domingo, 25 de julio de 2021

INVOCACIÓN DEL GENERALÍSIMO EN LA OFRENDA NACIONAL A SAN SANTIAGO

Discurso dado el 25 de Agosto de 1954. Tomado de FUNDACIÓN GENERALÍSIMO FRANCISCO FRANCO.
   
Glorioso Apóstol Santiago:

Una vez más vengo a postrarme ante vuestro sepulcro para renovar la promesa de fe de nuestra Patria y proclamar vuestro patronazgo.

Privilegio especial es para nuestra Nación el que por la gracia de Dios hayan un día arribado a nuestras costas vuestros restos gloriosos y la Santa Madre Iglesia, proclamando solemnemente vuestra presencia real y verdadera en tierras de Galicia, haya concedido a esta Santa Iglesia Catedral, donde reposan vuestros restos, el privilegio perpetuo de celebrar periódicamente el Año Santo, que permite a los católicos disfrutar de las gracias y beneficios de tan importante concesión, que si el azar ha hecho coincidir esta vez con el Año Santo Mariano, desde hace diecinueve siglos viven unidas las dos advocaciones en el sentir de los españoles; pues si por designación de Dios hemos sido el primero de los pueblos gentiles que recibió la predicación apostólica y que por vuestra evangelización abrazó la fe de Jesucristo, alcanzó también el honor de que fuese en sus tierras aragonesas donde la Santísima Madre de Dios viniese en carne mortal y que, por su gracia y particular designio, se levantase en ella el primer templo mariano de la cristiandad, iniciándose la gran devoción al Pilar que persevera en nuestros días.

Así se ven unidos desde los albores de nuestra fe el patronazgo de Santiago sobre nuestra Nación y la devoción a María, que se extiende a todos los lugares a los que el dominio español pudo llegar.

DIMENSIÓN DEL PATRONAZGO

Vuestro patronazgo sobre nuestra Patria encierra trascendencia superior a cuanto en palabras podemos expresar. Elegido por Dios para nuestra evangelización, os convirtió en padre espiritual que nos engendró en la fe redentora de Jesucristo; que si más tarde Pablo había de continuar vuestra obra, vos fuisteis quien creasteis los primeros obispos y echasteis loa simiente que había de producir aquella esplendorosa floración. Vuestra corta vida y vuestra primacía en el martirio nos permiten pensar la parte que en aquél tuvo nuestra Patria, pues al llenar nuestra evangelización, harto importantísima, de vuestro apostolado, habría de constituir cargo principal en el proceso de vuestra muerte, y que, sin aventurarlos, nos permite considerar que entre las inquietudes de la hora suprema del sacrificio, España ocuparía en vuestro pensamiento un lugar especial.

¿Y cómo dudar que habiendo constituido, por la gracia de Dios, objetivo principal de vuestra misión, al ocupar el lugar que el Señor os tenía reservado para después de apurar el cáliz de vuestro martirio pudiérais olvidar al pueblo que escuchó vuestra palabra y se entregó desde entonces a la fe con ese ardor con que los españoles abrazan desde entonces la Santa Causa, reflejo, sin duda, de aquella decisión e ímpetu que acompaño a vuestra vida y que os valió el sobrenombre de «Boanerges» (Hijo, del Trueno) conque Jesucristo os designó un día?

De cómo habéis ejercido vuestro patrocinio lo pregona nuestra Historia a caída paso y grabado ha quedado en piedra, en el correr de los siglos, en los pórticos de centenares de templos y monasterios repartidos por nuestra geografía. Sin embargo, cuántas veces nos hemos gloriado en la historia, como méritos propios, de la constancia de nuestra fe, de no haber sido nuestra Patria cuna de errores, de haber destruido los que de fuera nos vinieron, de la evangelización de un nuevo mundo, del mantenimiento de la verdad en Trento y de las gloriosas epopeyas de nuestras armas, olvidando la parte principal que en ellas tuvo vuestra Capitanía y el ínclito batallar a nuestro lado. Pero, por gracia divina, no tenemos siquiera que volver la vista atrás, ni indagar en lo histórico el paralelismo de nuestra fe y de nuestra grandeza, ni buscar en los archivos el tantas veces secular «Santiago cierra España», ni probar vuestra intercesión valiosa con códices y viejos privilegios, ni traducir la iconografía de nuestras piedras, pues bien recientes tenemos pruebas de vuestro dilecto patrocinio.

PROTECCIÓN A LA CRUZADA

Nuestra Cruzada ha sido pródiga en hechos que pudiéramos calificar de portentosos. Aquel dominio del mar mantenido durante tres años sin barcos ni medios materiales, sólo por la fe, la decisión y la ayuda de Dios. Aquella importantísima captura en una amanecida de los primeros meses de la guerra, cuando en los frentes escaseaban las armas y la diferencia de medios se hacían sentir más, de un barco de 8.000 toneladas cargado de material de guerra destinado a nuestros adversarios y que contenía todo cuanto nuestros ejércitos necesitaban para completar su armamento, que en forma lindante con lo milagroso llegaba a nuestras manos y se privaba de él a nuestros adversarios. Y el detenerse las invasiones rojas y las explosiones de sus bombas en los dos grandes templos marianos del Pilar y Guadalupe, que, como proa inexpugnable de nuestro frente, resistieron durante más de dos años el ataque de nuestros adversarios.

Coincidencia singular ha sido también el que la mayoría de las grandes batallas se resolviesen, sin cálculo ni previsión posible, después de varios días de combate, en las fiestas de las grandes solemnidades de la Iglesia, y entre las que ocupa especial lugar la de la enconada batalla de Brunete, que, después de prolongados días de durísima lucha, se resolvió en una luminosa mañana, cuando las campanas de nuestros templos pregonaban la festividad del Apóstol Santiago, uniendo una vez más su intervención a nuestra Victoria.

No debe extrañarnos, por otra parte, que así sucediese, pues nuestra guerra tuvo los caracteres de la Cruzada. Así la calificó nuestro Pontífice y así lo proclaman la pléyade de millares de mártires muertos por la fe sin una sola apostasía. Nos habéis ayudado en la guerra, nos seguís protegiendo en la paz y, sin duda, habéis de ampararnos hasta el fin de los siglos, mientras España persevere en la fe y en la ley de Jesucristo.

LA VIDA ES LUCHA

Mas el mundo es camino y la vida lucha. Por ello no podemos dormirnos en los laureles y descuidar la tarea de nuestra perfección. Cuando dirigimos nuestra mirada al mundo, tenemos que preguntarnos: ¿Qué fué de aquel espíritu de la Europa católica, cuando las peregrinaciones de fieles venían desde lejanas tierras, pasando privaciones sin cuento y penalidades infinitas para postrarse ante vuestro sepulcro e implorar vuestra protección? ¿Dónde están aquellas riadas humanas que llenaban nuestros caminos y desafiaban a la muerte en el servicio de la fe? Al contemplar en su verdadera dimensión la ola materialista que al mundo sumerge la propagación sistemática del error, y observar el vicio y la corrupción invadiendo de arriba abajo toldos los escalones de la sociedad moderna; cuando la soberbia desafía la Ley Divina y la hipocresía y la crueldad caracterizan las relaciones entre los hombres, la apostasía se extiende a tantas naciones ayer católicas y comprobamos el espíritu demoníaco que caracteriza, de Oriente al Occidente, las persecuciones religiosas, presentimos se aproximan días de prueba y de castigo y sentimos el temor de la justicia de Dios, por grande e infinita que sea su misericordia.

La proximidad de la tormenta lo acusan el dolor renovado de nuestras Vírgenes, los portentosos milagros de sus lágrimas, los avisos providenciales. Por ello acudimos a vos, nuestro Patrón y protector, para que, llegado ese trance luchéis de nuevo a nuestro lado y descarguéis el fuego de vuestro ímpetu contra nuestros comunes enemigos. Que una vez más amparéis a España y seáis nuestro valedor para el fortalecimiento de nuestra fe, para que seamos dignos de la benevolencia divina. Y que esta protección alcance a los hijos de nuestra hermana peninsular, la noble nación portuguesa, que con nosotros escuchó vuestra palabra, y a los pueblos de América, hijos de nuestra sangre, nacidos a la fe en vuestro patronazgo, en los que a Dios pedimos siga floreciendo la flor del Evangelio. Y una protección especial os pedimos para nuestro providencial Pontífice, para los príncipes y prelados y para los pastores todos de nuestra Santa Iglesia.

En tus manos, Santísimo Patrón, confío la protección y el destino de nuestra Patria.

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