sábado, 21 de marzo de 2020

NOVENA AL SANTÍSIMO CRISTO DE LIMPIAS

Compuesta por el R. D. Eduardo Miqueli González CM, párroco de Limpias, Cantabria. Nihil Obstat de don Fernando Gurucharri, e Imprimátur de Mons. Vicente Santiago Sánchez de Castro, Obispo de Santander, el 17 de Mayo de 1919.
   
NOVENA AL SANTÍSIMO CRISTO DE LA AGONÍA DE LIMPIAS

¡PADRE, PERDÓNALOS!
Jesús, Tú eres el alma Del alma mía;
Sin Ti, la luz es sombra, Muerte la vida.
¡Manso Cordero! Contigo hasta el Calvario, Sin Ti, ni al Cielo.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
No me mueve, mi Dios, para quererte
El Cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte:
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
Que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara
Y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
Pues, aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero, te quisiera.
   
DÍA PRIMERO
ORACIÓN
¡Oh Jesucristo Señor nuestro!, que descendiste de los Cielos a la tierra desde el seno del Padre y derramaste tu preciosa Sangre para la remisión de nuestros pecados: te rogamos humildemente que en el día del juicio, colocados a tu derecha, merezcamos oír aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
  
LAS SIETE PALABRAS (Después de cada una de ellas, se rezará un Padrenuestro, Avemaría y Gloria).
Primera. — “Perdónalos, Señor, que no saben lo que se hacen”.
Segunda. — “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Tercera. — (dirigiéndose a la Virgen:) “He ahí a tu hijo”; (y dirigiéndose a Juan:) “He ahí a tu Madre”.
Cuarta. — “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.
Quinta. — “Sed tengo”.
Sexta. — ”Todo se ha terminado”.
Séptima. — “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
   
MEDITACIÓN:
El devoto San Bernardo llama la atención de todos hacia la bendita Cruz, con sus palabras tan conocidas: “Vide pendéntem”, mira al que está pendiente en el madero.
   
PUNTO PRIMERO: El Hijo de Dios hecho hombre, aparece como un reo vilísimo que está sufriendo el fallo de la humana justicia, y entre dos malhechores, que sufren la misma pena, como si fuera el más culpable. ¡Qué error el de la humana justicia!; pero, ¡qué amor tan grande el de Jesús, al aceptar la sentencia que, merecida por nuestros pecados, hizo descargar sobre sí todo el rigor de la divina justicia, efectuando de esta suerte la reconciliación de Dios con los hombres! Si al Santo de los Santos le juzgan de ese modo, ¿con qué derecho nos podremos quejar cuando se nos menosprecie y se realice en nosotros lo que para nuestra enseñanza nos anunció el mismo divino Salvador: “Si a Mí me han calumniando, también a vosotros os calumniarán”? En semejantes casos, miremos a Cristo lleno de oprobios y consolémonos con Él.
  
PUNTO SEGUNDO: Almas débiles y delicadas, las que con horror miráis cualquiera clase de mortificaciones, levantad vuestros ojos a esa Cruz: ese es el lecho donde descansa el Rey de la gloria. No descansa su delicado cuerpo sobre suaves plumas, no reclina su cabeza sobre blanda almohada, no está envuelto su cuerpo en finísimas holandas, ni abriga sus ateridos miembros la blanca lana de las ovejas de Galilea; la dura Cruz, las penetrantes espinas de la corona y los clavos que agujerean sus manos y pies benditos, todo eso se le ofrece al amorosísimo Salvador, al terminar su carrera entre los hombres. Nuestras penas y dolores, ¿pueden compararse jamás con las del Crucificado? La sinrazón de nuestras quejas debe colorear nuestras mejillas por el carmín de la vergüenza.
     
Un Credo al Santísimo Cristo de la Agonía. (Pida cada uno la gracia que desee conseguir). A San Juan Evangelista, un Padrenuestro; a Nuestra Señora de los Dolores, una Salve.
  
HIMNO A JESÚS AGONIZANTE

CORO: Cantemos de Jesús en la Agonía
Himnos de compasión;
Cantemos y en su dulce compañía
Resuene una oración:
“Que de su eterno Padre
Se mitigue la justa indignación”.
 
Oh Rey de los que imploran,
Oh dulce Agonizante,
En tu oración constante
No ceses de pedir:
El triunfo de la Iglesia,
Las paz de las naciones
Y de los corazones
El último latir.
 
Cantemos de Jesús en la Agonía
Himnos de compasión;
Cantemos y en su dulce compañía
Resuene una oración:
“Que de su eterno Padre
Se mitigue la justa indignación”. 
     
¡Cristo de la Agonía!
Dulcísimo Jesús,
¡Tu muerte es nuestra vida!
¡Nuestro Rey eres Tú!
¡Gloria a Ti nuestro Dueño!
¡Gloria a Ti nuestra luz!
¡Reina sobre tu pueblo!
¡Reina desde la Cruz!
   
Cantemos de Jesús en la Agonía
Himnos de compasión;
Cantemos y en su dulce compañía
Resuene una oración:
“Que de su eterno Padre
Se mitigue la justa indignación”.
  
— Ojos de vida, que enturbió la muerte, Miradnos sin cesar.
— Boca de miel, que se amargó con hieles, Tu hablar es perdonar.
— Manos y pies heridos por el hombre, No os canséis de esperar.
— ¡Corazón de Jesús, nido de amores, No nos dejéis de amar!

Hasta el fin de los siglos en nosotros, Señor, y en nuestros hijos, no ceses de reinar.

ANTÍFONA: ¡Oh bendita Cruz, que tú sola fuiste digna de tener al Rey y Señor de los Cielos!
℣. Te adoramos, Señor, y te bendecimos.
℞. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.
  
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
Señor, te rogamos que eches tus miradas sobre esta familia, por la cual Nuestro Señor Jesucristo no dudó entregarse en manos de los malvados y sufrir el tormento de la Cruz. Que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
  
Ave María Purísima, sin pecado concebida.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Amorosísimo Jesús: Tú que, ultrajado vilmente en el Santo Madero de la Cruz por la turba impía, no pediste venganza al Cielo, sino que sintiendo más su malicia que tus penas y dolores, recabaste del Padre con ternísima súplica el completo perdón, alegando su ignorancia, te suplico que también a mí me concedas el perdón de mis culpas para perseverar en adelante al pie de la Cruz en compañía de tu Madre amantísima. Amén.
   
Se reza la primera palabra: “Padre, perdónalos que no saben lo que se hacen”. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
  
MEDITACIÓN
PUNTO PRIMERO:
Cuando cualquiera de los hombres llega al tristísimo período de la agonía, la compasión penetra en los corazones más duros: a la vista del moribundo, se olvidan las injurias y se apagan los rencores; pero la agonía de Jesús tiene dolorosísima excepción: denuestos, blasfemias, desapiadados y sarcásticos retos llegan a los oídos del mansísimo Cordero, enclavado en la Cruz. Hizo hablar a los mudos, y no hay lengua que salga a defenderle; dio vista a los ciegos, y no hay ojos que compasivos le miren; movimiento a los paralíticos, y no hay quien se mueva en su ayuda; ni los muertos por El resucitados acuden tan siquiera a agradecerle el beneficio; ni aun a llorar al pie de la Cruz. Alma mía, ¿qué piensas de tal conducta? ¿No habrás sido también tú del número de los ingratos?

PUNTO SEGUNDO: Los Ángeles del Cielo esperan ante aquel espectáculo que la Justicia de Dios salga por la honra de su Hijo y le defienda. Le oyen hablar “Padre”, se figuran que la cólera divina va a castigar a los impíos; pero después de aquella exclamación y leve pausa continúa el divino Moribundo y añade: “perdónalos que no saben lo que se hacen”: entonces los Ángeles quedan asombrados, su Madre y las santas mujeres que le acompañaban vierten lágrimas de ternura; la Magdalena recuerda conmovida el perdón otorgado; la súplica del Hijo es oída por el Padre, y poco después, muchos de aquellos blasfemos bajan del Monte Santo, hiriendo sus pechos y exclamando: “Verdaderamente Este era el Hijo de Dios”.

Se rezan las seis restantes palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y el Credo. Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA TERCERO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Dios omnipotente y misericordioso que justificas a los impíos: te ruego que, así como tu Unigénito Hijo atrajo con una mirada benigna al buen ladrón, así también nos reduzcas a una digna penitencia y nos concedas aquella gloria sempiterna que le prometiste. Por el mismo Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Se reza la primera palabra: Padre, perdónalos, etc., con su Padrenuestro, Avemaría y Gloria, y después la segunda: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Padrenuestro, etc.)

MEDITACIÓN
PUNTO PRIMERO: El coro de maldiciones y blasfemias a la divina Víctima encuentra eco al mismo lado de la Cruz. También uno de los criminales afrentosamente le increpa: “Si eres Hijo de Dios, sálvate a Ti mismo y a nosotros”. Ya que la tierna Madre, el Discípulo Amado y las santas mujeres, que estaban al pie de la Cruz, embargados por la pena no pueden salir a la defensa de aquel amante Jesús, cuyas gotas de sangre, al caer, se mezclan con sus lágrimas; pero al fin, Jesús mío, se oye una voz amiga, tal vez el último consuelo que recibes en tu agonía: el criminal que a tu derecha está, el venturoso Dimas, confiesa sus culpas: “justo es (le dice al compañero) el castigo que sufrimos, pero éste (dirigiéndose al Señor) ¿qué ha hecho?”. Humilde confesión, resignación completa, que convierte al criminal en santo, y luego… ora. “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino”.

PUNTO SEGUNDO: Si la turba impía que frenética maldecía al inocente Cordero le otorgó el perdón, ¿cómo no lo has de obtener tú, dichoso Dimas, penitente humilde y predicador de Cristo también en el Madero? ¿Cómo no ha de ser oída tu oración? En ti tuvo feliz cumplimiento aquello del Profeta: “Inclína aurem tuam in precem meam”: escuchado ha el Señor tu súplica y agradecido te regala, cuando responde: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Dame, Señor, que humilde y arrepentido mis culpas confiese; dame también completa resignación en las penas que me enviéis y valor para confesarte públicamente, para que también misericordioso mis súplicas atiendas.
   
Ahora se rezan las cinco palabras restantes con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias; y el Credo. Lo demás como el día primero.)
   
DÍA CUARTO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Dulcísimo Jesús mío: ya que desde el Santo Madero de la Cruz nos diste a tu Madre en la persona de San Juan, haz que apreciando este divino don tuyo, la veneremos y pongamos en Ella toda nuestra confianza y que por Ella guiados durante nuestra vida, merezcamos por fin gozar de Ti, su fruto bendito. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Dichas la primera y segunda palabra con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, se reza la tercera: “He ahí a tu hijo” (dirigiéndose a la Virgen), y luego: “He ahí a tu Madre” (dirigiéndose a San Juan). Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

MEDITACIÓN:
PUNTO PRIMERO: Jesús va a hacer su testamento. Pero ¿de qué? La Cruz, los Clavos y la Corona de espinas, como instrumento de su suplicio, pertenecen a la humana justicia: nada suyo ha subido al Madero Santo de la Cruz. ¿No le había dicho el Padre Celestial que le daría como herencia todas las naciones de la tierra? Rey, sí que lo es, aunque coronado de espinas; vestido de púrpura está, pues su propia sangre esparcida por todo el cuerpo, roja es como la grana: también tiene trono, que es la Cruz sacrosanta: pero ya hemos dicho que no puede disponer de esos atributos de su realeza; vasallos, los tendrá más tarde; los discípulos huyeron, pero El sigue amando a los que no le conocen o desprecian, y en prueba de su amor da a todos los hombres lo único que necesitan y lo único de que puede disponer, les da a su Madre: “Mujer, exclama —dirigiendo al mismo tiempo su mirada a Juan— He ahí a tu hijo”.

PUNTO SEGUNDO: No basta que el divino Jesús nos ofrezca a su Madre, es preciso que los hijos la reconozcan por tal y dirigiéndose a Juan le dice: “He ahí a tu Madre”. Rica herencia. Señor, la nuestra; pero los afortunados herederos, ¿seremos dignos de Ella? Bueno que lo sea de tus discípulos y de todos aquellos que en los siglos venideros escuchen tus palabras y cumplan tus mandatos; pero ¿ha de ser Madre de los que no te conocen y de los que, rebeldes a tu soberana voluntad, maldicen y blasfeman tu nombre? Comprendió el divino Modelo de predestinados que si los justos necesitaban de una Madre que los sostuviese en sus anhelos, los defendiese de sus enemigos y los hiciera llegar, como estrella del mar, al puerto de la bienaventuranza, a los pobres pecadores les era mucho más necesaria la asistencia y cariño de su Madre. Por la Justicia divina cerrado tenían el paso, y sus oraciones no merecían ser oídas de Dios; pero un hijo siempre puede acudir a su madre, y a su vez una madre siempre puede tratar con su hijo; así el pecador acudiría a su Madre María, ésta a su Hijo Jesús y abriendo sus brazos esta Madre cariñosa, estrecharía a ambos contra su pecho y juntos en el seno de la Madre pronunciaría el pecador palabras de dolor, y Jesús, que desde la Cruz había perdonado, mejor perdonaría por las súplicas de su Madre.

(Ahora se rezan las cuatro palabras restantes con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias; y el Credo Credo. Lo demás como en el día primero.)
    
DÍA QUINTO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Amantísimo Jesús, por el abandono que sufriste en el ara de la Cruz que te hizo clamar al Padre, te suplicamos. Señor, no permitas que te abandonemos por el pecado en esta vida, para que en tu compañía seamos felices en la eterna. Por el mismo Señor Jesucristo que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Ahora se rezan las tres palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y a continuación la cuarta: “¡Dios mío, Dios mío! por qué me has desamparado”. Padrenuestro, etc.)

MEDITACIÓN: 
PUNTO PRIMERO: ¿No está en Dios la suprema dicha? ¿No hará su vista la eterna felicidad de los justos? Pues entonces, ¿cómo Jesús, unido a la Divinidad en unión tan estrecha, podrá sufrir? Y sin embargo, Él, con voz clamorosa y levantando sus ojos al Cielo, prorrumpe en aquellas palabras de tan amarga aflicción: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?”. ¿No era Yo aquel Hijo tan amado, cuando Tú asegurabas tener en Mí todas tus complacencias? Yo me complacía siempre en que Tú oías mi oración: es que, como dijo el Profeta, “¿te apartas de mí airado?”. El Padre Celestial calla, ni tan siquiera le envía el Ángel, como en el Huerto de las Olivas. Es que está pagando aquella Víctima inocente nuestros desacatos a la Majestad divina y mereciendo para nosotros el que su Padre Celestial no nos desampare eternamente.

PUNTO SEGUNDO: ¡Cuántas y cuántas veces nosotros, culpables de tantas ofensas a la Majestad divina, sin humillarnos ante el divino acatamiento, con amargas quejas nos volvemos contra Dios, como si no fuéramos merecedores de tales penas y trabajos! No hemos querido cumplir la divina voluntad y en cambio queremos que la Providencia de Dios todavía se nos muestre propicia. Y si aquel Hijo divino, que se había complacido siempre en hacer la voluntad de su Padre, fue por Él desamparado en su última agonía, cuando se acerque para nosotros aquella última hora, ¿quién nos amparará? En Ti, Jesús mío, en Ti y sólo en Ti mi alma espera. Medite yo piadosamente ese tu triste abandono para no ser abandonado en aquella hora suprema.
    
(Siguen las tres restantes palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias; y el Credo. Lo demás como en el día primero.)
    
DÍA SEXTO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Te suplicamos, Señor, que por la ardentísima sed que padeciste por amor nuestro en el Madero Santo de la Cruz, nos concedas el poder mitigarla, cumpliendo nosotros mismos tu voluntad y procurando con empeño el que otros muchos te conozcan y te amen. Que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

(Se rezan las cuatro primeras palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y la quinta: “Sed tengo”. Padrenuestro…)

MEDITACIÓN: 
PUNTO PRIMERO: Señor, pediste de beber un día a la Samaritana y no te dio: volviste a pedir lo mismo en tu agonía y no solamente te lo negaron, sino que en su lugar te dieron hiel y vinagre; no quisieron en ninguno de los dos casos mitigar la sed que te devoraba: ¿qué menos podías pedir, Señor, a los hombres que un poco de agua? ¿No habían sido ellos socorridos por Ti en todas sus necesidades? No digo agua, la sangre de sus venas te habría dado aquella amantísima Madre que estaba al pie de la Cruz. ¡Cuál sería su pena, al ver que nadie quería remediarte y que Ella misma con todo su amor tampoco podía socorrerte! ¡Cuánta no es la solicitud de una cariñosa Madre para proporcionar a su hijo moribundo el más ligero alivio en sus sufrimientos a costa de cualquier sacrificio! ¡Y esto que le es dado a cualquiera madre, no le es permitido a la Madre del Hombre Dios!
  
PUNTO SEGUNDO: Pero, ¿es la sed material la que produce tales angustias en el Redentor? Había Él predicado en el sermón del Monte: “Bienaventurados los que tienen sed de la justicia”, y aunque es cierto que por la pérdida de la sangre le atormentaba la sed material, era mucho más ardiente la sed de su corazón, que ansiaba la salvación de las almas, por las que vertía hasta la última gota de su sangre. No le neguemos las nuestras, y si para entregárselas es necesario cualquier sacrificio, no rehusemos, como la Samaritana, el aplacar su sed; y si seguimos pecando y si contumaces en nuestros vicios multiplicamos las ofensas, ¿qué otra cosa hacemos, sino proporcionarle la amarga hiel y la acidez del vinagre? No, Señor, que no sea así. Si Tú en el Sacramento del Amor refrescas nuestras almas con la celestial bebida de tu sangre, con la que mitigas el ardor de nuestras pasiones, ¿no será justo que mitiguemos también tu sed, según los deseos de tu corazón?

(Se rezan las dos últimas palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias; y el Credo. Lo demás como en el día primero.)
   
DÍA SÉPTIMO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Padre celestial, por la obediencia de tu Santísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para cumplir en todo Tu Voluntad, te suplicamos que por sus méritos nos concedas el cumplirla también nosotros hasta el fin de nuestra vida. Por Nuestro Señor Jesucristo que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Se rezan las cinco primeras palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y luego la sexta: “'Todo se ha terminado”. Padrenuestro.)

MEDITACIÓN: 
PUNTO PRIMERO: Allá en el Huerto de las Olivas horrible agonía sufriste: tu vivísima imaginación recorría acongojada el campo de batalla en el que habrías de librar el combate contra los enemigos del hombre hasta que salieras triunfante y victorioso. Blasfemias, maldiciones, Cruz, azotes, espinas, traición de Judas, negación de San Pedro, abandono de todos los discípulos, dolores de tu Madre y hasta el desamparo de tu Padre celestial: todo lo viste venir sobre Ti y caer y aplastarte como inmenso alud, pero ya se acerca el fin del combate: la triste noche de tus infortunios ha pasado; y mejor que el Apóstol puedes decir: “Cursum consumávi”, concluí mi carrera. Recorriste entonces todos los tiempos pretéritos: Tú eras el inocente cordero que había sido llevado al matadero, el varón de dolores, Tú eras la hostia y el sacrificio. Tú la víctima celestial que había de aplacar al Padre; tu sangre que se había de ofrecer en los altares de todo el mundo había de sustituir para siempre a la sangre de los carneros y demás víctimas del templo de Jerusalén; y por eso clamaste “Consumátum est”.

PUNTO SEGUNDO: ¡Ojalá, cristiano, que también tú en la agonía puedas tener semejante consuelo! ¿Tienes fe? Pues si la tienes y confías en las palabras de Cristo, no desfallezcas en la lucha contra el mundo, demonio y carne: muy fuertes parecen los tales; pero, el mundo es vano y si desprecias sus vanidades, no te hará daño: la infernal bestia te acometerá; mas tienes el humilde, pero poderoso recurso de la oración: terrible será la lucha con la carne, pero los sensuales apetitos los verás mitigados, gustando la carne del Cordero Inmaculado, juntamente con la mortificación y modestia de los sentidos. Y si te cansas y si tus fuerzas decaen, no temas, que a tu lado está el divino Jesús: y si vuelves a El tus miradas, y si tus labios pronuncian una súplica, no te faltará su auxilio; y entonces con su presencia huirán los enemigos y gozarás de la paz; de esa paz de Dios, que hace felices a los desterrados en este valle de lágrimas, cantando cuando se acerque la hora de la partida, como el Profeta: “lætátus sum in iis quæ dicta sunt mihi, in Domum Dómini ibímus”, me alegra morir, porque voy a la casa del Señor.

(Se reza la última palabra con su Padrenuestro, Avemaría y Gloria; y el Credo. Lo demás como el día primero.)
  
DÍA OCTAVO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Dios, que constituiste a tu Hijo Unigénito Redentor del mundo, y por Él, vencida la muerte, misericordiosamente nos volviste a la vida: concédenos que recordando estos beneficios nos unamos a Tú en perpetua caridad y merezcamos percibir el fruto de tu redención. Por el mismo Jesucristo que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Se rezan las seis primeras palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y luego la séptima: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Padrenuestro…)

MEDITACIÓN:
PUNTO PRIMERO: El Hijo de Dios hecho hombre ha cumplido la misión que el Padre le había confiado; y, ya que el cuerpo exánime colgado por tres clavos queda en la Cruz, quiere deponer su Santísimo Espíritu en las manos de su Padre: son las últimas palabras las que va a pronunciar: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Los cortesanos del Cielo que oyeron esta oración, vieron asombrados cómo la muerte tenía poder sobre el Autor de la vida: al verle el Padre, diría: “Hijo querido, ya que tu amor a los hombres te ha llevado a ese extremo de padecer y morir, admito de buen grado esa satisfacción superabundante de todas sus culpas, y es muy justo que Yo también olvide, porque Tú lo querías, todos los pecados. Tu sangre, Hijo mío, más pura e inocente que la de Abel, llega a Mí; no con gritos de venganza, sino con amorosas voces de misericordia, y si en un tiempo libré de la muerte a los hijos de Israel que tenían teñidas con sangre las puertas de sus casas, ahora. Hijo mío, a los que vengan teñidos con las gotas de tu sangre preciosa, no solamente libraré de la muerte, sino que Contigo y Conmigo vivirán eternamente”.

PUNTO SEGUNDO: Póstrate, oh cristiano, al pie de esa Cruz santa, y si te has penetrado bien de las enseñanzas que el divino Maestro ha dado desde esa cátedra, no dudo que cual semilla fecunda brotarán en tu corazón los afectos más tiernos, la gratitud más profunda hacia ese Señor que por ti padece y muere. ¿Te pide en cambio que tú mueras por Él? Si te pidiera la vida y tú se la dieras, aún no habrías correspondido bastante, porque su muerte es la muerte de un Dios; pero le habrías dado cuanto podrías darle, pidiéndote solamente Él que te venzas en alguna cosa, prometiendo Él ayudarte; si todavía te resistes a hacerle el sacrificio que te pide, no mires al Crucificado; eres un cobarde, un ingrato, y si todavía, ante la vista del Hombre Dios que muere por ti, prosigues ofendiéndole, ¿cómo tu alma manchada ha de ser recibida, cuando salga de este mundo, las manos purísimas de un Dios? La vida es breve, el vencimiento es corto y si en breve tiempo sigues al Hijo de María, Él recogerá tu alma y una eternidad feliz será el fruto de tus merecimientos.

(Un Credo a Jesús Crucificado. Lo demás como el día primero.)
   
DÍA NOVENO
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
Acto de contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Concedednos, benignísimo Jesús, por las penas y dolores que padecisteis en aquellas tres horas de vuestra agonía en la Cruz, el sentirlas compasivo, escuchar atentamente vuestras palabras y perseverar junto a esa Cruz con vuestra Madre y el Discípulo Amado, hasta que dejemos nuestras almas en vuestras santísimas manos, al exhalar el último suspiro, como Vos, Señor, lo hicisteis en las del Padre Celestial.

(Las siete palabras con sus Padrenuestros, Avemarías y Glorias)

MEDITACIÓN:
PUNTO PRIMERO: Estaban al pie de la Cruz la Santísima Virgen, el Evangelista San Juan, María Magdalena y las otras Marías. Esta fue la fiel compañía de Cristo en su dolorosísima Pasión y hasta que exhaló el último suspiro, como también fue el fúnebre cortejo hasta que dejaron su sagrado cuerpo en el sepulcro. Juan y la Magdalena, la inocencia y la penitencia, el virgen Juan y la arrepentida pecadora; no podían faltar al pie de la Cruz los representantes de las dos clases de predestinados. Si por desgracia dejaste el camino de Juan, preciso te ha de ser, si quieres llegar a la eterna bienaventuranza, que sigas en pos de la Magdalena por el arrepentimiento y penitencia: pero inocentes y penitentes, justos y pecadores no podrán caminar hacia el Cielo, si no tienen fija su mirada en la Cruz de Cristo, porque esta Cruz alentará a los justos a perseverar en el bien obrar, los animará a mortificar sus pasiones, fijará el santo temor de Dios en sus corazones y perseverarán hasta el fin. Esa misma Cruz bendita recordará a los pecadores el perdón obtenido de la misericordia de Dios, trayéndoles a la memoria las pasadas caídas, los hará más cautos y precavidos para no caer en adelante, reconociendo siempre la bondad y misericordia del Crucificado que purificó sus almas con su preciosa sangre.
   
PUNTO SEGUNDO: Bendita seas Tú, Señora, que como firmísima roca, combatida por todas partes por el furioso oleaje de tantas tribulaciones, permaneciste al pie de la Cruz de tu divino Hijo. No aparecías al lado de tu Hijo, cuando le cantaban “Hosanna, hijo de David”, ni cuando quisieron hacerle Rey, ni cuando obraba alguno de aquellos portentosos prodigios; pero, cuando las muchedumbres maldicen y blasfeman a tu querido Jesús, cuando como un reo e insigne malhechor, caminando va al suplicio con el pesado madero y cuando, finalmente, agoniza en la Cruz, ¡ah! entonces. Madre mía, entonces no le abandonas; quieres ser compañera en sus dolores; es que quieres beber con Él el cáliz de la amargura, tener parte con Él en la redención de los hombres y que su sangre y tus lágrimas constituyan el tesoro que han de aprovechar tus hijos en los siglos venideros. Y como por tu mano se han de repartir esos tesoros, tenme siempre a tu lado, que yo también soy tu hijo y quiero honrarte en la tierra para después alabarte y bendecirte con el dulcísimo fruto de tu vientre en las eternales mansiones. Amén.

(Un Credo al Santísimo Cristo de la Agonía. Lo demás como el día primero.)

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