miércoles, 28 de enero de 2026

LA DEMOCRACIA, ENTREMÉS DE NECIOS

Tomado de PERIÓDICO LA ESPERANZA.

Es en la política exterior donde la comedia alcanza altura de ópera bufa.
   

La democracia es ese artificio donde los pueblos creen reinar mientras hacen de comparsa, donde la muchedumbre imagina mandar y, en verdad, obedece; donde el número usurpa la razón y la consigna suplanta al juicio. Régimen de feria, con urna por relicario y papeleta por ofrenda, su liturgia se celebra entre aplausos huecos y promesas infladas como vejigas de carnaval.

Donald Trump —emperador de la hipérbole, príncipe del titular y alguacil del ruido— ha encarnado la farsa democrática con el ardor de un actor barroco. En su propio reino, ha decretado la frontera como dogma, la deportación como sacramento y la emergencia como estilo de gobierno. Ha invocado leyes arcaicas para expulsar almas con la celeridad de un pregonero medieval, ha lanzado redadas que han encendido motines urbanos y ha convertido la inmigración en teatro de campaña permanente, donde cada operativo es un acto y cada protesta, un coro trágico. Mientras unos claman por humanidad, otros aplauden la severidad; y la democracia, cual bufón solemne, sonríe mientras reparte bofetadas legales.

En materia económica y administrativa, su pluma ha volado como daga: decretos en cascada, amenazas arancelarias como trompetas de guerra comercial, gestos de poder que mezclan cálculo, espectáculo y fogonazo. Ha intervenido en litigios climáticos, intentando sofocar demandas estatales contra colosos petroleros; mas los jueces, como coros trágicos, han respondido con portazos jurídicos, recordando que incluso la democracia tiene sus entremeses judiciales.

Mas es en la política exterior donde la comedia alcanza altura de ópera bufa. Trump, como monarca de opereta geopolítica, ha soñado con Groenlandia como quien codicia un espejo helado: ora propone comprarla, ora sugiere dominarla, ora insinúa músculo militar, ora amenaza con tarifas de castigo, como niño que regatea planetas. Ha proclamado «marcos de acuerdo» vaporosos, ha confundido geografías en discursos y ha exhibido mapas como si fuesen cromos de feria. Europa protesta, Dinamarca se indigna, Groenlandia recuerda que no es mercancía, y la democracia occidental discute el reparto del Ártico como mercaderes de zoco polar.

Al mismo tiempo, su política exterior ha tensado alianzas, provocado sobresaltos en la OTAN, excitado a Rusia, inquietado a China y convertido cada cumbre internacional en teatro donde el telón sube entre amenazas y baja entre rectificaciones. Un día promete fuerza, al siguiente retrocede; hoy jura «no dar marcha atrás», mañana suspende sanciones; hoy presume de victoria estratégica, mañana explica que todo era un «concepto» mal entendido.

Pero lo más grotesco no es la farsa: es la indignación hipócrita de quienes se autoproclaman demócratas. Rasgan vestiduras, levantan cejas, proclaman escándalo y pontifican sobre «valores», como fariseos con carné electoral, cuando lo que contemplan no es una desviación del sistema, sino su esencia desnuda. Claman contra los excesos como si no hubiesen consagrado el mecanismo que los hace inevitables; lloran por los frutos podridos mientras veneran el árbol enfermo; se escandalizan del monstruo que ellos mismos alimentaron con votos, consignas y fe ciega.

¿Y qué hace la democracia ante semejante carnaval? Aplaude, se escandaliza, vota, vuelve a aplaudir y se convence de que esto —este circo con protocolo— es la cumbre de la civilización. Cree gobernar porque elige al actor, aunque no escriba el guion. Cree ser libre porque deposita un papel, aunque encadene su juicio. Cree ser adulta, aunque caiga del guindo en cada legislatura.

La democracia, en suma, no es tragedia: es comedia.

No es gobierno: es representación.

No es soberanía: es ilusión con papeleta.

Y mientras Trump firma decretos, amenaza islas, deporta multitudes, negocia el hielo y sacude el mundo como maraca diplomática, los devotos del sufragio continúan rezando a su ídolo… sin advertir que su dios es, desde el principio, un chiste con banda sonora.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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