sábado, 7 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA SÉPTIMO

PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA SÉPTIMO — 7 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
10- ¿Es cierto que San José fue santificado en el vientre de su madre?
La Iglesia nunca ha decidido respecto a esta cuestión, pero si nos referimos al dictamen de muchos teólogos distinguidos como Gerson, Canisio, Salmerón y otros santos teólogos diremos que San José fue santificado de la mancha original del vientre de su madre. Además, todo nos guía a creer que esta opinión es verosímil porque si San Juan Bautista obtuvo esta gracia como conveniente a su cualidad del precursor del Mesías, no lo era menos para el que debía tener cargos más importantes y más privilegiados con el Divino Salvador y su santa y augusta Madre; no lo era menos para el que había merecido ser el esposo de la más pura de las vírgenes y el padre custodio y nutricio del Hombre Dios. Es muy creíble, pues, que salió del vientre de su madre enteramente libre de la mancha del pecado, adornado de la vestidura santa de la inocencia y enriquecido de las más raras virtudes.
  
GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO JUSTO POR EXCELENCIA.
Los hombres, nos dice Fénelon, no saben por lo general explicar las grandes cosas sino con muchas palabras; apenas prueban con extensas locuciones lo que se esfuerzan en alaban. Pero cuando le place al Espíritu divino honrar a alguno con una alabanza, la hace corta, sencilla, majestuosa: tan digno de Él es hablar poco y decir mucho. Y así ha sucedido con nuestro glorioso Patriarca. En efecto, queriendo el Espíritu Santo pintarnos todo cuanto Dios ha derramado de gracias en el corazón de San José, todo lo que se puede imaginar de grande, en los misterios de que fue testigo y coadjutor, todo lo que hay demás admirable en el curso de su vida: sólo ha necesitado este divino Espíritu decirnos simplemente que José, esposo de María, era justo. En estas dos palabras efectivamente nos revela toda la santidad de San José, puesto que, según la explicación de San Jerónimo y de San Pedro Crisólogo, la palabra justo quiere decir hombre perfecto, que posee todas las virtudes en un grado eminente. San Alberto el Grande nos enseña también que todas las cualidades de San José se encierran en estas dos palabras: vir justus, hombre justo. El Espíritu Santo, dice le llama vir, hombre, para manifestar la fuerza, la confianza, la magnanimidad, la perseverancia y las demás virtudes que hacen al alma grande y perfecta en sí misma. Justus, justo, quiere decir fiel a Dios y al prójimo (Super “Missus est”, CXXVI).

Oh sí, almas cristianas, San José ha sido justo, y justo por excelencia; examinad en efecto atentamente, y veréis que no encontrareis ninguna virtud en su vida que no tenga algo de raro, que no se encuentra en los demás Santos y que sólo pertenece a él: Y desde luego representaos la santidad de todos los antiguos Patriarcas, cuya larga serie forma la escala misteriosa de Jacob que concluye en la persona del Hijo de Dios; ved cuál fue la fe de Abrahán, la obediencia de Isaac, el valor de David, la sabiduría de Salomón y después que hayáis concebido la idea más excelente que podáis, acordaos de que San José está en la cúspide de la escala a la cabeza de tantos reyes, profetas, patriarcas, santos; que es más fiel que Abrahán, más obediente que Isaac, más generoso que David, más sabio que Salomón, y en una palabra, tanto más elevado en gracia cuanto está más próximo a Jesús, y que reposa en su seno. Del Antiguo Testamento pasemos al Nuevo, y considerad las más brillantes virtudes de los Santos; pues bien, lose aun los sobrepuja a todos, nos dice San Bernardino de Siena: en efecto, él es quien ha dado la forma y el modelo de la predicación a los doctores, nos dice San Hilario; él es quien sufrió las primeras persecuciones excitadas contra los mártires; ¡él es el primero que fue santificado en el Nuevo Testamento, santificado desde el seno de su madre!, puesto que san Juan Bautista vino después de él. También es el primero que fue confirmado en gracias, puesto que precedió a los Apóstoles; él es quien ha sobrepujado en pureza a las Vírgenes; él quien abrió los desiertos del Egipto a los anacoretas. En fin, él es quien ha entrado en el mundo tan resplandeciente de inocencia como la aurora, y ha partido como un sol subiendo al Cielo en cuerpo y alma para acompañar el triunfo de Jesucristo y adelantar el de María.

¿Debemos hablar ahora de las luces de la sabiduría de José? Pues bien, nos bastará decir que este gran Patriarca ha dirigido no el cuerpo místico de la Iglesia, como San Pedro, sino al jefe mismo de esta Iglesia, no los Cielos, sino al Dios del Cielo y de la tierra. José tuvo, en efecto, con el Espíritu Santo, la dirección del Verbo Encarnado; el Espíritu Santo tenía la dirección interior y José la exterior. Por consecuencia, su dirección debía ser conforme a la del Espíritu Santo: debía, pues, ser una dirección rara, perfecta y extraordinaria.

Pero si la sabiduría de José tuvo tan noble empleo en la dirección del Verbo encarnado, la paciencia en los trabajos que ha sufrido, no ha sido menos gloriosa, porque todos los pasos que daba, todos los cuidados que se tomaba, todos los sudores que vería, todos los trabajos que soportaba y todas las penas que tomaba, miraban puramente a la vida de Jesús, de la que dependía la salvación de todos los hombres. De suerte que si se encuentran Santos que han sufrido más que Él, no se encuentra seguramente quien haya sufrido por un objeto tan digno.

Los Anacoretas han hecho indudablemente grandísimas abstinencias para conservar la vida de su alma; pero San José se ha quitado el pan de la boca para dárselo a Jesús y a María. Los Mártires han sufrido grandes tormentos por el nombre de Jesús, pero San José ha expuesto su vida por salvar la de Jesús. Dar la vida a alguno, es el primero de todos los bienes, y salvarla el segundo: ahora bien, ¿quién ha dado la vida a Jesús? María; pero ¿quién la ha salvado? José. ¡Ah! Hay desgraciadamente una infinidad de homicidas que son culpables de la muerte de Jesús y no hay que descender a los infiernos para buscarlos, no. En efecto, preguntad a San Pablo quién ha perseguido a Jesús, a San Pedro quién le ha renegado, a la Magdalena quién le ha ofendido, y por último, a todos los Santos que están en el Cielo quién hizo morir a Jesús, y todos responderán: nosotros; sí, nosotros por nuestros pecados; porque todos hemos empapado nuestras manos en la Sangre del Cordero. Mas si se pregunta quién ha salvado la vida de Jesús; ¡oh entonces!, ¡silencio Patriarcas! ¡Silencio Profetas!… Apóstoles, Confesores y Mártires, guardad también silencio, dejad hablar a San José, porqué sólo a él pertenece tan señalada honra, porque es el único salvador de su Salvador.

¡Qué admirablemente os conviene la cualidad de justo, oh bienaventurado José, puesto que la habéis recibido del mismo Espíritu Santo, que no puede engañarse ni engañarnos! Sí, habéis sido justo porque la gracia y la santidad se han encontrado y unido en vos antes de vuestro nacimiento. Habéis sido justo para con Dios, al dedicar vuestro espíritu, vuestro corazón y todas vuestras fuerzas al cumplimiento de su santa voluntad. Habéis sido justo para con el prójimo, amando a todas las criaturas en Dios, y a Dios en todas las criaturas. Habéis sido justo para con vos mismo, no deseando otras ventajas que las que interesaban a vuestra mayor perfección. Habéis sido justo por excelencia, porque Dios os ha dado una santidad proporcionada a la eminencia de vuestra dignidad, queriendo que pudieseis representar convenientemente al Padre Eterno en todos los cuidados que debíais dar a su Hijo, y al Espíritu Santo en la alianza que os une con la inmaculada Virgen. ¡Pero cuánto más digno os habéis hecho aún de un cargo tan glorioso, añadiendo sin cesar a la primitiva santidad con que Dios os había favorecido, el ejercicio de todas las virtudes que veías practicar ante vuestros ojos por Jesús y María! ¡Ah! Os suplicamos, ¡oh José tres veces justo!, nos enseñéis a cumplir la justicia en todos sus puntos. Oh protector nuestro, ¡oh! padre nuestro, haced que nuestros homenajes contribuyan a vuestra gloria y a nuestro bien espiritual; hace que desde hoy nos dispongamos, en fin, a recibir de Dios este don precioso de la santidad y de la justicia, sin la cual no podemos ser agradables ni a sus ojos ni a los vuestros.

COLOQUIO
EL ALMA: Puesto que habéis sido Justo por excelencia ¡oh glorioso san José!, y que la justicia es la perfección; puesto que además Dios quiere y exige que sea perfecta, ¡oh! Yo os lo ruego encarecidamente, instruidme sobre un punto tan importante; decidme, en qué consiste la perfección y lo que hay que hacer para conseguirla.

SAN JOSÉ: La perfección consiste, hija mía, en un verdadero desprecio de sí mismo, en la entera mortificación de su propia voluntad y en una perfecta conformidad con la voluntad de Dios. El que carece de estas tres virtudes está fuera de la perfección: ¡Dichoso, pues, aquel que vive en perfecta conformidad con la voluntad de Dios! Sólo hace lo que Dios quiere y no quiere más que lo que Dios hace. Prefiere las obligaciones más humildes de su estado a las acciones más gloriosas que no le están encomendadas, porque sabe que la perfección no consiste en hacer grandes cosas y en gran número, sino en hacerlas bien. No les dado a todos hacer cosas difíciles y extraordinarias; pero orar, hacer el examen de conciencia, oír misa, recitar el oficio divino cuando esté obligado a ello, cumplir las obligaciones de su estado y otras cosas exigidas por la obediencia, he aquí lo que se hace diariamente y con tal que lo cumplas con toda la perfección posible, puedes estar segura de que llegarás a ser una santa

EL ALMA: ¿Y qué hay que hacer, ¡oh glorioso Padre mío!, para cumplir perfectamente estas acciones?

SAN JOSÉ: Dos cosas; hija mía: la primera, no obrar más que con el fin de agradar a Dios porque la perfección no consiste en la obra exterior, sino, en la intención. La segunda que se haga con prontitud, atención y exactitud. El primer medio de hacer bien una cosa es hacerla con una fe viva en la presencia de Dios; la segunda, es poner toda tu atención como si fuera la única cosa de que debieras ocuparte. Así, cuando se ora, sólo deba pensarse en orar bien; cuando se ejerce alguna profesión exigida por el estado o la obediencia, no se debe pensar en el pasado, ni en el porvenir. El tercer medio de hacer bien una acción, es hacerla como si fuera la última de la vida. Cuando se trataba de trabajar, decía en su tiempo San Basilio a sus discípulos, figuraos que no vivires hasta la noche, y cuando llegue la noche, pensad en que no llegareis a mañana.

EL ALMA. Concibo, Padre mío, que la vida de perfecciones la única que puede conducir al hombre con seguridad al puerto de salvación; ¡pero es tan difícil!

SAN JOSÉ: Ningún santo, hija mía, ha llegado a la santidad sin haberla deseado ardientemente. Las aves necesitan alas para elevarse por los aires, y las almas de los Santos necesitan deseos para adquirir la perfección. Así que el santo rey David exclamaba: «¡Quién me diera alas como a la paloma, para volar y encontrar mi reposo en el seno de Dios!». Los deseos piadosos son las alas bienaventuradas que trasportan las almas de los Santos lejos del mundo, al pináculo de la perfección en el seno de Dios.

EL ALMA: Pero, Padre mío, ¿cómo los santos deseos hacen volar el alma a Dios?

SAN JOSÉ: Porque dan fuerza y valor para vencer todos los obstáculos que la retienen encorvada hacia la tierra. Para ser perfecta, es necesario desprenderse de las criaturas, vencer sus pasiones, amar la cruz; ahora bien, estas virtudes exigen una gran fuerza de voluntad que suaviza el trabajo y el sufrimiento. Mira, hija mía, cómo el que desea ser rico y obtener un puesto distinguido se somete voluntariamente a todas las fatigas, a las vigilias y a los viajes para conseguir su objeto; la mismo el que desea ser santo, es necesario que la violencia de los deseos le sostenga en los combates que tiene que sostener; de otra manera flaqueará eternamente, y no adelantará en el camino de la salvación. Y, fíjate bien, hija mía, en que Dios no ordena cosas imposibles cuando exige de los hombres sacrificios, les da fuerzas para cumplirlos, pero quiere que se le pidan auxilios y que estos sean deseados. Para llegar a ser santo no basta con un deseo; se necesita un deseo ardiente, un hambre insaciable de santidad; el que experimenta esta hambre feliz, no anda, corre por el camino de la virtud, como la llama corre con rapidez por un sitio lleno de cañas secas.

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente a Dios la gracia de llegar a ser todo lo más perfecto posible. Implorar los auxilios de San José y la Santísima Virgen María.
   
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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