domingo, 4 de julio de 2021

ORACIÓN DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO A LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA CADA DÍA DE LA SEMANA

    
DOMINGO.
Oración a María Santísima para obtener el perdón de los pecados.
Aquí tenéis, ¡oh Madre de mi Dios!, aquí tenéis a vuestros pies un miserable pecador, esclavo del infierno, que a vos recurre y en vos confia. Ni aun merezco que me miréis, pero sé que viendo a vuestro Hijo muerto para salvar a los pecadores, os entra un deseo inmenso de ayudarle. ¡Oh Madre de misericordia!, mirad mis miserias, y habed compasion de mí. Oigo que todos os llaman el refugio de pecadores, la esperanza de los desesperados, la ayuda de los abandonados. Vos sois pues mi refugio, mi esperanza, mi ayuda. Vos habeis de salvarme con vuestra intercesión. Socorredme por amor de Jesucristo, alargad la mano a un miserable caído que se recomienda a vos. Yo sé que os complacéis en ayudar a un pecador, cuando está en vuestra mano: ayudadme pues ahora que podéis ayudarme. Con mis pecados he perdido la divina gracia junto con mi alma. Ahora me pongo en vuestras manos: decidme que he de hacer para volver a la gracia de mi Señor, que yo quiero hacerlo luego. Él me envia a vos para que me socorrais, y quiere que yo recurra a vuestra misericordia, para que no solo los méritos de vuestro Hijo, sino tambien vuestras súplicas me ayuden a salvarme. A vos pues recurro: vos que por tantos otros rogáis, rogad también a Jesús por mí. Decidle que me perdone, que ya me perdonará; decidle que deseáis mi salud, que Él me salvará. Dadme a conocer el bien que sabéis dispensar al que confía en vos. Amén. Así lo espero, así sea.
    
LUNES.
Oración a María Santísima para alcanzar la santa perseverancia.
¡Oh Reina del cielo! Yo que fui un tiempo desdichado esclavo de Lucifer, ahora me consagro a vos por perpetuo siervo vuestro, y me ofrezco a honraros y serviros por toda mi vida; admitidme, y no me desechéis como yo tengo bien merecido. Oh Madre mía, en vos he puesto todas mis esperanzas: de vos espero todas mis dichas. Bendigo y doy mil gracias al Señor porque por su misericordia me ha concedido esta esperanza en vos, que yo tengo por grande garantía de mi salud. ¡Ah!, que yo caí, miserable, por no haber recurrido a vos! Ahora espero por los méritos de Jesucristo y por vuestras súplicas que he sido perdonado. Mas puedo volver a perder la divina gracia: no ha cesado el peligro, los enemigos no duermen. ¡Cuántas nuevas tentaciones me quedan que vencer! Ah Señora mía dulcísima, protegedme, y no permitáis que sea de nuevo esclavo suyo: ayudadme siempre. Ya sé que me ayudaréis, y que venceré con vuestra ayuda si me encomiendo a vos: mas esto me hace temblar; temo que en las ocasiones de caer deje de llamaros, y así me pierda. Esta gracia pues os pido. Alcanzadme que en los asaltos del infierno recurra siempre a vos diciendo: María, ayudadme: Madre mía, no permitáis que yo pierda a Dios.
    
MARTES.
Oración a María Santísima para alcanzar una buena muerte.
¡Oh María!, ¿cuál será mi muerte? Considerando desde ahora mis pecados, y pensando en aquel formidable momento que ha de decidir mi salvación o mi condenación eterna, cuando habré de expirar para ser juzgado, tiemblo y me lleno de confusión. ¡Oh Madre m£a dulcísima! En la Sangre de Jesucristo y en vuestra intercesión estriban todas mis esperanzas. ¡Oh consoladora de los afligidos!, no me abandonéis en aquella hora, no dejéis de consolarme en aquella grande aflicción. Si al presente tanto me atormenta el remordimiento de los pecados cometidos, la incertitud del perdón, el peligro de recaer, el rigor de la divina justicia, ¿qué será entonces de mí? Si no me ayudáis vos, estaré perdido. ¡Ah Señora mía! Antes que llegue mi muerte, alcanzadme un intenso dolor de mis pecados, una verdadera enmienda y fidelidad a Dios en la vida que me queda. Y cuando llegare al término de mi vida, ¡oh María, esperanza de mi corazón!, ayudadme en aquellas grandes angustias en que he de hallarme, y confortadme para que no desespere a vista de mis culpas que me pondrá patentes el demonio. Alcanzadme que pueda invocaros entonces con más frecuencia, para que expire con vuestro dulcísimo nombre y el de vuestro santísimo Hijo en mis labios Perdonad, Señora, mi atrevido ruego: antes de yo expirar, venid vos misma a consolarme con vuestra presencia. Esta gracia, que habéis hecho a tantos devotos vuestros, la quiero y la espero yo también. Pecador soy, y verdadero pecador: ya sé que no la merezco, pero soy vuestro devoto, que os amo, y tengo en vos una gran confianza. ¡Oh María!, yo os espero, no me dejéis desconsolado. A lo menos, si no soy digno de tanta gracia, asistidme desde el cielo, para que salga de esta vida amando a Dios, y amándoos a vos, para venir a amaros eternamente en el paraíso.
  
MIÉRCOLES.
Oración a María Santísima para alcanzar el librarse del inferno.
¡Oh queridísima Señora mía! Gracias os doy por haberme tantas veces librado del infierno, cuantas lo he merecido por mis pecados. ¡Desdichado de mí! Tiempo hubo en que estaba yo condenado ya a aquella cárcel tenebrosa, y tal vez se hubiera ejecutado la sentencia, ya después de mi primer pecado, si vos, piadosísima Madre, no hubiéseis acudido a mi socorro. Vos sin habéroslo yo rogado, solo por vuestra bondad, detuvisteis el rigor de la divina justicia, y después, venciendo mi dureza, me atrajiste dulcemente a tener confianza en vos. Y, ¡oh, en cuántos delitos hubiera después caído, atendidos los muchos peligros que me han cercado, si vos, Madre amorosa, no me hubiéseis preservado de ellos con las gracias que me alcanzasteis! ¡Ah Reina mía!, seguid en librarme del infierno. Y ¿de qué me servirán vuestra misericordia y los favores que me habéis dispensado, si yo me condeno? Mas si un tiempo no os amé, ahora, después de Dios, os amo sobre todas las cosas. ¡Ah!, no permitáis que vuelva otra vez la espalda a vos y a mi Señor, el cual por vuestra mediación tantas misericordias me ha dispensado. Señora mía amabilísima, no permitáis, no, que tenga que odiaros y maldeciros para siempre en el infierno. ¿Sufris acaso ver condenado un siervo vuestro que os ama? ¡Oh María!, ¿qué me decís a esto? Yo me condenaré si os dejo. Mas ¿quién tendrá corazín para dejaros? ¿Quién podrá olvidarse del amor que me habéis tenido? Madre mía, ya que tanto habéis hecho para salvarme, completad la obra, seguid en ayudarme. ¿Queréis ayudarme? Mas ¿qué digo? Si cuando vivia yo olvidado de vos, me favorecisteis tanto, ¿cuánto más debo esperarlo ahora que os amo y que me encomiendo a vos? No se pierde el que a vos se encomienda: solo se pierde el que no recurre a vos. ¡Ah Madre mía! No me dejéis en mis propias manos, pues me perderé, haced que siempre a vos recurra. Salvadme, esperanza mía, salvadme del infierno, y primero del pecado, único que puede condenarme al infierno.
   
JUEVES.
Oración a María Santísima para alcanzar el Paraíso.
¡Oh Reina del paraíso, que estáis sentada sobre todos los coros de los ángeles y la mas cercana a Dios! Desde este valle de miserias os saludo, pecador miserable, y os ruego que volváis hacia mí esos vuestros piadosos ojos que a donde miran derraman gracias. Mirad, ¡oh María!, en cuántos peligros me encuentro ahora, y habré de hallarme mientras viva en esta tierra, peligros todos de perder el alma, el paraíso y a Dios. En vos, Señora, he puesto todas mis esperanzas. Os amo, y suspiro por venir presto a veros y a alabaros en el paraíso. ¡Ah María!, ¿cuándo vendrá aquel día dichoso en que me veré ya salvo a vuestros pies, y veré la Madre de mi Señor y la Madre mía, que tanto se ba empeñado para salvarme? ¿Cuándo besaré aquella mano que tantas veces me ha librado del infierno, y tantas gracias me ha dispensado, cuando por mis culpas merecía ser yo abandonado y aborrecido de todos? ¡Señora!, muy ingrato he sido con vos durante mi vida, mas si vengo al paraúso, ya no os seré mas ingrato. Allá os amaré cuanto puedo amaros en todos los momentos, por toda una eternidad, y compensaré mi desagradecimiento bendiciéndoos y dándoos gracias sin fin. Infinitas gracias doy a Dios que me inspira tal confianza en la Sangre de Jesucristo y en vos, que me habéis de salvar, que me habéis de libertar de los pecados, y alcanzar luz y fuerza para seguir la divina voluntad, y finalmente conducirme al puerto del paraíso. Tanto han esperado vuestros siervos, y ni uno ha sido engañado. No, tampoco yo quedaré engañado. Oh María, no otra sino vos habéis de salvarme. Rogad a vuestro Hijo Jesús (como le ruego tambien yo por los méritos de su Pasión) que conserve en mí, y acreciente siempre esta confianza, y seré salvo.
   
VIERNES.
Oración a María Santísima para alcanzar el amor a ella y a Jesucristo.
Oh María, ya veo que sois la criatura más noble, más sublime, más pura, más bella, más benigna, más santa, más amable de todas las criaturas. ¡Oh, si todos os conocieran, Señora mía, y todos os amasen como merecéis! Mas me consuela que tantas almas felices en el cielo y en la tierra, vivan enamoradas de vuestra bondad y de vuestra belleza. Sobre todo me alegra que el mismo Dios ame más a vos sola que a todos los hombres y ángeles juntos. Reina mía amabilísima, yo miserable pecador, también os amo, pero os amo demasiado poco; deseo teneros un amor más grande y más tierno, y este amor vos me lo habéis de alcanzar, ya que el amaros es una grande señal de predestinación, y una gracia que Dios no concede sino a aquellos que quiere salvar.
    
Véome también, oh Madre mía, harto obligado con vuestro Hijo: veo que Él merece un amor infinito. Vos que nada más deseáis sino verle amado, alcanzadme sobre todas esta gracia, alcanzadme un grande amor a Jesucristo. Y si conseguís de Dios cuanto queréis, alcanzadme la gracia de estar de tal manera ligado con la voluntad divina que nunca más me separe de ella. No os pido bienes de la tierra, no honores, no riquezas: os pido lo que más desea vuestro Corazón: quiero amar a mi Dios. ¿Sería posible que no quisiérais ayudarme en este mi deseo que tanto os agrada? No, que ya me ayudáis, ya rogáis por mí: rogad, rogad, no dejéis nunca de rogar hasta que me veáis en el paraíso fuera del peligro de poder perder ya más a mi Señor, y seguro de amarle para siempre junto con vos, Madre mía carísima.
   
SÁBADO.
Oración a María Santísima para obtener su Patrocinio.
Oh Madre mía santísima, veo las gracias que me habéis alcanzado, y veo mi ingratitud para con vos. El ingrato no merece ya más beneficios, mas no por esto quiero desconfiar de vuestra misericordia, la cual es mayor que mi ingratitud. ¡Oh mi grande abogada, habed piedad de mí! Vos sois la dispensera de todas las gracias que concede Dios a nosotros, miserables desterrados, y para esto Él os ha hecho tan poderosa, tan rica, tan benigna para que nos socorriéseis en nuestras miserias. ¡Ah Madre de misericordia!, no me dejéis en mi indigencia. Abogada sois de los reos más míseros y abandonados que a vos recorren, defendedme también a mí, que a vos me encomiendo. No me digáis que mi causa es difícil de ser ganada, cuando se ganan todas las causas más desesperadas si vos sois su defensora. En vuestra mano pues pongo mi eterna salud; a vos confúo mi alma, que era perdida, y vos con vuestra intercesión la habďis de salvar. Inscrito quiero ser en el número de vuestros especiales siervos, no me desechéis. Buscando vais los miserables para darles alivio: no abandonéis un pobre pecador que recurre a vos. Hablad por mí: vuestro Hijo hace cuanto le pedís. Tomadme bajo vuestra protección soberana, y esto me basta; sí, porque si vos me protegeis, yo nada temo: no de mis pecados, porque vos me alcanzaréis el remedio del daño que yo mismo me he ocasionado: no de los demonios, porque vos sois más poderosa que todo el infierno junto; no de Jesús mi propio juez, porque con una súplica vuestra aplaca su justa indignación. Solo temo que yo por mi negligencia deje de encomendarme a vos, y así estaré perdido. Madre mía, alcanzadme el perdón de todos mis pecados, el amor de Jesús, la santa perseverancia, una buena muerte, y finalmente el paraíso, y en especial alcanzadme la gracia de encomendarme siempre a vos. Verdad es que estas gracias son dones harto grandes para mí que no los merezco, mas no son grandes en demasía para vos, que sois de Dios tan amada, que al punto os concede todo cuanto le pedís. Basta que vos despleguéis vuestros labios, para Él no negar jamás. Rogad pues a Jesús por mí; decidle que sois mi protectora, y no dejará de tener piedad de mí. Madre mía, en vos confio, en esta esperanza reposo y vivo, y con ella quiero morir. Amén.
   
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Las Glorias de María (Joaquín Roca y Cornet, traductor). Barcelona, Librería Católica de Pons, 1846, págs. 258-265. En VICTORINO DEL OLMO C.Ss.R. Devocionario de Indulgencias: Manual de piedad compuesto exclusivamente de oraciones indulgenciadas. Madrid, Imprenta El Perpetuo Socorro, 1926.

2 comentarios:

  1. Buenas noches me gustaría publicar una serie de cosas sobre el Sr. Cipitria de España. Daría lugar para un muy buen artículo. Se lo aseguro.

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