jueves, 20 de junio de 2019

LAUDES DIVINAS EN DESAGRAVIO AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Las “Alabanzas Divinas” (Laudes Divínæ) son una serie de aclamaciones en alabanza a Dios, a Jesucristo, al Espíritu Santo, la Santísima Virgen, San José y todos los Ángeles y Santos. Originalmente fueron escritas en 1797 por el sacerdote Luigi Felici SJ (1736-1818) para hacer reparación contra la blasfemia y las malas palabras, mal tan común en la sociedad y que atrae la ira de Dios. Pío VII, el 23 de Mayo de 1801, las aprobó y extendió a toda la Iglesia, enriqueciendo con indulgencias este acto piadoso.
   
A menudo, las Alabanzas Divinas son usadas luego de la Bendición con el Santísimo Sacramento (el Sacerdote comienza y los fieles repiten) antes de ser guardada la Sagrada Hostia en el tabernáculo, pero también pueden decirse después de escuchar, ver, pronunciar o pensar inadvertidamente alguna blasfemia o cualquier palabra malsonante.
  
LATÍN
Benedíctus sit Deus!
Benedíctus Nomen Sanctum ejus!
Benedíctus Jesus Christus, verus Deus et verus homo!
Benedíctum Nomen Jesu!
Benedíctum Cor ejus sacratíssimum!
Benedíctus Sanguis ejus pretiosíssimus!
Benedíctus Jesus in sanctíssimo altáris Sacraménto!
Benedíctus Sanctus Spíritus Paráclitus!
Benedícta excélsa Mater Dei, María sanctíssima!
Benedíctum Cor ejus immaculátum!
Benedícta sancta ejus et immaculáta Concéptio!
Benedícta ejus gloriósa Assúmptio!
Benedíctum nomen Maríæ, Vírginis et Matris!
Benedíctus sanctus Joseph, ejus castíssimus Sponsus!
Benedíctus Deus in Ángelis suis, et in Sanctis suis! Amen.
  
TRADUCCIÓN
¡Bendito sea Dios!
¡Bendito su Santísimo Nombre!
¡Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre!
¡Bendito sea el Nombre de Jesús!
¡Bendito sea su sacratísimo Corazón!
¡Bendita sea su preciosísima Sangre!
¡Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito!
¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima!
¡Bendito sea su Inmaculado Corazón!
¡Bendita sea su santa e inmaculada Concepción!
¡Bendita sea su gloriosa Ascención!
¡Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre!
¡Bendito sea San José, su castísimo Esposo!
¡Bendito sea Dios en sus Ángeles y Santos! Amén.
  
Pío VII, mediante rescripto del 23 de Mayo de 1801, otorga indulgencia de un año cada vez que se rece devotamente y con corazón contrito, indulgencia también aplicable a las Benditas Ánimas. Pío IX, mediante decreto del 8 de Agosto de 1847, concedió Indulgencia Plenaria al mes, con las condiciones de rigor, y aplicable también a las Benditas Ánimas.

PREFACIO DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

   
A diferencia del Rito Romano (que asigna para el Corpus Christi y su octava el prefacio de la Natividad), la liturgia neogalicana (en particular el Rito de Lyon y los usos de Poitiers y Beauvais) tiene un Prefacio propio para el Corpus Christi (y su Octava) y la Misa de Desagravio al Santísimo Sacramento, el cual es una rescensión del antiguo Sacramentario Gelasiano. En este prefacio, se expresa y reafirma la doctrina sobre el Sacrificio de Cristo en la Cruz, Oblación pura y perfecta que abolió para siempre las innumerables víctimas prescritas en la Ley mosaica, Sacrificio que es renovado de modo incruento en la Santa Misa:
  
PRÆFÁTIO DE SANCTÍSSIMO SACRAMÉNTO: Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus, per Christum Dóminum nostrum. Qui, remótis carnálium victimárum inánibus umbris, Corpus et Sánguinem suum nobis in Sacrifícium commendávit: ut in omni loco offerátur nómini tuo, quæ tibi sola complácuit, Oblátio munda. In hoc ígitur inscrutábilis sapiéntiæ, et imménsæ caritátis mystério, idípsum quod semel in Cruce perfécit, non cessat mirabíliter operári, ipse Ófferens, ipse et Oblátio. Et nos, unam secum hóstiam efféctos, ad sacrum invítat convívium, in quo ipse cibus noster súmitur, recólitur memória Passiónis ejus, mens implétur grátia, et futúræ glóriæ nobis pignus datur. Et ídeo cum Ángelis et Archángelis, cum Thronis et Dominatiónibus, cumque omni milítia cœléstis exércitus, hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes. [Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que te demos gracias en todo tiempo y lugar, oh Señor Santo, Padre todopoderoso y eterno Dios, por Cristo, Señor nuestro. Que habiendo removido la sombra de las inútiles víctimas, nos encomendó como Sacrificio su Cuerpo y su Sangre, para que en todo lugar se ofrezca en tu Nombre la única Ofrenda pura que Te complace. Pues en este misterio de su inescrutable Sabiduría e inmensa Caridad, no cesa de operarse maravillosamente el Sacrificio realizado en la Cruz, donde Él se mismo se ofreció como Oblación. Y a nosotros, hechos con Él una misma hostia, nos invita a este sagrado banquete en el cual se nos da por alimento, renovando la memoria de su Pasión, para llenar nuestras almas de su Gracia y darnos la prenda de la Gloria futura. Por eso, unidos a los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, junto con toda la celestial milicia, cantamos un himno a tu Gloria diciendo sin cesar].

NOVENA EN HONOR A SAN PEDRO APÓSTOL

Novena extractada de la compuesta por Don Francisco Antonio Rodríguez, y reimpresa por Valentín Torrás en Barcelona, año 1837.
  
NOVENA AL PRÍNCIPE DE LOS APÓSTOLES, SAN PEDRO
 
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.  
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.

Aquí se hace una profunda inclinación en reverencia del inefable misterio de la Santísima Trinidad: y así se empieza todos los días la novena.

ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador y Redentor mío, tened piedad de mí según la grandeza de vuestra misericordia. Pequé, Señor, contra el Cielo y ofendí a vuestra adorable Majestad, apartándome de Vos. Ya no soy digno de ser llamado hijo vuestro, pero me anima que disteis la vida por mí en el santo madero de la Cruz, y el saber que sois Padre amoroso, que espera recibir con brazos de misericordia al pecador que os la pidiere con corazón contrito y humillado ¡Oh! Dulcísimo Jesús, única esperanza de los mortales. Por vuestra sacratísima Madre, Nuestra Señora, a quien habéis constituido Madre de misericordia, abogada poderosísima y refugio seguro de los pecadores, no me desecheis, miradme con aquellos ojos de clemencia con que miraste después de sus negaciones a vuestro Apóstol San Pedro, para amargamente llorar como él las infidelidades y pecados de mi vida pasada. Pequé, amantísimo Salvador y Padre de mi vida, y quisiera haber muerto antes que haber ofendido a vuestra bondad infinita, digna de infinito amor. Propongo firmemente la enmienda de mis desórdenes pasados: satisfacer por mis pecados a vuestra divina justicia: cumplir con las obligaciones de mi estado, y obrar en todo conforme a vuestra Santa ley. Admitidme, Señor, por la intercesión de San Pedro nuestro Protector, con los auxilios de vuestra gracia, sin la cual nada puedo, para perseverar en vuestro servicio hasta la muerte. Amén.
  
DÍA PRIMERO - 20 DE JUNIO
CONSIDERACIÓN: VOCACIÓN DE SAN PEDRO.
En este día hemos de considerar la fina y fiel correspondencia del Santo Apóstol al llamamiento de la gracia, para ser discípulo de Nuestro Señor. Llamóle el Divino Maestro la primera vez por medio de su hermano San Andrés (Juan I, 42), quien le dio noticia de que había hallado al Mesías (Invénimus Mesíam): y al punto va con amorosas ansias en busca del Salvador, para instruirse en sus palabras de vida eterna. Andaba Jesús cerca del mar de Galilea, y San Pedro se ejercitaba en el oficio de pescar (Mateo IV, 18): oye la voz del Señor que le dice: Sígueme y te haré pescador de los hombres, y sin detención alguna deja las redes, el barco, los parientes, los amigos, y todo lo sacrifica por seguir la escuela de nuestro Salvador (Agustín Calmet OSB, Harmonía quátuor Evangeliórum, fol. 20). Pocos bienes temporales dejó en verdad: pero no consiste la perfección en dejar montones de riquezas; lo principal estriba en seguir por imitación a nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que hizo el Santo Apóstol, desprendiendo el corazón y afecto de cuanto el nundo podía dar de sí y lo que es más, renunciando generosamente su propia voluntad por hacer la de su Divino Maestro como fidelísimo discípulo (Mateo XV, 18).
    
Demos sin cesar gracias a Dios, porque también hemos sido llamados como cristianos a la escuela y compañía del Señor: no perdamos de la memoria que si no desprendemos nuestro corazón de los bienes del mundo, que hemos de dejar en la hora incierta de la muerte: si no procuramos renunciar nuestra propia voluntad, y arreglar las costumbres a la doctrina que profesamos, no somos dignos discípulos; y tendremos injustamente el nombre de cristianos si no seguimos las huellas del Señor, como dice San Bernardo.
  
ORACIÓN
¡Oh Salvador Divino y Maestro perfectísimo, en quien están todos los tesoros de la Sabiduría y Ciencia de Dios! (Juan VIII). Verdaderamente sois la Luz del mundo, y quien os sigue no anda en tinieblas. Gracias doy a vuestra Divina Majestad de lo íntimo de mi corazón, que os habéis dignado llamarme a la luz admirable de la Santa Fe, incorporándome en el gremio de la Santa Iglesia, y haciéndome en ella discípulo de vuestra celestial doctrina. ¿Qué merecimiento precedió en mí, amabilísimo Señor para que me iluminases con los rayos de la verdad eterna, haciéndome cristiano, cuando tantas almas andan en las profundas tinieblas del Paganismo? Piadosísimo Señor, me habéis libertado de tan formidable peligro, colocándome en el camino de la Luz, y en la senda que guía a la vida eterna. ¡Qué podré yo retribuiros por tan singular predilección y beneficio! Los cielos y la tierra bendigan vuestro Santo nombre por esta misericordia: dignaos, Señor, continuarla, dándome vuestra gracia, para seguir los pasos de vuestra Sacratísima vida, imitándola como vuestro Pedro, y confesando como él con fervoroso y constante celo, que fuera de vuestra escuela no se aprende ciencia de salvación (Juan VI, 69). Y pues sois la Luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, iluminad por vuestra misericordia a los que están sentados en las tinieblas y sombra de la muerte. Óyenos, Señor, por tu Santo Apóstol, para que todos sigamos por el camino de la paz y alabemos a vuestra Majestad en la feliz patria de la gloria. Amén.

Ahora se reza tres veces el Padre nuestro.
 
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DE LA NOVENA
Oh felicísimo Pedro, ¡Que maravilloso se ha manifestado en vos el Señor: cuya adorable providencia elige a lo que el mundo reputa despreciable para confundir los sabios, poderosos y nobles del siglo! (I Corintios I, 27-28). Vos, oh admirable Pedro, siendo un pobre y humilde pescador, fuiste elevado del polvo de la tierra, y el excelso y supremo Señor de cuanto tiene ser, que mira de lejos a los soberbios y de cerca a los humildes (Salmo CXXXVII, 7), os sublimó a la más alta esfera de Dignidad, sobre todas las de los monarcas y príncipes del universo. Tú eres la piedra solidísima escogida por el Salvador de los hombres para fundamento de la Religion Católica, contra quien nunca prevalecerán las puertas del infierno: tú el pastor universal, a quien el Príncipe de los Pastores confió el gobierno de todas las ovejas y corderos de su rebaño: tú, el fidelísimo portero a cuyo arbitrio entregó el Señor las llaves para la entrada de los mortales al Reino de los Cielos (San Hilario de Poitiers, en Mateo XVI): tú, el Príncipe de los Santos Apóstoles: la cabeza visible de la Iglesia militante, y en fin el primer Vicario en la tierra del sumo y eterno Sacerdote Jesucristo, Señor nuestro. ¡Oh Pastor Santísimo, adornado con tan brillantes prerrogativas: cuánta será la altura de vuestra gloria en el Cielo, habiendo sido tan buen ministro, y Díspensador de los misterios de Dios! Ya habéis entrado en el gozo bienaventurado del Señor, que os ha coronado de gloria y honor por toda la eternidad, cuando nosotros andamos todavía ausentes de esa patria de nuestra esperanza y navegando hacia ella en las olas del mar inconstante de esta miserable vida.

¡Oh Padre amantísimo de todos los Cristianos!, inclinad desde ese puerto seguro los ojos de vuestra piedad, para socorrernos con vuestra eficaz intercesion. Pedid al Altísimo que todos los Cristianos no perdamos de vista el norte indispensable de la Santa Fe, para evitar con sus luces el naufragio de nuestra navegación: que fijemos nuestros corazones en la esperanza de los bienes eternos, para sufrir con alegría los trabajos de esta vida momentánea, y que reine en nosotros una ardiente caridad de Dios y del prójimo, para acabar con felicidad nuestro camino. Rogad especialmente, Santo mío, por nuestro sumo Pontífice, sucesor vuestro; por todos los Prelados y personas del estado eclesiástico: Interceded por el pueblo cristiano, que confía en vos, para que en toda piedad y castidad tenga vida quieta y tranquila. Y para nosotros, oh dulce Abogado de nuestras almas, os suplicamos humildemente nos alcancéis lo que en esta Novena pedimos, si es para gloria de Dios: y que mirándonos en vos, como en un espejo de virtudes, procuremos imitarlas, y seguir nuestro soberano Dueño, que es el Santo de los Santos, a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

GOZOS EN HONOR A SAN PEDRO

Piedra sois fundamental
De la Iglesia militante:
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
    
En Betsaida habéis nacido
De unos pobres pescadores,
Y ocupado en sus labores,
Pasáis sin ser conocido;
Mas aquí mismo elegido
Sois Apóstol almirante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Ocupado en el pescar
Os llama al apostolado
El que Dios ya humanado
Al mundo vino a salvar,
Y vos sin más aguardar
Obedecéis al instante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Cuando a Jesús confesais
Hijo de Dios verdadero;
Él os declara portero
Con las llaves, que aceptáis.
Así Cefas os mostrais
Con poder de gobernante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Sobre las aguas del mar
Caminais vos muy constante;
Cuando al punto vacilante
Peligrais de naufragar:
Mas Jesus hizo surcar
Al que estaba naufragante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Cuando en el monte Tabor
Se transfigura Jesús,
Testigo sois de la luz
Y celestial resplandor:
Y en la agonía el sudor
Divisáis en su semblante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Si a la voz de una criada
Vuestro Maestro negáis,
A la del gallo llorais
Vuestra culpa inopinada,
Así que con su mirada
Jesús os traspasa amante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
Movido de las Marías
Al sepulcro corréis presto;
Y notais en aquel puesto
Cumplidas las profecías,
Pues al cabo de tres días
Sale Jesús triunfante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
   
En Galilea adoráis
A Jesús resucitado;
Y tres veces preguntado,
La respuesta es: que le amais.
Por eso pastor quedáis
De su rebaño garante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
    
Cuando el Espíritu Santo
Baja dándoos sus dones;
Pasman todas las naciones
Al ver un milagro tanto:
Disipais vos el encanto
Con Joel vaticinante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
    
Con vuestro primer sermón
Mas de tres mil se convierten:
Y los Judíos advierten
La obra de la Redención,
Siendo tal vuestro tesón
Sin desistir un instante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
    
En la cárcel os tenía
Herodes rey inhumano;
Mas os toma de la mano
El Ángel de Dios, y guía:
Descubriendo vos al día
Al Ángel que os va delante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
    
Primero en Antioquía
Vuestra cátedra sentais,
Y a Roma la trasladáis
Para ser el norte y guía
Donde persevera al día
En la misma fe constante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
     
Dais fin al apostolado
Enclavado en una cruz
Diferente de Jesús
Pies arriba levantado:
Así mártir coronado
Vuestra palma es más brillante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
      
Así la Iglesia romana
Por su venturosa suerte
Es el baluarte y fuerte
De la verdad cristiana:
Pues que siendo vaticana
Es piedra la más chocante.
Pedro, pastor vigilante,
Libradnos de todo mal.
      
Pescador héroe inmortal,
De Pontífices atlante,
Librad a la fluctuante
Del error heretical.

℣. Tú eres Pedro.
℟. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que acordaste a tu bienaventurado Apóstol San Pedro el poder de atar y desatar, concédenos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

DÍA SEGUNDO - 21 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
 
CONSIDERACIÓN: PENITENCIA DE SAN PEDRO.
Considérese que aunque el Santo Apóstol no perdió la fe cuando negó a nuestro Señor, como observan varios Santos Padres y Doctores de la Iglesia (Agustín Calmet OSB, en Mateo XXVI, 75), perdió la caridad y la gracia cometiendo un pecado tan grande, que acaso no se ha cometido más grande, como se explica San Bernardo (Sermón I de San Pedro y San Pablo). Si San Pedro después de una caída tan grave, (sigue este Santo Padre) fue levantado a una cumbre de tan eminente santidad: ¿quién, por más pecador que sea, desconfiará de la divina misericordia, si desea salir del pantano de sus culpas? Mas es necesario atender que el Santo Apóstol salió fuera y lloró amargamente su pecado.
  
Lloró amargamente con una penitencia pronta; pues habiendo mirado el Divino Maestro a Pedro, más que con los ojos corporales, con los rayos de su gracia, que le penetraron el alma, al punto salió fuera de la casa del peligro, para soltar el dique a sus lágrimas de vehementísimo dolor. Lloró amargamente con una penitencia admirable; no lloró por miedo del castigo, sino por haber negado a quien tanto amaba. Lloró con una penitencia constante, porque el Santo Apóstol no puso límite a sus lágrimas, sino que toda su vida fue una continuada penitencia; y después de la Ascensión, cuando se acordaba de la dulcísima presencia y suavísima conversación de su Divino Maestro (José Mansi CO, Locupletíssima Bibliothéca morális praedicábilis, fol. 424), todo se resolvía en lágrimas; de suerte, escribe el Angélico Doctor, que sus mejillas estaban como abrasadas de tanto llorar.
  
En este ejemplo tenemos un dechado que debemos imitar de verdadera penitencia; lloremos sin cesar nuestras culpas, e imprimamos vivamente en nuestro corazón, que son indispensables para lograr el dolor los auxilios de la divina gracia: y quedemos persuadidos que confesamos muchas veces mal, por el reprensible descuido en que vivimos, de no pedirlos al Señor debidamente.
  
ORACIÓN
Gracias a vuestra misericordia, amabilísimo Redentor nuestro, a quien todos los convertidos, y los que se han de convertir hasta el fin del mundo, deben como a causa meritoria su justificación, y las gracias necesarias para conseguirla (Concilio de Trento, Sesión sexta, cap. VII). Dadme, Señor, a conocer cuán necesarios me son los auxilios de vuestra gracia, para vencer las perversas inclinaciones de la naturaleza corrompida por el pecado, y para triunfar de muchas y muy gravísimas tentaciones con que el mundo, demonio y carne nos combaten. ¿Quién libertará al hombre infeliz de este cuerpo mortal, sujeto a las baterías de tan formidables enemigos, sino la divina gracia, obtenida por vuestros merecimientos (cf. Romanos VII)?
   
¡Oh gracia verdaderamente celestial, sin cuya asistencia nada podemos que sirva a nuestra salvación, y con cuya protección nada hay que sea imposible, pudiéndolo todo en Dios, que nos conforta! Señor misericordioso, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve, por vuestro Apóstol, tened misericordia de todos los pecadores, y concedednos la gracia de imitar el arrepentimiento de San Pedro, para hacer en esta vida dignos frutos de penitencia. No permitas, dulcísimo Jesus, que dejemos pasar en vano los dones de vuestra gracia: que haciendo buen uso de ellos, estaremos fortalecidos para no temer los males; cuando nos hallemos en medio de la tribulación se disiparán las nieblas de nuestro entendimiento, se inflamará nuestra voluntad en vuestro santo amor, y tendremos consuelo en los trabajos de esta momentánea vida, con la esperanza de gozaros y alabaros por toda la eternidad en vuestra gloria. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA TERCERO - 22 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
  
CONSIDERACIÓN: HUMILDAD DE SAN PEDRO.
Considérese que siendo regla infalible del Santo Evangelio que será ensalzado el que se humille (Lucas V, 10), se deja entender fácilmente que San Pedro fue humildísimo entre todos los Apóstoles y Discípulos de Señor: pues sobre todos fue exaltado a la mayor y más encumbrada Dignidad que hay sobre la tierra. Manifestó ya el Santo esta importantísima virtud: ya cuando dijo a nuestro Señor, «yo soy un grande pecador, e indigno de aparecer en vuestra presencia»: ya cuando exclamó: «Señor, ¿tú me lavas a mí los pies? No permitiré semejante acción eternamente; pero si esta es tu voluntad, pies, manos y cabeza me dejaré lavar antes que desagradaros» (Albano Butler, Vidas de los Santos, fol. 510); ya cuando preguntado del Divino Maestro si le amaba más que los otros Discípulos, aunque era un serafín abrasado en su amor, con todo no se atrevió a responder, sino temeroso, y como quien desconfiaba de sí mismo, segun escribe el Crisóstomo: «Señor, vos sabéis que os amo»: Al fin manifestó el Príncipe de los Apóstoles ser humilde en el mismo tiempo de su martirio, consiguiendo de los verdugos le fijasen en la Cruz cabeza abajo, como si fuera indigno de elevar sus benditos ojos al Cielo (Albano Butler, Vidas de los Santos, fol. 536), cuya acción atribuyen San Ambrosio y San Agustín, parte a su humildad, y parte a los ardientes deseos de padecer más por su Dios y Maestro. Todo esto solo es un índice de la profundísima humildad que reinaba en el corazón del Pastor universal del rebaño de la Católica Iglesia.
 
Consideremos ahora si se halla en nosotros esta marca de la santa humildad, que ella es la de todas las buenas ovejas que siguen las huellas del Divino Pastor; la soberbia es una señal evidentísima de los réprobos, y por el extremo contrario, la humildad es el caracter de los predestinados. Aunque la soberbia haya dominado en nuestras almas, no nos desconsolemos, con tal que nerviosamente procuremos trabajar, con la divina gracia, en ser humildes.
  
ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, que siendo por esencia el Rey de los Reyes y Señor de los Señores, os dignasteis de tomar la forma de siervo humillándoos a Vos mismo, según la expresión de San Pablo, «hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Filipenses II, 8); concededme la gracia, Señor, de mirar siempre a tu incomprehensible y asombroso ejemplo de tu humildad, para imitarle; y dadnos a entender a todos los Cristianos la importancia de esta santísima virtud para nuestra salvación, y que ella es el fundamento sobre el cual estriba el edificio grande de una vida verdaderamente cristiana.

Vos, dulcísimo Maestro, siendo el modelo de todas las virtudes, nos decís muy en particular: «Aprended de mí, que soy humilde y manso de corazon», asegurando asimismo en vuestro Santo Evangelio que el que no se humillase no entraría en el Reino de los Cielos. ¿Qué ceguedad ha sido la mía, Dios mío? ¿Por qué yo me he de ensoberbecer, siendo polvo, ceniza, nada? ¿Qué tengo yo que no haya recibido de vuestra misericordia, Señor soberano de la gracia? Aunque camine de virtud en virtud, y llegue a la cumbre de la perfección cristiana, no puedo saber sin especial revelación que perseveraré en vuestra gracia hasta la muerte, y me puedo perder por la eternidad (Concilio de Trento, canon 6). ¿Dónde está mi razón para ensoberbecerme? Buen Jesús, por los méritos de vuestro fiel Siervo, el humildísimo San Pedro, conservad en nuestro espíritu estos santos pensamientos, para humillarnos como buenos cristianos, y merecer por vuestra misericordia ser exaltados en la gloria, y glorificar eternamente vuestro santísimo nombre. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA CUARTO - 23 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
   
CONSIDERACIÓN: AMOR DE SAN PEDRO AL SEÑOR.
Considera que en los hechos Apostólicos e historia de los Sagrados Evangelios se refieren varios pasajes en que se echa de ver que ninguno de los Apóstoles tuvo más fervoroso amor al Señor, que San Pedro. Quién sino su Majestad comprenderá hasta dónde rayaban las llamas del incendio que abrasaban a este serafín Apostólico. Basta para la imitación traer a la memoria lo que refiere el Evangelista, cuando preguntado tres veces San Pedro por su Divino Maestro, si le amaba; respondió con profunda humildad: «Señor: Vos sabeis todas las cosas, y penetrais lo íntimo de mi corazón. Vos sabeis que os amo». No en vano repite nuestro Señor tantas veces «Pedro, ¿me amas?»: quiso decirle en esto: «si el testimonio de tu conciencia no te dicta que me tienes un amor perfecto, amándome sobre todas las cosas: más que a todos los tuyos, más que a ti mismo, no tomes el cuidado pastoral, ni el gobierno de mis ovejas, por quien he derramado mi Sangre». Después de tanto examen confió al Santo Apóstol nada menos que a su Esposa la Santa Iglesia, dejando (San Bernardo, Sermón I de San Pedro y San Pablo; en José Mansi CO, sermón 12) a su cuidado el tesoro inestimable de su preciosa Sangre, depositado en los Santos siete Sacramentos.

Contentémonos para nuestra imitación, con saber que San Pedro amó al Señor con aquella perfecta caridad, que da la vida por el amado, como en efecto murió por su Divino Maestro: sin que las muchas aguas de la tribulacion y del riguroso martirio pudiesen apagar el intenso fuego de su amor. ¿Arderá en nuestro pecho alguna llama de este sagrado incendio? Trabajemos para encenderla y aumentarla, pidiendo para esto gracia al Señor; estemos ciertos, y salgamos de toda duda, que si legitimamente no amamos, se nos hará duro el yugo de la Santa Ley que profesamos; y si amamos todo se nos hará suave y facil, como dice San Agustin. No seamos ingratos a quien tanto bien nos ha hecho; temamos, sí, aquella terrible sentencia de San Pablo, que nos dice: «maldito y excomulgado sea el que no ama a Nuestro Señor Jesucristo» (I Corintios XVI, Agustín Calmet OSB).
  
ORACIÓN
¡Oh Clementísimo Jesús, y verdadero Dios, toda caridad! ¡Yo he venido a traer fuego a la tierra, decís en vuestro Santo Evangelio, y quereis sea encendido este Divino fuego en el corazón humano! Bendito sea, Señor, el poder de vuestra gracia, en cuya virtud fue el corazón del príncipe de los Apóstoles un Sagrado Altar en que ardió el fuego de vuestro Santo amor, mejor que en el de la antigua Ley, para gloria de vuestro Santísimo Nombre. ¿Cuánta es, amorosísimo Salvador, la tibieza de mi espíritu? Amamos con intensión a las criaturas, sin hallarse en ellas más que un poquito de bien que tienen participado, ¿y no hemos de amar con toda nuestra fortaleza a vuestra Majestad, que sois el bien infinito, el único principio y fin de todo lo que es bueno? ¡Que no ame a mi Dios, que me ha libertado de la esclavitud del demonio, no con precio corruptible de plata y oro, sino con el precio infinito de su Santísima Sangre, derramándola sobre el Ara de la Cruz, como cordero inmaculado, que vino a quitar los pecados del mundo! ¡Oh locura mía, no haber amado a un Dios tan bueno! Haced, Señor, que yo os ame empleando todo mi ser en servicio vuestro, para que muriendo ahora al amor perverso del mundo, os alabe por toda la eternidad en la Gloria. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA QUINTO - 24 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
   
CONSIDERACIÓN: PÚBLICA CONFESIÓN DE FE DE SAN PEDRO.
Considérese que el Evangelista San Mateo refiere que vino Jesus y preguntó a sus discípulos qué se decia de su persona (en Judea), o en qué reputacion le tenían aquellas gentes: respondieron a su Divino Maestro, que unos le tenían por el Bautista, otros por Elías, otros por Jeremías o en fin por alguno de los Profetas; el Señor les preguntó «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Entonces San Pedro, como quien era la boca de los Apóstoles, según la expresion del Crisóstomo, toma la voz, y con alegria y su fervor acostumbrado responde en nombre de todos: «Tú, Señor, tú eres Cristo, hijo de Dios vivo». Que fue decir: «Tú, Divino Maestro, eres el verdadero Mesías, por tantos siglos deseado: Tú eres el libertador del género humano, por quien han suspirado tanto los Santos Patriarcas y Profetas: Tú, en fin, no eres hijo de adopción, como el Bautista, puramente, Elías y Jeremías; sino que siendo verdadero Hombre, eres al mismo tiempo verdadero Hijo natural de Dios».
  
Esta es la pública confesión de San Pedro, por la cual Nuestro Señor le remuneró, elevándole a la gloriosa dignidad de cabeza visible de la Iglesia. Esta confesión hemos de procurar imitar, no solo con palabras, sino tambien con obras, como el Santo Apóstol, cuya santa vida fue una continuada confesión del Señor, hasta morir por la gloria de su adorable nombre. Confesar a Cristo solo con la boca, y no con la santidad de las obras, es de viles hipócritas, de quienes se verifica, dice San Buenaventura (Comentario sobre Lucas XII, en Cornelio Alápide, tomo I, cap. I, fol. 399), lo que decía San Pablo: «confiesan que conocen a Dios; mas le niegan con sus hechos y depravadas costumbres».
  
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, Padre soberano de las luces, que revelas a los párvulos las verdades del Evangelio que ocultas a los sabios y prudentes del mundo (Mateo XI): Gracias a vuestra incomprensible Bondad, por haber revelado al párvulo y humilde siervo vuestro, San Pedro, tan altos misterios y verdades del Evangelio. Y gracias a vuestra Majestad, Divino Salvador, a cuya infinita misericordia debo las luces de la Santa fe que profeso. Confieso, Señor, con alegría de mi alma, y lo quisiera hacer con el fervoroso espíritu de mi amado protector San Pedro, que sois Cristo, Hijo único de Dios vivo, verdadero Dios y Hombre verdadero, y Redentor nuestro. Confieso delante del cielo y de la tierra esta importantísima verdad, y todas las demás que habéis revelado, y nos propone como objeto de nuestra creencia nuestra Santa Madre Iglesia.
  
¡Qué de pruebas convincentes tiene, Salvador mio, vuestro Santo Evangelio! Solo el contemplar a San Pedro, que planta el estandarte de vuestra Cruz en tantas Provincias, y en medio de la capital del mundo, Roma, triunfando de la sabiduria del siglo, de la elocuencia de los oradores, de la autoridad de los príncipes, de la fuerza de las malas costumbres, de la política del interés, y de todas las supersticiones, era bastante para convencer a un hombre de razón, si el velo oscurísimo de los pecados permitiera entrada a los rayos de tanta luz (Cf. Romanos I).
   
Iluminad por vuestra misericordia a los incrédulos, y haced que ya se acuerden y conviertan a Vos todos los fines de la tierra (Salmo XXI, 29). Disponed, Señor, que todos los Cristianos confesemos vuestro santo nombre, no solo con las palabras, sino también gallardamente con las obras, sin avergonzarnos de las ignominias adorables de vuestra Cruz por dejarnos engañar de los respetos humanos y falsa política del mundo. En vuestro Santo Evangelio está escrito que el Hijo de Dios se avergonzará de confesar delante de su eterno Padre a las almas que se hayan avergonzado de confesarle delante de los hombres. No permitáis en mí, Señor, tal desgracia: concedednos por vuestro Pedro, que confesándoos con toda nuestra alma en esta vida, alabemos a vuestra Majestad, oh Rey inmortal de los siglos, por toda la eternidad. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA SEXTO - 25 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
   
CONSIDERACIÓN: ORACIÓN MENTAL DE SAN PEDRO.
Considera cuán sublime sería la oración mental del príncipe de los Apóstoles. Estando el Santo en la ciudad de Jope, subió cierto día a lo alto (Hechos de los Apóstoles X, ver también a Calmet) y silencioso de una casa cercana al mar, en donde se hallaba hospedado para vacar con quietud al ejercicio de la oración: y arrebatado en éxtasis, tuvo aquella misteriosa vision que refiere San Lucas con todas sus maravillosas circunstancias, y en la que comprendió, ilustrado por el Espíritu Santo, que delante de Dios no hay acepción de personas, y que no solo a los Judíos, sino tambien a los Gentiles debía predicar el Evangelio; cuando habiendo muerto el Salvador por todos los hombres, ninguna Nación ni Pueblo quedaba excluída de tan gran beneficio. En efecto, San Pedro, usando ya de la potestad que nuestro Señor le había concedido, entregándole las llaves del Cielo, instruye y bautiza a Cornelio Centurión (que era Gentil), y a toda su familia; quedan admitidos en la Iglesia, y noticiosos los fieles de Jerusalén (Ver Daniel, tomo II de los Comentarios), glorificaron a Dios por haberse dignado de hacer participantes a los Gentiles como a los Judíos del don de la penitencia para conseguir la eterna salvación. Demos gracias al Señor, que se ha dignado hacer maravilloso a nuestro Santo Apóstol, y tomemos la firme resolución de imitarle, deseando ser hombres de oración mental, de que tan distantes estamos. Cuando nuestro entendimiento no medita, no piensa en conocer a Dios; ¡oh horrible alucinación! ¡Oh terrible olvido de nuestra obligación cristiana! Todo el mundo está desolado, dice Jeremias, porque ninguno medita de corazón las verdades que le importan (Jeremías XII, 11). Volvamos en nosotros, y acordándonos que la oración del malo es pésima en presencia del Señor, desterremos nuestras culpas, solicitemos vestirnos del santo temor, tomemos finalmente la resolución de dedicarnos a la oración mental, tomando por guía a San Pedro, en cuanto sea compatible con las obligaciones de nuestro estado, y siendo la primera la de ser buen cristiano, nada la desempeña tan bien como el ejercicio de la oración, como enseñan las Santas Escrituras y Doctores místicos. Acordémonos en todas nuestras obras de los Novísimos, y siempre tengamos presente la eternidad, y no nos deslizaremos a pecar.
  
Sepamos para nuestro consuelo, y animémonos con fervor, que nuestro Sumo Pontífice Benedicto XIV (Constitución Quemadmódum nihil, 16 de Diciembre de 1746) tiene concedida indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados, cada mes, al que tuviere media hora de oración mental continuada, o a lo menos un cuarto de hora, en cada uno de los días de dicho mes, con condición de que verdaderamente arrepentido y confesado reciba la sagrada comunión, y pida a Dios por la exaltación de nuestra Santa Fe, por la extirpación de las herejías, y la concordia entre los Príncipes Cristianos: y dicha indulgencia podemos tambien aplicarla por las Ánimas del Purgatorio. ¡Qué gran tesoro!
 
ORACIÓN
¡Oh clementísimo Jesus mío! Cuando considero a vuestra Majestad orando por mi salvación, ya en el desierto, ya en el monte, ya en el huerto, hasta sudar gotas de sangre; cuando reflexiono las repetidas doctrinas de vuestro Evangelio, que oremos y velemos para no entrar en tentación, y que siempre vivamos alerta, porque no sabemos el día ni la hora en que seremos llamados a juicio: cuando miro en fin el ejemplo de San Pedro, de los Santos Apóstoles, y de todos los Santos, que han seguido el ejercicio de la oracion, camino real del Cielo, me confundo, Dios mio, de la tibieza y alucinación con que he vivido (Antonio de Molina OCart., Ejercicios espirituales de las excelencias de la Oración mental, cap. VI). ¿Cómo tanto descuido de mi salvación, y no me apresuro a seguir vuestra doctrina, y con santa emulación imitar vuestros Bienaventurados? ¿Cómo no me retiro de los placeres del mundo, y apetezco la soledad en la que habla el Espíritu Santo al corazón? ¿Cómo no considero que mientras más me aproximo al mundo, mas me aparto y osa parto de mí, y que el logro de sus riquezas me estorba felicidad? ¿Cómo no echo de ver que sin oración no conozco los engaños y falacias de mis enemigos, y que todo es vanidad de vanidades? ¿En qué pienso hallar remedio cierto y fortaleza para vencer las tentaciones y dificultades que se presentan en el ejercicio de la virtud? ¿No es, Señor, el alma en la oración, segun expresión de David, como un árbol plantado a las corrientes de las aguas, que se fecunda de las gracias del Cielo, para dar a su tiempo frutos sazonados de santidad? ¡Oh Maestro Divino! Enamorad a mi alma de este santo ejercicio de la oración mental: ilustrad mi entendimiento para que con gran provecho de mi alma medite vuestro Santo Evangelio. Vea por la oracion cómo he abusado de vuestra Divina misericordia y de vuestras liberalidades, que he empleado tan en daño de mi alma, y tema vuestra Divina Justicia. Os buscaré, Señor, para enseñarme a orar, clavado y muerto por mi amor en la Santa Cruz, como libro el más Divino y fecundo de pensamientos para orar, y aprender la ciencia de mi salvación. Estos son hoy nuestros deseos: continuad, Señor, vuestras misericordias sobre nosotros, para que aprovechemos en este ejercicio: por vuestro Apóstol modereis vuestra justa indignación, y concediéndonos vuestra gracia, logremos adoraros en la gloria eternamente. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO - 26 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
  
CONSIDERACIÓN: SAGRADO CELO DE SAN PEDRO.
Considera que el verdadero y santo celo viene a ser un deseo ardiente de dilatar la gloria de Dios, y de mirar por la salud eterna de nuestro prójimo, oponiéndonos con fortaleza constante a cuanto sea contrario a estas dos cosas. Y siendo el sagrado celo el primer fruto que produce la caridad, ¿quién será capaz de ponderar dignamente las vivas llamas de celo que ardían en el corazón del más fino amante de Jesucristo? Toda la vida del príncipe de los Apóstoles estuvo empleada en dilatar la gloria de Dios, en dar a conocer y amar al Salvador del mundo, extendiendo su reino, y haciéndole triunfar de sus enemigos en todo el mundo. La fundación de la iglesia en Antioquía: la predicación del Evangelio por el Ponto, por Galacia, por Capadocia, por Asia, por Bitinia, en Jerusalén, y en casi todo Judea: el haber plantado el estandarte de la Cruz en la misma Roma, fijando en ella su cátedra Pontifical, para que, como se explica San León (Sermón I de San Pedro y San Pablo), desde la ciudad que era cabeza del mundo se difundiesen con facilidad las luces del Evangelio por todas las partes del Universo. ¿Qué otra cosa era todo esto, sino un efecto del ardentísimo celo de la gloria de Dios, y exaltación del santísimo nombre de Cristo? Este ardiente celo sobresalía en su predicación: y la afluencia de la gracia, y fuerza de la verdad fue tan poderosa en San Pedro, que en el primer Sermón convirtió cerca de tres mil almas, y en el segundo cinco mil varones, como consta de los Hechos de los Apóstoles (Cap. IV, ver Calmet). Así se aumentó la Iglesia en poquísimos dias, ¿Cuántos peces cogería después San Pedro, a quien el Señor había hecho pescador de los hombres? ¿Cuántas conversiones de pecadores en más de veinte y cuatro años que gobernó la nave de la santa Iglesia con aquella celestial y admirable sabiduría, que se deja ver en sus dos epístolas canónicas, y en la historia de los Hechos Apostólicos.
  
A presencia de lo que hemos entendido, procuremos, cuanto podamos, imitar el ardiente celo de nuestro Santísimo Abogado, y no nos pase por la imaginación que semejante imitación es solo para los Predicadores y Pastores de almas, que a todo Cristiano, que tiene capacidad para ello, incumbe la obra de misericordia corregir al que yerra, para, si puede, ganar al hermano, y no dejar que se pierda. Todos podemos pedir al Señor, oyendo misas, frecuentando sacramentos, y aplicar semejantes obras piadosas con el fin de la exaltación del santísimo nombre de Jesus, y conversión de las almas. Y si por ventura tenemos a nuestro cargo hijos, criados y domésticos, a los que más de cerca pertenece la obligación de celar sean temerosos de Dios: ¡de cuántas omisiones seremos reos, si por nuestra desidia ignoran la doctrina, o giran con desenfreno por el camino ancho de la perdicion!
  
ORACIÓN
¡Oh dulcísimo Jesús mío: cuán justamente os conviene el título de Buen Pastor, de que os gloriáis en vuestro santo Evangelio! Vos, Señor, sois el modelo perfectísimo de todos los pastores, y de todas las ovejas de vuestro rebaño, y de quien San Pedro sacó tan fiel copia, que pudo decir, como en vuestro nombre habia dicho David: Me comió el celo de la casa de Dios. Dad, oh Salvador Divino, a todos los Pastores, Predicadores, Confesores, y demás Ministros de vuestra Iglesia, aquella fidelidad, santidad de costumbres, fortaleza, doctrina celestial, mansedumbre, y fervoroso celo, que tanto brillaba en el Príncipe de los Apóstoles, para gobernar con todo acierto el rebaño que vuestra providencia les ha confiado respectivamente. Haced, Señor, que no desmayen entre los grandes trabajos de su apostólico celo, teniendo presente lo mismo que les avisa San Pedro: que cuando en el día del juicio apareciere el Príncipe de los pastores, que sois Vos, oh Divino Remunerador de nuestras obras, recibirán en recompensa la incorruptible y eterna corona de la gloria (I Pedro, cap. V). Concedednos a todos que seamos dóciles para oír la voz de nuestros Pastores, que no nos expongamos al lobo infernal, que anda dando vueltas, como leon embravecido, entre nosotros, buscando presa a quien devorar. ¡Oh, a cuántos peligros me expuse cuando andaba como oveja errante y descaminada! ¡Cómo iba corriendo al precipicio de la muerte, si vuestra bondad infinita no me hubiera buscado con amorosa solicitud! No me neguéis, Señor, por mis ingratitudes, la continuacion de vuestras misericordias, porque los enemigos del alma, mientras seguimos la carrera de esta vida, no cesan de hacer sus tentativas (Job V, 1), y si vos, oh Custodia segurísima de Israel, no me defendéis con vuestra gracia, en vano emplearé yo mi vigilancia para defenderme confiado en mis propias fuerzas. En Vos confío, Dios mío, y con vuestros auxilios espero tener en lo sucesivo un celo ardiente de mi salvación y vuestra gloria. Abrasad, Señor, mi corazon y mis entrañas con este sagrado celo, para que en todo busque vuestra gloria (Salmo XXV); para dolerme con íntimo dolor del desprecio que hay en los pecadores de vuestra santa Ley, y para mirar por la salud eterna de mi prójimo, amándole como a mí mismo. Y para que amando a vuestra Majestad con todo mi corazón en esta vida, os pueda adorar eternamente en la patria celestial. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 27 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
  
CONSIDERACIÓN: PACIENCIA DEL SANTO APÓSTOL.
Considera que la paciencia es aquella virtud con que sufrimos animosamente los trabajos sin la turbación o tristeza demasiada en lo interior del alma, y sin caer en alguna acción indecorosa. De esta importante virtud nos dejó San Pedro tantos ejemplos, cuantos fueron los trabajos de su vida apostólica, portándose en ella, como fino Ministro de Dios, con grande paciencia en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en las llagas, en las cárceles, en las persecuciones, en las vigilias, y en fin, en toda aquella multitud de semejantes penalidades que enumera San Pablo a los de Corinto (Epístola II, cap. VI). Hallábase el esforzado Apóstol predicando en Jerusalén con Divina elocuencia el nombre de nuestro Señor, creciendo el número de los fieles a la eficacia de su predicación y repetidas maravillas, cuando los Magistrados de los Judíos le mandan prender y azotar cruelísimamente. Tan lejos estuvo de perder la paciencia y entristecerse con tanta deshonra, dice el sagrado texto, que iba lleno de gozo, viéndose digno de padecer esta afrenta por su amado divino Maestro (Hechos de los Apóstoles, cap. V, 41). Remuévese la persecución contra los Cristianos en Jerusalén, y Herodes Agripa le manda aprisionar cruelmente, entregarle a la custodia de diez y seis soldados, que remudándose le guardaban estrechamente. San Pedro estaba aprisionado con dos cadenas, y cercado de aquellos trabajos que se dejan discurrir de quien se hallaba en vísperas de salir al suplicio, ¿por ventura se contrista, desmaya, se aflige el santo Apóstol en medio de tantos males, y del peligro que por instantes le amenaza? Nada menos: porque la misma noche del día en que habia de ser ajusticiado, dormía con sueño tan tranquilo, y como carece de todo cuidado, que fue como necesario al Ángel del Señor agitarle para que despertase, para ponerle en libertad, porque así convenía para bien de la Iglesia (Hechos de los Apóstoles, cap. XII, 6). Finalmente después de una vida llena de santidad y de portentosos milagros: después de haber desempeñado las obligaciones de Vicario de Cristo, Señor nuestro, con tanta gloria de su santísimo nombre, llegó la hora de su preciosa muerte que el Divino Maestro le había advertido (Juan XXI): y estando en Roma, imperando el cruelísimo Nerón, fue arrestado a la cárcel de Mamertino, donde estuvo padeciendo ocho o nueve meses, mas la paciencia del príncipe de los Apóstoles florecía como la palma: y como la caridad perfecta no sabe de temores, ni los conoce, sufrió con alegria el martirio, y dio la vida por el Señor, que por él habia muerto en el santo árbol de la Cruz. Tan admirables frutos de paciencia produce el Divino Amor.
  
¿Qué dirémos nosotros de nuestra paciencia? Si la conocemos, ¿podremos asegurarnos de que la ejercitamos? ¿Por qué no nos contristamos, afligimos o iracundamos? ¿Qué hay que nos contenga a ensoberbecernos? Consideremos cristianamente, que ni adelantaremos un paso en la virtud, ni entraremos en los Cielos, sin armarnos con el escudo de la paciencia, porque en ella (Lucas XXI, 19) poseeremos nuestras almas: suframos con alegría, y toleremos a lo ménos con verdadera sumisión los trabajos que el Señor nos envíe, seguros que no ascenderán a más de lo que podemos tolerar.
 
ORACIÓN
¡Oh Cordero inmaculado!, que por vuestro infinito amor padecisteis tan cruel y afrentosa muerte, por redimirnos del pecado, siendo tanta vuestra divina paciencia; que en toda vuestra sacrosanta Pasión no desplegasteis vuestros soberanos labios; para enseñarnos a imitarla en los trabajos que podemos padecer, según Vos ordeneis: vemos llenos de júbilo y admiración, cuán fina y fielmente siguió vuestras huellas nuestro santo Apóstol. Concedednos, Señor, por sus méritos, auxilios de vuestra gracia para poseer verdadera paciencia, para sufrir animosamente y con alegria las muchas tribulaciones de esta vida, por las que hemos de pasar para llegar a vuestra gloria.
  
Con vuestro favor, Señor, buscaré, amaré y me abrazaré con la paciencia cristiana, porque ya a buena luz conozco que con su ejercicio se asciende a la posesión felicísima del paraíso, y toco cuán afortunado es aun en esta vida el que la practica debidamente. Veo claramente, que con la paciencia en los trabajos se purifica el alma de pecados e imperfecciones: se aumenta el vigor del espíritu para resistir a las tentaciones: se satisface a Dios por los pecados cometidos: y al fin, la paciencia hace al hombre participante, Señor, de vuestra Cruz, lo que es señal (In patiéntia vestra, Lucas XXI, 19) de predestinación a la gloria (II Timoteo, II, 12), y es feliz en esta vida porque llega a poseer la tierra, según el Santo Evangelio. ¿Cómo lograrán este beneficio los hombres inquietos, iracundos, soberbios y violentos, que son a todos objeto de odio, corrompedores de la paz, de la unión y confraternidad?
  
¡Oh! Príncipe de la Paz, Salvador Divino, libradme por vuestro Pedro de este veneno que derrama la infernal serpiente. Dignaos Señor, de pacificar la turbulencia de nuestros desordenados apetitos: y por aquella inalterable paciencia y celestial constancia que tuvo vuestra Santísima Madre, y nuestra, viéndoos pendiente en la Santa Cruz, os pido nos des gracia a todos para llevar con paciencia los trabajos de esta vida, para que merezcamos la eterna. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA NOVENO - 28 DE JUNIO
℣. Dios mio, atended por vuestra infinita bondad a mi socorro:
℟. Señor, ayudadme prontamente con los auxilios de vuestra gracia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Santo, Santo, Santo, Dios y Señor de los Ejércitos: los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
Inclinación y Acto de Contrición.
  
CONSIDERACIÓN: MILAGROS DE SAN PEDRO.
Los milagros no se proponen para la imitación, sino para bendecir y alabar al Señor Dios de Israel, que solo hace maravillas, según afirma David (Salmo LXXI, 18). La sagrada Escritura, hablando de los Apóstoles, asegura que por sus méritos se hacían muchos milagros en el pueblo, y que saliendo a predicar por todas partes, el Señor cooperaba a su doctrina, confirmándola con maravillas (Marcos, cap. último). ¿Quién podrá enumerar todas las que obró el Príncipe de los Apóstoles en el prolongado discurso de su Evangélica Predicación? Alabemos al Señor en los milagros que refiere San Lucas (Hechos de los Apóstoles, cap. III). ¡Qué prodigio tan grande es el del Tullido! «Oro ni plata tengo, le dijo nuestro Santo Protector: te socorreré con lo que puedo. En nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda». Al instante quedó sano, y entró en el templo saltando de gozo y alabando al Señor. Desde Jerusalén hacía el vigilantísimo Pastor algunos viajes para visitar a los fieles esparcidos por pueblos y ciudades: y pasando por Lidia, vio a un hombre llamado Eneas, que ocho años hacía estaba paralítico y postrado en cama: «Eneas, le dice San Pedro, Jesucristo Señor nuestro te da salud, levántate»; y al punto lo ejecutó perfectamente sano, convirtiéndose al Señor los habitadores de Lidia a vista de tan pasmoso milagro (Hechos de los Apóstoles, cap. IX). En Jope resucita a la limosnera y virtuosa Tabita, movido de su caridad, y de las lágrimas de unas pobres mujeres, a las que socorría la difunta. Púsose de rodillas a orar, y después convertido hacia el cadáver, la dice: «Tabita levánte», abrió los ojos, miró a San Pedro, sale del ataúd, y enterado el pueblo de tan milagrosa resurrección, muchos se convirtieron al Señor. Al fin el Todopoderoso había condecorado a su siervo con gracia tan portentosa de hacer milagros, que como escribe San Lucas, con su sombra sola se curaban cuantos podían lograrla (Hechos de los Apóstoles, cap. V). También desde las ciudades vecinas a Jerusalén concurría gran multitud de gentes con varios enfermos y endemoniados, y todos quedaban sanos, como afirma el sagrado texto.
      
Esta maravilla de curar con la sombra es tan particular, que se cumplió en San Pedro (Cornelio Alápide, comentario sobre Hechos I, 55; en Calmet) lo que había prometido nuestro Señor, diciendo: «el que creyere en mí, hará las obras que yo hago, y aun mayores, en virtud de mi poderosa gracia (Juan XIV). Alabemos de todo corazon al Altísimo, que se dignó ser tan prodigioso en nuestro Santo Apóstol, y pidámosle el remedio de nuestras enfermedades espirituales y corporales. Examinemos bien por los pecados capitales, qué achaques habituales padece nuestra alma, reflexionando con verdadera meditación que estos serán los que nos ocasionen la muerte eterna.
 
ORACIÓN
¡Oh dulcísimo Jesús, Señor y Dios nuestro! Postrado a los pies de vuestra adorable Majestad, bendigo y alabo con toda la fuerza de espíritu que puedo la virtud de vuestro santísimo nombre, que tanto resplandeció en el maravilloso Príncipe de los Apóstoles. Y pues comunicaste tan gran poder aun a su sombra, para dar salud a los enfermos, yo me acojo con tierna confianza a la sombra de su poderosa intercesión, suplicándoos me deis sanidad en todas mis enfermedades, mayormente en aquellas de que adolece mi alma. El amor desordenado de mí mismo y el de las criaturas, ha sido el origen de mis males. Derramad sobre mi corazón una amargura saludable, para que se desprenda del apego a las cosas del mundo, que todas son vanidad de vanidades, fuera de amaros y serviros. Aplicad, oh buen Jesus, esa mano bienhechora y omnipotente a los ojos de mi alma, paraque no se cieguen en el camino de la eternidad, conozcan con penetración la insubsistencia de los bienes terrenos, y siempre pongan la mira en el Cielo, patria dichosísima de nuestra esperanza. A Vos, Salvador Divino, nada hay incurable, ni mal alguno puede resistir a los remedios de vuestra gracia, si los hombres quieren solicitarla para recibirla, y usar de los medicamentos que nos habéis dejado en vuestra Iglesia. Compadeceos, Señor, como padre de misericordia, de tan peligrosos males, y disponed que todos los Cristianos engañados los conozcan, para que no sigan aquel camino temeroso de la ignorancia culpable, que muchos le creen recto, y no acaban de conocer que su paradero es el de la muerte. Haced, amabilísimo Redentor de nuestras almas, que no amemos, ni nos dejemos engañar del mundo, su pompa, lujo y embrollos, y que andemos en él como verdaderos peregrinos, para no colocar nuestro corazon sino en la verdadera felicidad, que por vuestros merecimientos esperamos. Dadnos la singular gracia, que ni una línea nos desviemos de la senda de vuestra Divina Ley, caminando rectos por ella hasta el fin, para concluir con la muerte preciosa de los Santos, y alabaros por toda la eternidad en la gloria. Amén.
  
Rezar tres Padre nuestros. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.

miércoles, 19 de junio de 2019

DEL ANTICRISTO, SEGÚN SANTA HILDEGARDA

Un gran enemigo de la Iglesia, un precursor del Anticristo, tomará el título de Salvador. Los herejes seguirán a este precursor del Anticristo y perseguirán a la verdadera Iglesia de Cristo. Su astucia será grande, tan grande de hecho que serán capaces de traer a muchos hombres justos hacia su partido. Los Obispos permanecerán fieles, pero todos, por su coraje y fidelidad a la Iglesia, sufrirán mucho, aunque muchos protestantes consolarán a los hijos de Dios por su conversión a la Iglesia Católica [Es de advertir que los protestantes no existían para la época de la profecía, N. del E.]. Inmediatamente precediendo al Anticristo habrá hambruna y terremotos.
  
Ciuando el gran gobernante extermine casi completamente a los turcos, uno de los mahometanos restantes se convertirá, y será sacerdote, obispo y cardenal, y cuando el nuevo Papa sea elegido (inmediatamente antes del Anticristo), este cardenal matará al Papa antes de su coronación, por envidia, deseando ser él el Papa; entonces cuando los otros cardenales elijan al próximo Papa, este cardenal se proclamará Antipapa, y dos tercios de los cristianos se irán con él. Al igual que el Anticristo, él es descendiente de la tribu de Dan [Algunos consideran que los turcos son descendientes de la tribu de Dan, N. del E.].
  
Cuando el temor de Dios haya sido desarraigado de todas partes, tomarán lugar violentas y furiosas guerras. Una multitud de gentes serán degolladas y muchas ciudades se transformarán en montones de basura. Unos pocos, crueles fuera de lo común, realizarán su papel a expensas de la paz y la tranquilidad de otros. Como ha sido desde el comienzo del mundo, Dios entregará la vara del castigo a sus enemigos para la extirpación del mal....
    
El Hijo de Corrupción y Ruina aparecerá y reinará solamente por un corto tiempo, hacia el fin de los días que durará el mundo; período que corresponde al momento cuando el sol haya desaparecido más allá del horizonte; es decir, vendrá en los últimos días del mundo. Él no será Satanás en sí mismo, sino un ser humano a imagen y semejanza suya en su atroz fealdad. Su madre, una mujer depravada poseída por el demonio, vivirá como una prostituta en el desierto. Ella declarará que es ignorante de la identidad del padre, y sostendrá que su hijo fue dado a ella por Dios en una forma sobrenatural, como lo es el Hijo de la Virgen Santísima. A esa mujer, los engañados la venerarán como santa.
  
Su madre con poca frecuencia dejará que alguien lo vea, y aun con arte mágica, ella intentará ganar para él el amor del pueblo. Él se criará en diferentes lugares secretos y se mantendrá aislado hasta que haya crecido. Cuando llegue a la adultez públicamente anunciará una doctrina hostil sobre la religión. Él seducirá y atraerá hacia sí a la gente concediéndoles completa exención de la observancia de todos los mandamientos divinos y eclesiásticos. perdonando sus pecados y requiriéndoles solamente que crean en su divinidad. Escarnecerá y rechazará el Bautismo y el Evangelio. Abrirá su boca para predicar contradicción. Dirá: «Jesús de Nazaret no es el hijo de Dios, sólo es un engañador que se arrogó ser Dios; y la Iglesia instituída por él es solamente superstición», que el verdadero Cristo vino en su persona de él, diciendo: «Soy el Salvador del mundo». Especialmente tratará de convencer a los judíos de que es el Mesías enviado por Dios, y los judíos le aceptarán como tal. Su doctrina de fe será tomada de la religión judía y aparentemente no diferirá mucho de la doctrina fundamental del Cristianismo, porque enseñará que hay un Dios que creó el mundo, que es omnisciente y conoce los pensamientos del hombre y es justo, que recompensa a los que obedecen sus mandamientos y castiga a quienes los traspasan, y que resucitará a todos los muertos en su debido momento. Que este Dios ha hablado por medio de Moisés y los Profetas, por tanto, se deben guardar los preceptos de la ley mosaica, especialmente la circuncisión y la observancia del Sabbát, aunque por sus leyes morales tratará de revertir todo orden en la tierra. Por tanto es llamado en la Sagrada Escritura el Inicuo. Pensará que puede cambiar los tiempos y las leyes. Desechará todas las leyes, y los principios morales y religiosos, para traer el mundo a sí mismo. Concederá entera libertad de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y permitirá a todos vivir como les dicte su pasión. Haciendo esto espera ser reconocido por la gente como liberador del yugo, y la causa de la prosperidad en el mundo la Religión que desarrollará para hacerla conveniente. Dirá que no necesitas ayunar ni mortificarte con la renunciación, como la gente de los tiempos pasados hacía cuando no tenían conocimiento de la bondad de Dios. Será suficiente amar a Dios. Él dejará a la gente festejar el contento de su corazón hasta el punto que se compadecerán de las gentes infortunadas de los siglos pasados. Predicará el amor libre y destruirá los lazos familiares. Hará escarnio de todo lo santo, y ridiculirizará todas las gracias de la Iglesia con diabólica burla. Condenará la humildad y alentará el orgullo y dogmas espantosos. Destruirá todo lo que Dios ha enseñado en el Antiguo y Nuevo Testamento, y mantendrá que el pecado y el vicio no son pecado ni vicio. Brevemente declarará que el camimo al Infierno es el camino al Cielo.
  
La marca (del Anticristo) será un símbolo infernal del Bautismo, porque a raíz de ésta una persona será sellada como adherente del Anticristo y también del Diablo, por el cual se rinde a sí misma a la influencia de Satanás. Cualquiera que no tenga esta marca del Anticristo no puede comprar ni vender nada, y será decapitada.
  
Él ganará para sí a los gobernantes, los poderosos y los ricos, trayendo la destrucción de los que no acepten su fe y, finalmente, subyugará la tierra toda.
  
Las calles de Jerusalén brillarán cual oro finísimo con la sangre de los cristianos, que fluirá como el agua. Simultáneamente el Anticristo tratará de incrementar sus prodigios. Sus ejecutores obrarán tales milagros cuando atormenten a los cristianos, que la gente pensará que el Anticristo es el Dios verdadero. Los verdugos no permitirán a los cristianos ganar fácilmente la corona del martirio, porque ellos se empeñarán en prolongar sus dolores hasta que renuncien a su fe. Aunque algunos recibirán una gracia especial de Dios para morir durante los tormentos.
  
El Anticristo hará que la tierra se mueva, nivelará las montañas, secará los ríos, producirá truenos y rayos y granizo, removerá las hojas de los árboles y las retornará nuevamente a ellos, hará que los hombres se enfermen y curen. exorcizará demonios, y levantará a los muertos. Él parecerá ser crucificado y resucitado de entre los muertos. Ante todo esto, los cristianos estarán asombrados y con graves dudas, mientras que los seguidores del Anticristo serán confirmados en su falsa fe.
  
Enoc y Elías están siendo instruidos por Dios en una forma misteriosa en el paraíso. Dios les muestra a ellos las obras de los hombres como piensa que ellos pudieran verlas con los ojos naturales. Los dos hombres son, por tanto, mucho más sabios que todos los sabios juntos. La misma fuerza que removió a Enoc y Elías de la tierra los traerá de regreso en un viento tormentoso y en el tiempo cuando el Anticristo esparcirá su falsa doctrina. Mientras ellos moren entre los hombres, siempre serán refrescados luego de 40 días. Ellos tienen la misión divina de resistir al Anticristo y conducir a los errantes de vuelta al camino de salvación. Ambos hombres, distinguidos por la edad y estatura, dirán a los hombres: «Este maldito es enviado por el demonio para llevar a los hombres al error. Hemos sido preservados por Dios en un lugar secreto, donde no experimentamos los sufrimientos de los hombres. Ahora estamos enviados por Dios para oponernos a la herejía de este destructor. Mirad si nos parecemos a vosotros en estatura y edad». Y porque el testimonio de ambos coincidirá, serán creídos. Todos seguirán a estos dos ancianos y renunciarán a la herejía. Ellos visitarán todas las ciudades y aldeas donde previamente el Anticristo había sembrado su herejía, y por el poder del Espíritu Santo obrarán genuinos milagros. Toda la gente se maravillará grandemente de ellos. Enoc y Elías confundirán a los seguidores de satanás con truenos, y los destruirán y fortificarán en la fe a los Cristianos. Por tanto, los Cristianos correrán al martirio, que el hijo del mal preparará a ellos cual banquete, tanto que los verdugos se cansarán de contar a los muertos a causa de su gran número; porque su sangre correrá como ríos.
  
Pero cuando al final el hijo de la perdición comprenda que no es posible superar a estos dos hombres realmente santos ni con halagos ni con amenazas, y que no puede oscurecer sus milagros, ordenará que sean sometidos a un martirio cruel y que su recuerdo sea borrado de la tierra, para que sobre la tierra no quede nadie capaz de resistirle.
  
Por último, cuando él haya puesto en obra todos sus planes, reunirá a sus adoradores y les dirá que en ese momento ascenderá hacia el Cielo. Sin embargo, en el momento de la ascensión un rayo le abrumará y lo aniquilará. La subida prevista en el cielo habrá sido preparada con el empleo astuto de dispositivos ingeniosos, y en el momento en que el evento debía tener lugar, llevándolo a su destrucción, producirá una nube que extenderá un olor insoportable. A través de esto muchas personas volverán a entrar en razón y entendimiento.
  
Entonces la gente deberá prepararse para el Juicio último, el día que ciertamente está velado en el secreto y la oscuridad, pero no muy distante.

SANTA HILDEGARDA DE BINGEN OSB. Scívias, libro tercero, visión XI. En Rev. Gerald Culleton, The Reign of Antichrist, TAN Books, 1951 -Traducción de Carlos Alberto Disandro.

MARSELLA, LA PRIMERA CIUDAD EN CONSAGRARSE AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Luego de que la peste azotara a Marsella en 1720, y bajo el impulso de la venerable Ana Magdalena Remusat OVM, fueron repartidas por millares imágenes del Sagrado Corazón de Jesús llamadas sauvegardes (antecesoras del actual Detente): se trataba de pequeñas piezas de tela roja, sobre las cuales el divino Corazón era impreso en negro sobre una pieza de género blanco cosida sobre la primera. A veces tenía escrito: «O Cœur de Jésus, abîme d’amour et de miséricorde, je mets en vous toute ma confiance et j’espère tout de votre bonté» (Oh Corazón de Jesús, abismo de amor y de misericordia, yo pongo en Vos toda mi confianza y espero todo de vuestra bondad).
  
El 22 de octubre, el obispo Mons. Henri-François-Xavier de Belsunce de Castelmoron publicó una ordenanza instituyendo en su diócesis la fiesta del Corazón de Jesús:
«Prosternados a sus pies, con el saco y la ceniza, imploramos su misericordia, y tratando, por nuestro sincero y pronto arrepentimiento, de alcanzar de compasión para nosotros su Corazón adorable, que ha amado a los hombres, aunque ingratos y pecadores, hasta agotarse y consumirse para testimoniar su amor. Si nosotros nos dirigimos a él con corazones verdaderamente contritos y humillados, acudamos con confianza que no seremos rechazados, y que en este Dios hecho hombre, fuente inagotable de todas las gracias, encontraremos un remedio pronto y seguro a todos nuestros males y el fin de nuestras calamidades. Es en su nombre que debemos orar, si queremos obtener el efecto de nuestras peticiones. En su nombre, y por la fuerza y la virtud de su Santo Nombre, se obran los más grandes prodigios.
 
Así las cosas, con el fin de aplacar la cólera de Dios y de hacer cesar el redoutable flagelo que desuela una tropa que nos fue siempre tan querida, para hacer honrar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, para reparar los ultrajes que le son hechos por las comuniones indignas y sacrílegas, y las irreverencias que sufre en este misterio de su amor por los hombres, para hacerlo amar de todos los fieles comisionados a nuestro cuidado, en fin, en reparación de todos los crímenes que han atraído sobre nosotros la venganza del Cielo, Nos hemos establecido y establecemos en toda nuestra diócesis la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que en adelante será celebrada todos los años el viernes inmediatamente posterior a la octava del Santísimo Sacramento, día en el cual ya ha sido fijada en numerosas diócesis de este reino, y la hacemos fiesta de precepto, que queremos sea festejada en toda nuestra diócesis, permitiendo que este día el Santísimo Sacramento sea expuesto todos los años en todas las iglesias parroquiales de esta villa y del resto de nuestra diócesis, en todas las de los barrios del territorio de Marsella, como también en las de las comunidades seglares y regulares de nuestra diócesis. […]
 
Nos ordenamos a todos los curas y vicarios de nuestra diócesis que hagan conocer a sus parroquianos de cuánta utilidad es para ellos una devoción tan sólida y tan agradable a Dios como es la del Sagrado Corazón y del Santo Nombre de Jesús; honrando la misma persona del adorable Salvador de nuestras almas, al cual consagramos en este día nuestra diócesis de una manera particular, exhortando a cada fiel en particular de consagrar incesantemente su corazón y de conformarse enteramente al de Jesús.

Feliz y mil veces felices los pueblos que, por su lejanía a las novedades profanas, por su apego inviolable a la antigua y santa doctrina, por su humilde y perfecta sumisión  a todas las decisiones de la Iglesia, esposa de Jesucristo, por la regularidad y la santidad de su vida, serán hallados según el Corazón de Jesús y sus nombres serán escritos en este Corazón adorable. Será él su guía en los caminos peligrosos de este mundo, su consolación en su miseria, su asilo en las persecuciones, su defensor contra las puertas del Infierno, y sus nombres no serán jamás borrados del libro de la vida». (Mons. Henri-François-Xavier de Belsunce, Extracto de la ordenanza del 22 de octubre de 1720, en Œuvres choisies de M. de Belsunce, évêque de Marseille, tomo I. Metz, Imprenta y Librería de Collignon, 1822, págs. 40-41).

El 1 de noviembre, él presidió una procesión en la ciudad, y después de haber hecho un desagravio, consagró Marsella y la totalidad de la diócesis al Sagrado Corazón. Los Escabinos de la villa rechazaron asociarse a la celebración. Se trata de la primera consagración de una diócesis al Sagrado Corazón de Jesús:
«Oh Corazón adorable del Salvador de todos los hombres, yo Os consagro de nuevo, en esta solemnidad, esta villa y esta diócesis, mi corazón y el de todos mis diocesanos. Nosotros dedicamos, todos juntos, enteramente, sin reserva ni retorno, nuestros corazones a vuestro divino servicio. Venid, oh Dios de bondad, venid a tomar posesión de ellos; venid y reinad Vos solo; venid a desterrar el amor profano y criminal de las creaturas y de los bienes caducos. Eliminad todo lo que Os displace; purificad las intenciones, ornadlos de todas las virtudes que puedan volver los corazones según el vuestro, humildes y pacientes; abrasadlos con el fuego santo de vuestro amor; que no olviden jamás las santas resoluciones que han formado en estos días de duelo y lágrimas; fortificad su debilidad; sed su guía, su consolador, su defensor. Que nada sea jamás capaz de separarlos de Vos en la vida, y sobre todo en el momento supremo de la muerte. Que no respiren más que para Vos, a fin que, nuestros nombres sean inscritos en vuestro Corazón como en el libro de la vida, Os adoremos todos, Os alabemos, Os bendigamos, y Os amemos por toda la eternidad. Así sea».

Al año siguiente, otras diócesis francesas seguirán el ejemplo de Mons. de Belsunce: el 30 de mayo, Mons. Louis de la Tour du Pin de Montauban, obispo de Tolón, el 2 de julio, Mons. Charles Gaspard Guillaume de Vintimille du Luc, arzobispo de Aix, el 14 de julio, Mons. Jacques de Forbin-Janson, arzobispo de Arlés, el 17 de noviembre, Mons. François Marie Abbaty, obispo de Carpentras, y finalmente Mons. Charles-François d’Hallencourt de Droménil, obispo de Autun, consagraron sus respectivas diócesis al Sagrado Corazón de Jesús.

martes, 18 de junio de 2019

NUEVE COSAS QUE DEBES SABER SOBRE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ


Cuando murió a la edad de 57 años, el cantante de pop Prince era probablemente el Testigo de Jehová más famoso del mundo. Aquí hay nueve cosas que debes saber sobre el oscuro grupo religioso que emergió del movimiento de Estudiantes de la Biblia (Bible Study movement) a finales de la década de los setentas.
  
1. Los Testigos de Jehová —su nombre tiene la intención de designarlos como “un grupo de cristianos que proclaman la verdad acerca de Jehová”— representan menos del 1% de los adultos estadounidenses, pero están entre los grupos religiosos más diversos racial y étnicamente en los Estados Unidos. De acuerdo con el Pew Research, no más de 4 de cada 10 miembros del grupo pertenecen a un origen racial o étnico en particular: 36% son blancos, 32% son hispanos, 27% son negros, y 6% son de otra raza, o raza mixta. Aproximadamente dos tercios (65%) son mujeres, mientras que solo el 35% son hombres. También tienden a ser menos educados, con una sólida mayoría de Testigos de Jehová adultos (63%) que no tienen mas que un diploma de escuela secundaria (en comparación con, por ejemplo, el 43% de los protestantes evangélicos).
  
2. Los Testigos de Jehová (de aquí en delante: TJ) se consideran cristianos (pero no protestantes), a pesar de que rechazan la doctrina de la Trinidad. Los TJ afirman que Jesús no era divino, y que el Espíritu Santo es una “fuerza activa” y no una persona. Los TJ creen que Jesús es la única creación directa de Dios, “el primogénito de toda la creación”, y por consiguiente tiene derecho a ser llamado el “hijo de Dios”. Sin embargo, ellos creen que como es un ser creado, “no es parte de una Trinidad”. Ellos creen que Jesús vivió en el cielo antes de venir a la tierra, y después de su muerte y resurrección, regresó al cielo. También creen que Jesús “dio su vida humana perfecta como un sacrificio de redención”, y que a través de su muerte y resurrección “hace posible que aquellos que ejercen fe en él ganen vida eterna”.
  
3. Los TJ creen que el reino de Dios es un verdadero gobierno en el cielo que pronto reemplazará a los gobiernos humanos, y realizará el propósito de Dios para la Tierra. Ellos creen que Jesús es el rey del reino de Dios en el cielo, y que él comenzó a gobernar en 1914. Un número relativamente pequeño de personas —144.000— serán resucitados para vivir con Jehová en el cielo y gobernar con Jesús en el reino. Ellos creen que Dios traerá a miles de millones de vuelta de la muerte por medio de una resurrección, y que “muchos de los vivos todavía pueden comenzar a servir a Dios, y ellos también obtendrán la salvación”. Sin embargo, aquellos que “se nieguen a aprender los caminos de Dios después de haber resucitado” dejarán de existir para siempre (no sufrirán en un “infierno ardiente de tormento”).
 
4. Los TJ practican el ministerio puerta a puerta porque creen que es una manera efectiva de cumplir con la Gran Comisión, y que los cristianos del primer siglo continuaron difundiendo su mensaje tanto “públicamente como de casa en casa” (citan Hechos 5:42; 20:20). Ellos no creen que el ministerio de puerta a puerta es un medio para ganar la salvación haciendo buenas obras. También creen que “presionar a las personas para que cambien su religión es incorrecto”, aunque creen en intentar argumentar a favor de sus creencias. En su ministerio de puerta a puerta generalmente distribuyen dos revistas, ¡Despertad!, una revista religiosa general, y La Atalaya, una revista cuyo contenido se centra en “la importancia de los acontecimientos mundiales a la luz de las profecías bíblicas”.
 
5. Los TJ creen que la Biblia es “el mensaje inspirado de Dios a los humanos”. En 1961, una corporación de los TJ llamada La Sociedad del Atalaya y la Biblia (The Watch Tower Bible and Tract Society), publicó su propia traducción de equivalencia formal de la Biblia: la Traducción del nuevo mundo de las Santas Escrituras (TNM). A partir del 2015, la TNM ha sido traducida total o parcialmente a 129 idiomas. Desde el lanzamiento de la traducción del Nuevo Testamento en 1950, esta versión ha sido criticada por cambiar el significado y las palabras del texto para acomodar la doctrina de los TJ. Un buen ejemplo es Juan 1:1. Tanto la ESV (English Standard Version) como la NIV (New International Version) traducen ese versículo como: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. La versión TNM traduce el pasaje como “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era un dios”. Se agrega el artículo indefinido “a” para evitar la conclusión de que Jesús es Dios. Refiriéndose a este versículo, Bruce M. Metzger escribió en 1953: “Debe decirse con toda franqueza que si los Testigos de Jehová toman esta traducción en serio, son politeístas”. A pesar de la preferencia por la TNM, los TJ todavía usan otras traducciones de la Biblia en su trabajo de testigos.
  
6. Los TJ no celebran la Navidad ni la Pascua, porque creen que la Biblia enseña que es la muerte de Jesús —no su nacimiento o resurrección— lo que debe celebrarse. También creen que la Navidad y la Pascua no son aprobadas por Dios porque están arraigadas en costumbres y ritos paganos. Tampoco celebran cumpleaños porque creen que “tales celebraciones desagradan a Dios”.
 
7. Los TJ tienen una serie de creencias que son peculiares a su secta. A pesar de que aceptan tratamientos médicos y no practican la curación por fe, no aceptan transfusiones de sangre porque creen que la “Biblia ordena que no ingiramos sangre”. No creen en ir a la guerra o involucrarse en asuntos políticos, y no consideran que la cruz sea un símbolo del cristianismo, porque afirman que “la Biblia indica que Jesús no murió en una cruz, sino más bien en una simple estaca”.
  
8. Los TJ no se refieren a sus lugares de culto como iglesias, sino como “salones del reino”. No tienen un clero pagado porque creen que el “modelo del cristianismo del primer siglo” es aquel en el cual “todos los miembros bautizados son ordenados ministros y participan en la predicación y la enseñanza”. Tanto hombres como mujeres pueden ser ministros, aunque dentro de cada congregación “hombres espiritualmente maduros” sirven como “hombres mayores” o “ancianos”. Cerca de 20 congregaciones forman un circuito, y las congregaciones reciben visitas periódicas de ancianos que viajan, conocidos como supervisores de circuito. Los TJ no están obligados a diezmar, y no se toman colectas en sus reuniones, aunque hay cajas de donaciones disponibles.
  
9. La orientación doctrinal es proporcionada por un cuerpo gobernante formado por TJ con experiencia que actualmente trabajan en las oficinas internacionales en Brooklyn, Nueva York. Varias corporaciones están al servicio de los TJ, a las cuales a menudo se les llama colectivamente como “La sociedad”, a partir de la más antigua y más destacada de sus corporaciones, “La Sociedad del Atalaya y la Biblia” (que ahora se encuentra en Brooklyn). No se sabe mucho sobre la financiación de las corporaciones TJ, aparte de que poseen propiedades inmobiliarias significativas en la ciudad de Nueva York. Por ejemplo, la sede central del grupo, que actualmente está en venta, se espera que se venda por alrededor de mil millones de dólares americanos.

Los datos sobre las creencias de los Testigos de Jehová se obtuvieron de su página oficial.
  
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Diana Rodríguez.