Eugenio Pacelli (futuro Pío XII) presidiendo como arcipreste de San Pedro, la procesión del Domingo de Ramos (año 1932).
Mientras
la mayoría de los católicos recibían simples ramos de palma en la Misa
del Domingo de Ramos, el Papa y los cardenales en la Basílica de San
Pedro cargaban ramos elaborados conocidos como “palmurelli”.
Estos
ramos, hechos con palma datilera (Phœnix dactylífera) en los campos
próximos a las ciudades de Sanremo y Bordighera en la región de Liguria.
La tradición dice que las palmas datileras fueron traídas a Liguria por
San Artemio Ermitaño hacia el 411, pero es más probable que haya
llegado con los fenicios ocho siglos antes. Pero el punto en el cual se
conectan los “palmurelli” con la Semana Semana Santa en Roma llega en
1586.
Sucedió
que ese año, el papa Sixto V Perić/Peretti, en su afán de retornar a
Roma a la grandeza clásica (que se había perdido durante la cautividad
babilónica en Aviñón), decidió trasladar a la Plaza de San Pedro el gran
obelisco recién hallado en la spina del Circo de Nerón (el obelisco,
tallado en nombre del faraón Amenemhat II –reinó entre c. 1915-1880 a. C.– y erigido originalmente en
Heliópolis, había sido traído a Roma por Calígula en el año 40 desde
Alejandría, para honrar a sus antecesores Augusto y Tiberio César), a
300 detrás de la nueva Basílica.
La
tarea, encargada en Abril de ese año al arquitecto Domenico Fontana
(quien redactara Della Trasportatione dell’Obelisco Vaticano et delle Fabriche di Nostro Signore Papa Sisto V en 1590), requirió cuatro arduos
meses, novecientos hombres, 160 caballos, cuarenta cabrestantes e
infinidad de cálculos matemáticos. Como era la primera vez en más de
1500 años que se hacía una labor semejante en semejante mole de casi 25
metros (85 pies) de alto y 350 toneladas de peso (antes de esto, Nicolás
V había imaginado emplazarlo sobre cuatro estatuas colosales y
coronarlo con una estatua de bronce de Cristo teniendo la cruz, pero la
timidez de los arquitectos de la época derribó los planes. Incluso,
Miguel Ángel rechazó el encargo bajo Pablo III, y Camilo Agrippa
disuadió a Gregorio XIII de tal empresa). Para agravar las cosas, el
papa Perić ordenó que las labores se hicieran en un silencio total bajo
pena de muerte, tanto para los trabajadores como para los espectadores
(para que estos no blasfemasen, y los otros no distrajeran de las
labores). Ya estaban el verdugo (que de suyo pasaba muy ocupado
ejecutando a los muchos malhechores que habían por allá) y la horca
dispuestos para tal fin.
Finalmente,
el 10 de Septiembre, mientras el obelisco era elevado en su ubicación
definitiva, las cuerdas con que era elevado empezaron a ceder,
amenazando romperse a causa del peso. Una gran tragedia, y sobre todo el
fracaso de un Papa que se había ganado la fama de “Restáurator Urbis”,
se asomaba.
En
ese momento, el capitán Benedetto Bresca gritó en su dialecto ligur:
«¡Daghe l’aiga ae corde!», esto es, «¡Agua a las cuerdas!». Él sabía,
como experto navegante, que al mojar las cuerdas de cáñamo estas se
acortan y aumentan su resistencia. A este grito, los arquitectos dieron
las instrucciones pertinentes y arrojaron agua a las cuerdas. El
obelisco fue ubicado en su lugar definitivo, y hubo un gran júbilo en la
Urbe, especialmente luego de su inauguración el 26 de Septiembre de ese
año. El Papa hizo remplazar la esfera que lo remataba con una cruz de
bronce coronando las montañas y una estrella (sus armas pontificias), y
talló en la base la inscripción «Christus vincit/Christus
regnat/Christus ímperat/Christus ab omni malo/Plebem suam/Deféndat».
Bresca
fue detenido, pero lejos de ser condenado, el Papa le otorgó grandes
privilegios, una gran pensión y el derecho de izar en su casa la bandera
pontificia. Aparte, como comerciante de ramos por las palmas cultivadas
en su propiedad en Bordighera, Bresca solicitó y obtuvo para sí y sus
descendientes el privilegio de suministrar los ramos para la Semana
Santa en la Basílica vaticana (cada año, la “Barca de las Palmas” de los
Bresca llevaba a Roma ramos de palma elaborados, cítricos, aceite de
oliva y vino moscatel. Al regreso, traía productos para exportar en la
Riviera de las Palmas).
Al
extinguirse la casa Bresca, tal privilegio pasó tanto a la ciudad de
Sanremo y a la diócesis de Ventimiglia-Sanremo, que cada año envía al
Papa el palmurello más grande y más elaborado, de casi 3 metros de largo.
Los cardenales y obispos asistentes reciben los más pequeños.
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