miércoles, 4 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA CUARTO

PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA CUARTO — 4 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
5. ¿Qué nos recuerda el santo nombre de José?
Este nombre divino presenta al alma una idea tan grata y dulce, que la conmueve tiernamente cuando la boca le pronuncia. En efecto: es el nombre augusto del siervo fiel y prudente que ha establecido el Señor en su familia para ser el sostén y el consuelo de su excelsa Madre, su Padre nutricio y su cooperador digno en la ejecución de sus misericordiosos designios sobre la tierra .—“Este nombre, dice el piadoso Gerson, es de aquel a quien la Madre de Dios, la reina del universo, llama su Señor; a quien el Verbo hecho carne llama su padre y a quien obedece.—Es el nombre de un pobre artesano que sufre sin murmurar los rigores de una condición ajena, y que en lugar del palacio de David habita en la humilde cabaña de Nazaret, sin pretensiones de ambición ni envidia. -Es el nombre de un Patriarca localizado en una vida oscura, pero tan llena de méritos y de ejemplos, que nos da a cada uno la más perfecta regla de conducta, tan segura como cristiana.—Es el nombre de un justo cuya vida sobre la tierra ha sido angelical y que tuvo la dicho de morir en presencia y en los brazos del Salvador del mundo.—Es, por último, el nombre de un Santo que se halla en el cielo en cuerpo y alma, el cual goza de gran poder cerca de la Santísima Trinidad; nombre tan venerable y tan bendito, que basta el tributarle honor para conducirnos a la posesión de un Dios. ¡Que el santo nombre de José permanezca, pues, siempre en nuestra memoria, y que por siempre esté grabado en nuestro corazón!
   
SAN JOSÉ, HONRADO POR MARÍA.
«Hijos míos, venid y os enseñaré el temor de Dios». Representémonos, almas cristiamas, a nuestra buena madre que nos dirige esta invitación, y nos dice vayamos a su lado a aprender de su conducta cómo debemos obrar para ser realmente sabios, y asegurar nuestra salvación. Contestemos a su llamamiento, y considerando hoy el honor que tributa a San José, comprenderemos que lo mejor que podemos hacer, es honrarle a ejemplo suyo, tenerle una verdadera y sólida devoción.
  
María ha honrado a San José por deber, por gratitud y por motivos de fe, y le manifestó ese respeto y homenaje, por manifestaciones de especial deferencia, por los servicios que le ha prestado, y por la obediencia perfecta perfecta con que cumplía su voluntad.

María ha honrado a San José porque en su calidad de esposa, segun lo prescribía la ley del Señor, le debía respeto y sumisión. Le ha honrado igualmente y tenido la mayor veneración por gratitud, porque apreciaba toda su abnegación para con ella, y más aún para con el niño Jesús. ¡Oh!, no hay ni habrá nadie capaz de comprender lo que pasaba en el Corazón de esta divina madre, que amaba tan tiernamente a su adorable hijo, y consideraba lo que su santo esposo hacía por él y por ella. ¡Ah! cuán grandes debían ser sus sentimientos de gratitud sin duda no podía menos de manifestarlos, sobre todo, cuando le veía entregarse a los penosos trabajos que eran los que únicamente aseguraban la subsistencia de la Santa Familia.

Pero a estas razones naturales por las que María honraba a San José, se agregaban otras muchas del órden puramente sobrenatural, y por consecuencia más excelentes.

Y en efecto, María honraba a San José porque le miraba como el representante de Dios cerca de ella, siendo por consecuencia su señor y amo, a quien debía respeto, servicio y obediencia.

María honraba a San José porque le veía altamente honrado por Dios, que le había elevado a la dignidad de padre adoptivo de su adorado hijo y que le habia confiado la guardia de aquél que es el único objeto de su complacencia.
   
María honraba a San José como el intermediario por quien se la comunicaban los mandatos de Dios: en efecto, no ignoraba sus relaciones directas con los Ángeles, y hasta qué grado el Espíritu Santo estaba en él, para dirigirle en su conducta.
   
Por último, María honraba a San José porque era singularmente honrado por el Niño Dios, que se había hecho su hijo adoptivo, y le manifestaba con tanto afecto su cariño y perfecta obediencia. ¡Ah!, qué sentmientos se despertaban en su alma respecto a su santo esposo, cuando veía el divino Salvador anticiparse a prevenir sus deseos y darle tantas muestras de estimación y amor.

Tales son los principales motivos por que la santísima Vírgen honraba a San José, motivos que la conducían a darle en todas circunstancias muestras de su respeto y sumisión. Pero ¡qué asunto, oh almas cristianas, se presenta a nuestra admiración! María, saludada llena de gracia por el ángel Gabriel que hablaba en nombre del Altísimo, se complace en abatirse ante el humilde artesano que el Cielo la habia dado por esposo. ¡Qué homenaje tan glorioso para San José: la Reina del Cielo se desvive por manifestarle su estima y veneración!
   
El antiguo patriarca José tuvo desde su más tierna edad, una revelación de la gloria que le estaba reservada. Dios le hizo ver en su sueño al sol y la luna inclinándose con respeto ante él. Pero aquel sueño profético se verificó en el segundo José de una manera mucho más esplendente que en el primero, puesto que Jesucristo, el verdadero Sol de justicia, y María esa misteríosa Luna, brillante de resplandores, le prestaron como a su jefe, sumisión, respeto y obediencia.
   
Almas cristianas, contemplemos a la Virgen augusta honrando a su santo esposo, hablándole con toda la reserva y deferencia que reclamaba su cargo de padre y jefe de la Santa Familia, y prestándole además todos los servicios que podía prestarle. Sí, la que había dicho: «Yo soy la sierva del Señor», podía decir igualmente, «soy la sierva de José, que Dios me ha dado por esposo y en quien venero a él mismo». Manifiésase efectivamente llena de atenciones para con él.
   
Contemplemos, pues, con la más viva emoción a María Reina de los ángeles, trabajando por José, dividiendo todo su tiempo entre sus deberes para con Dios y para con su casto esposo. Aquella cuyo servicio constituye la gloria de los espíritus celestiales, se gloría en servirá un pobre artesano; coloca ën el rango de sus primeras obligaciones la de cumplir, y hasta prevenir su voluntad, elevándole así por su sumision por encima de los mismos ángeles.
  
¡Oh, José, qué honrado os vemos, cuando se ha puesto a vuestras órdenes la Soberana del cielo y de la tierra, y os rinde el homenaje de la dependencia más constante y más completa!
  
Pero no solo fue honrado José por María, sino que fue amado con el amor más puro y ardiente. Y en efecto, nos dice San Bernardino de Siena, si María ha sido tan benévola para con las personas criminales, ¿qué ternura no tendria al casto esposo que Dios la habia dado? María amaba, pues, a José como al escogido de Dios para ser testigo inviolable de su virginidad, para proteger su honor y el de su divino Hijo. Le amaba como el representante de Dios Padre y del Espíritu Santo, cuyo lugar ocupaba a su lado. Le amaba con un amor de predilección, como el Santo que tenía más puntos de semejanza con ella y con su divino Hijo.
   
¡Oh Dios!, cuántas virtudes debían resplandecer en San José para hacerle tan semejante a la que no tiene rival en virtud. ¡Qué grado de santidad necesitaba para hacerle el más amable de todos los hombres a aquella casta esposa que nada debía amar en el mundo tanto como al que Dios la había dado para protegerla y que a causa de la eminencia de la gracia que poseía, nada podía amar que no fuera santo! Los bienaventurados en el Cielo se aman con un amor inefable, porque participan todos de la vida de Dios: así María y José, estos dos bienaventurados de la tierra que participaban de la vista, de las conversaciones y acciones de Jesús, se aman en un grado mucho más elevado que cualquier otro. La elección que Dios había hecho de sus personas para emplearlos en ministerios más que angélicos, el conocimiento recíproco de su santidad, oculta al resto de los hombres; los lazos tan estrechos que los tenían unidos a Jesús, centro de sus afecciones y lazo indisoluble de sus corazones, todo esto contribuía a aumentar su amor hasta un grado tal, que no nos es posible conprender ni medir su extensión. Y al ver todo lo que José hacía y sufría por este querido Niño, su amor por aquel gran Patriarca era mayor cada día. Las relaciones continuas, la intimidad y el trato, aumentan el amor. Vése frecuentemente a los niños educados juntos amarse más tiernamente que los que están unidos por los vínculos de la sangre. Ahora bien, ¿qué cariño debió formarse entre María y José que vivieron tanto tiempo y tan estrechamente unidos y empleados en un ministerio tan sublime?
   
Acabamos de considerar, almas cristianas, a María honrando a San José y amándole con el amor más puro y más tierno. ¿Dejaremos ahora de imitar el ejemplo de esta buena madre? ¡Oh!, sí, honremos, amemos a San José, y estemos seguros de que esto será lo más eficaz para desarrollar en nuestro corazon el amor a María. Si nos honramos y nos creemos en la obligación de dar nuestro corazón a la santísima Virgen, ¿no deberemos darle también a José, a quien ella ama con tanta ternura? ¡Ah!, no temamos que se disminuya nuestro afecto a María, no; puesto que María forma una sola persona con José, amemos, pues, y honremos a San José, y por este medio imitaremos a María, cumpliremos su voluntad y aseguraremos su protección. Amemos y honremos a San José por los motivos de fe y de reconocimiento que nos obligan a ello; veamos en él nuestro intercesor para con Dios, nuestro buen padre, siempre solícito por nuestra salvación. Pongamos nuestra confianza en este gran Patriarca, por la idea de que quien fue tan honrado y amado en la tierra por María, debe ser muy poderoso en el Cielo; persuadámonos que honrar y amar grandemente a José, es el medio más directo de asegurarnos la protección de Jesús y María, y con esta protección estaremos seguros de adelantar en la práctica de la virtud, y de obtener la perseverancia final.
  
COLOQUIO
EL ALMA: La meditacion que acabo de hacer, ¡oh glorioso San José!, sobre la honra que María os ha tributado en la tierra y sobre el amor que os tuvo, me llena de alegrías y contento. Sois tan generoso para conmigo, me recibís con tanta bondad todos los dias al pie de vuestro altar, y me habéis otorgado tantas gracias, que mi corazón, lleno de la más viva gratitud, derrama lágrimas a la vista de tantos prodigios obrados en vuestro favor. María es la criatura más perfecta que en la tierra ha salido de las manos del Creador; María fue inmaculada desde su concepción y concibió a Jesús sin dejar de ser Virgen; María es la Reina de los Ángeles y de los hombres; y María os ha amado y honrado sobre la tierra, ¡Qué gloria para vos, oh Padre mio! Bendita sea, pues, la augusta María que tanto os veneró, y bendito, y mil veces bendito sea también el Dios tres veces santo que quiso haceros tanto honor.
     
SAN JOSÉ: Te extasías, hija mía, considerado el amor que me tuvo, y tienes razón. María es la soberana del Universo, y ser honrado por ella es seguramente un grandísimo favor. Pero si fue un gran honor para mí haber recibido sus homenajes, y en parte su amor, ¿cuánto mayor no es para ti este honor, puesto que María te ha amado mientras vivía sobre la tierra con el amor más puro y ardiente, puesto que María ha hecho por ti lo que ninguna madre ha hecho por su hijo? Déjame, pues, hija mía, mamifestarte brevemente el amor de María a los hombres, y por consecuencia a ti, y estoy seguro ya que tienes tan buena voluntad, que tu corazón se inflamará de amor por ella y que la estarás vivamente agradecida. -Sí, hija mía, María te amó sobre la tierra con un amor soberanamente grande, y vas a convencerte por ti misma. El medio mejor de conocer el amor que una persona tiene a sus semejantes, es ver el amor que tiene a Dios, y esto es cosa evidente, puesto que al amor de Dios y el del prójimo derivan de un sólo y único mandamiento; los dos amores no son dos virtudes, sino dos ramas de un mismo tronco, dos actos de un mismo hábito de virtud: la caridad. Estos dos amores son, si lo consideras bien, como dos anillos de una misma cadena, como dos flores que salen de la misma mata. Cuanto más intenso es el amor que una persona tiene a Dios, mayor es también el amor que tiene al prójimo. Lee, hija mía, la vida de los Santos, considera un poco sobre su conducta, y encontrarás infaliblemente en el conjunto de los actos de cada uno la aplicación del principio que acabo de exponerte.

Ahora bien, examina un instante y ve, hija mía, si ha existido jamás persona alguna que tanto haya amado a Dios, como María. Y efectivamente, ¿cuál podrá ser esta feliz criatura? ¿Será algun santo? ¡Oh! no, seguramente todos los Santos, es verdad, han amado mucho a Dios; los ha habido, como por ejemplo, los Mártires, que dieron su vida por Él, y otros que le han amado con un cariño superior a cuanto la lengua puede expresar; pero no importa, su amor por Dios está tan distante del de María, como el Cielo de la tierra. ¿Será algun espíritu bienaventurado de la Milicia celestial? No; entre la muchedumbre que compone los nueve coros de los Ángeles, veo que los Querubines, y Serafines están continuamente abrasados de amor a Dios; pero los Querubines habrían podido bajar al Corazón de María aprender cómo se debe amar a Dios. —¿Seré yo mismo, José, elevado por la gracia de Dios a las más sublimes funciones? Tampoco; es cierto que Dios, después de haberme colmado de gracias y méritos, me ha elevado a la más sublime dignidad, la de padre adoptivo de Jesús, y me ha dado, por consecuencia, un corazón capaz de amar como el padre de un Dios debe amar; pero Dios había dado a María un corazón de madre, y el Corazón de María ha dado a luz a Jesús por el amor, como la sangre de esta augusta Virgen le dio a luz carnalmente. ¡Oh!, yo puedo asegurarlo porque lo he visto, porque María ha sido mi esposa y he vivido con ella por espacio de treinta años: María ha amado a Dios más que todos los Ángeles, que todos los Santos y que yo mismo. Para tener una idea aproximada de este amor, sería preciso haber visto como yo los arrebatos de amor, los trasportes, los éxtasis de esta augusta Virgen; su corazón era un horno encendido, abrasado enteramente de amor divino. Y ahora, hija mía, ¿comprendes la conclusión que se desprende?
   
EL ALMA: ¡Oh sí, mi glorioso padre, comprendo la consecuencia que se desprende de lo que acabáis de decirme! Comprendo que puesto que de un lado el amor de Dios es la medida del amor al prójimo, y por otra parte, que María ha amado a Dios más que todas las criaturas juntas; el amor de María a los hombres mientras vivía sobre la tierra fue soberanamente grande.
  
SAN JOSÉ: Dices la verdad, hija mía, el amor de María a los hombres fue excesivamente grande; reune si puedes el amor que todos los padres tienen a sus hijos, el amor de todos los hermanos, el amor que todos los esposos tienen a sus esposas, y pon en seguida estos amores en el corazon de una sola criatura, y a pesar de todo ¡nunca, no, nunca igualará al amor que María tuvo á los hombres! Así que, hija mía, si para mí que tanto he amado a María y que tantos servicios la he prestado, ha sido una inmensa gloria haber sido amado y honrado por ella, esta gloria no ha sido menor para ti, puesto que nada has hecho por ella, y puesto que al contrario, no has hecho más que contristarla por los pecados que has cometido contra su divino Hijo.
   
¡Oh! hija mía, hace un momento te extasiabas en la admirable conducta de María respecto a mí, y la bendecías por el amor que me había consagrado; pues bien, bendícela ahora por el amor inmenso que te manifiesta todos los días; repara, hija mía, con una conducta completamente cristiana las penas que has podido causarla desde que estás en el mundo; agradece de lo más íntimo de tu corazón todo lo que ha hecho por ti, y está segura que su amor no te faltará, y que esta buena Madre te protegerá todos los días de tu vida, y sobre todo en la hora de la muerte.
  
RESOLUCIÓN: Amar muchísimo a la santísima Virgen; recitar frecuentemente el Memoráre, y no dejar pasar día alguno sin hacerla alguna súplica. Invocarla en todas nuestras necesidades.
   
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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