sábado, 17 de febrero de 2018

BERGOGLIO EQUIPARA A LÍDER DE “Madres de Plaza de Mayo” CON JESÚS

El pasado 1 de Febrero, Anticristo Bergoglio envió una carta personal a la tipa (porque el calificativo de “señora” NO LO MERECE en razón de su verborrea y malacrianza) Hebe María Pastor Bogetti (ex de Bonafini, cuyos esposo e hijos por los cuales cobró indemnización por su “desaparición” VIVEN lejos de ella y la odian), fundadora y líder de la asociación Madres de Plaza de Mayo, pidiéndola que no le tenga miedo a las “calumnias” (Acusaciones judiciales contra los amigos de Bergoglio), y comparándola con Jesús en el proceso.
  
Del odio al amor... SÓLO UN CÓNCLAVE
 
La misiva, cuyo contenido fue dado a conocer por la sujeta de marras en una de sus tradicionales rondas de jueves (probablemente el día 8 de Febrero, asumiendo que llegara a su despacho al día siguiente de su envío por la Nunciatura Apostólica en la República Argentina) fue publicada en el sitio web de la polémica asociación el día 15 del presente mes.
 

TRANSCRIPCIÓN
Ciudad del Vaticano, 1º (sic) de febrero de 2018
Sra. Hebe de Bonafini (sic)
Buenos Aires.
  
Querida Hebe:
  
Muchas gracias por tu carta que me llegó por medio de Juan [Grabois Gismondi, líder del Movimiento de Trabajadores Excluidos y asesor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, N. del E.]. Rezo por vos y por las Madres. Y pido al Señor te conserve la salud para que puedas seguir ayudando a tanta gente.
  
No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio “dibujado” con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y la mano de quien la arroja.
  
Por favor, no te olvides de rezar por mí. Saludos a las Madres.
  
Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Fraternalmente,
  
(Firmado) Francisco.
   
(Sellado en seco) SECRETARÍA PERSONAL DE SU SANTIDAD

Las “calumnias” a las que se refiere el Portador de Maldición, son las acusaciones por defraudación a la administración pública toda vez que la vieja bandida tuvo conocimiento, avaló y consintió la desviación de 206’438.454,05 pesos argentinos (aproximadamente 13 millones de euros) del programa de vivienda «Misión Sueños Compartidos», realizada por los hermanos Sergio Mauricio y Pablo Guillermo Schoklender Silva, exapoderados de la fundación dirigida por Hebe Pastor (ambos hermanos, de ascendencia judía, habían estado tras las rejas por haber asesinado a sus propios padres en el cuarto piso de la calle 3 de Febrero 1480 del barrio bonaerense de Belgrano el 30 de Mayo de 1981). En días recientes, el Juez de conocimiento del caso ordenó la realización de diligencia de inventario en la sede de Madres de Plaza de Mayo, que fue impedida por la señora Pastor.
 
Huelga reseñar que la dirigente había sido recibida por Francisco Bergoglio el 28 de Mayo de 2016 en la Casa Santa Marta, durante una hora. En ese encuentro estuvo acompañada por Marta Cascales, esposa del exfuncionario de CFK Guillermo Moreno, ambos de estrecha relación con el Antipapa argentino. Ella decía que la Iglesia era golpista, que apoya lass dictaduras y que necesita de los pobres para existir. Y de Bergoglio decía cosas como:
  • «Es la basura que se va a oponer siempre a alguien que quiere juzgar y condenar y hacer las cosas bien como Néstor Kirchner».
  • «La basura va junta, [Mauricio] Macri, [Roberto] Bendini y [Jorge] Bergoglio. Son de la misma raza. Son fascismo, son la vuelta de la dictadura. Son la dictadura misma. Los tres representan la dictadura».
Hoy Hebe dice necesitar a Bergoglio («Peleamos, nos arreglamos / Nos mantenemos en esa pero nos amamos / Ahí vamos», dijo J Balvin) porque se dice perseguida toda vez que la justicia humana la busca para que pague por sus crímenes y felonías (ya ante Dios está condenada al Infierno por toda la eternidad). No nos extrañemos, pues siempre se ha sabido que LOS BURROS SE JUNTAN PARA RASCARSE. El uno comunista y apóstata, la otra ladrona y mitómana. LOS DOS, BLASFEMOS Y UNA VERGÜENZA PARA SU PAÍS NATAL.
   
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera tienen bella apariencia, pero por dentro están llenos de osamentas de muertos y de toda inmundicia. Lo mismo vosotros, por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad». (San Mateo 23, 27)

viernes, 16 de febrero de 2018

JORGE DORÉ - VÍA CRUCIS EN VERSOS

Tomado de RADIO CRISTIANDAD
 
   
Preámbulo
Oh, Jesús, que por amor
a la humanidad caída
te hiciste carne y herida,
sufrimiento y estertor;
te suplico con fervor
que me lleves de tu mano
como a un devoto cristiano
por tu pasión dolorosa,
para así honrar tu gloriosa
redención del ser humano.
 
Primera estación: Jesús es sentenciado a muerte
Cristo, varón de dolores:
al espino remachado
y al flagelo encarnizado
se le oponen tus amores.
Tal cual se mustian las flores,
así tu carne majada
por la terrible andanada
de una descarga brutal,
termina como un cristal
roto por una pedrada.

Segunda estación: Jesús carga la cruz a cuestas
Sobre tus hombros, la carga
de los pecados del mundo
más otro pesar profundo:
la vejatoria descarga
de improperios de una larga
procesión de burladores
que aplaude tus estertores
sin comprender que el misterio
trascenderá el vituperio
de verdugos y traidores.
   
Tercera estación: Jesús cae con la cruz por primera vez
Triturado, vuelto un mosto
de sangre que da la vida,
te entregas en cada herida
pagando el terrible costo
de abrirle el camino angosto
al humano sin consuelo.
Por fin rasgarás el velo
que lo separa de ti.
–¡Señor, ten piedad de mí,
que quiero ganarme el cielo!–.
  
Cuarta estación: Jesús encuentra a su afligida Madre
De entre tus muchos dolores
hay uno que duele más
que el insulto de Caifás
o los desconsoladores
odios de tus detractores:
el de hallar ante tus ojos
los de tu madre, tan rojos
como rubíes carnales
que al verte entre tantos males
cayeron como cerrojos.
 
Quinta estación: Simón ayuda a Jesús con la cruz
¡Qué privilegio, Simón,
tuviste al ser obligado
a auxiliar al extenuado
Mesías en su pasión!
–¡Si mi indigno corazón
Dios, te pudiera aliviar
ayudándote a cargar
una astilla de Tu cruz…!
¡Sería cual cargar la luz
que nos quiere iluminar!–.

Sexta estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús
¡Bendita sea la mujer
que tuvo el coraje santo
de consolarte entre tanto
abuso de ira y poder!
La que al verte padecer,
con una tela intentara
borrar de tu frente clara
y de tu rostro, el dolor.
Y como premio a su amor,
le imprimiste en él tu cara.
 
Séptima estación: Jesús cae con la cruz por segunda vez
Tanta es tu sangre vertida,
que caes desplomado al suelo
y un cenit de oscuro duelo
se encrespa tras tu caída.
Por virtud de cada herida
que tu carne manifiesta,
¡piedad para quien detesta
el mal! y aunque algo tardío,
¡yo te encomiendo, Dios mío
cuanto de vida me resta!

Octava estación: La mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
Entre profundos gemidos
de impotencia y de piedad
marchan, llenas de ansiedad,
mujeres de ojos hundidos
al ver los brazos caídos
de Aquel en cuya virtud
buscaba la multitud
remedio para sus males
y hoy, por odios mundanales,
sólo encuentra ingratuitud.
  
Novena estación: Jesús cae con la cruz por tercera vez
Señor, has vuelto a caer
bajo tu cruz que parece
que se agiganta y que crece
más que tu propio poder.
Desfalleces, mas al ver
tu cuerpo tan maltratado,
no te perdona el soldado
que te ordena incorporarte
para volver a empujarte
al Gólgota repudiado.

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Sin respeto y sin piedad
dos manos crueles –y duras–,
te arrancan las vestiduras
y dejan tu humanidad
al desnudo. Tu humildad
no se resiste al intento
del mal que, torvo y violento,
te descuera ante la muerte
para mejor ofenderte
y exacerbar tu tormento.

Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la cruz
¡Ay Jesús crucificado,
cuánto dolor, cuánta afrenta
te causa el alma irredenta
que perfora tu costado!
¡Cuán alto precio has pagado
por cada pobre mortal!
Has abierto un celestial
paraíso a los caídos
y tus brazos extendidos
hoy nos refugian del mal.
 
Decimosegunda estación: Jesús muere en la cruz
¿Cómo es posible, Señor,
ver tu cuerpo agonizante
sobre la cruz, sin que espante,
tanto indecible dolor?
Es por tu ofrenda de amor
que sufres, que langideces,
desfigurado y pereces
sobre un infame madero.
–¡Tú sabes cuánto te quiero
aunque he pecado mil veces!–.
  
Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz
Con un sublime cuidado
descuelgan tu cuerpo inerte
de la cruz. Tu madre, al verte
en tan lastimoso estado
siente un golpe: ¡ha traspasado
su alma una fría espada!
Y luego, sin decir nada,
besa Tu enconada frente
y se queda, tristemente,
como una flor deshojada.
 
Decimocuarta estación: Jesús es colocado en el sepulcro
Pusieron sobre una losa
la Verdad envuelta en lino,
también la Vida, el Camino
y la Luz. Mas tu gloriosa.
resurrección de la fosa
–tu triunfo sobre la muerte–,
hará que por fin despierte
la humanidad, redimida.
–Señor, dueño de la vida,
¡cómo no habré de quererte!–.
 
Epílogo
Con una cruz de madera
el Padre marcó el exacto
lugar del sublime acto
más alto que el mundo viera:
la hora en que el cielo abriera
sus brazos a los humanos.
Y con clavos en las manos
Cristo selló un compromiso
de amor, ¡pues tanto nos quiso
que nos quiso ver cristianos!

Jesús, tu amargo sendero
de espinas y de dolor
fue un testamento de amor
al barro, del alfarero.
Creo en ti, Señor, y espero
que al meditar tu pasión,
se inflame mi corazón
con devoción firme y santa.
¡Haz que mi fe sea tanta
que merezca tu perdón!

jueves, 15 de febrero de 2018

LA IGLESIA ECUMÉNICA DEL ANTICRISTO Y SUS MINISTROS

PARTE 1
  
PARTE 2
    
En el Concilio Vaticano II, convocado por la Judeo-Masonería-Luciferina, se aprobaron las reformas heréticas, blasfemas y sacrílegas para el progresivo desmantelamiento de la Fe Católica. Este desmantelamiento programado ha culminado con la abierta promulgación y carácter oficial que “Francisco” le ha conferido a las herejías, blasfemias y sacrilegios que integran la doctrina de la Falsa Iglesia Ecuménica Mundial que ha emergido y que congrega al falso catolicismo, al protestantismo, al paganismo y en general a todos los enemigos de Jesucristo y de quienes HOY son su Verdadera Iglesia Católica, esos pocos que nunca aceptaron las reformas heréticas, blasfemas y sacrílegas del mencionado Concilio Luciferino…
 
Como era de esperarse, la Falsa Iglesia Ecuménica Mundial, gestada en el apóstata Concilio Vaticano II sólo ha dado frutos podridos inspirados desde el mismísimo Infierno. Prueba de ello es la progresiva tolerancia y permisividad para con el libertinaje sexual que HOY ha degenerado en la justificación, adopción y promoción de las prácticas sexuales aberrantes por gran parte del Clero Apóstata.
 
El Clero Apóstata ha terminado por adoptar la práctica de todas las formas de libertinaje que agradan a quienes son del mundo, sin que HOY exista diferencia alguna entre la forma de vida de un miembro de ese clero réprobo y la del más obstinado de los paganos. Y lo más abominable es que la relación entre “el rebaño” y “el pastor” HOY se fundamenta en la recíproca permisividad, en la recíproca indiferencia, en la recíproca complicidad y en la recíproca celebración de su rebeldía contra Dios.
  • “Porque si después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su actual situación resulta peor que la primera. Pues más les hubiera valido NO haber conocido el camino de la justicia, que una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito» y «la puerca lavada, a revolcarse en el fango»”. (II San Pedro 2, 20-22)
  • “Porque estos son falsos apóstoles, obreros engañosos, que se disfrazan como apóstoles de Jesucristo. Y NO es de extrañar, pues hasta Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto, NO sorprende que sus servidores también se disfracen como servidores de justicia, cuyo fin será conforme a sus obras”. (2 Corintios 11, 13-15)
  • “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!”. (Isaías 5, 20)
  • “Ellos son del mundo; por eso hablan de parte del mundo, y el mundo los oye”. (1 San Juan 4, 5)
  
Finalmente, se debe tener muy claro que El Católico Verdadero o es Mariano o NO es Verdadero Católico. De modo que el católico que siente fobia por el rezo diario del SANTO ROSARIO, enseñado por LA VIRGEN a Santo Domingo de Guzmán (EL DE LOS 15 MISTERIOS) debe saber que ante la supresión del Verdadero Sacrificio Eucarístico en la falsa iglesia ecuménica mundial de “Francisco”, Nuestra Señora, Reina y Madre, la Santísima Virgen María, nos dejó dicho en los pastorcitos de Fátima que “DOS SON LOS ÚLTIMOS REMEDIOS que Dios da al mundo: EL SANTO ROSARIO Y LA DEVOCIÓN A MI INMACULADO CORAZÓN”. ...DE MODO QUE, POR FAVOR, CONSAGRÉMONOS AL INMACULADO CORAZÓN DE NUESTRA SANTÍSIMA MADRE Y RECEMOS EL SANTO ROSARIO COMPLETO TODOS LOS DÍAS: MISTERIOS GOZOSOS EN LA MAÑANA; MISTERIOS DOLOROSOS EN LA TARDE Y MISTERIOS GLORIOSOS EN LA NOCHE.
 
Que Nuestro Señor Jesucristo nos bendiga, nos ilumine y guarde nuestras almas para la Vida Eterna. Amén
 
Lic. Nelson Reynaldo Suárez Villamizar.

miércoles, 14 de febrero de 2018

DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA, POR MONS. MARCEL LEFEBVRE

Mis queridos hermanos, según una antigua y saludable tradición en la Iglesia, con ocasión del inicio de la Cuaresma, yo dirijo estas palabras a vosotros con el fin de alentaros a entrar sinceramente en esta temporada penitencia, con las disposiciones establecidas por la Iglesia y para cumplir el propósito por el cual las prescribió.
 
Al mirar los libros de principios de este siglo XX, encuentro que ellos indican tres propósitos por los cuales la Iglesia prescribió este tiempo penitencial:
  • Primero, en orden a frenar la concupiscencia de la carne;
  • Para facilitar la elevación de nuestras almas hacia las divinas realidades;
  • Finalmente, para ofrecer reparación por nuestros pecados.
 
Nuestro Señor nos dio el ejemplo durante Su vida, aquí en la tierra: orar y hacer penitencia. Sin embargo, Nuestro Señor, siendo como es libre de la concupiscencia y el pecado, hizo penitencia y ofreció reparación por nuestros pecados, mostrándonos así que nuestra penitencia puede ser beneficiosa no sólo para nosotros mismos, sino también para otros. Orad y haced penitencia. Haced penitencia con el fin de orar mejor, con el fin de estar más cerca de Dios Todopoderoso. Eso es lo que todos los santos hicieron, y es lo que nos recuerdan todos los mensajes de la Santísima Virgen.
 
¿Osaríamos decir que esta necesidad es menos importante en nuestros días que lo que fue en tiempos pasados? Por el contrario, podemos y debemos afirmar que hoy, más que nunca, la oración y la penitencia son necesarias porque se ha hecho todo lo posible para disminuir y denigrar estos dos elementos fundamentales de la vida cristiana.
 
Nunca antes se había visto que el mundo buscase satisfacer, sin ningún límite, los desordenados instintos de la carne, incluso hasta el punto de asesinar a millones de inocentes niños no nacidos. Uno pudiera creer que la sociedad no tiene otra razón de su existencia que darle el mayor nivel material de vida para todos los hombres, a fin de que no se vean privados de bienes materiales.
 
Por eso podemos ver que tal sociedad está en oposición a lo que prescribe la Iglesia. En estos tiempos, cuando incluso los hombres de Iglesia se alínean con el espíritu del mundo, somos testigos de la desaparición de la oración y la penitencia, particularmente en su carácter de reparación de pecados y para obtener el perdón de las culpas. Son pocos hoy los que aman recitar el Salmo 50, el Miserére, y que dicen con el salmista “Peccátum meum contra me est semper” (Mi pecado está siempre delante de mí). ¿Cómo puede un cristiano remover el pensamiento del pecado si la imagen del Crucificado está siempre ante sus ojos?
 
En el Concilio [Vaticano II] los obispos pidieron una disminución del ayuno y la abstinencia en tal manera que las prescripciones prácticamente han desaparecido. Debemos reconocer el hecho de que esta desaparición es conseciencia del espíritu ecumenista y protestante que niega la necesidad de nuestra participación para la aplicación de los méritos de Nuestro Señor para cada uno de nosotros en la remisión de nuestros pecados y la restauración de nuestra filiación divina, esto es, nuestro carácter de hijos adoptivos de Dios.
 
En el pasado los mandamientos de la Iglesia preveían:
  • Un ayuno obligatorio todos los días de la Cuaresma (excepto los Domingos), los días de las Témporas y en muchas vigilias;
  • Abstinencia todos los Viernes del año, los Sábados de Cuaresma y, en numerosas diócesis, todos los Sábados del año.
Lo que quedó de esas prescripciones fue el ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y la abstinencia para el Miércoles de Ceniza y los Viernes de Cuaresma.
 
Uno se sorprende ante los motivos de tan drástica disminución. ¿Quiénes están obligados a observar el ayuno? Los adultos de 21 a 60. ¿Y quiénes están obligados a observar abstinencia? Todos los fieles desde los siete años.
 
¿Qué significa el ayuno? Ayunar significa tomar una única comida (completa) al día, a la cual uno puede tomar dos colaciones (o pequeñas comidas): una en la mañana y otra en la tarde, que, combinadas, no igualen una comida completa.
 
¿Qué se entiende por abstinencia? Por abstinencia se entiende que uno debe dejar de consumir carne.
 
Los fieles que tienen un verdadero espíritu de fe y que entienden a cabalidad los motivos de la Iglesia como han sido mencionados arriba, cumplirán sinceramente no sólo las ligeras prescripciones de hoy, sino que entrando en el espíritu de Nuestro Señor y de la Bienaventurada Virgen María, se dedicarán a hacer reparación por los pecados que han cometido y por los pecados de su familia, vesinos, amigos y compatriotas.
  
Es por esta razón que ellos las agregarán las prescripciones actuales. Estas penitencias adicionales pueden ser el ayuno todos los viernes de Cuaresma, abstinencia de toda bebida alcohólica, abstinencia de televisión, u otros sacrificios similares. Ellos harán un esfuerzo para orar más, para asistir más frecuentemente al Santo Sacrificio de la Misa, para recitar el Rosario, y no faltar a la oración nocturna con la familia. Ellos se desprenderán de sus bienes materiales superfluos con el fin de apoyar a los seminarios, ayudarán a establecer escuelas, ayudarán a sus sacerdotes para decorar adecuadamente las capillas y para establecer noviciados para monjas y religiosos.
 
Las prescripciones de la Iglesia no solo conciernen al ayuno y la abstinencia solamente, sino también a la obligación de comulgar por Pascua (Deber Pascual).
 
He aquí lo que el vicario de la Diócesis de Sion (Suiza) recomendó a los fieles de esa diócesis el 20 de Febrero de 1919:
  1. Durante la Cuaresma, los sacerdotes que tengan cura de almas harán el Via Crucis dos veces a la semana: un día para los niños de las escuelas, y otro día para los demás parroquianos. Después del Via Crucis, recitarán la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús.
  2. Durante la Semana de Pasión, es decir, la semana antes del Domingo de Ramos, habrá un tríduo en todas las iglesias parroquiales, con enseñanza, Letanía del Sagrado Corazón de Jesús en presencia del Santísimo Sacramento y Bendición con el mismo. En esas instrucciones los curas de almas les recordarán en forma simple y clara las principales condiciones para recibir dignamente el Sacramento de la Penitencia.
  3. El tiempo durante el cual uno puede cumplir con el Deber Pascual ha sido establecido para todas las parroquias desde el Domingo de Pasión hasta el Domingo in Albis (Octava de Pascua).
 
¿Por qué esas directrices no serían ser útiles hoy? Aprovechemos este tiempo salutífero durante el cual Nuestro Señor está acostumbrado a dispensar abundantemente su gracia. No imitemos a las vírgenes bobas que por no tener aceite en sus lámpara encontraron cerrada la puerta de la casa del esposo y su terrible respuesta: “Néscio vos” (No os conozco).
 
Bienaventurados los que tienen espíritu de pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. El espíritu de pobre significa el espíritu de desprenderse de las cosas mundanas.
 
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Pensemos en Jesús en el Huerto de los Olivos, donde lloró por nuestros pecados. En adelante, nosotros debemos llorar por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos.
 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de santidad, pues serán saciados. La santidad se obtiene por medio de la Cruz, la penitencia y el sacrificio. Si verdaderamente buscamos la perfección, debemos seguir el Camino de la Cruz.
 
Escuchemos, durante este tiempo de Cuaresma, el llamado de Jesús y María, y comprometámonos a seguirlos en esta Cruzada de Oración y Penitencia.
 
Que nuestras oraciones, nuestras súplicas y nuestros sacrificios nos alcancen del Cielo la gracia para aquellos que están en lugares de responsabilidad en la Iglesia retornen a la verdadera y santa tradición, que es la única solución para revivir y florecer nuevamente las instituciones de la Iglesia.
 
Amemos recitar la conclusión del Te Deum: “In te Dómine, sperávi; non confúndar in ætérnum” (En ti, Señor, he esperado, no sea yo confundido eternamente).
 
+ Marcel Lefebvre
(Rickenbach, Suiza, 14 de Febrero de 1982)

RECUERDOS DE UN PASADO GLORIOSO: LA EXPULSIÓN PÚBLICA DE LOS PENITENTES

Hoy, en el Rito Latino Tradicional, es Miércoles de Ceniza, comienzo en firme de la Cuaresma. Muchos de los nuestros tendrán la posibilidad de ir a la iglesia (o capilla, o centro de Misa), para recibir la ceniza. Otros, a quienes no nos es posible contar con un Sacerdote Católico más asiduamente, nos queda la responsabilidad no solamente de perseverar en el estado de Gracia y realizar los actos piadosos prescritos para este tiempo (Ayuno, Abstinencia, Vía crucis...), sino también el deber de evitar recibir este sacramental de los presbíteros Novus Ordo. Pero, tristemente hoy habrá alguno que irá sólo porque “es la tradición”, sin profundizar en el compromiso que ello implica. A quienes así proceden, ¿qué adelantan? Mejor sería que no se la hicieran poner, en vez de recibirla y seguir en la senda de pecado.
   
Con esto en mente, os queremos recordar que en los primeros tiempos de la Iglesia, la Cuaresma se acostumbraba a destinar como tiempo de penitencia pública (hoy ya no se practica así), en especial cuando se debían expiar pecados graves. Básicamente, la penitencia pública involucraba confesar los pecados propios y tomar parte en un período penitencial durante el curso de la Cuaresma. He aquí un pasaje de la página 175 del Handbook of Christian Feasts and Customs (Manual de fiestas y costumbres cristianas), del padre Franz Xaver Weiser SJ, Harcourt, Brace and Company, Inc. Nueva York 1958, (Imprimátur de Mons. Richard D. Cushing, Arzobispo de Boston, el 6 de Febrero de 1958), sobre este lapso de penitencia pública:
«Los pecadores públicos se acercaban a sus Sacerdotes poco antes de la Cuaresma para acusarse de sus malas conductas, y eran presentados por los Sacerdotes el Miércoles de Ceniza ante el Obispo. Fuera de la catedral, pobres y nobles por igual estaban descalzos, vestidos de cilicio, con la cabeza inclinada en humilde contrición. El Obispo, asistido por sus canónigos, les asignaba a cada uno actos particulares de penitencia según la naturaleza y gravedad de su crimen. Al entrar en la iglesia, el Obispo llevaba por la mano a uno de ellos, y los otros le seguían en una única fila, sosteniendo cada uno las manos del otro. Ante el altar, no sólo los penitentes, sino también el Obispo y su clero recitaban los siete salmos penitenciales. Entonces, cuando cada pecador se acercaba, el Obispo imponía sus manos sobre él, le asperjaba con agua bendita, vertía la ceniza sobre su cabeza, y le revestía con la túnica de cilicio.
  
Luego que el Obispo les ponía el cilicio a los penitentes, ellos eran conducidos fuera de la iglesia y se les prohibía la entrada hasta el Jueves Santo (para el solemne rito de reconciliación). Hasta ese tiempo, ellos debían pasar tiempo lejos de sus familias en un un monasterio o en otro lugar de confinamiento voluntario, y ocuparse en la oración, el trabajo manual, y las obras de caridad. Entre otras cosas ellos tenían que permanecer descalzos durante toda la Cuaresma, se les prohibía conversar con otros, debían dormir en el suelo o en un lecho de ramas, y no se les permitía bañarse o cortarse el cabello. Este proceso era llamado “expulsión de los penitentes de la iglesia”».
   
En el Pontifical Romano se consigna la ceremonia de expulsión de los penitentes que se realizaba en las catedrales el Miércoles de Ceniza. A la vista de esta ceremonia, tengamos presente que aún el más pequeño sacrificio que hagamos por nuestra conversión, será grato para Dios si lo asociamos a la Pasión de su Hijo y los Dolores de su santísima Madre.
  
DE EXPULSIÓNE PÚBLICE PŒNITÉNTIUM AB ECCLÉSIA IN FERIA QUARTA CINERUM
  
In capite Quadragesimæ, solemniter pœnitentes de Ecclesia ejiciuntur hoc modo.
  
Pœnitentes, quibus secundum jus vel consuetudinem, pro gravioribus criminibus solemnis pœnitentia est imponenda, hac die hora quasi tertia conveniunt ab Ecclesiam Cathedralem, in vilibus vestimentis, nudis pedibus, et vultibus ad terram demissis, quorum nomina scribi debent; accipientes pœnitentiam juxta modum culpæ ab Episcopi Pœnitentiario, vel ab aliis, quibus hoc officium commissum est; et postea omnes emittuntur, et manent ante foras Ecclesiæ. Pontifex interim, dicta Sexta, si non sit celebraturus, paratur supra rochettum (vel, si sit regularis, supra superpelliceum) amictu, alba, cingulo, stola, pluviali violaceis, mitra simplici, et baculo Pastorali. Si autem Pontifex est celebraturus, dum dicitur Nona, more solito acipit sandalia, et cætera paramenta Pontificalia, usque ad dalmaticam inclusive et desuper pluviale coloris violacei, et mitram simplicem; et benedicit cineres, atque imponit. Quibus peractis, Pontifex cum ministris, schola, et toto Clero, cruce, aqua benedicta, et duobus cereis præcedentibus, egreditur chorum circa medium Ecclesiæ, ubi parata sit sedes. Tunc Clerus dividitur per duos choros, hinc, inde, versus valvas Ecclesiæ. Pœnitentes vero omnes ingressi prosternunt se cum lacrymis in Ecclesiæ pavimento coram Pontifice inter utrumque chorum. Tunc Pontifex sedens cum mitra, vel Archipresbyter stans, imponit cineres super capita singulorum dicens: Meménto homo, quia pulvis es, et in pulvérem revertéris: age pœniténtiam, ut hábeas vitam ætérnam.
  
Et unus ex Canonicis aspergit eos aqua benedicta. Postea Pontifex stans, deposita mitra, benedicit cilicia, in hunc modum:
℣. Adjutórium nostrum in nómine Dómini.
℟. Qui fecit cœlum et terram.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spiritu tuo.
 
Oremus.
Omnípotens, et miséricors Deus, qui peccatóribus pietátis tuæ misericórdiam quæréntibus hoc induménto vestítis, misericórdiam tuam et véniam tribuísti, obsecrámus cleméntiam tuam, ut hoc induméntum, quod vocátur cilícium, bene dícere, et sancti ficáre dignéris; ut quicúmque eo pro peccátis suis indútus fuerit, et misericórdiam tuam imploravérit, véniam et indulgéntiam tuæ sanctæ misericórdiæ conséquatur. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
 
Aspergantur aqua benedicta. Benedictis ciliciis, Pontifex capita eorum cooperit cum eis, dicens:
Apud Dóminum misericórdia est, et apud Deum redémptio; ita enim lapsis homínibus subvénit, non solum per Baptísmi, et Confirmatiónis grátiam, set étiam per Pœniténtiæ medicínam, ut spíritus humánus vita reparétur ætérna. ℟. Deo grátias.
 
Quo facto, Pontifex incipit Antiphonam:
Ne reminiscáris, Dómine, delícta nostra, vel paréntum nostrórum; neque vindíctam sumas de peccátis nostris, Dómine Deus noster.
 
Et super faldistorium accumbit, et ministri, et totus populus, et pœnitentes prosternunt se in terram, et pro ipsorum pœnitentium absolutione dicunt septem Psalmos Pœnitentiales alternatim:
   
SEPTEM PSALMI PŒNITENTIÁLES
(Ps. 6, 31, 37, 50, 101, 129 et 142)
    
Psalmus 6.
Dómine, ne in furóre tuo árguas me, neque in ira tua corrípias me.  
Miserére mei, Dómine, quóniam infírmus sum: sana me, Dómine, quóniam conturbáta sunt ossa mea.
Et ánima mea turbáta est valde: sed tu, Dómine, úsquequo?  
Convértere, Dómine, et éripe ánimam meam: salvum me fac propter misericórdiam tuam.  
Quóniam non est in morte qui memor sit tui: in inférno autem quis confitébitur tibi?  
Laborávi in gémitu meo, lavábo per síngulas noctes lectum meum: lácrimis meis stratum meum rigábo.  
Turbátus est a furóre óculus meus: inveterávi inter omnes inimícos meos.  
Discédite a me, omnes, qui operámini iniquitátem: quóniam exaudívit Dóminus vocem fletus mei.  
Exaudívit Dóminus deprecatiónem meam, Dóminus oratiónem meam suscépit.
Erubéscant, et conturbéntur veheménter omnes inimíci mei: convertántur et erubéscant valde velóciter. 
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Psalmus 31.
Beáti quorum remíssæ sunt iniquitátes: et quorum tecta sunt peccáta.
Beátus vir, cui non imputávit Dóminus peccátum, nec est in spíritu ejus dolus.  
Quóniam tácui, inveteravérunt ossa mea, dum clamárem tota die.  
Quóniam die ac nocte graváta est super me manus tua: convérsus sum in ærúmna mea, dum confígitur spina.  
Delíctum meum cógnitum tibi feci: et injustítiam meam non abscóndi.  
Dixi: Confitébor advérsum me injustítiam meam Dómino: et tu remisísti impietátem peccáti mei.  
Pro hac orábit ad te omnis sanctus, in témpore opportúno.  
Verúmtamen in dilúvio aquárum multárum, ad eum non approximábunt.  
Tu es refúgium meum a tribulatióne, quæ circúmdedit me: exsultátio mea, érue me a circumdántibus me.
Intelléctum tibi dabo, et ínstruam te in via hac, qua gradiéris: firmábo super te óculos meos.  
Nolíte fíeri sicut equus et mulus, quibus non est intelléctus.
In camo et freno maxíllas eórum constrínge, qui non appróximant ad te.
Multa flagélla peccatóris, sperántem autem in Dómino misericórdia circúmdabit.
Lætámini in Dómino et exsultáte, justi, et gloriámini, omnes recti corde. 
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Psalmus 37.
Dómine, ne in furóre tuo árguas me, neque in ira tua corrípias me.  
Quóniam sagíttæ tuæ infíxæ sunt mihi: et confirmásti super me manum tuam.  
Non est sánitas in carne mea a fácie iræ tuæ: non est pax óssibus meis a fácie peccatórum meórum.
Quóniam iniquitátes meæ supergréssæ sunt caput meum: et sicut onus grave gravátæ sunt super me.
Putruérunt et corrúptæ sunt cicatríces meæ, a fácie insipiéntiæ meæ.
Miser factus sum, et curvátus sum usque in finem: tota die contristátus ingrediébar.  
Quóniam lumbi mei impléti sunt illusiónibus: et non est sánitas in carne mea.
Afflíctus sum, et humiliátus sum nimis: rugiébam a gémitu cordis mei.  
Dómine, ante te omne desidérium meum: et gémitus meus a te non est abscónditus.  
Cor meum conturbátum est, derelíquit me virtus mea: et lumen oculórum meórum, et ipsum non est mecum.
Amíci mei, et próximi mei advérsum me appropinquavérunt, et stetérunt.  
Et qui juxta me erant, de longe stetérunt: et vim faciébant qui quærébant ánimam meam.
Et qui inquirébant mala mihi, locúti sunt vanitátes: et dolos tota die meditabántur.  
Ego autem tamquam surdus non audiébam: et sicut mutus non apériens os suum.
Et factus sum sicut homo non áudiens: et non habens in ore suo redargutiónes.
Quóniam in te, Dómine, sperávi: tu exáudies me, Dómine, Deus meus.  
Quia dixi: Nequándo supergáudeant mihi inimíci mei: et dum commovéntur pedes mei, super me magna locúti sunt.
Quóniam ego in flagélla parátus sum: et dolor meus in conspéctu meo semper.
Quóniam iniquitátem meam annuntiábo: et cogitábo pro peccáto meo.  
Inimíci autem mei vivunt, et confirmáti sunt super me: et multiplicáti sunt qui odérunt me iníque.
Qui retríbuunt mala pro bonis, detrahébant mihi: quóniam sequébar bonitátem.
Ne derelínquas me, Dómine, Deus meus: ne discésseris a me.
Inténde in adjutórium meum, Dómine, Deus, salútis meæ.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
   
Psalmus 50.
Miserére mei, Deus, secúndum magnam misericórdiam tuam.
Et secúndum multitúdinem miseratiónum tuárum, dele iniquitátem meam.
Amplius lava me ab iniquitáte mea: et a peccáto meo munda me.
Quóniam iniquitátem meam ego cognósco: et peccátum meum contra me est semper.  
Tibi soli peccávi, et malum coram te feci: ut justificéris in sermónibus tuis, et vincas cum judicáris.  Ecce enim, in iniquitátibus concéptus sum: et in peccátis concépit me mater mea.
Ecce enim, veritátem dilexísti: incérta et occúlta sapiéntiæ tuæ manifestásti mihi.  
Aspérges me hyssópo, et mundábor: lavábis me, et super nivem dealbábor.
Audítui meo dabis gáudium et lætítiam: et exsultábunt ossa humiliáta.  
Avérte fáciem tuam a peccátis meis: et omnes iniquitátes meas dele.  
Cor mundum crea in me, Deus: et spíritum rectum ínnova in viscéribus meis.  
Ne projícias me a fácie tua: et spíritum sanctum tuum ne áuferas a me.
Redde mihi lætítiam salutáris tui: et spíritu principáli confírma me.
Docébo iníquos vias tuas: et ímpii ad te converténtur.
Líbera me de sanguínibus, Deus, Deus salútis meæ: et exsultábit lingua mea justítiam tuam.  
Dómine, lábia mea apéries: et os meum annuntiábit laudem tuam.  
Quóniam si voluísses sacrifícium, dedíssem útique: holocáustis non delectáberis.  
Sacrifícium Deo spíritus contribulátus: cor contrítum, et humiliátum, Deus, non despícies.  
Benígne fac, Dómine, in bona voluntáte tua Sion: ut ædificéntur muri Jerúsalem.  
Tunc acceptábis sacrifícium justítiæ, oblatiónes, et holocáusta: tunc impónent super altáre tuum vítulos.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Psalmus 101.
Dómine, exáudi oratiónem meam: et clamor meus ad te véniat.
Non avértas fáciem tuam a me: in quacúmque die tríbulor, inclína ad me aurem tuam.  
In quacúmque die invocávero te, velóciter exáudi me.
Quia defecérunt sicut fumus dies mei: et ossa mea sicut crémium aruérunt.
Percússus sum ut fœnum, et áruit cor meum: quia oblítus sum comédere panem meum.
A voce gémitus mei adhǽsit os meum carni meæ.
Símilis factus sum pellicáno solitúdinis: factus sum sicut nyctícorax in domicílio.  
Vigilávi, et factus sum sicut passer solitárius in tecto.  
Tota die exprobrábant mihi inimíci mei: et qui laudábant me, advérsum me jurábant.  
Quia cínerem tamquam panem manducábam, et potum meum cum fletu miscébam.  
A fácie iræ et indignatiónis tuæ: quia élevans allisísti me.  
Dies mei sicut umbra declinavérunt: et ego sicut fœnum árui.
Tu autem, Dómine, in ætérnum pérmanes: et memoriále tuum in generatiónem et generatiónem. 
Tu exsúrgens miseréberis Sion: quia tempus miseréndi ejus, quia venit tempus.
Quóniam placuérunt servis tuis lápides ejus: et terræ ejus miserebúntur.  
Et timébunt gentes nomen tuum, Dómine, et omnes reges terræ glóriam tuam.
Quia ædificávit Dóminus Sion: et vidébitur in glória sua.
Respéxit in oratiónem humílium: et non sprevit precem eórum.
Scribántur hæc in generatióne áltera: et pópulus, qui creábitur, laudábit Dóminum:
Quia prospéxit de excélso sancto suo: Dóminus de cælo in terram aspéxit:
Ut audíret gémitus compeditórum: ut sólveret fílios interemptórum:  
Ut annúntient in Sion nomen Dómini: et laudem ejus in Jerúsalem.  
In conveniéndo pópulos in unum, et reges ut sérviant Dómino.
Respóndit ei in via virtútis suæ: Paucitátem diérum meórum núntia mihi.
Ne révoces me in dimídio diérum meórum: in generatiónem et generatiónem anni tui.
Inítio tu, Dómine, terram fundásti: et ópera mánuum tuárum sunt cæli.
Ipsi períbunt, tu autem pérmanes: et omnes sicut vestiméntum veteráscent.
Et sicut opertórium mutábis eos, et mutabúntur: tu autem idem ipse es, et anni tui non defícient.  
Fílii servórum tuórum habitábunt: et semen eórum in sæculum dirigétur.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Psalmus 129.
De profundis clamávi ad te, Dómine: Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: sperávit ánima mea in Dómino.  
A custódia matutína usque ad noctem: speret Israël in Dómino.  
Quia apud Dóminum misericórdia: et copiósa apud eum redémptio.  
Et ipse rédimet Israël, ex ómnibus iniquitátibus ejus.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen. 
 
Psalmus 142.
Dómine, exáudi oratiónem meam: áuribus pércipe obsecratiónem meam in veritáte tua: exáudi me in tua justítia.  
Et non intres in judícium cum servo tuo: quia non justificábitur in conspéctu tuo omnis vivens.  
Quia persecútus est inimícus ánimam meam: humiliávit in terra vitam meam.
Collocávit me in obscúris sicut mórtuos sǽculi: et anxiátus est super me spíritus meus, in me turbátum est cor meum.  
Memor fui diérum antiquórum, meditátus sum in ómnibus opéribus tuis: in factis mánuum tuárum meditábar.
Expándi manus meas ad te: ánima mea sicut terra sine aqua tibi.
Velóciter exáudi me, Domine: defécit spíritus meus.
Non avértas fáciem tuam a me: et símilis ero descendéntibus in lacum.  
Audítam mihi fac mane misericórdiam tuam: quia in te sperávi.  
Notam fac mihi viam, in qua ámbulem: quia ad te levávi ánimam meam.  
Eripe me de inimícis meis, Dómine, ad te confúgi: doce me fácere voluntátem tuam, quia Deus meus es tu.  
Spíritus tuus bonus dedúcet me in terra rectam: propter nomen tuum, Dómine, vivificábis me, in æquitáte tua.  
Edúces de tribulatióne ánimam meam: et in misericórdia tua dispérdes inimícos meos.  
Et perdes omnes, qui tríbulant ánimam meam: quóniam ego servus tuus sum.
℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.  
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.
  
Deinde repetitur Antiphona: Ne reminiscáris, Dómine, delícta nostra, vel paréntum nostrórum; neque vindíctam sumas de peccátis nostris, Dómine Deus noster.

Postea dicuntur Litaniæ Sanctorum.
  
LITANÍÆ SANCTÓRUM
      
℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.
℣. Christe, eléison.
℟. Christe, eléison.
℣. Kýrie, eléison.
℟. Kyrie, eléison.
   
℣. Christe, audi nos.
℟. Christe, audi nos.
℣. Christe, exáudi nos.
℟. Christe, exáudi nos.
    
℣. Pater de cœlis, Deus.
℟. Miserére nobis.
℣. Fili, Redémptor mundi, Deus.
℟. Miserére nobis.
℣. Spíritus Sancte, Deus.
℟. Miserére nobis.
℣. Sancta Trínitas, unus Deus.
℟. Miserére nobis.
   
℣. Sancta María.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Dei Génetrix.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Virgo vírginum.
℟. Ora pro nobis.
   
℣. Sancte Míchaël.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Gábriel.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Ráphaël.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sancti Ángeli et Archángeli.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Omnes sancti beatórum Spírituum órdines.
℟. Oráte pro nobis.
    
℣. Sancte Joánnes Baptísta.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Joseph.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sancti Patriárchæ et Prophétæ.
℟. Oráte pro nobis.
    
℣. Sancte Petre.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Paule.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Andréa.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Jacóbe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Joánnes.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Thoma.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Jacóbe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Philíppe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Bartolomǽe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Matthǽe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Simon.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Thaddǽe.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Matthía.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Bárnaba.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Luca.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Marce.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sancti Apóstoli et Evangelístæ.
℟.  Oráte pro nobis.
℣. Omnes sancti Discípuli Dómini.
℟. Oráte pro nobis.
   
℣. Omnes sancti Innocéntes.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Sancte Stéphane.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Laurénti.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Vincénti.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancti Fabiáne et Sebastiáne.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Sancti Joánnes et Paule.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Sancti Cosma et Damiáne.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Sancti Gervási et Protási.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Omnes sancti Mártyres.
℟. Oráte pro nobis.
    
℣. Sancte Sylvéster.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Gregóri.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Ambrósi.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Augustíne.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Hierónyme.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Martíne.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Nicolǽ.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sancti Pontífices et Confessóres.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Omnes sancti Doctóres.
℟. Oráte pro nobis.
   
℣. Sancte Antóni.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Benedícte.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Bernárde.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Domínice.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancte Francísce.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sancti Sacerdótes et Levítæ.
℟. Oráte pro nobis.
℣. Omnes sancti Mónachi et Eremítæ.
℟. Oráte pro nobis.
    
℣. Sancta María Magdaléna.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Ágatha.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Lúcia.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Agnes.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Cæcília.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Catharína.
℟. Ora pro nobis.
℣. Sancta Anastásia.
℟. Ora pro nobis.
℣. Omnes sanctae Vírgines et Víduæ.
℟. Oráte pro nobis.
  
℣. Omnes Sancti et Sanctæ Dei.
℟. Intercédite pro nobis.
   
℣. Propítius esto.
℟. Parce nobis, Dómine.
℣. Propítius esto.
℟. Exáudi nos, Dómine.
   
℣. Ab omni malo.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Ab omni peccáto.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Ab ira tua.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A subitánea et improvísa morte.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Ab insídiis diáboli.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Ab ira et ódio et omni mala voluntáte.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A spíritu fornicatiónis.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A fúlgure et tempestáte.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A flagéllo terræmótus.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A peste, fame et bello.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. A morte perpétua.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per mystérium sanctæ Incarnatiónis tuæ.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per Advéntum tuum.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per Nativitátem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per Baptísmum et sanctum Jejúnium tuum.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per Crucem et Passiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per Mortem et Sepultúram tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per sanctam Resurrectiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per admirábilem Ascensiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. Per advéntum Spíritus Sancti Parácliti.
℟. Líbera nos, Dómine.
℣. In die Judícii.
℟. Líbera nos, Dómine.
    
℣. Peccatóres.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut nobis parcas.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut nobis indúlgeas.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut ad veram pœniténtiam nos perdúcere dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut Ecclésiam tuam sanctam régere et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut omnes ecclesiásticos órdines in sancta religióne conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut inimícos sanctæ Ecclésiæ humiliáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut régibus et princípibus christiánis pacem et veram concórdiam donáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut cuncto pópulo christiáno pacem et unitátem largíri dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut omnes errántes ad unitátem Ecclésiæ revocáre, et infidéles univérses ad Evangélii lumen perdúcere dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut nosmetípsos in tuo sancto servítio confortáre et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut mentes nostras ad cæléstia desidéria érigas.
℟. Te rogámus, audi nos.
V. Ut ómnibus benefactóribus nostris sempitérna bona retríbuas.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut ánimas nostras, fratrum, propinquórum et benefactórum nostrorum ab ætérna damnatióne erípias.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut fructus terræ dare et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut ómnibus fidélibus defúnctis réquiem ætérnam donáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Ut nos exáudire dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.
℣. Fili Dei.
℟. Te rogámus, audi nos.
   
℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Parce nobis, Dómine.
℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Exáudi nos, Dómine.
℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Miserére nobis.
   
℣. Christe, audi nos.
℟. Christe, audi nos.
℣. Christe, exáudi nos.
℟. Christe, exáudi nos.
   
℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.
℣. Christe, eléison.
℟. Christe, eléison.
℣. Kýrie, eléison.
℟. Kyrie, eléison.
         
Quibus finitis, Pontifex dicit super ipsos pœnitentes:
Pater noster. Et reliqua secreto usque. 
℣. Et ne nos indúcas in tentatiónem.
℟. Sed líbera nos a malo.
℣. Salvos fac servos tuos, et ancíllas tuas.
℟. Deus meus, sperántes in te.
℣. Mitte eis, Dómine, auxílium de sancto.
℟. Et de Sion tuére eos.
℣. Nihil profíciat inimícus in eis.
℟. Et fílius iniquitátis non appónat nocére eis.
℣. Esto eis, Dómine, turris fortitúdinis.
℟. A fácie inimíci.
℣. Dómine Deus virtútum, convérte nos.
℟. Et osténde fáciem tuam, et salvi érimus.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.
℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.
  
Orémus.
Exáudi, Dómine, preces nostras, et confiténtium tibi parce peccátis, ut quos consciéntiæ reátus accúsat, indulgéntia tuæ miseratiónis absólvat. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
 
Orémus.
Prævéniat hoc fámulos tuos, (vel has fámulas tuas), quǽsumus, Dómine, misericórdia tua, ut omnes iniquitátes eórum céleri indulgéntia deleántur. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
 
Orémus.
Adésto, Dómine, supplicatiónibus nostris, nec sit ab his fámulis (vel famulábus) tuis, cleméntiæ tuæ longínqua miserátio; sana vúlnera eorúmque dimítte peccáta; ut ab ómnibus iniquitátibus expiáti, tibi, Dómine, semper váleant adhærére. Per Christum Dóminum nostrum. ℟. Amen.
  
Orémus.
Dómine, Deus noster, qui offensióne nostra non vínceris, sed satisfactióne placáris; réspice, quǽsumus, ad hos fámulos tuos (vel has fámulas tuas), qui (vel quæ), se tibi peccásse gráviter confiténtur; tuum est enim absolutiónem críminum dare, et véniam præstáre peccántibus, qui dixísti, te pœniténtiam malle peccatórum, quam mortem; concéde ergo, Dómine, ut tibi pœniténtiæ excúbias celébrent, et corréctis áctibus suis, conférri sibi a te sempitérna gáudia gratuléntur. Per Christum Dominum nostrum. ℟. Amen.
 
His peractis, surgunt pœnitentes, et facit eis Pontifex sermonem; ostendens qualiter Adam propter peccatum ejectus est de paradiso, et multa maledicta in eum congesta sunt; et qualiter, ejus exemplo, ipsi de Ecclesia ad tempus ejiciendi sunt. Quo facto, accipiat unum ex eis per dexteram manum; et omnes alii similiter se manibus tenentes, candelas accensas in manibus habentes, subsequantur eum; et ita eos ejiciat de Ecclesia, cum lacrimis dicens:
Ecce ejicímini vos hódie a limínibus sanctæ matris Ecclésiæ propter peccáta, et scélera vestra, sicut Adam primus homo ejéctus est de paradíso propter transgressiónem suam.
 
Et interim schola cantat Responsorium:
In sudóre vultus tui vescéris pane tuo, dicit Dóminus ad Adam, cum operátus fúeris terram, non dabit fructus suos: * Sed spinas et tríbulos germinábit tibi.
℣. Pro eo quod audísti vocem uxóris tuæ plus, quam me: maledícta terra in ópere tuo, non dabit fructus suos. * Sed spinas et tríbulos germinábit tibi.
 
Aliud Responsorium:
Ecce Adam quasi unus ex nobis factus est, sciens bonum, et malum: * Vidéte, ne forte sumat de ligno vitæ, et vivat in ætérnum.
℣. Fecítque Dóminus Adæ túnicam pellíceam, et índuit eum, et ait. * Vidéte, ne forte sumat de ligno vitæ, et vivat in ætérnum.
Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. * Vidéte, ne forte sumat de ligno vitæ, et vivat in ætérnum.
 
Et sic eis extra ejectis, et ante valvas Ecclesiæ genibus flexis gemendo manentibus. Pontifex in limine ostii stans moneat eos, quod de Domini misericordia non desperent, sed jejuniis, orationibus, peregrinationibus, eleemosynis, et aliis bonis operibus invigilent, ut Dominus ad dignum fructum veræ pœnitentiæ eos perducat; quodque feria quinta in Cœna Domini redeant, quoniam tunc in sanctam Ecclesiam reducentur, quam usque tunc ingredi non præsumant. Et mox Pontifice cum processione ad chorum redeunte, valvæ Ecclesiæ ante oculos eorum clauduntur, et incipitur Missa, et proceditur ordine suo.