; y palma también, porque en el tejido de la fibra de la palma, nos dejaste tu imagen soberana. Tú eres la rosa y plantación de rosas en Jericó, porque eres Virgen y plantación de vírgenes en la Iglesia. Rosa eres porque eres Reina de los santos, como la rosa es reina de las flores; rosa, porque embalsamas las almas con tu aroma, como la rosa embalsama con el suyo los jardines; rosa de resplandeciente blancura por tu inocencia, y de purpurinos matices por tus dolores; rosa mística aclamada por los fieles del mundo entero, y rosa del Tepeyac, al cual adornas con tu hermosura, y embalsamas con tu olor, y engrandeces con tu atractivo; rosa a cuyo imperio brotaron otras rosas en medio del invierno para pintar tu imagen y testificar tu presencia. Tú eres la hermosa oliva en medio de los campos, que derramas por todas partes suaves frutos de misericordia y de consuelo, produciendo el óleo que ilumínalas mentes y nutre las almas, y cura las llagas y dolencias; tú has sido levantada como el plátano que regado con el agua de las gracias más copiosas, alegra con su vista, y recrea con su frescura, y refresca con su sombra, y vigoriza con sus frutos. ¡Oh Madre y Reina mía! Sé tú para mi corazón el cedro que me comunique la incorrupción de la castidad; el ciprés que me guíe al cielo rectamente; la palma que me haga alcanzar el triunfo sobre mis pasiones, y la rosa que me encienda en el amor a mi Dios y a mis hermanos. Sé tú, ¡oh Virgen de Guadalupe!, la oliva que me alcance la misericordia del Señor en esta vida, y el árbol frondoso que me haga gozar del fruto de vida eterna, en el dulcísimo Jesús, fruto bendito de tu vientre. Así sea.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA CUARTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
¡Virgen de Guadalupe! Cuán grande te contemplo en las prerrogativas y excelencias que el Señor te concedió, y por las cuales eres comparada con los árboles más bellos y elevados, con el cedro y el ciprés, y con la palma y con el plátano; pero no menos me admiran y me aprovechan tus humildes y profundas virtudes, significadas por arbustos pequeños, pero preciosos para el hombre por los frutos y provechos que le traen; por eso dices con la Iglesia de ti misma: «Como el cinamomo y el bálsamo que produce aromas, he exhalado yo olor; como la mirra escogida, suave perfume derramé», y te comparas luego con varias especies aromáticas, y terminas asegurando que tu olor es el del bálsamo puro y no mezclado, y que con incienso no cortado aromaste tu habitación. Mas ¿por qué tantos modos de aromas y de olores? ¿Por qué tantas especies curativas y estimadas? Porque todas las virtudes, juntas y mezcladas en tu corazón nobilísimo, embalsaman al Cielo y a la tierra, y a los Ángeles y a los hombres; porque como el cinamomo o la canela, que se mezcla a las viandas para hacerlas olorosas y delicadas, tus virtudes, y tu culto, y tu nombre y tu imagen se mezclan entre todos los fieles de todas las edades, para hermosear y alentar nuestra vida; y como el bálsamo, originario de la Judea, a todas partes ha sido transportado para aprovechar su precio y sus virtudes, así tú, de la Judea has sido llevada por todo el Universo, y como bálsamo que derrama salud y suave olor, veuiste á establecerte en medio de nosotros. ¡Oh, y cuántas almas has embalsamado aquí con el aroma de tus virtudes! ¡Cuántas has atradío con la suavidad de tu conversación y de tu trato! ¡Cuántas y cuántas has curado con el bálsamo del consuelo, calmando aquí sus penas, aliviando sus dolencias y sanando las llagas que las propias pasiones, a las ingratas criaturas habían abierto y enconado! Es cierto que a veces los remedios habrán sido amargos, y las curaciones dolorosas, porque también eres mirra escogida, que en el monte de la mirra, es decir, en el Calvario, tomaste parte en las amarguras de la Pasión; pero en tus inefables dolores, cobraste virtud para curar todas las penas de tus hijos, o para quitar al menos lo amargo de sus sufrimientos, dejando para ti la mirra de la Cruz, y siendo allí mismo, y por ella, la suavidad de olor para calmar las ajenas amarguras. Así, oh Madre, tú eres para tus devotos, el bálsamo de la misericordia, no mezclado con nada acre ni nada amargo; el bálsamo no mezclado con la hiel de la ira, que unge los corazones y les proporciona el perdón y la salud. Y esto hace decir a tu devotísimo siervo San Buenaventura, que «el olor de María, fue como la canela en la corteza de la conversación; como bálsamo interiormente en la unción de su devoción; como mirra en el amargor del castigo; que fue su olor, el de la canela en sus santas acciones; el del bálsamo en su suavísima contemplación, y el de la mirra durante la amarguísima Pasión». Derrama, pues, estos preciosos aromas desde tu imagen embalsamada, Virgen de Guadalupe; cura aquí nuestras llagas con el bálsamo de tus piedades, mezcla en nuestras acciones la canela de tus preciosos ejemplos, para que suban a Dios, como en otro tiempo el sacrificio de Noé, en olor de suavidad; aplícanos, si preciso es, aun la mirra amarga de los castigos, que tú tornarás dulces, como son los de una madre; llena tu santuario, que es aquí tu habitación, con el vapor odorífero de tus virtudes y atractivos, como incienso no cortado, sino del árbol producido, porque tú misma eres una fuente de amor y de misericordia, que bondadosamente los comunicas a tus hijos. Y así llegaré a verte, Madre mía amabilísima, planta aromática del Cielo, y a aspirar tus suavísimos perfumes, y a gozar tus dulcísimos frutos, por los siglos sin fin. Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA QUINTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
    
Cuánto anhela mi alma la dicha y la alegría ¡oh mi querida Madre, María de Guadalupe! ¡Con qué sed insaciable, con qué especie de ávida codicia va pasando de criatura en criatura, como de flor en flor, o mejor, de miseria en miseria, tratando de encontrar lo que en sus ansias busca, y de hartarse de los goces que a veces proporcionan! Busca en ellas la dulzura de la miel y del panal, y llega pronto a cobrar una saciedad fastidiosa que le enferma y debilita. ¿Dónde está, pregunta ella angustiada, dónde está lo que busco día por día, y no encuentro sino engaño y horror? ¿Dónde se hallan la paz y la dicha, y la esperanza y la vida? Y una voz dulcísima, tierna y delicada, viniendo de lo alto, responde así: «Yo, como el terebinto, he extendido mis ramas, y mis ramas son de honor y de gracia. Yo, como la vid, he fructificado suavidad de olor, y mis flores son finitos de honor y probidad.... Pasad a mí los que me codiciáis, y seréis llenados con mis producciones. Porque mi espíritu más que la miel, es dulce, y mi heredad sobre la miel y el panal. Los que me comen, aún tendrán hambre, y los que me beben, aún tendrán sed. El que me escucha no será confundido». ¡Gracias, gracias mil, Madre mía! ¡He oído tu voz, y he sido iluminado; he escuchado tus palabras, y he quedado consolado! Tus frutos son de honor y de gracia, cuando los de las criaturas son de vergüenza y de miseria. Tú tienes como el terebinto ramas verdes y frondosas para cobijarme con tu sombra, y defenderme del sol de las persecuciones; tú tienes como la vid, olor de suavidad para confortarme, y flores de virtudes que son frutos del Espíritu Santo, honorables y santos; a ti me invitas a pasar dejando la vanidad de las criaturas y codiciando la verdadera dicha, que, después del Señor, en ti se encuentra; tú nos prometes llenarnos, cuando en el mundo nada nos llena y satisface; y no llenarnos de ti misma, sino de tus generaciones, es decir, de Jesús tu divino Hijo, que siendo uno solo, vale por mil mundos; tú, a los que el mundo llena de amarguras, nos participas de tu espíritu más dulce que la miel de los panales, y a los que las criaturas llenan de fastidiosa saciedad, nos ofreces en ti misma un manjar que mientras más se come, causa más hambre, y un licor que causa más sed mientras más de él se bebe. La voz del mundo y del demonio, es mentirosa e inquietante, y quien la escucha y la sigue padecerá la eterna confusión; pero tú nos adviertes que el que a ti escucha, jamás será confundido, y que el que por ti, y en ti trabaja, no ensuciará su alma con el pecado, como los que trabajan en las miserables criaturas, antes los que te ilustran, cantando tus alabanzas y publicando tus glorias, y pregonando tus finezas, obtendrán la vida eterna. ¡Hoy vengo, pues, a ti, María de Guadalupe, y paso a ti, aceptando con toda mi alma tu gracioso convite! ¡Aquí vengo a huir de los tormentos de la tierra, cobijándome bajo las ramas del terebinto de los cielos; vengo a gozar del olor de la viña y a recrearme con sus frutos y sus flores; vengo a ser llenado del néctar de tu amor y de las generaciones de las virtudes de tu alma, y del fruto bendito de tu seno vengo a saciarme de ti, para no tener más amor a las terrenas bellezas, ni más hambre de sus halagos, ni más sed de agradarles! ¿Qué otra belleza puedo desear sino la belleza de mi Madre que me ama, de mi Madre que es Reina y soberana, de mi Madre que es el encanto de los Cielos y de la tierra, y nos deja su imagen para mirarla, y en ella recrearnos, y con ella alegrarnos y consolarnos mientras la vemos a Ella misma en el cielo? ¡Madre, Madre! Amarte quiero, venerarte, alabarte e ilustrarte aquí en la vida presente, mientras en mí cumples tu gloriosa promesa: «Los que me ilustran, obtendrán la vida eterna». Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
 
DÍA SEXTO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
  
Cuando fuiste a visitar a Santa Isabel a las montañas, ¡oh amada Madre mía!, dos cosas la llenaban de admiración y de pasmo, y la hacían prorrumpir en grandes alabanzas: la una era tu persona que a su casa llegaba, y que conociéndote con la luz de la Fe, y la dignidad a que habías sido sublimada, exclamaba en el trasporte de su gratitud y de su amor: «¿De dónde esto a mí, que venga la Madre de mi Señor á mí?». ¿De dónde viene tan gran bondad? ¿De dónde dimana tanta dignación que a mí, pobre mujer, perdida entre estas montañas, venga, subiendo por ellas y arrostrando su aspereza, nada menos que la Madre del Señor, la que lleva a todo un Dios en su seno, a visitarme? Admiraban también a la Santa, los prodigiosos efectos de tu habla virginal. «Desde que sonó tu voz en mis oídos saltó de gozo el infante en mis entrañas», porque tu voz, ¡oh Madre mía! formada en aquella garganta, y salida de aquel pecho, donde la Divinidad habitaba, no podía menos de.ser una voz saludable, difusiva de la gracia y expulsiva del pecado, y así fuiste por ella el instrumento de la santificación del Bautista, el mayor nacido entre los hombres. Mas ¡oh, y con cuánta razón nos recuerda la Iglesia en tu fiesta, este misterio, Virgen de Guadalupe! Porque si tú subiste, en vida mortal, de Nazaret a los montes a visitar una santa mujer, ahora, gloriosa en el Cielo, bajas de allí a otra montaña afortunada a visitar a tus humildes hijos; entonces llevabas a Jesús en tu purísimo seno, para que alumbrase al niño Juan, sacándolo de las tinieblas del pecado de origen; ahora vienes a hablar con otro Juan, de infantil sencillez; para hacerle promesas grandiosas, y por su medio y en tu imagen, traer a Jesucristo, por la Fe, para aquellos pueblos idólatras; entonces tu voz maternal colmó al infante de alegría y a su madre de espíritu profético; ahora, tu voz alegra al otro Juan, y le encanta hasta creerse al paraíso trasportado, y acarrea al pueblo la gracia de la Fe con el Bautismo; entonces, habitaste por tres meses en aquella casa, llenándola de paz y bendiciones, ahora te quedaste en tu imagen maravillosa, habitando por siglos en medio de nosotros, y pidiendo un templo en el sitio cercano a la ciudad, para tener tu casa no lejos de tus hijos, y vivir próxima a ellos, y asistir en medio de ellos, y estar siempre vigilante desde esa atalaya de amor maternal, y permanecer dispuesta siempre a recibirlos, a oir la relación de sus enfermedades y trabajos, a consolarlos en sus penas, y a bendecirlos en sus empresas y tareas. ¡Bendita seas, pues, Madre mía, por tu bondadosa visita: bendita por tu permanencia en nuestro suelo; bendita porque quisiste dejarnos tu peregrina imagen que tanto nos alegra y nos consuela! Como Santa Isabel aquí clamamos: ¿de dónde a nosotros tanta dicha que la Madre de Dios haya venido a nosotros? ¿De dónde tal favor? ¿De dónde tanta dignación? ¿De dónde ha de ser sino del amor de madre para con tus hijos, de la misericordia y la clemencia que en tu corazón tienen su asiento? Ayúdanos, Señora, a meditar estas finezas, a agradecer estas mercedes, y a corresponder estos favores, para que un día merezcamos ir a cantarlos eternamente en el Cielo. Amén
  
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
¿Quién es ésta que se adelanta como el sol, hermosa como la ciudad de Jerusalén? Eres tú, Madre mía, que vienes a nuestro suelo, como el sol, porque contigo y por ti nos vino la luz de la Fe, y el conocimiento de Jesucristo, verdadero sol de justicia; eres tú que en la mañana de nuestra conversión del gentilismo, vienes como un sol a desbaratar las tinieblas de la idolatría, y a poner en fuga las fieras infernales, y a derramar la luz de la gracia y las virtudes, donde antes y por tantos siglos había reinado la noche de la idolatría, con sus crueldades y sus vicios; eres tú que reúnes en ti sola la hermosura de toda la celeste Jerusalén, porque tienes la elevación de los Ángeles, con el celo de los Apóstoles, la fortaleza de los Mártires, el fervor de los Confesores, con la cándída pureza de las Vírgenes; eres tú la más perfecta imitadora de Jesucristo, y la Reina de todos los Ángeles y los Santos. «Miráronte las hijas de Sion adornada con las flores de la primavera, y felicísima te aclamaron». Te miró Juan Diego, y se llenó de gozo: te miró él Prelado, rodeada de las rosas milagrosas, y lleno de lágrimas se prosternó ante ti para venerarte; te miraron cuantos allí estaban, y ensalzaron tu bondad, y confesaron tus misericordias; te vieron las hijas de Sion, las almas cristianas que en esos días te contemplaban, y no cesaban de alabarte y bendecirte, te han visto durante tres siglos las generaciones y ante tu imagen te han proclamado millares de voces bienaventurada, como en tu cántico anunciaste. «Flores aparecieron en nuestra tierra, y por ello te alabamos, Santa Madre de Dios». Flores hermosísimas, y de variadas formas; flores de diversos matices, y de gratos olores; flores frescas y lozanas con las gotas de rocío reluciendo en sus hojas, porque tú eres la mística rosa, que en tu seno llevaste al Rocío de los cielos; flores que atestiguaron tu fineza, y que pintaron tu imagen y que nacieron a tu soplo en un terreno estéril y en el helado invierno. ¿Cómo no alabarte por ello, Santa Madre de Dios, cuando esas flores son emblema de las virtudes que con tu mirada haces nacer en la dureza de nuestros corazones? Sí, Reina y Señora mía, haz germinar en mi alma los blancos lirios de la pureza; adórnala con los nardos aromáticos de los buenos ejemplos, enriquécela con las azucenas de la castidad, y con las violetas de la penitencia; pero sobre todo, embellecela con las flores que más allí se vieron: con las rosas de la caridad para con Dios y mis hermanos, para que presentándome aquí en tu santuario como una tierra desierta, sin camino y sin agua, a fin de ver tu virtud y tu gloria, aparezcan en mi las flores, como en otro tiempo en el estéril Tepeyac, y mis labios prorrumpan en alabanzas de la Madre de Dios, que tales maravillas obra con su poder, y tales favores concede por su misericordia. Y te cantaremos un cántico nuevo, porque cada día nos das nuevas pruebas del amor que nos tienes, y de la generosidad con que nos auxilias; y anunciaremos tu gloria entre las gentes; entre esas gentes que ignoran a Dios y no conocen sus beneficios, ni adoran su Providencia; entre esas gentes que a ti no te conocen, ni gozan de las dulzuras de su Madre, ni calman sus pesares a tus plantas. ¡Virgen de Guadalupe! ¡Ten compasión de tantas almas extraviadas! ¡Ten compasión de todos tus hijos! ¡Ten compasión de mí que te amo y te venero! Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
 
DÍA OCTAVO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
     
«Como el arco refulgente entre nubes de gloria; como flor de rosales en días de primavera», así, ¡oh Virgen de Guadalupe!, apareciste en otro tiempo al dichoso Juan, que entre los resplandores del iris te miraba, y escuchaba cantares de inaudita melodía, y ante la Flor de aquel campo, respiraba los más suaves periumes. Como Juan, el discípulo amado, te miraba en proféticas visiones, allá en una isla solitaria, contemplando «una gran señal, una mujer vestida del sol, y la luna bajo de sus plantas, y en su cabeza una corona de doce estrellas», asi Juan Diego, el neófito de ti amado, te mira en el monte silencioso, no ya en visión, sino con los ojos del cuerpo, y te encuentra rodeada de los rayos del sol y de los vivos colores del iris y con la luna a tus pies, y con muchedumbre de estrellas que bordan tu regio manto. Mas si aquella misteriosa mujer no hablaba, sino sólo exhalaba dolorosos gemidos, tú, Señora, hablas manifestando tus voluntades, y pidiendo servicios que recompensarás como Reina; si a aquella mujer se le dieron alas para volar y retirarse al desierto, tú aquí, aunque volaste al Cielo de donde habías salido a visitarnos, eliges un nuevo desierto para morar en tu imagen y convertirlo, con sólo ello, en jardín delicioso. Mas si levantas tus ojos y al derredor con ellos miras, se te mostrarán los pueblos enteros que reunidos en piadosas congregaciones, y partiendo a veces, desde los puntos más lejanos, vienen a buscar aquí, no los curiosos espectáculos ni los grandiosos monumentos, ni las riquezas y pompas de las ciudades, sino sólo y únicamente a ti, que eres su Madre; tú eres la ciudad de Dios a la que se encaminan: tu imagen, el dulce espectáculo que los arrastra; tu templo y tu santuario, los piadosos monumentos que contemplan; tu culto y tus altares, las riquezas y las pompas que los maravillan; «todos ellos se han congregado y vinieron tan sólo para ti»; son hijos tuyos venidos desde lejos, o hijas tuyas a ti consagradas, y que morando en ti y contigo, no hacen más que salir como de tu lado para venir a visitarte. Y cuando llenos de gozo llegan a tus plantas, cuando cansados y fatigados descansan delante de tu altar y a la sombra de tu santuario, no encontrando palabras bastantes para alabarte y bendecirte, toman aquellas que la Iglesia les enseña, y que en otro tiempo se dirigían á la heroica Judith, figura tuya. ¡Oh Señora, Señora y Madre mía, Virgen de Guadalupe, encanto de mi alma! «Tú eres la gloria de Jerusalén», porque no tenemos en nuestras ciudades cosa más gloriosa y más excelsa que tú; «tú eres la alegría de Israel», porque todo el pueblo de Dios no tiene mayor alegría que en visitarte, y amarte e invocarte; «tú eres la honra soberana de tu pueblo», porque como no hay mayor honra que el ser hijos de Dios, la mayor, después de ella, es tenerte por Madre, y guardiana, y Protectora, y Patrona de nuestro pueblo, nombrada por los representantes más augustos de tu Hijo sobre la tierra. «Oh Santa Madre, libre de toda mancha,1 escogida por Aquél que rompió los vínculos de la muerte haz, clementísima Virgen, que tus hijos que con tanto gozo celebran tus fiestas se alegren con la verdadera luz de la santa Fe, que te pedimos te dignes con tus suplicas aumentarla en nosotros, así como afirmar nuestra esperanza y rooustecer la caridad en nuestras almas, tú que eres nuestra esperanza, aparta de nosotros los azotes de la divina justicia; las guerras, la peste, el hambre y los temblores. Consuela a los presos y necesitados que gimen por su suerte realiza los deseos de tus hijos y sana a los enfermos. Alegra nuestros días con la tranquilidad y la paz, apacigua las enemistades, y aplaca a los perversos que maquinan siempre males. ¡Oh María, Madre piadosísima! ampáranos benigna, para que después de los trabajos del destierro, vayamos a reinar y alabar eternamente a tu Hijo divino». Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.
    
DÍA NOVENO
Por la Señal...
Acto de Contrición, Oración para todos los días y las cinco Avemarías.
      
«No hizo cosa igual con ninguna otra nación», dijo el Sumo Pontífice Benedicto XIV al ver tu hermosa imagen, Virgen de Guadalupe, y esta palabra nos indica al mismo tiempo la grandeza de tus mercedes y la obligación de nuestro agradecimiento. Con ninguna otra nación te has mostrado Reina tan clemente, Soberana tan amable, Madre tan tierna; a ninguna has visitado en su cuna con visitas tan prodigiosas, con fines tan altos y con prendas perpetuas de tu amor y protección; a ninguna le has dejado una imagen tuva pintada por los Ángeles, estampada en el manto de uno de sus hijos, con tan peregrina hermosura, con tan vivos colores y con tan admirable duración. Pero si en ninguna nación has hecho tan grandes favores ¿de cual esperarías mayor agradecimiento, mas señales de amor y culto más reverente? Es cierto que las generaciones han pasado amándote y bendiciéndote, que los Prelados han tratado siempre de aumentar el esplendor de tu culto, y que los gobernantes han venido al pie de tu imagen a recoger con las insignias del mando, el acierto y la prudencia en el ejercicio de sus cargos, es cierto que tu santuario se ha ido renovando cada vez con más magnificencia, y que una rica corona te está preparada para mostrar cuanto el culto tiene de más grande en ensalzar las imágenes y hacerlas más venerables. Todo esto es cierto, Virgen de Guadalupe, pero, ¿qué vale todo ello ante la grandeza de tus favores? ¿Qué proporción entre los homenajes de un culto que en todas partes te es debido, con los particularísimos beneficios que no se han concedido a ninguna otra nación? ¿Cómo podremos pues, oh Madre, mostrarte nuestro reconocimiento? ¿Qué te diremos, o qué nuevas palabras encontraremos para manifestarte nuestro amor y gratitud? ¡Bendita seas, Hija predilecta del Padre, Madre verdadera del Hijo, Esposa escogida del Divino Espíritu! ¡Bendita seas, Madre de los hombres, a quienes por hijos te dio Jesucristo en el Calvario!  ¡Bendita seas, porque has mostrado con nosotros entrañas de verdadera Madre, no haciendo con ninguna otra nación tan singulares finezas! «Yo soy la verdadera Madre de Dios»; dijiste al neófito sencillo en tu visita; y amorosa habiéndolele das el tierno nombre de hijo, y aun de hijo pequeñuelo, y tierno, y muy querido; y amorosa, habiéndole, le indicas que conviene que él, pobre y humilde, y no otro alguno, sea tu mensajero y tu ministro en la grande fineza que quieres mostrarnos; y amorosa, habiéndole, le prometes que recompensarás su obediencia ¡como si el servirte a ti, Reina del cielo, no fuese la más dulce delicia, y la mejor de las recompensas! Amorosa, habiéndole, le dices que has sanado a su enfermo, obrando en su favor tan misericordiosa maravilla, y amorosamente habiéndole, le prometes que en el templo que se levante, te mostrarás Madre amorosa y tierna de cuantos te invocaren. ¡Oh, y cuán perfectamente has cumplido en tantos años tu promesa, Virgen de Guadalupe! Aquí has enjugado millares de veces nuestras lágrimas; aquí has aclarado nuestras dudas; aquí has despertado o afirmado sacerdotales o religiosas vocaciones, y bendecido y hecho felices cristianos matrimonios; aquí has remediado males sin medida, angustias privadas que oprimían los corazones, y públicas calamidades que agobiaban á los pueblos; aquí has seguido siempre amorosamente hablando á todos tus hijos; amorosa hablando á los justos para que no se desvíen, diciéndoles suavemente en lo más hondo de su alma: «Yo soy la madre del hermoso amor, y del temor y del conocimiento y de la santa esperanza». En mí hallaréis toda gracia para continuar en el camino de la verdad, en mí toda esperanza de vivir la vida de las virtudes, amorosa hablando a los pecadores, exhortándolos a llegar a ti, y a llenarse de los frutos que produces, y de los sentimientos de contrición que despiertas, y de las virtudes que comunicas: amorosa hablando a las almas afligidas, invitándolas a participar de tu espíritu, más dulce que la miel, y de tu herencia más regalada que el panal; amorosa hablando a las almas tibias y olvidadas, recordándoles que tu memoria vive en el pueblo cristiano por las generaciones de los siglos. Yo también quisiera ahora amorosamente hablarte, Madre de Dios, y guarda de las Vírgenes, Puerta del celestial palacio, nuestra esperanza en la tierra, y en el cielo gozo; con filial amor quisiera ahora hablarte, Paloma de inmortal belleza que moras entre plantíos de azucenas; vara que germinas desde la raíz, la medicina de nuestras llagas; torre cerrada siempre y vedada al infernal dragón; estrella amiga de los navegantes que se hallan en peligro de naufragio! ¡Protégenos, oh Madre en las decepciones de la tierra que amargan tanto nuestra vida! Faro luciente del Tepeyac, dirígenos con los rayos de tu luz argentada; disipa las tinieblas de tantos errores, líbranos de los peligrosos escollos y muéstranos una segura vía, entre las tempestuosas olas del mar de este mundo. Y a mí, tu pobre siervo, que tanto te amo, alcánzame del Señor la gracia especial que te he pedido en estos días, si a mi alma no fuere dañosa, ni estorbare la gloria de mi Dios y Señor. ¡Bendita seas, Reina y Señora mía! ¡Bendita seas, Virgen de Guadalupe! Te dejo mi corazón, te entrego mi alma, para que a Dios la lleves; ¡bendíceme en mi vida, bendíceme en mi muerte! Amén.
  
Los Gozos y la Oración se rezarán todos los días.

martes, 19 de junio de 2018

SAN ANTONIO CONTRA LOS PREDICADORES QUE CALLAN LA VERDAD

 
«Cristo dice: “Yo soy la verdad” (San Juan 14, 6). Quien predica la verdad, profesa a Cristo. Quien en cambio, en la predicación calla la verdad, reniega de Cristo. La verdad genera el odio y luego algunos, para no incurrir en el odio de ciertas personas, se cubren la boca con el manto del silencio. Si predicasen la verdad, si dijeran las cosas como son, como la misma verdad exige y como la Sagrada Escritura expresamente comanda, incurrirían -si no me equivoco- en el odio de los carnales y tal vez estos les expulsarían de su sinagoga; pero como se regulan sobre el ejemplo de los hombres, temen el escándalo de los hombres, mientras que no es lícito renunciar a la verdad por temor del escándalo. Y de hecho los discípulos dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos, al escuchar esta palabra, se han escandalizado? Entonces Jesús responde: Todo árbol que no es plantado por mi Padre celestial, será arrancado de raíz. Dejadlos perderse: son ciegos y guías de ciegos” (San Mateo 15, 12-14). ¡Oh predicadores ciegos!, porque teméis el escándalo de los ciegos, por eso caéis en la ceguedad del alma». (San Antonio de Padua, Sermón en el Domingo VI después de Pascua, parte II, punto 10)