lunes, 9 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA NOVENO


PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA NOVENO — 9 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
10- ¿Cuál fue la profesión de San José?
El Evangelio nos enseña que San José fue artesano, más no nos dice su género de trabajo; debemos buscar por consiguiente buscar el auxilio de la tradición para dirigirnos en nuestras indagaciones. Algunos autores graves, como el venerable Beda y san Anselmo piensan que san José trabajaba en hierro.
  
“Que hubiese conocido el arte de fraguar, dice San Ambrosio, esto no cabe duda”. Luego podemos presumir que todos los trabajadores de este género de oficio, que fueron necesarios para su casa, salieron de sus manos, y que el los fundió en alguna fragua de las cercanías. Aunque esto parece probable, no era, sin embargo el verdadero oficio del santo Patriarca. San Justino, que fue muy cercano de las primitivas tradiciones, refiere que San José fabricaba yugos y arados; la opinión generalmente recibida es la de atribuir a San José el oficio de carpintero. Hizo muebles de la casa, el pobre tablado donde María tomaba algunas horas de descanso y más tarde la cuna que debió servir al divino Infante.
 
11- ¿Cuál fue el genio y exterior de San José?
Los Santos nos pintan a José como a un ser superior por sus elevadas prendas; desde su más tierna infancia se notaba en él un bello carácter, un elevado ingenio, un corazon noble y generoso; en fin, un ser apto para todo género de bien y capaz de las más sublimes virtudes. En su exterior había, segun los Santos, un no sé qué que inspiraba admiracion y respeto; su cuerpo era robusto, de bellas y acertadas proporciones; no se vieron más nobles facciones a causa de la serenidad celeste que no le abandonaba. San Bernardino de Siena asegura que se parecía algo a la Vírgen, a aquella a quien el sol y la luna envidian su belleza. El piadoso Gersón nos dice que se parecía a Jesús, y Jesús era el más bello de los hijos de los hombres. Eusebio de Cesarea asegura que San José llamaba la atención por su extraordinaria belleza; San Agustín y San Ambrosio nos le presentan como el sol sobre la tierra, y dicen que sus virtudes resplandecian como los astros en el firmamento. Parece fuera de duda que algo de divino se encontraba en toda su persona.
  
GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO PADRE ADOPTIVO DE JESÚS.
Consideremos, almas cristianas, con toda la extensión de que somos capaces, cuáles han sido los grandes designios de la sabiduría divina respecto a San José, y los favores que se le comunicaron por consecuencia de su alianza con María, la augusta Madre del Salvador. En efecto, desde el instante en que el Verbo se ofreció a su Padre Eterno en holocausto para la redención del mundo, se decidió en los consejos de la augusta Trinidad, que Dios Hijo se haría hombre y vendría a habitar entre nosotros, para ser la víctima propiciatoria de nuestra reconciliación, y el mediador entre el cielo y la tierra, y desde entonces quedó también ordenado todo lo que se refería a este gran designio de misericordia. El Verbo divino debía, pues revestir nuestra naturaleza con todas sus miserias pasando por las diferentes edades de la vida: hacerse niño, reducirse a recibir en su debilidad todos los auxilios que necesitaba. Era, pues, necesario que la Providencia le escogiera un protector, un guardián, últimamente, un padre que dividiera, respecto a él, los cuidados de su santísima Madre. Ahora bien, José es el designado para esta misión admirable.
  
Puesto que estaba decretado que el Hijo vendría a la tierra, el Padre Eterno debía, pues, proveer a todas las necesidades de su Hijo, porque es él quien reparte con mano pródiga sus beneficios sobre todo lo que tiene vida, en los aires, en los abismos del mar y en toda la extensión de la tierra. Podía servirse del ministerio de los Ángeles para esta función, como lo hace con muchos de sus servidores; pero sólo a José recomienda la vida de su Hijo. El Profeta para enseñar la Providencia de Dios, sobre la naturaleza, dice que los ojos de las criaturas están fijos en Él; pero en favor de San José cambia Dios esta orden de la Providencia, y mientras que todas las criaturas vuelven sus ojos hacia la bondad de Dios, de la que esperan su sustento, Dios se dirige Él mismo a José; a él es a quien pide Dios el pan, él es quien alimenta a su Señor. Admiramos la sabiduría de Dios, que vierte en la última de las plantas diariamente su gota de rocío; y cuando contemplamos los campos cubiertos de ricas mieses y fecundados por las aguas que salen del seno de la tierra, no tenemos palabras bastantes para bendecir a este buen padre de familia que alimenta tan deliciosamente a sus hijos. ¿Por qué no admiraríamos también a San José, que sustentó al que ha criado los Ángeles y los hombres? ¿Es menos admirable alimentar al Hijo de Dios que a los hijos de los hombres, y gobernar al Creador que gobernar las criaturas? ¡Providencia amorosa, parece que os complacéis en dejaros vencer y en hacer por ellos más que por Vos misma! La dignidad de José como padre adoptivo de Jesús es, pues, muy sublime y muy grande. ¡Pues bien!, almas cristianas, a la dignidad de José, por sublime que sea, cada uno de nosotros puede aspirará ella. Sí, y aquí es donde hay que admirar la misericordia de Dios para con nosotros, cada uno de nosotros puede, y muy fácilmente, llegar a ser como José el padre adoptivo de Jesús, y con este título adquirir, como José, una multitud de méritos para el Cielo. En efecto, mientras que Jesucristo vivía sobre la tierra en la morada de José, vivía en ella como Dios y como hombre; pero su cuerpo era entonces mortal y sometido a todas las flaquezas humanas. Este mismo Jesucristo vive aún como Dios y como hombre sobre la tierra, pero con un cuerpo glorioso, oculto tras los velos eucarísticos. No podemos, pues, hacer ahora por este cuerpo glorioso, lo que José hizo por este mismo cuerpo mortal; pero por un efecto del inagotable amor de Jesús a los hombres, ha querido que pudiéramos hacer aún por Él lo que José había hecho anteriormente, y para esto nos ha dejado sus amigos, sus representantes en una palabra, nos ha dejado los pobres; y a fin de que nadie pudiese engañarse, se ha explicado de la manera más clara, más formal, más explícita; nos ha declarado formalmente que todo el bien que hiciéramos a los pobres, le consideraría como si le fuese hecho a Él mismo.
  
Así que, almas cristianas, tenemos por garantía la palabra de Jesús: si amamos a los pobres, amaremos a Jesús. Si vestimos los pobres, vestiremos a Jesús. Si damos albergue a los pobres, albergaremos a Jesús. Si saciamos el hambre de los pobres, saciaremos el hambre de Jesús; en fin, todo lo que hagamos por los pobres, Jesús lo mirará cono hecho con Él mismo. ¡Ah, los pobres, los pobres, he aquí los amigos de Dios, he aquí los representantes de Jesús sobre la tierra!... ¡La limosna, la limosna dada a un pobre en nombre de Jesús, he aquí el camino del Cielo…
 
Así que, almas cristianas, amar a los pobres y socorrerlos, es amar a Jesús y socorrerle a Él mismo; es llenar las funciones de padre adoptivo de Jesús, es amontonar tesoros en el Cielo. La caridad para con los pobres es el gran misterio de la caridad cristiana; misterio que parece una especie de nueva Eucaristía, con la que alimentamos a Dios en los pobres, como nos alimenta él mismo bajo las especies sacramentales. Un santo Padre nos dice mucho más: «la limosna hecha a un pobre en nombre de Jesucristo, es más meritoria en cierto modo que si se hiciera al Salvador en persona, porque al mérito de socorrer a Jesucristo, añade el de reconocerle en el pobre».
  
Prosternados a vuestros pies os reverenciamos, ¡oh bienaventurado José!, como padre adoptivo de Nuestro Señor y Dios, como jefe de esa Santa Familia, que es el objeto de las complacencias y de las delicias del Padre Eterno. ¡Qué gloria para vos haber sido el padre adoptivo y el guía del Hijo único de Dios! Pero que dicha la nuestra al pensar que sois también nuestro padre y que somos vuestros hijos, puesto, que somos hermanos de Jesucristo, que ha querido llamarse vuestro Hijo y que en esta calidad tenemos derecho a la ternura de vuestro corazón paternal. Recibidnos pues, favorablemente, tomadnos bajo vuestra protección, y sed nuestro refugio y nuestro asilo en todas nuestras penas y en todas nuestras necesidades, durante la vida y en nuestra última hora.
 
COLOQUIO:
EL ALMA: Acabo de leer, ¡oh glorioso San José!, que Dios considera como hecho a Él todo el bien que hagamos a los pobres en su nombre. ¡Oh cuánto me ha conmovido esto! Ya conocía esta muestra de la voluntad de Dios, puesto que está en las santas Escrituras, pero la meditación que acabo de hacer al pie de vuestro altar, ¡oh, glorioso Padre mío!, acaba de demostrármela con más claridad, y de grabarla más profundamente en mi alma. ¡Cuán grande es la bondad de Dios para con el hombre!
  
SAN JOSÉ: ¡Oh! sí, hija mía, tienes mucha razón en decir que la bondad de Dios para con los hombres es infinita, y el profeta David tenía mucha razón, en invitará todas las criaturas a bendecir y alabar al Señor, porque su misericordia es infinita. Tú me dices que estás vivamente conmovida por esta nueva prueba de la bondad de Dios, que considera como hecho con él mismo, todo lo que los hombres hagan por los pobres; te creo, hija mía, pero ¡cuánto más te admirará esta prueba de la bondad de Dios, si la consideras con relación al Sacramento de la Eucaristía!
  
EL ALMA: Pues bien, Padre mío, tened a bien manifestarme esa relación. ¡Oh! yo os lo suplico, manifestadme todo lo que hay de admirable en esos dos misterios.
  
SAN JOSÉ: Con mucho gusto, hija mía, me apresuro a satisfacer tus deseos; préstame pues, toda tu atención. El fin del hombre sobre la tierra es alcanzar el Cielo; pero para obtenerle hay que ganarle, que merecerle, y el hombre por sí nada podía antes de la venida, y aun ahora mismo nada puede sin el auxilio de la gracia. Pues bien, hija mía, considera ahora cuál es la conducta de Dios en está circunstancia; Dios le da su gracia, y mucho más; se entrega a sí mismo como alimento al hombre; el hombre era débil, pero ahora se vuelve poderoso y fuerte, puesto que puede todo por el que le fortifica; pero trátase ahora de que el hombre adquiera méritos y de adquirir cuantos les sean posibles. Pues bien; Dios provee dándole los pobres, que son tan numerosos, y diciéndole: «Todo lo que hagas por los pobres en mi nombre, lo miraré como si me lo hicieras a Mí mismo». Así que, ya lo ves, hija mía: Por la gracia, por la comunión, Dios hace al hombre fuerte y poderoso para el cielo; por los pobres, que son tan numerosos, le proporciona a cada instante la facilidad y la ocasión de hacer bien y por la sustitución que Jesucristo hace poniéndose en el lugar de los pobres, da un estimable valor a los méritos del hombre. Reflexiona un poco, y mira si Dios podía hacer por el hombre cosa más grande y manifestarle mejor el amor que le tenía y el deseo de recompensarle un día en el cielo. Luego, hija mía, da limosna al pobre, y por limosna debe entenderse todo el bien que puede hacérsele no sólo en metálico, sino en otra forma cualquiera; el amor a los pobres, la limosna, la caridad, he aquí el camino del Cielo. Sin la caridad nada eres, ni nada puedes para el Cielo; pero con la caridad eres todo, y lo puedes todo para llegar a la Patria celestial.

Acabo de decirte, hija mía, que por la caridad todo lo podía el hombre, y es verdad. En efecto, cuanto más caritativo es el hombre, más se acerca y se asemeja a Dios, puesto que Dios es todo amor. La caridad es un fuego divino traído por Jesucristo a la tierra; es el lazo de perfección, el bien supremo y el fruto principal, fruto del Espíritu Santo. La caridad, es el mandamiento por excelencia de Jesucristo, puesto que en ella se encuentran reunidos la ley y los profetas. La caridad disculpa todos los pecados, obtiene todo de Dios, disipa el temor a Dios, y su nombre es el de Dios.

Sabes, querida hija mía, que Jesús vendrá el último día a juzgar a todos los hombres. Esto supuesto, ¿sabes en que basará la sentencia de los buenos y de los malos? Sobre la caridad. Y ahora, hija mía, debes comprender toda la importancia de la caridad. ¿Quieres que Dios te perdone tus pecados? Practica la caridad. ¿Quieres parecerte lo más posible a Dios? Practica la caridad. ¿Quieres llegar a ser un gran Santo, quieres cumplir fielmente la Ley? Practica la caridad. ¿Quieres, en fin, llegar seguramente al Cielo? Practica la caridad.
  
RESOLUCIÓN: Practicar la caridad con todo el mundo, y sobre todo con los pobres; amarlos y socorrerlos en todas sus necesidades, en cuanto nos sea posible.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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