viernes, 20 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA VIGÉSIMO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA VIGÉSIMO — 20 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
23-¿En qué está basada la opinión que atribuye a la humildad de San José su resolución de abandonar a María?
La conducta de San José en esta circunstancia y la profunda caridad que, debemos suponer, existía en él, son razones más que suficientes para probar que la opinión que atribuye a la humildad de José la determinación de abandonar a María, es la única verdadera. Como José tenía un carácter excesivamente prudente, no se atrevió en semejante caso a preguntar nada a María, al menos para salir de su duda; no lo hace, pues, no la dirige la más mínima observación, ni mucho menos la hace verter lágrimas. Además, abandonar a María en esta circunstancia no hubiera sido un acto de un corazón grande, generoso y profundamente caritativo, porque, o había duda en San José, o certeza de la culpabilidad de María. Si había duda, José debió decidirse a abandonarla. Si tenía certeza, entonces debía su caridad, sino obligarle a quedarse con María, al menos inclinar su corazón al perdón, y no exponer de nuevo a su esposa. Esta es la opinión de un gran número de santos. San Basilio dice: «Que José juzgándose indigno de ser esposo de una mujer tan perfecta y tan privilegiada, creyó debía abandonar su estancia». San Jerónimo usa poco más o menos del mismo lenguaje. Santa Brígida asegura, que tal fue el verdadero motivo de la determinación de San José. En fin, Santo Tomás es de la misma opinión: «Si San José, dice, quiso separarse de su esposa, no fue porque creyese criminal, sino por respeto a su santidad, juzgándose indigno de permanecer en su compañía».
  
SAN JOSÉ, MODELO DE CARIDAD.
Jesucristo, antes de confiar a San Pedro una gran misión, le preguntó por tres veces: «¿Me amas?», y sólo cuando el apóstol le respondió por tercera vez: «Sí, os amo», fue cuando puso a su cargo la Iglesia. Con esto nos quiso enseñar el divino Maestro, que sólo son dignos de grandes cosas los que abrigan en su corazón un grande amor, y que Dios no confía lo que tiene de más querido, sino a las almas abrasadas por el fuego de la caridad. De esta sola consideración debemos deducir que San José poseía un perfecto amor a Dios, porque después de María, nadie ha sido llamado a mayores cosas, nadie ha recibido misión más importante, nadie ha tenido bajo su guarda personas tan queridas de Dios.

Considerémosle hoy, almas cristianas, como un modelo de amor divino. Reflexionemos que solamente amó a Dios y a Jesucristo su adorable Hijo, que los amó con todo su corazón, con toda su alma y que por eso estuvo siempre dotado de una caridad perfecta.

Estudiemos la caridad de San José en sus principios, a fin de iluminarnos para amar a Dios como él le amó. San José brilló en amor de Dios porque estuvo provisto de grandes gracias, a las que siempre permaneció fiel; porque lleno de buena voluntad, procuró ser dócil a las solicitudes del espíritu del amor que tenía en su corazón; porque se consagró con todo el ardor de su alma, al cumplimiento del más grande de los preceptos, que dice: «Amarás al Señor tu Dios».

San José brilló en amor de Dios, porque su corazón tan bien dispuesto tuvo la unión más estrecha con el de María. ¡Ah! ¿Cómo no había de estar abrasado en el amor divino, si estuvo durante treinta años comunicando con María, la Madre del puro amor, la Virgen, que por sí sola amó más a Dios que le han amado los santos y los ángeles juntos? Sin embargo, la primer fuente del amor divino de San José, fueron sus relaciones con el Niño-Dios ¡Ah! Cuando se recuerda que fue su padre y su protector en el mundo; cuando se recuerda que contempló tantas veces aquellas manos divinas, que por amor debían operar tantos prodigios, aquella boca divina sonriéndole amorosa, de la cual tenían que salir toda la enseñanza de la ley de amor, aquellos divinos ojos que reflejaban un alma todo amor; cuando se considera a José teniendo en sus brazos al divino Niño, besándole con una ternura a que sólo igualaba su respeto; cuando se le contempla con su corazón colocado tan cerca del de Jesús, entonces se comprende bien que después de María nadie haya amado tanto a Dios. ¡Oh! ¡José, qué feliz sois en haber sido favorecido con tantas gracias, y más aún en haber sabido corresponder a ellas! ¡Qué feliz sois en haber tenido tales relaciones con Jesús y con María! ¡Vuestra humilde morada de Nazaret era el hogar de la caridad! Imagen de la Jerusalén celestial, sólo se oían en ella cánticos de puro amor.

Pero no nos limitemos a considerar el objeto y las fuentes del amor divino de San José; reflexionemos sobre sus principales cualidades. El amor de Dios, de que San José estuvo abrasado, era un amor generoso, que le llevaba a cumplir con desinterés y alegría los más numerosos y mayores sacrificios; era un amor invencible, que no podía ser detenido ni sobrepujado por ningún otro; era un amor noble qué no conservaba afición alguna a los placeres, los honores ni los bienes de este mundo. El corazón de José amaba a las criaturas, no por ellas, sino por Dios; las quería, pero sólo en cuanto podían unirle más estrechamente a este soberano bien. Bajo la influencia de este sentimiento, José pensaba únicamente en el Dios que amaba; su espíritu, de acuerdo con su corazón, jamás se separaba del único objeto que debe ocupar nuestro pensamiento. Su amor a Dios era el único que inspiraba todas sus acciones. Si oraba, si hablaba, si trabajaba, era por amor y para acrecentar su amor. Así, como David decía: «He hablado porque he creído», San José podía decir: «He pensado, y he obrado, porque he amado a Dios».

José era, pues, un Serafín terrestre que se consumía en presencia de Dios. No solamente el pecado no pudo jamás apagar en su alma el fuego de la caridad, sino que jamás experimentó disminución alguna. José amó siempre a Dios todo lo que pudo, y se dedicó constantemente a amarle más. Su amor no hizo otra cosa que aumentar, porque encontraba alimento en los consuelos espirituales, en las contradicciones y en las pruebas: alcanzó su perfección en la hora suprema en que el Serafín terrestre abandonaba este mundo para ir a colocarse en el otro en el primer puesto entre los serafines.

Después de haber considerado el amor de que se hallaba animado el corazón de José, reconcentrémonos, almas cristianas, y veamos en qué estado nos hallamos respectó a este asunto. ¿Amamos verdaderamente a Jesucristo? ¿Es efectivamente el primero y único objeto de nuestras afecciones? ¿Le invocamos a menudo de todo corazón, o las palabras «Señor, yo os amo», son una nueva fórmula sin realidad, que repetimos por costumbre, sin que exprese el estado de nuestra alma? ¡Ay! Tal vez nuestra: conciencia nos responda que nuestro corazón, en lugar de elevarse a nuestro Criador, recuerda con frecuencia las afecciones de la tierra. ¡Ah! Si es así, apresurémonos a romper muestras cadenas. Dios nos presenta la gracia; esforcémonos por corresponder a ella, a fin de que no haya en nuestros corazones más que un puro amor que sea como el de José, noble, generoso y meritorio a los ojos de Dios.

Sí, tal es el amor que debemos tener. ¿Y por qué no hemos de aspirar a poseerle? ¿No podemos irle a buscar a los mismos manantiales que San José, al Corazón Inmaculado de María, y mejor al Sagrado Corazón de Jesús? ¿No podemos con la meditación contemplar al Niño-Dios, obrando los misterios de su amor? ¿No hablamos con nuestro dulce Salvador cuando elevamos nuestras oraciones? ¿Y sobre todo, no experimentamos toda la influencia de su Alma amorosa cuando le recibimos por la sagrada comunión? ¡Ah! ¿No es el más admirable de los misterios que nuestro corazón se una con tanta frecuencia al Corazón de Jesús, y que no tenga mayor participación en las llamas de su amor? Pues veamos si la causa existe en nosotros.

¡Hagamos todo lo que nos sea posible para que nuestras comuniones sean fervientes: cuánto provecho sacaremos entonces de ellas! ¡Aumentaremos mucho nuestro amor, y por consecuencia serán más rápidos y mayores nuestros progresos en el camino de la perfección!

COLOQUIO
EL ALMA: ¡Oh mi glorioso Padre! Vos que a ejemplo de María tanto habéis amado al prójimo, enseñadme qué es lo que debo hacer, para marchar sobre vuestras huellas y practicar perfectamente la caridad.

SAN JOSÉ: Conviene, mi querida hija, practicar la caridad con todo el mundo, en palabras, pensamientos y acciones.

En cuanto a los pensamientos, hija mía, destierra de tu corazón toda mala sospecha contra tu prójimo; es un pecado sospechar de los demás sin razón, y un pecado grave creer en sus sospechas y comunicarlas a los demás. El Salvador ha dicho: «Seréis juzgados como hayáis juzgado a los otros» (Mateo VII, 21). He añadido sospechar sin razón, porque si hubiera motivo para creer el mal no habría pecado.

Sin embargo, procura hija mía, echar de tu corazón toda sospecha injuriosa contra tu prójimo: «La caridad no piensa mal», dice el apóstol. La caridad ordena que nos alegremos del bien de otro, desechando la envidia que nos inclina a sentirlo. San Gregorio observa, sin embargo, que el hombre puede regocijarse con la caída de su enemigo, si esta caída es un bien para la salvación de su alma; puede sucederte también que sin envidiar la prosperidad de otro, sentir que se sirva de ella para ofender a Dios y oprimir a los demás. Mucho es haber desechado la envidia de sus pensamientos a fin de sustituirla con los sentimientos de amor al prójimo; equivale a haber cortado el mal de raíz, y quien ha conseguido hacer que reiné la caridad en su corazón, no peca contra esta hermosa virtud. Pero no se corrigen en un día los malos hábitos; hay que tratar de arraigar en su espíritu y sus pensamientos la caridad para con el prójimo, y al mismo tiempo procurar no ofenderle de palabra. Para esto, hija mía, comienza por abstenerte cuidadosamente de toda maledicencia, porque el maldiciente es aborrecido de Dios y de los hombres.

EL ALMA: Gracias a Dios no tengo la culpable conducta de hablar mal del prójimo.

SAN José: Se murmura también cuando se niegan las buenas acciones del prójimo, ya directa o indirectamente, por cierta incredulidad, una sonrisa burlona, etc. Algunos maldicientes, para contrastar su maldad, empiezan por alabar a la víctima antes de clavarla el puñal: «es un hombre de talento, dicen, pero es vano y orgulloso, quiere que todo el mundo piense como él»; «esta mujer es generosa, pero vengativa»; «esta otra es dulce y buena, pero carece de energía», etc. Cuando oigas murmurar, hija mía, guárdate bien de manifestar satisfacción; si tienes autoridad, impón silencio, si son tus iguales, toma la defensa de la persona acusada, si puedes; si no, muda de conversación o retírate; si estás con personas superiores a ti y el respeto o el bien parecer te cierran la boca, manifiesta en tu aire indiferente y reservado que te desagrada la conversación.

EL ALMA: Ahora, mi buen Padre, dignaos enseñarme cómo debo practicar la caridad respecto del prójimo en acciones.

SAN JOSÉ: Muchas gentes, hija mía, afectan en sus palabras una gran caridad, pero no sufrirían la más leve privación para socorrer u obligar al prójimo; sus obras desmienten sus palabras. Los santos, al contrario, están siempre prontos a volar al socorro de aquellos que los necesitan, porque saben que Dios no deja la caridad sin recompensa. La Escritura dice que la limosna liberta al hombre de la muerte, le purifica de sus pecados y obtiene la misericordia de Dios y la salvación eterna. Por limosna se entiende, no solo el dinero que se distribuye a los pobres, sino todos los servicios que se prestan al prójimo. San Teodoro ayudaba a todas sus hermanos en sus trabajos. Santa María Magdalena de Pazzi, se encargaba sola de los trabajos extraordinarios que había que hacer en la comunidad. Ayudaba además a sus compañeras en sus trabajos más penosos. Imítala, pues, hija mía; sé complaciente y cuando estés fatigada, mira a tu Salvador cargado con su Cruz; entonces tu trabajo te parecerá ligero, Dios te ayudará como has ayudado a los demás. Porque el Salvador ha dicho: «Se os medirá con la misma medida con que hayáis medido a los demás» (Mateo VII, 2). El mejor acto de caridad es procurar a su prójimo los bienes espirituales. Tanto cuanto el espíritu es superior al cuerpo, otro tanto más meritoria es la caridad que se ejerce con el alma del prójimo, que lo que se hace a su cuerpo.

RESOLUCIÓN: Procurar cuidadosamente no sospechar del prójimo sin razones graves. Nunca hablar mal de él, y acordarse que el prójimo es nuestro hermano y el hermano de Jesucristo.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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