lunes, 16 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA DECIMOSEXTO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA DÉCIMOSEXTO — 16 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
19- ¿Qué consecuencia legítima se podrá deducir del verdadero matrimonio entre José y María?
Si la unión entre José y María ha sido un verdadero matrimonio, podemos deducir dos consecuencias muy gloriosas para el santo Patriarca. La primera es que Sn José, desde su nacimiento, ha debido hallarse colmado de gracias y de méritos: y en efecto, si María ha sido saludada llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía nacer el autor de ella, ¿no es evidente que San José ha debido estar colmado de gracia? La segunda es, que San José ha debido ser y fue siempre virgen; si María en efecto, no obstante su maternidad, no ha cesado jamás de ser virgen; si además su virginidad atrajo a Jesucristo a sus castísimas entrañas: si el Salvador ha amado a San Juan con un amor de predilección y le confió su santa madre, porque era virgen, ¿no debemos concluir también y creer, en contra de lo que ciertos Autores dicen, que San José siempre fue virgen? Sí, podemos decirlo, porque el Cielo le ha escogido para ser el custodio de la virginidad de María y el padre adoptivo de Jesús.
 
20- ¿A dónde fueron a parar José y María después de la celebración de su matrimonio?
Después de la celebración de su santo matrimonio, José y María partieron para Nazaret, su patria, y establecieron su estancia en una casa que pertenecía a la santísima Virgen. Su unión fue desde luego, a no dudarlo, santa y perfecta. Es muy difícil encontrar en el mundo matrimonios verdaderamente felices; sucede todo lo contrario con frecuencia, porque la desconfianza y la enemistad envenenan la existencia de los esposos; porque de ellos se ausenta la virtud, la paciencia y el valor; pero en la unión de José y de María nada de eso ocurre. En ella, por el contrario, resplandecen todas las virtudes, todas se hallan reunidas en la casa humilde de Nazaret: la oración, el trabajo y el descanso estaban arreglados perfectamente. Debemos creer también que la inteligencia y las atenciones recíprocas reinaban sin alteración. Tenemos, además, bastantes pruebas de los nobles sentimientos de María en muchas ocasiones, y la Escritura nos da una idea bastante sublime de San José para concebir un perfecto y grandioso cuadro de aquella alianza. Así podemos considerar, con un piadoso autor, a estos dos esposos santísimos, como dos instrumentos perfectamente acordes que forman la más dulce armonía.
  
SAN JOSÉ, MODELO DE LAS ALMAS INTERIORES.
Consiste esencialmente la vida interior en el recogimiento del espíritu, en la vigilancia sobre todos los movimientos del corazón y en una constante unión del alma con Dios; es la feliz disposición de un alma que, apartada de los objetos exteriores y sensibles, se ocupa constantemente de los grandes objetos de familiarmente con Jesús y María y de hallarse en la fuente de las gracias ¿Cuáles fueron los maravillosos efectos de la presencia visible de Dios sobre el corazón de José?

Más feliz en esto de lo que nunca lo fue santo alguno; sus sentidos y los objetos exteriores que los hieren, sólo servían para aumentar su recogimiento e inspirarle un nuevo fervor. Si viaja, es con Jesús, cuyos pasos todos dirige; si toma un alimento frugal, es en presencia de Jesús, que come él mismo a la mesa de José y le alimenta interiormente con su Divinidad; si ejerce su profesión, es en compañía de Jesús, dividiendo su trabajo con Jesús y hasta recibiendo los servicios de Jesús: si habla, es con Jesús y su santa Madre; si escucha son los acentos de la voz de Jesús, que le da el dulce nombre de Padre.

San José fue elevado al más alto grado de fe, puesto que tuvo un conocimiento casi experimental de los más profundos secretos de Dios, conversando familiarmente con Jesús y su santísima Madre. La vista continua de sus divinos objetos, le mantenía en un profundo recogimiento, le separaba de todas las cosas terrenales y servía de fundamento y de materia a esta sublime contemplación y a ese dulce éxtasis en que siempre estaba de vos, que os destierra de su corazón y que les priva de las inefables riquezas de vuestro reino interior. Conducido por vuestra diestra, ¡oh Dios mío!, penetró en el corazón del más querido y del más familiar de vuestros amigos ¡Qué calma de todas las pasiones! ¡Qué silencio de todas las potencias del alma! ¡Qué luces se esparcen por todo su espíritu! ¡Qué torrentes de delicias inunda su corazón!

Su vida es una continua oración; se eleva insensiblemente a la contemplación de vuestros más sublimes misterios. Siempre unido a vos por el pensamiento y el vivo sentimiento de vuestro amor, os ve, os conoce, os adora, y todo lo demás desaparece a sus ojos. Santa Teresa, aquella alma tan ilustrada en las vías de Dios, aquella alma formada por San José en la vida interior, nos dice que la humanidad de Jesucristo es la puerta que nos introduce en el santuario de la divinidad. Si es así, ¿quién penetró jamás tan adentro como José en ese Océano de luz y de amor, él que no ha cesado de admirar, de contemplar y de amará ese Verbo encarnado; que le ha visto con sus ojos, tocado con sus manos, alimentado con el fruto de sus sudores? ¡Oh! Cuánto ha aprovechado la ventaja que tuvo de conversar tanto tiempo la fe, y pone toda su atención en adelantar en las vías de la perfección. Tal fue la vida de San José y las disposiciones habituales de su alma. Tuvo en el más alto grado el don de la contemplación, dice San Bernardino de Siena: «Parece que Dios ha confiado especialmente a los cuidados de San José todas las almas recogidas en recompensa de la vida oculta y completamente reconcentrada dentro de sí, que llevó en la casa de Nazaret. Vosotras, almas cristianas, que os inclináis a la vida interior, abandonaos a la dirección de este gran Santo, y podéis estar seguras de que él os conducirá al término de la carrera en que habéis entrado». Este santo Patriarca ha tenido más participación que los demás santos en el inefable misterio de la Encarnación, ha recibido una comunicación más abundante de las dulzuras y de las riquezas ocultas en este adorable misterio, y el poder de introducir en él las almas interiores. ¡Dios omnipotente, abridnos el interior admirable de José, introducid a vuestros hijos en esta escuela de silencio, recogimiento, oración y amor, a fin de que disgustados de lo que es exterior, se aparten para siempre de este desgraciado encanto de las cosas de este mundo, que los aleja arrobado su espíritu de tal manera, que no atendía a las cosas exteriores más que en tanto lo necesitaba para atender a los cuidados de su santa familia! Sus luces y conocimientos aumentaban cada vez más a la vista de las maravillas de que era testigo. Todo lo que veía, todo lo que oía elevaba su fe y alimentaba su piedad con un alimento más exquisito que el de los patriarcas y profetas, apóstoles y demás santos. Penetraba en el interior de su santísima Esposa y en el del Divino Niño. Tenía entre sus manos el tesoro más precioso que el cielo pueda confiará un hombre. Su empleo le colocaba en un rango superior al ministerio de los ángeles, y el poder que tenía sobre el hijo único de Dios le daba una ventaja la más gloriosa y más dulce que una criatura puede desear. Esta abundancia de luces de que estaba lleno su espíritu, producía en su corazón un amor ardiente que le consumía; el amor igualaba al conocimiento. Estaba instruido: José bebía en la fuente misma de la misericordia, de la caridad y de la pureza. Era vehemente: todo contribuía a redoblar su ardor; la presencia de Jesús y de María, sus miradas, sus palabras, añadían a cada instante nuevas llamas. ¿Y quién podrá decir lo que obraba en el alma de José el santo Niño, cuando le llevaba en sus brazos, le besaba con tanto respeto como ternura y le hacía reposar sobre su seno? ¡Quién será capaz de penetrar en las profundidades de aquellas dos almas, confundiéndose en un mismo foco las llamas de su caridad! Las aguas de dos ríos que llegan a unirse y a correr por un mismo cauce hasta el momento en que van a perderse en el mismo Océano, sólo nos darían una imagen imperfecta de la unión del alma de Jesús con la de su amadísimo Padre. El amor de José era íntimo, gozaba de la más perfecta familiaridad que se puede tener con Jesús y María y tenía con ellos comunicaciones y confianzas que nadie ha tenido ni tendrá jamás. Por esto es el padre de la vida interior y el protector especial de las almas que tienen el valor de desprenderse, de todo para ocuparse sólo de Dios.

Todos estos favores no servían más que para hacerle más humilde y para que tuviera menor idea de los altos sentimientos que poseía. Descubriendo perfectamente las gracias con que Dios le había colmado, y no pudiendo ignorar el alto grado a que se veía elevado, tomaba las palabras de su casta esposa para glorificar a aquel que le había sacado de su bajeza, y repetía con la más viva gratitud: «El Omnipotente ha obrado en mí grandes cosas».
  
Así es como este santo Patriarca experimentaba la necesidad de humillarse a la vista del anonadamiento del Hijo de Dios. Y como es imposible encontrar sobre la tierra un hombre que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar también que el amor extremo que tuvo a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles.
  
¡Qué raro es ver a un hombre investido de cargos tan sublimes, estar a cubierto de las sorpresas del orgullo, casi inevitables, conservando siempre sentimientos muy bajos de sí mismo, y buscando en cuanto puede la práctica de las acciones más humillantes! Y porque es imposible encontrar un Santo sobre la tierra que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar que el amor extremo que tuvo toda su vida a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles. Porque ser humilde sin mérito, es necesidad, dice San Bernardo; ser humilde con algún mérito, es una verdad; pero ser humilde con las prerrogativas y la gloria de San José, es un prodigio que le eleva por encima de su propia elevación. Así como la humildad de la Santísima Virgen la ha elevado a la dignidad de Madre de Dios, puede decirse también con San Bernardo, que esta misma virtud ha elevado a José a la dignidad del esposo de María. En efecto, convenía unir la más humilde de las mujeres con el más humilde de los hombres.
  
No nos es dado llegar al grado sublime de perfección a que fue elevado San José; pero debemos tratar de imitarle, tanto cuanto nos lo permita nuestra debilidad en ese culto interior y perfecto, en todas sus disposiciones para con Jesús y María; debemos imitar su tierna piedad, su fervor, su recogimiento, el espíritu de fe de que estaba animado, su espíritu de oración.
  
Un joven pastor, sencillo e ignorante pasaba su vida en apacentar sus rebaños, y encontraba en esta humilde ocupación mil medios en adelantar en la perfección. A pesar de que no hizo nada de extraordinario, y de que no tuvo ocasión de conversar con personas distinguidas por su saber y su virtud, estaba lleno de toda clase de gracias y dones interiores tan relevantes, que causaban la admiración de los que le conocían. Este joven pastor tenía una devoción particular a San José a quien llamaba su protector, su maestro y su director, decía que San José era el maestro de las almas que gustan de la vida humilde y reservada, como había sido la suya.
   
Almas piadosas, esforzaos, a ejemplo de San José, en santificaros, llenando todos los deberes de vuestro estado con una pureza de intención tan grande como la suya, no buscando más que sólo a Dios. Para obtener esta gracia tan preciosa, dirigíos a San José: él os reserva la herencia infinitamente preciosa de la vida interior; tiene, según la expresión de un piadoso autor, la intendencia general de las almas cuya virtud está oculta en este mundo… ld a la escuela de José: instruidas por ese gran Maestro, haréis muy pronto rápidos progresos en esa ciencia que es la verdadera ciencia de los santos. Él os servirá de guía, os introducirá en esa tierra prometida, donde corren arroyos de delicias espirituales; aprenderéis de él que los medios de llegar a conseguirlo son: el silencio, el recogimiento, la oración, la pureza del corazón, la guarda de los sentidos, y sobre todo, la mortificación de las pasiones y del amor propio.
   
COLOQUIO
EL ALMA: ¡Qué dichoso habéis sido, gran Santo, en haber libertado vuestro corazón del amor de las criaturas, y haberle ocupado sólo con el amor divino que habéis poseído en este mundo en un grado tan eminente!
  
SAN JOSÉ: El primer medio para adquirir el amor de Dios es olvidar el de las criaturas; porque ¿cómo el amor divino había de encontrar sitio en un corazón ocupado por las afecciones terrenales? Así, hija mía, si quieres llegar a la santidad, es necesario primeramente vaciar tu corazón de los objetos que le ocupan, a fin de consagrarle únicamente a Dios. Será menester sin duda alguna que le hagas alguna violencia; pero tú sabes demasiado bien que nada se adquiere sin algún trabajo, y el tesoro del amor divino merece algunos sacrificios. Considera que en la tierra no eres sino un viajero, pues que no es esta tu morada permanente. ¿Por qué se ha de tomar cariño a lo que se ha de abandonar en seguida? El que viaja no se cuida de la posada en que descansa, y se consideraría como inconsecuente o mejor como un loco al que olvidase sus negocios y el cuidado de su casa para embellecer la posada en que sólo debe permanecer algunos días. ¡Cuánto más locos y más insensatos son los que se adhieren a esta tierra de barro, a las criaturas que perecen y descuidan el único objeto para que Dios los ha criado! Tales consideraciones te ayudarán y te darán valor para separarte de todo lo que sea un obstáculo para el amor divino.
   
EL ALMA: ¡Qué dichosos son, santo Doctor, los que se apartan de todo para amar a Dios únicamente, pero es tan difícil! ¡Yo no podré conseguirlo nunca!
  
SAN JOSÉ: ¿Y no cuentas para nada el socorro de la gracia de Dios? Sin ella los santos no hubieran podido dominar sus inclinaciones. Muchos de ellos habían nacido con corazones demasiado sensibles y sólo con el divino socorro han podido dejarlo todo a fin de no vivir sino para Dios. Mira San Benito; en la flor de su edad abandona la opulencia y las dulzuras de la casa paterna para ir a encerrarse en una cueva y ocuparse sólo de sus esperanzas eternas. Mira San Francisco de Borja; abandona las dignidades mundanas y las riquezas para abrazar la pobreza voluntaria y seguir a. Jesucristo, vistiendo el hábito religioso. San Antonio Abad vende su rica herencia, la reparte entre los pobres y se retira a un espantoso desierto para que nada le distraiga en su pensamiento celestial. No acabaría si fuera a enumerarte todos los que han tomado la cruz por único tesoro. San Felipe Neri decía: «El que ama los bienes de la tierra no será santo». Y Jesús dijo: «Donde está vuestro tesoro estará vuestro corazón. Pues bien; el tesoro del hombre es el objeto que él ama más. Dichosos, mil veces dichosos aquellos cuyo único tesoro está en... el Cielo, y que han colocado en Dios todas sus esperanzas: porque dice San Pablo que «el hombre no ha comprendido los bienes inmensos que Dios ha reservado a los que le aman». Pero para gozar de las dulzuras de este santo amor en el Cielo, es necesario empezará amar en la tierra; y si quieres gozar en la dicha del Cielo, te lo repito, hija mía, retira tu corazón de las criaturas, y entrégate todo a Dios,
  
EL ALMA: ¿Y de qué medios me valdré para volverme a Dios? ¡Mi corazón está tan frio para las cosas celestes!
   
SAN José: Una práctica excelente para inspirar al corazón el amor de Dios y para conservarle, es el uso frecuente de las oraciones pequeñas, llamadas jaculatorias: son muy cortas, y por consecuencia, están exentas de distracciones, o por mejor decir, son aspiraciones de nuestro corazón a Dios, y no es posible dejen de atraernos su misericordia y su amor.
  
EL ALMA: ¿Quisieras, padre mío, enseñarme algunas jaculatorias para que yo pueda hacer uso de ellas?
   
SAN JOSÉ: Son tan variadas como tus necesidades, y tu corazón te las inspirará en el momento oportuno. Te encuentras en el fervor del amor divino, entonces puedes repetir: «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, amor mío! ¡Dios mío, yo no quiero más que a Vos! ¡Jesús, sed mi único tesoro! ¡Qué puedo desear en el cielo y en la tierra, más que a Vos, Dios mío de mi corazón!.... ¡Corazón de Jesús, consumid mi corazón con vuestro amor…» y otras muchas. Si tienes sequedad de espíritu, abatimiento, repite a menudo las palabras del Profeta: «¡Señor, no separéis de mí vuestro rostro!... ¡Dios mío, volved vuestras miradas hacia mí y me daréis la vida!.... ¡Mi alma parece una tierra abrasada y sin agua, Dios mío!... ¡Dios mío, tened piedad de mí, según vuestra gran misericordia!…». Desde el fondo del abismo a Vos elevo mis suspiros, Señor...». Y esta del mismo Salvador: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?… Dirígete también con mucha frecuencia a María: es la madre del amor hermoso: repítele las siguientes palabras que han resonado en todo el mundo católico y que le son tan agradables: «¡Oh, María, concebida sin pecado, ruega por todos los que recurrimos a ti en nuestra aflicción!». En fin, si eres fiel a esta práctica, el Espíritu Santo te iluminará cuando llegue la ocasión. Las mejores, son las que Dios mismo nos inspira y que nacen del corazón. La oración es la respiración del alma, y lo mismo que tú aspires el aire y exhales el que tengas en tu interior, el alma, también por la súplica aspira a la gracia de Dios, y por sus actos de ofrecimiento y de amor se entrega enteramente a Él.
   
RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente cada día oración jaculatoria. Pedir a Dios su amor.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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